Venezuela: Unas elecciones de trincheras
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Venezuela:
Unas elecciones de trincheras

El próximo 7 de octubre, Venezuela elegirá presidente en medio la división social. Chávez buscará su tercer mandato, mientras que la oposición acude por primera vez con un candidato único.
Por José Luis Pardo
27 de agosto, 2012
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El pasado febrero, Hugo Chávez se dirigía al aeropuerto para volar a Cuba y someterse a una operación en la que le extirparían un segundo tumor cancerígeno. Las calles del caraqueño barrio de Catia se llenaron de vecinos que, entre lloros y gritos, parecían despedir a un familiar. “Fue impresionante. Aquí el 90% de la gente apoya a Chávez”, comenta el padre Dionisio, quien desde hace cinco años oficia la misa en la iglesia Nuestra Señora del Carmen de esta zona del oeste de la capital.

En el este de la ciudad, un veterano periodista y opositor al presidente, Ángel Rivero, cambia su rostro amigable y su expresión risueña cuando habla de política. En 2002, tras el golpe de estado que depuso a Chávez durante 48 horas, publicó  el libro Auge y caída de la revolución tapa amarilla. En sus líneas compara al comandante con Belcebú y Hitler. Hoy, este ex guerrillero confiesa que le gustaría escribir otro libro sobre una visión que le ronda la cabeza: Agrupar a un comando de viejos, de enfermos terminales, para lanzarse a las armas contra la “Revolución Bolivariana”.

El próximo 7 de octubre un país dividido en dos acudirá a las urnas para elegir presidente. Aunque faltan dos meses, Caracas se desvive por la política.  Las avenidas están llenas de carteles, las paredes de pintadas, incluso en las ventanas de los edificios de viviendas cada quien muestra a qué bando pertenece. En los cafés, en las sobremesas y hasta en los taxis, el tema más que recurrente es casi monopólico.  En vez de opinar, sin embargo, los votantes emiten una verdad sin matices. En una trinchera, los chavistas llaman “la nada” al candidato único de la oposición, Henrique Capriles. En la otra se refieren a Chávez, que aspira a prolongar su mandato hasta los 20 años, como “el dictador” o incluso “el diablo”.

“Existe gran incertidumbre ante dos proyectos confrontados, dos conceptos antagónicos de democracias”, opina Ricardo Ríos, analista político, en el marco de un foro en la Universidad Central de Venezuela. “Si Chávez gana pondrá a funcionar mecanismos para instaurar el poder comunal, si lo hace Capriles tendría que reforzar el cambio en las elecciones de diciembre (municipales y estatales)”.

Los dos proyectos políticos son tan diferentes como sus cabezas visibles. Chávez, miltar de 58 años, es el hombre más conocido de Venezuela. Su omipresencia en los medios, su cercanía en los discursos y su mandato “antiimperialista” que ya se ha extendido durante 14 años, lo han convertido quizás, en la referencia del comunismo mundial. Capriles, un abogado de 40 años, semidesconocido, acudirá a las urnas después de arrasar en las primarias de la oposición con el 60% de los votos -por primera vez los antichavistas acuden con un solo candidato. Este socialdemócrata, antes alcalde y gobernador, explota su juventud y forma física pateándose el país en busca de que la gente lo conozca y escuche su discurso conciliador. “Seré el presidente de todos”, no se ha cansado de repetir.

Entre las pistolas y el bolívar

Stephany, una chica de 21 años, enseña orgullosa las mejoras que ha experimentado en los últimos años el 23 de enero, una de las parroquias populares más emblemáticas de Caracas. Es un bastión de la “revolución”: graffitis de Chávez comparten espacio con el Che Guevara. A pocos pasos del metro, un habitáculo de ladrillo funciona como clínica para asistir a los pacientes. Un médico cubano lo atiende. Al fondo los edificios en los que ella vive se ven remozados. “Ahora están instalando elevadores nuevos”, cuenta feliz.

Thaelman Urgüelles, un sexagenario cineasta e intelectual, me presume de una zona bien diferente de la ciudad, “una recuperación del espacio público”, un bastión de la oposición. La plaza de Chacaíto está llena de terrazas y un McDonalds y un Burger King la flanquean. En el estacionamiento subterráneo hay coches del año. Afuera la gente camina emperifollada, los hombres con camisas de marca y las mujeres enjoyadas.

