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Indígenas de La Montaña resisten el temporal, sin cobijo alguno (crónica y videos)

Al menos durante los primeros ocho días desde que iniciaron las lluvias, poblados de La Montaña de Guerrero no recibieron ningún tipo de auxilio de las autoridades, que tras la tormenta concentraron todos sus esfuerzos en la atención de la zona turística de Acapulco.
Por Paris Martínez
25 de septiembre, 2013
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Unas tres mil personas se refugiaron en dos campamentos en lo alto de los cerros, a donde a duras penas llega la asistencia oficial. //Foto: Paris Martínez.

Unas tres mil personas se refugiaron en dos campamentos en lo alto de los cerros, a donde a duras penas llega la asistencia oficial. //Foto: Paris Martínez.

Moyotepec y La Lucerna son dos de los 55 poblados indígenas enclavados en la zona serrana de Guerrero, conocida como La Montaña, que resultaron destruidos, seriamente afectados en sus viviendas, o que quedaron aislados, a causa del desgajamiento de cerros y el desbordamiento de ríos que provocó la tormenta Manuel, la cual azotó la región entre el 13 y el 18 de septiembre. Huyendo de la amenaza del agua, los habitantes de estas dos comunidades se refugiaron en la cima de los montes aledaños, y ahí permanecen, guarecidos en frágiles chozas improvisadas con palos y bolsas, que en realidad no los cubren de la lluvia y el viento; calentándose con raquíticas fogatas encendidas con leña húmeda, sin cobijo y prácticamente ningún alimento.

Según los cálculos de sus autoridades tradicionales, en estos dos campamentos permanecen más de 3 mil personas, que han dado por perdidas sus viviendas y sus cosechas, ya sea por haberse derrumbado o por estar a punto de hacerlo. Y como Moyotepec y La Lucerna, los habitantes de al menos media centena más de localidades indígenas de La Montaña, permanecen en campamentos y refugios a los que la asistencia oficial apenas ha salpicado.

Al menos durante los primeros ocho días desde que iniciaron las lluvias, estos poblados –en los que según estimaciones del Centro de Derechos Humanos Tlachinollan habitan 32 mil indígenas– no recibieron ningún tipo de auxilio de las autoridades gubernamentales, que tras la tormenta concentraron todos sus esfuerzos en la atención de la zona turística del estado, Acapulco.

La poca ayuda que recibieron durante ese tiempo, fue aquella enviada, en muchos casos a pie, por familiares, vecinos de otros pueblos, organizaciones populares de Tlapa y otros municipios cercanos, así como de trabajadores organizados de la región.

La prisa…

El pasado domingo, 22 de septiembre, los habitantes de Moyotepec sumaban ya ocho días en espera de asistencia. Para entonces, la mayoría de ellos estaban ya instalados de manera provisional en la punta de un cerro.

Pero los más viejos, los enfermos y dos mujeres que dieron a luz en sus viviendas no pudieron salir del pueblo, debido a la empinada cuesta que debe remontarse, cuyo suelo es fangoso unos puntos, y agrietado en otros.

Pero con la llegada de un grupo de reporteros a esta localidad, este domingo la precaria situación que enfrentan los damnificados parece dar un vuelco, ya que unas horas después de que la prensa comenzó a levantar el testimonio de los afectados, a Moyotepec llegaron, en tropel, un equipo de médicos de la Secretaría de Salud federal y otro del Ejército, una camioneta del DIF estatal cargada con cobijas, una camioneta de la Secretaría de Salud estatal con pastillas potabilizadoras, y un camión de volteo, enviado por la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno federal, repleto de despensas.

Pero la prisa de las autoridades por hacer presencia en Moyotepec, mientras la prensa aún se encontraba ahí, fue de tal magnitud que todo el convoy oficial de asistencia pasó de largo ante el campamento de La Lucerna sin proporcionarles ningún auxilio, y los 450 damnificados de este pueblo vieron desfilar ante sus ojos la ayuda tan anhelada, sin obtener absolutamente nada.

