Esperando a La Bestia con el ex corresponsal de guerra Jon Sistiaga
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Esperando a La Bestia con el ex corresponsal de guerra Jon Sistiaga

Como un polizón más y asumiendo los mismos riesgos de secuestro, robo, violación y asesinato que afrontan a diario miles de indocumentados en su anhelada búsqueda del 'sueño americano'. Así saltó el periodista Jon Sistiaga 'A lomos de La Bestia', un arcaico ferrocarril de mercancías que recorre de Sur a Norte la violenta geografía mexicana hasta llegar a la puerta de Estados Unidos, con el fin de documentar el calvario al que deben someterse quienes, en un desesperado intento por alcanzar un futuro, dejan todo en manos de la fe y la esperanza.
Por Manu Ureste
27 de mayo, 2012
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El Perfil. Jon Sistiaga es un experimentado (y reputado) periodista español que ha cubierto numerosos conflictos armados en todo el mundo. //Foto: Manu Ureste

“En una guerra mi mejor compañero de viaje es el miedo”

Primera parte: “El Devoramigrantes”

La tarde está tibia a pesar del invierno en La Patrona, un pueblo escueto de algo más de tres mil habitantes de la zona centro del estado mexicano de Veracruz, donde en otra época el cultivo de café aún era rentable y por el que todavía altísimos cañaverales se extienden hasta perderse a la vista por kilométricas hectáreas de campo.

Apenas van a dar las cinco por mi reloj, observo. Sin embargo, el sol comienza a languidecer y la espesa neblina típica de esta zona serrana ya ha iniciado su fantasmal descenso por las laderas del cerro de Motzorongo, al tiempo que cientos de pájaros se resguardan en las frondosas copas de los árboles que se levantan a los costados de una omnipresente vía del tren, la cual disecciona con una tajada limpia y certera esta localidad de nombre reconocido a nivel internacional gracias a la labor de Las Patronas. Un grupo de mujeres que “sin más pretensión que servir a Dios” se dedica a diario a preparar bolsas con comida y agua para repartirlas -o mejor dicho, para aventarlas- entre los más de 400 mil indocumentados que se calcula pasan por aquí arriba de un terrible ferrocarril en busca del sueño americano.

Ante el irremediable paso de los minutos y la consecuente fuga de luz, el periodista Jon Sistiaga (Irún, 1967) guarda silencio con aire resignado. Posa la vista en el reloj de esfera redonda que trae en  la muñeca, se cruza de brazos a pocos metros de una señal con forma de equis que advierte –o más bien amenaza- ‘Cuidado con el tren’, y niega con la cabeza mientras se mueve de un lugar a otro pisoteando con unas botas amarillas Panama Jack las angostas piedras que se amontonan sobre los durmientes. “Se nos va la luz –lamenta dirigiéndose con cara de circunstancia a Mario Lastra, el camarógrafo que lo acompaña-. Se nos va… Y La Bestia no llega”.

“En La Bestia intentaba por todos los medios que no me venciera el sueño; fue una experiencia tremendamente peligrosa”

En 1999 fue detenido ilegalmente por tropas serbias junto a su camarógrafo de aquel entonces, Bernabé Domínguez, durante el conflicto de Kosovo. Fue reportero en la guerra de Irak, donde dio testigo de los bombardeos aliados y de la caída del dictador Sadam Husein. //Foto: Manu Ureste

DEVORAMIGRANTESEl tren de la MuerteLa Bestia, o El tren de las Moscas. Estos son algunos de los sobrenombres que quienes han padecido la experiencia de ir atrincherados entre sus hierros, soportando el frío de la interminable noche, el cansancio, el hambre, así como los robos, secuestros y violaciones que perpetran pandillas como La Mara Salvatrucha o sanguinarios grupos delictivos, le han dado al arcaico ferrocarril que Jon Sistiaga lleva persiguiendo durante días con el fin de elaborar un nuevo reportaje para la cadena de televisión privada, Canal Plus.

“Se trata de un documental tipo train movie –empieza a describir el periodista galardonado en el 2003 con el prestigioso Premio Ortega y Gasset por su labor informativa en Irak- el cual lo vamos a llamar algo así como ‘A lomos de La Bestia‘ y en el que trataremos de abordar el tema de la inmigración que atraviesa todo México para llegar a Estados Unidos, así como todos los dramas, problemas y peligros que estas personas tienen que pasar hasta alcanzar la frontera debido a las nuevas situaciones de violencia estructural y a las mafias que operan en México”.

Tras la respuesta, Jon se frota los ojos. Está exhausto, advierto. Lleva miles de kilómetros recorridos y mucha adrenalina acumulada desde que hace varios días empezó a documentar, ‘a bordo’ de un neumático desgastado de camión que hacía las veces de balsa, el paso de migrantes a través del río Suchiate; un estrecho y poco profundo afluente que separa la frontera sur de México con Guatemala, al que también se le conoce como Paso del Coyote  por ser ruta habitual para el trasiego de todo tipo de mercancías: desde refrescos, tabaco o azúcar… hasta drogas, armas, y por supuesto, indocumentados.

Posteriormente, hizo escala en Ciudad Ixtepec, un municipio del Istmo de Tehuantepec (estado de Oaxaca) de apenas 24 mil habitantes, pero de gran importancia estratégica para los grupos criminales que se pelean por el territorio, debido a que se trata de un punto de convergencia entre el Océano Pacífico, el Golfo de México y los flujos migratorios procedentes del Sur.

