Pedro Miranda, un fotógrafo invidente
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Pedro Miranda, un fotógrafo invidente

Se trata del artista plástico ciego más importante de nuestro país; a partir de este jueves "La Novia Loca" se exhibe en la Galería Espacio Alternativo del Centro Nacional de las Artes
Por Érika Flores
18 de enero, 2013
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“Yo tengo quince años de trayectoria, soy artista plástico, me llamo Pedro Miranda y no soy ciego”. En el Centro Nacional de las Artes sólo estamos él, la Novia Loca y yo.  A unos metros de ahí un amigo suyo sostiene el bastón metálico color rojo con el que Pedro se abre paso ante la vida y mis preguntas.

Sorprendentemente este fotógrafo invidente rompe el esquema: no lleva gafas negras, traje oscuro, zapatos de vestir y ni remotamente es tímido. No. Pedro  viste pantalón de moda color guinda, mocasines de igual tono, playera negra con una cobra al frente, saco estampado con manchas de leopardo, corte de mohicano, algunos rizos morados y aretes que hacen juego. Con franqueza me dice que le caigo bien y le creo porque se confiesa “el término ciego se contrapuntea conmigo, en Oaxaca -mi tierra- no me consideran así; incluso mis amigos dudan que lo sea. Allá me conocen más por mi trabajo pero también porque soy un hijo de la chingada”.

Hasta los doce años él veía perfectamente el mundo y a su madre embarazada, pese a la miopía que lo acompañaba; de alguna manera se acostumbró al aumento de graduación en sus lentes aunque a los trece comenzó a desarrollar debilidad visual severa, misma que a los pocos años se convirtió en una neuropatía óptica irremediable. Los médicos de Salina Cruz sabían más de las causas de esta enfermedad que del tratamiento; las probables razones fueron herencia judía, una infección mal tratada o un golpe fuerte; y Pedro tenía las tres.

Entonces, narra, hizo un movimiento que califica como inteligente. “Decido, no sé si de manera tonta, aprender a ser ciego antes de serlo en verdad; con la esperanza de que la ceguera no me envolviera a mí sino que yo pudiera dominarla antes que llegara a mi vida” explica. Aunque aún veía bultos y sombras Pedro aprendió a desplazarse con bastón, leer braille así como usar el ábaco; por eso no recuerda con exactitud el momento real en que perdió la vista. Con desenfado me cuenta un secreto “siempre que me preguntan en las entrevistas cuándo ocurrió les digo que a los diecisiete; pero la verdad lo hago para salir del paso”.

 

Desnudos artísticos

Miranda conoció artistas, creadores emergentes y alumnos con trayectoria en el arte durante su trabajo en la biblioteca Jorge Luis Borges. Dice que con el tiempo se hizo amigo de muchos de ellos quienes después le ofrecieron convertirse en modelo de algunas de sus obras; quizás les llamó la atención su vestimenta de aquel entonces basada en textiles indígenas tradicionales, cargados de flores, colores, bordados en algodones y sedas de  Chiapas, Yucatán, Oaxaca. Sin embargo Pedro recuerda que lo más llamativo era su cabello negro, rizado y largo a la altura de las nalgas; ese que modeló en los foto desnudos para los que posó pues le decían que se veía espectacular.

Después eligió estar del otro lado y comenzó su educación artística en fotografía, escultura, cerámica prehispánica y japonesa; ikebana, litografía y grabado. “En estos talleres comienzas directo con el material, todo es práctica, no tuve que usar braille ni apoyarme en grabadora para las clases” me explica. Le advierto entonces de la obviedad de la siguiente pregunta, aunque comprende la necesidad de hacerla.

-¿Con qué ves cuando trabajas? ¿Cuáles son tus ojos?

Por segundos calla y se repite la pregunta a sí mismo, para responder:

-En cuestión de fotografía yo siempre digo que no soy fotógrafo ciego. ¿Cómo lo hace un ciego? ¡Quién sabe! Yo lo hago como cualquier fotógrafo pues evidentemente conozco el espacio donde trabajo ¿En qué momento disparo? ¡Pues en el momento que yo quiero! ¡Aunque suene idiota! Todo artista dispara la cámara cuando quiere. En mi caso es cuando hay una emoción porque antes de ser fotógrafo soy un ser humano con necesidad de comunicar.

 

La Novia loca

Ésta es su primera exposición individual en la Ciudad de México y Pedro trabajó en ella durante once años. Se conforma de doce fotografías en blanco y negro seccionadas y recompuestas como un textil de bastidor. Cada imagen narra la leyenda oaxaqueña de San Raymundo Jalpan que a la letra dice “luego de que un sismo derrumbara completamente la Iglesia del lugar el día de su boda, todas las noches se observa la figura de una mujer vestida de novia que aparece para buscar al amor de su vida entre los escombros abandonados”.

