Todas las mujeres son una misma mujer (parte 1)
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Todas las mujeres son una misma mujer (parte 1)

Animal Político entrevista a Guillermo Fadanelli, autor de 'Mis mujeres muertas', obra ganadora del Premio Grijalbo de Novela 2012. Una historia sencilla, donde al autor le interesan más las emociones y los diálogos delirantes de Domingo con su mujer y consigo mismo, que cuestiones descriptivas.
Por Moisés Castillo
19 de enero, 2013
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*Primera de dos partes

fadanelli1Domingo no sabía nada de la muerte ni de la soledad; sin embargo, tuvo que asumir que sería miserable toda su vida. Nunca se dio cuenta en qué momento comenzó a caminar para desaparecer y fundirse en la nada. Las mujeres más importantes de su existencia se las había tragado la tierra: Sara Mancini, su madre, había sido enterrada contra su voluntad; y Sara K, su mujer, murió sin que nadie conociera las razones exactas. Por si fuera poco, sus hermanos mayores Alfredo y Huberto le asignaron una misión vital: colocar una lápida en la tumba de su madre recién fallecida.

“¿Por qué se tiene que trastornar la vida de un hombre bueno, ebrio e indefenso asignándole una misión?”, se preguntaba Domingo. Tardó varios meses en comprar la losa de mármol y que grabaran la frase “Sara Mancini (1934-2007). El fin no es más que el principio”. Y al poco tiempo esa estela encontraría en la cajuela de su auto, un Shadow 94, su hogar permanente. ¿Podrá este hombre holgazán y mantenido ir hasta el panteón Jardines del Recuerdo?

Esta es la trama de Mis mujeres muertas, del escritor Guillermo Fadanelli, ganadora del Premio Grijalbo de Novela 2012. Una historia sencilla hasta su máxima expresión, donde al autor le interesan más las emociones y los diálogos delirantes de Domingo con su mujer y consigo mismo, que cuestiones descriptivas. “Los viejos son así; quieren ahorrarlo todo para dejar algo a los vivos, y que los recuerden”, dice Sara K mientras Domingo, en calzones, la escucha con atención.

En esta autoficción, Guillermo parte de una anécdota personal –la muerte de su madre y su efecto destructivo- para vestir un camuflaje eficaz, una piel distinta pero no desprovista de dolor y sufrimiento. Mis mujeres muertas es una novela de la orfandad masculina y la melancolía. Desolación en dos ojos oscuros. Domingo no sabe a causa de cuál de las dos mujeres llora. “A fin de cuentas todas las mujeres son una misma mujer”.

Domingo no encuentra ningún sentido para vivir, no hay un sitio donde pueda respirar un aire nuevo ni siquiera en el DF, que para él es en sí la desgracia. Mientras decide cuándo cumplirá “la misión”, y espera que cobre fuerzas su cuerpo hinchado en alcohol, vacía más botellas de licor, lee unas cuantas novelas rusas y se dedica a hacer nada.

La lápida sigue polvorienta en su auto noventero. Para un borracho pusilánime como Domingo que el tiempo no avance tan deprisa es algo glorioso. Que no suceda nada en su vida cotidiana es oxígeno puro para él. Pero ahí están sus hermanos jodiendo su realidad. Su vida es menos insufrible gracias a Isolda, una joven vecina del edificio de Salvador Alvarado, el tendero de la esquina –que gasta su dinero en intentar acabar con el polvo- y sus fieles cantinas de la Escandón y San Miguel Chapultepec.

Pero ahí sigue la lápida de su madre: sólida, pesada y fría, aguardando un viaje al norte de la Ciudad de México. Domingo se aferra a un trozo de mármol para  vivir unos años más, ¿cuántos? ni siquiera el protagonista lo sabe. La voluntad de no ser: “Me gusta posponer los asuntos urgentes, me da tranquilidad. Es como posponer la muerte”.

