La basura es un espejo de nosotros
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La basura es un espejo de nosotros

Las imágenes de Marcos Betanzos revelan un punto de vista sobre el tiradero del Bordo de Xochiaca y los cientos de familias que viven de la basura. Su proyecto: “Carreteros: historia de una migración urbana”.
Por Moisés Castillo
4 de agosto, 2012
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El fotógrafo Ferdinando Scianna dice que la fotografía es una lectura, no una escritura. Y las imágenes de Marcos Betanzos revelan un punto de vista sobre el tiradero del Bordo de Xochiaca y los cientos de familias que viven de la basura. Su proyecto visual, “Carreteros: historia de una migración urbana”, dignifica a las personas y al lugar de casi ocho kilómetros de largo ubicado en  Nezahualcóyotl, Estado de México.

Todo comenzó en mayo de 2009 cuando fue inaugurada “Ciudad Jardín Bicentenario” por parte del entonces gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto y el magnate Carlos Slim. Ahí se dijo que gracias al moderno desarrollo de usos mixtos, el progreso había llegado a Neza. Que las 12 millones de toneladas de basura acumuladas en 110 hectáreas pasarían a la historia. Sin embargo, para construir el centro económico, deportivo y de servicios, tuvieron que reubicar a 600 familias de pepenadores que vivían y laboraban ahí. Con un futuro incierto, tuvieron que instalarse en el vertedero Neza II.

Marcos cuestionó la idea de “plaza comercial es igual a progreso social”. Para el fotógrafo oriundo de ese municipio todo era una escenografía, un sistema de consumo que simulaba beneficios reales. Ver a la plaza comercial como una figura de estatus social para decir “yo no voy al mercado, compro en el super”. Precisamente, los primeros pobladores de Neza fueron los pepenadores y ahora levantaron una especie de muro para ocultar la cruda realidad.

Tardó nueve meses para tomar la primera fotografía de la serie. Quiso conocer primero a las familias desplazadas, dónde vivían, cómo trabajaban, quiénes eran los líderes de las seis organizaciones recolectoras de basura, cuya labor se realiza a través de carretas que son jaladas por caballos o burros. Sus fotos ayudan a la memoria, a recordar lo que nunca ha cambiado: miseria y pobreza. ¿Cuántos jóvenes de esas familias desplazadas podrán ingresar a la Universidad LaSalle o acceder al hospital VIVO de “Ciudad Jardín Bicentenario”?

Las 30 fotografías de “Carreteros: historia de una migración urbana” son imágenes de tiempo, la lectura de un espacio donde el día no se sabe ni la hora. No importa si es tarde o temprano para ese paisaje lúgubre. Sólo las familias, los ladridos de los perros, el ruido de las ratas, las montañas de basura y las nubes de otoño dan ese terco esplendor. Son fotos que no hacen mal a nadie porque no engañan, no hay retoques, ni photoshop.

En dos años tiró 15 mil fotos y tuvo que hacer una primera selección de 100 imágenes. El filtro final estuvo a cargo de amigos y colegas como los fotógrafos documentalistas Federico Gama y Pablo Allison; el fotógrafo de arquitectura, Sófocles Hernández; los arquitectos Sindy Martínez, Erik Carranza, José Muñoz Villers; y Ricardo Noriega.

“Quiero generar una empatía, evitar la compasión y la victimización. La basura es como un vestigio arqueológico de nuestra sociedad contemporánea y además es un espejo de nosotros”.

-¿Cómo fue el proceso de conocer y fotografiar a las familias de Neza II?

Lo que hice fue subirme a una de esas carretas para preguntar si alguien me podía ayudar a entrar a ese lugar. Todo mundo dice que hay que separar la basura, pero nadie profundiza en qué repercute y nadie intenta quitar esos estigmas hacia los pepenadores. Muchos dicen deberían de quitarlos, pero el problema no son ellos, somos nosotros, la sociedad de consumo. Ellos al final del día hacen un trabajo en beneficio de nosotros. Ahí es donde empecé a cuestionar esta relación del progreso y los supuestos beneficios de la plaza comercial.

-¿Por qué hiciste tu primer click luego de nueve meses de visitar el Bordo de Xochiaca?

