El engaño que provocó la guerra en Irak
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El engaño que provocó la guerra en Irak

Las armas de destrucción masiva que dos espías iraquíes aseguraron que había, jamás se encontraron, y los ataques comenzaron aunque no había evidencia de éstas
Por BBC
19 de marzo, 2013
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Una investigación periodística de la BBC ha determinado que las mentiras de dos espías iraquíes jugaron un papel central en la decisión de Estados Unidos y Reino Unido de comenzar la guerra de Irak para derrocar al gobierno de Saddam Hussein.

El estudio periodístico muestra cómo, desde antes del inicio de los combates, las evidencias de inteligencia y de fuentes de alto rango apuntaban a que el régimen de Hussein no poseía armas de destrucción masiva.

Seis meses antes de la invasión, el entonces primer ministro británico, Tony Blair advirtió públicamente a su país acerca de la amenaza de las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein.

“El programa no se ha clausurado”, aseguró Blair. “En estos momentos todavía está funcionando”. Blair se apoyó en datos de inteligencia sobre las armas de destrucción masiva para justificar el comienzo de la guerra.

Ese mismo día, el 24 de septiembre de 2002, el gobierno británico publicó un controversial informe sobre las armas de destrucción masiva de Irak.

Preparado especialmente para su difusión al público, este informe incluía una introducción de Blair, quien aseguraba a los lectores que Saddam Hussein había continuado produciendo armas de destrucción masiva “más allá de toda duda”.

Sin embargo, a pesar de que nunca se menciona en el informe, la duda existía. Los datos originales de varias fuentes, entre ellas la agencia británica de inteligencia MI6, mostraban su recelo.

De acuerdo con las notas originales del Comité Conjunto de Inteligencia, las evidencias eran “esporádicas y parciales” y “permanecían limitadas”.

La exclusión de esas especificaciones del informe dieron al texto que se hizo público una certeza que nunca había merecido.

 

El fracaso de la inteligencia

El programa periodístico Panorama, de la BBC, ha hecho público que muchos de los datos clave usados por Downing Street y la Casa Blanca estuvieron basados en invenciones, ilusiones y mentiras.

Como lo explica el general Mike Jackson, entonces jefe de Ejército Británico, “lo que parecía ser oro en términos de inteligencia, resultó ser oro falso, parecía oro pero no lo era”.

Sí habían otros datos de inteligencia pero eran menos alarmantes.

El primer informe del gobierno británico sobre armas de destrucción masiva posterior al inicio de la guerra dice que Blair y los grupos de inteligencia “se engañaron a sí mismos”. Este informe estuvo a cargo de Robin Butler.

Tanto Butler como Jackson concuerdan en que Blair no mintió porque aseguran que el entonces primer ministro realmente creía que Saddam Hussein sí tenía armas de destrucción masiva.

El más notorio de los espías que engañó al mundo fue el desertor iraquí Rafid Ahmed Alwan al-Janabi.

Sus invenciones y mentiras fueron parte crucial de los datos de inteligencia que se usaron para justificar una de las guerras más polarizantes en la historia reciente. Estas mentiras contribuyeron a uno de los mayores fracasos de inteligencia de los que se tiene memoria.

Rafid llegó a ser conocido con el nombre de Curveball, el código de espía que le fue asignado por la inteligencia de los Estados Unidos.

En inglés, el término “curveball” es un lanzamiento de béisbol que toma una curva y engaña a los bateadores. Paradójicamente, en este caso, el nombre clave terminó siendo demasiado apropiado.

Janabi, de nacionalidad iraquí, llegó a Alemania en 1999 a un campo de refugiados buscando asilo político. En ese momento, Janabi, quien dijo ser ingeniero químico, atrajo la atención del servicio de inteligencia alemana, BND.

El refugiado aseguraba haber visto laboratorios biológicos móviles instalados en camiones para evitar ser detectados.

Los alemanes tenían dudas sobre Janabi. Sin embargo, sus datos fueron compartidos con la inteligencia estadounidense y británica.

La agencia británica MI6 tenía también dudas y eso lo expresaron en un cable secreto transmitido a la CIA: “Elementos de su comportamiento nos parecen típicos de aquellos individuos que normalmente serían considerados como mentirosos pero nos inclinamos a creer que una significante parte de lo que reporta es verdad”.

Los británicos y los estadounidenses decidieron creerle a Curveball, quien más tarde admitió haber inventado y mentido.

También parecen haber datos de otro espía que engañó al mundo.

Se trata de un antiguo oficial de inteligencia iraquí, llamado Maj Muhammad Harith, quien aseguró que el plan de desarrollar laboratorios biológicos móviles había sido su idea. Además, alegaba que él había ordenado la compra de siete camiones Renault para poner a funcionar aquellos laboratorios.

