Palizada, el pueblo mágico que no tiene flores
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Palizada, el pueblo mágico que no tiene flores

Palizada, un pueblo mágico de Campeche, su río y sus barcos
Por Kristian Antonio Cerino
21 de octubre, 2012
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Centro de Palizada, Campeche

Palizada es un pueblo mágico. Así le llaman en Campeche desde el 2010. Es de los pocos pueblos mexicanos que el gobierno le ha puesto el sello de “mágico” pero carece de flores. Por su posición geográfica -más inclinada a Tabasco que a Campeche- su población está aislada a 346 kilómetros de San Francisco, la capital del Estado. Por esta razón los paliceños frecuentan más Villahermosa, la capital de Tabasco, que está a 140 kilómetros de su pueblo pintoresco enclavado  en la margen del río Palizada, un brazo del caudaloso Usumacinta.

Aún sin flores o rosas, los paliceños las aman. No las ven todos los días porque traerlas aquí es costoso y es lejano. Lo más cercano a Palizada es el municipio tabasqueño de Jonuta, un pueblo inmerso en la pobreza y en el que no se percibe el progreso. Si en Jonuta se encuentran a pocos floristas, en Palizada no lo hay.
En otros pueblos del sur de México los mercados de flores abundan, en Palizada no. Las únicas flores que podríamos nombrar en este pueblo mágico son las del mango manila. Entre abril y mayo, los arboles de mango florecen y las flores que están en las copas de éstos son las únicas que adornan el rincón campechano que se siente más tabasqueño por estar en su frontera.
Al llegar a Palizada le pregunté a unas mujeres el porqué no había flores. Y dijeron: porque no se siembran, porque no se dan, porque el pueblo -con 5 mil habitantes- está muy lejos para importarlas.
Al saber que no hay flores en Palizada todo cronista viajero piensa en la historia del periodista Jon Lee Anderson: Los afganos aman las flores. Los paliceños y las paliceñas aman las flores. Más no las ven, no las huelen y no las sienten, como quisieran hacerlo todos los días. Lee Anderson -que en la misma crónica escribió Los afganos son muy sexys, son fotogénicos, aman la música, son coquetos, son muy risueños, y, son hospitalarios– señala que “los afganos aman las flores, a pesar de que no tienen agua para regarlas”
Sin embargo, en Palizada hay agua en abundancia, un río navegable con destino a ciudad del Carmen, un río histórico porque fue usado por españoles y piratas. Pero simplemente las flores (rosas, claveles, girasoles) no se multiplican, ni llegan en camiones o barcos.
Jon Lee, a la letra dice: “Si un mujaidin -uno de esos guerreros musulmanes que pelearon contra los soviéticos y los talibán- va a una casa de fotografía para retratarse, tiende a posar con un buqué de flores de plástico, y tras él suele haber un telón de fondo pintado con campos de flores”.
Algo parecido sucede en Palizada. Las pocas flores que vi estaban puestas debajo de los santos en la iglesia de San Joaquín. Eran flores frescas traídas de Jonuta. El resto, como la contemplé en varias casas de tejas francesas, sólo eran flores de plástico, de fabricación china, de esas rosas que venden los comerciantes en las grandes ciudades, de las que duran muchos años pero exentas de olor.
“Hay en este país -dice Lee Anderson sobre Afganistán- un romanticismo que no es nada conocido en Occidente, que atraviesa toda su cultura y trasciende las barreras de los sexos, nuestro entendimiento de qué es lo que le debe gustar a un hombre y qué le debería gustar a una mujer”.
En Palizada, la ciudad -el antiguo puerto de palos saqueado por los foráneos y en donde extrajeron miles de palos de tinte- los hombres y las mujeres aman las flores pero no las tienen. Los amoríos en estos rumbos sólo se concretan con palabras y cartas. Las flores, son lo único que falta.
“Cuando en 2001 volví a Afganistán -continúa Lee Anderson- y vi al mullah Naquib, un sacerdote musulmán, recuerdo sobre todo un jardín de flores en medio de un terral dentro de su casa. Su guardaespaldas, un hombre rudo, vestido de negro y tostado por el sol, me llamaba para que las admirara y esperaba mi grata reacción ante cada una. Me llevaba de flor en flor, entre rosales, narcisos y dalias. Después entré en la casa a conversar con el mullah Naquib, y al rato uno de sus secuaces apareció con un cofre de plata atado con una cinta, como esos lazos con que las niñas se sujetan el cabello. En su interior había unos narcisos, esas flores blancas y delicadas que tienen el corazón amarillo. Naquib las recogió con cara de felicidad, las olió y me las pasó como su invitado de honor. También las olí y de inmediato nos pusimos a conversar sobre las flores”.
—Aquí no hay flores —dice Enrique Jiménez, un feligrés que está en los alrededores de la iglesia.
