DF: tragedia y agandalle
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DF: tragedia y agandalle

Por Moisés Castillo
28 de enero, 2012
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D. F. Confidencial: crónicas de delincuentes, vagos y demás gente sin futuro (Almadía 2010).

El escritor Tomás Eloy Martínez dijo que ser periodista significa ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. A veces, también ser otro. Y J. M. Servín utiliza la crónica y el reportaje no sólo para retratar al DF que padece, sino también a personajes que sobreviven en la trágica y sombría ciudad de México: la capital de la mendicidad y el robo.

A J. M. Servín le interesa lo marginal y la vida cotidiana de la gente de a pie. Narra historias de los bajos fondos como el compadrazgo en cantinas del Centro Histórico o las funciones porno en el Cine Savoy; las mañas de los “chineros” para asaltar a los transeúntes de La Merced o el plantón del “pueblo bueno” en Paseo de la Reforma tras la elección presidencial del 2006; la hermandad de los frontonistas a mano “con pelota de tela” o las sangrientas peleas de perros con el hip-hop retador del Cártel de Santa.

Esta es la carta de presentación de D. F. Confidencial: crónicas de delincuentes, vagos y demás gente sin futuro (Almadía 2010). J. M. Servín reúne sus principales trabajos periodísticos escritos de 2003 a 2010, donde la crónica, especie en peligro de extinción, es la mejor arma para llevarnos a los callejones más delirantes de la realidad mexicana.

Nada de lo que sucede es ajeno a su obsesiva curiosidad. Su pluma es una serpiente que se desliza al precipicio: espejo que se vuelve rostro. Conversa, investiga, observa y escribe. Captura con una sencillez notable los anhelos y frustraciones de gente condenada a una desgracia casi perpetua.

“Mientras enfrenta la muerte en todas las formas posibles, el chilango cree a ciegas que su bienestar o su ruina son fortuitas… Preferir el ambulantaje o la delincuencia parece más digno que aceptar las promesas de los gobernantes”.

En el primer capítulo “Pararrayos”, J. M. Servín escribe pequeños ensayos y reflexiones sobre el quehacer periodístico, sus perversiones y limitaciones. Muchos informan, pocos narran. Los medios privilegian el dato duro, la opinión y la imagen sobre la crónica o el reportaje, porque ocupan “mucho espacio”. El cronista siempre está al límite del abismo: primero escribe y luego busca quién se anima a publicar sus relatos.

J. M. Servín.

En sus narraciones privilegia el “Yo” para recrear momentos crudos y sorprendentes, diálogos y gestos muy particulares de los protagonistas. Toma como punto de partida trabajos de Truman Capote, Herman Melville, o el nuevo periodismo de Tom Wolfe, Gay Talese y Hunter Thompson. Destaca que en México hay una tradición de este tipo de periodismo que tuvo como primeros exponentes a Manuel Payno, Martín Luis Guzmán, José Revueltas, Ricardo Garibay, David García Salinas, entre otros.

“El hecho de escribir una crónica en primera persona tiene todos los riesgos del mundo: necesitas oficio y muchas lecturas. Es un estilo que te puede llevar mucho tiempo dominar y que nada garantiza que tus crónicas sean buenas. La primera persona en la crónica es uno de los recursos estilísticos más usados, pero que pocos se atreven a teclear su experiencia personal”.

-¿Por qué tu interés por las cantinas? Dices que “la cantina es una comadre alcahueta de nuestras debilidades emocionales”…

No es que quisiera hablar de las cantinas. Me interesaba en ese momento explorar los puntos de reunión de la gente en sus expresiones más auténticas, más estridentes. Me interesaba hacer crónica sobre la cantina sin mitificarla, sin hacerla un asunto “buena onda” de nuestra historia folclórica o de nuestro orgullo de identidad. Me interesaba más como los últimos reductos para un tipo de chilango que ya no encuentra muchos lugares de reunión y que no tiene poder adquisitivo suficiente para ir a otro tipo de lugares que están de moda.

-¿Cuál es la crónica que te trae mejores recuerdos?

Es la que se llama “La hermandad del rebote”, y es sobre jugadores de frontón callejeros. Me costó mucho trabajo entender la dinámica de ese grupo de deportistas marginales. El convivir tanto tiempo con ellos surgió la posibilidad de conectarme con ese ambiente sórdido y terrible de las peleas callejeras de perros. Son dos historias que les tengo mucho aprecio por todo lo que significaron en cuanto a esfuerzo, desgaste económico, físico y mental. Me llevó casi 8 meses estar recorriendo frontones, conocer gente y poder captar cuál era la esencia de esos mundos que, para mucha gente de esta ciudad, son inexistentes. Con “Los herederos del Diablo” gané el Premio Fernando Benítez 2004, en la categoría de reportaje escrito.