A pesar de las diferencias económicas y políticas, sin embargo, ambos tienen preocupaciones comunes.

La criminalidad y la violencia son uno de los temas que trascienden las trincheras venezolanas. Venezuela es el quinto país más violento del mundo, con una tasa de 48 homicidios por cada 100 mil habitantes, según la ONU. “No creo que Venezuela haya vivido un periodo de tanta carga violenta como el de ahora, tan peligroso”, señala Teodoro Petkoff, periodista y economista. Las misas en los barrios de Caracas se celebran en su mayoría en memorias de fallecidos por la violencia. Hasta agosto, 63 policías han sido asesinados en la capital víctimas de las bandas de criminales.

Chávez planteó un país de inclusión, de orden y seguridad y de transparencia, de castigo a los corruptos. Es obvio que catorce años después ha fracasado en esas tres dimensiones”, abunda María Corina Machado, una de los tres candidatos que se presentaron, junto con Capriles, a las primarias de la Mesa de Unidad Democrática, el frente común de la oposición que aglutina a una treintena de agrupaciones políticas.

A la inseguridad hay que sumarle la situación económica del país. A pesar de vivir el período de bonanza petrolera más grande de su historia, al gobierno de Chávez no le están saliendo las cuentas. La deuda pública nacional se ha incrementado en un mil por ciento en la última década, según el Fondo Monetario Internacional. La inflación, además, es la más alta de América Latina.

Los logros sociales de Chávez, como el acceso a la sanidad, a la vivienda o la alfabetización masiva del país, que ni siquiera los opositores niegan, a estas alturas pesan más en las encuestas que los problemas que arrastra el país. El actual presidente maneja un margen de alrededor del 7% sobre Capriles.

El optimismo entre la oposición, sin embargo, es palpable. Urguelles señala entusiasmado las viviendas de un barrio popular en medio de una marcha caprilista. En las ventanas cuelgan carteles del candidato. “Esto antes era imposible… Mira, mira… Nos falta un poco. Hay que arañar, hay que arañar”.

Al día siguiente, un Chávez confiado está hablando en el televisor. “Yoda”, acérrimo chavista, escucha con atención. En la casa de este veinteañero, que se dedica a la capoeira, un cartel de Chávez adorna la pared principal del salón.  Un chico español entra en el apartamento y saluda. “Yoda”, medio en broma, medio en serio, responde: “Shhhh. ¿No ves que está hablando el presidente?”.

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Por qué hace 100 años muchos en EU se negaron a usar cubrebocas contra la gripe española

En el peor momento de la gripe española de 1918 muchos estadounidenses se negaron a usar tapabocas, algo que también está sucediendo este 2020 con la pandemia de covid-19.
9 de agosto, 2020
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Manifestación en Estados Unidos contra el uso de mascarillas

Getty Images
Durante la pandemia de covid-19, se han organizado manifestaciones en contra del uso de mascarillas en Estados Unidos.

Todos hemos visto los titulares alarmantes: los casos de coronavirus están aumentando en 40 estados de Estados Unidos, con nuevos fallecimientos y tasas de hospitalización aumentando a un ritmo alarmante.

Los funcionarios de salud advirtieron que EE.UU. debe actuar rápidamente para detener la propagación o se correrá el riesgo de perder el control sobre la pandemia.

Para controlarlo existe un claro consenso de que se deben usar mascarillas en público y practicar el distanciamiento social.

Si bien la mayoría de los estadounidenses apoyan el uso de tapabocas, el cumplimiento generalizado y constante ha resultado difícil de mantener en las comunidades de todo el país.

Manifestantes se reunieron frente a los ayuntamientos de la ciudad de Scottsdale, Arizona; Austin, Texas; y otras ciudades para protestar contra los mandatos locales respecto a las mascarillas.

Varios alguaciles del estado de Washington y de Carolina del Norte han anunciado que no harán cumplir las normativas de uso.

He investigado extensamente la historia de la pandemia de 1918.

En ese momento, sin vacunas o terapias farmacológicas efectivas, las comunidades de todo el país instituyeron una serie de medidas de salud pública para frenar la propagación de una epidemia de influenza mortal: cerraron escuelas y negocios, prohibieron reuniones públicas y aislaron y pusieron en cuarentena a los infectados.

