Radiografía de jóvenes en cárceles del DF
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Radiografía de jóvenes en cárceles del DF

Por Moisés Castillo
3 de marzo, 2012
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El Pequeño fue la peor pesadilla de la Ciudad de México: a sus 16 años ya tenía en su biografía mínima 19 asesinatos. Su arma favorita era una 9 milímetros de 15 tiros y no tenía piedad: ¡pum, pum, pum! Disparaba a quemarropa contra sus víctimas. Desde los 11 años comenzó a vender droga y saltó al secuestro, robo de autos, hasta convertirse en una especie de sicario urbano.

Viene de una familia de asaltantes de transporte público y extorsionadores del oriente de la capital. Vivía en la Unidad Habitacional Ermita Iztapalapa, en el peligroso barrio “El Hoyo”.

-¿Y qué hacían con el dinero?

-Yo compré mi carro, mi casa y ayudé a mi mamá a arreglar la suya. Me gastaba 50 mil varos en un cotorreo. Nos íbamos una semana a Acapulco o Puerto Vallarta.

 

El temible adolescente apenas medía 1.53 metros de estatura y pesaba menos de 50 kilos. Ahora se encuentra recluido en una correccional de menores y sin culpas de tanta sangre. No se arrepiente de nada y supo desde el inicio que en la carrera delictiva no siempre se gana.

 

Dicen que en las cárceles están los pendejos y los pobres, los que no tienen dinero para contratar a un buen abogado. Y la regla se cumple también en los tutelares de menores del DF. La mayoría de la población son chavos que viven en las colonias populares. Son de clase media-baja y baja, no viven en la miseria, pero no tienen oportunidades: el barrio los absorbe, delinquen, matan y mueren.

La inexistencia de políticas públicas para atender de manera integral la problemática juvenil y la idea de los tecnócratas de que a partir del 2010 el país arribaría al “primer mundo” gracias al ímpetu de la juventud, fue falsa. Todo se derrumbó para ese sector de la sociedad: hay más de ocho millones de ninis, no hay empleo, oportunidades, cultura, no hay nada que ofrecerles. Es más que oportuna la pregunta que lanzó una vez el poeta Mario Benedetti, ¿qué les queda por probar a los jóvenes en este mundo de paciencia y asco?

Estos son “Los muchachos perdidos” (Debate 2012) de Eduardo Loza y Humberto Padgett, que con cámara fotográfica y pluma en mano, hicieron la mejor radiografía, nunca antes documentada, de los jóvenes en las cárceles del DF. Son una veintena de historias que hierven los intestinos y dejan sin aliento. Son casos de chavos en edad de estudiar que prefirieron secuestrar como El Banda o robar autos como El Moreno; asaltar una joyería como El Chente o vender dosis de crack para comprarse 200 pares de tenis Converse como La Nena.

Eduardo y Humberto visitaron las “Corre” a lo largo de dos años con una tesis: en los 80 se proyectó un México joven y ganador, pero al final los números fríos ofrecen un rostro desolador. En las cárceles más del 60% de la población tiene menos de 30 años, apenas 4 de cada 10 jóvenes asisten a la escuela, poco más de la cuarta parte alcanza la licenciatura, el 60% de los jóvenes ocupados reciben menos de 120 pesos…

 

Un mini narco apodado El Pepino es claro: “los güeyes que estudiaron y que conozco siempre andan bien jodidos”.

 

Terminar una carrera ya no es garantía de superación ni de estatus social. Para este sector de jóvenes es importante robar y así alcanzar “prestigio” y “respeto”. El 87 % de la población de las correccionales está por robo y hurtan tenis y teléfonos celulares. ¿Hay futuro para estos chavos? ¿Existen alternativas para los jóvenes? ¿Qué hacer con los chicos que viven en colonias peligrosas permeadas por el crimen?

 

“Los muchachos perdidos”. Retratos e historias de una generación entregada al crimen es un reportaje amplio sobre la vida cotidiana de chavos y chavas desde el encierro, sus sueños que quieren cumplir al salir de prisión o, en muchos casos, su ansiedad de ser liberados para seguir matando. Las 48 fotografías de Eduardo son duras: rutina y ruina. Revelan que aún son niños los que están tras las rejas, quizás es por ello que El Banda admite que la soledad es lo más culero que ha vivido en la Comunidad de Menores Infractores de San Fernando.

