Irán y EU alcanzan histórico acuerdo nuclear
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Irán y EU alcanzan histórico acuerdo nuclear

El acuerdo representa un hito entre los dos países, que rompieron sus relaciones diplomáticas hace 34 años
24 de noviembre, 2013
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El secretario de Estado norteamericano John Kerry, al centro a la derecha, y el canciller iraní Mohammad Javad Zarif, al centro a la izquierda, se dan un apretón de manos en medio de otros funcionarios en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, el domingo 24 de noviembre de 2013. (Foto AP)

El secretario de Estado norteamericano John Kerry, al centro a la derecha, y el canciller iraní Mohammad Javad Zarif, al centro a la izquierda, se dan un apretón de manos en medio de otros funcionarios en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, el domingo 24 de noviembre de 2013. (Foto AP)

Irán alcanzó un acuerdo histórico el domingo con Estados Unidos y otras cinco potencias mundiales al acceder a congelar temporalmente su programa nuclear, lo cual representa el trato más significativo entre Washington y Teherán en más de tres décadas de alejamiento.

El presidente iraní Hasán Ruhani respaldó el acuerdo, en el que Irán se compromete a disminuir sus actividades nucleares durante seis meses a cambio de una reducción limitada y gradual de las sanciones que Occidente le aplicó, lo que incluye el acceso a 4.200 millones de dólares provenientes de las ventas de petróleo. El semestre permitirá que los diplomáticos tengan tiempo de negociar un acuerdo de mayor alcance.

El trato llega luego del impulso generado tras el diálogo público iniciado en septiembre durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, que incluyó una conversación telefónica de 15 minutos entre el presidente estadounidense Barack Obama y su homólogo Ruhani, de tendencia moderada, elegido en junio.

El paquete incluye congelar la capacidad de Irán de enriquecer uranio a un nivel de 5% como máximo, que está bastante por debajo del umbral necesario para obtener material que permita fabricar bombas atómicas, y busca apaciguar las preocupaciones occidentales de que Teherán pudiera desarrollarlas algún día.

Obama elogió las cláusulas del pacto —que incluyen disminuciones en el enriquecimiento de uranio por parte de Irán y otros proyectos que podrían emplearse para fabricar armas atómicas— como cruciales para prevenir que Teherán se convierta en una amenaza nuclear.

“Para explicarlo en forma sencilla, cortaron los caminos más probables que Irán podría seguir hasta desarrollar una bomba”, dijo a los periodistas en Washington.

Para Irán, mantener activo el programa de enriquecimiento era una meta crucial. Los líderes iraníes ven la capacidad del país de fabricar combustible atómico como una fuente de orgullo nacional y parte esencial en su insistencia para alcanzar la autosuficiencia nuclear.

El ceder demasiado en el programa de enriquecimiento probablemente habría traído una tormenta de protestas por parte de los radicales iraníes, que ya se sentían aprensivos en torno a las maratónicas conversaciones y a los acercamientos de Ruhani con Washington.

En un discurso difundido a nivel nacional, el mandatario iraní dijo que el acuerdo reconoce los “derechos nucleares” de Irán incluso si esas palabras específicas no fueron incluidas en el documento final debido a la oposición de las potencias occidentales.

Pero la reacción inicial en Israel fue sumamente negativa. El primer ministro Benjamin Netanyahu consideró el acuerdo un “error histórico”.

En declaraciones a su gabinete, Netanyahu dijo el domingo que Israel no está obligado por el trato y se reserva el derecho a defenderse, con lo cual se refiere a una posible acción militar contra Irán. El premier ha dicho que la comunidad internacional está cediendo demasiado a Teherán, del que cree conservará la capacidad de producir un arma nuclear y amenazar con ella a Israel.

El secretario de Estado norteamericano John Kerry, que se unió a las negociaciones finales junto con los cancilleres de Rusia, China, Francia, Gran Bretaña y Alemania, dijo que el pacto hará que los aliados estadounidenses en Oriente Medio, incluido Israel, estén más seguros al reducir la amenaza de guerra.

“Acuerdo en Ginebra”, afirmó en un tuit. “El primer paso hace que el mundo sea más seguro. Ahora hay más trabajo por hacer”.

