El Paciente Interno: La historia del vengador del 68
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El Paciente Interno:
La historia del vengador del 68

En 1970, un ciudadano intentó asesinar a Díaz Ordaz. Como castigo pasó 23 años en una institución mental y ahora, libre, pide limosna en las calles
Por Gabriella Morales-Casas
2 de marzo, 2012
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En 1970, un ciudadano común llamado Carlos Castañeda de la Fuente intentó asesinar al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, en venganza por la matanza de estudiantes en el 68. Su castigo fue ser enviado a una institución mental durante 23 años. Viejo y deteriorado, ahora pide limosna en las calles.

La historia la cuenta Alejandro Solar Luna en El Paciente Interno, su ópera prima documental que se estrena este fin de semana en el Festival Internacional de Cine de Guadalajara.

Carlos Castañeda “El Paciente Interno”.

El cineasta egresado del CUEC conoció el caso al leer un reportaje en el diario La Jornada del periodista Gustavo Castillo, en 2004, sobre los desaparecidos del 68, “entre ellos estaba Carlos y en seguida supe que debía hacer una película sobre él”.

Su primer paso fue acercarse al periodista y después investigar su propia línea en diferentes registros, como los del IFAI y el Archivo General de la Nación; en esa búsqueda se encontró con la abogada Norma Ibañez, quien tomó el caso de Castañeda y se volvió una suerte de protectora para él.

Además de ellos, Solar Luna encontró a los médicos y enfermeros del hospital psiquiátrico Samuel Ramírez Moreno que atendieron a Castañeda durante su reclusión, así como a Pedro Castañeda, hermano de éste. Con esos testimonios concibió el documental en un inicio.

Como parte de su propuesta se filmaría la búsqueda de Castañeda por las calles de la ciudad, la gente que lo podría haber conocido o los lugares donde había estado después de su liberación, en 1993, “no sabía si lo iba a poder encontrar o si estaba vivo”.

Pero la casualidad “o mi poder de invocación”, dice el realizador, lograron que Carlos Castañeda se le apareciera a medio rodaje en un albergue donde el cineasta filmaba imágenes aisladas y fue así como el protagonista, convertido en indigente, pudo contarle su historia en primera persona.

El expediente de Carlos Castañeda.

Con toda precisión, relata desde por qué decidió realizar el atentado, su descripción in situ de los hechos y cómo fue torturado por el fallecido director federal de seguridad, Miguel Nazar Haro, hasta la precaria vida que llevó encerrado en un aislado búnker psiquiátrico construido especialmente para él.

Castañeda se abre de capa con el director del filme –nacido precisamente en 1968-, quien logra transmitir con su narrativa visual las sensaciones de su protagonista y los mundos de miseria y crueldad que lo han rodeado.

Pero los testimonios no son melodramáticos “tiene una enorme dignidad al contar las cosas tan terribles que vivió, sin insultar siquiera”; ese decoro contrasta con las imágenes tenebrosas del pabellón donde fue confinado y la dureza de los discursos de Díaz Ordaz que se incluyeron en la cinta, “donde queda claro quién es el antagonista”.

El pabellón donde fue confinado Castañeda.

Aun con lo que significa el nombre Gustavo Díaz Ordaz para el país, el tema de la película a decir de su director, “es la de un sobreviviente de una historia ignominiosa”, Carlos Castañeda, un ferviente católico “cuya fe lo ha sostenido” y que fue motivo para declararlo enfermo mental tras el malogrado magnicidio que apenas llegó a un disparo en chasis del coche de otro funcionario.

Por ello, Solar Luna ve a su documental como un recordatorio sobre algo “que cargaremos siempre como sociedad y que no tendrá nunca reparación”, y del que Castañeda, como fallido vengador en tiempos de opresión, es una encarnación “de esa injusticia y olvido”.

El arma con el que se intentó asesinar a Gustavo Díaz Ordaz.

