"Selfies": por qué tantos y cómo hacerlos bien
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"Selfies": por qué tantos y cómo hacerlos bien

Se cree que el primer autorretrato fue tomado por el pionero de la cámara Robert Cornelius en 1839.
16 de junio, 2013
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Hay una manía de compartir autorretratos en línea. ¿Pero por qué?

El primer teléfono inteligente con una cámara delantera fue el punto de inflexión.

Sólo se necesita eso para tomar una foto de sí mismo. ¿Puede haber una indicación más definitiva de la ubicuidad del autorretrato o selfie, como se les conoce?

Las cámaras, que enfocan automáticamente a un brazo de distancia, nos invitan a fotografiar cada momento, sin importar la ubicación o la compañía.

Las imágenes pueden ser compartidas con miles de personas. Su inmediatez -¡Miren dónde estoy! ¡Miren lo que hago! ¡Miren cómo me veo!- es emocionante. Por lo menos para algunos.

Está la foto desde un ángulo alto, que muestra el brazo del fotógrafo. Está el autorretrato con espejo. Están las fotos con pose, con ojos tipo Bambi o expresión de puchero. Y están los autorretratos grupales, que implican rechazar la oferta de algún transeúnte generoso de tomar la foto.

Millones de imágenes

Una búsqueda en la aplicación para compartir imágenes Instagram revela que se han subido 23 millones de fotos con el hashtag o etiqueta #selfie, además de 51 millones con el hashtag #me.

Rihanna, Justin Bieber, Lady Gaga y Madonna son todos fotógrafos en serie de selfies. La modelo Kelly Brook tomó tantos que terminó autocensurándose. Las niñas de Obama fueron descubiertas mientras posaban frente a sus celulares durante la segunda toma de posesión de su padre.

Incluso el astronauta Steve Robinson tomó una foto de sí mismo mientras reparaba el transbordador Discovery.

La manía de autorretratarse está en todas partes. La palabra selfie ha sido usada tanto en los últimos seis meses que actualmente está siendo analizada para posiblemente incluirla en el diccionario en línea Oxford.

El precursor

Se cree que el primer autorretrato fue tomado por el pionero de la cámara Robert Cornelius en 1839, pero es cuestionable si eso se puede considerar un selfie de verdad.

“Es probable que haya contado con un amigo o un asistente para la exposición”, dice Michael Pritchard, historiador y director general de la Sociedad Real de Fotografía, en Reino Unido.

Pritchard explica que posiblemente, los primeros selfies fueron tomados más adelante. En los años 1880 estuvieron disponibles por primera vez los obturadores con temporizador, que le permitieron al fotógrafo tener cinco o diez segundos para ubicarse frente a la cámara.

Algunas cámaras tenían cables largos, que permitían presionar el obturador a distancia, agrega Pritchard.

Compartir los autorretratos también antecede a internet. En los años 1860 se volvió popular compartir las cartes de visite, pequeñas tarjetas fotográficas. Incluso las cabinas fotográficas comenzaron a aparecer en 1880 y lograron atraer a grupos de amigos de manera similar a como ocurre hoy.

Y luego llegó Polaroid. Se vendió por primera vez en 1948, pero no fue realmente instantánea hasta su apogeo en los años 70. Las cámaras Polaroid podían sujetarse estirando el brazo y fomentaron que las personas tomaran imágenes más íntimas.

“La gran ventaja de las Polaroid fue que no se necesitaba un rollo para revelar”, acota Pritchard. “Liberó al aficionado que no tenía un cuarto oscuro de que alguien mirara su foto antes que él”.

Avances 

Los avances tecnológicos permitieron que pasaramos de tener que mantenernos quietos por los largos periodos de exposición -lo que creaba una imagen más formal- a poder capturar el instante rápida e informalmente.

Algunas personas prefieren las imágenes que toman ellos mismos.

“Las imágenes ante un espejo son principalmente privadas y pasajeras”, dice Pamela Rutledge, director del Centro de Investigación de Sicología Mediática, en Boston. “Nos vemos a nosotros mismos vivos y dinámicos, personas en progreso”.

Emily Cook, una usuaria de 22 años de Instagram, cree que generan un factor de bienestar.

“Siempre es bueno documentar un buen día en que salgo bien peinada o con un vestido que amo. Y generalmente, en especial con Instagram, hay una actitud de bienestar relacionada con los selfies. Y por más egoísta que sea, uno sabe que si uno no se está sintiendo bien, hay alguien que pondrá ‘like’ en la foto y dirá que eres bella”.

