"Si en EU quieren seguir quemando, que sea su propia mota": Sicilia
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"Si en EU quieren seguir quemando,
que sea su propia mota": Sicilia

Javier Sicilia refrenda la consigna lanzada desde hace un año contra delincuentes y políticos por igual, ante la crisis de la violencia que se cierne sobre el país: "¡Seguimos hasta la madre!".
Por Paris Martínez
29 de marzo, 2012
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Javier Sicilia con padres de otros jóvenes asesinados.//FOTO: Lucía Vergara

Al conmemorar el primer aniversario luctuoso de su hijo Juan Francisco Sicilia, y de los seis jóvenes más junto con los que fue asesinado el pasado 28 de marzo de 2011, el poeta Javier Sicilia refrendó durante la noche de este miércoles la consigna lanzada entonces a delincuentes y políticos por igual, ante la crisis de la violencia que se cierne sobre el país: “¡Seguimos hasta la madre!“, aunque esta vez extendió su reclamo hacia un actor más, el pueblo estadunidense.

“Seguimos estando también hasta la madre –afirmó, antes de encabezar una marcha de cerca de 400 personas con veladoras por el centro de Cuernavaca, y con la que se conmemoró también el primer año de existencia del Movimiento por la Paz con justicia y Dignidad– de ustedes, norteamericanos, porque detrás de su consumo de droga, que no ha disminuido un ápice, de su producción indiscriminada de armas, que pueden comprarse como dulces en un supermercado y que día con día entran a nuestra nación de manera ilegal, armando a la delincuencia; detrás de sus empresas que, junto con las nuestras, lavan el dinero del crimen, están cada uno de nuestros muertos, cada uno de nuestros desaparecidos, cada uno de nuestros desplazados.”

Por ello, les instó, “si quieren seguir quemando mota y negándose a despenalizarla, consuman su propia mota y no la nuestra; si quieren seguir produciendo armas, véndanselas a ustedes mismos y úsenlas con ustedes mismos, porque nuestra mota y sus armas que entran de manera ilegal a México están matando a nuestros hijos“.

En el último acto comprendido dentro de las conmemoraciones luctuosas por el multihomicidio de marzo de 2011, jornada que inició con la colocación de un listón negro en el monumento conocido como Paloma de la Paz y una corona fúnebre en el predio donde los cuerpos de las siete víctimas fueron abandonados, Sicilia aseguró que “es necesario que los norteamericanos, los inmigrantes y los mexicanos radicados en Estados Unidos, se den cuenta de que el mercado millonario de la droga estadounidense, sus bancos y empresas que lavan dinero con la complicidad de los nuestros, su desprecio, semejante al nuestro, por los migrantes, y sus armas, continúan fortaleciendo la inmensa capacidad de muerte de los grupos criminales y que sólo juntos podemos detenerlos, y construir una unidad humana por encima de las fronteras y de las diferencias”.

Por ello, reiteró que en agosto el MPJD emprenderá, “al lado de muchas organizaciones norteamericanas, mexicanas y centroamericanas, una larga caravana por Estados Unidos, para construir junto con ellos (norteamericanos, centroamericanos y mexicanos) esa ruta de paz y de justicia.”

El escritor habló con los medios.

Agendas emborronadas

Sicilia dedicó buena parte de su discurso a los políticos mexicanos, a los que acusó de haber permitido que la corrupción, “cómplice de todos estos crímenes”, se haya instalado en las instituciones, bloqueando la operatividad de la Procuraduría de Víctimas, el debate sobre Ley de Víctimas, sobre la Reforma Política y la democratización de los medios de comunicación, además de que las investigaciones de los casos presentados al presidente Felipe Calderón en los diálogos del Castillo de Chapultepec, todo esto mientras el índice delictivo continúa aumentando.

A la clase política, el representante de las víctimas de la violencia en México les aseguró que “sus mezquinos pleitos por el poder, sus desagradables rostros con los que llenan nuestras calles, sus inanes eslóganes, sus onerosos dispendios, son la continuación de la guerra por otros medios”, por lo que calificó las próximas elecciones como una “cortina de humo con apariencia de democracia”, que sólo generará una “nueva y más precaria administración de la desgracia del país”.

Ante ello, Sicilia aseguró que “la única actitud digna y congruente (…) es ir a las urnas, para llenarlas con nuestro voto en blanco“.

No obstante, el poeta convocó a todos los candidatos presidenciales mexicanos a tener un encuentro con el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, en junio próximo, en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, para que “respondan por la paz y la justicia que han borrado de sus agendas”.