De hecho, el director comparte que los primeros espectadores en ver su material fueron jóvenes universitarios menores de 20 años, que nunca habían visto imágenes de los discursos de aquel presidente y que tras la proyección se mostraron “conmovidos” con Castañeda e “impactados hacia este icono del autoritarismo que fue Díaz Ordaz y las dimensiones que tuvo su gobierno”.

Producido por el CUEC, Imcine (Foprocine) y Rodrigo Herranz, El Paciente Interno se exhibe desde el viernes y hasta el domingo en Cinépolis Centro Magno de Guadalajara dentro de la Selección Oficial de Documental con el FICG, “y confío en que pronto puedan verlo en el resto del país porque es una historia para todos”, dice su director.

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Karol Czinege/EyeEm/Getty Images

¿Por qué nos gusta tanto la comida crujiente? (y cómo el sonido se convirtió en el sabor olvidado)

Decimos que comemos con los ojos, ¿pero sabías que también puedes comer con los oídos? Por extraño que parezca, los sonidos - y especialmente lo crujiente y crocante - tienen mucho que ver con la experiencia culinaria.
Karol Czinege/EyeEm/Getty Images
18 de octubre, 2020
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El sonido es el sabor olvidado. No solo comemos con la boca, con la nariz o con los ojos. También lo hacemos con el oído.

Lo dice el experto en psicología experimental Charles Spence, que lleva casi dos décadas investigando cómo nuestro cerebro procesa información de cada uno de nuestro sentidos, y cómo comprender eso puede ayudarnos a diseñar mejores alimentos (o unos que nos agraden más).

“Desde el crujido de la comida, hasta el ruido del empaquetado, el roce de la cuchara en el plato o la música que escuchamos mientras comemos; todos los sonidos afectan a nuestra experiencia culinaria, unos más que otros, y también al sabor”, le cuenta a BBC Mundo.

Spence, autor de Gastrophysics: the new science of eating (“Gastrofísica: La nueva ciencia de la comida“, 2017), dirige el laboratorio Crossmodal Research de la Universidad de Oxford, Reino Unido, integrado por especialistas en psicología, neurociencia y cocina. También colabora con chefs de renombre -como el español Ferrán Adriá o el británico Heston Blumenthal- para crear experiencias culinarias “multisensoriales”.

Y es que, según el científico, comer es una experiencia mucho más multisensorial de lo que solemos reconocer, sobre todo a nivel auditivo.

No es el único que lo piensa. “Hay varias cosas que nos hacen sentirnos satisfechos con la comida: el olor, el gusto y la textura, en la que incluimos el sonido”, le dice a BBC Mundo la consultora en alimentación Amanda Miles-Ricketts. “Y no hay nada más satisfactorio que algo crujiente o crocante”.

"No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella".", Source: Charles Spence, Source description: psicólogo experimental, Universidad de Oxford, Image:

Precisamente, la preferencia del ser humano por lo crujiente es algo que lleva años fascinando a Spence.

Uno de sus mayores logros es haber creado un ruido electrónicamente modificado de la papa frita para convencer al consumidor de que era más crujiente. Fue un experimento que surgió de la pregunta de si el sabor de una papa frita sería diferente si alteramos su crujido. Y resultó que sí.

La Universidad de Harvard le entregó por ello un Ig Nobel, una parodia del prestigioso galardón “para hacer reír, y luego pensar”.

Pero la cuestión de por qué nos gusta tanto la comida crujiente tiene un trasfondo más serio de lo que parece.

niño comiendo alitas de pollo

Chakarin Wattanamongkol/Getty Images
¿Te entró el apetito?

“Cuando hicimos ese experimento en 2009 era difícil creer que habría interés en el tema, pero desde entonces han surgido muchos trabajos y experimentos para combinar diferentes sonidos y sabores”.

¿Qué nos pasa con la comida crujiente?

“La comida rápida suele ser crujiente, crocante, casi siempre ruidosa”, dice Spence. “A nadie le gusta la idea de una papa frita esponjosa, incluso aunque sepamos que tiene todos los elementos que le dan ese sabor”, comenta el psicólogo.

