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Antes de que sea demasiado tarde

El artista plástico Hugo Lugo retorna a la infancia para saber lo que un día fue: iluminar lo olvidado
Por Moisés Castillo
28 de abril, 2012
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La ciencia médica dice que para recordar algo es más duradero y eficaz recurrir a una imagen visual. Y el artista plástico Hugo Lugo (Los Mochis, Sinaloa, 1974) retorna a la infancia para saber lo que un día fue: iluminar lo olvidado. Sus pinturas cargadas de un “realismo metafórico” representan las horas que pasaron. Gracias a la memoria revive una experiencia perdida, casi marchita.

 

Su obra más reciente fusiona la pintura, fotografía, dibujo y el audiovisual. En “Reconocer la tormenta” vemos a un hombre –quizás una autorepresentación de Hugo- con las manos manchadas, bajo una nube negra. Sabe que es el principio del fin. El viento sopla sobre sus pasos pero no lleva huellas. Rapidez del trazo y encanto por los detalles que, sin decir nada, construyen un ambiguo placer a la mirada. Sus cuadros parecen sugerir una enseñanza o algún tipo de parábola.

Nunca había reflexionado sobre su niñez. Era un laberinto difícil de transitar. Su padre ranchero y su madre cristiana-adventista lo guiaron inconscientemente en su ruta casi marginal. En el poblado de “El Fuerte” no había nada que hacer y lo único que lo entretenía era dibujar y crear figuras de barro. En quinto de primaria descubrió a Picasso por su maestra, quien le prestó un libro del artista español. Fue su primer contacto real con la pintura. Jamás olvidará a “Jacqueline”, el retrato al óleo de la última mujer de uno de los creadores del movimiento cubista.

 

Su educación en escuelas religiosas fue fundamental para seguir el camino de la pintura: el tiempo fluye, el espacio persiste. De niño acudió con su mamá a la iglesia y en la preparatoria “Colegio del Pacífico” en Navojoa, Sonora, conoció a su maestro David Aguilar, quien lo arrojó definitivamente al mundo del arte. Sabía que aquel chico inquieto tenía talento para pintar, dibujar y crear paisajes casi solitarios. A Hugo le daba miedo no tomar la decisión correcta; es decir, estudiar alguna carrera tradicional para desarrollarse con facilidad.

 

“En el fondo todo papá de pueblo quiere que su hijo sea médico. El típico hijo que se va estudiar medicina a la ciudad. Una vez le había dicho a un compadre suyo que yo estaba estudiando medicina. Ya después con el tiempo regresaba de vacaciones a verlos y platicaba de lo que estaba haciendo. Trataba de explicarles lo que es el mundo del arte”.

 

Dice que le tocó una etapa muy difícil en los 90 cuando reinaba la instalación y el video en el arte contemporáneo. Pero se empeñó en seguir con la pintura y apoyarse en la recomendación de su maestro para cursar arte en la Universidad Montemorelos, Nuevo León. Ahí aprendió dibujo, pintura, modelado y escultura en madera.

 

Su obra ha sido expuesta en ciudades como Caracas, Ámsterdam, París, Ciudad de México, Bogotá, Hong Kong, Río de Janeiro y Singapur, entre otras. Sus premios incluyen la Beca Jóvenes Creadores del FONCA, el Premio Nacional de Arte Joven, y más recientemente, el premio de adquisición en la Bienal de Pintura del Museo Rufino Tamayo Arte Contemporáneo.

 

Mientras el resto sigue, prefiere recuperar imágenes de tiempo. Una de sus influencias literarias decisivas para abordar el tema de las decisiones al límite es el filósofo español José Antonio Marina. Retoma una historia del libro “Anatomía del miedo” acerca de un hombre que atestigua un dramático accidente. Imposibilitado para incidir en ese hecho trágico, el pensador ibérico anota que el espectador estaba “demasiado tarde, demasiado lejos”.

 

Ese tipo de reflexiones azarosas e imposibles son la constante en la obra del asiduo lector de Rilke, Kafka, Machado, Murakami y Villoro. A pesar de que su obra reciente está conformada por piezas muy personales tiene un discurso sutil que logra que el espectador se reconozca y redescubra emociones enterradas o perdidas: había olvidado todo lo que sufrí.

 

Hugo no sabe cómo definirse como artista pero sí sabe lo que no es: un artista político, ni provocador. Tiene interés en que sus piezas mantengan ese estilo conceptual y poético como en “Aguardar el asombro”, “Dirigir la tormenta”, “Mantener la sospecha” y “Boceto para trazar el rumbo”.

