Hoy somos una guerrilla de ideas: nietos de Zapata

La lucha continúa... Édgar Castro Zapata y Margarita Zapata, bisnieto y nieta respectivamente de uno de los personajes más destacados de la historia de la Revolución, hablan en entrevista con Animal Político sobre el legado zapatista que aún hoy perdura a 101 años de que se promulgara el Plan de Ayala.

Hoy somos una guerrilla de ideas: nietos de Zapata
Margarita Zapata, nieta de Emiliano Zapata. //Foto: Manu Ureste
Édgar Castro Zapata, bisnieto del General Emiliano Zapata, es historiador por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, de la UNAM, y presidente de la Fundación Zapata. //Foto: Manu Ureste

No hay duda, es un Zapata.

Los ojos ligeramente rasgados, la mirada fría, firme, y algo tímida al primer contacto de manos, un frondoso bigote cuidado con esmero que oculta parte del labio inferior, y un compromiso inamovible por mantener vigente, a 101 años de que se promulgara, los principios que dieron forma y fondo al levantamiento en armas de Zapata y al Plan de Ayala. Esta es la herencia que Édgar Castro Zapata lleva hoy en la sangre a 93 años de que Emiliano Zapata fuera, como lamenta el corrido, “asesinado a mansalva” un 10 de abril de 1919 en Chinameca.

Ser familiar del General es un orgullo –asegura -, pero también una responsabilidad histórica y un compromiso social”.

Las palabras del historiador y presidente de la Fundación Zapata suenan contundentes en la explanada donde, entre árboles, palmeras y un cielo completamente abierto al intenso sol que cae a plomo sobre Cuautla, se levanta el mausoleo en honor a El Caudillo del Sur.

“Zapata –añade mientras observa usando la mano a modo de visera la enorme estatua que guarda los restos de su bisabuelo- significó mucho para los morelenses y para México porque él encabezó una lucha armada en beneficio de los pueblos. Sin embargo –su tono de voz se torna ahora sombrío, apesadumbrado-, lo que me impacta como historiador es saber que hace cien años hubo un despertar de los pueblos de Morelos en el llamado de la Revolución mexicana, y que hoy esos triunfos no están palpables…”.

Tras la sentencia, el silencio.

Édgar lanza una mirada con detenimiento al hombre que viste una capa que le cubre los hombros hasta llegar a los pies, una canana repleta de balas cruzada al pecho, un enorme  sombrero charro calado sobre la cabeza, y que en una mano porta el Plan de Ayala con el emblema de Tierra y Libertad y en la otra sujeta un rifle, y se arranca de nuevo para completar los tres puntos suspensivos que dejó flotando en el ambiente de esta tarde calurosa: “Vivimos en una sociedad dispersa. Y a pesar de que aquí tenemos esta imagen emblemática a nuestra espalda, las nuevas generaciones ya no dan mucha importancia a la historia y a la identidad zapatista. Se ha perdido mucho debido al bombardeo de los medios de comunicación. Ya todo está muy agringao”.

Por este motivo, explica entrelazando los dedos de las manos, decide heredar en 2007 la Fundación Zapata que presidió su abuelo Mateo Zapata durante treinta años, para llevar a cabo la difusión cultural del zapatismo a través de libros y documentales, así como para gestionar por medio del Instituto Pro Veteranos de la Revolución del Sur –del que también es director- pensiones hacia los hijos y nietos de zapatistas que viven en la pobreza.

“Se ha perdido ese sentimiento zapatista porque ya está muy politizada la imagen de Zapata. Sólo se acuerdan de él cada seis años, cuando son las campañas políticas. Por eso mi lucha es que la imagen de este líder revolucionario que tenemos aquí –ladea la cabeza buscando a su bisabuelo- sea para el pueblo, no para los políticos. Esa es mi tarea personal: quitar el emblema Zapata que sirvió durante más de 70 años a los gobiernos para legitimarse y devolver esa bandera a la gente. Porque Zapata quería al pueblo, mientras que a los políticos… –empieza a esbozar una sonrisa en los labios que concluye en una carcajada- ¡A los políticos los detestaba!”.