En algunas ocasiones, afirma Jiménez -un hombre de lentes y pelo cano- el sacerdote de la iglesia le ha pedido comprar flores (en cualquier sitio) para las festividades de San Joaquín, una celebración que dura quince días en el mes de agosto. Y debe salir de Palizada, antes, pero mucho antes, llamada San Joaquín de la Palotada y San Ignacio de la Empalizada. En agosto, de acuerdo con los católicos, es el mes más oloroso porque las flores, traídas de Tabasco, prolongan su fragancia entre santos, religiosos y laicos.
Al menos las flores están presentes en las canciones, coplas, rimas o poemas que se han hecho sobre Palizada.
A los niños se les pide memorizar los poemas de Dora María Morales Villorín, quizás la poetiza más importante en este pedazo de tierra y agua. Nacida en 1921 y fallecida en 1986, Morales Villorín escribió sus versos pero nunca fueron compilados hasta después de su muerte. Así lo redactó en su poema “Palizada, novia de río”:
Tu parque principal jardín de ensueños / que engalanan con su gracia tus mujeres / es el búcaro de flores paliceñas / que embriagan con su amor  sus quereres.
Y en otros poemas como Sé que te vas dijo: “más no te olvides de mi tierra linda tan llenita de sol y frescas flores”.
Para la escritora Palizada está vestida de “luces y colores” y de “flores silvestres (que) adornan (sus) praderas” (que ven) “con calma infinita los mangos florecer”.
Para cuando el visitante decide abandonar Palizada a través de su río con la mira puesta en la antigua isla del Tris (ciudad del Carmen) poco a poco, pero en la lejanía, se ven flores de pantano, unas más entre el monte, otras en la copa de los arboles. Y muchísimas de mango manila.
Palizada, sin flores en abundancia, nos muestra otros olores ausentes en varios lugares de México.
El parque central de Palizada fue remodelado para la ocasión. Ahora que es Pueblo Mágico debe conservar su arquitectura.  El centro, a un costado del malecón, permanece limpio.
La mayoría de los techos de las casas son de teja de francesa, pero escuché decir a muchos que algunas tejas “son holandesas”, que fueron traídas recientemente para la reparación de los techados. Con francesas o con holandesas, Palizada emerge pintoresco, pese a las inundaciones recientes que han puesto en jaque al centro histórico.
Por cada inundación, por cada vez que el río Palizada sale de su cauce, es necesario que el santo patrono San Joaquín, a decir de Carmita Pérez, sea bajado del altar para recorrer las calles del pueblo
—Para que el río regrese a la orilla.
En algunas fotos de los paliceños, su río ha rodeado la iglesia. Ha anegado el parque y más allá.
—En el 2011, nos inundamos —recuerda Eugenio Zenteno.
Los paliceños creen que San Joaquín les ha hecho el milagro, que se ha llevado el temporal de lluvias: ¡Qué bueno que tienen a San Joaquín! Los paliceños no tendrían a San Joaquín -cuentan-  si no ha sido por el descuido del capitán de un barco que al pasar por Palizada dejó una caja (enviada por el obispo) con el santo patrono que les correspondía. El capitán se confundió, en vez de poner en el muelle la caja de los paliceños abandonó en el muelle la que estaba destinada para los jonutecos, allá en Tabasco. A los jonutecos les fue enviado el Señor de la Salud cuando la instrucción era que para ellos era San Joaquín. Así lo narran.
Para Luis Garrido, promotor del turismo en Palizada, lo primero que se pensó, en la búsqueda de hacer a su municipio un pueblo mágico, fue darle “una manita de gato” a la fachada del centro histórico.
La idea, en palabras de Garrido, “hermosear la ciudad”, como lo hacen las mujeres paliceñas que compiten en la elección de la Flor del Mango (manila) en la feria de agosto en honor a San Joaquín.
Luis Garrido, quien gusta de tomar chocolate en el mercado de Palizada y preparado por Charito Alí Morales, explicó que con una inversión de 10 millones de pesos, se mejoró la imagen del pueblo (casas coloniales y de teja francesa) para acceder al sello de Pueblo Mágico.  Se habilitó el cine-teatro Morón, se introdujo el sistema eléctrico subterráneo, se colocaron botes de basura de acuerdo con la arquitectura, se amplió el perímetro del centro,  se mejoró la fachada de la iglesia, se creó el reglamento de imagen urbana y recibieron en donación 2 barcos que sustituyeron al antiguo navío el San Cristóbal.
Pueblo Mágico es un programa creado por la Secretaría de Turismo en 2001.
Uno de los objetivos es “conocer la labor de los habitantes del pueblo, revalorar el turismo, incentivarlo”, y uno de sus criterios es que los “pueblos con historia, arquitectura, leyendas, cotidianidad intacta, mantengan sus tradiciones y costumbres”.
En el 2012,  habían 56 pueblos mágicos en México, de los cuales,  la mayoría están en los estados de Jalisco, Michoacán y Guanajuato.
Palizada, según Luis Garrido, es de mucho interés para los guatemaltecos y beliceños por su pesca anual de robalo. Un día atraparon un pez que pesó 10 kilos, 635 gramos.
Palizada le apuesta al carnaval que organiza Manuel Joaquín López González, y a los encuentros de escritores de la zona de los ríos que realizan cada año. En las últimas ediciones, narradores como Mónica Lavín y Rafael Pérez Gay, han promovido sus obras en Palizada.
—Este pueblo te atrae  —jura Manuel Joaquín.
