Extranjeros en cualquier parte
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Extranjeros en cualquier parte

Por Moisés Castillo
23 de junio, 2012
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Vivir en Guatemala a principios de los 80 era vivir bajo la represión militar, respirar miedo y escapar de las balas. La familia del pequeño Eduardo Halfon prefirió esfumarse de un destino trágico y huyó hacia Estados Unidos. Así comenzó el peregrinar del escritor más extranjero de América.

Guatemala, Florida, Carolina del Norte, La Rioja española, Nebraska… Dice que a los diez años de edad se partió en dos y tiene cierta envidia a las familias que echan raíces. La fuga casi perpetua de ser migrante: entre quedarse e irse. Para el autor de “Dicho hacia el sur” hay una certeza en este viaje agridulce: nunca regresará a su tierra natal. Cierra los ojos y vuelve la imagen muda. Recuerdos de antes o de nunca.

Esta es una de las 24 crónicas migrantes y un sueño americano que se pueden leer en “Sam no es mi tío” (Alfaguara 2012). Los editores de estas historias sorprendentes son el argentino Diego Fonseca y la brasileña Aileen El-Kadi, quienes confeccionaron un libro que debe ser obligatorio en cualquier escuela de periodismo.

Es un libro de historias propias o de otros, de pequeños mundos en el país más poderoso del mundo. ¿Dónde está el “sueño americano”? En la contradicción y en la falta de reconocimiento de los millones de migrantes legales e ilegales que caminan las calles de Nueva York, Miami, Texas o Los Ángeles. Esta parece la respuesta correcta.

En “Sam no es mi tío” destaca, como un grito en el templo, la historia “Aquí está bien”, del peruano Daniel Alarcón. El periodista que vive en Oakland, California, afirma con cerveza en mano: donde quiera que vayas en Estados Unidos, no importa cuán lejos vayas, verás el resto del mundo. En “Hoy como ayer (La Gata)”, la escritora argentina Gabriela Esquivada que reside en Charlotte, North Carolina, habla sobre la cantante de tangos María Angélica Milán. La Gata perdió lo único que siempre había tenido: el pasado.

El caso asfixiante de Alberto fue escrito desde las tripas por Diego Fonseca, que actualmente vive en Washington, DC. En “Y entonces Dios”, el escritor y periodista lanza sin titubeos: todo sueño tiene un anverso odioso y pedestre malamente llamado vida real. En “Renuncio”, el argentino Hernán Iglesias Illa cuenta la crónica de contrastes sobre su flamante doble nacionalidad: qué cosa más gringa; el mito de llegar a América y renacer.

Las reflexiones del novelista Eloy Urroz son implacables en “Una anacoreta en el desierto de los rubios monolingües”: aquí en USA, no importas. En México había sido cabeza de ratón, en Estados Unidos me he vuelto cola de león. El ensayo “Los crímenes de Santa Teresa y las trompetas de Jericó”, del escritor mexicano Jorge Volpi, es luminoso. Gracias al poder de la ficción literaria podemos observar los pensamientos de los demás: siempre que leemos derribamos murallas y nos convertimos en otros.

Al final de este caminar sin rumbo llega “Esto te costará diez dólares”, del chileno Juan Pablo Meneses. Escribió una historia sobre el rey del porno americano, Ron Jeremy: si ese gordinflón de rostro hinchado puede acostarse con las mejores chicas del planeta, yo también puedo. Y el mexicano Wilbert Torre nos regala la historia de Cuauhtémoc Figueroa, ex jefe del voto latino en la campaña de Barack Obama. En “Mapas (Lo que pasa en Vegas)” describe cómo Cuauhtémoc llevó a Obama a visitar pueblos atestados de latinos y se llenó las manos de pines y chucherías.

“Sam no es mi tío” también tiene que cruzar fronteras y se está presentando en varios países de América Latina. Es un libro andante por naturaleza. Uno de los editores, Diego Fonseca, nos explica las diversas visiones sobre los migrantes y la frontera estadounidense, espacios que incluyen o excluyen. O como lo dijo un migrante mexicano: “Estamos aquí porque nos expulsan de allá”.

