LSD y MDMA para hacer frente al miedo a la muerte
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LSD y MDMA para hacer frente al miedo a la muerte

Hace más de siete décadas que el químico suizo Albert Hofmann descubrió por casualidad las propiedades alucinógenas de la dietilamida de ácido lisérgico, conocida popularmente como LSD.
Por Jaime González / BBC Mundo
16 de abril, 2014
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Hace más de siete décadas que el químico suizo Albert Hofmann descubrió por casualidad las propiedades alucinógenas de la dietilamida de ácido lisérgico, conocida popularmente como LSD.

Desde principios de la década de los años ’50 del siglo pasado se llevaron a cabo cientos de estudios clínicos en todo el mundo con LSD, cuyos resultados sugerían que esta sustancia podía servir para tratar diversos trastornos como la ansiedad, la depresión o incluso adicciones como el alcoholismo.

Pero cuando el LSD saltó de los laboratorios a la calle y empezó a ser utilizado con fines recreativos, pasando a formar parte de la contracultura de los años ’60, las autoridades en la mayoría de países del mundo reaccionaron prohibiéndolo e ilegalizando todos sus usos.

Habría que esperar hasta principios de los años ’90 para que se produjera un cambio de actitud y se permitiera que algunos equipos de investigadores retomaran los estudios clínicos con sustancias alucinógenas.

Resultados prometedores

Pese a que todavía sigue siendo un área de investigación minoritaria y la financiación es escasa, los expertos aseguran que los resultados preliminares que se están obteniendo en ensayos con sustancias como el LSD, la psilocibina –un alucinógeno presente en ciertos hongos– o incluso el MDMA, un entactógeno con efectos psicodélicos conocido como éxtasis, son prometedores.

Hace unas semanas se publicaron en la Revista de Enfermedades Nerviosas y Mentales las conclusiones del primer ensayo clínico con LSD en más de 40 años y que fue realizado en Suiza con enfermos de cáncer terminales.

Los investigadores concluyeron que este compuesto, combinado con sesiones de psicoterapia y administrado en un entorno controlado, ayudó a reducir considerablemente la ansiedad que los enfermos padecían ante la perspectiva de la muerte, ayudándoles a hacer frente a sus miedos.

Otros estudios realizados en los últimos años en Estados Unidos y Europa apuntan que la psilocibina y el MDMA también pueden ayudar a tratar la depresión y ansiedad en pacientes terminales y otros trastornos como el estrés postraumático o incluso la adicción a las drogas y el alcohol.

Pese a todo, las autoridades sanitarias se muestran cautelosas frente a estas investigaciones, entre otros motivos por la falta de predictibilidad de los alucinógenos, que afectan a cada persona de manera diferente, alterando la química del cerebro con consecuencias todavía desconocidas.

Además, apuntan que estas sustancias deben ser administradas en entornos clínicos controlados y que nunca deben tomarse para usos recreativos, ya que pueden tener consecuencias fatales para los consumidores.

“Efectos positivos”

Foto: Wikimedia Commons.

MDMA. Foto: Wikimedia Commons.

El doctor Charles Grob, profesor de psiquiatría en la escuela de medicina de la Universidad de California-Los Ángeles, lleva más de cuatro décadas estudiando las posibles aplicaciones médicas de diversas sustancias alucinógenas.

“Creo que en los años 60 la sociedad no estaba preparada para las drogas psicodélicas. Eran radicalmente diferentes a lo que estábamos acostumbrados y había una preocupación legítima de que pudieran causar problemas de salud mental si se consumían sin supervisión médica”

Charles Grob, profesor de psiquiatría de la UCLA

Grob empezó a interesarse en este asunto a principios de los años ’70, cuando tuvo acceso a la literatura médica que recogía los resultados de las investigaciones que se llevaron a cabo antes de que en 1966 el LSD y otros alucinógenos fueran prohibidos por el gobierno estadounidense.

“Algunos estudios parecían demostrar que ciertas sustancia alucinógenas, administradas incluso en una sola sesión, tenían efectos positivos para, por ejemplo, tratar el alcoholismo, logrando que los pacientes se mantuvieran sobrios por muchos años”, le explicó Grob a BBC Mundo.

“También me impresionaron los resultados con pacientes terminales que sufrían de ansiedad y depresión”, señaló el investigador, a quien la Agencia de Alimentos y Medicinas de EE.UU. (FDA, por sus siglas en inglés) le acaba de dar el visto bueno para que lleve a cabo un estudio con MDMA para tratar la ansiedad social en pacientes que padecen de autismo.

