Visitamos el rancho de Caro Quintero en Chihuahua
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Visitamos el rancho de Caro Quintero en Chihuahua

Por Luis Chaparro y Jesús Salas *Vice
17 de agosto, 2013
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Imagen del rancho del narcotraficante Caro Quintero. //Foto: Vice

Imagen del rancho del narcotraficante Caro Quintero. //Foto: Vice

Cuando nos enteramos de que el “narco de narcos”, Rafael Caro Quintero, había salido de la prisión, lo primero que pensamos fue en el Rancho El Búfalo, en Chihuahua. Habíamos escuchado tantas cosas de ahí: que el ejército quemó diez mil toneladas de mariguana, que aún crecían plantitas, y que probablemente Caro Quintero iría a ver sus antiguas y añoradas tierras. Así que aún con una borrachera encima, salimos a las seis de la mañana a un viaje de nueve horas por carretera en busca de aquel rancho.

Desde inicios de 2008 el estado de Chihuahua se ha convertido en un infierno: según estadísticas de la Procuraduría General de la República, el estado ha concentrado el 30% de los más de 80 mil asesinatos en todo territorio nacional, tan sólo de 2008 a 2011. Con eso en mente, nos encomendamos a todos los santos para entrar a la boca del lobo.

El rancho de Caro Quintero está escondido tras el pueblo de Búfalo, Chihuahua, una localidad que conserva aún el estilo del Viejo Oeste, con todo y comisario y una cantina que se llama Búfalo Bill. Cuando partimos de Ciudad Juárez pensamos que iba a ser difícil encontrar el terreno perdido en una enorme planicie y además que podría ser peligroso andar preguntando por el rancho del “narco de narcos”, fundador del Cártel de Guadalajara.

Viajamos hasta Jiménez, Chihuahua, una ciudad de unos 40 mil habitantes, donde a inicios de este año renunciaron todos los policías luego de que 14 fueran asesinados a tiros en un lapso de varias semanas. Allí nos acercamos a un taxi para preguntar por “aquel rancho famoso”.

—¿Cuál rancho?

—Uno muy famoso que salía en las noticias.

—¿El de Caro Quintero?, me sorprendió la facilidad con que lo dijo. Gritó el nombre casi como si le diera alegría. E igual de contento nos dijo que por cuatrocientos pesos nos metía y nos sacaba de aquellas remotas tierras. Nos pareció un buen trato.

Abordamos el Tsuru y tomamos la carretera rumbo a Camargo, Chihuahua. Tras diez minutos tomamos la salida por un estrecho y largo camino rodeado de nogales. Un señalamiento anunciaba: Búfalo 30.

La angosta carretera terminó en la barda del Bar Búfalo Bill, una decadente cantina con las puertas divididas al estilo del Viejo Oeste. Eran las tres de la tarde y ya se escuchaban los corridos y las botellas. Nos detuvimos frente a la tiendita El Progreso, que como en todo el país, una tienda de abarrotes con ese nombre siempre es todo lo contrario.

Allí me recibió Don Beto, un anciano rabioso con rasgos españoles que no nos quería decir cómo llegar al “famoso rancho”.

—No sé de qué rancho me está preguntando.

—Del rancho El Búfalo.

—Aquí es Búfalo, pero no hay ningún rancho que se llame así.

Y tenía razón. El rancho de Caro Quintero, comprado por dos hombres (uno de apellido Muriel y el otro Monarrez) jamás tuvo nombre. Cuando el agente de la Agencia Antidrogas Estadunidense (DEA, por sus siglas en inglés), Enrique Kiki Camarena —asesinado por Caro Quintero en 1985— lo describió para sus jefes, se refirió a él como rancho El Búfalo, porque no encontró otra manera de llamarle, y desde entonces se le ha nombrado así.

Finalmente el anciano nos dio direcciones: muchas derechas, muchas izquierdas, pasamos un río, un par de fincas y ahí comienza el rancho. Pero antes nos lanzó una advertencia: “No creo que lleguen”. No supimos si se refería a que el camino de terracería era demasiado salvaje para un Tsuru o que los narcos que siguen por esas tierras no nos dejarían llegar.