Para él, la creciente del río es una bendición porque trae más peces. Hace años un sacerdote dijo que los paliceños eran los predilectos de Dios porque les había dado un río y muchos peces.
—Nos da topota. Nos da topén.
En el mes de octubre, los paliceños ya no se meten al río con sus cayucos y redes, el topén brinca frente al malecón del pueblo:
—Con la mano lo agarramos.                                                                                   
A palizada las flores, las rosas no llegan. No les hace falta; el pueblo al permanecer intacto transpira vegetación, calor, y peces que pululan por doquier.
2
Los paliceños aman los barcos. A la muerte del san Cristóbal, aún encallado en el muelle de Palizada, el gobierno de Campeche donó un par de embarcaciones para continuar con la navegación entre este pueblo y la isla del Carmen: el Pueblo Mágico y El Paliceño.
Del San Cristóbal, hoy destruido y en ruinas como Puerto Astillero el escenario de las grandes novelas del uruguayo Juan Carlos Onetti, ya Juan de Jesús López y este cronista, reseñamos sus hazañas.
Por azares del destino, el día en que llegué a Palizada -por segunda ocasión- el barco que zarpó fue El Paliceño, un navío con 14.030 metros de eslora, 4.880 metros de manga y un puntal de 1.520 metros. A la mitad del trayecto que duró 4 horas, encontramos al Pueblo Mágico, un poco parecido con el San Cristóbal
A las ocho de la mañana partió con pocos tripulantes, un jueves de julio, un jueves caluroso. El Paliceño comenzó pronto a incrementar desde su motor la potencia y a usar dos caballos de fuerza, desde luego con un capitán que esquivó decenas de palos o troncos de árboles que se encuentran por todas partes del río Palizada.
En el camarote del nuevo barco, Julio Gutiérrez, dice con tristeza que el San Cristóbal se está pudriendo porque ya nadie quiso repararlo. A la medida en que nos alejamos del muelle y de nuestras miradas se nos perdía el San Cristóbal, Gutiérrez, un ex periodista campechano, precisa que lo mismo le sucedió a otros navíos como el San Joaquín y la María Candelaria.
—Lo agarraron para llevar cemento.
En los últimos días de vida del San Cristóbal, se le usó para el traslado de arena, block cemento y varillas. Este navío que conocí en el 2003 muere en las peores condiciones, feneció como un ayudante de albañil. Hubiera sido mejor que sucumbiera llevando a las mujeres paliceñas que participan en la elección de la flor del mango-manila o a los ancianos que forman un grupo llamado el Club de oro de la Senectud. Pero no. Transportó cemento:
—Para construir pie de casas.
Al menos el barco NanShan, en la novela Tifón de Josep Conrad, quedó destartalado después de mantenerse a flote ante el paso del huracán. Al menos el Tramp Steamer, el barco (Al Alción) del escritor colombiano Álvaro Mutis, navegó más allá del Caribe y algunas veces se le vio en Helsinki, Finlandia, y murió digno de un navío a ser despedazado por una corriente en la cuenca de un río. El San Cristóbal muere en donde siempre, frente al muelle de los paliceños, con el timón corroído, con la cubierta careada.
Por donde se vea, los paliceños cosechan frutas y hortalizas a lo largo y ancho de las márgenes del río. Todo. Todo. Todo se comercializa en ciudad del Carmen porque los carmelitas, bien dice Gutiérrez, es un pueblo de un consumo “voraz”:
—Todo lo compran, seguro.
Desde el barco El Paliceño se ve un camino de terracería. Este deja de serlo en el kilómetro 19, después todo es agua y viajar por río “es caro”: 180 pesos. Los paliceños viven del ayuntamiento –un buen número labora aquí- y del autoconsumo: siembran y pescan. Así es la rutina. Pero el viajar a ciudad del Carmen resulta “un lujo”.
El Paliceño pasa frente a las comunidades asentadas en las márgenes del río. Los niños y las mujeres levantan sus manos y saludan a los pocos que vamos en el catamarán.  Hemos pasado frente a las poquísimas casas de El Mangal, Tila, La corriente, Las bodegas, Rivera Gómez, San Eduardo, Lagón dulce. A nuestro paso, los lancheros salen al encuentro y nos cruzan en el trayecto en este río en el que anualmente depositan 3 millones de alevines para repoblar las especies nativas. Los que se cansan de la rutina de Palizada, de su quietud, se van para no volver, se van a Tabasco a otra ciudad campechana que les dé trabajo y una vida más ambientada.
—Muchos tienen propiedades en Carmen para los días de la creciente.
Y lo que se quedan, consiguen el dinero, y se hacen de un motor para seguir pescando o usan sus lanchas para transportar posibles pasajeros, mismos que hoy nos saludan entre el ruido del motor del barco, los pájaros y las mujeres que tienden la ropa lavada en las lías que rodean sus casas.
Julio Gutiérrez señala las letrinas que se tienen en las viviendas como para indicarnos que ya nadie contamina el río Palizada.
—El río está limpio.
Y lo está, más no el San Cristóbal, el navío al que se le extraña.
—Puerto Astillero está muerto, doctor Díaz Grey. Apenas  si atracan las lanchas, nadie llega ni se embarca —escribió Juan Carlos Onetti en la novela El astillero.
