Las librerías mueren gordas, panzonas e indigestas
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Las librerías mueren gordas, panzonas e indigestas

Moisés Castillo entrevista esta semana a Enrique Fuentes, "magnífico librero y conversador, pero sobre todo un gran conocedor de la historia de México" que está al frente de una de los establecimientos con más solera del Centro Histórico del DF: la Antigua Madero.
Por Moisés Castillo
17 de noviembre, 2012
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Don Enrique Fuentes es un magnífico librero y conversador, pero sobre todo es un gran conocedor de la historia de México. El acervo notable de su librería  Antigua Madero es el reflejo de sus gustos e intereses literarios, principalmente de autores y asuntos mexicanos. El escritor Adolfo Castañón lo describe como un “hombre con algo de homérico y de cristiano viejo, con algo de gambusino y de viajero que ha logrado, sin aspavientos ni desplantes, mantener viva la noble tradición del libro viejo y no tan viejo en nuestro país”.

Y es que no sólo don Enrique es un “buscón de libros” sino es parte fundamental de una tradición libresca que data de 1951, cuando Tomás Espresate –refugiado español- fundó la Librería Madero y bajo su administración, cada fin de año, hizo algunas publicaciones para obsequiar a los amigos, como Macbeth o el asesino del sueño. Paráfrasis de la tragedia de Shakespeare (1954), del poeta León Felipe; una traducción de José Emilio Pacheco de las Historias naturales, de Jules Renard; o una antología llamada Poesías, de Gil Vicente. La mayoría de los libros estuvieron bajo el cuidado editorial de Vicente Rojo.

Posteriormente, ese oasis de libros empastados del Centro Histórico estuvo a cargo de Ana María Cama hasta que en 1988 fue adquirida por don Enrique, su actual propietario. Fueron momentos difíciles: años de rentas caídas, deudas a más de 25 editoriales, ningún tipo de crédito, un edificio sin mantenimiento, casi la ruina. Pero poco a poco, el oriundo de Huachichil -un pueblo cercano a Saltillo, Coahuila- conoció el arte de olfatear y pescar libros de calidad, primeras ediciones o rarezas como Laurel, una antología de poesía hispánica hecha por Villaurrutia, Paz, Prados y Gilbert publicada por editorial Séneca; o La tauromaquia, de Goya, con 43 grabados del autor.

La historia completa de la mítica librería -que desde el principio tuvo la misión de tener libros joya en sus estantes porque estaba ubicada en la calle de los plateros- y de su dueño se puede disfrutar en Antigua Madero Librería: el arte de un oficio (La Caja de Cerillos Ediciones 2012). Un libro con una edición elegante y perfectamente cuidado; una publicación digna para un hombre sabio, generoso y que ejerce como nadie el don de la libertad.

El “prestador de servicios” como se autodefine, fue office boy –así conoció la Librería Madero-, vagó por el país hasta que llegó a Mazatlán en la Armada de México, después trabajó en la caldera de un barco, estudió sociología, pasó por la Facultad de Ciencias Políticas, entró a Iberia y se pasó a Abreu, la agencia de viajes más antigua del mundo. Se tomó un año sabático hasta que Alba Cama de Rojo, hermana de Ana María Cama, le pidió que le ayudara a “enderezar” la librería. Don Enrique respondió sin titubeos: “Yo la arreglo”…

Por cuestiones económicas, la librería dejó desde hace siete meses el número 12 de la calle Madero para seguir rindiendo culto a la palabra impresa en su nueva sede ubicada en Isabel la Católica 97, casona del siglo XVIII, donde nació el historiador Daniel Cosío Villegas.

-¿Cómo fue su último momento en el espacio que ocupó la librería por 60 años?

El último día fue de entrada por salida acarreando cajas de libros, estanterías, madera y otras cosas. Fue un momento que lo viví con ánimo. Siempre he dicho que gracias a los caseros que intentaron acabar con nuestro sueño, nosotros salimos adelante y nos instalamos prestigiosamente en este lugar donde damos la batalla como siempre en el ámbito del libro.

