Araceli: la historia de un feminicidio impune en Puebla
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Araceli: la historia de un feminicidio impune en Puebla

Unos días antes de su muerte, Araceli planeaba denunciar por acoso a su exnovio y presunto asesino.
Por Mely Arellano
5 de diciembre, 2013
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Araceli Vázquez Barranco, asesinada por su ex novio en Puebla

Araceli Vázquez Barranco, asesinada por su ex novio en Puebla

El miércoles 13 de noviembre, un aire violento azotaba en el municipio poblano de Acajete, a unos 30 kilómetros de la capital del estado. El viento levantaba el techo de lámina en la casa de la señora Amada Barranco. Eran las 6:45 cuando su hija Araceli, de 23 años —con quien compartía cama y cuarto— se levantó a desayunar y calentar agua para bañarse.

—“Ya me voy a meter a bañar” —le dijo a su mamá.

Araceli se aseaba cuando Javier Mauricio Díaz, su ex novio, entró a su casa. El ruido del aire fue cómplice: nadie oyó el quejido que hace la puerta de lámina al abrirse. Los perros no ladraron. Javier no era un extraño y conocía bien los movimientos de la casa. Atravesó sin problemas el patio hasta llegar al baño, ubicado a unos cinco o seis metros de los cuartos.

Eran cerca de las 7:00 en punto cuando la señora Amada oyó un grito. Pensó que venía de la casa vecina, sin embargo el silencio que le siguió la hizo levantarse. Desde la puerta de su cuarto vio a Javier. Caminaba de prisa hacia la salida. Ni siquiera volteó.

—¡Chely! ¡Chely! —llamó a su hija, que no contestó.

Corrió al baño, abrió la puerta y encontró el cuerpo de Araceli tirado sobre su sangre. Imaginó una hemorragia, un golpe. Quiso tocarla, levantarla. Pero el cuchillo clavado en la espalda la detuvo. Salió gritando y despertó a la familia.

—¡Javier le hizo algo a tu hermana! —le dijo al menor de sus hijos.

Mientras Amada recorría, tan rápido como le era posible, las siete calles que separan su casa de la Presidencia Municipal para avisar a la policía, su yerno también lo reportaba por teléfono. Eran las 7:10 de la mañana.

—Espérenos, ‘orita vamos —contestaron los policías. Pero Amada no esperó. En el camino a casa, los policías la alcanzaron. Todavía esperanzada, pidió que llamaran una ambulancia.

—No señora, no la podemos mover.

Entre ocho y 10 policías municipales montaron guardia afuera del baño. El hermano de Araceli, de 18 años, les decía que fueran a buscar a Javier, pero no quisieron porque “no tenían la orden”.

La familia y los vecinos se organizaron en grupos para localizarlo. Amada y sus otras dos hijas sacaron copias de una foto de Javier y comenzaron a pegarlas en los camiones que van hacia municipios vecinos.

—¿Por qué hicieron eso? Nada más lo alertaron para que se largara —las regañó más tarde un policía ministerial.

La señora Amada, madre de Araceli Vázquez.

La señora Amada, madre de Araceli Vázquez.

Hasta el día de hoy se desconoce si ya hay una orden de aprehensión contra Javier Mauricio Díaz. El expediente –derivado de la Averiguación Previa 3197/2013/Tepeaca- fue consignado apenas el pasado viernes 29 de noviembre, y este miércoles 4 de diciembre, cuando la señora Amada Barranco se presentó en el MP de Tepeaca le dijeron que la información debía pedirla con el juez de lo Penal.

Acajete pertenece al distrito judicial de Tepeaca. Entre ambos municipios hay más o menos 30 kilómetros de distancia que se recorren, cuando mucho, en 45 minutos. El Ministerio Público y los peritos llegaron entre las 12:00 y 12:30 de la tarde a la casa de la señora Amada.

En el registro de los hechos, el Ministerio Público estableció que el crimen se había cometido a las 7:30 de la mañana. Cuando la madre de Araceli le aclaró que había sido más temprano.

—Ya así le dejamos ­—espetó el agente.

Amada calcula que, aproximadamente a las 15:30 horas —más de seis horas después del asesinato—  levantaron el cadáver. La información oficial de la Procuraduría General de Justicia del estado establece que fue a las 13:30.

El cuerpo de Araceli Vázquez Barranco tenía seis heridas de arma blanca. Dos le habrían causado la muerte inmediata: una cortó su cuello. La otra, le perforó el corazón.

A la señora Amada le tomaron su declaración entre las 19:00 y las 20:00 horas. Casi medio día después de que encontró a su hija muerta.

Javier Mauricio Díaz, presunto asesino de Araceli.