“Me preocupa qué es lo que voy a evocar y cómo va a estar depositado ese contenido en mis cuadros. Por eso me interesa el dibujo, la pintura y la técnica que para muchos artistas están en desuso, ya que muchos los mandan hacer. A mí me importa mucho esa relación que puedo tener con el material, aunque suene romántico”.

 

Piensa que en los últimos años el arte ha tomado rumbos extraños, con una estética definida pero predecible. Por ejemplo, en la novena edición de la Feria Internacional Zona Maco México Arte Contemporáneo pudo observar obra poco novedosa. Hace un par de años estuvo viviendo en Berlín y le pareció ver en galerías europeas las mismas técnicas y materiales utilizados ahora por artistas jóvenes mexicanos.

 

“Parece que si no haces esas cosas tu trabajo ya no está ‘fresco’. Son cosas que me inquietan porque de pronto los curadores o directores de museos se van hacia esa novedad hueca pero que se ve bien visualmente. A lo mejor esos jóvenes ni siquiera estuvieron allá y vieron esas piezas en revistas. De pronto usan espejos, colores específicos, ciertos diseños, esculturas con cuerdas, cemento, maderas y está lleno de cosas así”.

 

Sin embargo, a este artista que vive y tiene su estudio en Tijuana, Baja California, no le interesa pertenecer o estar inscrito en alguna moda. Sus pinturas son momentos que se filtraron por la delgada línea de la memoria, lo que la mirada grabó para siempre. Pero a veces sucede algo infame como relata Cormac McCarthy en “La Carretera”: olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar.

 

Continuamente realiza una revisión crítica de su trabajo. Sabe que no le ha ido mal en el mundo pantanoso del arte. Su obra se vende bien y no ha tenido que modificar su forma de pensar y pintar. Es un artista fiel a sus principios que, sin alardes, resultó ser mucho más fuerte de lo que él mismo había imaginado.

 

“Todo cae por su propio peso, las modas pasan y las cosas que suceden nadie se acuerda de ellas. Cuando el trabajo es contundente permanece. La mejor forma de permanecer es seguir trabajando y creer en tu discurso. Me gusta ser honesto y sincero conmigo mismo”.

Hugo fue recientemente seleccionado para la X Bienal de Monterrey y su aspiración es exhibir en algún museo de la Ciudad de México. Presentar un proyecto más amplio que abarque sus piezas de pintura y seguir explorando otros intereses como la foto y la instalación que han sido parte de su desarrollo como artista. Antes de que sea demasiado tarde quiere orientarse en el tiempo: los recuerdos más viejos se debilitan y los nuevos se vuelven más vívidos.

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CCTV

Escuela Lagena de China: el increíble traslado de un edificio escolar de 7,600 toneladas en Shanghái

Un equipo de ingenieros en China implementaron una novedosa técnica con patas robóticas para mover un edificio histórico de lugar.
CCTV
23 de octubre, 2020
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Un edificio de 7,600 toneladas fue puesto a “caminar” en Shanghái, China.

La escuela primaria Lagena, de cinco pisos y construida en 1935, debió ser reubicada para dar espacio a la construcción de un nuevo proyecto en las inmediaciones.

En lugar de derribar el edificio con valor histórico, los ingenieros optaron por levantar por completo la construcción y montarla sobre 198 patas robóticas especialmente diseñadas para este fin, informaron medios estatales.

Las miles de toneladas de construcción de hormigón se movieron en total 61.7 metros para literalmente “caminar” por la ciudad del este de China.

Según la cadena estatal CCTV, la maniobra fue completada en 18 días y finalizó el pasado 15 de octubre.

Ahora el edificio está siendo renovado para su preservación histórica.

La primaria Lagena siendo movida

CCTV
La escuela primaria Lagena, de cinco pisos, fue construida en 1935 en Shanghái, China.

Existen varios métodos para mover edificios, pero normalmente se emplean plataformas que se ponen sobre rieles, o grúas de enorme capacidad.

Pero la utilización de patas robóticas con ruedas, como las usadas con la escuela Lagena, ha sido una nueva estrategia aplicada por la ingeniería china.

Shanghái tiene cierta experiencia en este campo.

En 2017, un templo budista de 135 años de antigüedad y un peso de 2,000 toneladas fue movido unos 30 metros para prevenir incendios por la quema de incienso de los visitantes.

Luego de 15 días de pequeños movimientos, el histórico inmueble llegó a su destino final.

Este año, China también acaparó titulares con otra obra de infraestructuras: la construcción de un hospital con capacidad para 1,000 pacientes en tan solo 10 días.

La clínica fue levantada en Wuhan, la ciudad donde surgió el primer brote de SARS-CoV-2, que acabó derivando en pandemia.


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