Algo así sucede con Palizada, hay 2 barcos y muchas lanchas. Lo único que falta son tripulantes de otros lados que se animen a conocer la cultura de los pueblos a través de ríos.
Novia de río-escribió la Dora María Morales, la poetiza paliceña- te llamó el poeta, novia te llamo también en mis cantares / ¡Qué apacible es tu río en la corriente! A Palizada hay que empezar a comprenderla desde su río.
3
La risa del capitán Luis Santiago Hernández contagia a la tripulación. Ríe constantemente y enseña un diente de plata entre la encía.
—Me gusta disfrutar, es raro que ande serio —. Vuelve a reír el veracruzano.
Hubo un día, o muchos, en el que dejó de reír. Fue octubre de 1995. Libró Opal pero lo alcanzó Roxana, un huracán que provocó la muerte de unas once personas en México.
El barco Escama 20, de 37 metros de eslora,  se mecía en el mar del Golfo de México. Justo aquí Luis Santiago Hernández, capitán de 45 años de edad, aprendió a orar.
—Aprendí a rezar —. Su tripulación, 9 hombres, también se pusieron en las manos de Dios.
En algún momento el Escama 20 se pudo ir al fondo del mar. Lo único que lo evitó, a decir del capitán, fue el poder de Dios. Sin embargo, el Roxana seguía “correteando” al navío.
Para que la tripulación no perdiera la fe, se refugió en el camarote. Los vientos azotaron las puertas y las ventanas como le sucedió al capitán MacWhirr del barco el Nanshan, un vapor clave en la novela Tifón de Josep Conrad.
—El barco no llegaba (no se parecía) ni a hamaca.
En el camarote Hernández lloró. Lloró por su esposa, por sus hijos. Por él.
Después de horas de que Roxana sacudió el Escama 20, pudo llegar al puerto de Alvarado, Veracruz, la ciudad portuaria del capitán.
Al aparecer el barco, decenas de personas se juntaron en la costa para verlo entrar. El barco era un vaivén, las olas eran superiores que por instantes cubrían el navío.
Ya en tierra, con los ojos irritados por las lágrimas, su esposa Matilde del Carmen, le dijo: “el mar no dejó de moverse”. Lo mismo le contó uno de sus hijos: “papá, se movía”.
—Dios me hizo el milagro. Logramos entrar—.
Cada vez que regresa de altamar, el capitán se para en la costa veracruzana y mira con atención la extensión que representa el mar. Lo escanea y se ve más allá con el timón y el barco. Pese a todo, sabe que regresará
Ahora, el capitán no está navegando en el mar. Se mudó a Palizada y a ciudad del Carmen. Dejó, por lo pronto, el oleaje y se refugió en el río Palizada y la laguna de Términos, la que rodea a la antigua isla del Tris. Esta ruta la recorre un mes, y en el siguiente, descansa en su casa de Alvarado. En Alvarado comenzó todo, allá por 1991, el año en que se trepó a un barco como ayudante y después pidió una oportunidad para maniobrar uno de tantos.
En los días de julio (de 2012) que le conocí a bordo del Paliceño, un barco que consume 600 litros de combustible, el capitán Luis Santiago Hernández  narró sus experiencias librando huracanes en el mar y dijo que los peligros están, también, en los ríos porque “todos son iguales. De lo único que está seguro, es de que “no puede estar sin hacer nada”.
Durante 15 años fue capitán de barcos camaroneros, unos días estaba en Veracruz, otros en Tampico y días más adelante en Campeche o Yucatán. Se cansó de los barcos camaroneros porque el trabajo era por las noches.
—¿Te mareas en tierra como le sucede a Maqroll el personaje marítimo de Álvaro Mutis?
—Sí, cuando voy a los bares.
—Tu esposa comprende que tu trabajo requiere de muchos días
—Y si no lo comprendía no comía.
—Por lo que veo, siempre estás trabajando
—Las veces que me he quedado sin trabajo es porque ya no quiero.
En 3 lustros no bajó de los barcos, tan sólo para comer o abrazar a su familia. Si algún apodo le pudiera dar a este capitán sería “el escama” porque Escama se llamó el barco que condujo en 15 años.  Un día estaba en el timón del Escama 3, y en otro, en el Escama 5. Así pasó entre el Escama 11, 14, 16, 18, 19, 20 y 24. Le hartó, dijo, estar viendo las mismas caras, en aquellos barcos que eran de un español que se aclimató en Veracruz.
—Mi angelito siempre me ha acompañado.
Hernández es de los poco alvadoreños o veracruzanos que no les oigo hablar con albur. A esto, él me confiesa que los de Alvarado no son groseros, sino “directos” para decir las cosas. Así se habla con sus hijos Luis Santiago e Isidro de Jesús, porque como él, “no hay otro”.
Al llegar a su casa, después de cada travesía en la que niega aquella frase “que en cada puerto hay un amor”, el capitán Luis Santiago Hernández (9 agosto de 1966) se prepara para enfrentarse con un embotellamiento, muchas botellas en la mesa: “Ay Papantla”, grita.
Para él, la vida es una y sólo Dios lo puede quitar de este mundo el día en que ya no tenga mariscos qué comer, y cerveza, qué beber.
—Su señora si es de aguante
—¡Qué valor de esta señora (Matilde del Carmen) que se casó conmigo.
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Foto: Marcos González