El acuerdo representa un hito entre los dos países, que rompieron sus relaciones diplomáticas hace 34 años cuando la revolución islámica de Irán alcanzó un clímax con el allanamiento de la embajada estadounidense en Teherán. Desde entonces las relaciones entre los dos países han sido frías y hostiles.

Un comunicado de la Casa Blanca indicó que el acuerdo limita las reservas de uranio enriquecido de Irán, el cual puede ser convertido en el núcleo fisible de armas atómicas. El texto señaló también que el trato disminuye la cantidad y las capacidades de los centrifugadores utilizados para enriquecer y limita la capacidad de Irán de “producir plutonio para armas” de un reactor que se encuentra en etapas avanzadas de construcción.

A cambio de las disminuciones de Irán, el comunicado de la Casa Blanca prometió “alivio limitado, temporal, específico y reversible” en las sanciones al país asiático, al tiempo que hizo notar que “continúa en vigor la arquitectura crucial de sanciones al petróleo, bancarias y financieras”. Además, advierte que cualquier alivio temporal a las sanciones será revocado y se implementarán nuevas penalizaciones si Irán no cumple lo que prometió.

Con información de AP

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"Fue un capricho de Pinochet": la historia de los 15 mil libros de García Márquez que quemó el gobierno de Chile

En noviembre de 1986, el gobierno militar de Chile ordenó la incautación del libro 'La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile', del premio Nobel de Literatura, cuando un embarque se dirigía a Santiago.
5 de junio, 2022
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El 28 de octubre de 1986, después de varios días de viaje, el ‘Peban’, un vapor de bandera panameña, atracó finalmente en el puerto chileno de Valparaíso. Mientras se preparaba para diligenciar los papeles de aduana, la tripulación recibió la noticia de que se procedería con la incautación de una parte del cargamento.

El capitán, que estaba seguro de que todo lo que llevaba en su barco estaba en regla, preguntó cuál era la mercancía que iban a retener.

La respuesta oficial fue la que menos esperaba: “Los libros”, específicamente, 15 mil ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, escrito por el ganador del Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, que habían sido enviados desde el puerto de Buenaventura, en Colombia.

Y que debían llegar a manos de Arturo Navarro, el representante de la editorial Oveja Negra que publicaba los libros del Nobel en aquellos años en Chile.

El libro narraba las peripecias que había que tenido que sortear el cineasta chileno Miguel Littín, quien vivía en el exilio desde el golpe de Estado que llevó a Augusto Pinochet al poder en 1973.

Littín había vuelto a Chile durante dos semanas en 1985 para filmar en la clandestinidad un documental sobre lo que estaba pasando en el país 12 años después de la irrupción militar.

Arturo Navarro

BBC
Arturo Navarro era el representante de la editorial Oveja Negra en Chile.

Luego estrenaría el documental Acta Central de Chile en el Festival de Cine de Venecia del 86.

Pero el libro de García Márquez iba más allá: contaba sobre todo detalles que no aparecían en la cinta, como por ejemplo el encuentro de Littín, quien se había hecho pasar por un empresario uruguayo, con el propio Pinochet en los pasillos del Palacio de La Moneda, donde el presidente de facto no lo reconoció.

“Yo me enteré de la incautación de los libros dos semanas después porque estaba fuera del país”, recuerda Arturo Navarro, tomándose un café bajo la nave central del Museo Nacional de la Memoria en el corazón de Santiago.

Navarro había regresado de un viaje por EU para visitar a su familia cuando se encontró con un mensaje de alerta en el contestador automático de su casa. Era de su agente aduanero y le describía una situación crítica: “Arturo, me dicen que los libros fueron quemados”.

"Esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describen cómo le habían metido los dedos en la boca"", Source: , Source description: , Image:

Para Navarro, el cargamento era fundamental: era el principal producto que esperaba exponer durante la feria del libro de Santiago, que se iba a celebrar pocas semanas después del incidente.

Él, que había sido empleado de la Editorial Nacional Quimantú (ampliamente perseguida por el régimen) y había visto a los militares ejercer la destrucción de libros en primera fila, también sabía que el régimen de Pinochet había flexibilizado sus políticas de censura.

