Los nuevos valores y deberes del periodismo en la era digital
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Los nuevos valores y deberes del periodismo en la era digital

Gumersindo Lafuente, director adjunto del diario español El País, habla de la relevancia que toman las redes sociales en el periodismo y ese gran canal que abre entre la audiencia y el medio
Por Luis Castrillón
29 de julio, 2012
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Gumersindo Lafuente, director adjunto de El País. // Foto: Especial

Con el impacto de Internet en los medios de información, lo que para algunos es un temor debe entenderse más bien como la oportunidad de reivindicar el periodismo y hacerlo necesario en forma permanente en un ecosistema comunicación donde cualquier que esté conectado puede producir, gestionar y propagar datos.

De ahí que también sea importante regresar a los valores básicos del periodismo como escuchar a la audiencia que dejó de ser pasiva y ahora pude incidir en la agenda de temas y convertirse en una estructura de control social de los medios, asegura Gumersindo Lafuente, adjunto al Director del periódico español El País.

Con más de 12 años en el periodismo en Internet, pasando también por ElMundo.es, y Soitu.es, para Lafuente es claro que un periodista enfrenta riesgos en ese entorno, como el exceso de credibilidad en lo que circula por la red de información. En eso incluso es contundente: “Creerse a pie juntillas lo que está en Internet o en Twitter o en Facebook es de una inocencia que no es precisamente el atributo que debería tener un periodista”.

En una charla con Animal Político, no falta el análisis de la discusión central para muchos en el tema: si el periodismo sobrevivirá entre la superabundancia de información y la posibilidad de los ciudadanos de convertirse en informadores.

“Yo creo que no sólo va a sobrevivir. Va a mejorar su compromiso con los lectores, con la sociedad. La potencia de Internet va poder ayudarnos a hacer eso”, afirma Lafuente.

La red puede ser una fuerte herramienta como bien social, por eso el periodismo puede utilizarla para cumplir su función, su deber básico.

GL.- Claro, el sentido clásico del periodismo era ejercer la intermediación entre los poderes y los ciudadanos; lleva, de alguna forma, por delegación, un control a los mismos poderes. Pero hemos visto que probablemente en todos los países, no sólo en España o México, no todos los medios y no todos los periodistas cumplían esa misión. Muy al contrario, estando están más cerca del poder que de la gente.

Creo que este nuevo escenario digital ofrece a los ciudadanos herramientas de control social también del trabajo de los periodistas. Eso nos obliga a replantearnos el compromiso que probablemente no todos, pero sí algunos y en algunas ocasiones, habíamos olvidado.

Cómo que se nos había perdido la agenda, nos olvidamos de los ciudadanos. Se volvió más importante si tal político o empresario nos lee, si la competencia nos lee.

GL.- Claro, porque el ciudadano era un sujeto pasivo y ahora, con el acceso por parte de cualquier persona a la posibilidad no sólo de leer, sino de publicar y de influir, tiene posibilidades de que su voz sea escuchada, de hacer un control real de los periódicos y de los periodistas.

Eso nos plantea problemas dos sentidos: los que tienen que ver con cómo se establece el negocio y además aquellos retos desde el punto de vista profesional. Ahora de ninguna manera podemos ignorar a las audiencias. Eso no significa que tenemos que hacer lo que la gente nos diga, pero sí tenemos que escuchar lo que nos quiere decir…

Tenemos que darles ese espacio, finalmente

GL.- Efectivamente. Tenemos, de alguna forma en la sociedad, una situación privilegiada. Corremos riesgos, y especialmente en un país como México es lamentablemente así en determinadas zonas, pero también estamos protegidos por algunas leyes específicas para ejercer nuestro trabajo, porque se supone que es una labor que tiene una parte de servicio público. Yo creo que esa parte probablemente se había olvidado y este nuevo ecosistema tecnológico nos lo recuerda todo el rato. No podemos olvidarlo ya más.

Pero con los cambios podemos estar frente a la computadora revisando los cajones de comentarios de una nota y también se pude volver un poco abrumador.

GL.- No se trata de estar charlando con todo el mundo, pero sí de admitir que entre la audiencia hay personas que sobre asuntos determinados pueden llegar a saber mucho más que los medios y los periodistas y que nos pueden ayudar a mejorar la construcción de nuestras historias, a ser más rigurosos. Nos podrían corregir errores, pero también darnos pistas para que cubramos nuevos caminos que completen las historias que estamos contando.