Dejen de matarnos

Tras recordar que hace un año pidió a los delincuentes “un retorno a sus códigos éticos”, Sicilia lamentó que a la fecha “el crimen continúa asesinando, secuestrando, extorsionando, desapareciendo personas de las maneras más viles, cruentas y demoniacas”, mientras que el Estado, “penetrado, cooptado, roto, (continúa) sin hacer justicia, volviendo a despreciar, a criminalizar y aborrar a las víctimas y la emergencia nacional (…) y contribuye con su cauda de violación de los derechos humanos a este dolor inútil, atroz, desesperante”.

Más hasta la madre que hace un año, “de una forma más profunda y brutal”, el poeta, principal emblema del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, renovó su llamado a la conciencia de los criminales: “Dejen de asesinarnos –les pidió–, dejen de secuestrarnos, dejen de extorsionarnos, dejen de llevarse a nuestros hijos y a nuestras hijas; dejen de dañarse y de envilecerse a ustedes mismos con tanto horror”.

A continuación, te presentamos el discurso íntegro leído por el dirigente del MPJD, en la plaza central de Cuernavaca, titulado ‘Seguimos hasta la madre’.

 

Afuera del Palacio de Gobierno de Cuernavaca se colocó una placa en memoria de los jóvenes asesinados.//FOTO: Cuartoscuro

Seguimos hasta la madre

Desde hace un año, no hemos dejado de iniciar nuestros discursos con poesía. Esta vez, a un año de la muerte de mi hijo Juan Francisco, de sus amigos y del reciente y espantoso asesinato de otros cuatro estudiantes en Morelos, quiero iniciar con unos versos del Dhammapada, uno de los libros sagrados del budismo, que se refieren a la vejez: “Eres una casa de huesos,/ una casa de carne y sangre,/ allí moran el orgullo y la hipocresía,/ moran la decadencia y la muerte”. Por ese horror en el que se ha convertido la vejez de nuestra historia, por el dolor que llevamos a cuestas por nuestros muertos y desaparecidos, y porque a pesar de todo, vuelvo al Dhammapada, hemos aprendido a seguir en nuestra esperanza “a los que han despertado,/ a los buscadores del camino,/ a los transformados” y los hemos aprendidos a seguir “como sigue la luna el camino de las estrellas”, pido un minuto de silencio.

 

Hace un año, la imbecilidad del crimen organizado y la inoperancia del Estado para cumplir su vocación fundamental, darle seguridad a sus ciudadanos,  asesinaron aquí, en Morelos, a mi hijo Juan Francisco, a Julio César Romero Jaimes, a Luis Antonio Romero Jaime, a Jaime Gabriel Alejo Cadena, Álvaro Jaimes Avelar, Jesús Chávez Vázquez y María del Socorro Estrada; hace un año también pronunciamos nuestro “Estamos hasta la madre” que movilizó a la nación entera y que dirigimos a los políticos y criminales. Hace un año también, bajo esa consigna, la sociedad entera del país se movilizó para visibilizar a las víctimas de esta guerra imbécil –esas víctimas que la corrupción de los gobiernos había criminalizado, reducido al “se están matando entre ellos”, a cifras enterradas en el espantoso anonimato de las cifras, de las “bajas colaterales” y del 98% de impunidad—. Nos movilizamos también, a lo largo de dos largas caravanas, para abrazarnos, consolarnos, unirnos como hermanos y convertir nuestro dolor en amor y reclamo de justicia y de paz hacia el Estado y de un retorno a sus códigos éticos hacia los delincuentes.

A pesar de esa visibilización que mostró la emergencia nacional que vive el país, de pedir renuncias de un gobernado, de varios presidentes municipales y del Secretario de Seguridad Pública, que continúan mostrando su ineficiencia, su incapacidad y su cinismo, de recorrer 11 mil kilómetros, de dialogar de cara a la nación en el Alcázar del Castillo de Chapultepec con el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo; a pesar de haber obtenido, como consecuencia de esos diálogos, la creación de la Procuraduría de Atención a Víctimas y la Ley General de Víctimas de la Violencia y del Abuso de Poder; a pesar de haber detenido la Ley de Seguridad Nacional, que le daría un marco legal a esta guerra absurda, y haber propuesto una Ley de Seguridad Humana y Ciudadana, ni la justicia se ha hecho ni hay una ruta profunda y segura hacia la paz y el regreso de las fuerzas armadas a sus cuarteles. Lejos de ello, el crimen continúa asesinado, secuestrando, extorsionando, desapareciendo personas de las maneras más viles, cruentas y demoniacas, y balcanizando al país, y el Estado, penetrado, cooptado, roto, sin hacer justicia, volviendo a despreciar, a criminalizar y a borrar a las víctimas y la emergencia nacional del espectro social y político del país y a contribuir, con su cauda de violación de los derechos humanos, a este dolor inútil, atroz, desesperante. Ni en la agenda de los gobiernos ni en la agenda de los partidos existe la realidad del país. Poco, casi nada se ha movido y casi nada se ha asumido de los seis puntos que leímos en el zócalo de la Ciudad de México el 8 de mayo de 2011 y que constituyen un pacto ciudadano traicionado.