-¿Cómo surgió la idea del libro y por qué abordar el tema migratorio?

Suelo decir que es producto de que George W. Bush y Wall Street se metieron en mi matrimonio. En 2008 fui contratado por una revista de Miami y a poco de dar Bush su discurso del estado de la Nación ante el Congreso y el subsecuente desmoronamiento de la bolsa, la revista se presentó en quiebra. El llamado, claro, ocurrió mientras mi mujer y yo pasábamos nuestro primer día de luna de miel. Decidí que tenía que contar toda esa historia, pero no dí con ningún medio en Estados Unidos que publicase crónica. De hecho, los demás escritores latinoamericanos de no ficción y ficción que vivían en Estados Unidos y yo conocía colaboraban con medios de la región o España. Como soy editor, pensé como editor: hacía falta algo para reunir esa inteligencia y construí la idea de un libro. En 2010, cuando Aileen El-Kadi me invita a escribir un ensayo para un libro de la Universidad de Texas sobre el narco en las Américas, le conté la idea y en una semana nos pusimos a trabajar. La cuestión de los migrantes, más que el tema migratorio, es sustancial a Estados Unidos: este país es producto de migraciones. Y la migración latina constituye el próximo gran proyecto de integración societaria de Estados Unidos, que debe debatir cómo integra a su ficción orientadora un nuevo componente mestizo, sincrético.

-¿Cómo fue el proceso se selección de los textos? ¿El libro se llama así para exhibir las contradicciones del “sueño americano”?

La lista de autores era mucho mayor. La primera decisión fue reunir tres tipos de miradas: escritores de no ficción, escritores de ficción y académicos. Lo segundo, prestar atención a ciertas condiciones. ¿Qué país tiene la mayor tasa de migrantes en Estados Unidos? México, pues también debía haber una primera minoría mexicana en Sam. ¿Qué país es una potencia emergente y tiene algo que decir sobre Estados Unidos? Brasil, por lo que tiene también peso. Argentina, el de tradición menos amistosa con Estados Unidos, cuenta otro poco. “Sam no es mi tío” es un título que juega entre la ironía y la exposición de una verdad: los latinos aun no han sido incorporados a la simbología americana por completo, no hay una integración completa ni mucho menos. Aquel Tío Sam del “I want you” ni representa lo que Estados Unidos es hoy ni permite a los latinos reconocerse en él. Por lo tanto, la idea de exhibir cómo se expresan las contradicciones del sueño americano estuvo siempre en la mirada del libro y, a la vez, cómo los hispanos negocian sus propias contradicciones con la nación donde viven, vivieron o quisieran vivir.

-En la mayoría de los textos surge Miami como la ciudad de las oportunidades y de las frustraciones, ¿todos quieren vivir en Miami? ¿Qué significado tiene este lugar para el imaginario colectivo de los migrantes?

Miami está en varios textos, pero no en la mayoría. New York tiene un peso similar. California también, y el Sur. Miami representa un punto de entrada accesible para muchos latinoamericanos, entendido como la más latina de las ciudades de Estados Unidos, algo que puede extenderse a buena parte de la Florida y a varias ciudades de California, Arizona o Texas. Miami, en alguna medida, es una suerte de limbo interesante: una ciudad americana que no deja de ser profundamente latinoamericana pero quiere pertenecer adonde está, a Estados Unidos.

-¿Consideras que “Sam no es mi tío” es un libro mosaico, donde podemos encontrar crónicas, reflexiones personales, ensayo y testimonios de los autores? ¿Cómo lo definirías?

