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¡27 años de cine en Guadalajara!
Es el encuentro cinematográfico más viejo de México, cumple 27 años y ya cambió de nombre dos veces, nueve de capitán al mando y tiene casa propia desde hace dos años, la Expo Guadalajara
Por Mariana Linares Cruz.
2 de marzo, 2012
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Cartel del FICG 2012.//FOTO: Especial

El Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG) es el encuentro cinematográfico más viejo de México: Hoy cumple 27 años y ya cambió de nombre dos veces, nueve de capitán al mando, cada edición aumenta sus secciones y tiene casa propia desde hace dos años, la Expo Guadalajara.

El FICG, que se llamó Muestra de Cine Mexicano en Guadalajara de 1986 hasta el 2003 y Muestra de Cine Mexicano e Iberoamericano en 2004, inició hoy su vigésima séptima vuelta al ruedo con la expectativa de superar los 100 mil asistentes que logró el año pasado. La meta deberá cumplirse el próximo sábado 10 de marzo, al término del festival.

Hay recursos para lograrlo, “nunca suficientes, pero sí altos”, señaló para Animal Político el biólogo Iván Trujillo, actual y décimo director del FICG. Recursos económicos, humanos y operativos repartidos por la Universidad de Guadalajara, el gobierno federal a través del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) y el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), el gobierno estatal, los gobiernos municipales de Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque, y patrocinios.

La administración de éstos depende en su totalidad del patronato del FICG, cuyo consejo directivo preside Raúl Padilla López (también presidente del Consejo Directivo de la Fundación Universidad de Guadalajara A.C., de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, del Fideicomiso para el Centro Cultural Universitario y del Consejo Consultivo de Cultura de la Universidad de Guadalajara) y no incluye al director del FICG.

Cartel de la 26 edición del Festival de Cine de Guadalajara 2011.

Los recursos del festival también fueron amplios para su programación: cada una de las seis secciones en competencia contó con la ayuda de un comité de selección formado por personalidades relacionadas al cine en Guadalajara. Entre los 18 integrantes están a Kenya Márquez y Guillermo Vaidovits, ex directores del FICG; Eduardo Rodríguez, director del Cineforo de la Universidad de Guadalajara, y Eduardo de la Vega, investigador y escritor. Gerardo Salcedo es el director de programación e Ignacio Durán trabaja como programador externo.

En sedes tampoco se escatimó: siguen como principales el Teatro Diana, el Cineforo y la Expo Guadalajara, con una segunda sala de exhibición en 35 mm; se anexan el Auditorio Telmex, ocho espacio públicos para funciones al aire libre y Cinépolis Centro Magno, que apoya de nuevo al FICG tras un año de veto.

“Es un festival de dimensiones muy grandes, un festival de festivales; cada evento o sección por sí solos podría atender a mucho público”, describió Trujillo, quien dirige el FICG por segundo año consecutivo. “Lo que distingue al FICG es su posibilidad de atraer intereses muy distintos del público local y visitante; la diversidad en su programación, formatos y actividades”.

Actividades que inician hoy y que incluyen la competencia de 118 títulos, la visita de 24 horas de Andy García para homenaje y clase maestra, el donativo de la taquilla en galas a fundaciones como la de la Universidad de Guadalajara o la Cruz Roja Mexicana, poner  el dedo en la llaga sobre el melodrama en el cine, la exhibición de documentales sobre el Cuauhtémoc Cárdenas y el alcalde Mauricio Fernández, películas del recién fallecido Pedro Armendáriz, negocios con tequila entre productores y cineastas iberoamericanos, paseos con invitados especiales de Inglaterra e Irlanda, conversaciones entres cineastas y estudiantes de la UdeG, función de gala con zombies hoy por la noche con la película Juan de los muertos y música, cada noche como parte de la sección Son de Cine. Otra vez Guadalajara y su festival: 9 días de cine y la meta de 100 mil espectadores por superar.

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Por qué el idioma que hablamos hace que veamos el futuro de forma diferente
Algunos estudios vinculan la manera en que las lenguas se refieren al futuro, al pasado o al presente y la forma en que sus hablantes interpretan el paso del tiempo e incluso la visión que tienen sobre cuestiones como el respeto por su entorno.
19 de abril, 2019
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¿Qué pasa si el idioma que hablas te hace percibir el tiempo de manera diferente?

¿Suena como realismo mágico? Casi: es Economía.

Algunos trabajos de investigación recientes sostienen que los idiomas que distinguen gramaticalmente el futuro del presente hacen que sus hablantes planifiquen menos, ahorren menos, e, incluso se preocupen menos por el medio ambiente.

Pero ¿de dónde viene este supuesto y cuáles son sus antecedentes?

El vacío

Bejamin Lee Whorf era inspector de una compañía de seguros contra incendios y notó que el lenguaje podía causar problemas de seguridad.

Se dio cuenta que la gente actuaba de forma descuidada cerca de los bidones de gasolina vacíos porque estaban “vacíos”, aunque en la práctica están llenos de vapor de gasolina, por lo que pueden explotar.

Esto lo estimuló a estudiar y escribir sobre el lenguaje.

cuadro

Edouard Taufenbach/Gallery Binome
El paso del tiempo ha sido motivo de inspiración para el arte.

Whorf pasó tiempo con la comunidad indígena Hopi del noreste de Arizona.

Observó que no tenían distinciones gramaticales para el futuro y el pasado y que no tenían forma de contar períodos de tiempo.