Titulares de periódicos de Chicago relacionados con la pandemia de gripe española

Getty Images
Titulares de periódicos de Chicago relacionados con la pandemia de gripe española que incluyen: “Redadas policiales en bares en la guerra contra la influenza”, “Toque de queda en la ciudad” y “Quien estornude sin taparse será detenido”.

Muchas comunidades recomendaron o exigieron que los ciudadanos usaran mascarillas en público, y eso, no los onerosos encierros, fue lo que provocó la mayor ira.

Por la patria

A mediados de octubre de 1918, en medio de una terrible epidemia en el noreste y brotes de rápido crecimiento en todo el país, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos distribuyó folletos recomendando que todos los ciudadanos usaran tapabocas.

La Cruz Roja sacó anuncios en los periódicos alentando su uso y ofreció instrucciones sobre cómo fabricar mascarillas en casa con gasa e hilo de algodón.

Algunos departamentos de salud estatales lanzaron sus propias iniciativas, sobre todo California, Utah y Washington.

En todo el país, los carteles presentaban el uso de mascarillas como un deber cívico: la responsabilidad social se había incrustado en el tejido social mediante una campaña de propaganda federal masiva en tiempos de guerra lanzada a principios de 1917, cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial.

barrendero con una máscara en Nueva York

Getty Images
Siguiendo la recomendación de la Junta de Salud de Nueva York, es “Mejor ser ridículo que estar muerto”, un barrendero usa una mascarilla en octubre de 1918.

El alcalde de San Francisco, James Rolph, anunció entonces que “la conciencia, el patriotismo y la autoprotección exigen un cumplimiento inmediato y rígido” del uso de tapabocas.

En las cercanías de Oakland, el alcalde John Davie declaró que “es sensato y patriótico, sin importar cuáles sean nuestras creencias personales, proteger a nuestros conciudadanos uniéndonos a esta práctica”.

Sin orden

Los funcionarios de salud entendieron que cambiar radicalmente el comportamiento del público era una tarea difícil, especialmente porque a muchos les resultaba incómodo usar mascarillas.

Los llamamientos al patriotismo solo podían llegar hasta cierto punto.

Como señaló un funcionario de Sacramento (California), las personas “deben ser obligadas a hacer las cosas que son mejores para sus intereses”.

La Cruz Roja declaró sin rodeos que “el hombre, la mujer o el niño que no use mascarilla es ahora un negligente peligroso“.

Numerosas comunidades, particularmente en todo el Occidente del país, impusieron ordenanzas obligatorias. Algunos condenaron a los delincuentes a penas de cárcel breves y las multas oscilaron entre US$5 y US$200.

Juicio en un parque en San Francisco

Getty Images
En San Francisco,los jueces se salieron de las cortes y los juicios se hicieron al aire libre… pero sin mascarillas.

La aprobación de estas ordenanzas fue con frecuencia un asunto polémico. Por ejemplo, el director de salud de Sacramento tuvo que intentar varias veces antes de lograr convencer a los funcionarios de la ciudad de que promulgaran la normativa.

En Los Ángeles, no fue aprobada. Un proyecto de resolución en Portland, Oregón, provocó un acalorado debate en el consejo de la ciudad y un funcionario declaró la propuesta como “autocrática e inconstitucional”, y agregó: “Bajo ninguna circunstancia me pondrán un bozal como a un perro hidrófobo“. La medida no prosperó.

La junta de salud de Utah consideró emitir una orden obligatoria de mascarillas en todo el estado, pero decidió no hacerlo, argumentando que los ciudadanos sentirían una falsa seguridad y relajarían sus cuidados.

A medida que la epidemia resurgía, Oakland debatió una segunda orden de uso de tapabocas después de que el alcalde contara enojado que lo habían arrestado en Sacramento por no llevar una puesta.

Un médico prominente que asistió al debate comentó que “si un hombre de las cavernas apareciera… pensaría que los ciudadanos enmascarados son todos lunáticos“.

Con orden

En los lugares donde las órdenes de usar mascarillas se implementaron con éxito, el incumplimiento y el desafío se convirtieron rápidamente en un problema.

Barbería en Chicago en 1918

Getty Images
En Chicago, solo uno de los barberos de este local usa mascarilla, algo que, en este caso, es imposible para cualquiera de los clientes.