La idea de mosaico funciona muy bien. Como editor periodístico uno siempre trabaja sobre la base de construir puzzles: que cada parte, en su diversidad, encaje en un todo armónico. Como con Aileen El-Kadi, mi coeditora, provenimos de backgrounds distintos —Aileen es académica— tuvimos que liberar y equilibrar el modo de editarlo. Hay textos donde hubo una relación escritor-editor elaborada, con mucho ida y vuelta, y otros que los soltamos a un ejercicio de apertura: que el escritor nos contase qué estaba viendo sin que nosotros condicionemos el material. En ese plano, el resultado es, antes que un puzzle, un caleidoscopio, una idea que también resulta armónica para explicarme a mí mismo Estados Unidos como nación.

-¿Cuál es tu historia favorita del libro? ¿Cuál te sorprendió gratamente y por qué?

No tengo una historia favorita per se. Cambia según el momento. Todas tienen un atractivo por su propia singularidad y sería injusto si te dijera cuál es mi historia favorita del momento, porque sé que mañana será otra. Y más que sorpresa grata en una historia hablaría de una gratificación general en la actitud de los autores: todos accedieron de buena gana y con mucho entusiasmo a ser parte de Sam, y la colaboración fue espontánea y permanente. Pocas veces sucede eso.

-¿Por qué decidiste escribir sobre Alberto? ¿Te llamó la atención la fe en Dios como último recurso de sobrevivencia?

Sí, me pareció que, tras ensayar todas sus posibles soluciones —enfrentar el problema primero y pretender esquivarlo después—, cuando se vio abrumado por las circunstancias, envuelto por un problema que lo excedía, como la crisis y apresado por sus propias decisiones apresuradas, como comprar una casa que no podría pagar, su último recurso fue una especie de invocación suprahumana: la resignación, creer en vez de pensar.

-Dices en tu relato que “todo sueño tiene un anverso odioso y pedestre malamente llamado vida real”, ¿cómo explicas la ligereza de Alberto ante las deudas que al final lo acaban ahorcando?

Hay dos momentos en él, primero cuando procura resolver el problema, pues él siguió pagando mientras pudo y luego cuando se resigna a que suceda lo que pueda suceder: un abogado salvador, nada, escaparse de la obligación. El problema es de origen, y es asumir que él compraba una casa cuando lo que ocurría, como pasó a muchos, era que su independencia era la que estaba siendo comprada por una deuda. Sin entrar en el análisis de los fundamentales de la crisis —la canilla libre de créditos sin demasiado control ni regulación-, en él hay una mezcla de factores: deseo por tener una mejor vida, revancha contra un mal pasado, aprovechar una oportunidad única, en un punto ambición irracional.

-¿Cuál fue tu motivación real de salir de Argentina y vivir ahora en Washington? ¿Piensas regresar a tu país de origen? ¿Cómo construir una identidad en Estados Unidos?

No fui directo a Washington. Tenía a cargo la oficina argentina de América Economía en Buenos Aires cuando la revista me dio la opción de reorganizar la operación de Brasil o la de México. Me fui a México, donde viví por más de seis años antes de mudarme a Miami por otro trabajo. Cuando quiebra la empresa que me empleaba en la Florida, surgió una oportunidad de consultoría para el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington. Uno siempre viaja con su país en la mochila identitaria, pero hoy estoy bien en DC y no he tenido ni visto ofertas para volver a Argentina, u otro país. Construyes una identidad en Estados Unidos del mismo modo que en cualquier otro país: tu yo entra en negociación con la realidad que te circunda. No hay otro modo. Es eso o una idealización perpetua, un estado ilusorio.

-¿Alguna vez te sentiste como dice Aileen: “miserablemente inmigrante”? ¿Cuál ha sido tu momento más difícil en EU por ser “latino”?

No, no he tenido la experiencia de Aileen. Tampoco he experimentado malos momentos como “latino”. Los peores han sido como inmigrante, uno más. Cuando me quedé sin trabajo en la Florida pasé un tiempo de incertidumbre sopesando qué hacer pero también tuve fortuna. Fuera de eso, creo que cuando enfrentas la rueda burocrática es cuando sientes la mayor distancia entre el individuo y el aparato o, por ponerlo con un nombre más árido, “el sistema”. Para las burocracias no pareces ser persona sino expediente. Tal vez esa inflexibilidad sea común a otros países pero me pareció mayor —eficientemente burocrática, para jugar con una paradoja interesante— en Estados Unidos.