En esta localidad el periodista documentó la labor de Alejandro Solalinde, sacerdote y activista en pro de los derechos humanos de los migrantes, cuya labor al frente del albergue Hermanos en el Camino le ha valido un reconocimiento a nivel internacional, pero también un elevado costo en cuanto a las constantes amenazas de muerte que recibe –acaba de decir que abandonará el país varios meses– de pandilleros, sicarios, autoridades, e incluso… de los propios parroquianos, los cuales en junio del 2008 ya intentaron quemar las escuetas instalaciones del recinto alegando que aquel era un refugio de mareros y asaltantes que atentaba contra la población de Ixtepec.

Y fue también en esta misma localidad donde, “con alevosía, premeditación y nocturnidad” y portando poco más que una cámara de fotos “y un buen garrote”, Jon Sistiaga se encaramó a lomos de La Bestia para asumir, como un polizón más, los riesgos que afrontan miles de migrantes especialmente a su paso por Veracruz, un estado de belleza incalculable, pero noticia cada vez con más frecuencia por ser escenario de enfrentamientos entre cárteles que se disputan el tráfico de drogas y de personas.

El sueño americano. Se estima que alrededor de 150 mil migrantes ilegales, procedentes en su mayoría de países centroamericanos, transitan al año por México en un intento desesperado por cruzar la frontera de los EUA. //Foto: Manu Ureste

“Yo tenía que subir a ese tren –da por sentado-. Porque si planteas un reportaje en el que intentas tú domar, o cabalgar, esa Bestia que tantas vidas se ha llevado y que tantas mutilaciones ha provocado, pues te tienes que subir al tren. Aunque, claro, no puedes elegir que sea durante el día o en un tramo donde, se supone, no va a haber asaltos –asiente-. Por lo que en nuestro caso tuvimos que subirnos a las tres de la madrugada”.

'Cuidado con el tren'. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) registró 9.758 secuestros de indocumentados; entre abril y septiembre de 2010, la cifra llegó a 11.333. //Foto: Manu Ureste

Arriba, cuatro salvadoreños lo esperaban, además de los rigores de la noche, el permanente riesgo de caer y ser literalmente engullido por La Bestia, así como la nada descabellada posibilidad de sumar una raya más a las estadísticas de secuestros. En este sentido, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) registró, entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, la friolera de 9.758 secuestros; mientras que entre abril y septiembre de 2010, la cifra llegó hasta los 11.333.

No obstante, es probable que estos datos estén, incluso, alejados de la realidad, dado a que muy pocos son los que buscan a los migrantes desaparecidos y los que sobreviven rara vez denuncian por la desconfianza hacia las autoridades y por la necesidad de continuar presto con el viaje hacia la Unión Americana-. “Atracos y secuestros al margen, nuestra mayor preocupación era no caernos del vagón: porque vas en completa oscuridad, soportando el frío de pie sobre una repisa, con un tren que te traquetea, que frena, que acelera… Intentábamos por todos los medios que no nos venciera el sueño. La verdad es que fue una experiencia desasosegante, inquietante, y tremendamente peligrosa“.

“Es cierto que ese tren se cobra en cada viaje su tributo de migrantes, bien sea en asaltos, violaciones, o asesinatos; pero la gente sigue subiendo a La Bestia. A pesar de todo tienen cierta esperanza”

La pregunta que más veces tiene que contestar un migrante ante una grabadora o frente a una cámara es, probablemente, el por qué de su decisión. Esto es, por qué arriesgar la vida recorriendo miles de kilómetros arriba de un tren donde los secuestros, los robos y las violaciones se han convertido en algo ordinario.

Un tren donde, en definitiva, morir se ha convertido en algo banal, irrelevante. La respuesta, apuntará el propio Sistiaga al respecto, es sencilla: el ferrocarril supone para miles de personas procedentes en su mayoría de Honduras, Guatemala, El Salvador –o incluso, el propio México- la única forma de llegar pal Norte. En otras palabras, y como muchos de los indocumentados establecen ya como una especie de macabro axioma: para alcanzar el sueño americano, primero debes atravesar la pesadilla mexicana.

“Los migrantes que viajan a bordo de ese tren son lo menos de lo menos. Personas que, económicamente, están muy desasistidas y que deciden afrontar los riesgos porque no tienen dinero ni para pagar un autobús hasta la frontera, y porque el autobús supone un mayor riesgo de controles y una mayor exposición a una posible deportación”, explica el reportero.

“Sin embargo, la mayoría te dice que prefiere asumir el peligro a pasar hambre; o que quieren buscar un futuro, una vida en el Norte; o que más violencia que ya hay en sus países no van a encontrar en el camino. Por lo que –llega a la conclusión-, aunque es cierto que el tren se cobra en cada viaje su tributo de migrantes, bien sea en asaltos, violaciones, mutilaciones, o asesinatos, la gente sigue subiendo a La Bestia, la siguen cabalgando. ¿Y por qué? –se pregunta, retórico-. Porque, al fin de todo, hay cierta esperanza. Y porque La Bestia también ayuda a mucha gente a alcanzar sus planes de futuro”.