Eso solo lo podemos hacer leyendo los comentarios de las noticias, pero también persiguiendo su rastro: la vida que las noticias tienen fuera de los medios, porque viven en las redes sociales. En ese entramado que es Internet, que es muy extenso y en el que las noticias son recomendadas, criticadas, matizadas o alabadas…

Esas críticas o comentarios son parte de un diálogo social que también puede irse a enjuiciamientos, como ocurre con los que se han hecho en México sobre la forma en la que algunos corporativos de medios informativos manejaron el tema electoral.

GL.- Los periodistas profesionales que trabajamos en medios privados, ni nos podemos engañar ni tampoco a la gente. Detrás de las grandes corporaciones hay intereses económicos y también posiciones ideológicas. Los medios no son neutros, pueden intentarlo haciendo bien su trabajo ser neutrales. Pero muchos ni tan siquiera lo son, ni quieren serlo. Lo importante es que las audiencias estén al tanto de en qué posición está ese medio, qué intereses están detrás, para poder tener claro a lo que se arriesga consumiéndolo. Y eso no en todos los mercados está claro.

Otra de las ventajas entonces de esta nueva tecnología es que dio a los ciudadanos la posibilidad de tener más claridad sobre eso, aunque el medio no lo exponga abiertamente.

GL.-Yo creo que ahora mismo el control social que se puede hacer es enorme, por la cantidad de información que los medios están obligados a dar; pero no sólo los medios, cualquier empresa tiene cada vez más una obligación de transparencia y compromiso que no tenía antes. Están sometidas al escrutinio constante de sus clientes.

Cierto, pero por otra parte hay un efecto cuyo impacto no queda tan claro para el periodismo en el manejo del social media y tiene que ver con cómo utilizamos la información que está ahí. El último reporte de la Fundación Nieman para el Periodismo, en Harvard, señala algo que parece preocupante: quienes estamos en los medios de información “hemos puesto de nuevo de moda la verificación como una práctica y valor de los periodistas”. ¿Es que habíamos dejado de hacerlo entonces?

GL.- Claro esa es la conclusión, porque ahora hay que revisar más, verificar la información, porque cualquier error que cometamos va a ser expuesto inmediatamente por el lector, que también está deseando encontrarlos.

En realidad, lo que ocurre no es nuevo, los periódicos, sobre todo cuando informan de asuntos relacionados con la ciencia, la tecnología, legislación, cosas muy específicas, se enfrentan a lectores que saben más de esas historias.

O que estuvieron ahí, donde ocurrió el hecho…

GL.- Hay personas que son testigos directos o que han tenido, con razón de su cargo o posición, conocimiento cercano de determinados datos que confirman o no la información… además ahora la gente puede ponerse en contacto directo con el periodista y cuestionarlo, y esperar a que le conteste, y si no le contesta, ahí mismo se sabe. Eso hace que efectivamente muchos periodistas tengan la necesidad de verificar más y mejor las cosas que publican. Bienvenido sea eso.

Pero finalmente es algo que se supone siempre debíamos hacer. ¿En qué momento nos perdimos?

GL.- Pues en ese mundo donde los periódicos formaban parte de un oligopolio, tenían un campo muy extenso en el que podían hacer muchas cosas que ahora no pueden. Además, ahora, los periodistas tenemos la obligación de reivindicar la necesidad de nuestro oficio. De pronto hay una legión de gente que hace cosas parecidas a las que nosotros hacemos; y las hacen bien. No todos, pero algunos sí, y no trabajan en un medio, no son periodistas, ni lo quieren ser…

Y como decimos en el gremio: no tienen los contactos, ni la experiencia o la metodología…

GL.- Ni les hace falta. Hay algunos que lo hacen bien y que nos hacen la competencia en algunos campos. Eso nos obliga a reivindicar la necesidad del periodista. Eso solo puede hacerse con que nuestro trabajo sea útil, relevante, necesario.

Es el gran tema…

GL.- Lo que pasa es que en los grandes medios y entre muchos periodistas ha habido mucha soberbia y pérdida de contacto con la realidad. Es normal cuando se está en un gran medio y se labora, sobre todo, en el periodismo político o económico. Al final los políticos y los grandes empresarios tienen muchas herramientas para seducir al periodista y las saben emplear.

