Yoga para rehabilitarse en la cárcel
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Yoga para rehabilitarse en la cárcel

Parinaama Yoga ya se aplica en 6 ciudades del mundo, incluyendo la ciudad de México
Por Érika Flores
3 de agosto, 2012
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Fredy refleja armonía cuando respira profundo frente a sus alumnos adolescentes. Los invita a seguirlo al ritmo de esa suave música hindú, lo hace con sus ojos cerrados sobre un tapete de yoga. Dan ganas de arrebatarle esa paz que emana mientras está de pie, erguido, sin sonreír, en una postura que indica estar en equilibrio interno pues sus manos están palma a palma en mudra de oración, a la altura del corazón. “El yoga es un amor libre y si hay algo que a mí me gusta es la libertad, si hay algo que el adicto quiere es ser libre y la sociedad también quiere serlo” dice.

Dos chicos que asisten a su clase por primera vez –en un espacio cercano al metro Viveros-, temen no alcanzar esa misma paz. Se les nota al mirarse de reojo con expresiones de desconfianza sobre lo que podrían ver, sentir, encontrar y olfatear. Cuando menos lo esperan Fredy aparece detrás de ellos motivándolos: endereza espaldas encorvadas, toca piernas temblorosas y levanta cabezas agachadas al tiempo que les pide imaginar una laguna, mar o río en donde puedan meditar sobre lo que son en realidad.

¿Quién es él para guiar a algunos de estos jóvenes que recién salieron de las comunidades de infractores en los tutelares del Distrito Federal? Un ex convicto que superó su adicción a las drogas a través de la disciplina del yoga en un ambiente duro y hostil como es la prisión. Por eso está convencido de tener autoridad moral para entender a quienes vivieron como él, sean menores de edad o adultos presos a quienes da clase ocasionalmente en centros de reclusión del norte del DF y los estados de Morelos, Guerrero, Puebla y Guanajuato.

*     *     *

 Hubo un tiempo en que Fredy fue un niño común pese a la pobreza y marginalidad de su casa en Pochutla, Oaxaca. Le gustaba sembrar la tierra, cuidar animales, ordeñar vacas; ayudar a su padre a preparar toros como banquete de bodas y quince años. Pero al terminar la primaria las cosas cambiaron, la imagen de su padre se había deteriorado por el alcoholismo y su atención se centró en el tío que fumaba marihuana. Por eso a los 12 años comenzó a gustarle la hierba.

“Seguí así durante la secundaria y bachillerato, tuve fama de pandillero y chavo banda. En el campo aprendí a usar rifle, pero mis cuates me enseñaron a manejar revólver. En mi pueblo sabían que yo cargaba marihuana, quienes me conocían me pedían y hasta les regalaba, ahí me di cuenta que podía empezar un negocio ¿las ganancias? me las gastaba en bailes con mis amigos” recuerda. A los 18 se le facilitó mover encargos de hierba o chochos entre Oaxaca, Guerrero y Morelos; pasaba desapercibido en los autobuses foráneos por su apariencia de estudiante y en otras era identificado por su empleo como dependiente de farmacia. Para 1993, algunos de sus amigos estaban en la cárcel y él ya tenía una orden de aprehensión por lo que salió huyendo de varios poblados.

Cinco años después –y con tres novias- la suerte se le esfumó; fue detenido en Morelos con un paquete de ocho kilos de cocaína y un arma calibre 38. En un juicio rápido y con un abogado de oficio que él describe sin visión e interés por sacarlo, fue juzgado por los delitos de portación de arma, traslado de estupefacientes y sentenciado a diez años de cárcel en el penal de Atlacholoaya, Morelos. “Todo se desvaneció, sentí el bajón y literalmente lo único que quería era comer, cagar y dormir. Hoy entiendo que llegue a la cárcel porque le eché muchas ganas, en cada lugar donde estuve quería tener fama, ser cabecilla de personas violentas y siempre lo conseguí. Me enviaron al dormitorio cinco pero no me hallé porque el líder era un tipo grande, fuerte, lleno de tatuajes, con cuerpo de “espanta-pendejos” para asustar al resto. Entonces decidí quitarle el liderazgo, elevar mi músculo y empecé a correr y cargar pesas todo el día”.