Soldados policía. Una de las decisiones más controvertidas del gobierno que preside el panista Felipe Calderón ha sido sacar a las tropas del Ejército a realizar labores de policía por las calles del país para luchar contra el crimen organizado. //Foto: Manu Ureste

Segunda parte: México, el matadero de periodistas

LA PRIMERA IMPRESIÓN que da Jon Sistiaga en persona, anoto en la libreta aprovechando un breve silencio en la entrevista, es la de estar ante un tipo tranquilo, con las botas permanentemente pisando el suelo -huye a toda costa de esa imagen “hollywoodiana” del reportero de guerra adicto a la adrenalina de las bombas-, y que incluso, me da la sensación, se muestra algo esquivo con la popularidad que, “queriéndolo o no”, le ha otorgado esa trayectoria realizando coberturas y reportajes de investigación en lugares tan poco propicios para el periodismo como el propio Irak de posguerra –allí documentó las consecuencias de la invasión con el reportaje Sargento, ¿a qué estamos disparando-, Afganistán –Españoles en la ratonera-, Oriente Próximo –Los desiertos de Al Qaeda-, Corea del Norte –Amarás al líder sobre todas las cosas-, Indonesia –En las puertas del Infierno-, Venezuela –Los soldados de Chávez-, Tanzania –Blancos del mal-, o Mogadiscio, capital somalí donde recientemente realizó una crónica acerca de Los Señores de la guerra.

“Quizá una de las cosas más complicadas para un periodista es saber gestionar su popularidad“, me dirá luego de comentarle que la primera vez que escuché su nombre fue con la noticia de su secuestro –o como él mismo corrige: “detención ilegal”- por las tropas serbias el 2 de abril de 1999, en Kosovo. Pero de eso hablaremos unos párrafos más abajo. Ahora estamos en México, un país que es noticia por los cincuenta mil muertos que ha provocado la llamada guerra contra el narco. Una guerra que Jon Sistiaga conoce bien después de que, en el 2008, realizara un recorrido por la “sórdida geografía de la violencia mexicana” con el escalofriante documental Narco-México: corrido para un degollado.

“El Gobierno mexicano no puede seguir con la teoría de que los 50 mil cadáveres son en un 99% narcos. Es insotenible; Calderón va a tener que dar muchas explicaciones”

“En aquel entonces las cifras de muertos eran de unos cinco mil al año, algo que ya me parecía una auténtica exageración”, hace memoria Sistiaga, quien durante la grabación de aquel reportaje cuestionaba a Fernando Castillo, portavoz de la Fiscalía Federal de México, si de seguir esa escalofriante tendencia de 5 mil muertos al año, el gobierno de Calderón podría terminar el mandato con 25 mil víctimas en total.

Sin embargo, como él mismo admite tres años después, aquella cifra era, en realidad, demasiado optimista. “Según datos oficiales –continúa-, se cerró 2011 con once mil y tantos muertos. Por lo que el gobierno de Felipe Calderón ya no puede seguir sosteniendo la teoría de que los 50 mil cadáveres de esta guerra son, sobre todo y en un noventa y nueve por ciento, narcos. Eso es algo insostenible“, asevera rotundo el periodista, que además considera que esta batalla por contener los embistes cada vez más feroces de los cárteles de la droga puede traer consecuencias legales muy serias para Calderón, debido “al gran número de denuncias en contra del Ejército por violación a los derechos humanos”, así como “por la gran cantidad de desaparecidos y muertes” que a diario se producen como consecuencia de esta guerra.

“Es cierto que la apuesta de sacar las tropas a la calle a realizar labores de policía fue dura –admite-, y además es verdad que Calderón cumplió su promesa electoral de combatir a la violencia” (el Gobierno presume que hasta julio de 2011 han sido detenidos o abatidos 21 de los 37 capos más buscados). “Pero, ahora bien -contrapone-, sacar a los soldados de los cuarteles también tenía sus problemas, porque al final los que detienen y los que hacen los controles son chavales de 18 años que están haciendo todavía la Mili (servicio militar)”. Por lo que, ultima, “Calderón va a tener que dar muchas explicaciones de esta guerra y seguramente tendrá que esperar alguna denuncia de carácter internacional, si es que ya no la hay, por todas esas muertes”.

“Probablemente, México es ahora el mayor matadero de periodistas del mundo”

50 MIL CADÁVERES. Este es el desolador panorama con el que ha tenido que aprender a convivir el mexicano en los últimos años. Un panorama en el que el profesional de la información también se ha visto atrapado entre dos fuegos debido a la ley de Plata o Plomo impuesta por la delincuencia en buena parte del territorio nacional.

Jon Sistiaga fotografiado en el puente de Metlac, Córdoba, estado de Veracruz. //Foto: Manu Ureste

“Probablemente, México es ahora el mayor matadero de periodistas del mundo“, sentencia Sistiaga. Y teniendo en cuenta las escalofriantes estadísticas, razón no le falta. Así lo avala de nuevo la Comisión Nacional de Derechos Humanos, cuyo último reporte establece que de enero del año 2000 hasta septiembre del 2011 un total de 74 periodistas han sido asesinados; mientras que otras organizaciones como Reporteros Sin Fronteras o la Fundación para la Libertad de Expresión elevan el número de crímenes hasta en 80 y 84, respectivamente -por su parte, Artículo 19 contabiliza en 70 los informadores asesinados desde el año 2000-.