No siempre se necesita darles dinero en efectivo, los cuidan, los consienten, o les dan información exclusiva.

GL.- Pero no es el hecho material –lo que seduce- sino el poder acceder a determinados sitios y círculos, conversar con determinadas personas. Eso va situando al periodista en un nivel de vida que no le corresponde por su nivel de sueldo, y claro, perder eso cuando te has acostumbrado es duro y es un enredo muy fuerte. Son pequeñas corruptelas.

Cuando dices ser necesario, pienso en este formato donde la inmediatez nos gana por dar el dato básico, la nota, pero perdemos el contexto, el fondo y la capacidad de volvernos necesarios porque podemos explicar parte de la realidad a quien muchas veces no está tan cerca del fenómeno.

GL.- Es verdad que Internet nos trae la posibilidad de informar en tiempo real todo lo que ocurre y de una manera que es accesible en prácticamente cualquier lugar del mundo en forma simultánea. A los periodistas que ambicionamos a contar con una inmediatez radical cualquier cosa, nos coloca en una situación que a veces es un poco peligrosa, porque la velocidad puede aumentar la falta de rigor. Yo soy partidario de llegar cinco minutos más tarde, de no equivocarme nunca o mucho menos que la competencia.

Debemos aprovechar que Internet es tan poderoso para contar una historia de ultimísima hora, como también una muy profunda. La red no tiene espacio, no tiene límites, además permite usar elementos como video, foto e hiperenlaces. Es el ámbito donde mejor puedes contar una historia y por lo tanto tiene sitio para la inmediatez y también para la reflexión y para la opinión, todo depende de cómo se utilice.

Volviendo a la discusión del futuro de los medios tradicionales, principalmente los impresos que auguran cierres y desapariciones ¿está justificado ese temor?

GL.- El asunto es que se desmonta el ecosistema económico que ha sostenido a los medios. Los medios vivían en un oligopolio en el que no solo mandaban y decidían la agenda informativa, sino que también eran los intermediarios necesarios para la publicidad: la radio, la televisión y los periódicos impresos. Ahora eso cambia de una manera radical porque hay muchos más actores que no tienen que ver con la industria de los medios y que también son soportes publicitarios y muy eficientes.

Eso abona más a su temor…

GL.- Creo que lo que está pasando con los medios es que les ha faltado capacidad de adaptación. Comprender que el nuevo escenario no se rige en ninguno de sus elementos fundamentales por las reglas del anterior. Mientras no nos demos cuenta de eso, el futuro de los medios es muy oscuro.

El problema es que muchas veces son los dueños de los medios o los directores los que no ven esto.

GL.- Yo en julio del año 2000 dije en un sitio: mando desde aquí un mensaje a todos los editores de periódicos en España no invirtáis una peseta más en rotativas que no os van a hacer falta. Al día siguiente el consejero delegado de la empresa donde trabajaba vino muy preocupado a reclamar como había dicho eso cuando justo acababan de convencer a los inversores de comprar equipo nuevo.

Volviendo al tema de la fuerza de las redes sociales. Acabamos de pasar un proceso electoral en el que muchos nos preguntamos cuál sería el papel de ese servicio de comunicación en el proceso. Más allá de miles de bots partidistas y de cómo los partidos las usaron, sus usuarios regulares crearon una suerte de clima de opinión pública que permeó, principalmente en favor de la izquierda, pero parecería que al mismo tiempo creyeron que lo mismo ocurría afuera y su encono ha crecido con la derrota de la Alianza Progresista.

GL.- Sucede que son realidades paralelas y que en muchos casos no coinciden. Es un riesgo y que corremos además los periodistas que estamos en esas redes, pensar que lo que ocurre ahí es exactamente lo que ocurre afuera de las mismas, cuando representan más bien una parte de la realidad.

Creo que lo que ocurre en Internet no es virtual, cada vez es más real, pero sólo una parte de la realidad, lógicamente. Como pensar que lo que ocurre en las grandes capitales es extrapolable al ámbito rural.

La gente que está en Twitter, tanto en México como en España, se representa a sí misma, no al resto de cada país. ¿Es influyente? Sí lo es; ¿puede mover corrientes de opinión?, claro que sí; ¿puede desde ahí organizarse movilizaciones para expresar descontento? Sí.