Según Grob, el hecho de que en los años ’60 los jóvenes empezaran a tomar alucinógenos con fines recreativos hizo que estas sustancias -“que acabaron siendo asociadas con el movimiento en contra la guerra de Vietnam”- causaran gran controversia.

“Creo que en esa época la sociedad no estaba preparada para las drogas psicodélicas. Eran radicalmente diferentes a lo que estábamos acostumbrados y había una preocupación legítima de que pudieran causar problemas de salud mental si se consumían sin supervisión médica, mezclándolas con otras drogas o con alcohol”, apunta el investigador.

A principios de los años ’90 Grob recibió la aprobación de las autoridades para llevar a cabo la primera investigación en décadas para estudiar los efectos fisiológicos y psicolópgicos del MDMA en pacientes adultos.

Entre 2004 y 2008 también realizó un ensayo clínico en el que se les administró psilocibina a una docena de pacientes con un cáncer en estado avanzado que padecían de ansiedad existencial.

Preocupación

Hongos alucinógenos con psilocibina. Foto: Wikimedia Commons.

Hongos alucinógenos con psilocibina. Foto: Wikimedia Commons.

Según Grob, los tratamientos con alucinógenos y MDMA podrían ayudar a tratar a pacientes “con trastornos que suelen ser muy difíciles de curar, como el estrés postraumático o los trastornos obsesivo-compulsivos o incluso los desórdenes alimenticios como anorexia y bulimia”.

Grob hace hincapié en que “es de vital importancia que los ensayos clínicos se lleven a cabo en condiciones controladas con profesionales médicos que cuenten con el entrenamiento adecuado para que puedan guiar a los pacientes a través de las experiencias alucinatorias y les permitan integrar esa experiencia en el contexto de la patología que se intentar curar”.

“Nos preocupa el uso de estas sustancias por parte de gente que simplemente tiene curiosidad y que no es consciente de los riesgos que presentan si no se toman correctamente”.

“Los que, por ejemplo, toman MDMA para usos recreativos se exponen a riesgos en el corto y largo plazo que pueden llegar a ser fatales”.

Uno de los investigadores con los que ha colaborado Charles Grob es David Nichols, profesor de la Universidad de Carolina del Norte y uno de los fundadores del Instituto Heffter, una organización con base en el estado de Nuevo México que desde hace dos décadas se dedica al estudio de sustancias alucinógenas.

Falta de financiación

Según le explicó Nichols a BBC Mundo, uno de los problemas a los que se enfrentan los investigadores que realizan ensayos con alucinógenos es la falta de financiación.

“Se necesitaba un apoyo financiero y el gobierno nunca quiso darlo así que todo los estudios los hemos hecho con aportaciones privadas”, apunta Nichols.

Además, según señala el investigador, “a las compañías farmacéuticas tampoco les interesa estudiar las propiedades de estas sustancias porque es muy difícil que con ellas obtengan beneficios”.

“El modelo de tratamiento con alucinógenos se basa en la administración de la sustancia en una o dos ocasiones, mientras que las farmacéuticas quieren vender medicamentos cuyo consumo se prolongue en el tiempo”.

“El objetivo de las farmacéuticas es conseguir beneficios para sus accionistas y con los alucinógenos no los obtendrían, no sólo porque se toman una sola vez, sino que además son compuestos que no pueden protegerse con una patente”.

Nichols apunta que el hecho de que las investigaciones con alucinógenos fueran suspendidas en los años ’70 ha hecho que probablemente haya muchas aplicaciones potenciales que todavía no se conocen.

“Si seguimos obteniendo buenos resultados y la financiación no se corta va a haber grandes cambios. Los medios y la opinión pública empiezan a prestar atención. Además, los jóvenes ahora son mucho más abiertos de mente con respecto a estas sustancias comparados con generaciones pasadas”.

“Creo que en 10 o 20 años veremos como algunos alucinógenos serán reconocidos por sus propiedades médicas y los doctores podrán utilizarlos para tratar a pacientes”, concluye Nichols.

*Nota publicada el 15 de abril de 2014.

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Protestas en Bielorrusia

Getty Images
Las protestas no violentas tienen más posibilidades de éxito.