“Las nuevas generaciones no dan importancia a la identidad zapatista; ya está todo muy agringao”

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Compromiso, compromiso… y más compromiso.

Ese es el significado de llevar el apellido Zapata estampado en el pasaporte para Margarita Zapata, hija de Luis Eugenio Zapata, y nieta de El Caudillo del Sur.

“Yo me siento muy orgullosa de ser nieta del General y llevar su nombre, pero no entiendo que porque seas hijo de alguien debas tener más derechos, privilegios o reconocimientos. No, para mí el hecho de ser Zapata significa únicamente una cosa: compromiso”, se explica la socióloga egresada de la UNAM y doctora en Derecho Penal de la Universidad de Barcelona, mientras comparte una taza de café en su departamento y afirma que entre sus objetivos como presidenta de la Emiliano Zapata Fundación de Estudios e Investigación está “continuar con la lucha por quien menos tiene” y la defensa de la mujer rural e indígena.

Margarita Zapata, nieta de Emiliano Zapata. //Foto: Manu Ureste

-A ciento dos años de que estallara la Revolución, y a ciento uno del Plan de Ayala, ¿cómo ve la situación del campo mexicano en la actualidad –se le cuestiona-.

-Creo que queda mucho por hacer –responde de inmediato-. Cien años después, el campesinado ha mejorado muy poco sus condiciones de vida, ya que se ha visto muy afectado por el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. Porque, si te das cuenta, nuestro campo ha quebrado debido a que los productos que llegan de este país son muchísimo más baratos que los que se producen aquí, en México. Y claro, esto ha significado la quiebra del campesinado.

“Se está manoseando mucho la imagen de Zapata; eso es algo que nos ofende, nos lastima… nos duele”

-Supongamos que Zapata estuviera vivo en la actualidad. ¿Cuál cree que sería su opinión sobre esta situación que usted plantea que vive el campesinado de México?

-Hoy muchos han vendido su parcela para irse a Estados Unidos debido a la gran necesidad que tienen, o porque no quieren ya seguir trabajando la tierra, ya que creen que en otra parte, y con otra actividad, podrán mejorar sus condiciones de vida. Asimismo, otros han visto en su parcela una forma de salir de la pobreza… pero no produciendo, sino cambiando el uso del suelo y vendiéndolo. Por lo que estamos viendo que cada vez hay más y más vivienda y menos campo productivo. Por eso, yo creo que Zapata hoy les diría a los campesinos mexicanos que no dejen su parcela, que la sigan trabajando.

Tras la exposición de la respuesta Margarita se ajusta los lentes, y matiza:

-No obstante, el problema del campo no hay que verlo únicamente en términos de producción. Hay que verlo de manera global, porque ahí tienes también el tema de la ruptura de la familia, de ese tejido social que se va rompiendo en las comunidades rurales donde hay pueblos fantasmas en los que sólo hay niños y ancianos, porque incluso las mujeres están migrando. Es decir, tenemos a unos hijos que van creciendo solos y sin recursos para estudiar. Algunos optan por intentar irse a Estados Unidos, y los que no pueden… pues son terreno fértil para el crimen organizado.

Fotografía del general Emiliano Zapata expuesta en la Hacienda Chinameca. //Foto: Manu Ureste

-Háblenos de los objetivos de la Emiliano Zapata Fundación de Estudios e Investigación

-La Fundación nace en 2002 con el objetivo, precisamente, de recuperar la imagen y el pensamiento de Emiliano Zapata. Porque incluso en ese Tratado de Libre Comercio se utilizó la imagen de mi abuelo. También en las marchas usted podía ver la consigna de ‘Zapata, Viva la lucha’, y yo me preguntaba si realmente esos que marchaban con esa consigna y los que utilizaron su imagen para el TLC, realmente creían o no en Zapata.

