La historia de Alcatraz: una “cárcel maldita"
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La historia de Alcatraz: una “cárcel maldita"

Por Valeria Perasso, BBC California
12 de junio, 2012
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Fue la isla con el primer faro de la costa oeste estadounidense, construido a mediados del siglo XIX para guiar a los barcos en el Pacífico. Fue un fuerte con fines defensivos y un centenar de cañones listos para proteger a California de cualquier ataque marítimo. Fue también una reserva natural de pelícanos, de los que heredó el nombre.

Pero la fama de Alcatraz se cimentó en los años en que este peñasco frente a la bahía de San Francisco, en el norte de California, albergó una prisión federal de alta seguridad y fue hogar forzado de algunos de los gansgters más temidos de Estados Unidos.

Foto: Emily Gómez

Entre 1934 y 1963, “La Roca” –como se la llamó- fue el centro de reclusión modelo al que se trasladaba a criminales considerados demasiado peligrosos para otras cárceles del continente, con el fin de enseñarles a comportarse tras las rejas.

Hace 50 años, tuvo lugar su fuga más famosa: en parte porque de los tres reclusos nunca volvió a saberse, pero también porque, tras ella, el gobierno estadounidense ordenó el cierre de la prisión. Sin embargo, la leyenda construida alrededor de sus celdas continúa alimentándose de las narraciones orales y del cine de Hollywood.

BBC Mundo te presenta cinco claves para entender cómo la prisión infame se ha convertido en destino del peregrinaje para millones de turistas.

Una prisión modelo

Ubicada en un islote árido y rocoso en el Pacífico Norte, la primera fortificación de Alcatraz fue construida alrededor de 1850 y usada como prisión militar. Las autoridades consideraban que su aislamiento era garantía suficiente para coartar cualquier intento de fuga: imposible llegar vivo a la costa –decían- sin perecer a causa de las corrientes y las bajas temperaturas de las aguas.

Hacia 1912, allí se levantaba el edificio de cemento reforzado más grande del mundo. Pero fue en 1933 que Alcatraz selló su reputación como una cárcel diferente: se convirtió en “prisión de prisiones”, como la denominó la Oficina Penitenciaria Federal. ¿Qué significaba esto en la práctica? Que recibiría a la población carcelaria que resultaba demasiado indisciplinada para otros centros de detención en Estados Unidos.

Fue, además, un “modelo de prueba” para el sistema de custodia de 1×3 -un cuidador asignado por cada tres reclusos- que luego se extendería a otras prisiones federales. Su primer guardián fue James Johnston, quien consideraba la cárcel como un espacio de disciplina extrema, más que de rehabilitación y reinserción social de los condenados. Bajo su rigor, cada uno de ellos fue asignado a una celda individual: lejos de ser un lujo, el confinamiento solitario era un modo de evitar complots y confabulaciones.

La peor de las reglas en vigor, según se recoge de las experiencias de sus habitantes, era la de guardar extremo silencio: los reclusos sólo podían conversar durante los recreos de fin de semana. Y aquellos que mostraban mala conducta eran enviados al llamado “Agujero”, un espacio subterráneo en el que un castigado podía pasar semanas enteras.

Criminales temibles

Foto: Mariana Hernández

Según la Oficina Federal de Prisiones (BOP, en inglés), la población carcelaria en Alcatraz se mantuvo siempre por debajo de la capacidad máxima del recinto. En promedio, albergó entre 260 y 275 prisioneros, apenas 1% del total de reclusos a nivel federal. Pero fueron los personajes tras las rejas los que ayudaron a cimentar la leyenda: grandes nombres del crimen organizado en la era de la Gran Depresión.

El más conocido fue sin dudas Alphonse “Al” Capone, mafioso y contrabandista líder de una aceitada organización criminal con base en Chicago. Capone fue enviado a la isla californiana porque, según las autoridades, su reclusión previa en una cárcel de Atlanta no había bastado para que dejara de mover los hilos de sus actividades delincuenciales. Pasó allí poco más de cuatro años, hasta que fue diagnosticado con sífilis y trasladado a otro centro.