Pero pretender que el plebiscito de Twitter se traslade al resultado de unas elecciones es no saber cómo funciona esto, es saber muy poco, una simpleza. Alguien con un mínimo de capacidad intelectual no puede hacerlo.

Pero en algunos sectores, incluso periodísticos, en México parecieron quedarse casados con la idea de que lo que ocurría en Twitter era toda la realidad.

Si sólo el 30 por ciento de la población mexicana tiene acceso de alguna manera cotidiana a Internet, eso te define una representatividad. Probablemente ese 30 por ciento tiene un cierto nivel socioeconómico que le hace liderar la opinión, pero luego la gente va a votar por lo que quiere, o bueno, también puede que no sea así…pero habría que investigarlo.

Sería muy insensato de mi parte opinar sobre eso –el proceso electoral- porque no he estado aquí, lo desconozco, pero es verdad que pretender hacer una traslación de las mayorías de Twitter a las mayorías electorales es absolutamente ridículo. No tiene ningún sentido.

Ya tenemos problemas con la demoscopia, con las encuestas que supuestamente tienen un valor científico, como para fiarnos. Las redes son un indicador de corrientes de opinión, una herramienta de agitación social, pero no sustentan un plebiscito válido de ninguna manera.

Pero son un espacio que puede ser tomado para medir tendencias de cosas que pueden convertirse en historias…

GL.- Sí y además justo por todo eso los periodistas somos lo que más tenemos que desconfiar de todo esto, en un sentido positivo. A los periodistas se nos ha supuesto siempre una capacidad para analizar la calidad de las fuentes, de la información que vamos a transmitirle a la gente, de los datos que nos da una persona que sabemos y tenemos en cuenta porque nos las en cierto momento, a nosotros y qué le impulsa a darnos esa información. Siempre debe haber algo que nos debe hacer reflexionar por qué vamos a publicar eso.

Creerse a pie juntillas lo que está en Internet o en Twitter o en Facebook es de una inocencia que no es precisamente el atributo que debería tener un periodista.

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Foto: Marcos González

Los barrios periféricos de CDMX que quedaron marginados tras la tragedia del metro

La avenida Tláhuac, donde se registró el accidente entre las estaciones de Olivos y Tezonco, es una de las principales arterias de la zona.
Foto: Marcos González
Por BBC
9 de mayo, 2021
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Quienes viven en el sur de Ciudad de México recuerdan cómo, durante mucho tiempo, a sus barrios les llamaban “la provincia” del entonces Distrito Federal.

Algunos ciudadanos incluso pensaban que esta zona ni siquiera formaba parte oficialmente de la capital mexicana.

En ese suroriente de la ciudad fue donde el pasado lunes colapsó el metro de la ciudad. 26 personas murieron al paso sobre una estructura que casi sirve de frontera entre Iztapalapa y Tláhuac, dos de las alcaldías con mayores niveles de pobreza y donde sumadas viven más de 2,2 millones de personas.

Aunque esta es la realidad de cientos y cientos de miles de habitantes de Ciudad de México, nada en estos lugares de la periferia aparece jamás en los circuitos para turistas ni en películas como “Roma”, que mostraba al mundo la belleza de los edificios de esta histórica colonia.

Ambas caras de una misma ciudad se ven muy lejanas, y de manera literal. Llegar desde la Roma hasta Tláhuac puede llevar entre una hora y hora y media en auto, en función del infernal tráfico de la capital que ya poco respeta la recomendación pandémica del “quédate en casa”.

Ese viaje a la inversa es el que gran parte de vecinos del sur de clase humilde y trabajadora realizan a diario para acudir a sus puestos en zonas del centro o más acomodadas. Por eso, la apertura de la línea 12 del metro hace menos de una década supuso para ellos una verdadera revolución al conectarlos, de manera rápida y barata, con el resto de la capital.

Ahora, su cierre indefinido tras el accidente vuelve a profundizar aún más la enorme desigualdad de esta gran ciudad. Quedarnos sin metro es como si hubiéramos retrocedido 30 años”, le dice a BBC Mundo José Manuel Cruz, presidente del Movimiento de Vecinos y de Renovación Condominal (Moverec) de Tláhuac.

