Queremos justicia:
Ellas hablan de su dolor

Algunas de ellas han perdido hasta 8 familiares. Todas tienen una historia y la cuentan en el marco del aniversario del Movimiento por la Paz, mientras reclaman lo mismo de hace un año: Justicia.

Queremos justicia: <br>Ellas hablan de su dolor
María Herrera, madre de los desaparecidos Raúl, José de Jesús, Gustavo y Luis Armando Trujillo Herrera.//FOTO: Cuartoscuro
María Herrera, madre de los desaparecidos Raúl, José de Jesús, Gustavo y Luis Armando Trujillo Herrera.//FOTO: Cuartoscuro

De perfil, en cuanto toma asiento en el camión que parte de la glorieta de la Paloma de la Paz, en Cuernavaca, rumbo al fraccionamiento Las Brisas, Temixco, en Morelos, a la regiomontana Amada Fuentes se le alcanza a leer, por un instante, sin la “n” la pregunta que lleva escrita en la pechera de la camiseta negra que trae puesta, porque al doblarse, mujer menuda, la letra queda escondida entre la rugosidad de la holgada prenda. Es como si durante un instante pasara del reclamo general, sobre la desaparición de cerca de “20 mil personas” en lo que lleva la llamada guerra del Gobierno federal contra el narcotráfico en el país, a otro específico: la desaparición de su hijo Gustavo Castañeda Fuentes, en Nuevo León, el miércoles 25 de febrero de 2009 a la una de la tarde con diecinueve minutos, con quien en ese momento se encontraba hablando a través de un teléfono móvil, pero se interrumpió la llamada.

El camión, que transporta a un grupo de activistas y familiares de las personas desaparecidas de 2006 a la fecha, a la vez integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que surgió hace un año tras el asesinato del hijo del poeta Javier Sicilia y seis jóvenes más, deja atrás a la fuente de la Paloma de la Paz, al que los manifestantes esta mañana le han colgado un distintivo de luto en el pico de la figura y vertido colorante tono sangre en las aguas, y Amada Fuentes, con ojeras que denotan que recién ha llorado mucho, dice que Gustavo “se fue” de 27 años, “lo levantaron los policías municipales de Nuevo León”, horas después de que él conviviera con mamá y su hijo de siete meses, en la casa de ella. “Era bonito”, “era guapo”. “¿Verdad, compañeras, verdad? Apóyenme!”, pide a Olga Reyes Salazar y a Soledad Carrión, quienes desde los asientos de atrás la vienen escuchando y la miran con dolor.

Olga Reyes Salazar, de Guadalupe, Distrito Bravos, Chihuahua, ha perdido a seis familiares de 2008 a la fecha: cuatro  hermanos (los activistas Josefina, Rubén, Elías y Malena), un sobrino y una cuñada (Julio César, hijo de Josefina, y Luisa Ornelas, esposa de Elías). Sentada en la última fila de asientos, detrás de Amada Fuentes, dice que admira a sus compañeros y compañeras del Movimiento porque son personas que tienen tanta fuerza en su lucha. Olga y su familia padecieron, a principios de 2011, la desaparición de tres de sus familiares, pero tras una presión lograron que en dos semanas los asesinos abandonaran los cuerpos de las víctimas a orillas de una carretera. Se trataban de los cuerpos de Elías, Malena y Luisa, quienes habían sido secuestrados cerca de un retén militar. Los recuperaron, aunque muertos, pero la esperanza de Olga Reyes estriba en llevar ante la justicia a los asesinos de sus familiares, eso mismo que busca Soledad Carrión, la madre de Paris de Jesús Huge (su nombre artístico), asesinado a sus 28 años, el viernes 7 de agosto de 2010, en la carretera México-Puebla, a la altura de la llamada Caseta Vieja, cuando regresaba del trabajo.