Si hace un año estábamos hasta la madre, hoy continuamos estándolo de una forma más profunda y brutal.

Seguimos estando hasta la madre de ustedes, criminales, porque su imbecilidad, su miserable ansia de dinero y de poder, continúan asesinándonos, envileciéndonos y llenándonos de horror y de oprobio. El dinero y el poder, escribía un gran novelista –deberían leer a los novelistas y a los poetas para sanar un poco la estupidez de sus mentes y la oscuridad de sus almas— son “el excremento del diablo”. Con ese excremento con el que han embarrado sus vidas –si como viven puede llamarse vida—han ensuciado nuestra patria, su patria, y la han convertido en  una especie de Auschwitz, de rastro humano, donde sólo se escucha el dolor, el sufrimiento, la muerte, la ausencia y el llanto.

Desde aquí, desde este lugar, donde hace un año los reconvenimos, volvemos a  llamar a sus conciencias, si es que algo queda todavía en ellas de luz, para que detengan este horror y este lamento de madres, de viudas, de hijos, este siniestro camposanto en que están convirtiendo a la nación, a su propia nación y a sus propias comunidades. Dejen de asesinarnos, dejen de secuestrarnos, dejen de extorsionarnos, dejen de llevarse a nuestros hijos y a nuestras hijas; dejen de dañarse y de envilecerse a ustedes mismos con tanto horror. Nosotros no les hacemos daño. Queremos simplemente vivir en paz, trabajar por cada uno de nosotros y ver florecer a nuestros hijos y a nuestros nietos en un país fértil, porque sólo en la fertilidad, es decir, en el amor –no en el odio, no en la prepotencia y el alarde de de estupidez, sino en el cuidado, en el servicio, en el arropamiento–, florecen la paz y la vida. Frente a sus crímenes que no cesan, frente a su crueldad, frente a su falta de cualquier sentido de la dignidad y del respeto por lo más sagrado, los ciudadano, cada vez que aparezca un muerto, que se secuestre a alguien, que se violente a un ciudadano, deberíamos –esa es la dignidad y la grandeza que nos hace hombres—salir a las calles a manifestar nuestra reprobación y nuestra indignación. Este país es nuestra casa y cada uno de los que habitamos en ella son nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros padres. Por ello, no podemos permitir, no debemos permitir, que los señores de la muerte lo sigan humillando y nos sigan humillando. No somos mercancías, nos somos objetos, no somos instrumentalidad al servicio de la maximización de ganancias ni de ningún poder. Somos familia, una familia humana, y la familia se defiende y se respeta. A la imbecilidad criminal, respondamos entonces con la sabiduría de la dignidad que es la denuncia, la marcha, la concentración, la reprobación sin límites, la protección de unos a otros. Solos, no somos nada; juntos y poniéndonos, como lo han dicho y mostrado los artistas de esta nación, “en los zapatos del otro”, somos y seremos siempre más fuertes que los señores de la muerte y de todos aquellos que han decidido hacer reinar la imbecilidad y el horror sobre lo humano.