-¿Tuviste miedo al presenciar las peleas de perros donde “la furia homicida” se reflejaba en los ojos saltones?

Claro que me dio miedo y tuve que confrontarme conmigo mismo, con lo que soy, porque me encantan los perros, tengo un perro y entrar a un mundo donde la agresividad brutal es normal, no es fácil. Pero creo que hay temas que a uno lo llaman y a mí me llamó mucho la atención ese ambiente, porque más allá de la crudeza, lo que está alrededor me es muy familiar por formación y deformación. Sabía que ahí iba encontrar una gran historia para contar. Lo difícil fue enfrentar el mismo hecho de ver a dos perros peleando a muerte, eso sí es duro.

-¿Por qué subrayas que la crónica “Bienvenidos a Ciudad Plantón” es inédita? ¿Por qué no se publicó en su momento?

Todo tiene que ver con tus propios valores y tu ética como periodista. A mí me quisieron pagar esa crónica sin publicarla, porque el editor que me pidió ese trabajo no le gustó el enfoque porque afectaba intereses de algunos caudillos del “pueblo bueno”, amigos suyos. No acepté el pago y, finalmente, la crónica no se publicó. Pero yo estoy acostumbrado a trabajar así, hago las cosas que quiero y como puedo. No percibo un sueldo de nadie. Para vivir de la literatura y del periodismo me ha costado muchos años de esfuerzo y no vivo bien. Ahora tengo una beca, pero si no la tuviera seguiría escribiendo, es una decisión personal. Ninguna postura editorial tiene que estar por encima de tus criterios como escritor o periodista, de cómo vas a abordar un trabajo y qué es lo que quieres narrar. En esa crónica me interesaba ver a ese “pueblo bueno” con todas sus aristas: arribismo, nepotismo, fanatismo, y eso provocó que no fuera publicada, pese a que se me quiso chantajear pagándomela.

-¿Por qué afirmas que desde que empezaste a publicar crónicas te enfrentaste con actitudes volubles de varios editores?

Son varias cosas. Los directivos de los medios son bastantes cerriles. A ellos les interesa hacer lana con sus publicaciones, no le apuestan a la calidad de sus contenidos, sino a la cantidad de publicidad. Y aquí los editores son bastante conservadores y muy alineados a las políticas editoriales de sus empresas. Si tú platicas con cualquier editor dicen que son “simpatizantes del reportaje de largo aliento o de la crónica”. Y publican muy poco, ¿por qué? Porque les incomoda destinar espacio, aparte no hay mucha gente que haga reportaje o crónica a buen nivel. Y el otro factor es que no la pagan como deben de pagarla. Ellos quieren que por dos mil pesos tú les entregues crónicas depuradísimas, cuando el que haya ejercido el periodismo sabe que, una buena crónica, te puede llevar un mes para madurarla y escribirla.

-Quizá también se deba a que abundan empresarios que no saben periodismo…

En parte, pero hay otro factor: en esta nueva era de la información hubo una especie de un enamoramiento desmedido por la imagen y la opinión. Si tú revisas cualquier medio impreso, la pobreza de contenidos es alarmante. Se favorece la opinión, que no cuida el estilo ni el lenguaje. Vemos la dictadura de la imagen: fotografías por todos lados, unos diseños llamativos, publicidad excesiva y espacios completos dedicados a destacar las vidas de los privilegiados de este país. ¿Cuántas páginas le dedican a sociales, viajes, vida y estilo? La mayoría de las publicaciones están llenas de reporteros de escritorio.

-Dice el escritor Federico Campbell que él saltó al periodismo para poder vivir, ¿tu caso fue igual?

Para mí no hay escisiones. Yo escribo y me cuesta mucho trabajo vivir como periodista que como escritor. A veces hay esas posiciones como las de Campbell que son muy románticas. Creo que la gran mayoría de los escritores en México se la saben “apañar” para vivir de su trabajo. Si fuera tan complicado vivir de la literatura habría menos escritores de los que hay ahora. No conozco hasta el momento un escritor pobre, conozco pobres escritores.