Soledad, mujer alta, robusta, de semblante adolorida, saca de su bolso una foto de su hijo: una imagen tamaño carta, metida en una transparente bolsa de plástico. En ella se observa a Paris, moreno, de nariz alta, posando junto a la cortina de su negocio de diseño gráfico. Él mismo, como grafittero y pintor con más de 100 cuadros en su galería privada, había trazado multifiguras en la lámina de la puerta. “Me lo mataron cuando volvía de su trabajo, en su bicicleta…Ya sabemos quién anda ahora en esa bicicleta”, dice Soledad, originaria de Ixtapalucan, en los límites de la Ciudad de México y el estado de Puebla, en un tono oprimido por la impotencia y por las ganas de llorar. Insiste en que busca justicia, mientras saca otra foto que corresponde a otro joven grafittero asesinado en Cancún, Quintana Roo.

Luis Ángel León Rodríguez, otra víctima, también desapareció camino al trabajo. Hijo de Araceli Rodríguez, otra de las mujeres con amplia participación en el Movimiento como Olga Reyes Salazar, recuerda que ese día, el 16 de noviembre de 2009, recibió a las once horas una llamada de su hijo, un muchacho blanco que coronaba sus respuestas o comentarios a su madre con la frase “Te amo”. Luis Ángel comentó que ya estaba por irse de comisión, como trabajador de la Policía Federal. Fue la última comunicación que sostuvieron él y su madre, quien ahora está junto al grupo que recuerda la muerte del joven Sicilia y compañeros a un año de que fueran abandonados sus cuerpos en un automóvil en este arbolado callejón periférico delineado por ocres bardas y muros de piedras cerca del fraccionamiento Las Brisas, en Temixco. Originaria de Hidalgo, Michoacán, mientras se oyen los llantos de otras madres que claman por el regreso de sus hijos, suple el asomo de llanto con una breve sonrisa al tiempo que recuerda a su hijo como “el más hermoso de los hermosos”.

Ya no llora, pero por ratos se la observa con ligeros estremecimientos de cuerpo. Se llama María González y es madre de Andrés Ascencio, quien desapareció el 27 de noviembre de 2011, a las nueve de la noche, camino a Texas, en territorio de Nuevo León, cuando iba en compañía de su amigo Braulio Hernández. Sentada bajo un árbol, en la otra acera del callejón donde el escritor Rocato Bablot y Javier Sicilia hablan ante la prensa de las miles de víctimas, a María González se la observa triste, desesperada. Hace rato lloró a gritos en cuanto le tocó el turno de participar ante la prensa. ¡Que ya paren esta guerra!, dijo. ¡Que ya paren!, también gritó Javier Sicilia, el dirigente del movimiento. Bablot habló acerca de unas 60 mil víctimas: cerca de 40 mil muertos y un promedio de 20 mil desaparecidos. María sí supo el momento en que algo le sucedió a su hijo Andrés: a las nueve de la noche de ese domingo él la llamó para comentarle que estaba a dos horas de Nuevo Laredo, pero que en ese momento se encontraba resolviendo unos breves trámites de tránsito con personas de un retén. De repente Andrés interrumpió la plática con su madre y se puso a gritar.

–Dale, Braulio, dale.

Se cortó la llamada. Fue la última plática de María con su hijo, porque no volvió a entrar la llamada a ese número de celular.

Sí, jamás volvió a entrar la llamada a su celular, y tampoco ha sido usado el celular en otra zona del país. Quien ahora relata se llama Lucía Baca y es la madre de Alejandro Moreno, quien desapareció cuando iba de paseo a Laredo, Texas. Alejandro se “llama” Alejandro, no se “llamaba”, porque mientras no aparezca mi familia y yo tenemos la esperanza de que Alejandro vive.  Muchacho inteligente, cariñoso, ayer hizo catorce meses de su desaparición, y tenemos la esperanza de que se lo hayan llevado para que les trabaje en asuntos de sistemas, porque él es ingeniero en electrónica.