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Ann Moxey nació en Argentina, tiene familia en Inglaterra y afirma conocer el encierro gracias a los internados donde creció desde niña; su padre, militar, creyó que era la mejor opción educativa. Es pequeña y delgada, pero no frágil.  Tan es así que se convirtió en corresponsal de guerra durante sus 25 años de reportera en América y Europa; un día eligió dejar su profesión, dice que necesitaba separarse del ego y enfocarse a la sanación. Cansada de los conflictos bélicos y la presión permanente en los medios redireccionó su brújula: estudió psicología y tanatología en Norteamérica, yoga para manejo del estrés en Argentina y luego se especializó en adicciones en México. Su nuevo trabajo terapéutico comenzó con niños de la calle y después con presos.

En 2003 desarrolló el proyecto Parinaama Yoga que en sus palabras “no es llevar una simple clase de yoga al penal. Lo que proponemos es un cambio de paradigma en la forma en que la sociedad lidia con sus partes oscuras. Separarlos sólo empeora las cosas y el yoga permite el contacto con esas partes no tan queridas de la sociedad y de nosotros mismos, haciéndolas visibles para sanarlas e integrarlas. La gente que no es vista es la que se hace notar aunque sea a balazos en una plaza, un restaurante, matando niños en un colegio”.

Un año después el director del penal de Atlacholoaya escuchó la propuesta de Ann y le permitió aplicarla ahí. Su primer grupo fueron presos obligados a ir hasta que ella pidió que fuera al revés, convictos que debían asistir por voluntad propia. Fredy se envalentonó con un toque de marihuana antes de su primera clase con esa profesora extranjera de ojos azules y cabello corto rubio. A primera vista comparó sus músculos con la delgadez de Ann y se miró a sí mismo más fuerte que ella; pero al ver que no tenía  la flexibilidad ni el equilibrio de su maestra, se incomodó. Entonces tomó al yoga como un reto personal; conforme lo aprendió y aplicó en su vida dice que comenzó a experimentar la verdadera libertad.

Poco a poco Ann evaluó las habilidades de Fredy para que pasara de alumno a maestro en un momento en el que había dejado atrás las adicciones, tenía buen comportamiento y la posibilidad de salir de Atlacholoaya antes de lo previsto. Primero lo motivó a empezar con sus propios compañeros y ya libre, Ann le propuso trabajar con jóvenes dentro de los tutelares capitalinos. “Quién mejor que alguien que ya tiene las rayas del tigre, la experiencia para enfrentarse a una comunidad muy confundida y quizá hasta un poquito más peligrosa que los adultos” le explicó.

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En su blog Ann comparte textos que otros presos escribieron para hablar de los beneficios que obtuvieron del yoga en prisión. Alejandro dice que por primera vez aprendió a respirar porque no sabía hacerlo. Karla asegura que creció respecto a su persona y que fortaleció su carácter y cuerpo porque ya sabe cómo canalizar el miedo. Laura siente estar más equilibrada con su mente.

En el futuro una parte de ellos se mira como profesor en lugares conflictivos. Juan C. quiere ir a las tutelares y dar clases en su colonia. Cristian piensa ir a centros de rehabilitación y a zonas de escasos recursos. Pero Ramón es el más explícito “¡Eso sería un milagro! que yo pueda dar clases en el exterior del penal. Pero me veo dando clases aquí, ayudando a los otros internos para tratar de liberarlos del encierro que se vive en este lugar”.

*     *     *

Hace unos meses Ann dio algunas clases en la cárcel de alta seguridad de Campana, Buenos Aires y uno de sus alumnos envió una carta a los internos de Atlacholoaya. “Soy Rodrigo Petroselli de la ciudad de Tigre, Argentina. Yo era una persona conflictiva y gracias al yoga aprendí a controlar mis impulsos y a dejar las drogas; me gustan las técnicas respiratorias. Mi familia me acompaña porque ve en mí el cambio y lo valora. Desde que participo en los cursos mi cabeza hizo “click”, la calma en mi interior me llevó a comprender los problemas y charlarlos, no irme a lo violento y poder dialogar siempre. Un gran abrazo sincero de un agradecido de la vida, por recibir ayuda en mi peor momento y sentirme querido”.

