Londres 2012: Por qué España no rinde (todavía) en los Olímpicos
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Londres 2012: Por qué España no rinde (todavía) en los Olímpicos

Unos dicen que la España olímpica es un enigma, que camina como un león pero bala como un cordero... otros creen que el león todavía afila sus garras.
Por Raúl Fain Binda BBC
30 de julio, 2012
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El futbolista de España, Juan Mata, gesticula tras perder 1-0 ante Honduras y ser eliminado del torneo olímpico de fútbol el domingo, 29 de julio de 2012, en Newcastle, Inglaterra.

El caso del deporte español suele desconcertar al público y hasta muchos comentaristas, debido al contraste entre su poderío en varias disciplinas y su rendimiento relativamente mediocre en los Juegos Olímpicos.

España rige el fútbol mundial a nivel de clubes y selecciones y le disputa a Estados Unidos la hegemonía en baloncesto; también es una potencia indiscutida en tenis, ciclismo, motociclismo y automovilismo, sin contar su destacada participación en otros deportes, como atletismo, golf, hockey, balonmano, fútbol de sala, vela… agreguen ustedes los que faltan en la lista.

El problema es que, a nivel olímpico, el progreso no acompaña necesariamente los resultados individuales en los deportes más populares.

Se necesita, también, el desarrollo de oportunidades en deportes y especialidades que pueden ser oscuros para el gran público, pero que suman medallas.

Y esto cuesta dinero y mucho, pero mucho tiempo y esfuerzo.

León o cordero

Unos dicen que la España olímpica es un enigma, que camina como un león pero bala como un cordero… otros creen que el león todavía afila sus garras.

Si hacemos un promedio de los pronósticos más difundidos*, que dan importancia al desarrollo económico y a factores demográficos, además de lo estrictamente deportivo, España podría obtener en estos Juegos 16 medallas.

Los propios españoles manejan cifras semejantes. El Comité Olímpico Español ha mencionado extraoficialmente 15 medallas, mientras que el diario deportivo Marca, que tiene un público lector ávido de buenas noticias, se arriesga a pronosticar entre 18 y 19 medallas.

Holanda, un país territorialmente minúsculo (41.000 km²), con un Producto Interno Bruto inferior (aunque más per cápita) y una población de 16 millones (España tiene 47 millones), podría obtener el mismo número de medallas.

Países europeos de dimensiones semejantes a las de España, como Francia e Italia, podrían ganar 36 y 29 medallas, respectivamente.

Gran Bretaña es un caso especial, porque los pronósticos tienen en cuenta el “factor de localismo”, que puede aumentar el número de medallas entre 20% y 54%, según diferentes estudios.

El promedio al que nos referimos da a Gran Bretaña 65 posibles medallas, en contraste con las 47 que ganó en Pekín 2008, un posible aumento de 32%.

Retraso evidente

Lo cierto es que España tiene un visible retraso en su rendimiento olímpico, en comparación con su vitalidad en varios deportes de gran difusión popular.

En esto juegan varios factores históricos, que no permiten aplicar los mismos criterios de clasificación válidos en otros países.

En 1992, cuando los juegos se realizaron en Barcelona, España ganó 22 medallas, 18 más que las 4 de Seúl 1988. El aumento fue fenomenal: más que quintuplicó la cifra anterior, indicio del gran atraso del deporte nacional.

Desde entonces no ha alcanzado esa cota: 17 medallas en Atlanta 1996; 11 en Sídney 2000; 19 (aunque sólo 3 oros) en Atenas 2004 y 18 en Pekín 2008.

La trayectoria olímpica española tiene hasta ahora tres etapas bien delimitadas.

Futbol y toros

El arquero de España, David De Gea, observa tras un gol del hondureño Jerry Bengston en el fútbol olímpico el domingo, 29 de julio de 2012, en Newcastle, Inglaterra

En primer lugar, el futbol y los toros acapararon durante mucho tiempo buena parte de la vitalidad de los deportistas y el interés del público.

Los toros, claro, no son deporte olímpico, pero el futbol dio una satisfacción en 1920, cuando España ganó la plata en Amberes y el oro fue para Bélgica.

Hasta 1980, la presencia olímpica de España fue virtualmente insignificante.

En los nueve Juegos Olímpicos en los que participó entre 1900 y 1976, el país sólo ganó 11 medallas.