Javier Mauricio Díaz, presunto asesino de Araceli.

Amada siente miedo al no saber dónde está Javier Mauricio Díaz, y vive con la incertidumbre de si llegará la justicia.

Al conocer el caso, un par de sujetos se presentaron ante la señora Amada Barranco, se identificaron como “licenciados”, y le pidieron 2 mil pesos para “ayudarle” a que saliera la orden.

—Hay que darle al juez y a la secretaria para su café —le dijeron. Ella se negó.

Sólo 16 días después del asesinato, el viernes 29 de noviembre, Amada Barranco pudo tener escaso acceso a la primera información al respecto, gracias a la intervención del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), a través del abogado Rodolfo Domínguez, quien se presentó en Tepeaca para solicitar el expediente.

Las autoridades le negaron el documento al abogado con el argumento de que ese mismo día lo habían enviado para su consignación; es decir aún no existía una orden de aprehensión. Tampoco encontró al Ministerio Público encargado, Ernesto Gutiérrez.

“Lo que nos informaron es que ya se había consignado el expediente, que ya no lo tenían en el MP, y que no tenían mayor información. No nos quisieron abundar sobre cómo se estaban realizando las investigaciones y qué elementos probatorios tenían para solicitar la consignación. Es fundamental este derecho de las víctimas de acceder a los expedientes, para tener toda la información respecto a sus casos, y a partir de ahí, plantear líneas de coadyuvancia con el MP, y líneas estratégicas que permitan garantizar el acceso a la justicia”.

Tras la poca información obtenida, el abogado y la señora Amada Barranco se trasladaron a la ciudad de Puebla, donde pudieron entrevistarse con el director de Agencias de Ministerios Públicos, José Delfino Cortés Rodríguez, quien les facilitó una copia de la solicitud de consignación.

La preocupación del abogado del OCNF reside en la lógica de que, a una mala averiguación previa le sigue una mala consignación y, por tanto, crece el riesgo de impunidad o de no obtener la sanción adecuada.

“Nos preocupa sobre todo que no tenemos al agresor. No sabemos dónde está, no se sabe realmente qué acciones contundentes están realizando para localizarlo. Por lo que dice la familia, la policía judicial no actuó oportunamente para detener al sujeto a pesar de que se le había señalado, que se encontraba en la comunidad y aun así no fue buscado, ni localizado”.

La versión del agente del MP subalterno de Acajete, Pablo Jiménez Martínez, sobre la inacción de la policía es diferente:

“En cuanto la policía municipal fue notificada en ese momento se empezó  actuar, pero cuando se notificó ya había pasado una hora u hora y media de los hechos. Tenemos entendido, que desde el momento en que señalaron a esta persona, desde ese momento se inició la búsqueda por parte de la (policía) ministerial, a nivel nacional”.

Sin embargo sobre la búsqueda de Javier Mauricio Díaz, el propio director de la Policía Ministerial de Puebla, Juan Luis Galán Ruiz, dijo que se haría a partir de la orden de aprehensión:

A partir de que contemos con la orden de aprehensión se va a solicitar la colaboración a todas las entidades federativas del país, para que todas las instituciones policiales nos apoyen a la búsqueda y localización de este sujeto. Así también si contamos con algún elemento, indicio, que se encuentre en otro país, particularmente en EU, nos coordinaremos con las instituciones de gobierno de aquel país para solicitar también la búsqueda de la persona”.

Ahora, para la familia no queda más que esperar que la orden de aprehensión sea liberada por el juez del distrito de Tepeaca en el transcurso de la próxima semana.

Araceli llevaba cuatro meses trabajando en una fábrica en la ciudad de Puebla. Acababa de terminar la carrera de Ingeniería Textil y sería la primera de su generación en recibir su título, en febrero próximo.

Su relación con Javier Mauricio Díaz, albañil, de 26 años, duró dos años y medio pero le había puesto fin hace seis meses, durante los cuales él siguió buscándola.

Aunque Javier comenzó pronto otra relación, su obsesión no se detuvo. La seguía a su trabajo, le mandaba mensajes y le llamaba de números desconocidos para asegurarse de que ella, sin saber quién era, le contestara.

Unos días antes de su muerte, Araceli planeaba denunciarlo por acoso.

El Comité contra el Feminicidio en Puebla contó hasta agosto de este año, 33 casos contra 4 que reconocía oficialmente la PGJ. La disparidad responde a que la mala tipificación de feminicidio hecha por el Congreso local en noviembre del 2012, genera incertidumbre jurídica para la víctima, e incluso para los encargados de aplicar la ley. Es decir, homicidio doloso y feminicidio poseen las mismas agravantes.