Otro personaje cuya fama trascendió los pasillos de la prisión fue Robert Stroud, condenado por asesinato. Lo apodaban “el pajarero de Alcatraz” por su afición a las aves: había tenido varias durante su confinamiento previo en Kansas, pero aquí no estaban permitidas las mascotas y debió conformarse con despuntar su pasión por la ornitología en manuscritos autobiográficos.

Alvin Karpowicz, apodado “Creepy Karpis”, fue el “enemigo público número 1” en la lista del FBI en los años ’30 y el preso de más larga estadía en Alcatraz: 25 años y un mes. También pasaron por estas celdas el gangster George “Machine Gun” Kelly Barnes y Rafael Cancel Miranda, miembro de Partido Nacionalista de Puerto Rico y responsable de un ataque armado contra el Capitolio de Washington en los años ’50.

Grandes escapes… frustrados

Los arquitectos pensaron Alcatraz como una prisión inexpugnable, de cercas electrificadas, alambres de púa y torretas con custodios armados. Pero nada impidió que decenas de reclusos intentaran la huida: los registros oficiales dan cuenta de 14 intentos a lo largo de casi tres décadas, que involucraron a 36 personas. Según la BOP, 23 de ellos fueron recapturados, seis murieron de bala durante la fuga y otros dos, ahogados.

Pero otros cinco jamás fueron hallados: las autoridades los catalogan de “desaparecidos”, aunque los más escépticos sugieren que podrían haber tenido éxito en sus empresas. La primera de las fugas orquestadas con osadía se registró en 1936, dos años después de la inauguración de “La Roca” como prisión federal, y fue un intento rústico y desesperado: un tal Joe Bowers decidió escalar la pared del presidio y fue baleado por los guardias al no acatar la orden de descender.

Otros más elaborados ocurrieron a mediados de los años ’40. El de John Giles, en 1945, fue casi exitoso: con ropas militares robadas y documentos falsificados, logró abordar una embarcación militar y llegar al continente, pero a último momento las autoridades notaron que su uniforme era distinto al de los demás y procedieron a detenerlo.

En 1946 se frustró la huida más violenta en el historial del centro: en la llamada “batalla de Alcatraz”, seis reclusos consiguieron armas de fuego, mataron a dos vigilantes e hirieron a otros 18, pero no lograron escapar.

Los dos últimos intentos tuvieron lugar en 1962 y sellaron el final de Alcatraz como prisión, hace 50 años: primero, los reclusos Frank Morris, Clarence y John Anglin huyeron sin dejar rastros, salvo algunas pertenencias halladas en la cercana Angel Island, y fueron registrados en los informes como “presuntamente ahogados”; luego, John Scott y Darl Parker lograron vencer los barrotes y salir por una cocina en el subsuelo, aunque fueron interceptados en las aguas aledañas a la isla.

Imagen “hecha en Hollywood”

La representación de Alcatraz en el imaginario popular ha sido alimentada por las películas de Hollywood, no siempre fieles a los hechos recogidos por historiadores y documentalistas. “Alcatraz no fue la ‘prisión maldita’ de Estados Unidos que muchos libros y películas retratan. De hecho, muchos prisioneros consideraban que las condiciones de vida, como el tener celdas individuales, eran superiores a las de otras prisiones federales”, señaló un portavoz de la BOP.

Una de las más recordadas es “Escape de Alcatraz” (1979), cinta protagonizada por Clint Eastwood y concentrada en el anteúltimo intento de fuga, el de Frank Morris y los hermanos Anglin. La película sugiere que tuvieron éxito en su empresa, aunque no existen evidencias de que hayan logrado nadar hasta la costa del continente.