Los afectados dicen sentirse “marginados” de nuevo mientras hacen malabares para llegar hasta su trabajo por otros medios. Muchos, incluso temen que no lo podrán mantener durante mucho tiempo sin otra opción de transporte.

Cartel de línea 12 del metro

Marcos González
“Seguridad y calidad en movimiento”, se lee en antiguos anuncios de la línea 12 del metro o “línea dorada”.

Epicentro de migrantes trabajadores

La avenida Tláhuac, donde se registró el accidente entre las estaciones de Olivos y Tezonco, es una de las principales arterias de la zona.

Días después del siniestro aún se trabaja para retirar los restos de la estructura, lo que dificulta aún más el tránsito de coches, taxis y autobuses. Con el metro cerrado, muchas personas esperan en fila para poder tomar transporte público.

El tráfico, el ruido y las decenas de puestos de comida y venta ambulante que salpican las aceras dificultan caminar por esta calle. En las de los alrededores se ven casas construidas sin aparente orden, a veces grises y a veces pintadas con colores chillones.

Esta zona, que un día tuvo una dedicación principalmente rural, comenzó una fuerte etapa de urbanización en los años 80, cuando se instaló aquí una gran masa de trabajadores procedentes de otros estados que querían buscar trabajo en la capital y mejorar sus condiciones de vida.

Carpintería

Marcos González
Muchos mexicanos de otros estados llegaron a los barrios en el sur de la capital en los 70 y 80. La mayoría se desplaza al centro de la ciudad para trabajar pero algunos regentan pequeños comercios como carpinterías en alcaldías como Tláhuac e Iztapalapa.

Leonardo García es uno de ellos. Dejó su Veracruz natal en 1977 y después se mudó a Iztapalapa. Hasta hoy.

“Llegué después del sismo del 85. No escogí la zona, yo necesitaba una vivienda y en aquel tiempo solo se podía conseguir en estas áreas. En otras era muy caro o no había”, dice.

García le cuenta su historia con detalle a BBC Mundo en el puesto de comidas que regenta junto a su familia desde hace 18 años, justo frente a la estación Olivos y con un gran cartel en el que se lee: “Comidas y refresco a 40 pesos” (US$2).

“Claro que notamos ya que vienen menos clientes por el cierre del metro. Ya nos pasó cuando paró en 2014. Ahora seguro va a volver a decaer”, pronostica resignado sin perder la sonrisa.

Leonardo García

Marcos González
Leonardo dejó su estado natal de Veracruz hace más de 40 años y se mudó al sur de Ciudad de México.

Quienes sí la pierden a veces son los vecinos que tratan estos días de encontrar cómo salir de la zona.

La oficial Alarcón, una de las policías que forma parte del amplio despliegue de agentes que tratan de regular el tráfico en la zona, dice que justo después del accidente “no se dio abasto” por la cantidad de gente que había.

“Esto está afectando al transporte de las personas. Si en metro hacían una hora, ahora están haciendo hasta tres de viaje. Pero ya se han puesto más camiones (autobuses) que hacen el mismo trayecto que antes hacía el metro, se le va dando salida”, le explica a BBC Mundo.

Buses de apoyo

Marcos González
Unidades de transporte público efectúan ahora la ruta que realizaba la suspendida línea 12 como apoyo a los usuarios.

La conexión con el resto de la ciudad

Patricia Pérez viene de un centro comercial y espera su transporte para llegar a su casa en Iztapalapa. Dice que ya echan de menos el metro, pero no oculta su temor tras el accidente.

“Cuando lo reabran, a mí me daría miedo usarlo. No me subiría con tanta confianza. Esas fallas de funcionamiento estaban casi desde el principio y parecería que el gobierno no hizo caso”, le dice a BBC Mundo.

Estación de metro Olivos

Marcos González
Las estaciones del metro de la línea 12 permanecen cerradas y sin dar servicio de manera indefinida.

Según Lizeth González, otra vecina de la misma delegación, “si la gente lo vuelve a usar será lamentablemente por necesidad, no porque le tengan confianza… pero es que sale más barato y rápido que un camión” (el boleto de metro cuesta US$0,25).

La joven de 23 años espera junto a su niña al taxi que acaba de pedir desde una app. “Yo prefiero no usar el transporte público porque es inseguro, hay mucho robo”, cuenta. Pero sabe que no todos sus vecinos pueden permitirse pagar un taxi y no les queda otra opción, pese al riesgo.