***

Foto: Vice

Foto: Vice

Don Beto nos contó que a la gente de Caro Quintero no le compraron “ni una cajita de cerillos”. Y era de esperarse. En este rancho de más de mil hectáreas trabajaban cerca de siete mil empleados sembrando, cortando y empaquetando toneladas de mariguana, que significaban ocho millones de dólares en cada viaje a Estados Unidos. Una tiendita como El Progreso no podía abastecer a tanta gente.

Los abarrotes los compraban en la ciudad de Jiménez. Jorge González, un carnicero y dueño del local de barbacoa más famoso de esa urbe, nos contó que todos los días bajaban trocas desde el rancho de Caro Quintero para comprarles todo lo del día. Se llevaban toda la carne del día, todas las tortillas y en otras tiendas, pantalones, camisetas, cobijas, cintos y sombreros.

“Pensamos que ahora que está libre (Caro Quintero) pueda venir a reclamar sus tierras, pero ni modo, yo no se las quité, fue el gobierno”.

Luego de pasar charcos enormes y recorrer unos 20 kilómetros de terracería, encontramos “el famoso rancho”. Pero ¿y ahora? El miedo era que en cuanto cruzáramos el portón saltaran de las suburbans que estaban estacionadas un grupo de sicarios armados. Nuestro guía prefirió no entrar y mandarnos a pie a investigar.

El rancho ahora es propiedad de Doña Guadalupe, una residente de Búfalo y a quien el municipio le cedió parte de las tierras de Caro Quintero.

En noviembre de 1984, cuando el ejército allanó el rancho y quemó más de diez mil toneladas de mariguana, las tierras fueron cedidas al ejido Felipe Ángeles. El municipio las dividió y las repartió entre los ejidatarios.

Guadalupe me cuenta que tiene miedo: “Pensamos que ahora que está libre (Caro Quintero) pueda venir a reclamar sus tierras, pero ni modo, yo no se las quité, fue el gobierno”.

Dice que el gran tesoro que dejó el narco lo encontró ella: en una galera vieja de adobe encontró cajas con pantalones de mezclilla, medicinas, latas de atún, cobijas y un libro de medicina de 1980. “Al menos ese invierno no pasamos frío”.

La sección del rancho donde encontramos a Guadalupe servía como fachada para lo que pasaba al fondo, a cien kilómetros de aquí. Allá, bajo las montañas de la Sierra de Chihuahua, se empaquetaban las toneladas de mariguana que venían del rancho El Álamo, perdido a unos 20 kilómetros hacia el norte.

***

rancho caro quintero3.jpg

Bar Bufalo Bill //Foto: Vice

Mientras regresábamos a la ciudad de Jiménez, luego de haber rondado por las tierras de Caro Quintero y darnos cuenta de que no iba a aparecer en un futuro próximo, recibimos una llamada: era Phil Jordan, el ex director del centro de inteligencia más grande de Estados Unidos, El Paso Intelligence Center (EPIC, por sus siglas en inglés), y uno de los mejores amigos de Kiki Camarena.

—Luis, ya me enteré de la noticia, fue un chingazo para mi corazón.

—¿Eran muy amigos?

—Era como mi hermano. Haga de cuenta que me han matado a dos hermanos, uno de sangre, Bruno, en 1995 y a Kiki, en 1985. Y esto es una noticia muy triste para todos.

—¿Cómo era Kiki Camarena?

—Era un marine, se los hubiera chingado si hubieran sido nomás tres, pero lo agarraron entre muchos, por eso lo pudieron matar.

—Y ahora con Caro Quintero libre, ¿qué nos espera?

—Van a regresar los tiempos del PRI, la misma administración de antes.

—¿Cree que Caro Quintero siga haciendo negocios ilícitos?

—Que Caro Quintero estuviera en la cárcel no significa que no estuviera involucrado con el Chapo Guzmán. Su libertad le tuvo que haber costado a Caro mucho dinero.