Mis mujeres muertas tiene un poder de seducción total como un buen trago esperando ser bebido en el rincón más solitario de una cantina.

El escritor Guillermo Fadanelli.

El escritor Guillermo Fadanelli.

-¿Esta es tu novela más personal?

Es el relato de un hombre solitario, medroso y ebrio que ha perdido las raíces que lo ataban a la vida: su madre y su mujer. Sus mujeres muertas. Yo siempre establezco relaciones íntimas con mis personajes, sobre todo con el personaje principal. Pero Domingo es un personaje que desearía llegar a ser, no que soy. Creo tener más afinidades como Guillermo con Benito Torrentera, el personaje de la novela Lodo o con Orlando Malacara, el ser extravagante de la novela Malacara. No soy tan sabio como Domingo, no bebo tanto como debiera. Mis temores son mediocres. Creo que Domingo encarna la clase de persona que yo más admiro que es el hombre cortés, sobrio, ebrio y que tiende a la desaparición. Su ebriedad es una de las tantas maneras de la cortesía porque no es un ebrio que grita y cause escándalo, sino un ebrio que desaparece, discreto, tímido y por lo tanto apreciable. No es un ebrio santo, es un ebrio vulgar, un vulgar borracho.

-Tienes una obra consistente, ¿cuáles fueron los retos literarios-estéticos para escribir Mis mujeres muertas?

La sencillez y la brevedad que para mí son valores muy apreciables, son virtudes de estilo en la literatura. Pero no es fácil, hay que trabajar mucho para poder narrar una historia de manera sencilla, emotiva e interesante. Hay que saber detenerse. Creo que la pericia, el olfato de un buen escritor es saber cuándo se está caminando de más, cuándo estás dando vueltas alrededor de la nada. Y hay que saber poner un punto final y sobre todo no escribir todo lo que pasa por tu mente. La imaginación puede ser vasta, abundante, abrumadora, pero es el estilo y el talento quienes limitan la imaginación y la guían para hacerla transmisible. Ese fue el horizonte que tendí a la hora de comenzar a escribir Mis mujeres muertas. Sencillez, economía de medios, brevedad. Y un sentido del humor, un sentido del humor trágico.

-En la novela haces referencias a escritores y personajes rusos, ¿es una especie de homenaje a la literatura de ese país?

Más que a la literatura rusa, al temperamento ruso, a lo que considero o me engaño pensando que es el temperamento ruso: una inclinación a la santidad y a la desgracia, una vocación por las lágrimas y por la ebriedad, un sentimentalismo a flor de piel. Una apreciación casi divina de la amistad. De dónde proviene mi idea de lo ruso, pues de las novelas que he leído. Nunca estuve en la URSS y nunca he estado en ninguno de los países que se formaron después de la desintegración, pero he leído novelas y las novelas son también territorios simbólicos e imaginativos, son reflejo de las tierras donde se escribieron. Esa es una de las características de la novela rusa, el amor a la tierra. El temperamento campesino, la simplicidad de las emociones a la hora de expresarlas. Y por eso hay párrafos de Pushkin, de Gógol, de Chéjov de Andréyev, de Dostoievski, Tolstoi. Hay algunos párrafos que añado sin citar en la novela para que se sumen al temperamento melancólico del personaje. Y el lector no se da cuenta más que en casos muy claros como en la cita de Crimen y castigo. Pero en su mayoría hay citas que nadie se imagina que provienen de escritores rusos.

-¿La lápida que tiene que llevar Domingo a la tumba de su madre funciona como un ancla que lo detiene en un pasado doloroso?