Nota roja y los Populibros

J. M. Servín es un escritor profundamente vitalista y su obra literaria es un paseo a la boca del infierno. Desde 2006 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha publicado Periodismo Charter (Nitro/Press-CONACULTA 2002), Cuartos para gente sola (Nitro/Press 1999; Joaquín Mortíz, 2004), Por amor al dólar (Joaquín Mortíz 2006), Revólver de ojos amarillos (Almadía 2009), entre otros.

A los siete años de edad aprendió a leer gracias a “Los Populibros La Prensa”, que se encontraban en el baño de su casa. Era una colección de libros de bolsillo de crónicas y reportajes policiacos, firmados por el célebre reportero de nota roja David García Salinas, que durante la década de 1970 fue uno de los periodistas estelares de La Prensa, “el periódico que dice lo que otros callan”.

“El trabajo de David García Salinas, del Güero Téllez o de José Ramón Garmabella, me parece que a nivel de periodismo narrativo es una de las mejores escuelas, es de los ejemplos más depurados que tiene este país. Sus historias están muy bien armadas y me parece que sería muy digno recuperar su legado, no sólo para el periodismo narrativo mexicano, sino como cronistas de una época, de una ciudad que arranca su modernidad pegado a la tragedia”.

-¿Por qué revalorar la nota roja? ¿Somos insaciables consumidores de morbo y frivolidad?

No lo creo, somos una cultura que tiene una predisposición a la tragedia por cuestiones culturales e históricas. Es un escenario casi natural para que se dé esta identificación con la nota roja. Esta cuestión de que escritores y artistas menosprecian la nota roja, de alguna manera funciona una doble moral y cierta hipocresía. Si te pones a revisar la historia del Arte en México muchísimos de los artistas más importantes han recurrido a la nota roja como fuente de inspiración. Muralistas como Orozco, Siqueiros y Rivera se iban a los lupanares a hacer bocetos y retratos de lo que ocurría en los bajos fondos, en los prostíbulos. Escritores como Manuel Payno, José Revueltas, Jorge Ibargüengoitia tomaron como punto de partida a la nota roja.

-¿Internet le ha hecho daño a los jóvenes al alejarlos de los libros? Dice Huberto Batis que gracias a Internet los suplementos están desapareciendo: ahora a nadie le gusta leer más que en la pantalla de la computadora…

No creo. El daño es del gobierno porque no tiene un proyecto educativo que estimule la lectura y el conocimiento. No es Internet, es cómo hemos sido educados en los últimos 25 años. Por otra parte, los suplementos literarios, para lo que hay, mejor que desaparezcan. Hay que ver qué están proponiendo. Los suplementos hoy en día no están proponiendo nada al mundo de hoy, son completamente anacrónicos. Tienen un concepto de la cultura de los 80, de la escuela de Batis y Benitez. Internet es un complemento y una herramienta más. Si tú como joven vas al Internet a querer obtener información, tendrás una formación escueta y trunca. Hasta el día de hoy la información, la reflexión y el conocimiento se da a través de los libros.

Un buen reportero tiene que saber cuál es la voz narrativa que usará para contar una historia o escribir el perfil de un personaje. Y la entrevista con el “cronista de la tragedia”, Enrique Metinides, es un texto con recursos narrativos y verbales extraordinarios que nos traslada hasta las puntas de los pies del foto-reportero policiaco. El personaje era Metinides, así que descartó la primera persona para privilegiar el mundo del artista chilango reconocido internacionalmente.

“Creo que es uno de los artistas más importantes que ha dado este país en los últimos 50 años. Para bien o para mal es un ícono hipster, ahora muchos muchachitos o galeristas del mundito del arte le están dando mucha importancia. Metinides está muy por encima de ese glamour y de ese ambiente fantoche. Creo que tarde o temprano este país le va a reconocer de una forma más amplia los aportes que hizo a la cultura. Es el mejor registro gráfico que hay sobre esta ciudad a partir de su desgracia y de su tragedia. Hasta la fecha seguimos viviendo el México a la Metinides: atropellados, homicidios, accidentes, masacres, mutilados”.

El hijo de inmigrantes griegos confesó: “El que mira la fotografía tiene que sentir lo mismo que los que estuvimos en la tragedia. Muchas veces busqué un rincón donde ponerme a llorar a escondidas”.

-Te hago la misma pregunta que le hiciste a Metinides, ¿qué consejo le darías a quien quiera convertirse en periodista?