Antes de realizar la sesión fotográfíca, Miranda conoció el lugar y lo recorrió en diferentes momentos para saber dónde se encontraba cada piedra, los muros, la Iglesia, los panales de avispas… Mantener comunicación constante con la modelo -quien es también su amiga-, le facilitó saber en qué momento debía disparar. “Me guío por el oído y la palabra, para hacer el click siento y platico con la modelo; estábamos en un ambiente muy relajado, los dos solos, en una iglesia, rodeados de terrenos de milpas. Fue muy íntimo” detalla el artista.

Cada fotografía mide metro y medio de largo por metro de ancho; debió ser cortada en líneas horizontales de un centímetro de ancho que después Pedro entre tejió con hilo como si estuviera en un telar. “Por eso afirmo que La novia loca es una exposición que no esta hecha por un ciego porque luego la gente dice ¡ay qué bonito! ¡Lo hizo un ciego, lo voy a invitar a mi casa para que aprenda a trabajar con fomy!” dice en tono burlón.

Pedro mueve con insistencia su pierna derecha, luego la izquierda, de nuevo la derecha… Dice que en realidad es un treintañero muy nervioso, ansioso, obsesivo. Y jura que en su trabajo ésta última está presente; me enlista las razones: 150 líneas por cada foto, 300 hilos para unirla, es necesario entonces tejer lento. ¿Lo hizo solo? No, la verdad es que siempre recibe ayuda de sus amigos que constantemente lo visitan en su casa y -por decirlo de alguna manera- lo guían u opinan sobre su trabajo. El problema es que Pedro se percató de que esas opiniones terminaban por convertirse en instrucciones. Con gracia y muchas risas, el artista narra que siempre le corregían “está chueco, está mal, le falta aquí, le sobra allá”. ¿Solución? Pedro enumeró en orden progresivo y a su modo las líneas de cada foto; así cuando sus amigos llegaban a verlo y le hacían cualquier comentario él les respondía “¡mira! ¡ve los números y deja de estarme jodiendo!”. Sólo así, dice, pudo sacudirse de la histeria del resto del mundo.

Esta experiencia, subraya, le permitió entender que en su trabajo ver es equivalente a una discapacidad pues asegura que hay muchas técnicas artísticas en las que la visión pasa a segundo término.

Los próximos proyectos de Pedro Miranda son fotografía análoga y esculturas hechas con cristal.

“Me siento como cualquier artista y para las personas que son fotógrafos ciegos, no deberían poner su discapacidad dentro del título profesional. ¡No es extraordinario ser fotógrafo ciego! Quienes lo piensan así deberían reconsiderar que este trabajo se hace en la oscuridad, entonces yo no le veo lo extraordinario”.

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Países como Colombia o México 'no tienen alternativa' a seguir con la guerra contra las drogas: expresidente Rafael Pardo

El colombiano Rafael Pardo fue uno de los políticos que tuvo que lidiar con la lucha contra el tráfico de narcóticos, una guerra dirigida por Estados Unidos que, según él, países como Colombia o México no tienen otra opción que acoger.
21 de junio, 2021
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Han pasado 50 años y la guerra contra las drogas sigue sin ganarse.

Este mes se cumple medio siglo desde que el entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, declarara una lucha frontal contra el tráfico ilegal de estupefacientes.

Una política interna de Washington que marcó profundamente a Colombia, México y otros países de América Latina.

El político colombiano Rafael Pardo es quizá una de las personas que más de cerca vivió esa guerra en la región.

Con 30 años entró al gobierno como consejero de paz y entre 1991 y 1994 fue ministro de Defensa durante el gobierno de César Gaviria.

Desde ahí tuvo que enfrentar al poderoso cartel de Medellín, al mando de Pablo Escobar. En esos años el narco fue detenido como parte de una amnistía, se escapó de la cárcel y mantuvo una lucha violenta contra el Estado que dejó cientos de víctimas y terminó con su muerte en 1993.

Rafael Pardo

AFP
Rafael Pardo ha sido miembros del establecimiento político durante décadas en Colombia, pero además ha sido escritor de varios libros, entre ellos “La guerra sin fin”.

Pardo luego fue periodista, candidato a la presidencia y a la alcaldía de Bogotá, ministro de Trabajo y ficha clave del proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Su libro “Guerra sin fin” sobre el tráfico de narcóticos se publicó el año pasado por la editorial Planeta.

