“Mi mamá es trabajadora sexual” (crónica)
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“Mi mamá es trabajadora sexual” (crónica)

Las protagonistas de estas historias son madres que buscaron en la calle el sustento necesario para mantener a sus familias. Desde hace más de 20 años la Brigada Callejera del DF les brinda a estas familias ayuda sanitaria, psicológica, y de alfabetización
Por Manu Ureste
24 de mayo, 2013
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De acuerdo con datos de la Brigada Callejera del DF, en la actualidad hay algo menos de mil trabajadoras sexuales en la zona de La Merced. Da las cuales, unas 600 tienen entre 18 y 35 años, y entre 200 y 300 son de la tercera edad. //Foto: Cuartoscuro

De acuerdo con datos de la Brigada Callejera del DF, en la actualidad hay algo menos de mil trabajadoras sexuales en la zona de La Merced. De las cuales, unas 600 tienen entre 18 y 35 años, y entre 200 y 300 son de la tercera edad. Se calcula que unas 100 menores de edad pueden estar ejerciendo la prostitución. //Foto: Cuartoscuro

“No nos respetan –lamenta resignada moviendo la cabeza y con la mirada de profundos ojos negros clavada en el suelo-. Ni nos respetan nuestros derechos, ni nadie nos tiene en cuenta para nada. Pero lo peor de todo –su voz suave se torna dura, metálica- es que la gente no respeta a nuestros hijos. Si voy por la calle y alguien me reconoce, empieza a chiflarme y a señalarme con el dedo sin importar que vaya acompañada de mi hija…

La mujer respira hondo.

“Es muy difícil ser madre y trabajadora sexual. Muy difícil -levanta la vista y dibuja una mueca quebrada en la boca-. Pero esto lo hago por mi hija y mi nieta, para sacarlas adelante. Por ellas manito –se muerde el labio-, por ellas yo lo doy todo”.

A pesar de que hace ya algunos años que rebasó la cuarentena, Carmen aún conserva destellos infantiles en su cara morena de ángulos pronunciados y limpia de maquillaje. Su complexión -anota el reportero- es la de una mujer frágil; no mide más de un metro 55 centímetros, y la báscula, con esfuerzo, apenas alcanza los cincuenta kilos.

“Es muy difícil ser madre y trabajadora sexual. Pero esto lo hago por mi hija y mi nieta, para sacarlas adelante”

“Llevo ocho años como trabajadora sexual, aquí en La Merced. Mi hija sabe a qué me dedico desde los siete años de edad; ella venía a la escuela aquí en el centro, y decidí que mejor lo supiera directamente por mí y no por alguno de sus compañeritos. No quería que le dijeran ‘oye, mira que tu mamá salió de tal hotel’, o que ‘tu mamá es tal por cual’. Así que mejor yo se lo dije; creo que lo tomó con bastante naturalidad. Sabe que con este trabajo comemos”.  

Carmen se lleva las manos al pantalón tejano descolorido que viste junto a una blusa de color rojo intenso, y entrelaza con parsimonia los dedos diminutos dejándolos descansar sobre dos muslos menudos.

De nuevo mira hacia el suelo.

“La gente es muy mala, ¿sabes? –encoge los hombros y se ajusta por tercera vez la diadema rosa con incrustaciones de cristales que le estira el pelo-. Los mismos comerciantes de aquí se meten mucho con nosotras. Y también las mamás ignorantes nos señalan y nos discriminan por hacer este trabajo. No saben por qué estamos aquí, no saben lo que hemos tenido que pasar… Hay mucha discriminación entre las mismas mujeres –lamenta-; muchas son amas de casa y nos miran de arriba abajo, como si fuéramos unas apestadas. Y no lo somos… Todos los seres humanos somos iguales. Y este es un trabajo como cualquier otro; yo no estoy ahí parada por placer”.

