El hombre que sólo quería ser amado por sus amigos
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El hombre que sólo quería ser amado por sus amigos

Su ambición al escribir era, según lo dijo en varias ocasiones, que sus amigos lo quisieran más.
17 de abril, 2014
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En su larga y prolija vida, el escritor colombiano Gabriel García Márquez consiguió lo que siempre había deseado. “Gabo” falleció este jueves 17 de abril de 2014 en Ciudad de México.

No eran los honores, ni el premio Nobel de Literatura. Ni siquiera escribir una de las más grandes novelas de todos los tiempos.

Su ambición al escribir era, según lo dijo en varias ocasiones, que sus amigos lo quisieran más.

Y vaya si lo hicieron.

Infancia corta y feliz

Gabriel García Márquez nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1928. Su infancia transcurrió al cuidado de sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía -veterano de la guerra de los Mil Días en Colombia- y Tranquilina Iguarán.

El escritor siempre diría que la semilla de su estilo y de su imaginación desaforada está allí, en esa casona que los relatos de su abuela poblaba de fantasmas y presencias. Relatos que Tranquilina Iguarán contaba con cara de palo, como si fueran lo más normal del mundo.

Esa manera de contar, diría García Márquez muchos años después, es la misma que usaría en libros como “Cien Años de Soledad”.

El coronel Nicolás Ricardo falleció cuando “Gabito” -como le decían sus amigos- tenía ocho años. El niño fue enviado a vivir con sus padres, que eran prácticamente unos desconocidos para él, en el municipio de Sucre, al lado de sus demás hermanos.

Finalizaba su infancia corta y feliz. “Después, todo me resultó bastante plano: crecer, estudiar, viajar… Nada de eso me llamó la atención. Desde entonces no me ha pasado nada interesante”, recordó alguna vez.

En Zipaquirá

A los doce años de edad, García Márquez ganó una beca para estudiar en un internado de Zipaquirá, municipio situado cerca de Bogotá, la capital colombiana.

Muchos de sus allegados reconocerían después a Zipaquirá en las descripciones del lúgubre y remoto pueblo al cual Aureliano Segundo va a buscar a Fernanda del Carpio en “Cien Años de Soledad”.

Los años de internado también serían claves para forjar al escritor. Allí, en las solitarias tardes de sábado y domingo, el joven devoraría las obras de Julio Verne, Emilio Salgari y Alejandro Dumas.

En 1947 empezó a estudiar derecho en la Universidad Nacional de Bogotá, pero nunca finalizaría dicha carrera. Ese mismo año publicó, en el periódico El Espectador, su primer cuento, “La tercera resignación”.

En 1948 ingresó como reportero al recién fundado periódico El Universal de Cartagena, pero ello no detuvo la escritura de cuentos para El Espectador. En ese diario -que todavía circula- conoció a Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción, a quien recuerda como una persona que empezó a afinar tempranamente su estilo.

En 1950 conoció en Barranquilla a un grupo de jóvenes intelectuales: Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas. Ellos, a su vez, le presentarían a Ramón Vinyes, llamado “el sabio catalán”.

Todos ellos aparecerían en “clave” en los últimos capítulos de Cien Años de Soledad.

La influencia de estas personas sería portentosa, pues no sólo se convirtieron en sus mejores amigos -y le consiguieron trabajo en el periódico El Heraldo de Barranquilla-, sino que lo introdujeron a lo mejor de la literatura moderna. Autores como Faulkner, Hemingway, Joyce, Kafka y Virginia Woolf.

Para 1951, García Márquez ya había escrito su primera novela, La Hojarasca, aunque sólo la publicaría años más tarde.

El periodista famoso

García Márquez, periodista

En 1954, convencido por otro amigo, Álvaro Mutis, García Márquez regresó a Bogotá a trabajar de tiempo completo en El Espectador, donde escribió extraordinarios reportajes que lo convirtieron en uno de los periodistas más famosos de Colombia.

Al año siguiente viajaría a Ginebra, como enviado de El Espectador a la Conferencia de los Cuatro Grandes. Iba a ser un viaje corto, pero duró cuatro años.

La dictadura de Gustavo Rojas Pinilla cerró el periódico y García Márquez, que se encontraba en París, decidió invertir el dinero del billete de regreso en finalizar en Europa la novela que estaba escribiendo, “El coronel no tiene quién le escriba”.

En Europa, García Márquez también escribiría “La mala hora” y varios de los cuentos que luego aparecerían en “Los funerales de la mamá grande”.

En uno de sus regresos a Colombia, en 1958, se casó con Mercedes Barcha -el “Cocodrilo Sagrado”, como la llama en su dedicatoria de “Los funerales de la mamá grande”- a quien, según relata en uno de sus libros, le propuso matrimonio ebrio, en una fiesta, cuando ella tenía trece años.

