¿Cerveza o vino? ¿Cómo escogemos qué beber?
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¿Cerveza o vino? ¿Cómo escogemos qué beber?

Cada quien tiene una bebida favorita. ¿Pero qué nos hace preferirlas? ¿Están nuestros hábitos en materia de bebidas siendo manipulados en forma inconsciente?
Por Anna-Louise Taylor
24 de diciembre, 2012
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Beber es uno de esos pequeños placeres de la vida, una expresión de lo que deseamos, de nuestra libertad. Un poquito de abandono en una copa. Claramente valoramos nuestro derecho a beber algo que nos gusta. Es la razón por la que la Ley Seca fracasó en forma espectacular en Estados Unidos.

Pero me he enterado de algo que podría quedarse atorado en nuestras gargantas colectivas: las bebidas que elegimos generalmente no son, de hecho, de nuestra elección. Aún peor, a veces somos manipulados constante e inconscientemente para que bebamos algo que otro quiere que bebamos.

Éstas no son habladurías de borracho. Es una conclusión que se ha estado destilando en un número de fríos y sobrios estudios científicos sobre lo que influye sobre nuestro comportamiento en materia de bebidas.

Paleta de colores

Tales estudios muestran que nuestras decisiones son influenciadas en forma subconsciente por todo, desde el color de una bebida, hasta su nombre, el precio y el ambiente del bar en que la consumimos.

Incluso la forma del vaso en que la cerveza o el vino son servidos influye en la velocidad con que bebemos. Y la industria del alcohol juega con estos factores. Al hacerlo, juega con nosotros, dejándonos mareados en el proceso.

A primera vista, es difícil entender cómo puede deslumbrarnos el color de una bebida. La ginebra es transparente, la cerveza es color ámbar, el vino tinto es rojo. La evidencia está a la vista.

Pero el color de una bebida afecta la percepción que tenemos sobre su capacidad para aplacar la sed, según un estudio publicado en la revista especializada Food Quality and Preference Journal. Y esto, a la vez, puede cambiar según el vaso en que la contiene.

Para probarlo, los investigadores sirvieron bebidas en vasos de distintos colores. Cuando se pidió a un grupo de sujetos que escogieran su preferido, un número significativo optó por vasos azules o verdes. Los colores “fríos” fueron considerados más efectivos para satisfacer un cuerpo sediento.

Esto explica por qué muchas de las mezclas baratas conocidas como “alco-pops” son azules o verde brillante.

Hasta el hecho de que el nombre de la bebida incluya un color, como “coctel pájaro azul” o “azul eléctrico”, nos atrae.

Nuestra percepción del sabor también se ve afectada por un tema de tonos. Esperamos sabores diferenciados de frutas de colores, como el tomate en un bloody mary.

Más caro, ¿mejor?

El precio es otro elemento que podría estarnos jugando una trastada a la hora de elegir qué beber.

Mientras más cara cuesta una bebida, más se elevan nuestras expectativas. Parece natural: si pagamos más por una champaña esperamos que sepa mejor.

Pero la investigación científica muestra que esto no siempre es así. Un estudio de la Universidad de Stanford y el Instituto de Tecnología de California (aparecido en la publicación National Academy of Sciences) concluyó que nuestra apreciación de una botella de vino se ve afectada directamente por cuán costoso nos dicen que es, más que por su precio real.

Así, tendemos a creer que el vino caro es mejor, sin importar si en verdad lo es. Eso nos deja vulnerables a la explotación.

No sólo serían quienes fabrican bebidas alcohólicas los que estarían jugando un poco con nosotros, sino también aquéllos que nos las sirven.

La forma de un vaso de cerveza influye en la velocidad en que la tomamos, según una investigación realizada por la Universidad de Bristol.

Un vaso curvado dificulta percibir cuánto líquido queda adentro, así como darse cuenta de cuándo se ha tomado más de la mitad. En consecuencia, bebemos más rápido.

Otro estudio encontró que los vasos cortos y anchos producían un efecto similar. Con éstos es más difícil juzgar el volumen, así que servimos más en ellos que cuando usamos copas delgadas y altas.

Del mismo modo, complica controlar el ritmo de bebida. De hecho, hace que uno se pregunte quién está marcando ese ritmo, si uno o quien fabricó o sirvió el vaso.

También bebemos lo que oímos

Pero los “manejos” de nuestro amigo el barman no terminan allí. Algunos locales lucen descuidados, apenas un montón de mesas y sillas desperdigadas anárquicamente, y nos encantan por su “carácter”. Otros responden a un diseño cuidadoso, con paredes pintadas de cierta manera, videos y música.

Suele no tratarse de una casualidad, porque el ambiente de los sitios donde bebemos afecta cómo bebemos. Dueños y diseñadores lo saben.

Un estudio publicado en la revista Food Quality and Preference mostró que tocar música latina impulsa inconscientemente a la gente a escoger bebidas que “suenan” latinas, como piña colada, margarita o cerveza.

Los bares que parecen “fríos”, por ejemplo, gracias a un video de un iceberg proyectado en la pared o a muebles azules, nos hacen optar por bebidas calientes, como café, té o chocolate.