-¿Qué es ser un librero? Un guía, un cazador de libros…

El ser librero es un oficio. Se adquiere con la práctica, la excelencia se va buscando, pero prefiero anteponer al titulo de librero a lo que me parece más honesto: soy un buen prestador de servicios y así quiero que sean mis colaboradores. Dicen que somos libreros porque nos sabemos algunos títulos de memoria y algunos prólogos de algunos ejemplares como suele suceder.

¿Qué tipo de libros busca para la Antigua Madero?

Básicamente los que aborden temas de México, arte, arqueología, antropología, historia de México, historia de la ciudad, los colaterales que son la gastronomía, la música. Los tiempos ya no se me dan como antaño, las tareas que tengo que realizar las encomiendo a un grupo de proveedores con los cuales tengo contacto prácticamente a diario para ir haciendo una selección del material que considero interesante para mantenerme en esa línea. Un ejemplo: la persona que acaba de llegar es un nuevo funcionario del Gobierno del DF y están buscando material de los últimos años de la ciudad.

-Desde que asumió la dirección en 1988, ¿cuáles han sido los momentos fundamentales de la librería?

Las librerías tienen un fin muy lamentable. Siempre he sostenido que las librerías de esta naturaleza -librerías de fondo- mueren gordas, panzonas e indigestas, ¿por qué? Porque no vendemos todo lo que compramos. Me permito citar a don Gabriel Zaid que hace muchos años publicó un texto que se llamó “Libreros o adivinos”. Como librero pretendo hacer una selección del material y trató de adivinar qué es lo que voy a vender. Compro 10 libros y si vendo ocho dirán que me fue muy bien y el autor dirá “qué bien, se vendieron ocho”. Sí, pero me quedé con dos que empiezan a comer luz, renta, teléfono, nómina. Se van dando circunstancias muy especiales. Las crisis son permanentes en las librerías. (El libro) es un producto que no es de consumo habitual, se satisfacen primero otras necesidades primarias que son el alimento, vestido, techo, y si se tiene afecto e interés por la lectura se consumen libros. No hay un patrón de conducta que nos lleve a decir que somos unos grandes productores de libro cuando en un país de 120 millones se imprimen mil ejemplares de un libro.

-¿Algún día pensó en deshacerse de la librería?

No, nunca lo he pensando. Hubo momentos críticos, por supuesto. El momento en que nos quisieron subir la renta de 40 mil pesos mensuales a 125 mil, vaya que es un episodio crítico pero eso no nos desanimó para buscar caminos y seguir con el sueño. Sin duda, el lugar era emblemático para la ciudad y, sobre todo, muy representativo para los extranjeros. En un país donde se imprimió el primer libro de América todavía existen ejemplos de librerías que pueden a pesar de todas las dificultades.

-En esta nueva etapa, ¿busca introducir algunos cambios o seguirá en la misma línea?

No, seguiremos en la misma línea: arte, arqueología, antropología, historia de México. El libro nuevo no genera las ganancias para hacerle frente a los compromisos del establecimiento. Platicando con una persona que labora dentro de una institución educativa me preguntaba cuáles eran los problemas comunes. Le respondí: los enemigos de las librerías se llaman renta. Un libro que llega a esta librería se compra hoy y se paga mañana. Tiene una existencia susceptible de ser rentable de tres meses, pero en el momento que dura más de tres meses se pierde dinero. Por eso las librerías nuevas desplazan sus libros rápidamente, es pura velocidad.

-En los 60 y 70 había tertulias e intelectuales eran visitantes compulsivos de la librería, ¿a qué se debe que esta tradición lúdica se perdió? Fueron años donde florecieron los “cafés literarios”…

Sí. Normalmente vienen a visitarnos personas con intereses específicos, a lo mejor algunos no son reconocidos públicamente, pero siempre que tienen necesidad de encontrar libros que no están en circulación recurren a nosotros. Yo recurro a mis proveedores para poder armar el círculo y poder conseguir el libro-objeto. Las tertulias de la Librería Madero se dieron como esos espacios donde participaron personajes como León Felipe, José Moreno Villa, Jesús Reyes Ferreira, Augusto Fernández, Luis Buñuel, pero la dinámica de la velocidad con que crece la ciudad, los desplazamientos han hecho que eso ya no exista.