Unas cifras que han catapultado al país azteca, junto con Irak y Afganistán, al lugar número uno de países más peligrosos del mundo para ejercer la profesión. “Obviamente, reportajear este terrible drama en una guerra que se ha cobrado 50 mil muertos es lo que provoca que muchos de esos reporteros de los que hablan las estadísticas hayan sido asesinados. ¡Pero ojo! –llama la atención-. No solo por lo que cuentan o denuncian, sino porque algunos de ellos también estaban de alguna manera coludidos con algunas de las partes y la otra decidió vengarse, o mandar un mensaje o una advertencia, matando al periodista”.

Tercera parte: Periodismo en territorio enemigo. El miedo como mejor chaleco antibalas

MATAR AL PERIODISTA… Las últimas palabras de Jon Sistiaga se quedan suspendidas en el aire mientras una bolsa de plástico se mece, lánguida, frívola, ante sus ojos; hasta que una suave brisa cargada de olor a tierra mojada se la lleva dejando tras de sí una fría estela de silencio. Los minutos siguen pasando por el contador de la grabadora –va por algo más de dieciséis- y La Bestia continúa perdida en algún punto de esos ocho mil kilómetros que recorre desde el Sur hasta llegar a la frontera con Estados Unidos. “Quizá hoy no pase”, es fácil tirar la toalla echándole un vistazo a ese enorme disco anaranjado que se sumerge por entre las montañas. Y a juzgar por el semblante de Jon, él también parece hacerse a la idea.

“Nos hemos criado en una en una tradición muy hollywoodense donde el reportero de guerra es un tipo rudo, que se divierte en el conflicto y que se lleva a la mejor chica. Pero eso es mentira”

“¿Qué es más complicado –regresa el hilo de la conversación-. ¿Cubrir una guerra abiertamente declarada o estar en un país donde no existe un conflicto como tal, pero donde puedes ser un objetivo fácil en cualquier momento?”. La respuesta de Jon es un suspiro. Mira hacia el suelo y patea una piedra. “A ver –exhala-, yo creo que el periodista es periodista siempre, y su olfato siempre está activado. Da igual que esté en una guerra en Bagdad, donde hay frentes establecidos; que esté en un país donde hay una violencia estructural y no sepa de dónde viene el peligro; o que se encuentre haciendo un reportaje sobre porno en Los Ángeles, Barcelona o Budapest. Da igual. Siempre va a tener que ver las fuentes, identificar los hechos, analizar los datos, estructurarlos en la cabeza, y luego contar la historia”.

“No obstante –titubea por momentos-, la verdad es que no sabría decirte qué y qué prefiero. No sé si sea mejor ir a una guerra y llevar un chaleco antibalas en todo momento porque te puede caer un mortero de cualquier lado, o ir a un lugar como Mogadiscio donde la violencia es estructural, endémica (o pandémica, diría yo), donde no sabes si el disparo te puede venir de tu propia escolta, de los islamistas, de los mafiosos, de los piratas, de las milicias armadas, o de los clanes o sub-clanes. No te sabría decir, la verdad. Pero el hecho es que el periodista tiene que reconocer su miedo. Yo afirmo que todo periodista tiene miedo, y el que dice que no… miente”.

“No me gusta el término ‘reportero de guerra’, ni me considero como tal. Yo me considero un periodista”

La guerra contra el narcotráfico ha causado, al manos de manera oficial, más de 50 mil víctimas. //Foto: Manu Ureste

De acuerdo, asiento. El miedo. Anoto la respuesta como puedo teniendo en cuenta que estoy de pie sobre un durmiente y con el bolígrafo, la libreta, la grabadora y el teléfono ocupándome las manos, y a colación me viene a la mente la imagen nítida de Jon Sistiaga informando desde Bagdad mientras de fondo se oyen caer las primeras bombas de la  operación Iraqui Freedom. “Entonces, ¿esa es la clave para ti como reportero de guerra? –Trato de profundizar-. ¿El miedo?”.

La respuesta vuelve a ser un suspiro, pero esta vez algo más pronunciado. “A ver –usa la misma coletilla, resignado-. No me gusta el término reportero de guerra ni me considero como tal. Yo me considero un periodista. Un reportero que hoy está aquí en México haciendo una historia sobre migrantes, que mañana se va a Mogadiscio, y que pasado se va a un volcán en Indonesia. Dicho esto, yo creo que todo periodista debe asumir cuáles son sus limitaciones y sus límites. Y los límites de todo periodista son sus miedos. Lo que pasa es que nos hemos criado en una tradición muy bonita, muy peliculera, muyhollywoodense si quieres, donde el reportero de guerra era un tipo rudo, insensible, que se divertía en medio del conflicto, que siempre se llevaba a la mejor chica, y que además escribía estupendamente. Pero eso es mentira. No es así. Y yo no tengo ningún problema en reconocer que yo tengo miedo. Que mi mejor compañero de viaje en un conflicto, en una guerra, es siempre el miedo. Porque es el que te dice: ‘No sigas por aquí, no avances, deja de mirar a los ojos a ese tipo que está muy pasado, o no dobles esa esquina porque están apuntando’. Y lo tengo claro: si estoy hoy aquí haciendo esta entrevista, es porque el miedo me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Si no… no estaría aquí. Estaría muerto. ¿Y de qué sirve un periodista muerto?…” -deja la pregunta en el aire y a continuación cierra los puntos suspensivos para establecer, categórico, que en realidad no hay ninguna información, ninguna noticia, por la que merezca la pena perder la vida de manera alocada-. “Los primeros que caen son siempre los que piensan que no tienen miedo a nada”.