Este individuo había llegado a Jordania y una vez allí había contactado y hablado con los estadounidenses.

Al parecer Muhammad Harith inventó su versión porque estaba interesado en un nuevo lugar para vivir. Diez meses después de la guerra, los datos que aportó fueron descartados como invenciones.

En todo caso, la agencia británica MI6 pensaba que tenía información adicional para corroborar la versión de Curveball.

Otra fuente, cuyo código es Red River (“Río Rojo”) reveló que había estado en contacto con una fuente secundaria que, a su vez, le había asegurado haber visto fermentadores en los camiones.

Sin embargo, aquella fuente secundaria nunca aseguró que los fermentadores tuvieran que ver con agentes biológicos. Después de la guerra, la agencia MI6 decidió que Red River no era una fuente confiable.

 

El traje hecho a mano

Sin embargo no todos los datos de inteligencia estaban equivocados. La informaciones aportadas por dos fuentes de alto perfil cercanas a Saddam Hussein eran correctas.

Ambas fuentes aseguraron que Irak no tenía ninguna arma de destrucción masiva activa.

La fuente de la CIA era el ministro iraquí de Relaciones Exteriores, Naji Sabri.

El ex jefe de la CIA en París, Bill Murray, estuvo en contacto con él a través de un intermediario, un periodista árabe, a quien le entregó US$200 mil dólares en efectivo como desembolso inicial.

Él aseguró que Naji Sabri “parecía una persona de interés real, alguien con quien deberíamos estar hablando”.

Murray preparó una lista de preguntas para pasárselas al ministro, con el tema de las armas de destrucción masiva como prioridad al comienzo del documento.

El intermediario se reunió con Naji Sabri en Nueva York en septiembre de 2002 cuando estaba a punto de hablar en las Naciones Unidas, seis meses antes del comienzo de la guerra y justo una semana antes de que el informe británico fuera publicado.

El intermediario le compró al ministro un traje hecho a mano que el alto cargo político vistió en las Naciones Unidas, un detalle que Murray interpretó como signo de que Naji Sabri estaba dispuesto a trabajar con ellos como aliado.

Murray dice que el resultado de las operaciones de inteligencia permitió saber que Saddam Hussein “tenía algunas armas químicas que habían sobrado de la década de los noventa y esas existencias habían sido dadas a varias tribus leales a él. Tenía intenciones de poseer armas de destrucción masiva -químicas, biológicas y nucleares- pero hasta ese momento no tenía prácticamente nada”.

La CIA insiste en que el informe de inteligencia de la “fuente” indicaba que el expresidente iraquí sí tenía programas de armas de destrucción masiva porque, de acuerdo con la agencia, mencionaba que “Irak estaba produciendo y acumulando armas químicas” y “como último recurso tenía lanzadores móviles armados con dispositivos de guerra química”.

Murray contradice esta versión.

La segunda fuente de alto perfil era el jefe de inteligencia de Irak, Tahir Jalil Habbush Al-Tikriti, quien representaba la sota de oros en la baraja de cartas de “los más buscados” del gobierno de Hussein distribuida por las fuerzas estadounidenses.

Dos meses antes del inicio de la guerra, un miembro veterano de la agencia MI6 se reunió con Habbush en Jordania en enero de 2003.

Se pensaba que Habbush quería negociar un acuerdo para detener la invasión inminente. Él también dijo que Saddam Hussein no tenía armas de destrucción masiva activas.

Sorpresivamente, Butler, quien dice que los británicos están “en todo su derecho” para sentirse engañados por su primer ministro, sólo supo de la información de Habbush después de que su informe fue publicado.

“No sé cómo explicar eso”, dice Butler.

“Esto es algo que se nos pasó en nuestra revisión. Pero cuando preguntamos sobre eso, nos dijeron que no era un dato significativo porque la SIS (MI6) lo descartó como una estrategia de Saddam para engañarnos”

Butler asegura que tampoco sabía nada de los datos de inteligencia de Naji Sabri.

El exfuncionario de la CIA Bill Murray no estaba contento con la forma en que los datos de inteligencia obtenidos de estas dos fuentes de alto perfil fueron usados.

“Yo pensaba que habíamos obtenido los mejores datos de inteligencia que alguien hubiera tenido en el período pre-guerra, todos los cuales resultaron ser ciertos. Sin embargo, esa información fue descartada y no se usó”.

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VIH/Sida: qué hace este virus al sistema inmunitario y por qué es tan difícil encontrar una cura o una vacuna

Han pasado casi cuatro décadas desde que se reportaron los primeros casos, y pese a todos los esfuerzos sigue siendo una enfermedad incurable. ¿Por qué?
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1 de diciembre, 2020
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Dibujo, infección de VIH

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El blanco del virus son los linfocitos CD4.