Seguimos estando hasta la madre de ustedes, políticos, gobiernos, partidos y candidatos, porque la corrupción que han dejado instalarse en las instituciones es cómplice de todos estos crímenes y de todo este dolor –98% de impunidad quiere decir que los criminales están también dentro del Estado–; seguimos estando hasta la madre de ustedes, porque a causa de esa corrupción de ese cinismo, no se ha dotado a la Procuraduría de Víctimas ni del dinero ni de la infraestructura que exige el dolor y la emergencia nacional que vivimos; porque pese a que se ha redactado una Ley de Víctimas de la Violencia y el Abuso del Poder, el Ejecutivo, traicionando los acuerdos que establecimos en las mesas de trabajo, la quiere reducir, como ha reducido la Procuraduría de Víctimas, a una pobre Ley de Víctimas del Delito; porque de los 8 casos paradigmáticos que llevamos frente al Presidente durante el primer diálogo en Chapultepec, el único que se ha resuelto a medias –todavía faltan las sentencias—es el de mi hijo y el de los que junto con él fueron asesinados; porque lejos de hacer justicia, los desaparecidos no sólo siguen sin aparecer, sino que su número aumenta, como aumenta el número de asesinados de las formas más espantosas y brutales; porque los criminales siguen sueltos y la impunidad, a pesar de las maquilladas cifras de Poiré, continúa sin descender un ápice; seguimos estando hasta la madre de ustedes, porque nos negaron la Reforma Política y la Reforma de los Medios de Comunicación, que exigimos en el punto 6 del pacto y que habría podido blindar las elecciones; porque ignorando la emergencia nacional, el clamor de las víctimas, la balcanización del país y la necesidad de la paz, no construyeron un gobierno de unidad nacional y se han lanzado a una campaña política donde sus mezquinos pleitos por el poder, sus desagradables rostros con el que llenan nuestras calles, sus inanes eslóganes, sus onerosos dispendios, son la continuación de la guerra por otros medios y la muestra más clara de su lejanía de la realidad del país y su complicidad con el horror –sus elecciones son, en realidad, una cortina de humo con apariencia de democracia, que a lo único que conducirá es a una nueva y más precaria administración de la desgracia del país.

Seguimos estando hasta la madre de ustedes porque cuando les exigimos que se deslindaran de la gente que cada uno de los partidos tiene vinculada con el crimen organizado, nos ignoraron, y una gran parte de sus candidatos a los puestos de elección son gente que lejos de representarnos, usan la vida política para enriquecerse e, ignorando las desgracias de la patria, continúan expoliando a la nación; porque la política de seguridad que han implementado en todos los gobiernos sólo sirve para proteger a las instituciones y no a los ciudadanos; porque el dolor, los gemidos y el sufrimiento de las madres, de los hijos, de las viudas, de los inmigrantes que siguen siendo tratados por nuestras autoridades y por los criminales peor que bestias, no los alcanzan ni los conmueven; porque siguen sordos al latido desgarrado del corazón de la patria y siguen negándole un presente a nuestros jóvenes que conforman la mayor parte de nuestros muertos.

Seguimos estando hasta la madre de ustedes, porque, a pesar de que hemos evidenciado la realidad de la nación y les dijimos, en el discurso del 8 de mayo (hay que recordarlo, porque el Alzheimer social y político es tan terrible como la traición que guarda) que no aceptaríamos “una elección más si antes los partidos políticos no (limpiaban) sus filas de esos que enmascarados  en la legalidad, están coludidos con el crimen y tienen al Estado cooptado e impotente”. Lejos de ello, los partidos, los gobernadores, las autoridades federales, el ejército, la armada, la Iglesia, los congresos, los empresarios, los medios de comunicación, siguen, después del momento fulgurante que nos unió el 8 de mayo, aceptando que el país continúe siendo una trampa mortal para todos. Lejos de ello nuestros gobiernos y partidos siguen aceptando que gobernadores y funcionarios señalados públicamente como cómplices del crimen organizado continúen impunes en las filas de los partidos y  a veces candidatiados a puestos de gobierno. Lejos de ello también, el ejército sigue en las calles, violando muchas veces los derechos humanos, como en el caso de Jethro Ramses, asesinado por el ejército, y las 40 mil  víctimas que visibilizamos hace un años se han convertido casi en 50 mil, según datos conservadores, y en más de 60 mil, según datos más fidedignos, cuyo número continúa aumentando diariamente.

Seguimos estando hasta la madre de ustedes, porque, a pesar de que, al lado de la UNAM y de muchas otras organizaciones, propusimos una Ley de Seguridad Humana y Ciudadana, muchos legisladores continúan tratando de hacer pasar a espaldas de la ciudadanía una ley de seguridad que, violentando la Constitución, pone un énfasis total en la violencia y nos coloca en el centro de una guerra que parece ya no tener retorno; por qué los intereses de los partidos, que sólo buscan llegar al poder para administrar a su conveniencia la desgracia nos bloquearon los instrumentos legales que permitirían a la ciudadanía controlar sus abusos y poder despedir del gobierno a quienes nos hacen daño por complicidad con el crimen, por omisión o por ineptitud.