***

Ya en Jiménez nos metimos al bar La Movida, un nido de dealers de cocaína y narcotraficantes. Mientras unos bailaban en la pista nosotros preguntábamos cómo eran los tiempos de Caro Quintero. El sondeo fue a unos diez borrachines y todos dijeron lo mismo: “Eran buenos tiempos; Jiménez tenía mucho dinero, pavimentó las calles, nos dejó muchos empleos. Nomás lo agarraron y se acabó todo para Jiménez”.

No hay nada raro en que los habitantes de Jiménez se aferren a aquellos recuerdos como “en los buenos tiempos”. Ahora la urbe enfrenta un alto índice de desempleo, una de las tres fábricas acaba de cerrar hace unos meses y las otras dos trabajan a medias. Además los enfrentamientos entre presuntos narcos del Cártel de Sinaloa y del Cártel de Juárez han asesinado a miles en los últimos años.

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Cómo nuestro cerebro puede hacernos más pobres (y qué hacer para evitarlo)

Estudios han demostrado que con frecuencia tomamos decisiones irracionales que perjudican nuestra salud financiera. Aquí te contamos algunos de los errores más comunes y cómo evitarlos.
9 de octubre, 2021
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Estás navegando por una tienda en internet y tienes la tentación de comprar un producto.

Es un poco más caro de lo que permite tu cuenta bancaria, pero se convierte en lo más urgente del mundo en este momento. ¿Qué pasa si el precio sube y pierdes la oportunidad? ¿Y si te quedas sin él?

Siguiendo un impulso, haces los cálculos en tu cabeza y decides comprar. Ni siquiera necesitas ingresar el número de tarjeta, que ya está guardado en el navegador de la computadora.

Días después llega el arrepentimiento. O peor aún, la deuda.

En los últimos años, estudios en los campos de la economía del comportamiento y la neuroeconomía han demostrado que estas situaciones, en las que tomamos decisiones irracionales que dañan nuestra salud financiera ocurren con frecuencia.

Pero, ¿cuáles son nuestros errores económicos más comunes? ¿Y cómo no caer en las “trampas” de nuestro cerebro?

Una buena forma es comprender lo que han descubierto estas áreas de estudio y aplicar sus enseñanzas a nuestra vida diaria.

¿Eres racional?

“La economía tradicional ha considerado durante mucho tiempo al individuo como alguien racional, frío y objetivo y que querrá maximizar su bienestar, su beneficio económico y su propio interés”, dice la profesora Renata Taveiros, coordinadora del curso sobre neurociencia y neuroeconomía de la Fundación Instituto de Administración (FIA) de Brasil.

Mujer rodeada de ilustraciones de bombillos.

Getty Images
No haga nada de forma impulsiva sin antes evaluar si el sentimiento de culpa posterior le va a arruinar la alegría.

La toma de decisiones inconsciente, que escapa a la racionalidad, era considerada una anomalía. Y, por ello, no se convirtió en objeto de estudio.

Pero a fines de la década de 1970, un grupo de investigadores revolucionó la economía al observar precisamente estas anomalías.

Entonces, nació el campo de la economía del comportamiento, cuyo principal representante es el psicólogo -sí, un psicólogo- Daniel Kahneman, ganador del Premio Nobel en 2002.

“Ellos abren este espacio de conversación para que nos demos cuenta de que hay otras cosas que influyen en la toma de decisiones y no solo la idea de maximizar la utilidad, el bienestar y el beneficio. ¿Qué son estas cosas? Las emociones”, explica Taveiros.

A finales de la década de 1980, otro campo de estudio fue incluso más allá.

Reuniendo los descubrimientos de la economía del comportamiento y las técnicas de la neurociencia, la neuroeconomía intenta desentrañar lo que sucede en el cerebro de los individuos cuando deciden realizar una compra innecesaria, por ejemplo.

“Ahora tenemos la posibilidad de abrir la caja negra, que es como los economistas se refieren a la mente de las personas. De hecho, se puede mirar y comprender lo que está sucediendo en el cerebro cuando el individuo va a tomar una decisión“, dice Taveiros.

“Cuando estudias neuroeconomía, la idea de que podemos controlar el comportamiento, la toma de decisiones, todo lo que hacemos se desvanece. Porque el motivador de la toma de decisiones no es el aspecto racional, cortical, lógico y analítico. La decisión está mucho más conectada con la emocionalidad”, agrega.

