"El enigma de los Chávez" por Gabriel García Márquez
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"El enigma de los Chávez" por Gabriel García Márquez

8 de marzo, 2013
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Al propósito del funeral del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, les compartimos un texto que escribió Gabriel García Márquez en febrero de 1999.

El texto fue publicado originalmente en la revista Cambio, de Colombia, en febrero de 1999, y hoy fue reproducido por el periódico La Jornada.

Aquí puedes leer el texto en La Jornada o bien leerlo en pdf en esta liga.

Reproducimos un fragmento a continuación:

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. ¿Qué pasa?, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamiento militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería.

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después.

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión.

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real?

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el periodo más largo de presidentes elegidos.

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares.Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. Ese que toca es Hugo, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida.

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Ángel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico.

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. Fíjate las vueltas que da la vida, me dice Chávez con una explosión de risa. Ahora su papá es mi canciller. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez.

Además, le dije, usted estuvo a punto de matarlo. De ninguna manera, protestó Chávez. La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos.

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo.

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: Mire, mi capitán, lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional.

De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores.

Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de beisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia –contó Chávez–, pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”.

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. No me deje morir, mi teniente… le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: ¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: Ahí caí en mi primer conflicto existencial.

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. ¿Con qué finalidad?, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: con la finalidad de prepararnos por si pasa algo. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común.

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa.

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de futbol, el maestro de ceremonias lo anunció. ¿Y el discurso?, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. Yo no tengo discurso escrito, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos:

Chávez, usted parece un político. Entendido, le replicó Chávez.

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones.

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: ¡Que eso no salga de aquí!

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. Al final, claro, le hice un cambio, me dijo Chávez. En lugar de cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español, dijeron: Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos.

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años –me dijo Chávezllegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”.

A estas alturas del diálogo, el presidente rio con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: ¡El coronel Badull!

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del ejército, decía Chávez. Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”.

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron? Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera.

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. Y entonces me paro y lo llamo, dijo Chávez. Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta. Y el instinto me dice que lo mandaron a matar, dice Chávez. Fue el minuto que esperábamos para actuar. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después.

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: Nos vemos aquí el 2 de febrero. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más.

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Mark Brown, “el hombre que mató a Plutón” y nos dejó con sólo 8 planetas

Plutón solía ser el noveno planeta de nuestro Sistema Solar hasta que el autor de “Cómo maté a Plutón y por qué se lo merecía” descubrió el planeta enano Eris.
21 de noviembre, 2020
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“Durante 76 años, fue considerado como el noveno planeta de nuestro sistema solar, pero hoy, los científicos han degradado a Plutón por ser demasiado pequeño”.

Con esas palabras dio la periodista de la BBC Fiona Bruce la noticia que estaba dando la vuelta al mundo el 24 de agosto de 2006, provocando una ola de indignación generalizada.

Mientras los encargados de actualizar la información en enciclopedias y libros de texto se echaban las manos a la cabeza, en internet se multiplicaban memes en los que Plutón aparecía expresando emociones iban desde la ira hasta la soledad, pasando por la tristeza.

Y el responsable de la tragedia tenía nombre: Mike Brown, astrónomo del Instituto de Tecnología de California conocido como CalTech.

Se había especializado en el estudio del cinturón de Kuiper, una banda de cuerpos astronómicos que quedaron tras la formación del Sistema Solar.

En 2005, Brown y su equipo encontraron un objeto llamado Eris y ese hallazgo selló el destino de Plutón.

“De no haber sido por Eris -le dijo Brown a la BBC- Plutón posiblemente habría sido barrido debajo de la alfombra para siempre. Aunque desde principios de la década de 2000, los astrónomos tenían claro que Plutón era parte del cinturón de Kuiper, también estaba claro que nadie realmente quería cambiar su estatus ya que sería difícil y problemático”.

Los astrónomos no tenían muchas ganas de pelear con el público y realmente no había una razón imperiosa para cambiar el Sistema Solar, explicó el científico.

Sistema Solar con Plutón

Getty Images
Durante gran parte del siglo XX, el Sistema Solar era así.

“Así no tuviera sentido en términos científicos, estaba bien que se quedara así. El problema es que, después de que descubrimos a Eris y nos dimos cuenta de que este es más masivo que Plutón, no quedó otro remedio que hacer algo”.

Ese ‘algo’ fue finalmente fue decidido por la Unión Astronómica Internacional en agosto de 2006 después de que decidieran definir qué es un planeta.

“Algo grande”

Aunque en esta historia Mike Brown interpreta el rol del malo, la verdad es que nunca tuvo nada en contra de Plutón… todo lo contrario.

“Recuerdo que cuando era pequeño tenía un póster en mi pared con todos los planetas, sus órbitas y hasta algunos asteroides. El artista había imaginado la superficie de Plutón con unas agujas que se levantaban hacia el cielo y eran tan delicadas que parecía que si las tocabas se romperían…

“¿Cómo no me iba a fascinar un lugar tan distante, extraño y delicado? Plutón era uno de mis favoritos cuando era niño“.

El ahora planeta enano fue descubierto en 1930 por el astrónomo estadounidense Clyde Tombaugh.

Sabías que.... . [ 2.380 km es su ancho, lo que equivale a medio EE.UU. o 2/3 de la Luna ],[ 248 años terrenales equivalen a 1 año plutoniano ],[ 5 lunas y una de ellas, Caronte, es tan grande que Plutón y Caronte se orbitan entre sí como un planeta doble ], Source: Source: NASA, Image:

Los astrónomos lo habían estado buscando desde el hallazgo de Neptuno en 1846 por el francés Urbain Le Verrier. Se pensaba que “algo grande” estaba atrayendo gravitacionalmente a Neptuno y a su vecino Urano, afectando la forma de sus órbitas.