Ella también cree que es otra forma de contar una historia a través de las redes sociales. “En vez de decir que uno va al trabajo, una foto en uniforme dice eso”.

Según Rutledge, disfrutamos con las oportunidades que tenemos para experimentar con diferentes identidades. Y el autorretrato permite exactamente eso. “Todos queremos ser capaces de ‘probar’ una nueva imagen e imaginar cómo nos sentiríamos como esa parte de nosotros”, explica.

De acuerdo con cifras recientes del Centro de Investigación Pew, los adolescentes en Estados Unidos están compartiendo más información que nunca sobre ellos mismos en las redes sociales. 91% de los encuestados pone fotos de ellos mismos en línea, en comparación con 79% en 2006.

Una teoría es que el autorretrato les dice a otras personas cómo queremos ser vistos.

Aaron Balick, un psicoterapeuta que escribió un libro sobre las motivaciones detrás del uso de las redes sociales, explica que tenemos tanto “identidades activas en línea” como “identidades pasivas en línea”.

“Una pasiva es cuando uno se busca a sí mismo o cuando los amigos publican información sobre uno. Es la actividad en línea que uno no puede controlar”, explica.

Por el contrario, una identidad activa es una que uno sí puede controlar, como el perfil de Facebook.

Según el autor, un autorretrato es una expresión de la identidad activa. Uno puede tomar muchas imágenes, pero sólo publicará las que a uno le gusten, incluso si son tontas o poco favorecedoras.

Críticas

La tendencia de los autorretratos ha generado una cantidad significativa de críticas.

Para muchos está todavía asociado al sexting o el envío de fotografías sexuales a través de mensajes de texto, que por lo general son autorretratos.

Por supuesto, la mayoría de selfies son con ropa e inocuos. Pero igual pueden meternos en problemas.

Emily, la usuaria de Instagram, declara que se trata de su cuerpo y su cara y que en últimas es su decisión si publica una imagen. Pero -agrega- ella también debe asumir la responsabilidad si la imagen cae en las manos equivocadas.

“Nunca publicaría algo que no quisiera que le llegara a mi mamá”, dice.

Los autorretratos reciben críticas, en su mayoría, no por sus riesgos potenciales sino por sus asociaciones con la vanidad y el narcisismo. ¿No es, quizás, un poco vergonzoso que tomemos el tiempo de fotografiarnos y asumamos que nuestros amigos (sin mencionar a los extraños) quieran ver los resultados?

Rutledge explica en ese sentido que el incremento en el intercambio de información personal puede haber redefinido lo que es “normal”.

Y concluye: siempre habrá críticos.

Cómo tomar un buena selfie

Que haya luz: La fotógrafa Mindy Stricke le recuerda que la luz es la clave: “La luz natural es mejor. La ‘hora mágica’ es la hora después del amanecer o justo antes del atardecer, cuando hay una luz más halagadora. Si no hay luz natural, es bueno ubicarse donde haya a una fuente de luz artificial y apagar el flash.

Fuera con el brazo: Tomarse fotos a la distancia del brazo tiene sus limitaciones en términos estéticos. Stricke recomienda experimentar con un trípode pequeño para el teléfono inteligente o bajar una aplicación para tomar fotos automáticas.

La regla de los tercios: Es recomendable pensar en tercios. Es decir, pensar que los ojos queden en el tercio superior de la imagen, la cabeza ocupando los dos tercios de arriba o los dos del lado. El fotógrafo Stuart Kearey aconseja, además, dejar un espacio entre la persona y el fondo para que haya profundidad en la imagen.

Nuestro lado “bueno”: El mejor ángulo, según Stricke, tiende a lograrse cuando posicionamos la cámara justo sobre la línea visual. Ella recomienda también ubicarse en ángulo y no de frente.

¡Atrévase!: Puede sentirse tonto, pero pruebe un nuevo look. Hará que sienta que la foto es más divertida y se sentirá más confiado. Kearey sugiere también añadir un accesorio, como un sombrero, una bufanda o joyería.

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¿Es la inflación más dañina que la recesión?

Las medidas que toman las autoridades para detener la inflación, como subir el costo de los créditos, le ponen un freno a la economía. Si las tasas de interés son demasiado altas y el freno económico demasiado profundo, puede llegar una recesión.
11 de agosto, 2022
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Hay que apagar el fuego antes de que se salga de control.