“Si hubiera sido una zona de prestigio, no habría pasado (el accidente). Donde hay dinero, las cosas las hacen bien. Pero aquí no fue así. Se oye feo, pero clasifican a la gente según la zona donde vives”, critica antes de montarse en el auto.

Lizeth González

Marcos González
Lizeth prefiere usar taxis por la inseguridad del transporte público, pero sabe que no todo el mundo se lo puede permitir.

La asociación Moverec destaca que la mayoría de habitantes de Tláhuac se dedica al pequeño comercio, construcción, carpintería o albañilería. Según el gobierno municipal, el 90% de los negocios de esta alcaldía son considerados “micro”.

“A nivel medio-superior o profesional, es poca gente la que trabaja aquí. La mayoría sale a trabajar a lugares lejanos. La importancia de Tláhuac para el funcionamiento de otras zonas de la ciudad es esencial”, destaca el presidente de la organización.

Por eso, Cruz cree que la pérdida del metro supone “un gran retroceso” para lo que Tláhuac había conseguido.

“El metro revolucionó nuestras vidas al facilitar nuestra movilidad. Pero es que también nos vino a dar una mayor identidad como parte de Ciudad de México, nos unió al resto y mucha gente que no nos conocía comenzó a visitarnos gracias al metro”, cuenta.

Mapa linea 12

BBC

Calles de tierra y casas precarias

Pero el transporte no es ni de lejos la única preocupación de Tláhuac.

Según Cruz, algunas zonas de la alcaldía están rezagadas en servicios como drenaje, infraestructura hidráulica y alumbrado. También critica la falta de zonas verdes y el aumento de la inseguridad en los últimos años.

Tiendas de Tláhuac

Marcos González
Las calles de Tláhuac están llenas de pequeñas tiendas de todo tipo y puestos de comida y venta ambulante.

Basta alejarse hacia el sur de la avenida Tláhuac por donde circulaba el metro para descubrir parte de esta realidad en la alcaldía. El asfalto de la carretera se ve cada vez más descuidado y con grietas hasta llegar a zonas de caminos de tierra y asentamientos irregulares.

En una de estas colonias vivía Brandon Giovanny Hernández, el niño de 12 años que se convirtió en la víctima mortal más joven del accidente de metro. En otros lugares se ven viviendas de autoconstrucción levantadas por esa corriente de migrantes nacionales que llegó hace décadas.

En el llamado campamento de la Draga, por ejemplo, viven unas 70 familias en viviendas precarias. Sus artífices fueron desalojados de un predio cercano que habían ocupado hace ocho años y decidieron ubicarse en esta calle como protesta, donde cada uno se encargó de construir su propio módulo.

Hoy, el campamento se ha convertido en una especie de pequeño pueblo en el que los más de 200 vecinos actuales se conocen y saludan amigablemente siempre que se cruzan por una calle que se llena de charcos y barro cuando llueve.

Campamento de la Draga

Marcos González
Más de 200 personas viven en el campamento de la Draga, en Tláhuac.

Cada módulo cuenta con una toma de agua potable y con la electricidad de un transformador cercano.

“Sí, literalmente nos la robamos, pero también tenemos un derecho por los impuestos que pagamos en su momento. Solo queremos que el gobierno nos resuelva nuestro problema y el asunto que hay con ese predio”, le dice a BBC Mundo Alfredo Oliver, uno de los coordinadores del campamento.

Antiguo conductor de taxi, Oliver es uno de los que vive en el campamento casi desde su inicio, junto a su esposa y sus dos hijos pagando una pequeña “aportación voluntaria”.

Alfredo Oliver

Marcos González
Alfredo es uno de los coordinadores del campamento de la Draga

“Somos pobres, tenemos que aguantar”

Otros se van mudando al campamento cuando alguien deja su vivienda libre. Clemente Figueroa, de 72 años es uno de ellos.

Sentado en la puerta de la primera casa en la entrada al campamento, desconfía al principio y prefiere no dar su nombre. Cuando se relaja, cuenta cómo llegó a Ciudad de México desde Chiapas hace 50 años “buscando oportunidades que faltaban en el pueblo” y lleva más de cuatro en la Draga “porque no hay que pagar renta”.