-¿Y cuál fue su conclusión?

-Que la mayoría de la gente sólo lo utiliza. Y aquí no dejo exento a nadie: porque el Gobierno lo usa para sus fines electoreros, pero igual lo utilizan los diputados, los partidos… Hay incluso unos diputados que dicen que son representantes del campesinado y creo que nunca han pisado el campo, o sólo se acuerdan de él cuando llega la campaña electoral y van a pedir el voto. Entonces, es muy recurrente ver cómo en algunos actos de campaña tienen la imagen de Zapata junto a ellos, y esto es algo que nos ofende, nos lastima, nos duele –Margarita hace una pausa enfática con la mandíbula tensa y los ojos muy abiertos-. Se está manoseando la imagen de Zapata. Ver a Josefina Vázquez Mota abriendo su campaña en la tumba misma de Zapata… es algo como para levantarse en una tremenda indignación y reclamar a todo el mundo. Si mi abuelo resucitara y viera todas las cosas que se hacen invocando su nombre… le aseguro que no iban a tener necesidad sus asesinos de volverlo a matar. Porque de rabia, de decepción, y de vergüenza, se suicidaría. Aunque, eso sí: creo que antes de irse otra vez acabaría con unos cuantos de estos personajes.

Ríe.

“Si Zapata resucitara y viera todas las cosas que se hacen invocando su nombre… sus asesinos no iban a tener necesidad de volverlo a matar. Se suicidaría”

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Estamos en la antigua estación de ferrocarril de Cuautla.

En este escenario por el que  pasean turistas que vienen los fines de semana desde la capital, Emiliano Zapata y el ya entonces presidente Francisco I. Madero se encontraron en agosto de 1911 para mantener una entrevista en Yautepec y tratar de encontrar una solución al conflicto posrevolucionario, luego de que los zapatistas se negaran a deponer las armas, según lo acordado por los Tratados de Ciudad Juárez, sin que antes se realizara la prometida recuperación de las tierras.

“En ese encuentro Madero se refiere a mi bisabuelo como ‘el incorruptible Zapata’. Sin embargo, le pide que deponga las armas porque ya la Revolución estaba finiquitada. Pero el General le fue muy directo al presidente y le dijo que mientras no viera que su gente recuperaba sus tierras, los campesinos no entregarían las armas”, narra Édgar Zapata ante la presencia de la  máquina de vapor número 279, construída por la Baldwing Locomotive Works de Filadelfia, y puesta en servicio en 1904 para cubrir la ruta interoceánica México-Veracruz, que hoy reposa en uno de los hangares de la estación junto a un pequeño tenderete de postales y fotografías en blanco y negro de El Caudillo del Sur.

“A Zapata y Villa los borraron por completo de la conmemoración del 2012”

“En el boom del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución, en el 2010, el Gobierno se dedicó a resaltar la imagen de Madero, mientras que a Zapata y Villa los borraron por completo –lamenta el historiador tras acceder a uno de los vagones de la compañía Interoceánica y tomar asiento en una banca de madera añejada que rechina con cada movimiento-. Madero, históricamente, fue el precursor de la Revolución –concede-. Pero creo que su exaltamiento se debió a tintes políticos; el presidente del PAN prefirió destacar a otros personajes históricos, pero los que realmente hicieron la revolución social fueron Zapata y Villa. Madero se preocupó por quitar al régimen de Porfirio Díaz, pero no quiso cambiar la estructura de gobierno. Por eso cayó traicionado por Victoriano Huerta, porque un gobernante no puede reestructurar un país sin irse a los puntos sociales que lo aquejan. Es decir, hicieron a un lado al campesino, y por eso Zapata se manifiesta en el Plan de Ayala desconociendo al gobierno de Madero”.