Lucía Baca, jovial, tiene un tono triste cuando habla de su hijo. Dice que el dolor cansa, y que ya no viven, sino están sobreviviendo, esperando. Recuerda el día en que desapareció su hijo, cuando viajaba solo en su coche: el jueves 27 de enero.

–Esa es una fecha que llevo tatuada en la vida.

Es la huella. Pintadas con tizas, hay tantas frases en el callejón donde hace un año fueron encontrados los cuerpos del hijo del poeta Javier Sicilia y de otros seis jóvenes. Piden por la paz. Hay gritos de ya basta, de no más sangre. Cuando los hombres y las mujeres del Movimiento por la Paz, Justicia y Dignidad levantan sus pancartas, las fotos de las víctimas, las cruces pintadas de blanco, esas palabras se quedan allí, cerca de un pequeño altar adornado de flores blancas y rojas, allí en el piso. Las cruces levantadas y las pancartas serán colocadas en la plaza pública, frente al palacio municipal de Cuernavaca, un pueblo de edificios coloniales en su centro, que esta tarde ha pasado de un fuerte sol a un clima fresco y oloroso a incienso que están sahumando los danzantes que participarán de las dos de la tarde en adelante, como parte de una serie de actividades que cerrarán la jornada del primer aniversario del Movimiento.

En un restaurante cercano a la plaza, una mujer toma asiento mientras ata en el respaldo de otra silla un globo con la forma de un dibujo animado.

–Lo pondré en el altar de mi hijo –se dirige a Olga Reyes. Es la madre de Jaime Gabriel Alejo Cadena, uno de los jóvenes asesinados junto con Juan Francisco Sicilia.

Ella le devuelve una muestra de alegría.

Y en la plaza, sentada recargada sobre uno de los pilares del vestíbulo del palacio municipal, María Herrera da a entender que está dispuesta a hablar una y otra vez de su dolor si eso la ayudará, y ayudará al  país, a que se sepa sobre las personas desaparecidas, entre ellas cuatro de sus hijos: Jesús, Raúl, Gustavo y Luis Armando, todos casados, excepto Raúl que tenía diecinueve años cuando su desaparición.

Los cuatro se dedicaban a la compra de pedacería de oro. Jesús y Raúl desaparecieron el 28 de agosto de 2008 en Guerrero, luego de que comunicaran a su familia que ya estaban por regresar a casa, en Michoacán. Ni volvieron a casa y tampoco volvieron a contestar las llamadas al celular. Y Gustavo y Luis Armando desaparecieron el 22 de septiembre de 2010 en Veracruz. Los primeros desaparecieron junto con otras cinco personas, y los segundos junto con otras dos.

Sí, así es, dice la señora María Herrera, recargada con su dolor junto al muro, vivo destrozada con la desaparición de mis cuatro hijos. Me duele, dice y sus palabras salen acompañadas de lágrimas. La plaza ha adquirido el toque de un camposanto, hay cruces por todas partes y fotografías de muchas personas que un día salieron de casa y jamás volvieron o fueron asesinadas.

Integrante de una familia de luchadores sociales, en el Valle de Juárez, Olga Reyes Salazar, estatura regular, camina entre cruces, aquí mismo, frente al palacio municipal, cerca de donde está sentada María Herrera. Será una de las oradoras principales antes del cierre de las actividades. Primero mataron a su sobrino Julio César en 2008; en 2010, mataron a su hermana, la luchadora social Josefina; meses después, a su hermano Rubén; posteriormente a sus hermanos Elías y Malena y a su cuñada Luisa. El resto de la familia se ha ido al exilio. Ella, mientras pasa entre cruces, llega a un altar y vuelve a mirar las fotos de las otras personas, incluidos luchadores sociales, que han muerto o han desaparecido en lo que lleva la guerra del Felipe Calderón contra el narcotráfico, dice, serena:

–Quiero justicia.

Close
Comentarios