 

Hay una frase en el libro que sintetiza la vida en el abismo de los jóvenes que están adentro y, de alguna forma, los que se encuentran afuera de las cárceles: “prefiero morir joven y rico, que viejo y jodido… como mi papá”, así dice una barda de una calle de Sinaloa.

 

-¿Por qué hacer un libro de jóvenes en las correccionales?

 

Humberto: primero hicimos un reportaje en el que vimos a los chavos presos de la Ciudad de México y su relación con el arte. Los vimos pintando, haciendo una obra de teatro, un video-documental y nos dimos cuenta que el mundo que habíamos entrado era más complejo e interesante. Había una posibilidad de decir algo nuevo en términos sociales y conocer el significado que tiene para una sociedad tener chavos que en vez de estar en las escuelas están en las prisiones.

Lalo hizo más de 4 mil tiros fotográficos. Seguramente él tiene el registro más profundo, extenso y puntual de la vida penitenciaria de menores del DF. La proyección demográfica que se construyó en los 80 se cumplió, pero no son chavos que estén trabajando o estudiando, son chavos que están desempleados o subempleados en la informalidad, en los límites con el crimen organizado y algunos ya integrados a este fenómeno social contemporáneo.

 

Eduardo: lo pensamos para reportearlo juntos, pensamos en las entrevistas y en los retratos fotográficos. Por ahí nos fuimos viajando para ese asunto cultural y después nos clavamos en las historias de vida de los chavos, las historias delictivas. Fuimos construyendo, al mismo tiempo, los retratos de los chicos que siempre permitieron plasmar en imágenes su vida cotidiana en los distintos centros de atención de los jóvenes. Tenemos fotos de los talleres, dormitorios, muchas fotos fueron hechas por invitación de los mismos chavos. Estábamos en los patios y se nos acercaban, ‘oye tómanos una con los compas de mi dormitorio’. Los retratamos en sus actividades deportivas, un partido de americano, una función de box que tuvieron, aspectos de su vida de internos.

 

-¿Qué perfiles de jóvenes integran este trabajo periodístico?

 

Humberto: son chavos que viven en los barrios, en las colonias populares de la Ciudad de México, cuyos padres son originarios de provincia y que llegaron al DF en condiciones económicas difíciles. A diferencia de ellos, cuando sus padres fueron jóvenes, sí había una idea de que la escuela te daba movilidad social, ahora ya no. El trabajo dignificaba, había posiciones éticas a la idea del trabajo porque se entendía que el esfuerzo laboral tenía como resultado el ascenso social, ya no es así. La familia dejó de ser un agente integrador de las personas. La iglesia ya no significa una autoridad confiable para los jóvenes. A diferencia de los chavos de hace 40 años, ahora están súper expuestos al consumo como una medida de realización social. Y también se acumula con el ejercicio de violencia, está entendido como una medida de estatus. Con excepción de un chavo que es de clase alta (Sergio), hijo de un médico prominente, todos los chavos son de clase media baja y baja.

 

-¿Cómo fue el proceso de seleccionar casi 50 fotografías de 4 mil imágenes?

 

Eduardo: siempre que salíamos de una Comunidad de Menores teníamos más o menos una idea de cuáles eran las mejores fotos del día. La edición fotográfica fue consensuada entre Humberto y yo. Para llegar de 4 mil fotos a 100 pasó mucho tiempo. Teníamos esas 100 y descartamos la mitad que eran nuestras mejores fotos. Tardamos bastante en poder hacer una selección adecuada.

-¿Quién es el chico de la portada? ¿Por qué se decidieron por ese chavo?

 

Eduardo: es El Golum, tiene dos características físicas: la frente la tiene muy lastimada con cicatrices y tiene otra provocada con el rostro de la Santa Muerte, que sería una imagen de una calavera. Estéticamente nos gustó mucho el chavo, habíamos pensado en una foto como esa para que fuera la portada, pero el chico se prestó bastante bien para cubrirse el rostro con las manos que esa era una de nuestras premisas: no queríamos tacharle la cara. Muchos de los rostros están cubiertos a la altura de los ojos para cuidar su integridad porque son menores de edad. Para la portada no queríamos ensuciarlo con una banda negra.