En la estación de ferrocarril de Cuautla se encuentra la máquina de vapor número 279, construída por la Baldwing Locomotive Works de Filadelfia, y puesta en servicio en 1904 para cubrir la ruta interoceánica México-Veracruz,. //Foto: Manu Ureste

-El 28 de noviembre se conmemoran los 101 años de la promulgación de ese Plan de Ayala que acaba de mencionar. Más de un siglo después, ¿cómo podríamos definir su importancia teniendo en cuenta el contexto actual que vive el campo?

-El Plan de Ayala pone en el contexto político y social de la época al campesino y lo pone al tú por tú con los políticos –señala mientras mueve lentamente las manos para acompañar la explicación-. Es decir, con este plan el campesino ya sabe que tiene derechos y que él es dueño de sus tierras. Y esto se contrapone con las visiones de Carranza, de Madero, y de Victoriano Huerta. Porque ellos, como políticos, no querían que el pueblo tuviera lo que se merece. En cambio, Zapata lo que buscaba era  la igualdad social y por eso surge este Plan de Ayala bajo el emblema de ‘reforma, libertad, justicia, y ley’. Y a cien años de distancia, podemos afirmar que, ante la historia de México y del mundo, los campesinos de Morelos dieron el ejemplo y nos enseñaron que no es necesario tener tantos estudios como los políticos. Porque a pesar de que ellos sufrieron durante generaciones esclavizados por los hacendados, tenían más clara la visión de lo que querían de ese “pedacito de felicidad”, como lo llamaban, que nosotros en la actualidad, que no sabemos ni adónde vamos en este contexto de violencia que nos ahoga en sangre.

“Salinas dio el tiro de gracia al Zapatismo con el TLC”

A continuación, para completar la idea anterior, Édgar enumera los artículos seis, siete y ocho del Plan de Ayala –que dan al pueblo la facultad de reclamar el derecho a sus tierras y se aboga por cobijar con una pensión a los huérfanos y viudas de la revolución-, y destaca la trascendencia histórica del artículo 27 constitucional emanado del ideario zapatista que, durante la presidencia de Lázaro Cárdenas, hace realidad el reparto agrario. “Sin embargo –recupera el tono de pesadumbre-, a pesar de que Cárdenas enarboló la bandera zapatista en los años treinta, cuando entra el neoliberalismo medio siglo después a México deja toda la mesa puesta al presidente Salinas, que es el que da el tiro de gracia al zapatismo con el Tratado de Libre Comercio. Hoy día el campo es vendible y lo puedes ver aquí en Morelos, que ya se está vendiendo. Y lo venden las mismas familias porque quieren irse a probar suerte en los Estados Unidos. Por lo que esta situación creo que nos lleva a la siguiente reflexión: ¿Para qué existió entonces la Revolución?“.

Fotografía de El Caudillo del Sur expuesta en hacienda Chinameca. //Foto: Manu Ureste

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París.

Marlon Brando se encuentra en la ciudad con motivo del estreno de una de sus últimas películas y Margarita Zapata, que reside en ese momento en la capital francesa, averigua el hotel donde se aloja y llama por teléfono con la intención de intercambiar unas palabras con el actor que dio vida a su abuelo en la película ¡Viva Zapata!, dirigida por Elia Kazan, y co-estelarizada por Anthony Quinn en el papel de Eufemio Zapata.

“Cuando marqué al hotel me pasaron con alguien de su equipo de producción –recuerda la abogada y socióloga con una sonrisa en los labios que se mantendrá hasta el final de la anécdota compartida con el mítico actor de El Padrino-. Les expliqué que era nieta de Zapata y que quería hablar con Marlon Brando para que me comentara cómo se sintió interpretando a Zapata. Quería saber qué significaba para él interpretar a mi abuelo”.

A pesar de la resistencia inicial de la productora, Margarita tuvo suerte.

Su llamada tuvo respuesta.