Una vez intenté entrar con la gente de las carretas y tenían miedo porque me decían “es que el líder no nos va a dejar, tendremos problemas”. Siempre me dejaban a la entrada. “Si quieres pasar es tú bronca”. En algún momento me tuve que animar y comencé a contactar a los líderes. Fueron nueve meses en los que estuve inmerso en la basura. Iba tres veces a la semana al tiradero porque quería involucrarme con las personas, en esa estructura social y desmitificar la imagen de los pepenadores. Había carreteros, vigilantes, los líderes, la gente que separa la basura o señoras que se dedicaban a preparar comida. Convencí a varios líderes de que yo no quería hacer una denuncia, sino un documento mucho más profundo, ver más allá de la miseria. Documenté año y medio para estructurar la exposición y hasta le fecha sigo visitando el tiradero.

-¿Cuál fue la primera foto que tomaste?

Cuando llegué a la zona pensé que lo único que podría retratar eran las casas construidas con basura. Quería entender sus procesos de reutilización y construcción de esos espacios. Estaba tratando de retratar un lugar donde venden forrajes y de repente se asomó un burro y lo capturo. A partir de esa imagen empecé a darme cuenta que el proyecto iba a requerir dos cosas: quitarme prejuicios y tener mucha paciencia para esperar a que el proyecto se revelara así mismo. Esa imagen me hizo entender que tenía que tener la paciencia suficiente para esperar que la poesía del lugar se revelara y creo que fue así. La primera vez que fui observé moscas gigantes, percibí un olor penetrante, escuché mis pisadas al caminar sobre la basura. Nunca estás preparado para ver o vivir ciertas cosas. Mucho menos para oír esa melodía que produce el trote de los caballos o las moscas llegando a tu cara.

-¿Cuáles fueron las principales dificultades que tuviste para retratar un lugar caóticamente humano?

Sé de amigos fotógrafos que intentaron hacer el proyecto y no lo lograron, me siento terco y afortunado. En el caso de los líderes, por ejemplo, fue muy difícil encontrarlos. Hablé con tres de los seis y fueron los que al final me abrieron el lugar. No me dejaban tomar fotos y me decían: “Viniste a hablar, ¿no?”. Fue un tanto ese juego con ellos y que se dieran cuenta de que no quería hacer una especie de denuncia. Para que confiaran en mí regalé a la gente sus fotos para que entendieran la visión del proyecto y se pudieran acercar. Tuvieron más certeza y me permitieron entrar a sus casas, a conocer sus familias, hubo más comunión.

-¿Por qué te apoyaste en conceptos del escritor Jaime Labastida? ¿Cómo influyó en esta serie fotográfica?

La literatura me fascina y el escritor Jaime Labastida es uno de mis consentidos. Él tiene un ensayo que se llama “Cuerpo, territorio y mito”, uno de mis libros de cabecera. La estructura del proyecto evoca a ese ensayo porque yo no sabía como llamarlo, ni estructurarlo. Definí que se llamara así por la visión holística del tema que tenía ante mí. El carretero: ese personaje que me llevó a su universo y descubrí muchas historias que se pueden narrar a través del cuerpo. Por otro lado, está la migración: movimiento constante del territorio de la basura y ciudad Neza vinculado al tiempo. Finalmente está el mito: lo heroico y lo extraordinario de poder sonreír en un lugar como ese. Es la conexión entre lo más terrenal y lo poético. Conectar la tierra y el cielo a través del tiempo.

-¿Qué aspecto de la realidad de los pepenadores o de los carreteros te llamó la atención?

Su dignidad y capacidad de afrontar el día a día. “Te garantizó que mañana saldrá el sol”, me dijo un carretero en alguna ocasión. Su salario por recolectar la basura es más o menos de 150 pesos al día. Pero si le quitas lo que le tiene que dar al líder por el alquiler de la carreta y el alimento para el caballo, se queda con sólo 100 pesos trabajando más de 12 horas. Hay un sistema comercial de caballos en Tepeaca, Puebla, o de ranchos hípicos de la ciudad, muchos de ellos enfermos e incapacitados para seguir compitiendo en el hipódromo, terminan ahí viviendo una vida que podría ser su infierno. Para comprar un caballo necesitas siete mil pesos. Es decir, si quieres ser carretero tienes que tener 17 mil pesos para laborar: 10 mil por la carreta y siete mil del equino. Por eso la gente cuida mucho a sus caballos. Esa gente no tiene un sueldo fijo, recolecta la basura y perciben en promedio cinco pesos por cada casa que visitan. Por eso tienen que hacer muchos viajes para tratar de juntar el mayor dinero posible.