Los barrios periféricos de CDMX que quedaron marginados tras la tragedia del metro

La avenida Tláhuac, donde se registró el accidente entre las estaciones de Olivos y Tezonco, es una de las principales arterias de la zona.
Foto: Marcos González
Por BBC
9 de mayo, 2021
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Quienes viven en el sur de Ciudad de México recuerdan cómo, durante mucho tiempo, a sus barrios les llamaban “la provincia” del entonces Distrito Federal.

Algunos ciudadanos incluso pensaban que esta zona ni siquiera formaba parte oficialmente de la capital mexicana.

En ese suroriente de la ciudad fue donde el pasado lunes colapsó el metro de la ciudad. 26 personas murieron al paso sobre una estructura que casi sirve de frontera entre Iztapalapa y Tláhuac, dos de las alcaldías con mayores niveles de pobreza y donde sumadas viven más de 2,2 millones de personas.

Aunque esta es la realidad de cientos y cientos de miles de habitantes de Ciudad de México, nada en estos lugares de la periferia aparece jamás en los circuitos para turistas ni en películas como “Roma”, que mostraba al mundo la belleza de los edificios de esta histórica colonia.

Ambas caras de una misma ciudad se ven muy lejanas, y de manera literal. Llegar desde la Roma hasta Tláhuac puede llevar entre una hora y hora y media en auto, en función del infernal tráfico de la capital que ya poco respeta la recomendación pandémica del “quédate en casa”.