-La artista cubana Tania Bruguera dice que ella, como muchos profesionistas que viajan constantemente, es una migrante con “privilegios” (aviones, hospedaje, invitaciones, viáticos, etc.). En este sentido, ¿es acertada la idea de migrantes de primera y de segunda? ¿Si fueras Obama qué cosas cambiarías a favor de los migrantes?

Esa distinción viene dada también por los puntos de partida y, por decirlo de algún modo, el puerto de llegada. Es obvio decirlo, pero si llegas como profesional tu punto de partida es mucho menos complejo que quien viene a trabajar al campo cruzando la frontera indocumentado. Por ende, también es probable que tu proyección sea mejor, pero tampoco es absoluto y siempre hay oportunidades. No creo ni en los compartimentos estancos ni en el inmovilismo histórico y, si hago caso a la dialéctica, debo inferir que la historia permite reubicar espacios y dar oportunidades al que está hoy mal. Lo que más me duele sobre la vida de los migrantes es, sobre todo, la falta de reconocimiento al aporte fundamental que han hecho y hacen a la economía y cultura americanas. Ese reconocimiento aun está apresado por las necesidades del discurso político coyuntural. Más allá de decisiones cuestionables, me parece que Obama tiene una oportunidad de actuar con mayor margen de acción, menos aprisionado por las urgencias de la crisis si resulta reelecto. No estará en riesgo su reelección y el segundo mandato es siempre el momento de los gobernantes americanos para dejar su marca en la historia. Asumo que, a riesgo de jugar con el futuro, que me disgusta, su obra puede estar más cerca de las promesas que hizo a los latinos en 2008 que lo que fue su acción de gobierno durante el mandato que termina.

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Felimar Luque

De vender arepas en un mercado a luchar como médica contra la COVID-19

Felimar Luque temía no volver a trabajar como médica tras emigrar de Venezuela. Pero la falta de personal sanitario que sufren países de la región como Perú ha hecho que vuelva a ejercer.
Felimar Luque
5 de agosto, 2020
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Preparando arepas en la habitación que compartía junto a su hermana en Lima, Felimar Luque temía no volver a ponerse nunca más la bata de médica que se tuvo que quitar cuando salió de Venezuela en busca de un futuro mejor.

Hoy, tras un año en el que vendió arepas en un mercado y medicamentos en una farmacia, vuelve a ejercer la medicina en un hospital. Una oportunidad que ansió durante meses y que no le llegó hasta que ocurrió una tragedia: la pandemia de COVID-19.

“La esperanza era bastante lejana por el tema económico”, cuenta esta ginecóloga de 34 años, a quien se le hacía imposible asumir el costo de homologar su título cuando llegó a Perú el año pasado.

Ahora, ante la falta de profesionales de la salud para atender de los casos de coronavirus que hay a nivel nacional, Luque ha sido contratada para trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins, el complejo hospitalario más importante de la seguridad social peruana.

Allí, se encarga de evaluar cómo evolucionan cerca de 200 afectados por COVID-19.

Perú ha decidido permitir durante la pandemia la contratación de médicos extranjeros, incluso aquellos que aún no hayan terminado de realizar sus trámites para colegiarse. Es una medida que también han tomado países como Chile, México y España.

Luque ha sido una de las beneficiadas. Como a muchos de los 900,000 venezolanos que emigraron al país andino en los últimos años, a ella, le había tocado empezar desde cero en su nuevo destino.

Es decir: dejar atrás 11 años de estudios universitarios y cuatro de experiencia laboral, para, en cambio, comenzar los días levantándose a las cinco de la mañana para amasar agua y harina P.A.N.

“Despertábamos para hacer las arepas y que estuvieran calientes al momento de venderlas”, recuerda.

Harina P.A.N.

Getty Images
Felimar Duque se despertaba todos los días a las 5am para amasar la harina P.A.N.

