Una fuga a través de las letras

Enrique Aranda escapa a través de lo que escribe, de lo que lee. Cumple una condena de 50 años, preso desde hace 13 y ha sido 3 veces ganador del premio de poesía Díaz Mirón

Una fuga a través de las letras
Foto: Cuartoscuro.

Los barrotes se esfuman al paso de las hojas. Los muros se desvanecen para liberar a sus personajes que no saben de encierros. La pluma es la llave de esta celda, la 1412 del dormitorio 1 en el Reclusorio Varonil Sur.

La historia de Enrique Aranda Ochoa, arrestado en 1997 y condenado por secuestro a 50 años de prisión, junto a su hermano Adrián, podría ser por sí misma una novela, sin embargo, son los misterios del fin del mundo escritos por los mayas, la temática que da vida a su primera novela El fin de los días (Wakil K’in: Sexto sol maya), escrita en la cana (cárcel) y que se vende actualmente en internet en www.elfinaldelosdias.com.

“Puse en línea”, “Te mando por correo”, “Vi en internet”, son frases regulares en el vocabulario de Enrique, pese a nunca haber navegado en la red, incluso, tiene una cuenta de twitter @oxchun, aún sin estrenar. Sus hermanas, Silvia y Leticia, se han convertido en su conexión world wide web; su “google”, por así decirlo. Ellas lo proveen con los temas de interés, uno de ellos la astronomía: las cambios solares recientes, principalmente.

La otra historia de Enrique, la de carne y hueso, sobre su vida en la cárcel comienza en el Reclusorio Norte, en donde estuvo, junto a su hermano, los primeros tres años. Hace 13 años lo trasladaron al Reclusorio Sur, desde donde escribe otro capítulo. Ahí se encuentra hoy a sus 54 años de edad, con el cabello corto, acicalado, barba de candado, vistiendo el reglamentario beige, siempre bien planchado.

Ávido por conversar, se le agolpan los temas entre las palabras. Puede comenzar hablando del Sol, por ejemplo, y termina hablando sobre Yoga, disciplina que además enseña en el penal. Una charla con él es equivalente a visitar alguna biblioteca, tras la cual uno termina con una lista de bibliografía pendiente por leer. Su última recomendación fue el cubano Joaquín María Machado de Assis.

Mientras Enrique repasa libros y autores, en el fondo la verbena carcelaria que genera los días de visita, se deja oír la rola “Chavo de onda” -que hiciera famosa El Tri- y que convierte en estrellas por instantes a una banda de rock que se luce ante los visitantes y genera el slam en el patio.

Desde la cárcel, Enrique Aranda ha sido tres veces Premio Nacional de Poesía “Salvador Díaz Mirón” (1998, 2001 y 2008), otorgado por Conaculta-INBA.

También obtuvo dos veces (2003 y 2008) el Premio Nacional de Cuento José Revueltas, otorgado por las mismas instituciones.

El reconocimiento más reciente le fue concedido por el INBA en el concurso “México lee 2011”, que se otorga por fomento a la lectura, por el club de lectura que impulso dentro de la cárcel. Fue el Instituto de Cultura de la Ciudad de México, hoy Secretaría de Cultura, quien le proporcionó los cerca de 800 libros: “Cuando les llamé, primero creyeron que era un funcionario. Cuando les dije que era un preso se emocionaron”, dice. La misión con este proyecto era darles a los internos “el boleto para un tour  por el anhelado mundo exterior”.

Enrique  hace un esfuerzo por ver el lado positivo a su encierro de 15 años: “Afuera no hubiera podido leer tanto como aquí, ni escribir tanto”.

El secuestro y la tortura

Los cohetes de la Noche de San Juan sonorizaban esa noche de finales de junio de 1996, “como en película mexicana”, recuerda Enrique, cuando fueron interceptados, él y su hermano, por unos judiciales, aunque no fueron presentados ante el Ministerio Público, en su lugar fueron llevados a un garaje donde aseguran fueron torturados, según consta en la recomendación 12/2002 de la Comisión de Derechos Humanos del DF.

“Hacen un juego psicológico muy útil. Te dicen que firmes tu confesión, que total, después demuestras que eres inocente, pero mientras tanto te dejan de torturar. Y uno cree. Quiere creer que así será”, relata Enrique.

Antes de ser aprehendido, Enrique era maestro de Psicología en la Universidad Iberoamericana (UIA) y fundador del Colegio Mexicano de Psicólogos. Se unió a causas sociales y revolucionarias: “Estuve en favor del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) antes de que se pusiera de moda. Tenía panfletos de ellos. Y además conocía a David Cabañas, hermano de Lucio”. Ésas fueron las verdaderas razones de su detención, asegura Aranda desde la sobra de una carpa azul colocada en el patio del penal. Enrique y Adrián Aranda se consideran presos políticos, visión compartida por Amnistía Internacional que los tiene registrados como “presos de conciencia”.

La víctima de secuestro, que señaló a los hermanos Aranda como sus captores del 9 al 17 de noviembre de 1996, fue Lorena Pérez Jácome, hija del entonces vocero de la Presidencia de Ernesto Zedillo, Dionisio Pérez Jácome, por lo que los Aranda Ochoa también acusan tráfico de influencias.

Actualmente, los hermanos Aranda Ochoa planean llevar su caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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