Ese viaje a la inversa es el que gran parte de vecinos del sur de clase humilde y trabajadora realizan a diario para acudir a sus puestos en zonas del centro o más acomodadas. Por eso, la apertura de la línea 12 del metro hace menos de una década supuso para ellos una verdadera revolución al conectarlos, de manera rápida y barata, con el resto de la capital.

Ahora, su cierre indefinido tras el accidente vuelve a profundizar aún más la enorme desigualdad de esta gran ciudad. Quedarnos sin metro es como si hubiéramos retrocedido 30 años”, le dice a BBC Mundo José Manuel Cruz, presidente del Movimiento de Vecinos y de Renovación Condominal (Moverec) de Tláhuac.

Los afectados dicen sentirse “marginados” de nuevo mientras hacen malabares para llegar hasta su trabajo por otros medios. Muchos, incluso temen que no lo podrán mantener durante mucho tiempo sin otra opción de transporte.

Cartel de línea 12 del metro

Marcos González
“Seguridad y calidad en movimiento”, se lee en antiguos anuncios de la línea 12 del metro o “línea dorada”.

Epicentro de migrantes trabajadores

La avenida Tláhuac, donde se registró el accidente entre las estaciones de Olivos y Tezonco, es una de las principales arterias de la zona.

Días después del siniestro aún se trabaja para retirar los restos de la estructura, lo que dificulta aún más el tránsito de coches, taxis y autobuses. Con el metro cerrado, muchas personas esperan en fila para poder tomar transporte público.

El tráfico, el ruido y las decenas de puestos de comida y venta ambulante que salpican las aceras dificultan caminar por esta calle. En las de los alrededores se ven casas construidas sin aparente orden, a veces grises y a veces pintadas con colores chillones.

Esta zona, que un día tuvo una dedicación principalmente rural, comenzó una fuerte etapa de urbanización en los años 80, cuando se instaló aquí una gran masa de trabajadores procedentes de otros estados que querían buscar trabajo en la capital y mejorar sus condiciones de vida.

Carpintería

Marcos González
Muchos mexicanos de otros estados llegaron a los barrios en el sur de la capital en los 70 y 80. La mayoría se desplaza al centro de la ciudad para trabajar pero algunos regentan pequeños comercios como carpinterías en alcaldías como Tláhuac e Iztapalapa.

Leonardo García es uno de ellos. Dejó su Veracruz natal en 1977 y después se mudó a Iztapalapa. Hasta hoy.

“Llegué después del sismo del 85. No escogí la zona, yo necesitaba una vivienda y en aquel tiempo solo se podía conseguir en estas áreas. En otras era muy caro o no había”, dice.

García le cuenta su historia con detalle a BBC Mundo en el puesto de comidas que regenta junto a su familia desde hace 18 años, justo frente a la estación Olivos y con un gran cartel en el que se lee: “Comidas y refresco a 40 pesos” (US$2).

“Claro que notamos ya que vienen menos clientes por el cierre del metro. Ya nos pasó cuando paró en 2014. Ahora seguro va a volver a decaer”, pronostica resignado sin perder la sonrisa.

Leonardo García

Marcos González
Leonardo dejó su estado natal de Veracruz hace más de 40 años y se mudó al sur de Ciudad de México.

Quienes sí la pierden a veces son los vecinos que tratan estos días de encontrar cómo salir de la zona.

La oficial Alarcón, una de las policías que forma parte del amplio despliegue de agentes que tratan de regular el tráfico en la zona, dice que justo después del accidente “no se dio abasto” por la cantidad de gente que había.

“Esto está afectando al transporte de las personas. Si en metro hacían una hora, ahora están haciendo hasta tres de viaje. Pero ya se han puesto más camiones (autobuses) que hacen el mismo trayecto que antes hacía el metro, se le va dando salida”, le explica a BBC Mundo.

Buses de apoyo

Marcos González
Unidades de transporte público efectúan ahora la ruta que realizaba la suspendida línea 12 como apoyo a los usuarios.

La conexión con el resto de la ciudad

Patricia Pérez viene de un centro comercial y espera su transporte para llegar a su casa en Iztapalapa. Dice que ya echan de menos el metro, pero no oculta su temor tras el accidente.

“Cuando lo reabran, a mí me daría miedo usarlo. No me subiría con tanta confianza. Esas fallas de funcionamiento estaban casi desde el principio y parecería que el gobierno no hizo caso”, le dice a BBC Mundo.

Estación de metro Olivos

Marcos González
Las estaciones del metro de la línea 12 permanecen cerradas y sin dar servicio de manera indefinida.