Su periplo como periodista llevó a Gabriel García Márquez a distintos lugares de América.

Uno de ellos fue La Habana, en 1960, en donde trabajó en la agencia de prensa creada por el gobierno cubano (Prensa Latina) tras la Revolución. Allí empezó su interés por la isla, el cual mantendría inalterable a través de los años, cimentado en una estrecha amistad con Fidel Castro.

También laboró en Caracas y Nueva York, casi siempre obedeciendo al ofrecimiento de trabajo de algún amigo.

Finalmente llegó a Ciudad de México -exactamente el día en que murió Ernest Hemingway, otro de sus maestros- en lo que sería un destino crucial en su carrera como escritor y donde se reencontró con su gran amigo Álvaro Mutis.

En la capital mexicana trabajó como guionista de cine, editor, publicista y periodista y fue en esta ciudad donde escribió la que para muchos es su obra cumbre: “Cien Años de Soledad”.

Impulso literario

La manera como García Márquez escribió su más famosa novela ya forma parte de la mitología literaria latinoamericana. Así la describió él mismo:

“Desde hacía tiempo me atormentaba la idea de una novela desmesurada, no sólo distinta de cuanto había escrito hasta entonces, sino de cuanto había leído. Era una especie de terror sin origen.

“De pronto, a principios de 1965, iba con Mercedes y mis dos hijos para un fin de semana en Acapulco, cuando me sentí fulminado por un cataclismo del alma, tan intenso y arrasador, que apenas si logré eludir una vaca que se atravesó en la carretera. Rodrigo dio un grito de felicidad:

“-¡Yo también cuando sea grande voy a matar vacas en la carretera!

“No tuve un minuto de sosiego en la playa. El martes, cuando regresamos a México, me senté a la máquina para escribir una frase inicial que no podía soportar dentro de mí: ‘Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo’.

“Desde entonces no me interrumpí un solo día en una especie de sueño demoledor, hasta la línea final en que a Macondo se lo llevó el carajo”.

“Cien Años de Soledad” cambió la vida de García Márquez. El estilo avasallador y luminoso con que estaba escrito el libro (estilo del que sólo había dado unas puntadas en el cuento “Los funerales de la mamá grande”), así como sus historias delirantes, deslumbraron a lectores en todo el mundo .

Y lo sigue haciendo. Se calcula que la novela ha vendido más de treinta millones de ejemplares en todo el mundo desde que fue publicada, en junio de 1967.

El otoño

Boyante e instalado en Barcelona, García Márquez empezó escribir la novela en la que dejaría salir todo el caudal de su idioma: “El otoño del patriarca”, el relato de un dictador latinoamericano.

La novela -según Gabo- del hombre en el que se habría convertido el coronel Aureliano Buendía si hubiera llegado al poder.

Pero antes publicó varios cuentos errantes y un relato largo bajo el título de “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada”.

En este período también se presentó la mayor fractura política entre los integrantes del “Boom” de la literatura latinoamericana, quienes le cambiaron la faz a la narrativa del continente. Fue en 1971, con la detención y posterior auto inculpación pública en Cuba del poeta Heberto Padilla, en un hecho que recordó a muchos los juicios estalinistas de décadas atrás.

Mientras escritores como Mario Vargas Llosa -pública y furiosamente- y Carlos Fuentes -de manera más discreta- se distanciaron del régimen cubano, García Márquez lo continuó apoyando, al lado de Julio Cortázar.

“El otoño del patriarca”, publicada en 1975, confirmó el calibre literario del escritor colombiano.

Luego vino su período más activo políticamente. Anunció que no volvería a publicar ficción hasta que Augusto Pinochet no dejara el poder en Chile y se dedicó a recorrer el mundo escribiendo artículos periodísticos, los cuales fueron recopilados años después en el libro “Por la libre”.

Por fortuna para sus lectores, rompió esta promesa en 1981, cuando se publicó la corta, densa y magnífica “Crónica de una muerte anunciada”.

Al año siguiente le tocaría la consagración máxima, con el Premio Nobel de Literatura.

La etapa final

Luego del Nobel, García Márquez escribió cuatro novelas más: “El amor en los tiempos del cólera” -una obra especialmente admirada en el mundo anglosajón-, “El general en su laberinto” (sobre los últimos días de Simón Bolívar), “Del amor y otros demonios” y “Memorias de mis putas tristes” (2004), que se convertiría en su última obra de ficción.

También publicó el libro de relatos, “Doce cuentos peregrinos”; un gran reportaje, “Noticia de un secuestro”, y sus memorias: “Vivir para contarla” (2002).

En 1999 se le descubrió un cáncer linfático, por el que, aunque recibió tratamiento con éxito, redujo mucho sus apariciones públicas. Sin embargo, en esos esporádicos momentos, siempre fue recibido con cariño por el público.

