Los dos cambios que transformarían la educación superior en México
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Los dos cambios que transformarían la educación superior en México

Por Ernesto García y Jaime Martínez Bowness
11 de marzo, 2013
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Existen pocos lentes tan efectivos para ver a nuestra educación superior “en acción” como la preparación de jóvenes para ingresar a maestrías y doctorados, o bien la colocación de estudiantes de licenciatura e ingeniería en prácticas profesionales. Los autores de esta reflexión nos dedicamos a ambas cosas.

A través de nuestro peculiar trabajo, hemos constatado que la educación superior mexicana -pública y privada- debe prestarle mucha más atención a dos temas:

Primero, a que los jóvenes adquieran habilidades laborales realmente requeridas por el mercado. Segundo, al desempeño de los universitarios en exámenes estandarizados internacionales, específicamente en el GRE y el GMAT, que evalúan razonamiento matemático y verbal (en inglés) y sitúan a los individuos sobre una escala mundial.

Lo primero -un mayor énfasis en competencias- no es nuevo. Existe un multi-señalado desfase en México entre lo que los estudiantes aprenden y lo que las empresas requieren. Cambiar esta realidad puede lograrse de muchas maneras. Tan sólo una de ellas es incorporando la realización de prácticas profesionales a los planes de estudios universitarios desde un principio, como sucede en Alemania, y no como accesorio hacia el final del programa. Esto obligaría a las instituciones de educación superior a mantener actualizados, y útiles, sus planes de estudio.

Un mayor enfoque en competencias laborales tendría otras beneficios. Por ejemplo: Comenzaríamos a deshacernos de la noción de “carrera” como un bloque educativo de 4-5 años, caro -indistintamente de quién lo pague, el gobierno o los ciudadanos- y que mágicamente brinda un empleo, y comenzaríamos a pensar más en lo que realmente debe brindar esa etapa: habilidades que, sólo si son las adecuadas, son recompensadas por el mercado.

Nos iríamos moviendo hacia la noción de educación continua, donde toda nuestra vida productiva tendremos un pie en la escuela y otro en el trabajo, y donde por ese motivo la “carrera” no tendría que ser tan larga ni tan cara.

Le daríamos mucho más peso al aprendizaje del inglés, que sigue siendo relegado especialmente por las escuelas públicas. La carencia de este idioma no sólo priva a los jóvenes de oportunidades de empleo en una economía global: los desconecta, de por vida, de la mayoría de la información en internet.

Los consumidores de la educación -los jóvenes y los padres- tendrían más herramientas para discernir la calidad de la educación ofrecida por las universidades: qué habilidades brindan y cómo lo hacen. En cambio, hoy se eligen carreras y universidades con base en indicadores muy tangenciales: reputación, si conocidos de uno estudian ahí, si el marketing parece atractivo, si “se enseñan valores”, o el monto de la colegiatura.

Se iría disipando, con algo de suerte, la resistencia cultural que tenemos a las carreras técnicas.

En cuanto al segundo factor que señalamos -la consideración de exámenes estandarizados-, el uso de métricas internacionales como PISA es justamente lo que nos ha dado, en años recientes, herramientas objetivas para criticar y buscar mejorar la calidad de la enseñanza. El GMAT y el GRE son exámenes que se requieren para ingresar a maestrías y doctorados en universidades en todo el mundo, pero porque son pruebas de razonamiento para las cuales todo recién egresado de licenciatura o ingeniería debería estar listo, son también un excelente indicador de la formación que estos últimos han recibido.

El resultado que arrojan el GRE o el GMAT es una colocación percentil del test-taker sobre de todas las personas que han hecho el examen en el mundo. Así, la experiencia para un universitario mexicano de “medirse” directamente contra un indio, chino, canadiense, chileno, ruso, estadounidense o francés es -lo vemos todo el tiempo- no solamente reveladora de su competitividad global, sino también personalmente muy formativa, pues saca de la cabeza del chico, de una vez por todas, la idea de que no tendrá que competir contra profesionistas de otros países.

¿Cómo nos va a los mexicanos en estas pruebas? Mal. Muy mal. Aún en contraste con otros países latinoamericanos. Los promedios nacionales del GMAT son públicos y lo dicen claramente: más allá del inglés, el razonamiento matemático de los mexicanos, incluso recién salidos de la universidad, es pobre.