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Este año Fredy no pudo viajar a Colombia para tomar algunos talleres de yoga; las autoridades le informaron que será hasta el próximo año cuando pueda tramitar su pasaporte. “Quiero tener el récord de yogui que ha viajado a más cárceles, me veo en el futuro viajando a otros países. En las comunidades para jóvenes veo a muchos chicos que pueden ser profesores y que les interesa de verdad serlo. Yo que antes estuve rodeado de tanta gente, ahora puedo sentarme, quedarme quieto y escuchar mi guiri guiri mental. Aún me vienen sentimientos de inferioridad que arrastro de mi pasado, pero cuando medito me pongo a trabajar y empiezo a darme nueva forma”.

Ciudades del mundo que aplican yoga en cárceles, para rehabilitación:1, Penitenciaría de Mendoza, Argentina (2005).2, Prisión de Máxima Seguridad Groenpunt, Sudáfrica. (Dic 2008)3, Prisión Madhya Pradesh, India (Ene 2010)***Los presos que tomen cursos de yoga reducen 15 días a su condena4, Penal San Antonio, Venezuela (2006)5, Penal de Máxima Seguridad Florencio Varela, Argentina (Abril 2007)6, Prisión de Vladímir, Rusia Central (Feb, 2010)

 

Ciudad que canceló el programa de yoga por considerarlo contraproducente:Prisión de alta seguridad Ringerike, Oslo, Noruega (Ago 2005)***Autoridades consideraron que el yoga exhaltó la violencia entre los presos.
¿Cómo apoyar a la Fundación Parinaama Yoga?* Con donativos en su página web (www.parinaamayoga.com)* Donación de tapetes semi usados de yoga (para presos)* Especialización de maestros de Yoga para dar clase en cárceles.

 

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El caso de Antonia Barra, la joven de 21 años que se suicidó tras ser violada y que estremece a Chile

A mediados de septiembre, Antonia Barra, de 21 años, fue violada. Tres semanas después, se suicidó. El fallo, que descartó la prisión preventiva del acusado, ha desatado indignación en Chile.
23 de julio, 2020
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Antonia Barra

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Antonia Barra fue violada en la mañana del 18 de septiembre de 2019. Un mes después, se suicidó.

Antonia Barra no llegó a conocer al colectivo feminista Las Tesis, pero este miércoles su grito iba dedicado a ella.

Ni la pandemia global ni la distancia social pudieron impedir que miles de mujeres salieran a las calles de varias ciudades de Chile a corear el famoso himno feminista “¡El violador eres tú!”, dar cacerolazos, hacer barricadas y manifestarse con la misma consigna: justicia para Antonia.

El caso de Antonia lleva tiempo haciendo ruido en los medios chilenos, pero este miércoles la indignación creció aún más tras saberse que el juez, que acreditó la violación, ordenó sin embargo el arresto domiciliario del acusado, Martín Pradenas, pero no su prisión preventiva.

La joven fue violada a mediados de septiembre pasado. Casi un mes después, se suicidó. Tenía 21 años.

El rechazo a la prisión preventiva de Pradenas, de 28 años, se argumentó en que no había pruebas suficientes que evidenciaran el delito y en la buena conducta del acusado, investigado por cinco casos de abuso sexual y violación a otras jóvenes.

“La chispa que enciende la movilización ciudadana, porque se entiende que esto es una instancia en medio de un proceso judicial, no su sentencia definitiva, es el argumento del juez, que resulta indignante y que no se hace cargo de la gravedad del caso“, le cuenta a BBC Mundo desde Santiago de Chile la periodista Paula Molina.

Además, el juez del caso, Federico Gutiérrez, definió que dos de las cinco acusaciones -ocurridas entre 2010 (a una joven de 16) y 2014 (a otra de 19 años)- están prescritas. En Chile, este tipo de delitos prescriben transcurridos cinco años.

“Eso es algo que indigna porque sabemos que a las víctimas les toma muchos años denunciar. Al mandar a prescripción lo que denuncian hace que todo el proceso sea inútil. Además, resulta difícil de entender cuando parece existir un continuo de delitos similares, como se denuncia en este caso”, explica Molina.

Durante la audiencia judicial, que fue transmitida en vivo, se emitió un video de Antonia y Martín, que después se publicó en la televisión nacional, en el que se ve cómo él tira de ella mientras caminan.