* * *

Don Enrique está buscando minuciosamente un tomo sobre la historia de la Ciudad de México, mientras un cliente espera hojeando otros ejemplares en el mostrador reluciente de madera y vidrio. Una caja registradora y un tocadiscos antiguos funcionan como un ancla que mantiene vivo el espíritu de la librería con más tradición del país: compartir el conocimiento a través de libros joya.

Su amor por los libros nace cuando un tío paralítico lo llevaba a su biblioteca y le ordenaba bajar ciertos ejemplares. Le decía que los libros se deben tocar de cierta manera, tenerles respeto. Cuando ingresó al Seminario Conciliar de Saltillo confirmó la fascinación por los libros al trabajar en la biblioteca y ser lector oficial del seminario. Los de sotana disfrutaban lecturas en voz alta como el Mío Cid.

A sus 73 años no usa ni celular ni mucho menos computadora. Rodeado de 10 mil libros asegura que por nada cambia el placer de leer un libro de papel ante las lecturas modernas vía Ipad. Para un librero y lector experimentado como don Enrique es un mito que en México no se lee, más bien el problema radica en qué se lee. ¿Jordi Rosado? ¿Paulo Coelho? ¿Cincuenta sombras de Grey?

Visita otras librerías como la Centenario en Coyoacán, Teorema en Álvaro Obregón o la llamada A través del espejo donde adquiere algunos ejemplares. No pueden faltar las librerías de Donceles y la Salvador Novo por el rumbo de Universidad. No es nada fácil lidiar con el calificativo de “librería de viejo”, ya que la gente reclama precios irrisorios por un ejemplar único e interesante.

Dice que a un lector incipiente le recomendaría leer La visión de los vencidos; luego Cartas de relación, de Hernán Cortés; La Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. También documentos de orden prehispánico que subsisten y de esta manera ir conformando una idea y un cariño por esto que todavía podemos llamar México a pesar de los embates.

La Antigua Madero está más viva que nunca. La cerradura defiende su reposo. O como afirma el poeta y ensayista José María Espinasa cuando se enteró de la mudanza de la Librería Madero a Isabel la Católica 97: “los edificios que caminan son, para el animal urbano, tan inquietantes como los árboles que lo hacen: todo lo sólido se desvanece en el aire. Caminar es, sin embargo, mejor que desaparecer”.

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Chile vota en plebiscito histórico: 4 claves para entender qué está en juego

La votación definirá el destino político institucional de Chile para los próximos años. Más allá del "apruebo" o "rechazo", varios analistas explican qué está en juego.
25 de octubre, 2020
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Por primera vez en la historia de Chile, este 25 de octubre se pregunta a la ciudadanía si aprueba o rechaza la redacción de una nueva Constitución.

El referendo chileno, aprobado en un acuerdo político en el Congreso tras un ciclo de manifestaciones que comenzó con las marchas estudiantiles el 2006 y culminó en octubre del 2019, definirá el destino político institucional de Chile en los próximos años.

De ganar el “apruebo”, será la primera vez desde 1833 que la Constitución es redactada por una convención ciudadana elegida en votación popular.

Qué está en juego en el referéndum, más allá del “apruebo” o “rechazo” y del tipo de convención que eventualmente surja para redactarla es lo que responden a BBC Mundo aquí analistas chilenos y latinoamericanos.

1. Generar una Constitución “sin traumas”

Pese a que sufrió numerosas reformas, la Constitución vigente hasta hoy en Chile fue redactada y aprobada en 1980 bajo el régimen militar del general Augusto Pinochet y, según afirma el politólogo Gabriel Negretto, “simbólica y políticamente, nunca superó ese defecto congénito”.

Por eso, lo que está en juego en el proceso constituyente que podría comenzar con el triunfo del “apruebo” es la legitimidad de origen de una eventual nueva Constitución para Chile, le dice a BBC Mundo Negretto, quien ha sido consultor de Naciones Unidas en procesos de reforma constitucional en distintos países latinoamericanos.