“Marlon Brando me invitó a un restaurante –cuenta aún con emoción en el rostro-. Y cuando estábamos cenando recuerdo que me dijo: ‘Óigame, ¿y qué le parece a usted estar cenando con su abuelo?’. A lo que yo le contesté: ‘No, mejor dígame usted que se siente al estar sentado a la mesa con su nieta’. Entonces, Marlon Brando se quedó mirándome fijamente… Y comenzó a reírse”.

Tras relatar la anécdota con uno de los actores de más reconocidos a nivel mundial, Margarita se levanta del sofá y se dirige en silencio a un pequeño estudio donde tiene una computadora, varias estanterías repletas de libros, fotografías, plantas bien conservadas, un reconocimiento que le otorgaron en España como ‘mujer progresista del año’, y una figura con el rostro de su abuelo.

-¿Cómo cree que se está estudiando hoy en las escuelas la Revolución y en particular a Emiliano Zapata y su obra?

La nieta del General le echa un vistazo de soslayo a la estantería repleta de libros.

Sonríe, irónica.

-En México la historia se escribe a la carta, según la quiera el gobernante en turno y según le convenga al gobierno que esté en ese momento.

“En el Centenario no se honró la memoria de Zapata. Al contrario: una vez más los políticos utilizaron su imagen”

-¿Lo dice por los actos de conmemoración del Centenario, en el 2010?

Vuelve a sonreír. Se cruza de brazos, traga saliva y contesta con los ojos muy abiertos:

-El Bicentenario y el Centenario no fue más que pura pólvora, de eso no queda nada más que esa torre de luz (la Estela de Luz) que es horrible, decepcionante y vergonzante. No se honró para nada la memoria de Zapata. Al contrario, una vez más se utilizó su imagen por parte de los políticos, que llegaron a Anenecuilco, a Chinameca, a Cuautla, a hacer actos y a dar discursos. Pero todo eso fue pura pólvora. Pura jarasca. Además –añade circunspecta-, tampoco teníamos nada que festejar. Es lamentable, pero cierto. No había nada que celebrar –repite, tajante-. Absolutamente nada.

-¿A pesar de la diferencia de contexto que vive hoy México, ve en la actualidad alguna figura política aquí o en América Latina que pueda continuar con la lucha de Zapata?

-Bueno, en América Latina ha habido países en donde se han llevado a cabo proyectos de reforma agraria. Podríamos hablar de Brasil, que aunque aún le queda mucho por hacer puesto que es un país muy grande y con muchísimos campesinos, se está profundizando una reforma agraria que, en mi opinión, sí está muy influenciada por Zapata. Luego también está el caso de Venezuela y Hugo Chávez, aunque la gente está muy desinformada sobre lo que pasa allí. Y también está el caso de Nicaragua, con la revolución sandinista.

-¿Y en Cuba?

-Los Castro también hicieron lo suyo, y bastante, pero es que es otra cosa diferente a lo que quería Zapata. Igual podemos decir de Hugo Chávez, que está haciendo cosas muy buenas. Pero tampoco podemos pensar que ellos van a hacer una copia al carbón de lo que quería Zapata. Porque todos los campesinos no son iguales, ni todos los países tienen el mismo contexto, ni la idiosincrasia de los pueblos es la misma. Cada quien tiene su propia realidad.

-¿Destacaría a alguien de México?

-Yo diría que en México el presidente Lázaro Cárdenas fue el que profundizó la reforma agraria en el país. Y después… ninguno –niega con la cabeza varias veces en silencio-. En este momento no hay nadie que pudiéramos decir que es el continuador o la continuidad del pensamiento y de la lucha de Emiliano Zapata.

-¿Y López Obrador? Él representó a la izquierda en la pasada elección…

-Yo me remito a los hechos –su rostro vuelve a adquirir un aire severo-. Andrés Manuel López Obrador sólo se acuerda de Zapata cuando le conviene.