Tras pronunciar esa última frase, “yo no estoy AHÍ PARADA por placer”, Carmen mira de soslayo por el hueco de la ventana que da hacia un callejón que cruza en paralelo la calle Corregidora, en el que varios camiones cargan y descargan mercancía, mientras tres prostitutas platican entre sí a la espera de que algún cliente las levante.

“¿Hasta cuándo pienso seguir en la calle? –repite la pregunta del reportero con la mirada puesta en ninguna parte y su sonrisa permanentemente quebrada-. Hasta que mi hija tenga su carrera –responde convencida-. Porque gracias a este trabajo hemos podido salir adelante. Ella me dice que no quiere hacer la calle y que tampoco quiere ser ayudante de comerciante. Y para mí –su boca deja ver por primera vez una dentadura irregular con pronunciados picos-, es un orgullo y un reto que ella pueda cumplir sus estudios. Quiero que encuentre un buen trabajo, que salga adelante. Como madre, ese es mi mayor deseo”. 

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Elvira Madrid es presidenta de Brigada callejera del DF. En la imagen porta un cartel promocional de la marcha del Primero de Mayo con el emblema 'La esquina es de quien la trabaja'. //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Elvira Madrid es presidenta de Brigada callejera del DF. En la imagen porta un cartel promocional de la marcha del Primero de Mayo con el emblema ‘La esquina es de quien la trabaja’. //Foto: Manu Ureste

-¡Bravo! ¡Bravo!

El auditorio improvisado se pone en pie; aplaude con fuerza y pide, entusiasmado, el regreso de la artista al escenario.

-Te pareces tanto a mí, que no puedes engañarme…

Enfundada en un vestido largo de felpa negro y con el pelo recogido en un moño muy apretado, Krisna se mueve de un lado a otro gesticulando con sentimiento la letra de la canción de Lupita D’alessio.

 -Sé de una tonta y que se enamoró de tiiii…

La Brigada Callejera está repleta.

El recibidor de la oficina decorada con paredes de color amarillo, verde y blanco, y empapelada de diplomas del Censida y fotografías del Subcomandante Marcos, acoge una fila de trabajadoras sexuales de todas las edades, que sale hasta la puerta del inmueble localizado a un par de cuadras del metro Candelaria. Todas quieren ver las mejores galas de Krisna, una trabajadora sexual transgénero, integrante de la Red Mexicana de Trabajo Sexual y del colectivo ‘Talonearte’, que ofrece un colorido show interpretando a Rocío Durcal y Lupita D’alessio para animar a “las compañeras” en el Día de la Madre.

Media hora después, y tras el último y definitivo bis, Krisna se acomoda el flequillo dejando al descubierto una amplia frente por la que brotan luminosas perlas de sudor. Alza la mano al aire, hace una reverencia teatral a su público para agradecer los aplausos, y abandona el escenario caminando muy lentamente, con una calculada -y ensayada- pose de diva de la canción.

“Las cosas están de la chingada ahí afuera –toma la palabra después del eco de los últimos aplausos Elvira Madrid, presidenta de la Brigada Callejera del DF-. Pero como no todo es tristeza, queríamos felicitarlas con este show el Día de la Madre. Esperamos que les gusten estos regalos –se lleva el puño cerrado a la camiseta negra que reza ‘¡Las mujeres resistimos y luchamos!’-. De veras que se los damos de coraza. Para nosotros, todas ustedes significan mucho”.

A continuación, varios integrantes de la Brigada abren unas cajas grandes de cartón y comienzan a repartir entre todas las asistentes unos kits de productos de belleza.

Las mujeres, sorprendidas, desenvuelven con cuidado los regalos. Les quitan muy lentamente el plástico y los observan entre sus manos con detenimiento.

Todas sonríen y se felicitan entre sí.

Por un día, tal vez sólo hasta que vuelven a salir a la calle, alguien las hizo sentir especiales.