Desde que se detectaron los primeros casos a principios de la década de los 80, el VIH (virus de inmunodeficiencia humana) se ha cobrado alrededor de 33 millones de vidas, según cifras de la Organización Mundial de la Salud.

Este virus, que de no tratarse da lugar al síndrome de inmunodeficiencia adquirida o sida, continúa siendo una amenaza para la salud pública: se estima que hay cerca de 38 millones de personas viviendo con VIH (hasta finales de 2019).

Si bien se han hecho grandes avances en cuanto a su tratamiento y prevención, y en la actualidad las personas infectadas pueden llevar una vida saludable, aún no se ha podido hallar una cura para la enfermedad.

Solo dos pacientes hasta la fecha —uno, conocido como el “paciente de Berlín, que falleció en septiembre de este año a raíz de otra enfermedad; el otro, un venezolano establecido en Londres— parecen haberse curado definitivamente del virus.

Tampoco se ha logrado dar con una fórmula para una vacuna, pese a que su búsqueda se inició muy poco después de que se reportaran los primeros casos.

Para entender por qué esta infección es tan difícil de erradicar (en contraposición al coronavirus SARS-CoV-2, que en menos de un año desde que se desató la pandemia cuenta con varias candidatas de vacunas prometedoras), es fundamental comprender primero cómo afecta el VIH a nuestro sistema inmunitario, el arma que tiene nuestro organismo para protegernos de las enfermedades.

Ataque directo al centro de defensa

El VIH entra en nuestro cuerpo a través del intercambio de ciertos fluidos corporales como la sangre, la leche materna, el semen o las secreciones vaginales de una persona infectada.

Es, además, un retrovirus. Es decir, su material genético está en forma de ARN (ácido ribonucleico) y no de ADN. Por ello, antes de insertar sus genes en el genoma de la célula huésped para replicarse, tiene primero que convertir su ARN en ADN.

Esto lo hace mediante un proceso que se conoce como de transcripción inversa (los virus en cambio usan uno de transcripción normal), lo cual genera muchos errores en sus copias -puede que esta explicación te sobre en esta instancia, pero guárdala en tu mente porque te ayudará a entender más adelante por qué es tan difícil desarrollar un tratamiento y una vacuna-.

Investigación

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En el campo de investigación sobre tratamientos para el VIH se han logrado muchos avances.

A diferencia, por ejemplo, del SARS-CoV-2 que ataca y se replica en las células del pulmón y otros órganos que tienen en su superficie el receptor ACE2, el VIH tiene como objetivo principal un tipo de células de nuestro sistema inmunitario: los llamados linfocitos CD4 (o también T CD4).

“Los linfocitos CD4 son una parte fundamental del sistema inmunitario. Son predominantes en todos los procesos de lucha contra distintos patógenos —virus, bacterias, parásitos— y forman parte del centro de coordinación de otra parte del sistema inmune”, le explica a BBC Mundo José Luis Casado, médico del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Ramón y Cajal, en Madrid, España.

“Son una especie de capitanes de las defensas que no solo manejan soldados, sino que coordinan a otros oficiales para luchar contra el enemigo”, añade.

Una vez dentro del CD4, el virus introduce su propio material genético y secuestra el mecanismo de esta célula para replicarse.

Los nuevas copias de VIH salen de la célula y se propagan por el cuerpo, infectando a su vez a otras células y destruyendo gradualmente linfocitos CD4. La reducción de estos linfocitos provoca, en consecuencia, una deficiencia en el sistema inmunitario.

“Cuando el sistema inmunitario reconoce que hay CD4 infectados, activa otras células para matar a estos CD4, y esa inmunoactivación estimula la producción de linfocitos CD4 para compensar a los soldados caídos en batalla”, explica Casado.

Pero este es un proceso compensatorio temporal. “El organismo no sabe mantener altos niveles de activación inmune persistente”, agrega, con lo cual esta estrategia no resulta eficaz a largo plazo, y no se consigue erradicar a todos los CD4 infectados.

Timothy Ray Brown

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Timothy Ray Brown, conocido como el “paciente de Berlín”, fue la primera persona en curarse de VIH. Falleció de cáncer en septiembre de este 2020.

A medida que la infección avanza y el cuerpo va perdiendo su capacidad para defenderse, el individuo infectado se vuelve vulnerable a sufrir otras infecciones conocidas como enfermedades oportunistas.

Cuando la cantidad de linfocitos CD4 cae por debajo de 200 células por milímetro cúbico de sangre (una persona con un sistema inmunitario sano tiene entre 500 y 1.600), o cuando aparecen una o más infecciones oportunistas más allá del recuento de CD4, se considera que una persona infectada tiene sida.