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A unos centímetros de los labios, Emiliano sostiene un puro de cuya brasa convertida en ceniza flota una neblina

Retrato de Emiliano Zapata expuesta en la Hacienda Chinameca. //Foto: Manu Ureste

fantasmal que le envuelve con formas caprichosas el rostro hasta casi ocultarlo a la vista. A diferencia de otras fotografías en las que aparece vestido de charro, en esta instantánea de primer plano el general luce sobre los hombros un abrigo recio de solapas gris y  un eterno pañuelo blanco que anuda con esmero al cuello.

Sus ojos oscuros y ligeramente achinados miran en un silencio helado a la cámara. Tiene el pelo negro y frondoso, al igual que el vello que le brota a borbotones del mostacho y le esconde por completo el labio inferior y parte de las mejillas. Sin embargo, en los extremos de las pobladas cejas que están a punto de unirse en una sola por un entrecejo ligeramente fruncido ya asoman los destellos del paso del tiempo. Miliano –como lo llama su hermano Eufemio- cuenta apenas treinta y pocos años de edad al momento en que fue tomada la fotografía. Pero a pesar del aspecto pulcro y varonil, el general, que siempre gustó de “mujeres, trajes y caballos, sin importar el orden”, tiene la mirada de un hombre cansado, exhausto.

Desgastado.

-Entre 1914 y 1916 hubo un auge del zapatismo muy fuerte en Morelos y en el centro de México –apunta Édgar mientras camina dejando atrás la máquina de vapor y el tenderete con fotografías a diez pesos en blanco y negro de su bisabuelo-. Pero, como en todo movimiento social y armado –continúa-, siempre hay un desgaste. Y esa fue, precisamente, la táctica que emplearon contra Zapata y su gente: la envidia.

-¿Se refiere a algún caso en particular?

-Me refiero a que al zapatismo lo desquebrajaron matándole a sus hombres de confianza, como Otilio Montaño (autor intelectual junto al propio Zapata del Plan de Ayala) que según fue traidor y terminó ejecutado. Pero, en realidad, todo se trató de envidias porque Montaño era compadre de mi bisabuelo. Y eso fue lo que empezó a carcomer al zapatismo: las rencillas, las diferencias políticas… Y es lamentable, porque fue un movimiento social que inició desde abajo, netamente campesino, y con una visión clara. Sin embargo –suelta un suspiro entre nostálgico y cansado-, al zapatismo le ganó mucho la politiquería. No la política, sino la politiquería.

-Precisamente, fruto de esa envidia y de la politiquería, también llega el asesinato de Zapata…

-Bueno –se lleva la mano al bigote-. Si Zapata no hubiera muerto en Chinameca, creo que lo hubieran aniquilado de todos modos. Sin embargo, esa derrota que tuvo el General el 10 de abril de 1919 fue también su gran triunfo, porque después de que lo mataran renace el mito y esa leyenda de Zapata que aún en la actualidad podemos percibir en las comunidades.

Tras la respuesta Édgar se queda en silencio unos segundos.

-Después de muerto Zapata hizo más obras sociales que cuando estaba vivo –asegura el historiador y a continuación se explica-. Porque cuando vivía estaba muy perseguido por el gobierno y era minimizado por la prensa, como El Imparcial, que hablaba muy mal de Zapata. Además, después de la Revolución y de su asesinato, Zapata puso el sentido social de esa guerra, y esto fue lo que obligó a los gobiernos a voltear a la clase más baja de México.

En la Hacienda Chinameca fue asesinado Emiliano Zapata. //Foto: Manu Ureste

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Las tazas de café están vacías.

Hace un par de horas que quedó atrás el ecuador que divide el día y el sol de la tarde apenas comienza a calentar la ciudad que amaneció fría y nublada.

Frente al lente de la cámara, Margarita Zapata sostiene a cuadro una fotografía de su abuelo y, entre flash y flash, recupera la sonrisa mientras comienza a hablar de la faceta más humana del líder revolucionario a través de los recuerdos de su abuela y su padre, Luis Eugenio Zapata.