“Al ver el video donde aparece el acusado junto a la víctima, que va a ser violada y que se va a quitar la vida, el juez dice: ‘Yo solo veo a una pareja caminando’. Es una señal muy potente de cómo la justicia chilena no ve o elige no ver lo que ocurre en estos delitos“, explica Molina.

El Poder Judicial transmitió la audiencia en directo.

Poder Judicial
El Poder Judicial transmitió la audiencia en vivo. A la izda., el juez Federico Gutiérrez.

Pradenas contó en un video de YouTube publicado el 17 de julio que en las imágenes que distribuyeron “se puede ver cómo con Antonia nos damos besos, abrazamos, y después nos vamos como personas normales”.

Meses antes había confirmado que tuvieron relaciones sexuales, pero dijo que fueron consensuadas.

El padre de Antonia, Alejandro Barra, no pierde la esperanza.

“Seguimos adelante. Lo importante es que el delito de mi hija ha sido considerado y trabajaremos para que en el caso sea juzgado como corresponde este individuo”, añadió Barra.

El juicio comenzó el martes 21 de julio. El juzgado estableció 120 días para la investigación de los hechos.

¿Qué se sabe sobre el caso de Antonia Barra?

En la mañana del 18 de septiembre de 2019 Antonia Barra despertó en una cabaña (un alojamiento turístico) en Pucón, en el sur de Chile. Pradenas yacía sobre ella. Después de gritarle que se apartara, se vistió y se fue.

Había viajado a esa ciudad junto a su amiga Consuelo y su novio, con quienes fue a una discoteca. Allí habría comenzado el acoso de Pradenas, registrado en las cámaras de seguridad.

Los mensajes de texto y audio que la joven mandó a varios amigos por WhatsApp y que fueron publicados por la Fiscalía dan cuenta de su relato.

Antonia Barra

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Antonia guardó silencio durante casi un mes por miedo a la reacción de sus padres, según su propio relato.

En ellos cuenta que fue violada por Pradenas y que no quiso denunciarlo por miedo a la reacción de sus padres.

Antonia guardó silencio hasta el 12 de octubre de 2019. Ese día llamó por teléfono a su exnovio, Rodrigo Canario, y relató la agresión sexual que había sufrido. Él la insultó y, además, grabó la llamada y la reenvió.

Un día después, ella le mandó un mensaje de despedida. Después se quitó la vida.

“Hastío”

El caso de Antonia Barra ocurre en medio del estallido social que se inició el 18 de octubre del año pasado y que ha tenido una repercusión especial. “Hay un hastío con lo que se percibe como abusos en general en la sociedad chilena”, dice Molina.

“En esa reacción inmediata, intensa, a lo que se planteó en la audiencia del juicio hubo esa sensación en mucha gente. De alguna manera, es como la misma pulsión del 18 de octubre y de las últimas manifestaciones que hemos vivido. Hay muchas personas que no están dispuestas a callar cuando consideran que algo es injusto“.

La periodista chilena considera que el caso de Antonia Barra pone de relieve que “existe la percepción de que el acoso sexual a las mujeres es una cuestión muy generalizada en Chile”.

Mujeres en Santiago de Chile coreografiando "Un violador en tu camino". Diciembre de 2019.

JAVIER TORRES/Getty Images
Mujeres en Santiago de Chile coreografiando “Un violador en tu camino”.

“Precisamente un día antes de la audiencia judicial se publicó una radiografía del acoso en Chile donde se decía que más del 90 por ciento de las mujeres vive situación de acoso de distinto tipo en el país. Eso crea una identificación de parte de muchas mujeres con las víctimas”, añade Molina, que se refiere a una encuesta nacional en la que participaron más de 1.200 mujeres.

Pero el contexto de la fuerza actual del movimiento feminista en Chile también influye.

“Precisamente, la última gran manifestación antes de la pandemia fue la del 8 de marzo, y no solo hubo activistas o militantes, sino mujeres que, pensando distinto en muchos temas, coinciden en que es momento de que las mujeres reivindiquen la total igualdad de derechos. Eso también ha movilizado una toma de conciencia en muchas mujeres“, opina la colaboradora de BBC Mundo.

“También en otros países hay una sensación generalizada de que en los procesos judiciales todo el peso de la prueba recae sobre las mujeres, y de que el mismo proceso judicial revictimiza a las mujeres y las cuestiona de una manera que no se condice con la agresión que denuncian”.


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