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Gloria Castro lleva más de 40 años ejerciendo la prostitución en las zonas aledañas al Zócalo capitalino. //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Gloria Castro lleva más de 40 años ejerciendo la prostitución en las zonas aledañas al Zócalo capitalino. //Foto: Manu Ureste

“Cuando empecé a trabajar por Anillo Circunvalación las mujeres me gritaban que me largara; me escupían y me amenazaban con golpearme”

Gloria Castro dice con orgullo que, a diferencia de muchas de sus compañeras, ella no tiene problema para mostrar su rostro a la cámara que la fotografía. “¿Por qué habría de avergonzarme si este trabajo me ha dado de comer a mí y a mi familia?”, pregunta extrañada y con el ceño ligeramente fruncido ante la pregunta del reportero.

Gloria va a cumplir en un par de días 62 años.

Sentada sobre la camilla que la Brigada Callejera emplea para hacer revisiones ginecológicas, cuenta con naturalidad y sin dramatismo que lleva 42 años dedicados a ejercer la prostitución en diferentes lugares del Distrito Federal.

“Hace muchos años yo cobraba 30 pesos y todavía me llevaba una cantidad de 500 o hasta 700 pesos de ganancias diarios. Sin embargo ahora -alza las dos manos repleta de finos dedos al aire y encoge los hombros con una sonrisa honesta-… Ahora vengo desde muy temprano y hay veces que no me llevo ni un rato por mi edad. Algunos clientes me dicen: ‘señora, ya mejor váyase a su casa que está muy mayor…’. Pero yo siempre les digo: mira manito –levanta la mano izquierda y muestra la palma-, la verdad es que tengo hambre y necesidad, y yo estoy aquí trabajando. Y si tú no vienes conmigo, pues otro lo hará. Esto es así”.

Tras la última afirmación Gloria suelta una carcajada.

Se estira con disimulo el pliegue que se le está empezando a formar en el vestido azul largo y holgado que viste, y cuenta manteniendo el gesto alegre que, a pesar de haber perdido a cinco de diez hijos, y de tener en estos momentos a uno recluido en prisión, se considera así misma como una persona “muy risueña, muy tratable”, y sobre todo con una relación “muy allegada con Dios”. Una fe ésta, comenta ahora con un tono solemne en el rostro bien cuidado a pesar de los años, que le ha ayudado a soportar los menosprecios de una sociedad que la señala con el dedo.

“Cuando se lo dije a mi hijo pensé que me iba a rechazar, que me iba a decir que renunciaba a que yo fuera su mamá… Pero fue lo contrario”

“Cuando yo empecé a trabajar por Anillo Circunvalación las mujeres me gritaban que me largara, me escupían incluso, y me amenazaban con golpearme si volvía yo a pasar por ahí… Y pues así me la fui llevando hasta que perdí completamente el miedo, porque yo tenía que sacar a mis hijos adelante. A mí no me importaba arriesgarme y entrar con un psicópata o un maleante si era necesario. No me importaba”.

-¿Cómo le dijo a sus hijos que su madre es una trabajadora sexual? –pregunta el periodista-.

-Cuando se lo dije a mi primer hijo pensé que me iba a rechazar, que me iba a decir que renunciaba a que yo fuera su mamá por trabajar en lo que trabajo; o que me dijera que yo le daba asco… Pero fue lo contrario. Les dije a mis hijos cuál es mi forma de ganarme la vida, nunca lo oculté, y ellos me dijeron que este era un trabajo como otro, y que con este yo les di comida, estudio, y los saqué adelante. No me juzgan y lo aceptan, y eso para mí es lo más importante.

-Y con 62 años a punto de cumplir… ¿no tiene pensado retirarse de las calles?

Gloria se toca el pelo grisáceo que luce muy corto y se acaricia la nuca.