“Vendíamos unas 30 o 35… No eran muy grandes porque la harina P.A.N. es importada y costosa y queríamos obtener un poquito de ganancia”, le dice a BBC Mundo por teléfono en el descanso de su turno en el hospital.

A dos soles cada una (0.6 dólares), ganaban entre 18 y 21 dólares cada día. Tres veces más que su sueldo mensual en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, conocido por ser donde murió en 2013 el exmandatario venezolano, Hugo Chávez.

Este monto, sin embargo, era insuficiente para vivir cómodamente en Perú. Así que, recién llegadas a Lima, las hermanas vendían las arepas por las mañanas y dedicaban el resto del día a buscar trabajo.

“El choque emocional era demasiado”, cuenta Luque. “Aparte, jamás había vendido nada”.

“Todo en mi vida había sido estudiar, estudiar, estudiar… El día en que decidí trabajar ya era médico y, desde entonces y ya graduada, nunca había dejado de trabajar”.

Dejar Venezuela

Felimar Luque era en Caracas especialista adjunta del servicio de ginecología de un hospital de nivel 4, el más alto, es decir, con un gran número de camas, área de terapia intensiva y de especialidades.

De pequeña, había decidido ser pediatra después de que una infección gastrointestinal le llevara a acabar ingresada en un hospital.

“Me atendió una excelente pediatra, que fue muy atenta conmigo. A pesar de no tener turnos, se quedó conmigo durante mi hospitalización”, recuerda.

“De ahí le dije a mi mamá: ‘Quiero ser pediatra porque quiero atender a las personas así como ella me atiende a mí”.

Pero, a medida que estudiaba la carrera, fue cambiando de opinión. “Me di cuenta de que la pediatría era bonita, pero a la vez un poco triste“.

“Sobre todo el área oncológica me deprimía, así que dije: ‘No, prefiero ser ginecóloga, que así traes un bebé al mundo y, en la mayoría de los casos, les das una alegría a los familiares”. Todavía recuerda su primer parto: varón, 3.5 kilos.

Felimar Duque con un bebé recién nacido

Felimar Duque
Duque optó por especializarse en ginecología porque el traer bebés al mundo “das una alegría a los familiares”.

Los años tomando notas o sacando fotocopias de libros que no podía permitirse comprar rindieron frutos: se graduó de la Universidad Rómulo Gallegos con notas sobresalientes o, como se dice en Venezuela, cum laude.

Un posgrado después, llegó a ser jefa de servicio en un hospital grande. Pero era un puesto que también tenía desventajas que se hicieron más agudas cuando el país empezó a verse golpeado por una dura crisis económica.

“En 2012 ya empezó el déficit, pero se acentuó muchísimo, muchísimo en 2014. En 2015, ya no teníamos absolutamente nada, teníamos que solicitar al paciente que llevara sus insumos para poder atenderle”, hace memoria.

Alternaba cuatro trabajos en dos clínicas y dos hospitales públicos para poder mantenerse. Le alcanzaba, “ajustadita”, y solo porque vivía sola y no había formado aún una familia.

Pero la falta de condiciones para atender a sus pacientes era lo que más le afectaba.

“El choque no lo vive el director del hospital, lo vives tú como jefe en tu área. Eso ya me tenía un poquito inestable emocionalmente porque decía: ¿Cómo voy a una guardia? Como recurso humano puedo hacer cualquier cosa, pero me atas de manos porque no tengo cómo resolver al paciente porque no tengo insumos”.

Protesta en Venezuela por la crisis hospitalaria

Getty Images
En Venezuela hay una crisis hospitalaria desde hace varios años.

Estas deficiencias le hicieron pasar por situaciones tensas, como cuando tuvo que resguardarse para no ser agredida por el familiar de una paciente.

“Había sido referida de otro hospital y, en ese momento, nosotros no contábamos con servicio de quirófano porque no había aire acondicionado y solo estábamos atendiendo estrictas emergencias”, recuerda.

