El trazo paciente de José Ma Martínez Hernández
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El trazo paciente de José Ma Martínez Hernández

Por Moisés Castillo
7 de julio, 2012
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I.

Dicen que la paciencia significa tranquilidad como firmeza. Y el pintor José Ma Martínez Hernández supo valorar el tiempo y nunca renunció a su pintura hecha carne. El artista plástico de Jilotzingo, Estado de México, tomó la decisión de ser autodidacta: camino sin nadie. Una década después de tanto andar, sus dibujos y pinturas realistas son un terco resplandor.

Quizás revindica la persistencia de la memoria desde que descubrió, cuando era niño, los “relojes blandos” de Salvador Dalí. Captura notablemente el tiempo del otro y la fugacidad del instante. Como dijera el propio pintor español: “Un reloj, sea duro o sea blando, no tiene ninguna importancia; lo importante es que señale la hora exacta”.

Es por eso que le interesa dejar un registro visual del momento trágico y violento que le está tocando vivir. Por ejemplo, el dibujo “Cría cuervos y serán sicarios”; “La Venus con máscara”, que es una mujer desnuda de los 400 pueblos con una careta de Vicente Fox; “Regreso a casa”, plasma el retorno de un migrante a su hogar pero en un ataúd. Son historias de la vida real donde nadie quiere ser.

De 2002 a 2004 estuvo en el taller del pintor Arturo Rivera. Un año más tarde ganó una beca de la Universidad Complutense de Madrid para tomar un curso con el maestro Antonio López García. Ambos artistas fueron fundamentales para que alcanzara un tono luminoso en sus cuadros.

“Estaba obsesionado por transmitir algo con mi obra, pero Arturo me dijo ‘no intentes decir, cuando te des cuenta ya estarás diciendo cosas sin pretensiones’. Por otro lado, Antonio me decía ‘sólo pinta y se paciente’. Y le tuve que dar tiempo a los cuadros”.

El llamado “maestro del realismo español” aconsejó a José Ma disfrutar sus pinceladas y pintar más al natural. Además le recomendó voltear hacia la obra de pintores mexicanos como Hermenegildo Bustos para redescubrir la fidelidad de los rostros, la dignidad de lo verdadero.

“Ese lenguaje tuyo es personal, sincero y auténtico. Se sale de todo para bien, se aparta de lo normativo. Tu trabajo tiene una sensibilidad y una finura que te lo da el tener las cosas ahí, del natural. Tienes una personalidad que valoro. Dices algo que los demás no dicen, dices cosas interesantes”.

En 2011 fue seleccionado en la VIII Bienal Nacional de Pintura y Grabado “Alfredo Zalce” del Museo de Arte Contemporáneo Morelia. En 2008 premio de adquisición “Mexique Peinture Contemporaine” del Instituto de México en París, Francia; en 2005 finalista en la Exposición de Pintura y Dibujo en el “Museo Antonio López” Tomelloso, España. A principios de 2012 expuso en “Agora Gallery” de Nueva York.
-¿Cómo definirías tu obra pictórica?

El estilo yo le llamo realismo, otros figuración. Me gusta hacer figura humana, paisaje, retrato. No me gusta encasillarme en un género. Por ejemplo, “Cáncer de mamá” surgió porque un día una amiga me platicó que en su universidad una chica había muerto de esa enfermedad. Luego me enteré que alguien cercano tuvo ese tipo de cáncer. Y fue cuando decidí hacer el cuadro. Mucha gente me comienza a cuestionar “por qué pintas eso” y les digo “son cosas que pasan”. Lo que me gusta del realismo es llevar este tipo de temas a mi obra.

-Es decir, tomas aspectos de la vida cotidiana para tu labor artística…

Me guío mucho en la realidad. Cuando empiezo a leer que es la primera causa de muerte entre las mujeres y conozco a alguien cercano, posa y la retrato. Me inspiro también cuando leo un libro o un poema, cuando veo una película. A veces una idea no cuaja por meses o años y, de repente, decido plasmarla.

-¿Cuál es la pintura que te ha dado mayores satisfacciones o mejores recuerdos?

Hay varias. Una de ellas es “La patrona de los músicos”, que ganó la Bienal del Estado de México. También está “Mis primas hermanas”… Un día salieron de la primaria y me fueron a visitar. Una de ellas es gordita y dije “quiero dibujar también a estos seres obesos”. En ese momento le pedí a mi prima que posara, tomé fotografías y ya tenía la idea de que fuera una especie de “castigo de mamá”. Decidí ponerle la pata de palo a una de mis primas brincando una cuerda. Sería un verdadero castigo. “El rey del barrio” es la cabeza de un gallo. Un día visité a mi mamá en Jilotzingo y le pregunté “dónde está el gallo que siempre nos despertaba en las mañanas” y me dijo “se murió”. Le pedí que me lo enseñara y lo sacó de la tierra, al verlo le comenté que lo quería pintar. Mi madre le cortó la cabeza y me la llevé al taller para pintarla al natural.

-El artista plástico, Hugo Lugo, afirma que en el mundo del arte contemporáneo pareciera que la pintura está fuera de moda, en desuso, ¿compartes esta visión?

Hay críticos que no están conformes con esos movimientos del arte contemporáneo. Los pintores ahí están, como los escultores o grabadores. Respeto a los artistas conceptuales, sus instalaciones, pero yo tengo la inquietud de pintar. Hay críticos, galeristas y coleccionistas que todavía creen en la pintura.

II.

Desde que descubrió la obra de Dalí quedó emocionado y con la necesidad diaria de dibujar todo lo que estuviera a su alrededor. Pero su padre quería que fuera contador. Al final entendió que su hijo quería dedicarse a pintar cuerpos heridos, rostros redondos y malas nostalgias. Sin embargo, el camino no ha sido fácil y tuvo que hacer ruido en el extranjero para que en México voltearan a ver su obra.

“Toqué puertas, mandé carpetas a galerías, no me recibían o simplemente me prometían que me iban a llamar. Nada de esto sucedió. Hubo un momento que decía: ‘qué pasa, sólo quiero mostrar mi trabajo’. El medio está saturado, pero poco a poco fui seleccionado en bienales y ganando concursos. Empiezan a reconocer mi trabajo a partir de la selección que hizo el maestro Antonio López García para ingresar a su taller. Antonio es el pintor español más cotizado. En todo el mundo tiene alumnos”.

Nunca imaginó que tomaría clases con él pocos años después que conociera su obra a través de un libro de arte que estaba por ahí perdido en Casa Lamm. Le impresionó la luz brillante de sus cuadros. Aparte de la pintura realista española, le fascina el trabajo del pintor tapatío Sergio Garval.

José Ma comienza a pintar por las mañanas, toma un receso para comer y sigue dibujando. Camina para despejar su mente, imaginar situaciones o para olvidar su nombre. Ahora privilegia pintar ancianos, niños y mujeres. Dejó a un lado a la naturaleza muerta para retratar el misterio del cuerpo humano.

“No creo que vaya a pintar ‘la obra’ en un mes o en un año. Creo más en el trabajo cotidiano y ser paciente. Busco mostrar mis cuadros en alguna galería o museo para que la gente mire y se reconozca. Pero tengo paciencia y quiero seguir pintando”.

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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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