Su mirada risueña, que por unos momentos se había perdido tal vez en divagaciones personales tras la última respuesta, vuelve a posarse, muy atenta y con un extraño halo de optimismo, sobre los ojos de quien tiene enfrente. Echa otro vistazo por entre los barrotes que protegen la ventana, apoya ambas manos sobre la camilla, y contesta:

-Voy a seguir muchos años en esto, porque mi hijo está en la cárcel y tengo que ayudarlo. Tal vez cuando él salga… -deja espacio para una pausa-, podríamos vender algo juntos si él acepta y quiere. Si mi hijo me dijera: ‘mamá ya no quiero que estés en la calle, vamos a poner un negocio’… creo que sí lo dejaría.

 “Me siento muy orgullosa de tener este trabajo; aquí en la Brigada me han enseñado a valorarme, me dicen que soy una guerrera”

-¿Y si él no aceptara el proyecto?

-Si no, pues yo seguiré en la calle los años que Dios me permita. Mientras pueda ahí estaré. La verdad es que me siento muy orgullosa de tener este trabajo, porque aquí, en la Brigada, me han enseñado a valorarme; me dicen que soy una guerrera –suelta otra carcajada-. Por eso en cada marcha que hacen siempre estoy con ellas, y sin taparme con máscaras ni nada, ¿eh? –alza de nuevo la mano mostrando la palma-. Yo sí doy la cara. ¿Además, por qué habría de avergonzarme de este trabajo que me ayudó a superarme y a sacar adelante a mi familia? –cuestiona-. No, sabe Dios que yo no tengo nada de qué esconderme. 

Gloria Castro //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Gloria Castro asegura que no tiene nada de qué avergonzarse, pues su oficio le ha dado de comer a ella y a su familia durante más de cuatro décadas //Foto: Manu Ureste

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Sonia es, probablemente, la trabajadora sexual más veterana –debe estar próxima a los 70 años- de todas las que se congregaron en las instalaciones de la Brigada Callejera para celebrar el Día de la Madre. Y también una de las más guerrilleras para denunciar los problemas cotidianos que ella y sus “compañeras” se encuentran en las calles de La Merced.

“Bueno, ¿y de qué nos quieren salvar esos políticos, si no hemos pedido su ayuda? -Cuestiona durante la reunión-. Tampoco estamos enfermas. Los hombres son los responsables de que nosotras estemos aquí… Dejan a sus mujeres con hijos, se van y no asumen sus responsabilidad. Pero no -menea ostensiblemente la cabeza mientras apunta hacia el suelo con el dedo índice-, aquí no hay víctimas ni victimarias”.

Ninguna de ellas lo dice, pero el fantasma de la iniciativa de ley en materia de trata de personas del diputado local Manuel Granados, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), está presente durante todo el focus group.

“Los políticos y académicos no se quieren ensuciar los pies viniendo a la zona a escuchar a las compañeras”

“En la marcha del Primero de Mayo reclamamos que el trabajo sexual sea reconocido como un oficio. Ahora todo es trata de personas, y se está criminalizando a la trabajadora sexual: o eres víctima, o eres victimaria. Y nosotros decimos que son cosas diferentes”, apunta Elvira Madrid durante la entrevista posterior al show de Krisna.

“Pero los políticos hacen las leyes al vapor. Son hechas por académicos que SE SUPONE –alza la voz para exagerar el sarcasmo- que saben lo que hacen, pero que vemos que no tienen ni idea”.

Elvira, que lleva más de veinte años recorriendo las calles de La Merced para brindar ayuda a las trabajadoras sexuales como parte integrante de la Brigada Callejera, se ajusta una gorra negra que lleva bordada al frente una estrella roja del EZLN, y comenta con rabia que el trabajo de 23 años “lo están echando a perder” con la ley en materia de trata de personas.

“Recientemente fui al foro de la Suprema Corte y me salí muy enojada –narra con los ojos muy abiertos-. Nos llevamos a una compañera de cada hotel para que escucharan lo que allí se decía. Pero lo que vimos fue a puras señoras ricachonas que quieren salvar al mundo, pero que no tienen ni la menor idea de cómo está la situación, y que pretenden etiquetar todo como si fuera trata, y no hacen esa diferencia”.