En tanto, la fama del pajarero Stroud se construyó con la ayuda de un texto biográfico que luego fue llevado al cine en 1972, con Burt Lancaster en el papel principal. “Murder in The First”, por su parte, presentó al recluso Henri Theodore Young como un huérfano solitario que cae en prisión por un delito menor, aunque los relatos de la época señalan que Young tenía muchos crímenes en su haber, al que luego agregó el asesinato de un compañero de celda.

Más recientemente, la cárcel fue el escenario de “La roca” (1996), un filme con Nicholas Cage y Sean Connery, de un videojuego que lleva el nombre del presidio y de la serie de TV “Alcatraz”, estrenada en 2012 pero cancelada tras su primera temporada.

La indignación indígena

Junto a los intentos de fuga, los costos operativos de Alcatraz forzaron su cierre en 1963: el Departamento de Justicia calculó que se necesitaba una inversión de US$5 millones para reparar las instalaciones erosionadas por el salitre, sumada al presupuesto de casi US$10 al día por cada prisionero, muy por encima del de otras penitenciarías.

Pero tras su clausura oficial, la isla no quedaría deshabitada por mucho tiempo: un grupo de activistas indígenas, reunidos en la organización “Aborígenes de todas las tribus”, tomó control del lugar y se propuso instalar una escuela y centro cultural. Se atribuían derechos históricos sobre el peñón, donde en el siglo XIX se había confinado a jefes tribales rebeldes al gobierno estadounidense.

Pero el proyecto estuvo marcado por las limitaciones económicas –en especial por los altos costos de hacer llegar provisiones y herramientas a la isla-, por rencillas internas y un gran incendio de lo que quedaba de las instalaciones, que hicieron que el presidente Richard Nixon ordenara su desalojo en 1971.

Hoy es uno de los destinos más visitados desde San Francisco y recibe alrededor de 1,3 millones de turistas al año. Es además el punto de partida del triatlón anual “Escape de Alcatraz”, en el que cientos de atletas prueban que, con el entrenamiento y el equipamiento apropiados, es posible salir de la temida isla y llegar entero a tierra firme.

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Cómo ventilar una habitación y usar purificadores de aire para protegerte del coronavirus

La mala ventilación aumenta el riesgo de transmisión del nuevo coronavirus, según la OMS. Shelly Miller, ingeniera mecánica experta en ventilación, te enseña cómo mejorar la calidad del aire en tu casa u oficina para reducir el riesgo de enfermedades infecciosas.
12 de agosto, 2020
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Hombre con mascarilla junto a una ventana abierta

Getty Images
El espacio cerrado más seguro es aquel en el que aire fresco de afuera constantemente reemplaza el aire de adentro.

Gran parte de los casos de transmisión del virus SARS-CoV-2, que causa la covid-19, ocurren en ambientes cerrados en los que se inhalan partículas que contienen el nuevo coronavirus.

La mejor forma de evitar esta transmisión en hogares y oficinas sería impedir la entrada de personas infectadas. Pero esto no es algo fácil, ya que se estima que el 40% de los portadores del virus son asintomáticos.

Las mascarillas pueden evitar la liberación al medio ambiente de esas partículas, pero si la persona infectada está en una habitación cerrada será muy difícil contener totalmente el virus.

Soy profesora de ingeniería mecánica en la Universidad de Colorado en Boulder, en Estados Unidos. Y gran parte de mi trabajo se ha centrado en cómo controlar la transmisión en el aire de enfermedades infecciosas.

Mi universidad, las escuelas de mis hijos y hasta legisladores estatales en Alaska me pidieron consejos para garantizar la seguridad de los espacios cerrados en tiempos de pandemia.

Una vez que el virus escapa al aire dentro de un edificio tienes dos opciones: hacer que entre aire fresco desde afuera, o extraer el virus del aire que circula en el edificio.

La importancia del aire fresco

El espacio cerrado más seguro es aquel en el que aire fresco de fuera constantemente reemplaza el aire de dentro.