“En un periodista, el miedo es el que te dice: no sigas por aquí, no avances, deja de mirar a los ojos a ese tipo que está muy pasado, o no dobles esa esquina porque están apuntando”

“Pero, ¿a qué le teme Jon Sistiaga? –me pregunto recordando uno de los momentos más tensos del reportaje Narco-México, cuando cinco sicarios balean el convoy del Ejército en el que el periodista acompaña a los soldados durante una patrulla por la noche de Tijuana. “¿En algún momento, pongamos para el caso aquella balacera, has llegado a pensar… de esta no salgo?” –cuestiono ahora sí en voz alta-.

Antes de contestar, Jon se toma su tiempo. “Sí… Sí que lo he pensado –afirma con un tono de voz bajo, confidente-. Claro, hay muchas veces que dices ya no. Esta misma mañana, por ejemplo, cuando íbamos en el tren nos dijeron que había más migrantes cinco vagones más allá de donde nos encontrábamos, y cuando me subí al techo con el tren muy acelerado y pasando por una zona de arboleda donde ha empezado a moverse muchísimo, el cámara y yo nos hemos mirado y nos hemos preguntado: ¿merece la pena? La probabilidad de caer y de que el tren me seccione una pierna o me mate es muy alta en estas condiciones. Así que, ¿merece la pena jugársela por una entrevista? Nos miramos y decidimos que no. Llámalo sentido común –se interrumpe para tragar saliva-, o llámalo miedo, acojono, o como quieras. Pero el caso es que aquí estoy y a los migrantes los he entrevistado cuando el tren ha frenado más adelante”.

“Una guerra te enseña cuáles son tus límites y tus debilidades tanto profesionales como personales; te ayuda mucho a conocerte”

RECAPITULEMOS: el miedo como compañero de trabajo que te mantiene alerta con todos los sentidos activados y anclado al suelo, además de “coherencia con los postulados de uno mismo” y “honradez”. “Esas son las claves”, escribo. Pero, ¿qué hay de las secuelas psicológicas que puede dejar en un periodista acudir a un conflicto? ¿Se requiere una preparación especial? De acuerdo con quien lleva dedicando toda una trayectoria profesional a cubrir crisis armadas y a realizar periodismo de investigación, todo va según la experiencia.

“Yo creo que la primera vez que acudes a una guerra es cuando decides si puedes seguir en este negocio, si puedes acudir a otra guerra, o si estás realmente preparado o no. Es decir, una guerra te enseña tus límites y tus debilidades tanto profesionales como personales; te ayuda mucho a conocerte a ti mismo. Entonces, ¿tienes que tener algún tipo de preparación especial? No exactamente, aunque sí concedo que, probablemente, alguien que va a cubrir un conflicto y que va a más de uno tiene una resistencia psicológica mayor de la que puedan tener otras personas”. Explicación, a su vez, coherente con la idea de que, en efecto, Ninguna guerra se parece a otra, obra que publicó a raíz de su experiencia periodística en Irak y que dedica a José Couso, el camarógrafo que lo acompañaba asesinado en Bagdad tras un ataque deliberado de las tropas estadounidenses. Un trágico suceso del que Sistiaga lamenta que “o hay una nueva filtración de Wikileaks que nos permita saber por informes de inteligencia qué es lo que se pretendía y por qué se hizo –y si se les fue la mano-, o nunca sabremos por qué asesinaron a Couso”-.

“¿Se requiere de una preparación especial para informar en una guerra? No exactamente, aunque sí concedo que alguien que va a cubrir un conflicto debe tener una resistencia psicológica mayor que la que puedan tener otras personas” 

“Ahora bien –continúa con la sugerencia de cómo debe afrontar un periodista la cobertura en territorio hostil-, eso tampoco quiere decir que asumas una frialdad y un distanciamiento absoluto, no. Yo hablaría más bien… de una preocupación emocional y afectiva que te lleva a preocuparte lo suficiente para que te afecte y cuentes el drama que estás viendo, pero no tanto como para que esa historia te desactive y no puedas seguir haciéndolo porque dices: Uf, estoy destrozado. Porque, a fin de cuentas –remacha la argumentación-, esto es como un cirujano que opera en turno de guardia y le está tocando accidentes con niños que vienen borrachos: si se implicara demasiado no podría seguir haciéndolo, porque se pasaría todo el día llorando. Y en este tipo de reporterismo pasa un poco lo mismo: si te implicas demasiado no puedes seguir haciéndolo. O peor todavía: tienes que asumir las consecuencias de tu implicación. Porque si, por ejemplo, te vas al conflicto árabe-israelí y crees que los palestinos tienen la razón y son los que están puteados y además haces campaña, tendrás que asumir tus postulados y cuando los palestinos metan coches bomba donde hay niños en una pizzería… pues son cadáveres que se tendrán que apuntar en tu debe”.