Los partidos políticos, los poderes fácticos y los tres órdenes de gobierno, como se los dijimos aquel 8 de mayo, “no sólo han secuestrado la democracia”, sino que continúan haciéndolo y en complicidad con el crimen, siguen destruyendo el Estado “imponiendo el criterio de que la única manera de enfrentar al narcotráfico es administrándolo ilegalmente o haciéndole la guerra”. Continúan “propiciando la violencia” al seguir  “exaltado –en sus comicios electorales– el éxito, el dinero y el poder como premisas absolutas que deben conquistarse por cualquier medio y a cualquier precio”; porque  continúan viendo el asunto de “la droga como un fenómeno histórico que, descontextualizado del mundo religioso al que servía, y ahora sometido al mercado y sus consumos”  debería, como lo hemos dicho muchas veces, “ser tratado como un problema de sociología urbana y de salud pública y no como un asunto criminal que debe enfrentarse con la violencia”; continúan propiciándola porque siguen comprometiendo “sus agendas con interese oscuros” y, a pesar del sufrimiento de las víctimas y de la miseria de la patria, continúan poniendo “el dinero de la nación al servicio de sus salarios exorbitantes, de la violencia y del mercado global” y omitiendo, en la búsqueda del poder, su labor fundamental, que es el cuidado de la vida de la sociedad”. El dinero, como se los dijimos a los criminales al citarles a Papini, no sólo es “el excremento del diablo”, es también, dice Léon Bloy, “la sangre del pobre” –ustedes también harían bien en leer a los poetas y a los novelistas–. Con esa manera de tratar la vida de la nación, continúan permitiendo que los cobros de piso, los secuestros, los robos, el tráfico de personas, el lavado de dinero, al que se niegan a perseguir, las complejas empresas que el crimen ha generado para delinquir y apropiarse del absurdo modelo económico de tener siempre más a costa de una vida buena y humana, continúen su horrenda marcha por el país.

Aquel 8 de mayo, en el que, en el zócalo de la Ciudad de México, pronunciamos casi textualmente estas mismas palabras,  les dijimos también que si se empeñaban en su ceguera perderían la representación de la nación y la soberanía que recae en el pueblo. Un año después, obstinados en su ceguera, no sólo la han perdido a pesar del dispendio de sus campañas electorales, sino que también han vaciado de sentido y de dignidad las instituciones del país y han edificado lo que no queríamos: las elecciones de la ignominia, una ignominia que ha hecho y continuará haciendo más profunda, para nuestra desgracia, las fosas en donde están enterrando la vida del país.

Frente a esa desvergüenza, la única actitud digna y congruente con el llamado que hicimos el 8 de mayo de que no aceptaríamos más una elección en las condiciones en las que se encuentran los partidos, es ir a sus urnas para llenarlas con nuestro voto en blanco. En sus urnas –que no son las nuestras porque no representan la dignidad de la nación y están hechas con el dolor y la desgracia de tantos muertos, de tantos desaparecidos y de tanto dolor, no caben ni nuestras demandas que ustedes han traicionado ni, como lo han dicho los indignados y los ocupa, “nuestros sueños”. Ustedes sólo representan, al lado del crimen, la desgracia y la expoliación del país. Con los votos que ganen –muchos de ellos comprados con la ignorancia y la miseria en la que tienen sumidos a la patria—no podrán gobernar más que su propia desvergüenza.

Seguimos estando también hasta la madre de ustedes norteamericanos, porque detrás de su consumo de droga, que no ha disminuido un ápice, de su producción indiscriminada de armas, que pueden comprarse como dulces en un supermercado y que día con día entran a nuestra nación de manera ilegal armando a la delincuencia; detrás de sus empresas que, junto con las nuestras, lavan el dinero del crimen, están cada uno de nuestros muertos, cada uno de nuestros desaparecidos, cada uno de nuestros desplazados.  Si quieren seguir quemando mota y negándose a despenalizarla, consuman su propia mota y no la nuestra; si quieren seguir produciendo armas, véndanselas a ustedes mismos y úsenlas con ustedes mismos, porque nuestra mota y sus arma que entran de manera ilegal a México están matando a nuestros hijos. Llámamos desde aquí, desde Morelos, desde esta parte de la gangrena del país, al pueblo de Norteamerica para que presionen a sus gobiernos a que controlen el flujo de armas a nuestro territorio, despenalicen la droga y después de pensar en nuestros muertos cierren los ojos e imaginen que son norteamericanos.