De repente, todo cambió: el 20 de noviembre de 1975 murió el dictador Francisco Franco y en diciembre de 1978 fue aprobada la nueva Constitución, dos hitos en un proceso histórico que se ha dado de llamar La Transición Española, conocido también, en el plano cultural, como El Destape.

Suspiro de alivio

La nación había dado un suspiro de alivio, que oxigenó la vida política y todas las manifestaciones culturales, de las que el deporte es una parte crucial.

De las dos medallas de plata en Montreal 1976 (vela y piragüismo, especialidades españolas), se pasó de repente en Moscú 1980 a seis medallas: un oro, tres platas y dos bronces; aparte de vela y piragüismo, registraron avances el atletismo, la natación y el hockey.

El rendimiento perdió algo de impulso en Los Angeles 1984, con cinco medallas, y Seúl 1988, con cuatro.

El proceso también se vio favorecido por los sucesivos boicots a los Juegos de Moscú por Estados Unidos y otros países aliados, y los de Los Ángeles por el bloque soviético, que dieron oportunidades adicionales al deporte español.

Pero el aliciente principal fue cultural y económico.

Papel de la Falange

El gobierno de Franco había encomendado el control y desarrollo del deporte a la Falange, un partido fascista que también dirigía los medios de comunicación.

Dado que la Falange participó activamente en la represión más brutal durante la Guerra Civil y también posteriormente, un buen porcentaje de la población no encontraba ni buscaba en la práctica del deporte una salida a su frustración.

Todo esto cambió durante la Transición.

De la virtual oscuridad se pasó a la media luz entre 1976 y 1988, pero ese mismo año se tomó una iniciativa que significó un gigantesco paso adelante.

Entre las medidas de fomento tomadas por el Estado democrático se cuenta la gestión de la Asociación Deportes Olímpicos, fundada en 1988 e integrada por el Comité Olímpico Español (COE), el Consejo Superior de Deportes (CSD) y Radio Televisión Española (RTVE).

Programa de fomento

El jugador de la selección española de básquetbol, Pau Gasol, atrapa un rebote en un amistoso contra Estados Unidos el miércoles, 25 de julio de 2012, en Barcelona.

Esta asociación administra el Programa ADO, financiado por empresas públicas y privadas españolas, que hasta los Juegos de Pekín 2008 habían aportado alrededor de 250 millones de euros (US$308 millones).

El programa contempla becas a deportistas con potencial olímpico, incentivos a sus preparadores y planes especiales, que según la ADO abarcan “adquisición de material específico, promoción del deporte femenino, contratación de técnicos, asistencia a competiciones, programas de investigación tecnológica, seguimiento internacional de rivales, control y apoyo psicológico, biomédico y de recuperación…” o sea, todo lo que antes no se hacía.

Con ese aporte económico, que fue decisivo para los Juegos de Barcelona, se ha mantenido el nivel hasta ahora, pero ya es evidente que el sistema está en deuda, que un país con el potencial deportivo de España debería estar, por lo menos, en el mismo nivel que Italia o Francia, y hasta que Gran Bretaña.

Pero debemos tener en cuenta el tiempo que ha perdido España afilando sus garras.

*En este caso, los pronósticos de Goldman Sachs, Infostrada, USA Today, Sports Illustrated, SportsMyriad y PwC.

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Kate McHenry

'La pérdida de olfato por coronavirus hizo que la carne me sepa a gasolina'

Un fenómeno llamado parosmia ha dejado a algunos sobrevivientes de coronavirus en un mundo de esencias distorsionadas.
Kate McHenry
31 de agosto, 2020
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Perder la facultad de oler y degustar son dos síntomas asociados a la COVID-19.

Mientras muchos han recuperado sus sentidos, otros sufren un fenómeno llamado parosmia en el que tienen los sabores y olores distorsionados.

Para Kate McHenry, el agua de la pila deja un hedor horrible. Eso, junto a otro desagradable olor que destila al ducharse, significa que incluso el aseo se ha convertido en algo que debe enfrentar.

“Mi champú favorito tiene ahora el olor más asqueroso del mundo”, dijo McHenry.

Tras caer levemente enferma en marzo, esta inglesa de 37 años fue incapaz de oler algo durante cuatro semanas. Su sentido regresó poco a poco, pero a mediados de junio las cosas “empezaron a oler muy raras” y fueron reemplazadas por un “hedor químico horrible”.