El registro del Observatorio Ciudadano de Derechos Sexuales y Reproductivos (Odesyr), actualizado a noviembre de este año, es de 47 casos de feminicidio, en promedio 4 al mes, una situación que califican de “lamentable e indignante”.

“Es un tema que no le interesa ni al gobernador ni al procurador, no hay acceso a la  justicia, no hay prevención, no hay protocolos específicos de atención a las víctimas”, dice Vianeth Rojas, integrante de Odesyr y del Comité contra el Feminicidio en Puebla.

De enero a junio del 2012, en Puebla se cometieron 35 homicidios dolosos de mujeres, mientras que en el mismo periodo de 2013 se registraron 44: un aumento de al menos 25 por ciento, de acuerdo con información proporcionada por la Procuraduría General de Justicia solicitada mediante Infomex.

Este es un caso terrible”, denunció Rodolfo Domínguez del OCNF. “Evidencia justamente la problemática de feminicidio que hay en Puebla, la situación real en que están actuando las autoridades, en particular los MP y ahora los jueces”, añade.

Puebla no cuenta con protocolos de investigación de feminicidios, a pesar de tener el tipo penal,y es preocupante porque no garantiza una debida diligencia de las investigaciones, y menos una diligencia con perspectiva de género”.

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Quiénes eran las Panteras Negras, el grupo radical de los años 60 en EU que aún tiene integrantes en prisión

La Corte Suprema de Nueva Jersey anunció esta semana que otorgaba la libertad condicional a Sundiata Acoli, el exintegrante de las Panteras Negras de mayor edad que aún queda en la cárcel. El grupo de izquierda reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense en los 60.
15 de mayo, 2022
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Por casi medio siglo, ha vivido detrás de la rejas en una prisión de Nueva Jersey. Ahora, a sus 85 años, volverá a respirar la libertad.

La Corte Suprema de ese estado anunció esta semana que decidió liberar a Sundiata Acoli, el exintegrante de mayor edad de las Panteras Negras que aún queda en la cárcel. Se trata del controvertido grupo de izquierda que reivindicaba los derechos de la minoría afroestadounidense a finales de 1960.

Acoli era elegible para libertad condicional desde hace 29 años, pero cada vez que sus abogados la solicitaron, se le negó.

Fue considerado sistemáticamente una “amenaza pública”, pese a que su salud, los años y diversos reportes médicos y psiquiátricos sugerían lo contrario.

Lo habían condenado a cadena perpetua en 1974, luego de un extraño incidente un año antes en el que un policía terminó muerto.

Acoli viajaba con Assata y Malik Shakur, otros dos integrantes de las Panteras Negras, cuando dos oficiales pararon el carro para una inspección rutinaria en la autopista de peaje de Nueva Jersey: llevaban una luz rota.

Lo que siguió después nunca ha quedado claro: hubo un tiroteo, Malik y un policía murieron, Acoli y otro agente resultaron heridos.

Acoli y Assata huyeron, pero fueron detenidos pocos días después y condenados a pasar el resto de su vida tras las rejas.

En una de las fugas más memorables de las cárceles de Estados Unidos, Assata logró escapar y se refugió años después en Cuba, donde se cree que todavía vive (sigue aún en la lista de los más buscados del FBI).

Acoli ha pasado su vida en la cárcel, pero no es el único.

Al menos 12 miembros del movimiento siguen todavía presos, con condenas que se acercan o superan los 50 años de cárcel.

Sus sentencias son todavía el testimonio de una época controvertida de luchas por los derechos civiles en EU y una muestra de la brechas raciales y sociales de la sociedad en que se generó.

Pero, ¿qué fue este grupo y por qué sigue generando polémica más de medio siglo después?

El partido

Boinas negras y chaquetas de cuero negro, puños cerrados y pistolas en mano… las Panteras Negras crearon su propia moda que era, a la vez, su símbolo.

Propugnaban la autodefensa armada, especialmente contra la policía, y se definían como un “partido socialista” en una época en la que el comunismo era visto como el mayor enemigo de EU.

El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale, quienes se habían hecho conocidos unos años antes por protestar en un acto en California que obvió el legado negro en la colonización del oeste americano.

Huey Newton y Bobby Seale

Getty Images
El partido fue creado en 1966 por Huey Newton y Bobby Seale.

Desde entonces, se habían envuelto en el activismo político pero hubo dos hechos que los llevaron a dar un paso más allá.

En febrero de 1965, fue asesinado el líder de los derechos civiles Malcom X y, un año después, la policía de San Francisco mató a tiros a un adolescente negro desarmado: Matthew Johnson.