Respondería lo mismo que él: que se dedique a otra cosa. Los egresados de periodismo salen completamente como analfabetas funcionales: no quieren leer ni redactar. Tienen una mentalidad donde todos quieren ser Carlos Loret de Mola, Adela Micha o Carmen Aristegui. A la mayoría le espera la maquila informativa, si bien les va. Ser periodista es compenetrarte con el pulso de la sociedad en la que vives. Si no pueden con eso, mejor que se dediquen a otra cosa porque es más redituable vender droga, secuestrar gente o poner un puesto de tacos. Ser periodista porque sí, no tiene sentido. Es muy triste ir a las escuelas de periodismo y ver que el nivel cultural es sumamente pobre.

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Qué es la distimia, uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar

Puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años.
7 de septiembre, 2022
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Ana Bacovis sintió los primeros síntomas de distimia —trastorno depresivo persistente—, en su preadolescencia. A los 13 años sufría de baja autoestima, tenía problemas con sus relaciones sociales y empezó a tener una visión oscura de la vida.

“Me veía como una persona muy realista, pero en realidad era pesimista. La gente acaba cayendo en una situación en la que se siente eso como normal”, dice esta comunicadora y servidora pública.

Sus padres tardaron un tiempo en darse cuenta de que el comportamiento de su hija era inusual. Los picos de ira e irritabilidad que tuvo fueron los indicios para que Ana buscara ayuda.

“Tenemos una visión distorsionada de la depresión. Yo tenía momentos de alegría, picos muy altos de euforia. Luego eso se acababa y venía la tristeza”, recuerda.

Incluso ya con los síntomas iniciales del trastorno, solo obtuvo un diagnóstico cuando ya tenía signos de depresión más avanzados. Al recibir atención médica, la joven se enteró de que sufría distimia y que presentaba un grado moderado de ansiedad.

Selfie de Ana Bacovis, una joven con el pelo azul.

Archivo personal
Ana Bacovis empezó a tener los primeros síntomas de distimia cuando era adolescente.

Al igual que Ana, es muy común que muchos pacientes reciban el diagnóstico de este tipo de depresión después de estar durante décadas viviendo con los síntomas. A menudo, los signos más evidentes se confunden con la personalidad, el “modo de ser” del individuo. Y esto puede hacer que haya un infradiagnóstico.

“La historia más común que hay es la de alguien que tiene algún tipo de depresión leve o distimia, pero solo cuando los síntomas de la depresión se vuelven más severos el paciente busca ayuda y descubre que padece el trastorno”, destaca Marcelo Heyde, médico psiquitatra y profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad Pontificia Católica de Paraná (PUCPR).

Qué es la distimia

El trastorno depresivo persistente es una forma crónica de depresión y puede comenzar en la niñez o en la adolescencia, antes de los 21 años. La distimia afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La principal diferencia entre la distimia y el tipo clásico de depresión es que, en el que nos ocupa, la persona puede ser funcional y realizar sus actividades con normalidad. Sin embargo, trabajar, estudiar y otras acciones cotidianas son un poco más difíciles de hacer.

“Se pueden hacer las actividades pero con un costo mayor en la rutina y una productividad reducida debido a los síntomas. La persona es funcional, pero a costa de un mayor esfuerzo”, explica Márcia Haag, psiquiatra y profesora de la Universidad Positivo de Curitiba.

Según los expertos consultados por la BBC, aún no hay consenso sobre las causas de la distimia. Por lo general, el trastorno puede ser multifactorial y estar generado por factores estresantes durante la infancia, una presdisposición genética y biológica, un traumatismo o cuestiones sociales.

Un niño con la cabeza apoyada sobre su escritorio.

Getty Images
Esta forma crónica de depresión puede aparecer en la adolescencia.

“Es posible notar que en la fase adulta el paciente llegua a consulta y tiene llanto fácil, pero cuando se profundiza e investiga, se descubre que era un niño silencioso y con dificultades para relacionarse“, señala Bianca Breda, psicóloga y especialista en terapias cognitivas del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo (FMUSP).

En el caso de Ana, descubrió que padecía esta enfermedad gracias a su trabajo en un centro de apoyo a niños y adolescentes víctimas de abuso sexual. Al tener atención psicológica en el lugar, la joven pudo entender lo que estaba pasando.

Cómo identificar la distimia y distinguirla de la depresión clásica

A diferencia de otros episodios de depresión, que son más fáciles de reconocer, la distimia tiene características propias “camufladas”.