Sin embargo, en los últimos años de su vida sus apariciones frente a esa público se hicieron más escasas. También se habló mucho sobre su pérdida de memoria, algo que confirmó uno de sus hermanos. Sin embargo, cada 6 de marzo -día de su cumpleaños- salía a la puerta de su casa en el Distrito Federal a saludar a los periodistas que se apiñaban en el lugar y le cantaban “Las mañanitas”, tema con el que se celebran los onomásticos en México.

Ahora, Gabriel García Márquez pertenece a la Historia.

Sin embargo, él mismo lo dijo, -y también lo dijeron sus amigos-: en el fondo de su alma nunca había dejado de ser el hijo del telegrafista de Aracataca.

Quienes tuvieron la oportunidad de tratarlo personalmente se dieron cuenta de que detrás de la fragorosa imagen del hombre público, amigo de estadistas y allegado al poder, se escondía un hombre tierno y casi tímido.

Por eso, pero sobre todo por sus libros, no sólo sus amigos lo quisieron. Millones de personas alrededor del mundo lo amaron.

Y muchos años después lo siguen haciendo.

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Paul R. Milgrom y Robert B. Wilson obtienen el Nobel de Economía por sus estudios sobre las subastas

Paul R. Milgrom y Robert B. Wilson son los galardonados este año con el Premio Nobel de Economía "por mejoras en la teoría de las subastas e invenciones de nuevos formatos de subastas".
12 de octubre, 2020
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Los economistas estadounidenses Paul R. Milgrom y Robert B. Wilson son los galardonados este año con el Premio Nobel de Economía “por sus mejoras en la teoría de las subastas e invenciones de nuevos formatos de subastas”.

El premio fue anunciado este lunes por la Real Academia de las Ciencias de Suecia, entidad que entrega el premio desde 1969 a nombre del Banco Central sueco.

Según el anuncio de la Academia, la investigación pionera de los galardonados sobre las subastas ha sido de gran beneficio para compradores, vendedores y la sociedad en general.

“La teoría de la subasta desarrollada por Paul Milgrom y Robert Wilson ha sido fundamental en el diseño de nuevos y complejos formatos de subasta”, aseguró la Academia, destacando que el concepto ha sido implementado en todo el mundo.

Las subastas están en todas partes. La gente usa las subastas para comprar y vender artículos en sitios populares de subastas de Internet. Los activos financieros o el espectro radioeléctrico se venden en subastas”, agregó el jurado.

Desde los 60

En la década de los 60, Robert Wilson comenzó sus investigaciones sobre las subastas de valor común; uno que se desconoce de antemano, pero que tiene el mismo valor para todos los participantes, explica la Academia.

Los hallazgos del economista estadounidense ayudan a explicar cómo los postores racionales deberían hacer sus ofertas para maximizar el valor esperado, mientras “evitan ser golpeados por la maldición del ganador“, que ocurre cuando el ganador de una subasta termina ofreciendo mucho más lo que vale el bien y termina perdiendo.

Peter Fredriksson, presidente del Comité de Ciencias Económicas, Goran K. Hansson, secretario permanente de la Real Academia de las Ciencias de Suecia y Tommy Andersson, miembro del comité.

Getty Images
Las investigaciones de Wilson ayudan a explicar cómo los postores racionales deberían hacer sus ofertas para maximizar el valor esperado.

Desde 1969, la Academia Sueca recompensa el trabajo de economistas de todo el mundo y el año pasado fueron el indio Abhijit Banerjee, la francesa Esther Duflo y el estadounidense Michael Kremer quienes se hicieron con el reconocimiento por “su enfoque experimental para aliviar la pobreza global”.

Duflo se convirtió en la segunda mujer en ganar el premio después de que la estadounidense Elinor Ostrom lo hiciera en 2009 por sus teorías sobre la gestión de la propiedad pública.

Los otros premiados de 2020

Con el de Economía se cierra la ronda de los Premios Nobel de 2020. La semana pasada se otorgaron los premios en las disciplinas de Medicina, Física, Química, Literatura y Paz.

Medalla del Nobel

Getty Images

Los investigadores Michael Houghton, Harvey J. Alter y Charles M. Rice fueron los galardonados con el Nobel de Medicina por el descubrimiento del virus de la hepatitis C.

El de Física recayó este año en Roger Penrose, Reinhard Genzel y Andrea Ghez por sus hallazgos sobre los agujeros negros; mientras que el de Química fue para Emmanuelle Charpentier y Jennifer A. Doudna por desarrollar un método para editar el genoma.

Por su parte, el de Literatura fue para la poetisa estadounidense Louise Glück, mientras que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU recibió el de la Paz.

La totalidad de los galardones se entrega el 10 de diciembre, aniversario de la muerte del fundador, Alfred Nobel, en actos paralelos en Estocolmo, para los científicos, de Literatura y Economía, mientras que el de la Paz se celebra en Oslo.


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