Fue entonces cuando decidieron crear el Partido Pantera Negra para la Autodefensa, cuyas principales metas en un inicio eran monitorear las actividades policiales contra las comunidades negras en Oakland y otras ciudades.

Su activismo y carisma muy pronto multiplicaron la popularidad del grupo: del monitoreo pasaron a crear programas sociales, incluyendo desayunos gratuitos para niños o personas con anemia, a la vez que se involucraron en actividades políticas.

En un par de años, las filiales del grupo se habían multiplicado en más de 30 estados.

En su libro Black Against Empire: The History and Politics of the Black Panther Party, Joshua Bloom y Waldo E. Martin estiman que para 1969 ya tenía más de 5 mil miembros y sus ideas eran populares tanto en comunidades pequeñas como en grandes ciudades, desde Los Ángeles y Chicago hasta Nueva York o Filadelfia.

A diferencia de otros grupos por los derechos civiles de los afroaestadounidenses, las Panteras Negras portaban armas y defendían el derecho a la autodefensa con ellas.

Bloom y Martin señalan en su libro que era una respuesta activa ante la violencia policial que vivía la población negra y que buscaba “empoderar a la comunidad negra frente a un sistema racista”.

Sin embargo, su desafío a las autoridades y su uso de armas fue visto como desafiante y en ocasiones se les describía como pandillas o grupos violentos, algo que sus líderes negaban.

El peligro marxista

Las Black Panthers eran parte de un grupo todavía mayor, el llamado Black Power, que defendía el orgullo negro y la unidad por los derechos de las minorías raciales.

Sin embargo, Newton y Seale no se conformaron con la ideología de esa organización y se basaron en el marxismo.

Creían fervientemente en la “lucha de clases” y pensaban que la organización representaba “la batalla de la vanguardia proletaria contra el capitalismo”.

Fueron estas ideas en las que basaron su plataforma política, a la que llamaron Programa de Diez Puntos, en el que pedían, entre otras cosas, el fin inmediato de la brutalidad policial, empleos para los afroestadounidenses y mayor acceso a tierra, vivienda y justicia para todos.

Su cercanía al marxismo, el enfoque nacionalista negro y una serie de actos violentos que cometieron entonces los pusieron en la mira de las autoridades, en especial del Buró Federal de Investigaciones (FBI) de Edgar Hoover.

El FBI, de hecho, creó un programa secreto de contrainteligencia, COINTELPRO, solo para seguir de cerca a los miembros de las Panteras Negras.

panteras negras

Getty Images

Fue solo el comienzo.

Para 1969, el FBI los declaró una “organización comunista” y “enemiga del gobierno”, y Hoover llegó incluso a considerarlas “una de las mayores amenazas para la seguridad interna de la nación”.

Las rivalidades con la policía

El libro de Joshua Bloom y Waldo E. Martin cuenta cómo la creciente persecución de las autoridades llevó a una rápida radicalización del grupo.

Los enfrentamientos con la policía se hicieron frecuentes y varios agentes murieron en tiroteos que implicaban a las Panteras Negras. El grupo, sin embargo, siempre aseguró que solo usaban las armas como método de autodefensa y que solo respondían a la policía si esta los agredía.

La organización también se volvió un foco de la violencia policial.

En uno de los casos más sonados, en 1969, la policía de Chicago disparó más de 100 tiros a dos miembros del partido que dormían en su apartamento.

panteras negras

Getty Images

Las autoridades aseguraron que había ocurrido un feroz intercambio de disparos, pero luego se demostró que solo una bala provino del arma de uno de miembros del grupo.

En el libro The Black Panther Party , el historiador Charles E. Jones asegura que fue tanta la persecución a la que se vieron sometidos los miembros del grupo que una especie de paranoia colectiva comenzó también a manifestarse entre sus miembros… y a dividirlos.

Esto llevó no solo a numerosas discusiones y temores, sino que hubo también denuncias de que algunas “panteras negras” asesinaron o golpearon a otros del mismo grupo que creían que eran informantes de la policía.

Ciertas partes del movimiento fueron también asociadas con actividades delictivas y una ruptura interna entre sus principales líderes y organizadores pronto los debilitó como fuerza política.

Para mediados de los 70, las Panteras Negras siguieron perdiendo seguidores y popularidad, aunque hicieron esfuerzos por sobrevivir a la debacle, incluyendo crear una rama armada, el Ejército Negro de Liberación.

En las décadas siguientes, el nombre del grupo pasó a quedar como un asunto para investigaciones académicas y libros de historia, mientras algunos de sus principales activistas morían, escapaban a otros países o consumían sus vidas en la cárcel.


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