 

Beatriz Herrera es integrante del Taller de Periodismo //Foto: Manu Ureste (@ManuVPC)

Beatriz Herrera es integrante del Taller de Periodismo Aquiles Baeza. Durante la entrevista, Herrera señaló que en el taller están preparando un libro sobre historias de trabajadoras sexuales, contadas por las mismas protagonistas. //Foto: Manu Ureste

Por su parte, Beatriz Herrera, del taller de Periodismo Aquiles Baeza que está editando un libro “hecho por trabajadoras sexuales”, critica en la misma línea que nadie visite la zona para conocer de voz de las trabajadoras sexuales cuáles son sus necesidades reales. “Vemos que hay gentes que dicen que están haciendo algo por las compañeras, por luchar contra la trata de personas –señala-. Pero vienen aquí rodeados de guaruras y les preguntan así por encima a las muchachas sin entrar al fondo de la cuestión”.

“Los grupos de feministas dicen que todo tipo de prostitución es trata de personas y explotación sexual –añade por su parte Jaime Montejo, integrante de la Brigada Callejera y reportero de la Agencia de Noticias Independiente ‘Noti-Calle’-. Y nosotros decimos que no. Que en la prostitución hay tantos colores como en el arcoíris. Ni todas son víctimas, ni todas son victimarias. Cada mujer vive su situación de manera diferente”.

Aquí el video con la entrevista completa a Elvira Madrid:

 

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“El trabajo de mi mamá es el que me ha permitido estudiar; ella nos ha sacado adelante y la respeto”

Lentamente la sala se va quedando vacía y las sillas vuelven a amontonarse unas encima de otras.

Son más de las tres de la tarde, y el gentío abarrota el centro de la calle Corregidora por la que se extiende una infinidad de puestos ambulantes.

Sobre las banquetas, y aprovechando la sombra que ofrecen los tenderetes, las trabajadoras sexuales vuelven a la calle.

“Sí, mi mamá es trabajadora sexual -cuenta con normalidad Marta, mientras espera en la oficina de la Brigada a que su madre termine la jornada-. Yo siempre lo supe porque ella misma me lo contó; nos tenemos mucha confianza”.

Tras la respuesta, la joven de 15 años, que dice tener “unas ganas locas” por hacer la prepa y poder estudiar criminología, se pasa muy despacio un largo mechón de pelo negro por detrás de la oreja, y añade, mitad con indiferencia, mitad con hastío, no estar “para nada” preocupada por lo que la gente pueda decir del oficio de su madre.

“No me preocupa lo que digan; el trabajo de mi mamá es el que me ha permitido estudiar y también hacer muchas otras cosas –comenta orgullosa-. Nosotros somos una familia completamente normal, sólo que el trabajo de mi madre es el que es. Pero no me importa que sea prostituta, lo veo como un trabajo cualquiera y me vale lo que la gente pueda decir. Ella nos ha sacado adelante sola a mí y a mis hermanos –concluye con una sonrisa-, y por eso yo la respeto mucho”.

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El experimento de confinamiento que terminó con sus participantes casi muertos

En 1991, un ambicioso proyecto encerró a ocho científicos en un ecosistema artificial. El objetivo era replicar las condiciones de vida en la Tierra, pero por poco acaba en tragedia.
18 de julio, 2020
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La aventura casi termina en tragedia. En 1991, un grupo de ocho investigadores voluntarios se encerró durante dos años en una estructura de cristal y acero dentro de la que científicos habían recreado varios ecosistemas del planeta Tierra.

Aquel experimento formaba parte del proyecto Biosfera 2 y el objetivo era comprobar si, en un futuro, los humanos podrían vivir en circunstancias similares en colonias en otros planetas.

Gran parte de la rutina de los ocho participantes, llamados “biosferianos”, se redujo a labores agrícolas. Debían cultivar sus propios vegetales, recolectar granos del suelo y obtener proteínas de animales de granja y peces criados en estanques de acuicultura.

El experimento, presentado como como una “misión espacial” dentro de la Tierra, acaparó la atención mediática..