“El estadounidense Percival Lowell, quien lo llamaba ‘Planeta X’, fundó un observatorio completo para buscarlo: el observatorio Lowell en Flagstaff, Arizona”.

Un accidente

Lowell falleció sin encontrarlo pero el observatorio continuó la búsqueda observando el área donde él había predicho que debería haber un planeta.

“En 1930 Tombaugh encontró un puntito de luz moviéndose. Que se moviera significaba que era parte del sistema solar; que lo hiciera lentamente significaba que estaba muy lejos”, explica Brown.

Clyde W. Tombaugh

Getty Images
El mismo año en el que degradaron a Plutón, cenizas de su descubridor Clyde W. Tombaugh fueron enviadas al espacio en la misión New Horizons, destinada a explorar el planeta enano.

“Si asumes que debe haber un planeta y encuentras algo, supones que eso es lo que debe ser.

“La predicción de Lowell no fue incorrecta, pero se basó en datos incorrectos. Resulta que las órbitas de Urano y Neptuno no están perturbadas en absoluto; ambos planetas están exactamente donde se supone que deben estar. Pero la gente no lo sabía en ese momento.

El descubrimiento de Plutón fue un accidente total“.

“Quedé boquiabierto”

En la década de 1930, no existían criterios para comparar el descubrimiento de Tombaugh, ni una definición de lo que era un planeta.

El concepto era algo vago: un planeta era, generalmente, algo dominante y redondo en el Sistema Solar.

Entonces, cuando Brown y su equipo descubrieron a Eris en 2005, y revelaron que era más grande que Plutón, fue evidente que las cosas no podían seguir así.

“Se formó un comité, el comité se disolvió y se formó un nuevo comité y el nuevo comité se disolvió. Finalmente la Unión Astronómica Internacional, la autoridad para hacer este tipo de cosas, formó otro comité con científicos e historiadores que preparó una propuesta para la reunión de 2006”.

Brown no quería involucrarse.

Imagen de Plutón enviada por New Horizons

NASA
El futuro de Plutón estaba en juego… (Imagen de NASA/Johns Hopkins University Applied Physics Laboratory/Southwest Research Institute)

“De hecho, me escondí con mi familia en una pequeña isla en el noroeste del Pacífico donde asumí que nadie me encontraría. Pero, en el transcurso de esta reunión de la Unión Astronómica Internacional, me encontraron y mi teléfono comenzó a sonar…

“La propuesta era que Plutón conservaría su condición de planeta, Eris sería un planeta, la serie de asteroides sería un planeta y la luna de Plutón sería un planeta.

“Quedé boquiabierto: es la propuesta más loca que he visto en mi vida“.

Caso cerrado

De no haber sido por él, Plutón sería lo que tantos habíamos aprendido que era: el noveno planeta de nuestro Sistema Solar.

Pero el autor de “Cómo maté a Plutón y por qué se lo merecía” no se quedó callado.

“Estaban a punto de decir que había descubierto a un planeta -Eris-, lo que me habría convertido en el único descubridor de planetas con vida y por ende famoso, pero argumenté firmemente que eso no tenía sentido.

Sabías que.... . [ Es el único mundo (hasta ahora) nombrado por una niña de 11 años ],[ Venetia Burney de Oxford, Inglaterra, sugirió en 1930 que lo llamaran como el dios romano del inframundo. ],[ Corazón de hielo Plutón tiene un glaciar en forma de corazón más grande que Texas. ], Source: Source: NASA, Image:

“No descubrí un planeta. Descubrí este pequeño cuerpo genial que es el objeto más masivo que conocemos del cinturón de Kuiper, y eso es muy asombroso, pero simplemente no tiene la escala de un descubrimiento planetario.

“Mi argumento finalmente prevaleció abrumadoramente en la votación que tuvo lugar en la Unión Astronómica Internacional, y eso fue todo: Plutón dejó de ser un planeta.

“Yo diría que Plutón nunca lo fue. El caso se cerró y Plutón nunca volverá a ser un planeta”.

Sentimientos encontrados

La Unión Astronómica Internacional, por primera vez, precisó una definición de planeta.

Para ser un planeta, un objeto debe orbitar alrededor del Sol, ser redondo y haber despejado su vecindario, en otras palabras, no tener otros objetos cerca. En esa última condición falló Plutón.

“En el momento en que sucedió, fue emocionante; no era una decisión fácil de tomar y los astrónomos tomaron la correcta. Fue asombroso, en realidad nunca hubiera predicho que iba a suceder“.

Pero, por más que Brown intentara explicar lo sucedido, la gente se enfureció.

Sistema Solar con Plutón

Getty Images
Nada volvería a ser igual… de repente, esta profesora estaba errada.

“Ese primer año, me enviaban mensajes groseros de odio. Recibí amenazas de muerte reales”.

Al astrónomo la llamó la atención que la gente tuviera sentimientos tan fuertes respecto a Plutón.

A pesar de todo, no se arrepiente.

Fue y sigue siendo científicamente correcto. Es el esquema de clasificación correcto para nuestro sistema solar e importa pues nos permite entender realmente cómo es.

“Así que estoy encantado de haber tenido algún papel en ayudar a que el Sistema Solar se describiera de la manera correcta para los científicos y el público”.

¿Y cómo es esa descripción?

“Creo que la mejor descripción del Sistema Solar es: 8 planetas gigantes, una banda de asteroides entre Marte y Júpiter y una banda de objetos fuera de Neptuno en el cinturón de Kuiper”.


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