Muchas tiendas que no estaban dispuestas a rechazar clientela, no prohibían el ingreso a los desenmascarados.

Los trabajadores se quejaron de que los tapabocas eran demasiado incómodos para usarlos todo el día.

Una vendedora de Denver se negó porque dijo que “se le dormía la nariz” cada vez que se ponía una. Otra dijo que creía que “una autoridad superior al Departamento de Salud de Denver se ocupaba de su bienestar”.

Como lo expresó un periódico local, la orden de usar máscaras “fue casi totalmente ignorada por la gente; de hecho, la orden es motivo de burla”.

La regla fue enmendada para aplicarse solo a los conductores de tranvías, quienes luego amenazaron con hacer huelga. Se evitó una huelga cuando la ciudad flexibilizó la norma una vez más.

Denver soportó el resto de la epidemia sin ninguna medida que protegiera la salud pública.

En Seattle, por su parte, los conductores de tranvías se negaron a rechazar a los pasajeros sin tapabocas.

Un conductor de tranvía rechaza la entrada a un viajero que no usa máscara, Seattle, Washington, diciembre de 1918.

Getty Images
Un conductor de tranvía rechaza la entrada a un viajero que no usa mascarilla en Seattle, Washington, diciembre de 1918.

El incumplimiento estaba tan extendido en Oakland que los funcionarios delegaron a 300 voluntarios civiles del Servicio de Guerra para conseguir los nombres y direcciones de los infractores para que pudieran ser acusados.

Cuando entró en vigencia una orden de mascarillas en Sacramento, el jefe de policía ordenó a los oficiales: “Salgan a las calles y siempre que vean a un hombre sin tapabocas, tráiganlo o manden a buscar el carro”. En 20 minutos, las estaciones de policía se inundaron de delincuentes.

En San Francisco hubo tantos arrestos que el jefe de policía le advirtió a los funcionarios de la ciudad que se estaba quedando sin celdas en la cárcel. Los jueces y oficiales se vieron obligados a trabajar hasta altas horas de la noche y los fines de semana para despejar la acumulación de casos.

Protestas

Muchos de los que fueron sorprendidos sin mascarillas eran personas que pensaron que podían ir a hacer un mandado o al trabajo sin que los atraparan.

En San Francisco, sin embargo, el incumplimiento inicial se convirtió en un desafío a gran escala cuando la ciudad promulgó una segunda ordenanza sobre tapabocas en enero de 1919, momento en que la epidemia se disparó nuevamente.

Muchos denunciaron lo que consideraron una infracción inconstitucional de sus libertades civiles.

Policía estadounidense con máscara.

Getty Images
La decisión de arrestar a quienes no usaran mascarillas llenó las cárceles de “delincuentes”.

El 25 de enero de 1919 aproximadamente 2,000 miembros de la Liga Antimascarilla hicieron una manifestación para denunciar la ordenanza de tapabocas y proponer formas de derrocarla. Entre los asistentes se encontraban varios médicos destacados y un miembro de la Junta de Supervisores de San Francisco.

Ayer y hoy

Es difícil determinar la efectividad de las máscaras utilizadas en 1918.

Hoy en día, tenemos un creciente cuerpo de evidencia de que los revestimientos faciales de tela bien confeccionados son una herramienta eficaz para frenar la propagación del covid-19.

Sin embargo, queda por verse si los estadounidenses mantendrán el uso generalizado de mascarillas mientras la pandemia actual continúa desarrollándose.

Los ideales profundamente arraigados de la libertad individual, la falta de mensajes cohesivos y liderazgo en el uso de mascarillas y la desinformación generalizada han demostrado ser los principales obstáculos hasta ahora, precisamente cuando la crisis exige consenso y un cumplimiento generalizado.

Ese fue ciertamente el caso en muchas comunidades durante el otoño de 1918. Esa pandemia finalmente mató a unas 675,000 personas en EE.UU.

Ojalá que la historia no esté repitiéndose.


* J. Alexander Navarro es el subdirector del Centro de Historia de la Medicina de la Universidad de Michigan.

Esta nota apareció originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.

Lee la nota original en inglés aquí.

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https://www.youtube.com/watch?v=zdkwo02LwCs

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