 

-En tus imágenes hay una constante: los cobertores de caricaturas, tatuajes y cosas religiosas, ¿te imaginabas este ambiente carcelario?

 

Eduardo: cuando entras a los dormitorios, en San Fernando, por ejemplo, te das cuenta muy claramente que los chavos les gusta adornar y decorar sus cosas, hacen altares, incluso en sus literas los hacen con sus tenis, ropa, cremas, pasta de dientes. Tienen muchos cobertores con motivos infantiles como el Hombre Araña o Winnie Pooh. Juegan mucho con el color y es un ambiente infantil. Además conviven con la Santa Muerte, San Judas y la virgen de Guadalupe.

 

-¿Cuál es la historia que más les impactó?

 

Humberto: tratamos que fuera un libro que tanto las historias como las fotografías fueran versátiles. Tenemos perfiles sicológicos distintos y el lector lo irá entendiendo en cada uno de los capítulos. Tenemos también chavos que cometieron distintas actividades criminales: robo de autos, narcotráfico, secuestro, asalto a cuentahabientes. Por la violencia desmedida las historias de El Banda, El Pequeño y la del M, quien asesinó a un niño de 5 años que había secuestrado inyectándole ácido de batería en el corazón. Terrible. Pero también hay matices: la historia de El Farías, que es un chavo que salió meses después de la correccional y nosotros anticipábamos que era un chavo que tendría que estar en una prisión para adultos porque es multi reincidente. Tenía una situación adversa porque sufría de un retraso mental relacionado por su adicción a las drogas. Ese chavo no fue a la prisión, murió tiempo después de que lo entrevistamos.

 

Eduardo: Creo que la de El Pequeño, es un muchacho que en el momento de la entrevista fue totalmente abierto, con una serenidad envidiable nos contó algunos de sus asesinatos. Impresionante. Creo que esa es una historia muy dramática.

 

-¿Existen distancias entre el lenguaje carcelario de adultos y menores?

 

Humberto: los chavos de las correccionales juegan la poliana, es un juego de mesa inventado en la extinta cárcel de Lecumberri. Es un juego de dados y el castigo es ir al pocito: método de tortura de los 50 en que los reos eran sumergidos en una cubeta llena de agua, orines y excrementos para ser castigados. Los chavos ya juegan la poliana. Muchos de estos chavos conocen las cárceles de los adultos, en parte crecieron ahí porque van a visitar a su padres, a un tío o primo. Los códigos son similares pero los ambientes son distintos. Las cárceles para los chavos no están sobrepobladas. En las cárceles para adultos hay celdas de 60 metros en las que tienen que vivir 40 personas. Ahí se paga por dormir colgado amarrado con sábanas en los barrotes, en cambio cada chavo tiene su litera. En las cárceles para adultos con frecuencia encuentras a presos con aspecto desaseado, en contra parte estos chavos son muy higiénicos y rudos con los que no se bañan al menos una vez al día. La alimentación es buena: tienen tres comidas diarias, atención médica, aprenden a leer la mayoría de ellos o continúan sus estudios. Es decir, privados del derecho a la libertad acceden a una serie de derechos que en la calle no habían tenido. Son frecuentes las golpizas en las cárceles para chavos, las pelas es uno de los medios de jerarquización, pero a diferencia de los adultos, no hay muertes. Son chavos que regresan al barrio y el barrio los reclama tal y como eran antes de entrar a la cárcel. Son chavos que en muchos casos irán a prisión de adultos.

 

-¿Hay diferencias entre los tutelares de las chicas y los varones?

 

Eduardo: hay una diferencia notoria y tiene que ver con el silencio. En los centros para chavitas no hay ruido, es muy silencioso. Caminas y ves los dormitorios ordenados, el silencio no se va. El espacio es más silencioso, eso sería la mayor diferencia. Son mucho más calladas y tranquilas, juegan, ríen, pero sí se nota el silencio. Son chavitas que son reservadas. Además de que son menos en población, hay un control más personalizado. Los chavos son más juguetones, llegaban y nos pedían que les hiciéramos fotos en tal lugar, son más gritones.

 

-¿Tuviste miedo para hacer tus clicks? ¿Cómo ganarse la confianza de tus personajes?