A propósito del aniversario del anuncio de Nixon, Pardo habló con BBC Mundo.


Usted hizo parte fundamental del establecimiento político que luchó contra el narco durante décadas. ¿Cree que se equivocaron en algo?

En los años 80 ya había pasado el boom de la marihuana y empezaba el de la cocaína. Los carteles estaban en auge. Hoy ya no existen. Pablo Escobar y su cartel de Medellín ya no están y el cartel de Cali fue extraditado.

Cuando era ministro de Defensa, entre el 91 y el 94, fumigamos la amapola y Colombia hoy es un productor marginal de ese producto base para la producción de heroína.

La prioridad era librarnos de narcoterrorismo y nos libramos.

¿Tenían o tienen países como Colombia o México una opción distinta a seguir y apoyar la política antidrogas de Washington?

Nuestros países no tenían ni tienen alternativa a seguir con la guerra contra las drogas.

Es clave, antes y ahora, estar en sintonía con Estados Unidos, porque su influencia nos marca en todo sentido: económico, militar y político.

Y en este gobierno (de Estados Unidos) de Joe Biden no se muestra ningún signo de cambio.

¿Qué impacto tuvo el narcotráfico en la economía colombiana?

La revaluación del peso es uno, y eso le restó competitividad a la economía legal, porque quitó los incentivos para exportar. Colombia sería un país más próspero si no hubiera narcotráfico.

El dólar callejero está tradicionalmente más bajo que el dólar en las casas de cambio o en los bancos.

Pero además hay un efecto cultural. La riqueza fácil, la idea de que todo vale para enriquecerse, marcó a este país. Hasta en los colegios hay cierta admiración por los narcos.

El narcotráfico ha sido una desgracia para Colombia.

Campesino cocalero

AFP

Sabemos que no solo en Colombia, sino en Perú y México, importantes dirigentes políticos recibieron dinero de esa industria. ¿Hasta qué punto el narcotráfico se convirtió en un eje de la política?

Hay un ejemplo en Colombia que prefiero no nombrar. Mejor sí lo nombro: Ernesto Samper (presidente entre el 94 y el 98 cuya campaña presidencial recibió dineros del narco).

¿Quién se ha beneficiado de la guerra contra las drogas?

Los narcos y las agencias antidrogas.

En Colombia se han intentado todo tipo de estrategias para sustituir cultivos ilegales por legales. Pero ¿tiene sentido seguir insistiendo en esas estrategias mientras las drogas sean el negocio más rentable para un campesino?

Sustituir es la opción más sostenible para los campesinos, que son el eslabón más débil, el que menos gana. No hay un solo campesino rico. Solo sobreviven.

Las ganancias no están ahí, sino en los intermediarios.

Pero ¿sustituir es mejor opción que legalizar?

No es tan sencillo. Hay que atacar los problemas que sustentan las actividades de drogas: pobreza, informalidad, exclusión.

Luego romper el prohibicionismo con políticas de descriminalización a pequeñas dosis y de salud pública que ataquen la adicción.

Eso debe ir de la mano de cooperación internacional, porque un país productor no supera este trauma solo.

Guerra contra las drogas

AFP

¿Cuánta responsabilidad se le puede atribuir al narcotráfico en la persistencia de problemáticas como la criminalidad, la sobrepoblación carcelaria o la corrupción en América Latina?

La criminalidad está altamente relacionada con la droga.

La sobrepoblación carcelaria tiene que ver con jóvenes que en su mayoría son acusados de tráfico de drogas.

La corrupción en sentido estricto no tiene que ver con drogas, pero la cultura del “todo vale” es un incentivo para la corrupción.

¿Qué opina de la iniciativa del gobierno de Iván Duque de volver a hacer aspersiones con glifosato para erradicar cultivos de coca?

Estoy a favor de la aspersión para el cultivo de amapola, que es una mata más débil. Pero la coca es más fuerte. La amapola requiere de una aspersión mientras que la coca requiere múltiples aspersiones.

Estados Unidos, que ha estado 19 años en Afganistán, no ha fumigado nunca. Probablemente en Afganistán no tienen en cuenta los efectos cancerígenos, sino que reconocen que la efectividad no está probada.

Considerando los afectos cancerígenos del glifosato, el proyecto de Duque es una locura.

Primero porque su efectividad es nula. Segundo porque va a generar una agitación social en las zonas productoras.

Y tercero porque va a repercutir en costosas demandas legales al presidente, al ministro de Defensa y, en últimas, al Estado.

Es más fácil y más barato sustituir.


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