Por qué los tratamientos no logran curar el VIH

Los tratamientos que han dado muy buenos resultados y que se utilizan para controlar el VIH consisten en una combinación de fármacos antirretrovirales que atacan varios aspectos del ciclo de vida del VIH, y evitan así que el virus se multiplique y pueda penetrar células sanas.

Al reducir la carga viral, el sistema inmune tiene más posibilidades de recuperarse y combatir infecciones. Por eso los pacientes en tratamiento —que debe seguirse de por vida— pueden tener una vida prolongada y sin síntomas.

Con el tratamiento antirretroviral se logra que no desarrollen sida ni infecciones oportunistas.

Por otra parte, “si no hay replicación viral, no hay transmisión“, dice Casado, de modo que no hay posibilidad de contagio.

Sin embargo, el virus no desaparece: una vez que penetró la célula puede quedarse allí, en estado latente.

“Tenemos una serie de células CD4 activas y muchas CD4 en reposo. Están allí por si hay una guerra, una infección. Se estima que solo un 2% de células CD4 están activas habitualmente, porque el resto, en situación basal, no las necesitamos”, explica Casado.

Según le dice a BBC Mundo Mundo Nadia Roan, profesora de la Universidad de California, San Francisco, en Estados Unidos, “este reservorio latente de células infectadas es, esencialmente, la principal barrera para encontrar una cura para el VIH”.

Preservativos

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Los preservativos son fundamentales para prevenir el contagio del VIH.

“Sabemos de su existencia desde hace mucho tiempo, pero no hemos podido atacarlo o controlarlo. Y una de las razones es porque no hay un biomarcador en la superficie de estas células que nos permita distinguir entre una célula sana y una célula infectada con VIH”, dice la experta, cuya investigación se centra en encontrar una forma de caracterizar a estas células infectadas.

Estos reservorios de VIH se establecen pocos días después de que una persona se ha infectado, y mientras el virus está escondido dentro de las células no puede ser combatido ni por el sistema inmunológico que no lo reconoce, ni por los fármacos que no pueden destruirlo hasta que entre en acción.

Tratamiento de alto riesgo

Cuando una persona infectada deja el tratamiento antirretroviral por la razón que fuere, el virus se reactiva al poco tiempo.

Solo hubo dos casos en los que el virus parece haber quedado eliminado por completo.

El primero se logró con un trasplante de médula en un paciente que tenía leucemia (el paciente de Berlín), de un donante con una mutación específica en su ADN resistente al VIH.

El otro caso fue el de un paciente venezolano establecido en Londres que padecía linfoma de Hodgkin (un tipo de cáncer), al que se le suministró quimioterapia y se le implantaron células madre también de un donante con la mutación resistente al VIH.

“Básicamente, tuvieron que deshacerse de sus propios sistemas inmunitarios”, explica Roan.

Pero este tratamiento, que en estos casos fue necesario por las otras enfermedades que sufrían los dos pacientes, “no puede utilizarse ampliamente porque el riesgo es muy elevado”, añade.

Hasta el momento, todas las estrategias que se han investigado —incluyendo una que intenta reactivar los reservorios para que el virus salga de la célula y los anticuerpos del plasma puedan erradicarlo— han conseguido disminuir el reservorio, pero no llevarlo a cero.

“El problema es que con quede un solo clon viable de VIH, solo es cuestión de tiempo para que vuelva a infectar a otra célula y vuelva a recomenzar todo el proceso”, dice Casado.

Vacuna

Desde hace décadas investigadores trabajan para encontrar una vacuna sin éxito.

Pastillas

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Los antirretrovirales atacan distintas fases del ciclo vital del virus.

Además del problema de la latencia del virus, que lo transforma en un objetivo casi imposible de atacar mientras está “invisible” dentro de la célula, una de las principales razones por las que es difícil dar con una vacuna es su alto grado de mutabilidad.

La mayor parte de las vacunas eficaces estimulan la producción de anticuerpos para neutralizar al virus. Pero como el virus comete muchos errores en su proceso de replicación -lo que te explica más arriba cuando hablaba de la transcripción inversa-, los anticuerpos que produce el sistema inmune para neutralizarlos se vuelven inefectivos contra estas nuevas formas del virus.

“Al virus no le importa tener hijos mutantes siempre que consiga sobrevivir”, dice Casado. “Su variabilidad genética es muy alta, y eso hace que sea muy difícil establecer zonas del VIH que sean buenas desde el punto de vista antigénico, es decir, que creen una respuesta inmunológica adecuada”.

Y no olvidemos que el virus ataca precisamente las células encargadas de orquestar el ataque para combatirlo.

En fin, concluye Casado, “tenemos todo para que sea la vacuna más difícil posible: por el tipo de virus, por el tipo de replicación y por dónde lo hace. Lo tiene todo”.


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