Seguimos estando hasta la madre y en una encrucijada cuyas salidas, a causa del cinismo de los gobiernos y de los partidos, y de la imbecilidad criminal, se estrechan cada vez más. Por ello mismo no cejaremos en nuestro caminar, en nuestra presión ciudadana, en nuestras muestras de dignidad y en nuestra exigencia de paz y de justicia mediante el diálogo, la resistencia civil y la no-violencia. Acabamos de volver de Roma donde pusimos ante los ojos y los oídos de la Santa Sede el dolor de la nación que los intereses oscuros de la política y de los medios, quieren ocultar ante la visita del Papa. El 21 y el 22 de abril, tendremos aquí en Morelos el Encuentro Nacional por la Paz donde construiremos con las diversas organizaciones que conforman y apoyan el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) una ruta hacia la paz y la justicia que vemos a cada paso traicionada. Para junio, por nuestra fidelidad al diálogo como fundamento de una vida democrática, y a causa de que la cueguera de las partidocracias nos han llevado a estas elecciones ignominiosas,  convocaremos –ya lo hacemos desde aquí– a los candidatos a los más altos puestos de gobierno, a que en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, respondan por esta ignominia y por la paz y la justicia que han borrado de sus agendas. Finalmente, en agosto, partiremos al lado de muchas organizaciones norteamericanas, mexicanas y centroamericanas a una larga caravana por los Estados Unidos para construir junto con ellos –norteamericanos, centroamericanos y mexicanos– esa ruta de paz y de justicia. El problema que vivimos le compete también tanto a Estados Unidos como a Centroamérica. Es necesario que los norteamericanos, los inmigrantes y los mexicanos radicados en los Estados Unidos se den cuenta de que el mercado millonario de la droga norteamericano, sus bancos y empresas que lavan dinero con la complicidad de los nuestros, su desprecio, semejante al nuestro, por los migrantes y sus armas continúan fortaleciendo la inmensa capacidad de muerte de los grupos criminales, y que sólo juntos podemos detenerlos y construir una unidad humana por encima de las fronteras y de las diferencias.

Estamos aquí, en el centro de la tierra de Emiliano Zapata, donde hace  un año asesinaron a mi Juanelo y a sus amigos que eran también mis hijos, para recordarles de nuevo a los ciudadanos, a los gobiernos de los tres órdenes, a los partidos políticos, a los campesinos, a los obreros, a los indios, a los académicos, a los intelectuales, a los artistas, a las Iglesias, a las organizaciones civiles, que continuamos esperando ese compromiso fundamental de paz con justicia y dignidad que reclamamos en los 6 puntos del documento leído el 8 de mayo en el zócalo de la Ciudad de México para que la nación rehaga su suelo, un compromiso traicionado sin el cual nuestros muchachos y muchachas, nuestros niños y niñas, como hasta hoy sigue sucediendo, no podrán recuperar su presente ni su futuro, y continuarán siendo asesinados, levantados, secuestrados o convirtiéndose en el ejército de reserva de la delincuencia.

Ese 8 de mayo, cuando llegamos en silencio y a pie, como los antiguos mexicanos, al sitio donde se vio por vez primera el emblema que fundó a la nación para pronunciar desde nuestro silencio nuestra palabra que hoy hemos recordado, iniciamos con dos epígrafes, uno de Heidegger, otro, de San Agustín. Hoy, en el centro de la tierra de Zapata, donde, con la insignia nacional y la efigie de la Guadalupe, se levantó a principios del siglo XX la reserva moral de la Patria para defender a esa nación,  los parafraseamos como corolario de este terrible aniversario luctuoso y como la afirmación de nuestra esperanza, a pesar de la ceguera y de las traiciones:

Aunque nuestra era se haya convertido en un tiempo de penuria, nosotros decimos que todavía no, que aún no, a pesar de la inconmensurable necesidad, a pesar de este dolor sin nombre que nos puso a caminar, a pesar de nuestro sufrimiento traicionado, a pesar de la ausencia de paz y de justicia, a pesar de la creciente y obstinada confusión. Nuestro paso, nuestro dolor, que no hemos convertido ni en odio ni en más violencia, es nuestro amor. A donde quiera que se nos lleve es él el que nos lleva. Ese don, que proviene de nosotros, de lo mejor de nosotros, nos inflama, nos eleva: nosotros continuamos ardiendo, continuamos marchando, vamos.

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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