Augusto Pinochet votando en el referéndum en 1980.

Getty Images
La Constitución vigente fue aprobada y redactada durante el gobierno militar del general Augusto Pinochet.

“¿Qué rodeó a la Constitución de Pinochet?: que nació de un acto de fuerza, de violencia; que se hizo en un clima de miedo, de terror”, describe el académico. “Para marcar un contraste con el origen de la vieja Constitución, la nueva debe nacer de un amplio respaldo ciudadano y en un entorno pacífico”, precisa.

“En ese sentido, hay un llamado a la atención de quienes apoyan el ‘apruebo’ de llamar a la calma… El estallido social, que incorporó gran cantidad de demandas legítimas, también estuvo asociado a actos de violencia injustificados que hasta hoy no están claros. No se puede eliminar toda la violencia, pero tiene que quedar claro que corresponde a grupos aislados”, plantea.

Para que Chile efectivamente cuente con una Constitución que no arrastre los traumas de la actual, argumenta Negretto, se requiere además que una de las dos opciones gane por una mayoría suficientemente amplia y en una votación con una participación importante, ojalá mayor a los promedios de las últimas elecciones chilenas.

“No es lo mismo un referéndum como el que se hizo por el acuerdo de paz en Colombia que uno sobre las reglas fundamentales con las que queremos vivir como sociedad, como se definirá en Chile. En este caso, si la diferencia entre la opción que gana y la que pierda es pequeña, es problemático”, advierte el académico.

“Sería un mal comienzo que el ‘apruebo’ ganara por un margen pequeño: el trauma que vive Chile respecto a los legados de la dictadura provienen del plebiscito de 1988, cuando la dictadura militar terminó cediendo la transición a la democracia con un altísimo poder político (el “Sí” a Pinochet obtuvo un 43% y el “No” un 54.7%). Aquí no debe quedar duda de la posición mayoritaria”, sostiene Negretto.

Simpatizante de la opción de "apruebo", durante una manifestación.

Getty Images
El estallido social de octubre de 2019 incorporó entre sus demandas la redacción de una nueva Constitución.

“Si el resultado fuera 51 para el ‘apruebo’ y 49 por el ‘rechazo’, estaría muy preocupado por el futuro de Chile”, agrega Negretto.

“Porque eso querría decir que el cambio constitucional no lo rechaza una minoría, sino la mitad de la población. Y eso es preocupante en un contexto polarizado, porque aquí no hay medias tintas: se cambia la Constitución o no”.

2. Recuperar legitimidad de la política

Vicky Murillo, directora del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Columbia en Nueva York, precisa que el plebiscito en Chile emergió como respuesta a la movilización social, “síntoma de la crisis de representación del sistema político” en el país.

“La toma de la calle y los gritos buscaban que los políticos escucharan a la ciudadanía, incluso cuando esta demanda de atención requiriera romper la puerta del salón donde se toman las decisiones, como dice la canción de ‘Hamilton'”.

La académica se refiere a “The room where it happened” uno de los temas del popular musical estadounidense que describe las negociaciones secretas donde la élite negocia fuera del ojo de la opinión pública, una práctica que en Chile se describe como “la cocina”.

“Es importante recordar las expectativas que conlleva el proceso constituyente y la importancia de mantener esa puerta abierta. Esto implica que no solo el resultado, sino también el proceso constitucional será clave para la recuperación de la legitimidad política”, dice Murillo.

De ganar el “apruebo”, la politóloga advierte que es importante “asegurar la entrada de nuevos actores como agentes de representación ciudadana y, al mismo tiempo, que tanto viejos como nuevos representantes garanticen su atención a la ciudadanía incluso cuando no grite o esté en las calles”, dice.

Disturbios durante una manifestación en el aniversario del inicio de las protestas antigubernamentales.

Getty Images
El pasado 18 de octubre se cumplió un año del inicio del estallido social en Chile.