“En una guerra los primeros en caer son siempre aquellos que piensan que no le tienen miedo a nada”

Solidaridad. La Patrona, una pedanía del municipio veracruzano de Amatlán, ha pasado en los últimos años a ser reconocido a nivel internacional debido a la labor altruista de un grupo de mujeres que prestan ayuda solidaria a los miles de indocumentados que transitan por estas vías. En la imagen, doña Norma, líder del grupo conocido como Las Patronas. //Foto: Manu Ureste

Cuarta parte: Postales de Kosovo, la pérdida de la inocencia y el adiós a la exclusiva

A ESCASOS METROS de donde nos encontramos, un campesino de rostro sereno, sombrero de ala ancha, camisa de faena arremangada hasta los codos, y largo –e intimidante- machete para cortar caña atado al cinturón, camina despacio y en silencio por un lateral de la vía vigilando muy de cerca a dos enormes bueyes que cargan sobre sus huesudos lomos dos alforjas repletas de leña seca. Enfrente, al otro extremo del sendero, un destartalado autobús Rápido del Sureste de los años setenta transita en solitario por un camino que se pierde entre los cañaverales soltando a su paso una espesa y negruzca bocanada de combustible quemado.

“Hace tiempo que se acabó la época de las exclusivas; siempre va a haber alguien con un Twitter que dé la noticia antes que tú”

“¿Qué opinas de los viejos tiempos? –Levanto la barbilla y saludo al campesino de expresión seria y manos curtidas que lentamente se pierde junto a las dos bestias por un angosto camino de terracería, luego de haber cruzado un montículo de tierra que hace las veces de paso a desnivel-. Quiero decir –me explico-, periodistas como Arturo Pérez-Reverte, que además de ser un prestigioso escritor miembro de la Real Academia Española ha cubierto conflictos en medio mundo durante el último tercio del siglo pasado, consideran que el periodismo de guerra actual poco o nada tiene que ver con el que se hacía en su época de reportero. “El teléfono móvil, la conexión en directo y el ordenador portátil acabaron con los viejos reporteros”, le cito de una de las últimas entrevistas que el académico dio a la emisora de radio RAC 1.

Tras la explicación, Sistiaga se acaricia el mentón todavía bien afeitado y mantiene el mismo tono relajado y casi informal que emplea a lo largo de la entrevista, como si esta última cuestión realmente no fuera mucho con él.

“Bueno, esa es una visión un poco romántica que también les gusta alimentar a algunos de aquella época –se arranca-. Es decir, hubo una generación de reporteros que vivían en una España donde había cuatro grandes periódicos y una sola cadena de televisión con el suficiente dinero para mandar reporteros a conflictos a lo largo y ancho del mundo pero con una falta de tecnología que hacía que las crónicas se enviaran dos o tres días después. Simplemente, la tecnología no estaba tan desarrollada para poder enviar el material en el momento en que estaban pasando, y eso les hacía, primero, únicos porque no había otros en España -sobre todo los que trabajaban en televisión, que se convirtieron en grandes mitos-, y segundo, les permitía algo que sí concedo: una cierta calidad literaria, porque había tiempo para escribir, no como sucede desde hace quince o diez años, donde todos tenemos que salir en directo dos o tres veces al día y además elaborar la información”.

“Y otra gran diferencia de aquella época con esta -añade- es que hoy ya no existen las exclusivas en los conflictos. Esto lo entendí desde hace tiempo. Es decir, en Irak yo no me la jugaba para tener una exclusiva cuando tenía a otros diez periodistas españoles a mi lado… además de otros doscientos árabes, japoneses, chinos, o norteamericanos. Porque, al final, alguien siempre la va a tener antes que tú. Y si tenías la suerte de ser el primero, ¿de qué te valía si el segundo estaba al lado tuyo emitiendo?”, se pregunta Sistiaga, para quien el periodismo vive tiempos donde “todos tenemos que hacer de todo” y en donde la “gran diferencia” estriba en “cómo contamos lo que sucede” en el mundo. “Se acabó la época de querer llegar el primero a una masacre, a un lugar donde nadie ha estado. Siempre va a haber alguien con un Twitter que va a dar a conocer primero el suceso y luego llegaremos los periodistas”.

“Mi detención ilegal en Kosovo supuso una pérdida de la inocencia en cuanto a mi nombre y mi carácter como periodista”

Muy a lo lejos, un imperceptible rumor a los oídos empieza a hacerme cosquillas en la suela de las zapatillas deportivas. Sin embargo, a nuestro alrededor todo parece igual de inalterable: los niños corretean en los improvisados patios de las casas que hay junto a la vía del tren, el perro sigue recostado a un lado del riel, y Jon Sistiaga me mira atento con una sonrisa paciente mientras, a propósito de su última respuesta, me comenta que usa las redes sociales “poco” y “como herramienta profesional”.

“Estamos todavía aprendiendo lo que significa el Twitter. Entiendo que es una herramienta maravillosa para hacer contactos, para ver lo que cuenta la gente, para ver lo que cuentan de ti y para que tú cuentes. Pero hay que saber utilizarlo”, advierte. “Porque, aunque Internet tiene muchas cosas buenas, entre las negativas también está ese anonimato en el que se amparan muchos descerebrados y muchos pobres de espíritu, que firmando de manera anónima te ponen a parir la mayoría de las veces sin razón, porque en pocas ocasiones se usan argumentos de calidad en la Red”. No obstante –le quita hierro al asunto-, “que hablen bien o mal de uno… es algo que ya va incluido en el sueldo”.

Un sendero incierto. A pesar de los graves peligros a los que se enfrentarán en un incierto y peligroso camino, cientos de miles de indocumentados tienen en 'La Bestia' su única esperanza de futuro. //Foto: Manu Ureste

ESTAMOS PRÓXIMOS a la media hora de entrevista y, por tercera vez, me disculpo con Jon y le aseguro que, aunque sea doble, “ésta sí es la última pregunta”.

