Sierra norte de Puebla, la zona donde se hereda el poder
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Sierra norte de Puebla,
la zona donde se hereda el poder

En esta región es común ver cómo el poder se transmite a hijos, naturales y políticos, hermanos, tíos, sobrinos y demás parentela, para evadir el dique de la no reelección
Por Ernesto Aroche Aguilar
21 de agosto, 2012
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La sierra poblana guarda tal rosario de historias relacionadas con los cacicazgos políticos que pareciera que ahí nació don Perpetuo del Rosal, el personaje que Rius creó para mofarse de los caciques. Aunque, a diferencia del presidente municipal de San Garabato de las Tunas, acá el poder se hereda y se transmite a hijos, naturales y políticos, hermanos, tíos, sobrinos y demás parentela, para evadir el dique de la no reelección que nos heredó la Revolución Mexicana, sin soltarlo jamás.

Hace unos días el portal de noticias e-consulta puso reflectores sobre el tema al contar la historia de Benjamín Silva Cuevas, seis veces alcalde en Ahuazotepec —dos como interino y cuatro como constitucional—, municipio enclavado en la sierra Noroccidental.

Aunque si de cacicazgos se trata, en Puebla uno de los que más se recuerdan es el de la familia Ávila Camacho, oriunda de Teziutlán –municipio ubicado en los linderos de la Sierra Negra—, que logró incluso ubicar a uno de los suyos, Manuel, en la silla presidencial entre 1940 y 1946; y a los otros dos, Maximino y Rafael, como gobernadores en Puebla.

Maximino además ocuparía una secretaría de estado durante el sexenio en que gobernó el país su hermano y construyó un grupo político que le permitiría mantener el control del estado durante varias décadas decidiendo sobre gubernaturas y alcaldías, el Congreso local y demás,  y colar a uno de los suyos: Gustavo Díaz Ordaz, en la Presidencia de la República.

Una línea que estirándola un poco llega hasta el actual gobernador Rafael Moreno Valle, nieto del médico militar nacido en la mixteca poblana que Díaz Ordaz impulsó como gobernador del estado entre 1969 y 1972. Durante su corto periodo al frente de la administración estatal, el general Moreno Valle cobijó a Melquiades Morales Flores, quien a la postre se convertiría en gobernador también y, a su vez, cobijaría al nieto impulsándolo como su Secretario de Finanzas, lo que le permitiría llegar a Casa Puebla.

En su libro Caciquismo y estructura de poder, Luisa Paré escribió: “Frente a la imposibilidad legal de conservar ciertos puestos políticos por más de un periodo electoral, los caciques posrevolucionarios han tenido que desarrollar métodos más sutiles para conservar el poder. El continuismo o el poder del funcionario saliente de nombrar a su sucesor es una función directa de la ausencia de la participación política real de las masas”. La cita no necesita interpretación.

Dos dinastías políticas

Con el arranque de los ochentas asentó sus reales en la capital poblana el huachi power, el grupo político que traía consigo desde el municipio de Huauchinango, ubicado en la sierra norte, Guillermo Jiménez Morales, abogado de profesión que tras obtener en dos ocasiones una curul en la Cámara de Diputados se perfiló como candidato a gobernador.  Eran los ochentas y la maquinaria priista funcionaba como reloj suizo.

Tras concluir 1987, su periodo como habitante de Casa Puebla, Jiménez Morales amarraría una nueva curul en la cámara de diputados, esta vez como representante del Distrito Federal, pero dejaría a su hermano Alberto Jiménez Morales como jefe de asesores, y poder tras el trono en el sexenio de Mariano Piña Olaya.

Para la década de los 90, los Jiménez Morales ensancharían su esfera de influencia a los tres órdenes de gobierno: el federal con la llegada de Guillermo a la Secretaría de Pesca en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, el estatal con Alberto dirigiendo el estado tras bambalinas y, a nivel municipal, con Pilar, gobernando Huauchinango.