Según Lizeth González, otra vecina de la misma delegación, “si la gente lo vuelve a usar será lamentablemente por necesidad, no porque le tengan confianza… pero es que sale más barato y rápido que un camión” (el boleto de metro cuesta US$0,25).

La joven de 23 años espera junto a su niña al taxi que acaba de pedir desde una app. “Yo prefiero no usar el transporte público porque es inseguro, hay mucho robo”, cuenta. Pero sabe que no todos sus vecinos pueden permitirse pagar un taxi y no les queda otra opción, pese al riesgo.

“Si hubiera sido una zona de prestigio, no habría pasado (el accidente). Donde hay dinero, las cosas las hacen bien. Pero aquí no fue así. Se oye feo, pero clasifican a la gente según la zona donde vives”, critica antes de montarse en el auto.

Lizeth González

Marcos González
Lizeth prefiere usar taxis por la inseguridad del transporte público, pero sabe que no todo el mundo se lo puede permitir.

La asociación Moverec destaca que la mayoría de habitantes de Tláhuac se dedica al pequeño comercio, construcción, carpintería o albañilería. Según el gobierno municipal, el 90% de los negocios de esta alcaldía son considerados “micro”.

“A nivel medio-superior o profesional, es poca gente la que trabaja aquí. La mayoría sale a trabajar a lugares lejanos. La importancia de Tláhuac para el funcionamiento de otras zonas de la ciudad es esencial”, destaca el presidente de la organización.

Por eso, Cruz cree que la pérdida del metro supone “un gran retroceso” para lo que Tláhuac había conseguido.

“El metro revolucionó nuestras vidas al facilitar nuestra movilidad. Pero es que también nos vino a dar una mayor identidad como parte de Ciudad de México, nos unió al resto y mucha gente que no nos conocía comenzó a visitarnos gracias al metro”, cuenta.

Mapa linea 12

BBC

Calles de tierra y casas precarias

Pero el transporte no es ni de lejos la única preocupación de Tláhuac.

Según Cruz, algunas zonas de la alcaldía están rezagadas en servicios como drenaje, infraestructura hidráulica y alumbrado. También critica la falta de zonas verdes y el aumento de la inseguridad en los últimos años.

Tiendas de Tláhuac

Marcos González
Las calles de Tláhuac están llenas de pequeñas tiendas de todo tipo y puestos de comida y venta ambulante.

Basta alejarse hacia el sur de la avenida Tláhuac por donde circulaba el metro para descubrir parte de esta realidad en la alcaldía. El asfalto de la carretera se ve cada vez más descuidado y con grietas hasta llegar a zonas de caminos de tierra y asentamientos irregulares.

En una de estas colonias vivía Brandon Giovanny Hernández, el niño de 12 años que se convirtió en la víctima mortal más joven del accidente de metro. En otros lugares se ven viviendas de autoconstrucción levantadas por esa corriente de migrantes nacionales que llegó hace décadas.

En el llamado campamento de la Draga, por ejemplo, viven unas 70 familias en viviendas precarias. Sus artífices fueron desalojados de un predio cercano que habían ocupado hace ocho años y decidieron ubicarse en esta calle como protesta, donde cada uno se encargó de construir su propio módulo.

Hoy, el campamento se ha convertido en una especie de pequeño pueblo en el que los más de 200 vecinos actuales se conocen y saludan amigablemente siempre que se cruzan por una calle que se llena de charcos y barro cuando llueve.

Campamento de la Draga

Marcos González
Más de 200 personas viven en el campamento de la Draga, en Tláhuac.

Cada módulo cuenta con una toma de agua potable y con la electricidad de un transformador cercano.

“Sí, literalmente nos la robamos, pero también tenemos un derecho por los impuestos que pagamos en su momento. Solo queremos que el gobierno nos resuelva nuestro problema y el asunto que hay con ese predio”, le dice a BBC Mundo Alfredo Oliver, uno de los coordinadores del campamento.

Antiguo conductor de taxi, Oliver es uno de los que vive en el campamento casi desde su inicio, junto a su esposa y sus dos hijos pagando una pequeña “aportación voluntaria”.

Alfredo Oliver

Marcos González
Alfredo es uno de los coordinadores del campamento de la Draga

“Somos pobres, tenemos que aguantar”

Otros se van mudando al campamento cuando alguien deja su vivienda libre. Clemente Figueroa, de 72 años es uno de ellos.