La salud, según la burocracia…

Tan urgidos de ayuda como están, los pobladores de Moyotepec agradecen las despensas que la Sedesol entrega –con más de una semana de retraso–, así como las cobijas y los medicamentos. Pero con total disgusto escuchan las palabras, casi absurdas, de los representantes de la Secretaría de Salud federal, que desde una camioneta imparten lo que ellos definen como una “plática de prevención sanitaria”, pero que en realidad es un regaño, plagado de demandas absurdas.

“Les decimos que les vamos a dar una plática y ustedes no la quieren, porque no les vamos a dar dinero o nada que los va a beneficiar, y eso no se vale –les reclama Fernando Amezcua Alanís, quien se presenta como promotor de salud de la caravana tipo cero de la Secretaría de Salud federal–: queremos que vengan los comités locales de Oportunidades, los comités de Salud, queremos que vengan también las titulares del Comité de Oportunidades”.

Guarecido de la llovizna y el viento frío dentro de la cabina de la camioneta oficial, este servidor público les habla a las mujeres del pueblo, que lo escuchan descalzas, sobre el lodo, sin nada que las cubra del agua.

Tal como si no fueran evidentes las precarias condiciones en las que acampan los damnificados, el servidor público exhorta a las mujeres del pueblo a realizar “acciones de saneamiento básico, necesitan lo que es la prevención en el manejo de los alimentos (mismos que no tuvieron durante todos estos días y que tampoco se pueden lavar, si no es con la lluvia misma; necesitamos lo que es la higiene (aún cuando el lodo está adherido a todo en este sitio), y para el agua tiene que haber cloración”.

– ¿Es posible pedirle a a estas personas que cloren el agua en estas condiciones? –se interrumpe al promotor de salud– ¿Ustedes les han traído cloro?

– No –reconoce–, pero ahorita les vamos a dejar.

– ¿Todas esas cosas que les están pidiendo a los pobladores pueden realizarse en aquí, en estas condiciones? –se le insiste, pero el funcionario ignora la pregunta y continúa su lista de exigencias a los damnificados.

“A ver, ¿dónde están depositando sus excretas? Nada de que cada quien hace del baño donde está ubicada su casita de campaña”, suposición ésta tan ilógica que las mismas mujeres ríen con sorna.

Y es que, al no haber bajado de su camioneta en ningún momento, el promotor de salud ignora que lo primero que construyeron los damnificados fue una letrina y una única choza de maderos, donde refugiar a los niños en caso de tromba.

Las demandas sin sentido continúan: “Ustedes deben prevenirse de las enfermedades, deben usar ropa abrigadora –les exige, como si no fuera evidente que niños, adultos y viejos van cubiertos apenas con todo lo que tienen: hilachos, literalmente–, y es muy importante que usen calzado cerrado.”

Esta exigencia causa especial desagrado entre las mujeres, que se cruzan miradas de disgusto compartido, que usan huaraches o que van, de plano, descalzas, igual que sus hijos.

“Y si no tienen calzado cerrado –remata el burócrata–, si ustedes usan huarachitos, pues tienen que usar calcetines.”

–¿Es viable usar calcetines aquí? –se pregunta a una de las mujeres que escucha el sermón, aburrida.

–No  –murmura ella–, imagínese: traeríamos los calcetines siempre mojados, aquí el suelo siempre está así –y fija su vista en el suelo lodoso.

La salud marcial

Aún cuando ese domingo una cuadrilla de médicos militares visitó a las cinco personas que, por su salud delicada, no pudieron abandonar sus viviendas fisuradas en Moyotepec, con el anuncio inicial de que las extraerían en camillas y las trasladarían a centros de salud, lo cierto es que, tres horas después de descender al poblado, los soldados finalmente volvieron de su recorrido, jadeantes, sin haber evacuado a ninguno de los “pacientes”, que eran tres ancianas –una con la rodilla atrofiada, otra con fractura de cadera y otra con secuelas de embolia–, más dos mujeres que dieron a luz en medio de la tormenta.