“¿Qué recuerdos guardas de tu secuestro en Kosovo, y cuáles son tus planes de futuro? -concluyo haciendo una rápida retrospectiva desde aquel suceso hasta su cobertura en Irak, pasando por algunos de sus reportajes-. ¿Qué te queda por hacer?”.

“Bueno, yo no lo llamaría secuestro –corrige una vez más-, más bien se trató de una detención ilegal ya que nadie pidió un rescate.  Dicho esto, aquella detención durante seis días, aparte de lo que profesionalmente supuso por lo que luego pude contar y por todas las experiencias que tuve durante aquellos días como único periodista español en Pristina (aunque estaba detenido), lo que significó fue una pérdida de la inocencia en cuanto a mi nombre y mi carácter como periodista”, recuerda el que fue ganador del premio Reporteros Sin Fronteras en 1999, cuyo nombre y rostro comenzaron a ser muy reconocidos a partir de aquella crisis, con la responsabilidad que esto conlleva.

“Una de las cosas más complicadas para un periodista es gestionar su popularidad. De repente, te conviertes en un alguien popular y todo el mundo te para por la calle. Y eso hay que saber gestionarlo muy bien –dice circunspecto-. Porque has pasado a otro estadio del periodismo, queriéndolo o no, valiéndolo o no, mereciéndolo o no. Y porque ya no eres un tipo que puedas hacerte pasar en un reportaje por alguien que, por ejemplo, busca niñas para un documental de trata de blancas. Porque te van a ver y te van a decir: joder… ¡pero si tú eres el Sistiaga!”.

****
Aquel rumor apenas perceptible para los oídos de hace tan solo unas líneas es ahora una certeza inminente. Tanto, que en mitad de la respuesta y justo antes de abordar qué proyectos tiene para su futuro profesional, Jon Sistiaga corta en seco su explicación y me mira con los ojos muy abiertos.

– “Tío… -gira la vista hasta alcanzar ese punto imaginario en el horizonte donde el verde intenso del cerro y el color óxido anaranjado de los durmientes se funden en uno solo-. ¿Tú también oyes eso?”.

Los pájaros vuelan en desbandada; un largo y gutural rugido con acento metálico los ha espantado. En el suelo, las piedras tintinean sutilmente. Y a lo lejos, allá donde el sendero de hierro se quiebra en una pronunciada curva hacia la izquierda, un enorme foco de luz amanece poderoso como si fuera el sol de la mañana que todo lo alumbra.

-“Sí…, sí que lo oigo”, le contesto y guardo de inmediato la grabadora en uno de los bolsillos del abrigo, para –tal vez siguiendo ese “olfato permanentemente activado” del que hablaba el periodista al principio de esta conversación-, hacer click en el on de la cámara de fotos que traigo en la mochila.

Sin embargo, advierto, Jon ya no está frente a mí. Se encuentra inmerso junto al camarógrafo Mario Lastra en una carrera eléctrica por atrincherarse a un costado de la vía y conseguir una buena toma de lo que está por venir.

La espera, me digo alargando al máximo el zoom del teleobjetivo, ha terminado.
La Bestia está aquí.

 

Ve aquí el documental íntegro ‘A lomos de La Bestia’:

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Las secuelas de COVID pueden causar muerte prematura incluso después de haber tenido la enfermedad

El conocimiento que se tiene de las secuelas de otras pandemias permite prever que COVID puede causar enfermedad cardiovascular que se manifiesta años después de la infección.
20 de octubre, 2022
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En el hemisferio norte nos acercamos a los meses de invierno y sufrir catarros y enfermedades respiratorias será algo habitual. De hecho, los datos en Oceanía indican que la ola de gripe puede ser especialmente agresiva en 2022-2023.

A ello hay que sumarle que lo más probable es que venga unida a otra ola de COVID-19 con las variantes actuales más eficientes. Por eso la OMS pidió que se tomen medidas en Europa y se refuerce la atención primaria. Lo vamos a necesitar.

Más allá de los habituales síntomas respiratorios (que pueden ir desde un catarro hasta una neumonía mortal), conviene prestar atención a otro hecho preocupante: el SARS-CoV-2 y otros virus respiratorios puede desencadenar síntomas cardiovasculares.

De hecho, el conocimiento que tenemos de las secuelas de otras pandemias indica que estos síntomas pueden afectar a la esperanza de vida provocando muertes prematuras desde meses a años después.

Tras la gripe de 1918, la literatura científica de la época describió casos extraños de niebla mental y fatiga crónica, dos de los síntomas asociados hoy en día con la covid-19. Pero además de los síntomas habituales de la gripe, la de 1918 dejó una secuela muy preocupante y con efectos retardados: una ola de infartos que sacudió el mundo entre 1940 y 1959.

Esa ola era extraña, aparentemente inexplicable, pero hoy en día ya sabemos que estaba asociada a la previa pandemia de gripe. El virus había dejado una bomba de efecto retardado en algunos supervivientes.

Enfermeras con mascarillas durante la pandemia de la gripe en 1918

Getty Images
Una ola de infartos entre 1940 y 1959 se puede rastrear a las secuelas de la pandemia de la gripe en 1918.

Esta ola de enfermedades cardiovasculares afectó especialmente a hombres, igual que la propia pandemia de gripe y ahora la de covid-19. Como posible explicación se ha propuesto que la respuesta inmunitaria inusual en hombres entre 20 y 40 años en 1918 podría haber condicionado a los supervivientes a sufrir una mayor mortalidad a edad adulta.