Ahí vive con su esposa, su hija y dos nietas. “Así, entre lo pobre, pero somos felices, gracias a Dios”, sonríe.

Clemente Figueroa

Marcos González
Clemente lleva medio siglo viviendo en las alcaldías del sur de Ciudad de México, pese a que es originario de Chiapas.

Al campamento le quedan retos para garantizar una vida digna para todos sus miembros. En ocasiones, por ejemplo, se respira un olor fétido porque no todas las casas cuentan con drenaje.

“¿Lo nota? Es porque usamos pura fosa séptica. Viene a ratos, pero cuando estás durmiendo y el olor lo tienes en el mismo cuarto… Somos pobres, pues tenemos que aguantar”, dice Isabel García, una vecina de 57 años.

Alcaldías de CDMX con mayor porcentaje de personas en situación de pobreza. . .

La mujer le enseña orgullosa a BBC Mundo el nuevo módulo que acaba de construirle su yerno, quien vive junto a su hija justo enfrente. En el pequeño habitáculo hecho con bloques de concreto amontona su ropa, un pequeño mueble y una lavadora que le han prestado.

En una esquina, está el inodoro que limpia con cubos de agua. Enfrente planea ubicar su cama, y en otra esquina, una pequeña cocina.

“Pero esto es algo provisional. Con el tiempo, la alcaldía te da un terreno o un departamento en otro lado. Quién sabe dónde, pero sí lo dan”, dice esperanzada sin más detalle.

Isabel García

Marcos González
Isabel acaba de meter toda su ropa en su nuevo módulo, en el que dormirá muy cerca del inodoro que aún no cuenta con drenaje adecuado.

En el campamento tampoco se deja de hablar de la reciente tragedia en el metro, hasta donde los vecinos solían llegar en mototaxi.

El hijo de Isabel, por ejemplo, lo usaba cada día para ayudarle a llegar a Tecamachalco, una colonia de clase alta en Estado de México donde trabaja de albañil. La alternativa actual de varios transbordos en autobuses le hace necesitar hasta ocho horas diarias de transporte entre ida y vuelta.

“Antes hacía dos horas para llegar allá, y ahora tarda hasta cuatro horas. Se va a las 7:00 de la mañana y no vuelve a casa hasta pasadas las 11:00 de la noche. Y si antes iba y regresaba con 20 pesos, ahora gasta como 40 o 50. Claro que lo echamos de menos”, cuenta.

Trabajos en riesgo

Va acabando el día y los vecinos de Tláhuac e Iztapalapa regresan a sus casas. La avenida Tláhuac se convierte en un auténtico hormiguero de autobuses y microbuses, llenos a reventar de pasajeros, que apenas pueden avanzar por lo pesado del tráfico.

Autobuses llenos en avenida Tláhuac

Marcos González
La avenida Tláhuac se llena de autobuses repletos de personas que vuelven a sus hogares al final del día.

Daniel Rueda espera paciente en su base de mototaxis que hay frente a la estación de metro Olivos. Pese a lo que podría pensarse, el cierre del metro no le ha ayudado a conseguir más clientes, sino todo lo contrario.

“Desde donde viene la gente salen camiones directos a sus colonias, que antes los vecinos no tomaban porque preferían la rapidez del metro. Por eso nos baja el negocio, porque ya no bajan aquí en la estación”, le dice a BBC Mundo.

“Además, algunos también tienen miedo de que la estructura se pueda seguir cayendo… que todavía puede pasar algo más”, cuenta.

Lugar del accidente de metro

Marcos González
Algunos vecinos temen que otras partes de la estructura siniestrada puedan seguir cayendo.

El presidente de la asociación Moverec cree que esta nueva situación sin metro debería forzar a aumentar la inversión en Tláhuac.

“Nuestra principal carencia es una fuente de trabajo. Las autoridades no han permitido que se generen empleos, no dan facilidades a los empresarios para asentarse aquí… y eso es lo que nos hace falta para evitar que tanta gente deba salir a diario hacia otras alcaldías”, dice Cruz.

“Eso es lo que más nos preocupa ahora: tenemos miedo que las personas pierdan sus puestos de trabajo. Las distancias que tienen que recorrer son impresionantes y muchos vecinos no podrán hacerlo cada día sin el metro por el retraso en tiempos y por el coste económico”, remata.


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