Prácticamente no hay escape. Beber en casa, lejos de estas influencias ubicuas y penetrantes, implica ir al supermercado o licorería por nuestra bebida favorita.

Los dueños de las tiendas colocan el alcohol estratégicamente en las estanterías para llamar nuestra atención y limitar nuestras opciones.

“Se ha convertido algo común la venta de vino junto a comidas de microondas o en los refrigeradores de comidas listas para llevar”, dice una organización británica dedicada a enfermedades del hígado, British Liver Trust, en un informe sobre alcohol.

“Esto envía un mensaje subliminal al trabajador ocupado o al comprador en el sentido de que podría -y que de hecho es normal- consumir alcohol con la comida. ‘Vamos, has tenido un día duro, lo mereces’, dice”, señala el informe.

Según el centro que monitorea el mercado de alcohol en Europa, la manipulación ahora se está extendiendo a los niños.

Fabricantes de bebidas están añadiendo sabores alcohólicos a comidas destinadas a menores de 18 años.

La idea es que se familiaricen con el sabor. Y al asociar así marcas con gustos, los fabricantes crean lealtad hacia marcas de alcohol mucho antes de que se hayan iniciado en el campo de la bebida.

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Elecciones en EU: los votantes a quienes no les gustan ni Trump ni Biden

A medida que aumentan los esfuerzos para convencer a los votantes indecisos, no todos están contentos con la opción que se les ofrece.
13 de septiembre, 2020
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Post it con caras tristes y una pregunta

Getty Images
No todos están contentos con los candidatos a las elecciones de Estados Unidos.

En la recta final de una elección polémica en Estados Unidos, los partidarios de Donald Trump y Joe Biden están haciendo un último esfuerzo para mostrar su respaldo y convencer a los votantes indecisos.

Pero no todo el mundo está contento con las alternativas que se les ofrecen.

A menos de dos meses para el final de la campaña, los dos partidos principales han promocionado la contienda de noviembre como “la elección más importante de nuestra vida” y anunciaron récords de recaudación de fondos en las últimas semanas.

Los observadores políticos predicen un gran aumento en la participación general, pero muchos votantes aún no están seguros de si votarán por el presidente en funciones Donald Trump, el candidato demócrata Joe Biden o por cualquier otra persona.

Estoy desilusionado con esta elección”, dice Samian Quazi, un enfermero psiquiátrico de 32 años de edad residente en Houston.

“Realmente no tenemos buenas opciones. Ninguno de los candidatos está abordando realmente ningún problema ni ofrece ninguna esperanza para que este país mejore la vida de las personas”, añade.

Imagen de promoción con Joe Biden y Donald Trump

BBC
Ni Joe Biden, ni Donald Trump

Quazi ha votado regularmente en elecciones anteriores. Dijo que lo hizo por los candidatos del Partido Demócrata en las elecciones presidenciales de 2016 y los comicios de mitad de período de 2018, pero se ha vuelto desconfiado después de ver perder a su candidato preferido, el izquierdista Bernie Sanders, en las primarias del Partido Demócrata a principios de este año.

“Fue un ejemplo de los poderes fácticos que controlan el acceso a los medios en este país sin querer ver amenazados sus intereses económicos”, analiza.

Me pregunto si Estados Unidos todavía está tratando de ser una democracia, cuando en realidad es una plutocracia”, dice Quazi.

“Cuando se trata de cambios económicos y estructurales reales que posiblemente podrían amenazar el control que tienen sobre nuestro país, hay una reacción dura y expulsan a cualquiera que materialmente pudiera cambiar nuestras vidas”, opina.

Poca participación

La desconexión política en Estados Unidos ha llevado a bajas tasas de participación de votantes en relación con el resto del mundo, en elecciones recientes en el rango del 50-60%.

Pegativas de Yo voté en inglés.

Reuters
La participación de la gente en las elecciones en Estados Unidos es baja en comparación con otros países.

La participación general de votantes entre los países de la OCDE es de aproximadamente el 70% e incluso muchos países en desarrollo tienden a ver tasas de participación más altas que las observadas en la mayoría de las elecciones estadounidenses.

Aproximadamente el 64% votó en las elecciones de 2008 entre Barack Obama y John McCain, pero la participación cayó a un mínimo de 20 años durante las elecciones de 2016 a solo el 55%.


Candidatos de otros partidos para las elecciones presidenciales de 2020

Jorgensen_Hawkins_West_De-La-Fuente_Blankenship

Getty/Reuters
  • Jo Jorgensen, Libertarian Party (Partido Libertario)
  • Howie Hawkins, Green Party (Partido Verde)
  • Kanye West, Birthday Party (Partido Fiesta de Cumpleaños)
  • Rocky De La Fuente, Alliance and Reform Parties (Partido Alianza y Reformas)
  • Don Blankenship, Constitution Party (Partido de la Constitución)

Según un estudio publicado en febrero por la organización sin fines de lucro Knight Foundation, de tendencia izquierdista, casi la mitad de los votantes elegibles, o cerca de 100 millones de personas, no participan en las elecciones.