Observó sus prácticas culturales y llegó a la conclusión de que los Hopi ven el tiempo de manera bastante diferente a nosotros y que conceptos que nos parecen obvios, como “mañana será otro día”, no tenían ningún significado para ellos.

Su publicación de estas ideas en 1939 cambió la filosofía del lenguaje.

De las propuestas de Whorf y las de su maestro, un profesor de Yale llamado Edward Sapir, surgió lo que se denominó la Hipótesis de Relatividad Lingüística, comúnmente conocida como la hipótesis de Sapir-Whorf.

Su explicación abreviada es que el lenguaje puede afectar nuestra forma de pensar; su implicación más fuerte es que no podemos pensar en cosas de las que nuestro lenguaje no nos permite hablar.

Con el tiempo, las explosivas ideas y gran parte de los postulados de Whorf fueron descalificados.

En 1983, un investigador llamado Ekkehart Malotki publicó Hopi Time, un voluminoso libro que detallaba su investigación sobre los Hopi y su lenguaje, que atacó la teoría de Whorf y generó desconfianza hacia cualquier idea sobre la relatividad lingüística.

Recuperación

En realidad, Whorf no estaba equivocado del todo sobre el efecto de ciertas palabras que trasmiten el paso del tiempo.

Cualquier persona que tenga conocimiento sobre ventas o marketing conoce la diferencia que causa llamar a algo “usado”, “clásico” o “antiguo”.

En los últimos años, algunos lingüistas han demostrado cuánto puede afectar el vocabulario que usamos nuestra forma de pensar sobre las cosas.

Los experimentos de la psicóloga María Sera revelaron que las personas que hablan un idioma en el que algo (como una cuchara) es de género femenino, tienden a describir ese objeto con términos asociados a la mujer, mientras ocurre lo contrario con el género masculino.

Somos lo que decimos

Lera Boroditsky, de la Universidad de Stanford, ha acumulado datos interesantes sobre cómo las personas que hablan idiomas que usan la misma palabra para un par de colores necesitan más tiempo para distinguirlos que aquellos que tienen una palabra separada para cada uno.

Los expertos Caitlin Fausey y Teenie Matlock descubrieron que si decimos que un político “estaba recaudando donaciones”, creemos que ha recaudado más que si decimos que el político “recaudó donaciones”.

Otros lingüistas, como Manuel Carreiras, descubrieron que, al leer descripciones de personas, recordamos atributos que se dice que tienen en el presente más rápidamente de los que se dice que tuvieron en el pasado.

Como dijo el destacado lingüista Roman Jakobson, “los idiomas difieren esencialmente en lo que tienen que comunicar y no en lo que podrían comunicar“.

En su libro Through the Language Glass (“Tras el cristal de los idiomas”), Guy Deutscher estudia los Matses de Brasil, que codifican en sus verbos la forma en las que hablante tuvo conocimiento del evento: por experiencia, inferencia, conjetura o rumor.

Ni el ingles ni el español tienen esa característica pero, ¿significa eso que la evidencia es menos importante para los angloparlantes y los hispanoparlantes que para los Matses? Y si es así, ¿es consecuencia del lenguaje o éste simplemente refleja una prioridad?

El francés hablado no distingue entre “hice eso” y “lo he hecho”, pero ¿eso significa realmente que los francoparlantes tiene una idea distinta del pasado?

El realismo económico

foto

Edouard Taufenbach/Gallery Binome
“Los idiomas difieren esencialmente en lo que deben transmitir y no en lo que pueden transmitir”.

Empezamos diciendo que la cuestión era económica.

Estudios realizados desde ese punto de vista arrojaron resultados claros: los hablantes de idiomas en los que existe el tiempo futuro son un poco menos responsables con respecto al futuro.

No obstante, un análisis de 2015 encontró que una vez que se toma en cuenta la relación de las familias de idiomas, la correlación ya no es estadísticamente significativa.

Algunos idiomas -de “referencia de futuro fuerte”-exigen una construcción gramatical que haga referencia al futuro, en contraste con otros, de “referencia futura débil“-como el alemán, el finlandés o el mandarín-, en el que los hablantes suelen hablar del futuro utilizando formas de tiempo presente.

Y hay culturas como la Pirahã, de la Amazonía, y la Hadza, de África oriental, que no distinguen entre presente y futuro en las conjugaciones verbales, pero tampoco valoran el ahorro para el futuro.

Cuantos más contraejemplos encontremos, menos probable es la explicación lingüística.

Además, ¿por qué usar las mismas palabras para hablar del futuro como del presente estimula, en lugar de desalentar, la planificación?

Si un idioma no tiene un tiempo pasado, ¿significa eso que estará más preocupado por su historia que los hablantes de uno que sí lo tiene?

Las marcas del tiempo

Muchos idiomas, como el español, inglés, francés o el italiano requieren marcar el tiempo pasado, mientras que el mandarín y otras formas de chino no marcan el tiempo en absoluto.

¿Significa esto que China está más preocupada por su pasado que Francia o Italia o Inglaterra?

Cuando se requiere una distinción en un idioma, elegir una opción sobre otra afectará la forma en que pensamos en algo.

Hemos aprendido que cuando no se requiere una distinción, todavía se puede hacer, pero puede tomar más energía mental para hacerlo.

Es plausible que la forma en que nuestros idiomas nos hacen hablar sobre el tiempo pueda afectar nuestra forma de pensar y actuar en relación con el futuro y el pasado.

Pero yo aún no estoy del todo convencido.

Puedes leer la historia original en inglés aquí


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