Mucho se critica que la educación sea “para los exámenes”, y se tiene razón cuando la única vara para medir el trabajo de las escuelas y maestros es esa. Pero no por ello debemos desechar el uso prudente de pruebas y exámenes internacionales.

Ante los dos cambios que proponemos aquí, México parte de una ventaja. Nuestro modelo de educación superior, que desde un principio va encaminado a una cierta disciplina o “carrera”, es muy diferente al del college anglosajón, donde los estudiantes llevan un sinfín de materias de manera libre y medio desordenada, y donde sólo hasta que se gradúan de esta etapa realmente entran -si lo desean- a una escuela especializada: de leyes, negocios, ingeniería, políticas públicas, arquitectura, etc. Ellos obtienen en su maestría lo que nosotros vemos desde la licenciatura. El modelo de college es bondadoso pues le permite a los estudiantes explorar antes de comprometerse con una profesión, pero esa exploración trae un precio: es tardada y cara, pues hay que sumarle los 1-2 años de graduate school a los 3-4 de college. En cambio, acá los jóvenes, desde que entran a la universidad, comienzan a recibir una formación que -al menos en teoría- responde a la realidad del ejercicio profesional. Esto hay que aprovecharlo.

Creemos que enfocarnos en serio en las competencias que requiere el mercado y echar mucha más mano de exámenes internacionales son dos importantes formas de hacerlo.

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Coronavirus; ¿Qué produce una respuesta inmunitaria más fuerte: la infección natural o la vacuna?

Si bien ambas producen una respuesta inmunitaria, te explicamos por qué es mejor la protección que te puede ofrecer una vacuna contra el SARS-CoV-2.
16 de diciembre, 2020
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Reino y Estados Unidos iniciaron ya su programa de vacunación masiva contra el coronavirus con la vacuna de Pfizer/BioNTech.

La inmunización, producida en Bélgica, es un nuevo tipo de vacuna llamada ARN que utiliza un pequeño fragmento del código genético del virus para enseñarle al cuerpo a combatir la COVID-19 y generar inmunidad.

El resto de las vacunas —incluidas la rusa Sputnik V, que comenzó a suministrarse de forma masiva en Moscú, la china Sinovac, la estadounidense Moderna o la británica Oxford-AstraZeneca— continúan en la carrera y la aprobación de algunas de ellas se espera de forma inminente.

En Reino Unido, los primeros en recibir la dosis inicial de las dos necesarias para alcanzar la inmunidad completa son las personas mayores de 80 años, los profesionales de la salud en primera línea, así como los trabajadores de las residencias de ancianos.

Y mientras que la mayoría de la población espera con ansias que le llegue su turno, hay quienes miran a la vacuna con recelo por las incógnitas que todavía no tienen respuesta.

Una de las preguntas que se repite (aunque no necesariamente entre quienes están en desacuerdo con la vacunación) es, ¿Qué genera una respuesta inmune más fuerte: la infección natural o la vacuna?

BBC Mundo conversó con tres expertos en el tema en busca de una respuesta.

Según el caso

En pocas palabras: aún no se sabe.

“Hay algunas enfermedades donde la vacuna protege más que la enfermedad y otros casos donde la enfermedad brinda más protección que la vacuna”, le explica a BBC Mundo Carlos Rodrigo, vacunólogo y Director Clínico de Pediatría del Hospital Germans Trias i Pujol, en Barcelona.

Paciente de covid-19

Getty Images
Mientras que a algunas personas el virus les provoca pocos o ningún síntoma otros deben ser hospitalizados o conectados a un respirador.

Rodrigo da como ejemplo enfermedades clásicas como el sarampión, la varicela o las paperas, donde la infección natural es la que otorga una inmunidad más prolongada, donde lo habitual es que una vez que la pasas no te vuelvas a enfermar.

En otro tipo de infecciones, como las provocadas por neumococos o meningococos (dos tipos de bacterias) en niños o por el virus del papiloma humano (VPH) —un grupo de virus que puede causar verrugas y varios tipos de cáncer— la situación es exactamente opuesta.

En el caso del VPH, por ejemplo, la vacuna genera una respuesta inmune más potente que la inmunidad natural, ya que esta última es particularmente débil.

Esto se debe a que, entre otra cosas, el virus emplea varias tácticas para evadir al sistema inmune, le explica a BBC Mundo Maitreyi Shivkumar, profesora de Biología Molecular en la Facultad de Farmacia de la Universidad De Montfort, en Reino Unido.