“Observa esta mirada –sostiene entre los dedos una fotografía en blanco y negro del General-. Mi abuela siempre decía que yo tengo los mismos ojos que mi padre”.

-¿Qué le contaban de Zapata cuando era niña?

-En casa siempre se estaba hablando de él. Mi abuela nos contaba algunas anécdotas, pero mi padre  no, porque él era una persona muy seria; una persona que al igual que mi abuelo muy pocas veces reía. Eran personas muy metidas en sus trabajos, en su lucha, y creo que no les quedaba tiempo para otras cosas. Sin embargo, mi abuela decía que Zapata era muy cariñoso.

-Y tan cariñoso… ¿Sabría decir cuántos hijos tuvo el General?

Margarita suelta una carcajada que le rasga la mirada.

-Bueno, es que Zapata era un charro muy bien plantado –ríe de nuevo- Y sí, según el recuento de los historiadores eran 28 hijos. Pero recientemente nos han hablado de cuatro más. De manera que tenemos que hacer la investigación. No para encontrarlos, porque probablemente ya habrán muerto, sino para encontrar la descendencia que dejaron.

-¿Y usted, qué les platica de Emiliano Zapata a sus hijos?

-Yo les hablo mucho de su lucha. Pero, más que nada, de lo que les platico es del compromiso que hay que asumir con este apellido. Porque ser Zapata, a veces, es agradable ya que hay mucha gente que siente un reconocimiento por Emiliano Zapata y por su familia. Pero también hay mucha otra gente que no. Así que les digo que ellos tienen que ganarse el respeto y el reconocimiento por sí mismos. Y que si quieren honrar la memoria de Emiliano Zapata tienen que comprometerse –levanta el dedo índice para concluir en el punto donde inició la conversación hace más de un hora-. Porque ser un Zapata es eso: compromiso, compromiso y más compromiso.

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Mural de Zapata en el lugar donde nació, en Anenecuilco. //Foto: Manu Ureste

El camino que separa Cuautla de Anenecuilco, en el municipio de Ayala, es corto: unos pocos kilómetros de carretera rodeada de amplios campos de maíz conducen hacia el interior de esta población con algo más de nueve mil habitantes hasta llegar a una explanada cercada por barrotes, en cuyo interior aún permanece en pie los restos de lo que fue la  casa donde nació y creció el noveno hijo del matrimonio formado por Don Gabriel Zapata y Doña Cleofás Salazar.

“Este lugar tiene un significado familiar histórico muy importante para mí porque en este lugar nació mi bisabuelo -cuenta Édgar Castro Zapata frente a lo que queda de la construcción de adobe-. Y porque, además, me quiero imaginar que en esta casa también los hombres del General tuvieron sus reuniones para preparar la revolución en el sur”.

Tras la breve explicación de la importancia histórica del lugar que pisamos, Édgar cruza los brazos sobre la camisa blanca que viste y aguarda al amparo de una amplia lona que lo protege del sol la siguiente pregunta.

“Películas como la de Alfonso Arau, con Alejandro Fernández, desinforman a la juventud; quieren minimizar a Zapata”

-¿Cómo cree que los jóvenes perciben hoy lo que hizo Emiliano Zapata hace más de un siglo?

-La historia de Zapata ha sido muy manipulada por el Gobierno –sus palabras transpiran irritación-. Por ejemplo, cómo permitieron que se hagan películas sobre Zapata como la famosa de Alfonso Arau, con Alejandro Fernández, que en lugar de informar… ¡desinforman a la juventud! Pareciera que quieren minimizar todo lo que fue Zapata, y entiendo que lo quieran hacer, porque él murió siempre en la lucha. Y sé que si hoy estuviera vivo, el General estaría peleando contra el gobierno.