¿Cómo lograr ese objetivo? Estableciendo una conexión humana, basada en la empatía y la experiencia compartida, propone.

“Que la ciudadanía se reconozca en sus representantes y pueda confiar en ellos. El proceso no podrá ser participativo hasta las últimas instancias, requerirá de esperas, y puede involucrar errores. Por ello, la confianza en quienes están en el salón donde se tomen las decisiones depende tanto de una puerta abierta como de la empatía entre estos y quienes han estado ya por demasiados años pidiendo ser oídos”, describe la politóloga.

3. Redistribuir poder y bienes públicos

“Las constituciones definen las reglas del juego”, describe Miriam Henríquez, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Alberto Hurtado.

“La etiqueta mayor que yo pondría al proceso chileno sería la opción de cambiar las reglas del juego sobre la distribución del poder y los bienes públicos valiosos para la existencia de toda la sociedad. No sólo los derechos civiles, las libertades, también los sociales, como agua, vivienda, educación”.

Henríquez plantea que, si se lleva adelante el proceso constituyente, una de las opciones es que se remuevan los obstáculos que hoy impiden cambiar algunas políticas públicas en Chile a través del Congreso. Bajo la Constitución actual, incluso si una ley es aprobada por una súper mayoría parlamentaria, puede ser impugnada ante el Tribunal Constitucional (TC).

“Si uno establece en la Constitución que los asuntos se regularán por ley simple, por ejemplo, y se modifica el TC, el efecto será que los cambios de políticas públicas serán más sencillos”, dice la académica.

Partidarios de la opción del "rechazo".

Getty Images
En la opción del “rechazo” también hay personas que creen que se necesitan cambios profundos.

“El ‘rechazo’ supondría que la ciudadanía no tiene voluntad de cambiar la Constitución, porque las cosas como están, están bien. Pero eso no obsta que se pueden hacer reformas. Hay personas del ‘rechazo’ que creen que se necesitan cambios profundos y se han comprometido a emprenderlos”, dice Henríquez.

“La diferencia es que en el apruebo hay un itinerario, un camino claro, un órgano específico. Las reformas que se hicieran en el caso del ‘rechazo’, se harían a través del actual Parlamento, y los cambios no tendrían tanta legitimidad como los que tendría un órgano especialmente elegido para ello”, agrega.

“Es posible que una nueva Constitución se parezca bastante a la actual, y las expectativas pueden quedar frustradas, pero insisto en la importancia del hecho de sentarse a conversar. Esa diferencia ya debería satisfacer muchas expectativas: tener un pacto social que sintamos propio”, concluye.

4. Generar un proceso constituyente único en Latinoamérica

Tanto la realización del plebiscito como el proceso constituyente que derive de sus resultados se normarán por la Constitución vigente, que fue especialmente reformada por el Congreso con este fin. Eso marca una de las diferencias del referéndum constitucional chileno con otras experiencias latinoamericanas.

“No es tan habitual que una Constitución vigente se modifique para su reemplazo. Es excepcional que Chile siga este cauce, este proceso, con procedimientos y plazos establecidos. Y es un desafío máximo que los cumplamos”, precisa Henríquez.

Trabajadora del Servicio Electoral chileno, durante un ensayo para el referendo.

Getty Images
El referendo tendrá lugar siguiendo las restricciones impuestas por la pandemia de coronavirus.

Además, en este caso no es el gobierno el que definirá el cambio constitucional ni el órgano que podría redactar la nueva Constitución, sino la ciudadanía.

“En Chile, además, no hay una fuerza hegemónica que se imponga en el debate. Varios de los procesos latinoamericanos han sido marcados por la existencia de fuerzas políticas muy preponderantes, donde se impone una mayoría. Eso no ocurre en Chile porque las fuerzas están fragmentadas. Y eso, que podría ser complejo y lo es, nos obliga a hacer pactos” dice la politóloga.

“Cada proceso en Latinoamérica tiene algo que lo hace único. En el caso chileno que todas, o gran parte de las fuerzas políticas hayan acordado un cauce institucional a la crisis es algo que lo hace único”, remata Henríquez.


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