Además de tener una duración mayor, los signos más comunes pueden manifestarse a través de cansancio, fatiga, baja autoestima, indecisión y pesimismo exagerado.

En la depresión común, la más conocida, la persona tiende a mostrar síntomas exacerbados de tristeza, desánimo, desinterés por las cosas, pérdida de apetito y otros signos que pueden ser percibidos por el entorno y por el propio paciente.

“En la depresión hay una mayor intensidad, el sufrimiento de una persona con depresión suele ser mayor y la clasificamos en leve, moderada y severa. Suele estar ligada a algún evento”, dice Breda.

No es la personalidad

La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y en muchos casos se confunde como algo “de la personalidad”·

Mujer mira al horizonte a través de una ventana.

Getty Images
La distimia se considera uno de los tipos de depresión más difíciles de diagnosticar y afecta aproximadamente al 6 % de la población mundial.

Debido a este error común, el diagnóstico suele ser tardío y perjudica a los pacientes en la búsqueda del tratamiento correcto, algo que puede tardar décadas.

Es fundamental, según los expertos, dejar de decir que cierta persona es aburrida, que es así y ha sido así toda su vida y que, por tanto, no cambiará más.

“La distimia viene de modo lento y sigiloso. Sin embargo, con los años, a pesar de ser leve, el impacto funcional es grande, ya que la persona se va ganando apodos y etiquetas de gruñón y malhumorado. Esto, que es culturalmente aceptado, va retrasando el diagnóstico y también refuerza el neuroticismo, un rasgo de la personalidad que hace que se vean las cosas de un modo negativo“, explica Heyde.

En el caso de Ana, tenía dificultades para relacionarse en la escuela pero no sabía por qué. “Siempre he tenido una inseguridad mucho mayor, sobre todo en el amor. Me bloqueaba mucho”, dice.

Ella creía que todos esos sentimientos eran parte de su actitud y que, con el tiempo, podría pasar. Pero eso no pasó y los cambios de humor se sucedieron con frecuencia.

Selfie de Ana Bacovis

Archivo personal
Desde que volvió a recibir asesoramiento psicológico, Ana ha notado una mejora significativa

“Quien tiene distimia tiene una relación muy conflictiva consigo mismo. En algún momento te acabas enfadando”, dice Ana.

Cómo buscar ayuda y tratar el trastorno

Es fundamental que el paciente busque ayuda temprana para evitar el infradiagnóstico. Muchas veces, cuando hay una queja específica sobre otra enfermedad no se busca apoyo psiquiátrico y, en general, se recibe el diagnóstico de esa otra dolencia y la distimina pasa desapercibida.

“La depresión en sí tiene hasta un 50 % de casos que no son diagnosticados por los médicos de atención primaria. Imagina lo que pasa con la distimia, donde una persona puede quejarse de sentir cansancio, fatiga y baja autoestima. Es bastante común asociarla con otras enfermedades psiquiátricas, trastorno de ansiedad y uso de sustancias“, dice Haag.

El diagnóstico tardío, refuerza el médico, también puede interferir en la aparición de otras enfermedades o empeorar cada una de ellas.

“La distimia y la depresión afectan al organismo de forma sistémica y puede hacer que empeoren algunos cuadros clínicos como la diabetes, hipertensión y enfermedades reumatológicas, haciendo que el paciente necesite mayores dosis de fármacos o una combinación superior de medicamentos para estabilizar ese cuadro”, dice.

Como todavía hay bastante tabú en relación a los temas de salud mental, identificar el trastorno puede ser aún más complicado. Lo recomendable es buscar atención con psicólogos y psiquiatras, quienes evaluarán el caso y podrán determinar la línea terapeútica correcta, la cual puede hacerse con medicación o solo psicoterapia.

En el momento en que Ana descubrió la distimia, continuó con psicoterapia y terapias “alternativas” ya que, debido a su edad, su psicóloga prefería no recetarle medicamentos.

Durante algunos años, esta servidora pública interrumpió las sesiones de terapia, pero desde el inicio de la pandemia, en 2020, ha regresado. Desde entonces ha notado una mejoría significativa.

Los especialistas refuerzan la importancia de no interrumpir el tratamiento sin la autorización de un profesional de la salud y que se debe observar continuamente la evolución del trastorno.

El seguimiento médico puede durar meses o años, pero es fundamental para mejorar los síntomas y la calidad de vida del paciente.


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