 

Eduardo: al principio había cierta desconfianza de ambas partes, pero poco a poco conforme platicamos con ellos, aprendimos cómo piensan y reaccionan ante la cámara. En general la reacción fue muy positiva. Eso a mí particularmente me dio confianza con la cámara en mano. No hay un solo tiro que haya sido a escondidas o que haya bajado la cámara y los haya tomado descuidados. No hay un solo tiro así, siempre estuvo la cámara a la vista y ellos lo permitieron sin ningún problema.

 

-¿Tienen algún futuro estos muchachos? ¿Realmente son muchachos perdidos? Ellos deberían estudiar en vez de estar encerrados…

 

Humberto: pero estudiar en dónde, trabajar en qué. ¿Integrarse a una formalidad de tres mil pesos mensuales? La perdición a la que nos referimos con el título del libro no es ética ni moral, es un asunto social: muchos no llegarán a prisión porque no optaron por la delincuencia, pero sí por la piratería y el contrabando. Son chavos que envejecerán en algún momento y serán personas que no habrán hecho un ahorro para su retiro, no tendrán seguridad social para atender sus enfermedades crónicas. Estaremos en una situación en donde por cada dos personas que no puedan trabajar, habrá una que sí como habían dicho los demógrafos en los 80: serán viejos perdidos. El escenario es sombrío. De los 25 chavos que tenemos incluidos en las entrevistas, dos están muertos, murieron después de salir y por lo menos otros tres ya están presos en penales de adultos. Es una situación que no es privativa sólo de estos chavos, es una condición en la que están los primos de estos chavos que quisieron estudiar y que en vez de estar ejerciendo como médicos después de 20 años de esfuerzo familiar para alcanzar un título universitario, están en una taquería. Ellos dicen, ¿para qué el camino tan largo?

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Cómo la maquinaria de propaganda nazi creó una imagen hogareña de Hitler y engañó al mundo

Tanto en Alemania como el extranjero, Hitler era retratado como un hombre sensible, culto y de buen gusto, incluso después de iniciada la Segunda Guerra Mundial.
30 de agosto, 2020
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Hitler mirando por una ventana

Getty Images
El régimen nazi fomentó el mito de un Hitler que en privado se comportaba como un hombre hogareño y buen vecino.

El 16 de marzo de 1941, mientras las ciudades europeas ardían y los judíos eran conducidos a guetos, The New York Times Magazine publicó una historia ilustrada sobre el retiro de Adolf Hitler en los Alpes de Berchtesgaden, en el sur de Alemania.

Adoptando un tono neutral, el corresponsal C. Brooks Peters señaló que los historiadores del futuro debían valorar la importancia del “dominio privado y personal del Führer”, un espacio donde las discusiones sobre el frente de guerra se entremezclaban con “paseos con sus tres perros ovejeros a lo largo de majestuosos senderos de montaña”.

Durante más de 70 años hemos ignorado el reclamo de Peters de tomar en serio los espacios domésticos de Hitler. Cuando pensamos en los escenarios del poder político de Hitler, somos más propensos a imaginar el campo Zeppelín de Núremberg que el salón de su casa.

Sin embargo, fue a través de la arquitectura, el diseño y las representaciones mediáticas de sus casas que el régimen nazi fomentó el mito de un Hitler que en privado se comportaba como un hombre hogareño y buen vecino.

En los años previos a la Segunda Guerra Mundial esa imagen se utilizó de manera estratégica y eficaz, tanto en Alemania como en el extranjero, para distanciar al dictador de sus políticas violentas y crueles.

Incluso después del inicio de la guerra, la impresión favorable sobre el Führer fuera de servicio jugando con perros y niños no se desvaneció de inmediato.

Un cambio radical

Las mitologías nazis sobre los orígenes de Hitler enfatizaron su pobreza y la carencia de hogar cuando era joven, así como su desdén por las comodidades.

Pero cuando Hitler se convirtió en canciller, sobre todo después de que las regalías del libro Mein Kampf (“Mi lucha”) lo convirtieran en un hombre rico, gastó mucha energía en rediseñar y amueblar sus residencias: la antigua Cancillería de Berlín, su apartamento de Múnich y el Berghof, su casa en la montaña en Obersalzberg.