Sentado en la puerta de la primera casa en la entrada al campamento, desconfía al principio y prefiere no dar su nombre. Cuando se relaja, cuenta cómo llegó a Ciudad de México desde Chiapas hace 50 años “buscando oportunidades que faltaban en el pueblo” y lleva más de cuatro en la Draga “porque no hay que pagar renta”.

Ahí vive con su esposa, su hija y dos nietas. “Así, entre lo pobre, pero somos felices, gracias a Dios”, sonríe.

Clemente Figueroa

Marcos González
Clemente lleva medio siglo viviendo en las alcaldías del sur de Ciudad de México, pese a que es originario de Chiapas.

Al campamento le quedan retos para garantizar una vida digna para todos sus miembros. En ocasiones, por ejemplo, se respira un olor fétido porque no todas las casas cuentan con drenaje.

“¿Lo nota? Es porque usamos pura fosa séptica. Viene a ratos, pero cuando estás durmiendo y el olor lo tienes en el mismo cuarto… Somos pobres, pues tenemos que aguantar”, dice Isabel García, una vecina de 57 años.

Alcaldías de CDMX con mayor porcentaje de personas en situación de pobreza. . .

La mujer le enseña orgullosa a BBC Mundo el nuevo módulo que acaba de construirle su yerno, quien vive junto a su hija justo enfrente. En el pequeño habitáculo hecho con bloques de concreto amontona su ropa, un pequeño mueble y una lavadora que le han prestado.

En una esquina, está el inodoro que limpia con cubos de agua. Enfrente planea ubicar su cama, y en otra esquina, una pequeña cocina.

“Pero esto es algo provisional. Con el tiempo, la alcaldía te da un terreno o un departamento en otro lado. Quién sabe dónde, pero sí lo dan”, dice esperanzada sin más detalle.

Isabel García

Marcos González
Isabel acaba de meter toda su ropa en su nuevo módulo, en el que dormirá muy cerca del inodoro que aún no cuenta con drenaje adecuado.

En el campamento tampoco se deja de hablar de la reciente tragedia en el metro, hasta donde los vecinos solían llegar en mototaxi.

El hijo de Isabel, por ejemplo, lo usaba cada día para ayudarle a llegar a Tecamachalco, una colonia de clase alta en Estado de México donde trabaja de albañil. La alternativa actual de varios transbordos en autobuses le hace necesitar hasta ocho horas diarias de transporte entre ida y vuelta.

“Antes hacía dos horas para llegar allá, y ahora tarda hasta cuatro horas. Se va a las 7:00 de la mañana y no vuelve a casa hasta pasadas las 11:00 de la noche. Y si antes iba y regresaba con 20 pesos, ahora gasta como 40 o 50. Claro que lo echamos de menos”, cuenta.

Trabajos en riesgo

Va acabando el día y los vecinos de Tláhuac e Iztapalapa regresan a sus casas. La avenida Tláhuac se convierte en un auténtico hormiguero de autobuses y microbuses, llenos a reventar de pasajeros, que apenas pueden avanzar por lo pesado del tráfico.

Autobuses llenos en avenida Tláhuac

Marcos González
La avenida Tláhuac se llena de autobuses repletos de personas que vuelven a sus hogares al final del día.

Daniel Rueda espera paciente en su base de mototaxis que hay frente a la estación de metro Olivos. Pese a lo que podría pensarse, el cierre del metro no le ha ayudado a conseguir más clientes, sino todo lo contrario.

“Desde donde viene la gente salen camiones directos a sus colonias, que antes los vecinos no tomaban porque preferían la rapidez del metro. Por eso nos baja el negocio, porque ya no bajan aquí en la estación”, le dice a BBC Mundo.

“Además, algunos también tienen miedo de que la estructura se pueda seguir cayendo… que todavía puede pasar algo más”, cuenta.

Lugar del accidente de metro

Marcos González
Algunos vecinos temen que otras partes de la estructura siniestrada puedan seguir cayendo.

El presidente de la asociación Moverec cree que esta nueva situación sin metro debería forzar a aumentar la inversión en Tláhuac.

“Nuestra principal carencia es una fuente de trabajo. Las autoridades no han permitido que se generen empleos, no dan facilidades a los empresarios para asentarse aquí… y eso es lo que nos hace falta para evitar que tanta gente deba salir a diario hacia otras alcaldías”, dice Cruz.

“Eso es lo que más nos preocupa ahora: tenemos miedo que las personas pierdan sus puestos de trabajo. Las distancias que tienen que recorrer son impresionantes y muchos vecinos no podrán hacerlo cada día sin el metro por el retraso en tiempos y por el coste económico”, remata.


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