Es un atrasar la cita con la muerte. Es la parábola de un hombre incompleto, pero también es símbolo de la holgazanería y de la displicencia. Cumplir con una responsabilidad a Domingo le parece una carga insoportable para vivir. Por eso prefiere vivir de manera modesta y se conforma con tan poco, es un hombre mantenido por su madre y por su mujer. No tiene ambiciones materiales, no desea ser un hombre exitoso, un hombre triunfador, y anhela convertirse en un cero a la izquierda. Es un hombre observador y que intenta mantenerse quieto y en paz para no llamar la atención. La historia de la lápida es una historia biográfica porque yo tardé tres años en llevar la lápida a la tumba de mi madre. El cementerio donde se encuentra ella, mi padre y mi abuela está en Jardines del Recuerdo, que es muy lejos para mí. Entonces siempre posponía esa acción, me proponía cada fin de semana llevar la lápida y no lo hacía. Después me fui a Berlín un año y la lápida se quedó almacenada en la cajuela del auto. Al regresar Yolanda decidió que era una grosería insoportable, un acto terrible de mi parte el hecho de no culminar el funeral y mantener la lápida alejada de la tumba. Ella misma fue y la colocó. Esa fue la anécdota original.

-En otras autoficciones como Canción de tumba, el camino doloroso hacia la pérdida de la figura materna es el tema central, ¿Domingo sufre otro tipo de dolor ante la ausencia de Sara Mancini y Sara K?

Leí Canción de tumba e incluso soy mencionado en la novela. Es la obra de Julián que yo más aprecio; sobre todo por su vitalidad y su imaginación lúdica, pero las novelas tienen ritmos diferentes. La madre es importante en Canción de tumba pero en Mis mujeres muertas es la soledad y la melancolía, la sensación de orfandad. La orfandad no es cuando mueren tus amigos o tu padre, sino cuando mueren las mujeres que te rodean. Porque las mujeres son lo único tangible que existe, es la raíz con la tierra. Es el mundo, el vientre y ellas encarnan la vida. Cuando se van en verdad te quedas solo. Mi madre me enseñó a escribir y a leer a los cinco años, antes de ingresar a la escuela. Ahora las “larvas” entran a la escuela a los dos años. Pero en ese entonces uno entraba a la escuela hasta los seis años, y mi madre fue la encargada de enseñarme a leer y a escribir. La madre que te da la vida, las letras, la comida y te protege de la autoridad paterna, es todo para ti.

-Pero también nos confirma que los peores enemigos están en tu propia familia, los hermanos mayores de Domingo, el mejor ejemplo…

Son tres aspectos de la relación de Domingo con el mundo: en su familia hay un médico y un abogado, que son los oficios más nobles y despiadados que existen sobre la tierra. El dios y el diablo. Para Domingo su familia es repulsiva. “El infierno son los otros”, decía Sartre y Nietzsche recomendó “no amar a nadie, las personas son cárceles”. Es mejor quedarse solo y desembarazarte de la familia y de todo lo que te estorba. Domingo encuentra en sus conversaciones con Isolda, a su madre y a su mujer. Las mujeres para él no tienen edad. Y puede conversar con ella como si conversara con su madre o con Sara K.

-Precisamente en una escena Domingo se avergüenza de la plática que tiene con su joven vecina: “Hablar de alcohol con una niña de trece o catorce años  de edad, ¡soy un patán!”…

Claro. El escritor Leonardo Da Jandra me decía siempre que me desembarazara de mi familia porque la familia siempre es un lastre, un ancla para todo y que más libres somos mientras menos familiares tengamos. En esta sociedad más vale estar solo. Desembarázate de tus cargas familiares y equivócate por tus propios medios y por tu propia voluntad. Haz que tus amigos sean tu familia. Desembarazarse de la familia me parece uno de los primeros pasos de libertad que tendría que dar cualquier persona sensata.

-Frank –padre de Sara K- le confiesa a Domingo: “Yo he vivido toda mi vida  entre mujeres, pero creo que tú las comprendes mejor… Yo, para serte sincero, habría ahorcado a mi mujer hace diez años pero soy un mediocre y no puedo hacer nada para cambiar la situación”. ¿Los hombres de esta novela le temen a la soledad?