“Muchos virus, entre los que se incluye el VPH tienen proteínas que bloquean la repuesta inmune o simplemente mantienen un perfil bajo para no ser detectadas”.

En cambio la vacuna, “contiene una concentración alta de una sola proteína —la que sobresale de la superficie del virus y la que detecta el sistema inmune— en su forma más pura”.

Al suministrar una gran cantidad de esta proteína, la respuesta que se genera es mucho más fuerte, señala Shivkumar.

Y, además, la vacuna permite que, “de cierta forma, el sistema inmune no se distraiga con otros trozos del virus (como ocurriría en una infección natural)”, añade la experta, aunque aclara que son pocos los casos donde la inmunidad generada por la vacuna es mayor a la que suscita la infección natural.

“Por lo general las vacunas son tan buenas como la infección (en este sentido), o brindan suficiente inmunidad y eso es lo que se quiere lograr”.

¿Cómo se posiciona la covid-19 en este sentido?

Dado que se trata de una enfermedad nueva y de que los estudios sobre la vacuna fueron diseñados para determinar su seguridad y eficacia más que para evaluar la longevidad de la inmunidad, no sabemos con exactitud por cuánto tiempo se extiende el efecto protector de ninguna de las dos.

HPV

Getty Images
En el caso del VPH, la vacuna genera una respuesta inmune más fuerte que el virus mismo.

Lo que sí sabemos es que, a diferencia de la infección natural, de la que podemos recibir una dosis viral variable (alta, mediana o baja) que produce diferentes niveles de inmunidad, “cuando te suministran una vacuna, recibes una dosis predeterminada que sabemos provoca una respuesta inmune fuerte y apropiada, capaz de prevenir la infección en un gran porcentaje de los casos”, le dice a BBC Mundo Jennifer Gommerman, inmunóloga de la Universidad de Toronto, Canadá.

“Hay muchas similitudes: las dos cosas —la infección natural y la vacuna— generan anticuerpos neutralizantes e inmunidad celular (el proceso que activa entre otras cosas a las células T)”.

“Pero una de las grandes diferencias es que las vacunas no provocan el daño colateral de una respuesta inmune extremadamente robusta, que en mucha gente puede ser perjudicial y causar daño en los pulmones”, explica la experta.

Sin vacuna, dice Carlos Rodrigo, atravesar la enfermedad es “una aventura, un azar, una ruleta rusa: mientras que a algunas personas no les ocasiona ningún problema, a otras les causa problemas gravísimos. Y a otras no tan graves pero persistentes en el tiempo, e incapacitantes”.

Por último otra de las ventajas de la vacuna es que al suministrar una dosis fija, “se garantiza una respuesta imunitaria estandarizada en toda la población. Es una forma de controlar la respuesta y no dejarla al azar”, añade Shivkumar.

Y si tuve covid-19, ¿es necesario vacunarme?

En opinión de Gommerman, deberías dejar que vacunen a otros primero porque tu cuerpo todavía debería tener memoria del virus y por lo tanto capacidad para combatirlo, pero luego es importante que lo hagas.

Vacunación

Getty Images
Aunque hayas tenido covid-19, es aconsejable recibir la vacuna.

“Primero que mucha gente nunca tuvo confirmación de haber tenido el virus”, dice. “Cuando nos llega gente que piensa que ha tenido covid-19 y se les hace la prueba de anticuerpos, no siempre dan positivo porque en realidad no han estado expuestos al virus”.

Esa ya es una buena razón para darse la vacuna. Pero por otro lado, “hasta donde sabemos, no hay consecuencias negativas de darse la vacuna después de haber tenido el virus. Es como reforzar tu respuesta inmunitaria”, señala la experta.

Y, tercero, “tu respuesta inmune pudo haber sido muy buena o no, dependiendo de a cuánto virus estuviste expuesto, y como esa carga es variable, no sabrás en que parte del espectro te encuentras, por lo tanto, es mejor darse la vacuna”.

Rodrigo tiene una visión similar, aunque recomienda hacer un test primero para verificar si la persona aún tiene anticuerpos.

Estas personas “no serían prioritarias, pero es posible que al cabo de unos cuantos meses, la inmunidad natural no sea suficiente”.

“Habrá que evaluar si todavía tiene anticuerpos, porque en casos que los haya, la vacuna es inútil”.


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