-Después de tanto tiempo muerto Zapata, ¿aún es un personaje incómodo?

-Sí, históricamente Emiliano Zapata ha sido un personaje muy, muy incómodo. Porque si se desempolva toda la historia que trae consigo y se difundiera como debe ser, las nuevas generaciones entonces tendrían más conciencia, más criterio… Y lo que quiere el gobierno es, precisamente, que no tengan criterio alguno, ni que tomen sus decisiones. Por eso demeritan a los grandes héroes, como Zapata, Morelos o el propio Juárez, que ya lo han querido sepultar muchas veces por instaurar el laicismo en México.

-Pero, a pesar de esa ‘desinformación’ de la que usted habla, sí es común ver a muchos jóvenes en marchas portando banderas con el rostro del General Zapata…

-Sí, pero cuando veo a uno de esos jóvenes con una playera de Zapata… ya lo considero más bien como algo comercial. Lo mismo pasa con el Ché Guevara: muchos jóvenes portan camisetas y gorras pero no saben de la causa social que está detrás de esa imagen. Y Zapata también ha sufrido mucho el manipuleo mercantil. Lo podemos ver, por ejemplo, en la película de Arau que comentábamos anteriormente.

“El neozapatismo de Chiapas desempolvó las banderas zapatistas; pero no veo claro hacia adónde van”

-¿El zapatismo en Chiapas es lo más parecido hoy a lo que inició el General en la Revolución?

-El neozapatismo fue bueno en el 94, porque desempolvó las banderas zapatistas, las puso en el plano internacional, y todos volteamos a ver al mundo indígena que estaba muy olvidado. Sin embargo, del 94 a nuestra realidad yo no veo una mejora en la situación del indígena, y no veo claro hacia adónde van. No obstante, su lucha me parece interesante y tienen todo mi respeto y reconocimiento.

-Más de cien años después, ¿México necesita de otra Revolución?

-A nosotros lo que nos impulsa es la continuidad del Plan de Ayala, pero ya no a través de las armas. Porque hoy nuestra mejor arma son los fundamentos. No podemos estar gritando contra el gobierno sin tener fundamentos. Y en esta dirección estamos trabajando en la Fundación Zapata, para llevar a cabo una guerra de guerrillas cultural y hacerle ver a los gobernantes que seguimos acá.

“Hoy nuestra lucha es una guerra de guerrillas cultural, una revolución de ideas”

Édgar Zapata durante la entrevista con Animal Político en Anenecuilco, junto a los restos de la casa donde nació Emiliano Zapata. //Foto: Manu Ureste

-¿Una guerra de guerrillas cultural?

-Sí, hoy ya no podemos hacer una guerrilla armada porque si no… nos acaban. Dirían que en lugar de zapatistas, somos narcos o terroristas. Por eso lo nuestro hoy es una revolución de ideas.

-¿Y cómo piensan llevar a cabo esa revolución de ideas?

-El lema de Zapata es La tierra volverá a quien la trabaja. Pero ahora el arma para conseguir esto sería la educación, porque después de tantos años el campo en el olvido no creo que en un sexenio todo se arregle. Me vería muy romántico si digo esto. Por eso hoy el lema creo que debe ser La educación es de quien la trabaja, porque esa es una de las herramientas que como jóvenes tenemos para desarrollarnos y sobrevivir en todo este mundo neoliberal que nos ha tocado vivir.

Édgar hace una pausa. Observa de soslayo el paredón que hay frente a los restos de la casa natal de su bisabuelo, en el que una pintura de El Caudillo del Sur rompiendo las cadenas de la esclavitud preside un mural de grandes dimensiones. Mira de nuevo hacia la cámara que lleva más de una hora filmándolo y concluye:

-En la actualidad seguimos en esa espera de que venga un nuevo Zapata, pero ya no como hace cien años. Hoy necesitamos un Emiliano Zapata que debata con ideas, con fundamentos, y ya no con armas.

 

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