Practicar los ejercicios de libertad desde la juventud es necesario. No estar donde no quieras estar. No ceder si eso va en detrimento de tu sensibilidad y de tu imaginación. Proteger la libertad individual por sobre todas las cosas siempre y cuando no dañes a los otros. Me parece que son normas necesarias de un pragmatismo para vivir. Sin embargo, las pasiones, el deseo, los vicios no te piden permiso y no respetan el guión que tú tienes para ellos. Incluso el matrimonio con los enemigos a veces es indispensable. Si tu vives muchos años con una mujer, has soportado majaderías de tus amigos o has tenido que ser tolerante con algunas tiranías se debe a veces a que nosotros no tomamos decisiones sobre nuestra vida, se nos imponen las pasiones. ¿Hasta dónde llega nuestra posibilidad de elegir y construir un camino? A veces pienso que vivimos del futuro hacia el pasado y que no podemos ser otra cosa que lo que somos. Y entonces recuerdo a Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación: “la resignación es el único camino que le queda al hombre después de vivir y de pensar”.

Mis mujeres muertas en frases:

-¿A qué más puede temérsele cuando se vive con tanta pobreza y tan buena y nutritiva amargura?

-Sara se muere y eso nos obliga a ser peores personas.

-¿Y cómo es que soportan vivir las personas sin estar borrachas?

-Tú me habrías conocido de todas maneras; mi suerte no es tan buena.

-Las mujeres odian el alcohol y traen ese odio en la sangre; ellas parieron con sangre y el alcohol les parece antinatural.

-Yo creo que los tacaños tienen envenenada el alma. Son algo repugnantes.

-El borracho digno bebe para desaparecer e internarse en esa niebla que es el aire de los muertos y nunca debe referirse a sí mismo como un “borracho”, pues eso delataría su falsedad o su gazmoñería.

-Quiero pedirte perdón por no ser tan bella como debiera. Parezco un obrero, una lesbiana de barrio.

-Se trabaja para después beber, ¿no es cierto?

-Los odiosos se obstinan en ser eternos, ¿qué le vamos hacer?

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'El día que descubrí que nací sin vagina por una enfermedad'

Julian Peter nació con el síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser (MRKH). Además de aceptar que no podría tener hijos, la joven debió combatir los prejuicios y la ignorancia de muchos en su comunidad.
19 de agosto, 2020
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Una pregunta de rutina por parte de su médico llevó a Julian Peter, una joven de Kenia de 29 años, a descubrir que había nacido sin útero, sin cuello uterino y sin vagina.

Doce años después, compartió su historia con la BBC. Este es su testimonio.

“Nací con una enfermedad llamada síndrome de Mayer-Rokitansky-Küster-Hauser (MRKH).

Las mujeres que paceden esta enfermedad nacen sin útero, sin cuello uterino y sin vagina, y a veces también sin un riñón.

Como no tengo útero, jamás tuve una menstruación. Pero no me siento mal por eso.

Cuando las personas se enteran de mi enfermedad reaccionan en formas diferentes.

“Pueden decir lo que quieran”

Alguien me recomendó una vez que fuera a algún sitio a pedir que rezaran por mí.

Otra persona afirmó que seguramente mi abuela debía haber hecho algo malo, porque provengo de Ukambani, una región asociada con la hechicería.

Pueden decir lo que quieran, pero lo que realmente importa es la manera en la que yo reacciono.

Si comenzara a prestar atención a las opiniones de otras personas, eso seguramente afectaría a mi confianza y me haría dudar sobre mí misma.

Descubrí que tenía el síndrome a los 17 años. En esa época era una estudiante.

Fui al hospital porque se me hinchaban las piernas.

Lo primero que me preguntó el médico fue cuando había menstruado por última vez. Le respondí que jamás había tenido un período.

En el hospital me hicieron una tomografía, que reveló que mi aparato reproductivo no tenía un orificio exterior.

Me operaron para intentar abrir un canal vaginal, pero la intervención no tuvo éxito.