Esa parece ser la consigna de los países afectados por la gigantesca inflación que recorre el mundo y que ha llegado a máximos históricos en décadas.

Con Alemania marcando el nivel más alto en casi medio siglo -en medio de una crisis energética derivada de la guerra en Ucrania-, Estados Unidos y Reino Unido en el más alto nivel de los últimos 40 años y América Latina también bajo presión por la escalada en el costo de la vida, los bomberos están trabajando a toda velocidad.

Bomberos encargados de la política fiscal y monetaria de los países que intentan apagar una hoguera sin descuidar otro foco de incendio: la recesión.

Empleado de un fondo de inversiones mira varias pantallas de computadora

Getty Images

Pues bien, ¿qué tiene que ver la inflación alta con una recesión económica?

Mucho. Cuando se dispara la inflación, los bancos centrales suben las tasas de interés (el costo de los créditos) para desincentivar la compra de bienes o servicios.

Es una política que busca reducir el consumo y las inversiones con la esperanza de que bajen los precios.

Con este mecanismo se controla la inflación pero, al mismo tiempo, se frena el crecimiento económico.

Si el frenazo es demasiado grande, la economía se estanca y aumentan las posibilidades de que el país entre en recesión.

Trabajador estadounidense

Getty Images

Frente a este dilema las autoridades tienen que hacer de equilibrista y preguntarse: hasta dónde puedo subir las tasas de interés sin ahogar demasiado la economía.

Y ese equilibrio precario entre inflación y recesión es lo que tiene a los economistas tratando de apagar un incendio sin echarle leña al otro.

De ahí viene la pregunta: ¿es peor la inflación o una recesión económica?

El mal menor

No es tanto cuál es peor, sino qué es lo primero que hay que atajar. Yo creo que un país que quiere mantener su estabilidad macroeconómica, no puede permitirse una inflación elevada”, argumenta Juan Carlos Martínez, profesor de Economía en la universidad IE Business School, España.

“Una recesión es un mal menor comparado con una inflación persistente en la economía”, dice en diálogo con BBC Mundo.

cONSUMIDORA CON CAJA DE FRESAS EN LA MANO

Getty Images

Benjamin Gedan, director adjunto del Programa Latinoamericano del centro de estudios Wilson Center y profesor de la Universidad Johns Hopkins, en EE.UU., también argumenta que disminuir el costo de la vida es algo prioritario.

Las dos cosas son malas, pero la inflación es más difícil de superar en muchos casos”, apunta el experto.

Una inflación crónicamente alta, agrega, le impone muchos costos a una sociedad.

No solo se trata del frenazo económico. “También crea tensiones sociales, ya que los trabajadores exigen aumentos salariales recurrentes, los propietarios exigen subidas del alquiler y los comerciantes deciden aplicar repetidos aumentos de precios”, le dice Gedan a BBC Mundo.

Desde otra perspectiva, José Luis de la Cruz, director del Instituto para el Desarrollo Industrial y Crecimiento Económico (IDIC) de México, agrega al debate que controlar una inflación elevada puede tomar muchos años, mientras que las recesiones, al menos en los últimos años, se han podido superar más rápidamente.

Persona comprando gasolina en Estados Unidos

Getty Images

“En este momento es fundamental contener la inflación porque las experiencias de los últimos 50 años nos muestran que una espiral inflacionaria acaba desencadenando una recesión”, le dice el economista a BBC Mundo.

“Se puede atajar una recesión sin que esto implique inflación, pero en el otro caso, la inflación termina provocando una crisis”.

Estados Unidos, por ejemplo, “está pagando el costo de un error”, agrega, porque las autoridades dejaron pasar mucho tiempo antes de subir las tasas de interés para controlar el consumo y la inversión.

De esa manera, la demanda siguió alta y los precios continuaron escalando, señala de la Cruz, sin que se eliminaran los incentivos para seguir gastando.

¿Qué pasa en América Latina?

Tal como está ocurriendo en otras partes del mundo, Latinoamérica también ha sufrido la ola inflacionaria.

En países como Chile, la inflación se disparó a un histórico 13,1% (la mayor en casi tres décadas), seguido por Brasil y Colombia (superando los dos dígitos), mientras países como Perú y México, donde la espiral inflacionaria es un poco menor, también han sufrido las consecuencias de precios que están dejando huellas aún más profundas en los sectores más vulnerables.