“Es un grupo muy grande y es la mitad del país, por lo que es diverso”, dijo Eitan Hersh, profesor asociado de ciencias políticas en la Universidad de Tufts y asesor académico del informe de la Fundación Knight.

“La falta de compromiso tiene que ver con que la gente no se sienta conectada con el sistema electoral y no piensa que es importante“, agrega.

Algunos países con mayor participación, como Bélgica y Chile, implementaron alguna forma de voto obligatorio, que tuvo un impacto dramático en la participación.

Un hombre con mascarilla inserta su voto en un buzón del correo para las elecciones en Estados Unidos.

Reuters
Existen varios factores que hacen que la gente vote menos en Estados Unidos.

Otros, como Australia y Alemania, han conquistado a nuevos votantes mediante el registro automático de votantes u otro tipo de iniciativas.

En Estados Unidos, sin embargo, votar y registrarse para votar son más una responsabilidad individual.

Durante las últimas décadas, muchos estados han dado prioridad a mejorar el acceso a las urnas, lo que incluye permitir el registro de votantes el mismo día, mantener abiertos los lugares de votación por más tiempo y ampliar las opciones de votación anticipada o por correo.

¿Por qué la gente no va a votar?

Según Hersh, la enorme importancia que se le da a mejorar el acceso de los votantes y a eliminar otras barreras estructurales no tiene un impacto significativo en la participación de los votantes.

Las razones de por qué hay bajas tasas de participación “tiene mucho más que ver con lo que le importa a la gente y lo que los motiva”.

Él predice que, a medida que la política en Estados Unidos se vuelve más nacionalizada y partidista, más personas pueden desvincularse del proceso político.

“Solía ocurrir que los votos para una legislatura estatal no estaban muy correlacionados con los votos para presidente, porque son temas diferentes”, describe.

Partidarios de Trump y Biden.

Reuters
Hay estadounidenses a quienes no les gustan ni Trump ni Biden.

“En esta era votar por alguien que se postule para el concejo municipal podría ser un referéndum sobre Trump en la cabeza de la gente”, opina.

Señala que hacer de la política una lucha entre el bien y el mal está desvinculado de la realidad de dirigir un gobierno.

Mucha gente simplemente no está interesada. Al igual que en cualquier deporte, cuanto más se centra en una rivalidad, más divertido es para las personas a las que les gusta ese deporte, pero a otros les parece una parte extraña de la vida que no es para ellos”, compara.

“Votar de buena fe”

Hrant Papazian, de 52 años, es una de esas personas a quienes no le interesa ir a votar

Como inmigrante armenio que creció en el Líbano durante una guerra civil que duró tres décadas, Papazian cumplió 18 años en California y ha vivido allí desde entonces, pero nunca ha votado.

Afirma que votar puede hacerte sentir bien y empoderado, pero cree que el status quo siempre permanecerá intacto.

“No tengo ganas de seguirle el juego. No creo que alguna vez se nos ofrezcan candidatos que estén interesados en la salud de la sociedad. No puedo imaginar que el sistema produzca políticos por los que yo pueda votar de buena fe”, afirma.

Hrant Papazian

Courtesía Hrant Papazian
Hrant Papazian no confía en el sistema político.

Papazian, que trabaja como profesor de informática de secundaria, sabe que su opinión sobre la votación suena radical, pero se mantiene firme en su resistencia a un sistema político que, según él, está en declive.

Se supone que la democracia mejorará, pero creo que es lo contrario, empeora con el tiempo. Y cuanto más grande es el país, más heterogéneo es, menos sostenible es. Nos estamos dividiendo en tribus más pequeñas y eso hace nos sea más fácil de controlar y mantenernos en este camino que va cuesta abajo lentamente”, analiza.

“La única forma de lograr un cambio real es que boicoteemos”, sugiere.

“No habrá grandes cambios”

Algunos votantes primerizos ya están desilusionados con el sistema.

Grace Link, de 20 años, es una estudiante universitaria de Wisconsin. Quiere votar en su primera elección presidencial, pero no está contenta con sus opciones.

“Es muy fácil ver cuando el dinero y el poder dentro de un partido entran en juego para callar a los jóvenes”, advierte.

“Básicamente, nos sentimos culpables de votar por Joe Biden y por quien elija el Partido Demócrata cuando, durante la temporada de primarias, los jóvenes fueron ignorados de manera abrumadora“, asegura.

Grace Link

Courtesía Grace Link
Grace Link dice que no hay representación para los jóvenes.

Link argumenta que la nominación de Joe Biden refleja un sistema que prioriza las necesidades de los votantes blancos de clase alta por sobre otros, incluidos los votantes jóvenes con una creciente deuda de préstamos estudiantiles como ella.

“Gran parte de su discurso, especialmente hacia los jóvenes, es que pueden empujar (a Biden) más a la izquierda, mientras que con Trump no pueden hacerlo. En el corto plazo, los próximos cuatro años pueden ser mejores, pero en el largo plazo, no habrá grandes cambios“, concluye.


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