Pero la aventura no acabó como se esperaba.

Los cultivos no crecían al ritmo estimado, la comida empezó a escasear, el oxígeno era insuficiente y la tensión afloró en la convivencia de los participantes.

Un “Jardín del Edén”

El diseño original del complejo Biosfera 2 fue idea de John Polk Allen, un ingeniero graduado por la Universidad de Harvard en Estados Unidos.

Biosfera 2 en Arizona.

Getty Images
El complejo se sitúa en Oracle, en pleno desierto de Arizona.

Allen era también el director de la empresa Space Biospheres Ventures, que en 1984 compró la propiedad donde se localizó el ecosistema artificial cerrado en Oracle, en el desierto de Arizona en Estados Unidos.

La construcción se completó en 1989 y consistía en tres edificios. El primero, un gran domo de cristal y acero; el segundo un área subterránea de tecnología y el tercero una zona destinada al hábitat humano.

Interior del edificio principal de Biosfera 2.

Getty Images
Biosfera 2 reprodujo varios ecosistemas terrestres como un bosque tropical y un océano con arrecifes de coral.

El domo medía casi 28 metros en su punto más alto y contenía cinco ecosistemas: un bosque tropical, un desierto, una sabana, un manglar y un océano con arrecifes de coral. Dentro se encontraba, además, la zona dedicada a la agricultura.

En el interior del edificio tecnológico se alojaban los componentes que mantenían la climatología interior, con controladores de temperatura y humedad.

El objetivo principal era determinar si una biosfera artificial podía funcionar, incrementando reservas de energía y biomasa, preservando un alto nivel de biodiversidad y biomas, estabilizando su agua, suelo y atmósfera”, según escribieron el director del proyecto, John Polk Allen, y uno de sus participantes, Mark Nelson, en un documento con el resultado de la investigación en 1997.

Los investigadores involucrados querían saber si una biosfera autosostenible, con todos los ecosistemas de vida de la Tierra, podía “proveer una vida creativa y saludable para humanos que trabajaron como naturalistas y científicos”, según dicho documento.

Zona de agricultura de Biosfera 2.

Getty Images
“Era como crear una especie de Jardín del Edén en interiores”.

Básicamente,se trataba de comprobar si el ser humano sería capaz de mudarse a otro planeta llevándose un trozo del nuestro. Para ello, los científicos viajaron por el mundo y recopilaron recursos y conocimientos para crear el ecosistema artificial.

Llenaron Biosfera 2 de animales, vegetación y la tecnología necesaria para mantener las condiciones adecuadas.

Era como crear una especie de Jardín del Edén en interiores“, dijo Linda Leigh, una de las científicas que estuvo confinada, en un documental reciente sobre el experimento llamado Spaceship Earth.

Y así, en septiembre de 1991 cuatro hombres y cuatro mujeres: Roy Walford, Taber MacCallum, Mark Nelson, Sally Silverstone, Silke Schneider (quien después sería sustituida por Abigail Alling), Mark Van Thillo, Jane Poynter y Linda Leigh.

Impacto mediático

“Me llamaron por teléfono proponiéndome que me uniera al equipo voluntario y antes de que terminaran la oración ya había dicho que sí”, recuerda Nelson, uno de los biosferanos, en el documental.

Sally Sylverstone y Jane Poynter.

Getty Images
Sally Sylverstone y Jane Poynter fueron dos de las involucradas en el proyecto.

“Éramos pioneros, los primeros biosferanos. Nos habían dado un nuevo mundo para cuidar de él”, agregó Nelson.

Mientras, el mundo se enteraba del proyecto gracias al eco de los medios de comunicación, hasta el punto en que necesitaron contratar un equipo de relaciones públicas para lidiar con la presión mediática.

Poco después de empezar el confinamiento, el entusiasmo inicial de los integrantes comenzó a disiparse. Aumentaron los roces y las discusiones.