En su laboratorio de Oxford, ha podido demostrar que las diferentes frecuencias de crujidos pueden alterar cómo percibimos su sabor o incluso que algunos alimentos nos parezcan de mejor o de peor calidad.

“Es una reacción instantánea en nuestro cerebro”, dice Spence. “Todavía estamos investigando por qué nos atrae tanto lo crujiente, pero existen varias teorías”.

“Una de ellas parte de que las verduras y los vegetales más ‘ruidosos’ suelen ser más frescos (y viceversa), por lo que asociamos lo crujiente con lo saludable“.

“Por otro lado (y paradójicamente), algunos alimentos crujientes -como las galletas, los cereales o las frituras- suelen tener un alto contenido en grasa…. y a nuestro cerebro le gusta la idea de grasa, lo cual explicaría nuestra preferencia por ese sonido”.

cereales

Getty Images
Cuando comes algo crujiente, prestas más atención a lo que ocurre dentro de tu boca.

A Miles-Ricketts -que tiene una marca propia de tés especializada en salud y bienestar que lanzó tras sufrir problemas en la piel- le preocupa eso. “Al margen de las manzanas, que obviamente son saludables, los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes. No es pura coincidencia“.

“Finalmente”, añade Spence, “otra teoría que surgió hace un par de años es que cuando empezamos a degustar algo nos suele resultar más sabroso, y nuestro cerebro se va adaptando y desconectando a medida que le parece menos ‘interesante’, pero cuando comes algo ruidoso eso dirige tu atención hacia tu boca, lo cual ayuda a que el sabor se quede por más tiempo”.

Eso significaría que puede que nos guste más la comida crujiente porque sentimos que su sabor dura más.

Pero la cuestión de la experiencia sensorial -y sonora- de la comida va más allá de lo crujiente.

Maridaje fonético

“Piensa en el sonido cuando abres una lata, una botella, el corcho del vino o incluso el del microondas. Todo ello afecta a nuestra experiencia y a cómo percibimos el sabor”, explica Spence. “No es casualidad que las papas fritas se vendan en bolsas de plástico especialmente ruidosas; es puro marketing intuitivo”.

Y así como los ruidos afectan al sabor, también lo hace la música.

"Los alimentos poco saludables y adictivos que no son naturales suelen ser crujientes".", Source: Amanda Miles-Ricketts, Source description: consultora en alimentación y fundadora de Niche Tea, Image:

Spence y su equipo han investigado cómo los sabores dulces y agrios suelen asociarse con notas de alta frecuencia, mientras que los amargos equivalen a notas de baja frecuencia.

“Si, por ejemplo, escuchas cierta música mientras tomas una taza de café o comes una porción de chocolate, puedes intensificar su dulzura“, explica Spence.

Es lo que él llama “sazonar fonéticamente” la comida.

El científico asegura que muchas marcas y músicos se han interesado por esta técnica y ya están poniendo en prácticas maneras de combinar sabores y sonidos para mejorar la experiencia culinaria y responder a la pregunta de “cuál es el sonido de su sabor”.

Miles-Ricketts cree que cada vez más actores en la industria alimentaria tienen en cuenta la “funcionalidad y el propósito de sus productos” y el hecho de que la alimentación es “una experiencia multisensorial”.

papas fritas

Getty Images
¡Ese “crunch” es muy deseable!

“Podríamos incluso aprovechar esto para comer de forma más saludable”, propone Spence. “Podríamos comer con menos azúcar si añadimos un poco de ‘música dulce’ para sazonar alimentos, en lugar de la alta música de algunos restaurantes que, de hecho, suprime nuestra capacidad de saborear adecuadamente”.

“Así como maridamos ciertos alimentos con ciertos vinos, podemos maridar sabores con sonidos y formas“.

“Muchos nunca habrían imaginado que la música puede alterar el sabor de la comida, pero es todo un nuevo campo por explorar. ¿Por qué no maridar un sabor con un sonido?”

“No importa que música escuches: hay un sabor que seguro combina bien con ella”.


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