Este hecho ha cambiado la vida de McHenry. Ha perdido peso, tiene ansiedad y añora el placer de comer, beber y socializar. Su problema es tan fuerte que este hedor le desborda incluso en lugares donde simplemente se cocina comida.

Le aterra pensar que ha perdido el sentido de olfato para siempre.

Kate McHenry y su pareja Craig Gordon.
Kate McHenry

Kate se siente culpable cuando su pareja le pregunta qué le apetece comer.

“Me encanta las buenas comidas, salir a restaurantes y beber con amigos, pero todo eso se ha ido. La carne me sabe a gasolina y el prosecco a manzana podrida. Si mi novio Craig se come un curry el olor es horrible. Le sale de sus poros y es difícil estar cerca de él”.

“Me entristezco cuando cocino en las tardes. Craig me pregunta qué quiero comer y me siento mal porque no hay nada que me apetezca. Sé que todo tendrá un sabor horrendo. Me asusta quedarme así para siempre”.

Comida que McHenry puede comer.

Kate McHenry
La pasta con queso es uno de los pocos platos que McHenry puede tolerar.

Las personas con covid-19 pueden perder su sentido del olfato porque el virus daña los nervios terminales de sus narices.

La parosmia puede producirse cuando esos nervios se regeneran y el cerebro es incapaz de identificar debidamente el olor real de algo.

Esta condición está habitualmente vinculada a los resfriados comunes, la sinusitis y las lesiones en la cabeza. Los que los sufren describen oler a quemado, humo de cigarro o carne podrida. En algunos casos el olor es tan fuerte que induce al vómito.

Aunque los profesionales reconocen que la parosmia es un signo de recuperación del olfato, para algunas personas puede tardar años en pasar.

Pasquale Hester

Pasquale Hester
Pasquale Hester afirma que lidiar con la parosmia le quita fuerzas.

Lavarse los dientes con sal

Para Pasquale Hester, también de Inglaterra, la pasta de dientes es uno de sus peores enemigos.

El gusto químico que desprende le produce tantas arcadas que ha empezado a lavarse los dientes con sal, que sabe normal para ella.

Como muchos otros afectados por coronavirus, pasaron semanas hasta que mejoró su sentido del olfato. Pero entonces comió curry por su cumpleaños en junio y se dio cuenta de lo distorsionado que estaba su gusto.

“Escupí la comida porque sabía a pintura. Algunas cosas se toleran mejor. El café, el ajo y la cebolla son lo peor. Puedo comer judías verdes y queso. Lo que me está pasando me afecta. No se lo desearía ni al peor enemigo”, dice Hester.

Lo que comer Pasquale Hester

Pasquale Hester
Un plato de judías verdes y queso es de lo poco que Pasquale puede comer.

Brooke Jones empezó con síntomas en abril y dio positivo por covid-19 una semana más tarde. Describe casi todo lo que huele como “carne podrida con algo sacado de una granja”.

Esta estudiante de 20 años hizo una lista de comida que puede tolerar: gofres tostados, pepino y tomate. Lo demás le disgusta.

“Trato de imaginarme el sabor de las cosas. Si como comida china, incluso si no sabe tan bien, me convenzo de que en realidad no está tan mal”.

Brooke Jones

Brooke Jones
Brooke Jones perdió el sentido del gusto y del olfato.

Impacto psicológico

Se desconoce el número de infectados por covid que han tenido parosmia, pero se estima que cientos de miles han perdido el olfato o gusto de forma temporal.

La profesora Claire Hopkis, presidenta de la Sociedad Rinológica Británica, advierte que hay una “creencia incorrecta generalizada” de que la pérdida de olfato por el virus es a corto plazo”.

“Sí, hay una gran probabilidad de recuperación, pero también muchas personas que perderán este sentido por un período largo de tiempo y ese impacto se está infravalorando“, agrega la especialista.

El olfato juega un rol importante en la memoria, el estado de ánimo y las emociones. Aquellos que sufren alguna disfunción se sienten recluidos.

“Cuando intento explicarlo, algunos piensan que es gracioso. Sé que las secuelas del coronavirus pudieron ser mucho peores, pero me afecta y asusta que nadie es capaz de confirmar si mejorará”, confiesa Jones.

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