Pero es más, la exposición prenatal al virus de la gripe de 1918 se ha asociado a una mayor posibilidad de sufrir enfermedad cardiovascular a partir de los 60 años.

Estudios posteriores han demostrado que la infección por el virus de la gripe aumenta el desarrollo de las placas ateroscleróticas y, por tanto, la posibilidad de sufrir infartos. El daño en el endotelio vascular acelera la formación de placas y, por tanto, el riesgo de sufrir infartos.

Infección con SARS-CoV-2 y enfermedad cardiovascular

Pasados los primeros meses de pandemia ya se comenzaron a recoger datos que indicaban un aumento de daño cardiovascular tras la infección con SARS-CoV-2. Las complicaciones más frecuentes eran fallo cardiaco, daño en el miocardio, arritmias y síndrome coronario agudo.

Ilustración de los efectos del coronavirus sobre el corazón

Getty Images
La inflamación vascular por infección de covid se acelera en pacientes predispuestos a esa condición.

Para explicar estos síntomas se barajan dos posibilidades y ambas se basan en evidencias consistentes:

  1. Una respuesta inmunitaria desequilibrada frente a la infección vírica causa un proceso inflamatorio que provoca daños vasculares. La inflamación, cuyo máximo exponente es la tormenta de citoquinas, provocaría vasculitis, o inflamación vascular. Así, en personas que ya presentan inicio de enfermedad cardiovascular, esta inflamación aceleraría el proceso.
  2. El SARS-CoV-2 se introduce en las células utilizando la proteína ACE2, muy presente en las células endoteliales que revisten los vasos sanguíneos. Esta proteína es esencial para el funcionamiento del sistema cardiovascular, regulando la presión sanguínea, el control de electrolitos, la reparación de los vasos y la inflamación.

Aumento de abortos en mujeres que sufren COVID-19

Una mujer en una cama de hospital reacciona con tristeza a la evaluación de un médico que mira una ecografía

Getty Images
Además de causar abortos espontáneos, la infección de covid puede causar daños a los órganos del feto.

Como el SARS-Cov-2 afecta al endotelio, es muy posible que provoque daños irreparables en tejidos altamente vascularizados, entre ellos la placenta.

Esto explica el aumento de abortos producidos en mujeres que han sufrido covid-19. De hecho, los perfiles de daño vascular en mujeres embarazadas con covid-19 son similares a los encontrados en casos de preeclampsia, un desequilibrio de la presión arterial que causa daño vascular y abortos.

Además, otros estudios han demostrado que en embarazos tempranos el virus puede causar daños en los órganos del feto asociados con un proceso inflamatorio generalizado.

¿Vacunas y miocarditis? No hay evidencias

Una mujer con una camiseta que lee: "No vacuna tóxica" durante una protesta en Barcelona, España

Getty Images
Aunque hay movimientos en muchos países contra las vacunas de covid, no hay evidencia de que generen daño cardiovascular.

El efecto de la proteína S sobre el endotelio se ha relacionado con un posible daño vascular causado por las vacunas basadas en mRNA. En estas vacunas, el mRNA que contienen genera esta proteína en los tejidos para que el sistema inmunitario la reconozca y se active contra ella. Pero este daño no ha podido ser demostrado.

Aunque se intenta alarmar sobre las miocarditis asociadas con las vacunas, los datos científicos no avalan ese miedo. Una reciente publicación en JAMA ha demostrado que de unos 192,5 millones de vacunados en EE.UU, tan solo 8,4 personas por millón presentaron síntomas de miocarditis, de ellas tan solo 92 personas necesitaron tratamientos más específicos que los antiinflamatorios habituales y ninguna de ellas murió.

No hay motivo para tanto alarmismo. Los síntomas de miocarditis informados unos días posteriores a la vacunación son leves y probablemente indican una respuesta inflamatoria algo más agresiva en estas personas, pero no un daño directo de la proteína S.

De hecho los niveles de proteína S en la sangre tras la vacunación son muy bajos y su efecto sobre el endotelio es transitorio desapareciendo en pocos días.

Prevención del daño vascular, una razón más para vacunarse

Una mujer recibe una vacuna

Getty Images
La vacuna sigue siendo una prevención efectiva contra futuros problemas.

Con todos los datos acumulados hasta el momento y los precedentes de anteriores pandemias, podemos concluir que la covid-19, al igual que otras infecciones respiratorias agudas, puede empeorar enfermedades cardiovasculares y reducir la esperanza de vida bien por acelerar el daño vascular o bien por generar nuevos daños. Estos daños pueden acabar provocando muerte incluso meses o años después de la infección.

Afortunadamente, la vacunación ha demostrado ser efectiva contra estos efectos al igual que contra la covid-19. El fundamento es simple: si el virus no puede llegar a la sangre, no puede afectar al sistema cardiovascular.

Una razón más para no dejar que el coronavirus nos infecte sin estar preparados. La vacunación salva vidas, incluso años después.

*Guillermo López Lluch es catedrático e investigador del Centro Andaluz de Biología del Desarrollo e investigador en metabolismo, envejecimiento y sistemas inmunológicos y antioxidantes de la Universidad Pablo de Olavide, en Sevilla. Su artículo fue publicado en The Conversation cuya versión original puedes leer aquí.


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