“La paciente estaba en un inicio de trabajo de parto… Tenía oportunidad de ir a otro centro a ver si la podían atender”. El familiar montó en cólera, estallando en reclamos e insultos contra ella y un colega, que eran los encargados del servicio aquel día.

“Tuvimos que permanecer encerrados en la habitación porque si salíamos nos podían agredir”, afirma.

Choque emocional

Episodios como este la llevaron a iniciar la homologación de su título en España para emigrar allí.

“Mi temor era: ‘se me va a morir una paciente por el simple hecho de que en el hospital no hay tan siquiera sangre para transferirle o no hay una jeringa, nada…’ Que me llegue un paciente crítico y no pueda resolverlo, no porque no tenga conocimiento, sino porque no tengo los recursos para atenderlo”.

Pero las trabas burocráticas, tanto en España como en Venezuela, y la ralentización de los trámites en las instituciones de este último país hizo que, a inicios de 2019, se decidiera a seguir a su hermana a un destino más barato y menos complicado: Perú.

Felimar Luque (izq.) en la sala de partos en Venezuela

Felimar Luque
Practicar medicina en Venezuela se ha vuelto difícil por la falta de recursos.

A diferencia de miles de sus compatriotas, ellas tuvieron la “suerte” de poder viajar hasta allí en avión.

Pero eso no logró amainar un cambio tan brusco: “En Venezuela siempre tuve trabajo, muchísimo trabajo. Pero una vez que vengo para acá, nunca había vendido y había que relacionarse con cualquier persona”.

“Pero era más que todo el choque emocional: eras una persona reconocida en tu país. En mi caso, yo era jefe de servicio porque era especialista adjunta del servicio de ginecología ya con cuatro años de experiencia como tal. Y sí, el choque es bastante fuerte en ese sentido”.

“De verdad que me sentía bastante mal”.

Junto a su hermana, pidieron permiso en un puesto de un mercado cercano a donde vivían para ponerse de pie al lado a vender las arepas. El comerciante se lo permitió.

“Entonces hice mi currículum, lo dejé por locales comerciales, farmacias. Llamaba a los anuncios para cuidar bebés, cuidar abuelitos”. Menos de un mes después de llegar, consiguió empleo en una farmacia donde trabajaba seis días a la semana por el salario mínimo.

Inmigrante venezolana entrando a Perú

Getty Images
Muchos venezolanos que inmigran a Perú tienen dificultades en buscarse la vida.

¡No tenemos gente!

Poco a poco, fue reuniendo y validando los papeles que necesitaba para homologar su título de médico general.

“Registré mi título… pero hubo un freno porque me exigían estudiar un año más”, cuenta. No podía permitírselo: su hermana tenía problemas para encontrar empleo y de su salario salían la manutención de las dos y el dinero que enviaba a sus padres, en Venezuela.

“Decidimos oye, nada, a reunir plata. A ver si se puede lograr de alguna forma en algunos meses”.

Casi a finales de 2019, vio un anuncio en Instagram: la ONG Unión Venezolana en Perú estaba ayudando a médicos venezolanos a convalidar sus títulos. La organización ha reunido en los últimos dos años un listado de 39,000 inmigrantes venezolanos con estudios, cuyos datos se los ofrece al gobierno peruano para ayudar a cubrir vacantes difíciles de llenar.

Tras una dura selección que empezó con 150 profesionales, Luque acabó siendo una de los 20 que recibió la ayuda de la ONG y de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) para poder colegiarse en Perú.

“Tuve que pasar varias pruebas y cursos”, asegura. “A veces nos decían el mismo día o la noche anterior: ‘Hoy, urgente, tienen que ir a tal sitio’. Y bueno, ese día le pedía permiso a mi jefe y gracias a Dios fue bastante tolerante. Me decía: ‘Tranquila’. Luego, eso sí, tenía que pagarle las horas como sea”.

Pero incluso cuando su nombre apareció oficialmente en la base de datos de médicos colegiados de Perú, encontrar trabajo como tal siguió siendo una tarea complicada.

Coronavirus en Perú

Getty Images
En algunos lugares de Perú se han visto desbordados por la falta de médicos para combatir el coronavirus.