 

Arquitectura, Juan Carlos y Lupita

Marcos Betanzos es arquitecto y fotógrafo por convicción. Antes de terminar la carrera en la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del Poli en Tecamachalco, ya escribía artículos para la revista escolar y para “Obras”. Siempre quiso usar la cámara del fotógrafo que lo acompañaba en los viajes de trabajo (su sensei, Sófocles Hernández) y terminó su madre regalándole una Sony Alpha. Cursó varios talleres, teoría de la fotografía y el impulso final para congelar el tiempo se lo dieron colegas como Federico Gama, Claudí Carreras, Ernesto Bazán y Armando Cristeto.

Ya estaba un poco “asqueado” de la arquitectura y con una fase personal colmada de eclipses, pero la fotografía lo ayudó a explorar otra realidad. Así que decidió echarse un clavado a la basura: preservar la memoria y retratar con imaginación a las personas que sobreviven con sus historias permanentes. Como el caso de Juan Carlos, un joven carretero de 30 años, que quiere como a nadie a su caballo “El negro”. La carreta y el caballo son una extensión de su cuerpo. Mientras otros hacen cinco o seis viajes, el chavo de Neza prefiere dar tres vueltas para que su amigo “El negro” no se canse o no se lastime demás.

Una foto especial fue fortuita. Marcos quería retratar la ventana de una casa y en ese instante se asomaron Lupita, su hermanito y hasta brincó el gato. La relación con sus padres y con el menor Miguelito fue muy amistosa, tanto que retrató el primer aniversario del más pequeño de la familia.

“Nunca voy a olvidar cuando les pregunté de forma natural ‘donde está el pastel’ y se me quedaron viendo como diciendo ‘aquí no se celebran cumpleaños’. El caso de Lupita me dio mucho gusto encontrarme con esa mirada de una niña completamente instalada en la infancia, con una estética de su edad muy precisa y son cosas que jamás esperas encontrarte”.

El año pasado ganó el Premio de Fotografía Mirada Joven y la serie de “Carreteros” comenzó a exponerse en universidades privadas como la Ibero y el Tec de Monterrey, el Museo Británico-Americano en México, en la Fundación Sebastián, en la Galería de la Alianza Francesa, en la Galería La 77 y próximamente en la Galería José María Velasco.

La foto premiada llegó de la nada. Estaba sentado sin hacer gran cosa y de repente vio que un niño estaba jugando con su avión de plástico. Estaba saboreando su paleta de cereza y volaba su artefacto por nubes invisibles. En pocos segundos se le cayó su dulce en la tierra y Marcos desesperado le dijo: “No te vayas a meter eso en la boca, está sucia”. El niño lo volteó a ver y siguió saboreando su caramelo. Clic

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Tokio: Por qué los Juegos Olímpicos dejarán ‘enormes’ pérdidas económicas para Japón

Las proyecciones iniciales sobre el costo de albergar el evento fueron ampliamente superadas. Varios economistas consideran que los Juegos se han convertido en un "mal negocio".
2 de agosto, 2021
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Protestas en Tokio

Getty Images
Dos tercios de la población japonesa se oponen a los Juegos Olímpicos en Tokio.

Estadios vacíos, hoteles y restaurantes sin turistas extranjeros y negocios con pocos clientes.

La decepción de quienes habían hecho grandes inversiones a la espera de un boom comercial gatillado por los Juegos Olímpicos ha sido brutal.

Es que el evento en Tokio, que fue pospuesto el año pasado por la pandemia de covid-19, se está desarrollando sin público y en una ciudad en estado de emergencia por la crisis sanitaria.

Pese a las persistentes protestas contra la celebración de los Juegos y a que de dos tercios de la población japonesa se oponen a ellos por temor a que se conviertan en un evento “superpropagador” de la pandemia, las competiciones siguen adelante.

No sin polémica. Uno de los grandes auspiciadores del evento, la automotriz Toyota, anunció hace unos días que no utilizará avisos comerciales conectados con los Olímpicos de Tokio por la preocupación que existe en el país en relación con la pandemia.

Y algunos líderes empresariales en Japón como Takeshi Niinami, director ejecutivo de la empresa Suntory, declaró que los Juegos Olímpicos están perdiendo su valor comercial y que su firma decidió no ser parte de los patrocinadores por considerarlos “demasiado caros”.