Aprende a decirte ‘no’

En primer lugar, es bueno dejar claro que los afectos y las emociones no son necesariamente malos. Al contrario, son de suma importancia para nuestra supervivencia.

“La selección natural nos trajo la combinación de afecto y razón. Y no fue en vano. Esto maximiza nuestro compromiso con el mundo. Cuando te deshaces de las emociones, quitas la empatía por el otro. Nuestras decisiones se vuelven más egoístas y la sociedad como un todo se derrumba “, dice el neurocientífico Álvaro Machado Dias, profesor de la Universidad Federal de Sao Paulo y socio del Instituto Locomotiva.

Ilustración que muestra un dólar deshaciendose.

Getty Images

Pero es un hecho que las emociones también pueden llevarnos a cometer errores graves, que derivan en sentimientos de culpa y en nuevas deudas.

Es en este sentido que las enseñanzas de la economía conductual y la neuroeconomía pueden sernos útiles: hacer predecible nuestra irracionalidad y evitar malas decisiones.

El primer consejo parece simple, pero en la práctica es bastante difícil. Debes aprender a decirte que no a ti mismo.

No hagas nada por impulso sin antes evaluar si la culpa no arruinará la fiesta. Comprende mejor tu ‘yo futuro’, con tus horarios y demandas. Decirse que no a uno mismo es como decirle que no a un niño: es difícil, pero puede ser positivo”, advierte Álvaro.

Según Renata Taveiros, una de las razones que dificultan esta negación de los propios impulsos es la creciente facilidad para realizar los pagos. Códigos QR, Pix, tarjetas de crédito que se guardan en sitios web de compras son algunos ejemplos.

Además, el neurotransmisor llamado dopamina, que activa el llamado “sistema de recompensa” del cerebro, también puede interferir.

Cuando la dopamina funciona, estimula el comportamiento impulsivo. ¿Cómo funciona? Tienes la expectativa de ganar algo. Puede ser dinero, bienestar, placer, una buena imagen frente a los demás, etc. Y este comportamiento impulsivo hace que inmediatamente quieras esa recompensa “, explica.

Un ejemplo de cómo se explota actualmente este sistema de recompensas es la adopción de mecanismos propios de los juegos al proceso de consumo. Es decir, la transformación del acto de comprar en un juego.

Las aplicaciones de los supermercados y de las tiendas online prometen recompensas (descuentos, productos gratis, etc.) por alcanzar una determinada cantidad de puntos, por ejemplo.

Taveiros señala que en Brasil este tipo de mala decisión se puede identificar en los altos niveles de endeudamiento de los ciudadanos.

Un estudio de la Confederación Nacional de Comercio de Bienes, Servicios y Turismo de agosto de 2021, muestra que uno de cada cuatro brasileños (25,6%) no pudo saldar sus deudas dentro de ese mes.

“Tenemos problemas muy graves en Brasil y todo este estímulo al consumo que fomenta el comportamiento impulsivo empeora aún más estas condiciones”, dice la neuroeconomista.

Por eso, un consejo de oro para evitar este tipo de decisiones impulsivas es siempre “dar una vuelta más” antes de decidir hacer la compra.

“Por lo general, pongo una pegatina en las tarjetas de crédito de los clientes que dice ‘da un paseo más, espera un poco más, respira’. Cuando alguien va a hacer otra cosa y regresa, la dopamina baja, ya que es una sustancia química que tiene efecto por un tiempo determinado. Pronto, la sensación de ‘lo quiero, lo quiero’ pasará y la persona llegará a la conclusión de que puede usar este dinero en otra cosa. Pero tiene que ser más tarde, no es posible en ese instante”, explica.

No haga los cálculos en su cabeza

Pero estas malas decisiones se pueden evitar incluso antes de la compra.

Iustración de un cerebro formado con billetes.

Getty Images
No haga cálculos mentales, lo mejor es sumar sus gastos con lápiz y papel.

Renata Taveiros explica que cuando tienes una idea exacta de cómo va tu vida financiera, es más difícil endeudarte.