El momento en que realizó esas renovaciones, a mediados de la década de 1930, coincidió con el cambio de imagen pública de Hitler como estadista y diplomático, una transformación que también fue promovida por las películas de propaganda nazi de Leni Riefenstahl.

Las facetas más ásperas del extremista antisemita y agitador de masas fueron suavizadas, creando una personalidad nueva y sofisticada que surgió en un entorno doméstico cuidadosamente diseñado.

Interior de uno de los salones de Berghof

Getty Images
La vista alpina del chalet Berghof de Hitler, el cual remodeló tras convertirse en canciller.

A través de las cortinas de seda y los jarrones de porcelana los diseñadores de Hitler sugirieron la existencia de un mundo interior refinado y pacífico.

Gerdy Troost, la decoradora de interiores de Hitler, desempeñó un papel importante en transmitir una imagen de su cliente como un hombre culto y de buen gusto.

Inspirada en los movimientos de reforma del diseño británico, puso énfasis en la calidad de los materiales y la artesanía en lugar de la exhibición llamativa.

Hitler era un cliente comprometido y admiraba su gusto, aunque a veces chocaban por su tendencia hacia lo grandioso.

Troost fue una mujer respetada y temida en la Alemania nazi, a pesar de que las historias escritas sobre ese período la han ignorado. Sin embargo, nuevas fuentes de archivos revelan su sorprendente influencia sobre Hitler y su importancia dentro de los círculos de élite nazi.

El chalet de Hitler

Con vistas a Alemania por un lado de la montaña y a Austria por el otro, Berghof era la propiedad más pública de las casas privadas de Hitler y ejercía un poderoso influjo en el imaginario nazi del imperio.

Hitler y sus publicistas se inspiraron en las imágenes de las montañas de los movimientos literarios y artísticos de Alemania, en especial del Romanticismo, para mitificar al Führer y convertirlo en un líder místico que se sumergía y encarnaba a la vez las terribles y magníficas fuerzas de la naturaleza.

Hitler abrazando a una niña.

Getty Images
La naturaleza y el contacto con niños fueron usados para humanizar a Hitler.

Al mismo tiempo, la montaña sirvió como una herramienta para humanizar al líder de Alemania a través de su contacto con los animales y los niños. Mediante postales, revistas y libros oficiales, los alemanes consumieron fantasías sobre una vida doméstica ideal arraigada en un paisaje natural.

Entre la expansión del lebensraum (espacio vital) y el aire puro de la montaña, un sitio donde brillaba el sol y jugaban niños rubios, los nazis animaron a los alemanes a imaginar un futuro maravilloso si sacrificaban en cambio sus bolsillos y libertades.

Para la prensa extranjera era un caballero bávaro

El auge de la cultura de las celebridades en las décadas de 1920 y 1930 desencadenó un apetito voraz por la información sobre la vida cotidiana de los ricos y famosos.

El equipo de Hitler se dio cuenta rápidamente y aprovechó el hambre del público para promover estrategias de relaciones públicas muy comunes en la actualidad.

Los periodistas que escriben para la prensa en inglés engulleron la propaganda, alimentando una imagen falsa de Hitler al publicar historias brillantes del Führer, incluso cuando contrastaban con una realidad diferente e inquietante.

El 30 de mayo de 1937, un mes después de que aviones alemanes bombardearan Guernica, en España, The New York Times Magazine publicó un artículo en primera plana sobre el idílico retiro de montaña de Adolf Hitler.

En esa pieza llena de admiración, escrita por el corresponsal extranjero Otto Tolischus, los cielos no fueron representados como un medio para provocar la destrucción, sino como un raro topo de meditación, belleza y vida simple.

Guernica después de ser bombardeada en 1937

Getty Images
El 26 de abril de 1937 Guernica fue salvajemente bombardeada, pasando a la historia como a la primera población urbana de Europa destruida sistemáticamente, el primer ensayo de guerra total.

El artículo describía cómo el líder de Alemania, rodeado de picos alpinos y en comunión con la naturaleza, contemplaba el Reich y se deleitaba comiendo chocolate. No se mencionó el ataque de Hitler contra Guernica ni el sufrimiento de sus víctimas, un hecho que Pablo Picasso inmortalizó más tarde.