Algo que ya habían advertido expertos del mundo financiero como Takahide Kiuchi, economista del Instituto de Investigación Nomura, quien escribió en un informe que “gran parte del beneficio económico esperado de los Juegos de Tokio desapareció en marzo, cuando se decidió prohibir a los espectadores extranjeros viajar a Japón”.

“Hubiera sido mejor no tenerlos”, declaró Suehiro Toru del banco de inversión Daiwa Securities, pese a los costos que habría supuesto suspenderlos.

La perspectiva comercial es sombría, aunque no solo por los estragos que ha causado la pandemia.

Un “mal negocio”

Desde hace años varios economistas han publicado investigaciones para demostrar que los Olímpicos son un “mal negocio” para la ciudad -y el país- que los alberga.

Los argumentos que más se repiten son que, en lugar de consumo, turismo y prestigio, el evento deja una millonaria deuda y obras de infraestructura que terminan convertidas en “elefantes blancos” completamente inútiles.

Negocio callejero en Tokio

Getty Images
Desde pequeños negocios hasta las grandes cadenas de hoteles han sufrido el impacto de unos Juegos sin público.

“Las pérdidas serán enormes”, le dice a BBC Mundo Robert Baade, profesor de Economía de la Universidad Lake Forest en Estados Unidos y expresidente de la Asociación Internacional de Economistas del Deporte.

Aunque es difícil poner en cifras la verdadera magnitud de las pérdidas económicas para Japón, porque los cálculos operan sobre la base de valores estimados en relación a lo que habrían sido las “ganancias” generadas por el evento en otras circunstancias, el economista dice que, de todos modos, es posible hacer una proyección.

Desde su perspectiva, las pérdidas pueden ser de unos US$15.000 millones.

Lo que se sabe a ciencia cierta es que se han esfumado unos US$800 millones por la venta de entradas. Pero el asunto se torna más complejo cuando hay que estimar cuánto ha perdido el sector turístico y todos los negocios asociados a él, además de otros sectores que confiaban en un renacer económico gracias a los Juegos.

Qué dice el gobierno

El evento se ha convertido en todo un desafío para la nación del sol naciente, que “cuando ganó esta oportunidad esperaba que le sirviera para demostrar su renacer tras la triple crisis de 2011 y su vuelta a la primera línea mundial, con un ojo puesto en Pekín, que acogerá los siguientes, los de invierno en 2022”, explica Tamara Gil, enviada especial de BBC Mundo a Tokio.

En medio de la vorágine, el gobierno de Japón ha salido a tratar de calmar las aguas.

El primer ministro Yoshihide Suga

Getty Images
El primer ministro de Japón, Yoshihide Suga, declaró el estado de emergencia por la pandemia de covid-19.

El primer ministro Yoshihide Suga ha dicho que está seguro de que las medidas para mantener al público alejado del evento evitarán una escalada de la pandemia y que el país aún se beneficiará de una enorme audiencia televisiva mundial.

“Decidí que los Juegos Olímpicos pueden seguir adelante sin comprometer la seguridad del pueblo japonés”, dijo Suga en una entrevista.

“Lo más simple y lo más fácil es detenerlos”, agregó. Pero “el trabajo del gobierno es abordar los desafíos”.

Suga no está en una posición cómoda, considerando que su nivel de aprobación ha bajado y que enfrentará elecciones hacia fines de este año.

Por otro lado, la apuesta por convertirse en país sede del evento fue hecha hace casi una década por su predecesor, Shinzo Abe, un aliado político de Suga, que heredó este gran desafío.

El problema es que cada vez hay menos interés por parte de los gobiernos para albergar el evento, precisamente porque se han puesto en duda los beneficios que genera.

Los únicos interesados en responder al último llamado para organizar los Juegos posteriores a Tokio fueron Pekín y Almaty (Kazajastán). La apuesta la ganó China.

¿Qué tan costosos han resultado estos Olímpicos?

Como suele ocurrir con los Juegos Olímpicos, el presupuesto previsto para el evento terminó escalando más allá de las previsiones iniciales.

En 2013, el costo del evento fue calculado oficialmente en US$7.300 millones. A fines de 2019 subió a US$12.600 millones y más tarde a US$15.400 millones.