“Es muy importante para una persona tener coraje y saber que va a ser genial acercarse a la vida financiera y mirar las cuentas. Mucha gente dice que es difícil, pero después de hacer eso, hay una sensación de alivio. Si tiene miedo de mirar, caerá en todo tipo de trampas mentales”, dice.

Una de estas trampas es la “contabilidad mental”, esa manía de hacer cálculos, la mayoría de las veces incorrectos, sobre nuestra situación financiera.

“Hacemos los cálculos. ‘Gano 100, así que puedo gastar 50 en el supermercado, 20 en el bar, solo 10 en el almuerzo, también puedo tener una cuota mensual de 15 …’. Compara 15 con 100, 10 con 100, pero no cuadra. Entonces se asusta y ve que está en números rojos “, advierte el neuroeconomista.

Lo que debe hacer es escribir sus gastos con un lápiz. Sume todas sus ganancias y sus costos de vida. Solo entonces tendrá una idea real de cuánto dinero puede gastar.

Cuida tu ‘yo futuro’

Una de las decisiones más importantes que debemos tomar, pensando en nuestro futuro, es ahorrar dinero.

Una persona pone dinero en una alcancía.

Getty Images
Ahorrar es una de las decisiones más importantes que podemos tomar.

Está claro que el contexto de muchas economías que tienen desempleo, informalidad y alta inflación, hace que esto sea cuesta arriba para muchas personas.

Pero, ¿por qué es tan difícil hacer esto incluso cuando hay condiciones favorables?

Un efecto conocido como “descuento intertemporal” en la economía del comportamiento puede explicarlo.

“Imagina que coges unos prismáticos y les das la vuelta. ¿Qué pasa? Lo que está lejos es diminuto. Y lo que está cerca obtiene un valor, un tamaño gigante”, explica Renata Taveiros.

Queremos la recompensa inmediata, ahora mismo, porque parece ser mucho más grande que una recompensa que es muy misteriosa, que no sabes qué va a pasar en el futuro”, agrega.

Los estudios neuroeconómicos muestran que algunas áreas del cerebro que se activan cuando piensas en ahorrar dinero para tu futuro son las mismas que lo hacen cuando piensas en darle dinero a un extraño.

Lo que puede significar que, para nuestro cerebro, ahorrar dinero para el Yo futuro y dar la misma cantidad a otra persona es casi lo mismo.

Según Renata Taveiros, una solución puede ser crear un “empujón”, es decir, un pequeño estímulo para que pienses más detenidamente en tu futuro.

“Una idea que suelo aplicar es usar una de esas aplicaciones que te hacen ver mayor en una foto. Te hace conectar con esa imagen. Luego, debes hacer el ejercicio de pensar en lo que quieres para la vida de esa otra persona. Entonces, se va a crear un circuito neuronal que conecta su yo futuro con su yo de hoy “, dice.

También aprende a decirte ‘sí’

El neurocientífico Álvaro Machado Dias advierte que si bien es importante ahorrar dinero, también debe saber darse permisos.

Una persona hace con la mano una señal de aprobación.

Getty Images

“No asumas que siempre es malo permitirse (gastar) y no caigas en la falacia de que debemos posponer continuamente el placer para que un día podamos disfrutarlo en mayores intensidades. Hoy lo que vemos es un mar de gente sin ganas para vivir. Sal de este mar”, dice.

Según Álvaro, no todas las decisiones que tomamos en la vida, sean económicas o no, se pueden tomar de forma puramente racional, y ni siquiera es deseable que eso suceda.

“A veces somos dominados por componentes emocionales y, de hecho, esto puede conducir a malos resultados, incluido el arrepentimiento”, dice.

“Pero la entrada en juego de estos componentes que no son formales, lógicos, es lo que finalmente hace que nuestras decisiones sean mejores para el grupo, la especie y la cultura en su conjunto”, agrega.

Por tanto, el consejo es saber distribuir mejor tus energías e inquietudes.

No hay tiempo -ni tiene sentido- para tratar de optimizar cada decisión. Elija sus batallas. Concéntrese en las opciones que más importan; son las que finalmente definirán quién es usted”, afirma el experto.


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