En noviembre de 1938, poco después de la anexión de Sudetenland en Checoslovaquia y el mismo mes en que se produjo la Noche de los Cristales Rotos, la revista Homes and Gardens publicó un artículo titulado “La casa de montaña de Hitler”, en el que atribuyó al Führer el diseño de Berghof.

El artículo aplaudió su gusto y describió su vida privada como un entorno de refinamiento, cenas apacibles y amistades agradables.

Días antes de la firma del pacto nazi-soviético en agosto de 1939, The New York Times Magazine publicó otro artículo entusiasta sobre la residencia, donde se relataba de nuevo la saludable vida doméstica del Führer, su hospitalidad sin pretensiones y la pasión por los dulces.

Life, Vogue y otras publicaciones ampliamente difundidas también ofrecieron a sus lectores la oportunidad de ver ensayos fotográficos brillantes y minuciosos de las habitaciones de Hitler.

Hitler con un perro.

Getty Images
La prensa internacional demoró en dejar de lado la imagen sensible de Hitler, incluso después de varios sangrientos ataques de la Alemania nazi.

Sin embargo, las historias en la prensa británica que admiraban los gustos y actividades nobles de Hitler se evaporaron cuando comenzaron las hostilidades.

Con los aviones de guerra alemanes bombardeando las ciudades y pueblos de la nación, los británicos perdieron rápidamente el interés por cómo Hitler tomaba el té.

El público estadounidense tardó más en admitir que lo habían estafado, lo que refleja la ambivalencia más amplia que predominaba en el país sobre su participación en otra guerra.

Durante las últimas semanas de la guerra en Europa, las fuerzas aéreas aliadas bombardearon el Berghof y las tropas de las SS de Hitler lo incendiaron mientras se retiraban. Los residentes locales y soldados estadounidenses y franceses saquearon lo que sobrevivió.

En 1947, las ruinas se habían convertido en un destino para multitud de turistas curiosos.

Soldados estadounidenses dentro de las ruinas de Berghof, la casa de Hitler

Getty Images
El Berghof quedó en ruinas tras el bombardeo aliado y los soldados estadounidenses y franceses saquearon lo que sobrevivió.

Sin embargo, a las autoridades les preocupaban los seguidores de Hitler que peregrinaban hasta el sitio para rendir homenaje a su líder caído.

Con la aprobación del ejército estadounidense, que ocupó Obersalzberg, el gobierno bávaro demolió lo que quedaba del Berghof. Posteriormente plantaron árboles en esa zona.

En 2008 se colocó un letrero oficial que identifica la ubicación donde se encontraba la casa de Hitler. Ofrece una breve historia de la residencia en inglés y alemán, que echa por tierra la visión simplista y ampliamente difundida de su función doméstica.

“Aquí pasó Hitler más de un tercio de su tiempo en el poder. Aquí se llevaron a cabo importantes discusiones y negociaciones políticas y se tomaron decisiones cruciales, lo que condujo a las catástrofes de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, causando la muerte de millones de personas“, dice.

Nunca más

El exitoso cambio de imagen doméstica de Hitler, creado por sus diseñadores y publicistas, subraya la necesidad de asumir una postura mucho más crítica con las industrias que se centran en las noticias del hogar o el estilo de vida, las cuales pueden tener una enorme influencia.

En los últimos años, los medios de comunicación occidentales han adulado a Asma al-Assad, la primera dama de Siria, y han dicho que ejerce una influencia refinada y doméstica sobre su esposo. Aunque algunos de estos medios, incluida la revista Vogue, han intentado eliminar los rastros de esos artículos en internet, las historias siguen publicadas con orgullo en el sitio web del presidente Bashar al-Assad.

Pero no debemos olvidar que, tras el hogar de una persona, a menudo hay más de lo que parece.


*Despina Stratigakos es profesora de Arquitectura de la Universidad Estatal de Nueva York en Búfalo, Estados Unidos.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y está reproducido bajo la licencia Creative Commons. Puedes leer la nota original leer aquí.


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https://www.youtube.com/watch?v=ENrp-Q1SOhM&t=4s

https://www.youtube.com/watch?v=PZVuLGROZvw&t=4s

https://www.youtube.com/watch?v=h_owvq-IB6U&t=19s

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