Posteriormente, la Junta Nacional de Auditoría de Japón informó que el costo final se acerca a los US$22.000 millones.

Y luego los medios locales Nikkei y Asahai hicieron sus propias investigaciones situando la cifra en US$28.000 millones.

El costo de los Juegos Olímpicos de Tokio. [ US$22.000 millones Costo estimado del evento según la Junta Nacional de Auditoría de Japón. ] [ US$7.300 millones Estimación oficial del costo del evento en 2013 ], Source: Fuente: BBC Mundo, Image:

A final de cuentas, sea cual sea el cálculo que se considere más preciso, no cabe duda de que las proyecciones iniciales quedaron ampliamente superadas, algo que ha sido una constante durante los últimos años.

“La historia muestra que los Juegos Olímpicos terminan generando pérdidas para los países que se convierten en sede”, explica Baade. “Lo que está ocurriendo en Japón venía desde mucho antes de la pandemia”.

Las firmas patrocinadoras japonesas que aportaron unos US$3.300 millones están preocupadas por la manera en que ha evolucionado esta saga.

Y las pérdidas, dicen expertos, podrían aumentar si finalmente los Juegos terminan siendo el “evento superpropagador” que algunos temen.

“Eso sería un desastre que se sumaría a las pérdidas actuales”, apunta Baade. “Crucemos los dedos para que eso no ocurra”.

¿Quién pierde más?

Según Victor Matheson, profesor de Economía de la Universidad de la Santa Cruz en Massachusetts, Estados Unidos, el costo -no oficial- de los Juegos Olímpicos podría haber llegado a los US$25.000 millones, incluso antes de los gastos adicionales que ha provocado la contención de la pandemia.

Como contraparte, los millonarios ingresos por concepto de entradas, patrocinadores o turismo para Japón, han caído dramáticamente, le dice Matheson a BBC Mundo.

Pero los que no han sufrido un gran impacto financiero, argumenta, son los organizadores del Comité Olímpico Internacional (COI).

“Los ingresos del COI permanecen intactos mientras los juegos continúen siendo televisados”, señala.

“Todavía hay una oportunidad importante”

Varias de las más de 60 empresas que invirtieron en el evento han mostrado su preocupación por la rentabilidad de sus fondos.

“Esta no es una situación ideal”, reconoció Michael Payne, exjefe de marketing del Comité Olímpico Internacional en una entrevista.

El Estadio Internacional de Yokohama

Getty Images
El Estadio Internacional de Yokohama será la sede de la final del fútbol olímpico.

Sin embargo, su pronóstico aún mantiene un cierto nivel de esperanza.

Las empresas aún podrían quedar “gratamente sorprendidas por el potencial beneficio que dejará el legado de estos juegos tan difíciles”.

“Todavía hay una oportunidad importante”, agregó.

Una solución radical

Andrew Zimbalist, quien ha publicado tres libros sobre la economía de los Juegos Olímpicos, ha criticado los beneficios que deja el evento en las ciudades que lo albergan.

Y en el caso de Tokio, sostiene que el gobierno ha gastado unos US$35.000 millones, la cifra más alta que se ha puesto sobre la mesa.

GHF

Getty Images
Andrew Zimbalist propone que la misma ciudad sea sede de los Juegos cada dos años

Su postura es que las gigantescas inversiones en infraestructura que se hacen para acoger el evento -como construcción de estadios, villas olímpicas o renovación de las instalaciones existentes- suelen terminar beneficiando a las empresas constructoras, más que a la economía local.

En una entrevista con el diario The New York Times, Zimbalist propuso que si viviéramos en un mundo racional, “tendríamos la misma ciudad sede de los Juegos cada dos años”. No hay razón para reconstruir obras cada cuatro años, apuntó. “No tiene sentido para las ciudades”.

“Cuando se crearon los Juegos Olímpicos modernos en 1896, no teníamos telecomunicaciones internacionales ni viajes internacionales en aviones. Entonces, para que el mundo participara y disfrutara de los Juegos Olímpicos, tenía que moverse. Ya no tenemos que hacer eso”, propuso el investigador.

Una propuesta que hasta ahora no parece haber ganado adeptos, al menos en el debate público, pero que después de los Juegos de Tokio y con los efectos que ha causado la pandemia de covid-19 en el mundo, quizás podría comenzar a debatirse.


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