Pero, dice el dicho que para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo, a la par en Huauchinango comenzaba a tomar fuerza Alberto Amador Leal, un joven universitario que alcanzó en 1998 una diputación federal, que suspiró por la gubernatura del estado sin conseguirlo y que impulsó a sus dos sobrinos: primero, Carlos Martínez Amador y, más tarde, Omar como presidentes municipales.

Y de acuerdo con el columnista Mario Alberto Mejía, la familia entera se perfila a buscar nuevamente la alcaldía del lugar y entre los apuntados está el hermano del varias veces diputado, Juan Manuel y, claro, los sobrinos.

Un café de altura

A mediados de junio, ya en la recta final de campaña electoral, el entonces candidato al Senado Javier Lozano Alarcón tuvo que salir por piernas de Xicotepec de Juárez, uno de los municipios más cercanos a Necaxa, bastión del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME).

En su apresurado escape de un grupo de electricistas cesados durante su paso por la Secretaría del Trabajo dejó detrás a su equipo de seguridad y los dos vehículos con los que llegaron hasta ese municipio serrano. El alboroto causado por los manifestantes que se percataron que dentro de las camionetas de Lozano había dos rifles AR15 llevó a la escena serrana no sólo a varios agentes de seguridad estatal y municipal sino incluso al propio secretario de Seguridad Pública en el estado, Ardelio Vargas Fosado.

Su presencia en el lugar no fue del todo casual, Vargas Fosado, diputado federal con licencia y ex titular de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI), fue presidente municipal de Xicotepec entre 1987 y 1990 y forma parte de una de las familias políticas de la región, por el ala Vargas, cafetaleros, por el ala Fosado, ganaderos.

Dos de sus tíos, Emigdio y Marco Antonio Fosado Ortiz fueron presidentes municipales y diputados locales, el segundo de ellos durante el sexenio de Jiménez Morales.

Alfonso Lechuga Fosado, otro de los integrantes de la familia Fosado, no sólo es uno de los ganaderos más prósperos de la región, sino que fue diputado local entre 1990 y 1993 y controla Zihuateutla, municipio colindante con Xicotepec, y presidente municipal, al igual que su hermano Hugo y su cuñado Armando Garrido.

Según escribió en 2006 Mario Alberto Mejía, la presidencia municipal de Xicotepec que obtuvo Ardelio Vargas Fosado se debió, en gran parte, al apoyo de la familia Esquitín, otra de las familias políticas que controlan la región.

Y aunque Vargas Fosado se mantuvo lejos de su tierra, en 2012 logró imponer a su hija Guadalupe Vargas como candidata del PRI a diputada federal por ese distrito serrano, sobra decir que se quedó con la curul. Y ahora busca llevar a la presidencia municipal a Benito Vargas, su primo.

“Palacio en venta”

Aunque el caso que puso los reflectores sobre la región y sus jefes políticos es el de Benjamín Silva Cuevas, alcalde en seis ocasiones de Ahuazotepec. Una historia que, de acuerdo con el portal poblano, comenzó desde 954 cuando Félix Cuevas, tío de Benjamín, se encaramó en la presidencia de ese municipio. Aunque sería en su segundo periodo como alcalde de la localidad entre 1963 y 1965 cuando consolidaría su cacicazgo.

Impondría primero al entonces gerente de su empresa, Agustín Viscaíno y luego a otras dos personas afines más Amado Alderete y Encarnación Trejo, y luego a su Marciano Cuevas, su hermano, al final de ese periodo que concluyó en 1978 llegaría Benjamín.

Silva Cuevas despacharía como presidente municipal en cuatro ocasiones entre 1979 y el actual periodo 2011-2014, aunque en el inter a logrado imponer a sus familiares, como su sobrino Gerardo Silva o sus ahijados Bernardo Gustavo Ramírez y Raymundo Olvera.

“Postuló a su esposa como candidata a la alcaldía y ya impulsa a su hijo, quien ha comenzado a ‘trabajar’ para ser candidato a edil en el próximo ejercicio” que durará extraordinariamente 4 años y 8 meses. Pero mientras eso sucede Silva Cuevas ya se prepara para vender la planta baja del palacio municipal.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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