En todos los casos, reportaron los militares, se trata de gente con males “que no ponen en riesgo su salud”, y que se encuentran en viviendas fuera de riesgo, afirmación formulada aún cuando diversos desgajamientos amenazan al pueblo entero.

Epílogo: labor cumplida

Cabe destacar que, al día siguiente de este rápido operativo de asistencia realizado en el pueblo donde la prensa documentaba la falta de auxilio para los pobladores, a la región de La Montaña arribó Rosario Robles, secretaria de Desarrollo Social del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, quien, desde el municipio de Tlapa, afirmó que la supuesta falta de atención a las comunidades indígenas afectadas por la tormenta Manuel “ha sido un problema mediático, pero no de trabajo: hemos estado en todas partes del estado de Guerrero”.

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BBC

Guadalajara, la ciudad en México donde "puedes sentir el miedo" en el ambiente

Una de las tácticas de los grupos criminales en Jalisco para ocultar sus asesinatos provoca miedo en los suburbios de Guadalajara, la segunda ciudad más grande de México.
BBC
5 de septiembre, 2019
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La señal de que algo anda mal en La Estancia, un arbolado suburbio de la ciudad mexicana de Guadalajara, son las decenas de carteles colocados afuera de las casas que dicen “en venta”.

La gente comenzó a irse de ahí en mayo, cuando la policía encontró un cuerpo en descomposición en el interior de una casa de ese tranquilo barrio.

El mes pasado, una víctima de secuestro pudo escapar a sus captores y pidió a la policía entrar a otro domicilio en la misma calle. En el interior fue hallado un cadáver y tres cabezas decapitadas.

En lo que va de año, se han ubicado más de 15 sitios de asesinatos y entierros clandestinos, algunos con docenas de cadáveres, dentro de casas en Guadalajara, la capital del estado de Jalisco.

Este es un acontecimiento aterrador en un país donde más de 40,000 personas han sido reportadas como desaparecidas desde 2006.

Cuando los delincuentes entierran a las víctimas en propiedades privadas, se benefician de barreras legales que impiden a las autoridades llegar hasta donde están los cadáveres.

“Puedes sentir el miedo”

Los grupos de búsqueda en Guadalajara ya no pueden valerse solo de las palas; ahora necesitan excavadoras y taladros para perforar el hormigón.

Una cinta de "prohibido el paso" en una calle de Guadalajara

BBC
Los habitantes de los alrededores de Guadalajara no reportan los crímenes por temor a las represalias.

El silencio de los vecinos alimenta la impunidad. Aunque algunos llegan a escuchar gritos o perciben un olor a carne en descomposición, pocos se atreven a llamar a la policía.

“Nadie reporta lo que sabe”, dijo un habitante de La Estancia que por seguridad pidió no ser identificado.

Puedes sentir el miedo… es palpable”, dice.

Desde que el gobierno de México desplegó tropas para luchar contra los carteles de la droga en 2006, se han descubierto fosas comunes con una frecuencia asombrosa.

Un estudio dirigido por los periodistas Alejandra Guillén, Mago Torres y Marcela Turati encontró que al menos 1,978 fosas clandestinas fueron halladas entre 2006 y 2016.

Las autoridades han hecho poco por encontrar esas tumbas.

Campo exterminio Tamaulipas

Mónica González/Pie de Página
Organizaciones civiles han creado grupos para la búsqueda e identificación de víctimas de fosas clandestinas.

En cambio, los políticos han retratado rutinariamente a los desaparecidos como criminales, a pesar de la abrumadora evidencia de que hay muchos civiles inocentes entre ellos.

Cavando por los muertos

En todo México, muchos padres desesperados han emprendido la tarea de buscar los restos de sus hijos desaparecidos. Estas investigaciones informales han llevado a descubrimientos impactantes.

En 2016, una llamada anónima condujo a un colectivo a una zona boscosa en el estado de Veracruz, en el este de México. Allí fueron desenterrados al menos 298 cuerpos y miles de fragmentos óseos.

Pero los obstáculos para encontrar personas desaparecidas en Guadalajara se han multiplicado en los últimos años, según cuenta Guadalupe Aguilar, miembro fundador de Familias Unidas por Nuestros Desaparecidos Jalisco.