En edificios comerciales, el aire fresco ingresa usualmente a través de sistemas de calefacción, ventilación o aire acondicionado. En los hogares, en cambio, el aire de fuera suele entrar por ventanas y puertas abiertas, además de grietas.

En pocas palabras, cuanto más aire fresco entre a un edificio desde fuera mejor será. Ese aire que ingresa diluye los contaminantes presentes en el espacio cerrado, se trate de un virus o algo diferente, y reduce los riesgos de exposición para las personas.

Ilustración de un ventilador junto a una ventana moviendo el aire hacia afuera y un equipo de aire acondicionado

Getty Images
Colocar cerca de una ventana un ventilador que sopla hacia el exterior aumenta considerablemente la circulación de aire.

Los ingenieros ambientales como yo calculamos cuánto aire entra desde fuera a un edificio usando una medida llamada tasa de intercambio de aire.

Esta cifra indica el número de veces que el aire de un edificio es reemplazado con aire de fuera en una hora.

La tasa depende del tamaño de la habitación y el número de personas en ella. Pero la mayoría de los expertos considera que seis cambios de aire son buenos para una habitación de 3 x 3 metros en la que hay tres o cuatro personas.

Durante una pandemia, se estima que la tasa debe ser mayor. Un estudio de 2016* señaló que un cambio de aire de nueve veces por hora redujo la transmisión de los virus de SARS, MERS y H1N1 en un hospital de Hong Kong.

Muchos edificios en Estados Unidos, especialmente las escuelas, no cumplen con las tasas recomendadas de cambio de aire.

Pero afortunadamente es bastante fácil hacer que ingrese a un edificio aire fresco.

Mantener abiertas las ventanas y puertas es un buen comienzo. Colocar cerca de una ventana un ventilador que sopla hacia el exterior también aumenta considerablemente la circulación de aire.

En edificios en los que no pueden abrirse las ventanas, puede ajustarse el sistema mecánico de ventilación para aumentar el bombeo de aire desde afuera.

Sea cual fuere el tipo de habitación, cuanto más personas haya en ella, más frecuentemente debe cambiarse el aire.

Usar el CO2 para medir la circulación del aire

¿Cómo sabes si hay suficiente cambio de aire en una habitación? Calcular esto con exactitud es complejo. Pero hay un indicador sencillo que podemos usar como guía.

Cada vez que exhalas liberas CO2 o dióxido de carbono. Y como el coronavirus se esparce en partículas que liberamos al respirar, toser o hablar, puedes medir los niveles de CO2 para determinar si una habitación se está llenando de exhalaciones potencialmente infecciosas.

El nivel de CO2 te permite estimar si está entrando suficiente aire fresco a la habitación.

Monitor de CO2 en la pared de una habitación

Getty Images
Los monitores de CO2 indican cuánto aire fresco hay en la habitación. “Yo recomiendo niveles de CO2 inferiores a 600 ppm”.

Al aire libre, los niveles de CO2 son un poco superiores a 400 partes por millón (ppm). Una habitación bien ventilada tendrá cerca de 800 ppm de CO2. Si el número es mayor esto indica que la habitación requiere más ventilación.

El año pasado, investigadores en Taiwán estudiaron el impacto de la ventilación en un brote de tuberculosis en la Universidad de Taipei.

Muchas de las habitaciones en la universidad no estaban bien ventiladas y tenían niveles de CO2 superiores a 3,000 ppm.

Cuando los ingenieros mejoraron la circulación del aire y lograron bajar los niveles de CO2 a menos de 600 ppm, el brote dejó de crecer. El aumento en la ventilación redujo la transmisión infecciosa en un 97%, según el estudio.

El coronavirus se esparce por el aire, por lo que niveles altos de CO2 en una habitación indican un riesgo alto de transmisión si está presente una persona infectada.

Yo me baso en el estudio de Taiwán para recomendar niveles de CO2 inferiores a 600 ppm.

Puedes comprar buenos medidores de CO2 en internet por cerca de US$100. Pero debes asegurarte que tengan un margen de error no mayor de 50 ppm.