En tres meses, solo llamaron para dos plazas lejos de Lima, de donde no quería irse.

“Conseguí un puesto de asistente de cirugía plástica. Realmente, no es mi área, solo llenaba historias de los pacientes y hacía las tareas de las enfermeras”.

Con la pandemia, la clínica cerró: “Lo que más me angustiaba era que yo tengo que enviar dinero a Venezuela porque mis papás lo necesitan… Era estresante: quedarte sin dinero en un país donde no tienes nada”.

Hasta que un colega le avisó de que la seguridad social peruana, EsSalud, estaba contratando médicos para afrontar la pandemia de COVID-19.

Como muchos países de la región, Perú cuenta con menos médicos de los que necesita, según refleja un informe del Ministerio de Salud de 2018: apenas 13,6 médicos por cada 10.000 habitantes en vez de los 23 que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS).

A esto se suma el hecho de que muchos se han dado de baja porque su edad o historial médico los hace especialmente vulnerables al nuevo coronavirus.

Por ejemplo, en Lambayeque, una de las regiones más afectadas por la pandemia y en la que se han tenido que construir cementerios temporales para enterrar a los muertos por coronavirus, el director del Hospital Regional explicaba a principios de mes que, pese a tener 60 camas libres con punto de oxígeno, no las podía usar:

“¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente! ¡No tenemos gente!”, gritaba con desesperación en una entrevista con la emisora pública, RPP.

Talento desaprovechado

Carlos Scull, nombrado embajador de Venezuela en Perú por Juan Guaidó, aseguró en una radio local que hay unos 1.000 médicos venezolanos en Perú -de los que solo entre 200 y 300 están colegiados- y unos 3,000 enfermeros.

Otras fuentes como la campaña “Tu causa es mi causa” eleva a 4,000 el número de médicos venezolanos que podrían unirse al esfuerzo del sistema de salud peruano contra la pandemia.

Trabajadores de la salud con equipos de protección personal frente a una ambulancia en Perú

Getty Images
En Perú hay escasez de trabajadores de la salud para hacerle frente a la pandemia.

Al menos uno de ellos, Felimar Luque, empezó a trabajar en el Hospital Edgardo Rebagliati Martins el lunes de la semana pasada: “Es hermoso, se parece al hospital en el que yo trabajaba ”.

“Me siento bien, a pesar de la pandemia, haciendo lo que más me gusta”, dice. Ahora gana ocho veces más de lo que recibía en la farmacia. Su hermana, abogada, ha tenido menos suerte y ahora trabaja cuidando a una mujer mayor en una provincia al norte de Lima.

“El venezolano tiene una necesidad de tener un ingreso y ejercer su profesión”, dice Garrinzon González, director de Unión Venezolana en Perú. En los años que lleva frente a la ONG, ha visto a muchos compatriotas experimentados y con estudios superiores haciendo trabajos no cualificados.

“Es un activo que se está perdiendo el Perú en vez de beneficiarse con estos profesionales cuyos estudios fueron un gasto que hizo otro Estado. Y más cuando hay vacantes”, afirma.

Del listado de 39,000 profesionales venezolanos que ofreció al Estado peruano, calcula que solo el 10% consiguió empleo.

Él espera que la experiencia de echar mano de profesionales sanitarios venezolanos durante la pandemia sirva para abrir las puertas a otros sectores.

Luque tiene un contrato de solo tres meses, prorrogable por otros tres meses más si la pandemia se extiende. Aunque, así como cuando soñaba con volver a ponerse la bata mientras preparaba arepas, le sobran esperanzas.

“Aunque el contrato dice ‘solo pandemia’, yo confío, Dios quiera, que nos dejen trabajando como tal. Ya ellos saben que soy especialista, que estoy en proceso de mi registro nacional de especialista acá en Perú. Y si no, bueno, como médico general, que ya tengo todo legal”.

“Si la posibilidad está, sería genial quedarnos acá trabajando”.

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BBC

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