Guadalupe Aguilar sostiene una foto de su hijo José Luis

BBC
Guadalupe Aguilar ha pasado 8 años buscando a su hijo desaparecido, José Luis,

Ella ha estado buscando a su hijo, José Luis Arana, desde que desapareció en las afueras de Guadalajara en 2011.

“En otras regiones, los delincuentes están más cerca de zonas rurales”, indica Aguilar.

Explica que como en la ciudad es mucho más riesgoso transportar un cadáver, los criminales utilizan casas para esconder los cuerpos de sus víctimas.

“Siempre es más difícil buscar en una propiedad privada, porque se necesita una orden judicial para ingresar”, dice.

Una ciudad en guerra

Un funcionario de la policía que habló con la BBC bajo condición de anonimato dice que dos organizaciones criminales están detrás de las fosas clandestinas en las casas de los alrededores de Guadalajara.

El primero es el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), que el gobierno considera la organización criminal más violenta del país en la actualidad.

El segundo es Cartel Nueva Plaza, un grupo rival que se separó del CJNG en 2017, una ruptura que ha provocado la violencia en toda la ciudad.

Una puerta con una cadena

BBC
Las autoridades deben obtener órdenes judiciales para inspeccionar viviendas privadas, lo que beneficia a los criminales.

“Estos grupos rentan (casas) a propietarios que no tienen idea de para qué se utiliza su propiedad“, dijo el funcionario.

“También hemos documentado casos en los que simplemente las invaden. Encuentran propiedades deshabitadas y las convierten en casas de tortura o sitios de entierro”, afirma.

Esta estrategia no se había visto en esta escala en México desde 2011, después de una serie de asesinatos masivos en el estado de Durango, ubicado en el norte del país.

Pero el funcionario de la policía advirtió que la táctica del entierro podría extenderse pronto a otras ciudades, ya que los delincuentes de Jalisco, particularmente los del CJNG, están ampliando su control en todo el país.

Las áreas pobres y poco pobladas son particularmente vulnerables a las invasiones de carteles.

Desaparecidos en México

AFP
Las familias de los desaparecidos encabezan las búsquedas en México.

El problema es tan grave en Chulavista, una zona de viviendas en las afueras de Guadalajara, que los lugareños tapan las puertas de las casas abandonadas para evitar que los delincuentes las tomen.

“Nadie está buscando”

La crisis de seguridad de Jalisco fue noticia internacional en septiembre del año pasado, cuando las autoridades dejaron en una calle un tráiler refrigerado con 273 cuerpos de personas no identificadas en los suburbios de Guadalajara.

El gobierno del estado había alquilado el contenedor después de un aumento de la violencia que saturó las instalaciones forenses.

Los políticos atribuyeron el escándalo al mal manejo del entonces jefe de los forenses de Jalisco, Octavio Cotero. Pero Cotero acusó al estado de ignorar sus alertas de destinar fondos para el manejo de cadáveres.

También reveló que había un segundo tráiler que contenía más cuerpos no identificados.

En 2018, hubo cambio de gobernantes tanto en el estado de Jalisco como en el gobierno federal. Pero Cotero dice que estos nuevos liderazgos tampoco están solucionando la crisis de los desaparecidos.

Octavio Cotero junto a una foto de su hija

BBC
Octavio Cotero también busca a su hija desaparecida en 2018.

Según Cotero, el número de cuerpos encontrados en fosas clandestinas en viviendas de los alrededores de Guadalajara excede la capacidad oficial para identificarlos.

“Necesitamos invertir en capacitación (forense)”, argumenta.

Para el exfuncionario, la crisis de seguridad de México también es una tragedia personal.

En julio del año pasado, su hija, Indira Cotero, desapareció sin dejar rastro.

La policía anunció que estaban buscando identificar un domicilio en Guadalajara como parte de la investigación, pero Cotero asegura que no se ha hecho nada desde entonces.

“Lo peor es no saber dónde está. Y el hecho de que nadie está buscando“, se lamenta.


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