Personas en una oficina

Getty Images
Los monitores de CO2 ayudan a determinar si debe haber más ventilación en una habitación para reducir el riesgo de enfermedades infecciosas.

Purificadores de aire

Si estás en una habitación en la que es difícil hacer ingresar aire de afuera, otra opción es usar un purificador de aire.

Estas máquinas extraen partículas del aire, usando en general un filtro muy denso hecho de fibras que capturan partículas con bacterias y virus y reducen el riesgo de transmisión de enfermedades.

Purificador de aire en una habitación

Getty Images
No todos los purificadores de aire son iguales, y antes de comprar uno hay varios factores que debes tener en cuenta.

La Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA, por sus siglas en inglés) asegura que los purificadores de aire cumplen esa función también en el caso del nuevo coronavirus.

Pero no todos los purificadores de aire son iguales, y antes de comprar uno hay varios factores que debes tener en cuenta.

Lo primero que debes considerar es cuán efectivo es el filtro. La mejor opción es un purificador que usa un filtro HEPA, acrónimo de high-efficiency particulate air o extractor de partículas aéreas de alta eficiencia.

Este tipo de filtros extraen más del 99,97% de partículas de todos los tamaños.

El segundo factor a considerar es cuán potente es el purificador. Cuánto más grande sea una habitación o cuantas más personas haya en ella, más aire debe ser purificado. Trabajé con colegas en la Universidad de Harvard para crear una herramienta simple para las escuelas, que permite calcular cuán potente debe ser un purificador de aire para diferentes tamaños de aulas.

Y lo último que debes considerar es cuán válidas son las afirmaciones de la compañía que fabrica el purificador.

En Estados Unidos, por ejemplo, la Asociación de Fabricantes de Electrodomésticos emite un sello de garantía llamado AHAM Verifide.

Y en California, la Junta de Recursos sobre el Aire tiene una lista de purificadores de aire seguros y efectivos, aunque no todos usan filtros HEPA.

Mantiene fresco el aire y sal afuera

Tanto la Organización Mundial de la Salud como el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, CDC, señalan que la mala ventilación aumenta el riesgo de transmisión de coronavirus.

Si puedes controlar tu ambiente, asegúrate de que entra suficiente aire desde afuera.

Un monitor de CO2 puede indicarte si la ventilación es adecuada. Si los niveles de CO2 comienzan a aumentar abre algunas ventanas y haz una pausa en tu trabajo para salir unos momentos al aire libre.

Si no puedes hacer que entre aire fresco a una habitación, tienes la opción de un purificador de aire. Si decides comprar uno, debes tener presente que no extraen CO2, por lo que aunque el aire estará más puro, los niveles de CO2 en la habitación pueden seguir altos.

Mujer con una mascarilla abriendo una ventana

Getty Images
Tanto la Organización Mundial de la Salud como el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, CDC, señalan que la mala ventilación aumenta el riesgo de transmisión de coronavirus.

Si entras a un edificio y ves que hay demasiadas personas, o sientes que hace mucho calor o el aire está viciado, es probable que no haya buena ventilación. Da media vuelta y márchate.

Si prestas atención a la circulación y a la filtración del aire, mejorando la ventilación cuando puedes o evitando sitios con mala ventilación, dispondrás de otra herramienta poderosa para protegerte del coronavirus.

*Shelly Miller es profesora de ingeniería mecánica de la Universidad de Colorado en Boulder. Su artículo original fue publicado en The Conversation y puedes leerlo aquí.

* Ventilation of general hospital wards for mitigating infection risks of three kinds of viruses including Middle East respiratory syndrome coronavirus, en inglés aquí.

Enlaces a más artículos sobre el coronavirus

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https://www.youtube.com/watch?v=zdkwo02LwCs

https://www.youtube.com/watch?v=FkdL3esx7t0&t=14s

https://www.youtube.com/watch?v=Fq8jbuaUW0M

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