Mujer en supermercado, foto genérica.

Getty Images

Argentina, que sufre un problema crónico de inflación, tiene la herida abierta con un aumento anual del costo de vida de 64%.

Ante este escenario, los bancos centrales de la región han aplicado históricos aumentos de las tasas de interés para tratar de sacarle la presión a la olla.

En los buenos tiempos económicos, muchos gobiernos solían ponerse como meta inflacionaria un rango de entre 2% a 4%.

Pero ahora que el costo del crédito está disparado, esas metas se esfumaron, al menos por ahora.

Brasil, por ejemplo, tiene sus tipos de interés en 13,7%, mientras que en Chile el costo de los préstamos escaló a un máximo histórico de 9,7% y en Colombia al 9%.

Pocas ganas les quedan a los consumidores que aspiraban a comprarse una casa con un crédito bancario, o a los empresarios que pensaban renovar equipos, ampliar sus operaciones o iniciar nuevos proyectos de inversión.

Manos con billetes chilenos

Getty Images

Claramente la época del “dinero barato”, es decir, de los préstamos más asequibles, quedó en el pasado.

Tan veloz y profundo han sido el aumento del costo del crédito, que los economistas esperan ver resultados prontamente.

De hecho, en países como Estados Unidos o Brasil, la inflación dio una tregua y disminuyó levemente, aumentando las expectativas de que los precios podrían estar alcanzando sus niveles máximos.

¿Quiénes son los más perjudicados con la inflación?

“Lo peor de todo es que la inflación es un impuesto sobre los pobres, que tienen escasos ahorros y normalmente trabajan en el sector informal, con poca capacidad para proteger su poder adquisitivo”, explica Gedan.

“Dada la pobreza generalizada de la región y el gigantesco sector informal, los impactos de la inflación son particularmente severos en América Latina”, apunta.

Trabajadora colombiana en empresa textil.

Getty Images

En ese sentido, las autoridades no han dudado en subir las tasas, especialmente por los episodios de escalada de precios en Latinoamérica en las décadas pasadas.

“Es que dados los traumas pasados ​​de la región con la hiperinflación y el deseo de conservar la credibilidad ganada con tanto esfuerzo de los bancos centrales, no sorprende ver medidas rápidas en muchos países para frenar los aumentos de precios”, dice el experto.

El debate en Estados Unidos

Si bien inflación y recesión son dos amenazas económicas de alto calibre, en Estados Unidos el debate se ha centrado en cuánto y a qué velocidad la Reserva Federal (el equivalente al banco central en otros países) debe seguir subiendo las tasas para detener la escalada de los precios.

Criticada por no haber actuado antes, la Fed se ha embarcado este año en una serie de subidas de los tipos de interés.

Y como esas subidas le ponen un freno a la economía, la pregunta que muchos se hacen es si Estados Unidos caerá o no caerá en una recesión con todas sus letras.

Porque ya está atravesando lo que se conoce como una “recesión técnica”, equivalente a dos trimestres seguidos de contracción económica.

Foto genérica de buque carguero con contenedores y bandera de Estados Unidos.

Getty Images

Pero en EE.UU. esos números rojos no representan una verdadera recesión, según los estándares que se utilizan en ese país.

El árbitro que la define, por decirlo de alguna manera, es una organización independiente: la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER, por sus siglas en inglés).

En ella participan destacados economistas que se reúnen regularmente y analizan todas las variables que pueden incidir en un proceso recesivo.

La definición que ellos utilizan está lejos de ser una fórmula matemática: “Una disminución significativa en la actividad económica que se extiende por toda la economía y dura más de unos pocos meses”.

El enfoque del comité de economistas es que, si bien cada uno de los tres criterios (profundidad, difusión y duración) debe cumplirse individualmente hasta cierto punto, las condiciones extremas reveladas por un criterio pueden compensar parcialmente las indicaciones más débiles de otro.

Precisamente porque no es una fórmula infalible hay tanto debate en Estados Unidos sobre si realmente el país va camino a una recesión o si no llegará a ese punto.

Las máximas autoridades del país (encargadas de la política fiscal y monetaria) se han mostrado optimistas argumentando que el mercado del trabajo se mantiene fuerte.

Y en julio la inflación bajó levemente (de 9,1% a 8,5%), aportando una cuota de alivio frente a los pronósticos que consideraban como inevitable una recesión en el país.


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