Otra tomografía mostró que no tenía útero ni cuello uterino y me diagnosticaron con MRKH.

Lloré durante tres días tras ese diagnóstico, pero luego decidí seguir adelante con mi vida.

Tenía solo 17 años y era muy joven, por lo que mi prioridad era volver al colegio.

Estaba todavía en el hospital con mi madre, que me crió sola.

Ella quedó en shock con la noticia, e incluso se preguntaba si como madre tenía alguna responsabilidad y había cometido algún error.

“No quería operarme”

Como había estudiado biología, entendí bien lo que el médico me dijo aquella primera vez.

Pero yo no quería pasar por una operación en ese momento, porque quería terminar mis estudios.

Diez años después, regresé al hospital y tuve otra operación que sí tuvo éxito.

El tipo de MRKH que yo tenía significaba que no tenía útero ni cuello uterino. También carecía de vagina y solo tenía un riñón. La operación fue para crear un cana vaginal.

Mi vida es normal, pues el MRKH no interfiere con cómo yo quiero vivirla.

Pero otras personas con este síndrome precisan de apoyo psicológico profesional para superar el impacto emocional.

Una vez que comprendes las implicaciones de esta enfermedad debes descartar la posibilidad de tener hijos biológicos.

Me hicieron cuatro tomografías en total y en ninguna de ellas se detectó la presencia de ovarios, por lo que tampoco es posible extraer óvulos para fertilización in vitro.

Debemos aceptarnos como somos. Aunque darte cuenta de que no eres como otras mujeres es difícil y precisas tener a alguien con quien conversar.

Conocí a otras personas aquí en Kenia que padecen el mismo síndrome y compartimos nuestras experiencias.

Acepté mi enfermedad desde el comienzo y me acepté a mí misma, por lo que puedo decir que me siento bien.

Explicaciones a mi pareja

Tuve algunas relaciones sentimentales. Y nunca dejo pasar mucho tiempo antes de hablar con quien en ese momento es mi pareja y contarle sobre mi enfermedad.

Si quieren aceptarla, lo harán. Pero los seres humanos son apenas seres humanos.

Y muchos de los hombres a quienes les conté sobre mi síndrome simplemente me dejaron. Otros me acusaron de mentir para ahuyentarlos.

En estos momentos no tengo pareja, pero todo es obra de Dios.

Tuve la operación para construir el canal vaginal en 2018 y aún no me siento preparada para tener una relación sexual.

Tampoco estoy lista para encarar un matrimonio.

Y creo que si algún día me caso, una opción sería adoptar.

Consejos a los padres

Me llevó al menos 10 años decidir hablar públicamente sobre mi historia.

Hay muchas personas que no entienden qué es el MRKH y quiero crear conciencia sobre este síndrome.

Ilustración del aparato reproductivo femenino

Science Photo Library
“Abrir el canal vaginal es una operación dolorosa. Yo recomiendo a los padres que no acepten operar a sus hijas cuando son niñas”.

En primer lugar, a los padres de bebés con la enfermedad les digo que no acepten operar a sus hijas mientras son niñas.

En mi opinión, la cirugía solo debe ocurrir cuando ellas entiendan más sobre el síndrome, porque la operación es un procedimiento complejo y largo.

Es una intervención dolorosa y una niña no entendería qué le está sucediendo.

Los padres también deben informarse sobre este síndrome para poder ayudar a sus hijas a lidiar con el estigma que seguramente enfrentarán.

Formé un grupo de apoyo y sé que las personas con MRKH enfrentan todo tipo de desafíos.

Algunas mujeres están casadas y se ven ante una gran presión por parte de sus suegros, quienes quieren nietos. Una joven me contó que sus suegros la acusan de ser en realidad un hombre.

Así que en mi grupo escuchamos a las personas y las alentamos.

Lo importante es ayudarnos entre nosotras porque esta travesía puede ser difícil”.


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