En ese contexto, creyó que la incautación debía ser más un malentendido que un acto de represión y decidió viajar a Valparaíso para resolver el problema personalmente.

“El libro ya había sido publicado en capítulos en Chile por una revista (Análisis) meses antes”, señala Navarro. “Sin embargo, lo que me preocupaba es que, de acuerdo a la prensa, la incautación de los libros se debía al mal estado de los contenedores, que me parecía una disculpa inusual”.

Los ejemplares habían quedado bajo el control de la jefatura de Zona en Estado de Emergencia, a cargo de militares.

Cuando Navarro se acercó al edificio castrense donde podría intentar rescatar los libros, percibió de inmediato la tensión que se sentía dentro del gobierno por esos días: un mes y medio antes, el 7 de septiembre, militantes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez habían estado muy cerca de acabar con la vida de Augusto Pinochet, en un feroz atentado cuando este regresaba a Santiago desde su residencia en el Cajón del Maipó, a unos 50 kilómetros de la capital.

El asalto había dejado cinco escoltas muertos y varios heridos.

“En el edificio logré hablar con un militar de rango medio al que le pedí que al menos me permitiera devolver los libros a Lima”, señala. “Pero después de hacer un par de llamadas, finalmente me dijo: ‘Navarro, no se preocupe, que los libros ya los quemamos'”.

La versión en los medios se mantenía: contenedores en mal estado, lo que podría explicar la incautación, pero nunca la incineración.

Para Navarro, era claro que la orden había venido de arriba y, aunque no tuviera pruebas, no se iba a quedar quieto hasta que la gente supiera que el régimen de Pinochet había mandado a quemar 15 mil volúmenes de nada menos que un premio Nobel.

“Yo sigo sosteniendo que esto fue un capricho de Pinochet: no quería ver un libro, mucho menos después del atentado, en el que básicamente describe cómo le habían metido los dedos en la boca”, afirma Navarro.

La noticia lo dejó abatido y sin ejemplares para la feria.

Entonces, convocó a ruedas de prensa para dar a conocer lo que había pasado, hizo la denuncia pertinente ante la Cámara Chilena del Libro y, aunque dentro del país no hubo mucho eco, en el mundo sí publicaron la noticia.

Navarro guarda recortes de prensa de medios de Grecia, Holanda y EU que hablan de los ejemplares calcinados.

Pero quedaba por saber qué era realmente lo que había pasado. “Yo de verdad no creía nada de lo que me habían dicho. Ni siquiera que los habían quemado”.

Uno de sus colegas le recomendó que el mejor camino para obtener una respuesta del régimen era la vía diplomática, por lo que decidió acudir a la embajada de Colombia, país de donde originalmente habían salido los libros.

“Ahí conocí a Libardo Buitrago, el cónsul colombiano, quien se ofreció a ayudarme”.

Poco después, gracias a la presión de un país extranjero, le llegó al cónsul un papel muy revelador, una carta fechada del 9 de enero de 1987, firmada por el vicealmirante John Howard Balaresque, en la que no solo se confirma la incineración de los libros sino también las razones: a los ejemplares de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile se les impuso “una medida de censura previa” por considerar que el contenido “transgredía abiertamente las disposiciones constitucionales”.

“Ese papel es el único documento oficial que existe en el que el régimen de Pinochet acepta que quemó libros y que lo hizo por censura. Algo imposible de obtener en esos tiempos”, relata Navarro.

“Y ahora está acá, en el Museo de la Memoria”.

El documento, con firma oficial, le sirvió a la editorial Oveja Negra para poder cobrar el seguro por la pérdida, pero además implantó en la cabeza de Navarro una certeza que no lo abandonó nunca: la cultura sería clave en el fin del régimen.

“Esta represión a los libros, a la cultura, se daría vuelta y terminaría siendo uno de los principales motivos por los que Pinochet saldría del poder. Porque fueron los cantantes, los artistas, los escritores quienes serían fundamentales en la campaña de votar ‘No’ en el plebiscito de 1988 que acabaría con la dictadura”, concluye.


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