“Nunca se sabe lo que puede pasar cuando te encierras a convivir durante dos años con otras siete personas”, recuerda Nelson.

Los turistas se paseaban por fuera de las instalaciones, en visitas guiadas donde veían trabajar a los investigadores a través del cristal, como si se tratara de una visita al zoológico.

Dentro, cada uno de los participantes tenía una misión específica. Debían ocuparse de la ganadería, la preservación de los arrecifes de coral, la cría de peces y los cultivos, por ejemplo.

Además, evaluaban el comportamiento de los gases, sobre todo del oxígeno y el dióxido de carbono.

Interior del edificio principal de Biosfera 2.

Getty Images
Para recrear el ecosistema artificial, los científicos recolectaron recursos de varias partes del mundo.

Roy Walford era médico, y su trabajo era vigilar los efectos del confinamiento en la salud de los ocho voluntarios.

“Si podemos trasplantar un arrecife de coral, gestionar una granja, no contaminar la atmósfera ni el agua y reciclar nutrientes, se pueden aprender grandes lecciones aquí”, pensaba Nelson durante su confinamiento experimental.

Hambre, tensión y falta de oxígeno

Los biosferanos concuerdan en que la escasez de comida no ayudó a tener un ambiente sano.

De todos los cultivos, uno de los más exitosos, según revelaron Allen y Nelson en los resultados de la investigación, fue el plátano. De esta forma, los confinados tuvieron que utilizar dicho fruto para múltiples recetas. Hasta intentaron producir vino de plátano, pero sin éxito.

“Tuvimos que tomar decisiones importantes, porque algunos cultivos se daban mucho mejor que otros. Así que terminábamos comiendo un mismo producto, como la remolacha, en forma de sopa o en forma de ensalada”, dijo durante el documental Sally Sylverstone, otra de las biosferanas.

Pero los alimentos no fueron el único recurso que empezó a escasear. Tanto los participantes en el confinamiento como otros científicos que monitoreaban el experimento desde fuera, detectaron un aumento en los niveles de dióxido de carbono y una disminución del oxígeno.

“No podía terminar una oración sin que me faltara el aire”, dijo Nelson.

Participantes de Biosfera 2.

Getty Images
Los ocho participantes salieron del confinamiento a los dos años estipulados, a pesar de las dificultades ocurridas.

“Subía un par de escalones y ahí me detenía para volver a tomar aliento”, recuerda Linda Leigh.

La falta de suficientes alimentos hizo que los biosferanos perdieran peso, y de mantenerse los bajos niveles de oxígeno existía el riesgo de daño cerebral.

“Respirábamos el aire del otro, estábamos sofocados y muertos de hambre”, dijo Leigh.

“Estar peleándonos, además, no ayudaba a que consiguiéramos el objetivo por el que nos habíamos encerrado aquí”, lamentó Nelson.

El experimento se desmoronaba y la primera idea de sobrevivir dos años solo con lo que había dentro de Biosfera 2 no funcionó. Se introdujeron alimentos extra y extractores de dióxido de carbono y bombas de oxígeno desde fuera.

La prensa tildó al proyecto como un “fracaso”.

No más confinamientos

A pesar de necesitar ayuda del exterior y no poder llevar una vida autosuficiente, el proyecto consiguió durar los dos años estipulados.

Biosfera 2 en Arizona.

Getty Images
El complejo pertenece hoy a la Universidad de Arizona y se usa como centro de investigación.

En 1994, una segunda expedición regresó a los interiores de Biosfera 2, pero se canceló antes de que terminara la misión.

Hoy, Biosfera 2 pertenece a la Universidad de Arizona y se utiliza como centro de investigación sobre los ecosistemas de la Tierra.

Casi tres décadas después, ya no hay más confinamientos ni experimentos en los interiores del domo gigante de cristal.


https://www.youtube.com/watch?v=8urGTdEioOQ

https://www.youtube.com/watch?v=JwghZEmvmb8

https://www.youtube.com/watch?v=qd1YehNpbV4

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