La lucha de los sindicatos agrupados en Solidaridad en Polonia en la década de 1980; el movimiento anti-apartheid en Sudáfrica; el derrocamiento del presidente serbio Slobodan Milosevic; la Revolución del Jazmín que forzó la salida del presidente tunecino Zine al-Abidine Ben Ali y desencadenó la Primavera Árabe…

Todos estos son ejemplos de movimientos populares que culminaron con un cambio político sustancial.

Y el último en ser noticia está en Bielorrusia, donde decenas de miles de personas han salido a las calles en las últimas semanas tras unas polémicas elecciones en las que el presidente Alexander Lukashenko se adjudicó la victoria.

Las autoridades han reaccionado con brutalidad: muchos manifestantes han sido arrestados y hay numerosas denuncias de torturas a manos de la policía.

Protestas en Bielorrusia

Reuters
Las protestas en Bielorrusia han movilizado a mucha gente. ¿En cantidades suficientes?

A pesar de esto, sin embargo, el movimiento de momento se ha mantenido fundamentalmente pacífico.

Pero, ¿cuán probable es que tenga éxito?

Lecciones de la historia

Una buena forma de evaluarlo es mirando la historia.

Que es lo que ha hecho la politóloga de Harvard Erica Chenoweth.

La profesora Chenoweth ha centrado su trabajo sobre todo en protestas contra dictaduras, no democracias.

A diferencia de los demócratas, los dictadores no pueden ser destituidos mediante el voto popular. En una democracia, si una política es impopular, otros políticos pueden ser elegidos con la promesa de abolirla. No existe tal mecanismo en una dictadura.

Erica Chenoweth

Kris Snibbe / Harvard Gazette
La politóloga de Harvard Erica Chenoweth ha estudiado la efectividad de las protestas.

Estas definiciones, sin embargo, son a menudo cuestionadas. ¿Dónde está la frontera entre democracia y dictadura? A menudo, de hecho, hay todo un espectro: un sistema político puede ser más o menos democrático.

Y también está el problema de cómo se clasifica la violencia y la no violencia.

¿Los ataques a la propiedad deben considerarse “violentos”? ¿Qué pasa con las personas que gritan insultos racistas pero sin agresión física? ¿Qué pasa con los actos de autosacrificio, como la autoinmolación o las huelgas de hambre? ¿Son violentos?

Las ventajas de la no violencia

A pesar de estas dificultades de categorización, existen algunas formas de protesta que son claramente no violentas y otras que son claramente violentas.

El asesinato es claramente violento. Las manifestaciones pacíficas, las peticiones, los carteles, las huelgas y los boicots, las sentadas y las huelgas no son violentas.

De hecho, según una clasificación bien conocida, existen 198 formas de protesta no violenta.

Y al analizar cada movimiento de protesta sobre el que había datos suficientes, desde 1900 hasta 2006, Erica Chenoweth y Maria Stephan llegaron a la conclusión de que un movimiento tenía el doble de probabilidades de éxito si no era violento.

La siguiente pregunta entonces es: ¿por qué?

La respuesta parece ser que la violencia reduce la base de apoyo de un movimiento, mientras que mucha más gente se une activamente a las protestas no violentas.

Protestas en Bielorrusia

Getty Images
La no violencia atrae a mucha más gente a las manifestaciones.

La no violencia es generalmente de menor riesgo, requiere menos capacidad física y ningún entrenamiento avanzado.

Y, por lo general, también requiere menos tiempo.

Por todas estas razones, los movimientos no violentos tienen mayores tasas de participación de mujeres, niños, ancianos y personas con discapacidad.

Pero, ¿por qué importa esto?

Bueno, tomemos la llamada Revolución Bulldozer contra Slobodan Milosevic. Cuando los soldados fueron entrevistados sobre por qué nunca apuntaron con sus armas a los manifestantes, explicaron que conocían a algunos de ellos. Se mostraban reacios a disparar contra una multitud que contenía a sus primos, amigos o vecinos.

El 3,5%

Obviamente, cuanto mayor sea el movimiento, más probable es que los miembros de la policía y las fuerzas de seguridad conozcan a algunos de sus participantes.

Y Erica Chenoweth ha dado una cifra muy precisa de cuán grande debe ser una manifestación antes de que su éxito sea casi inevitable: esa cifra es el 3,5% de la población.

Puede parecer un número pequeño, pero no lo es.

La población de Bielorrusia, por ejemplo, es de poco más de nueve millones, por lo que el 3,5% supera los 300.000. Y se estima que en las grandes manifestaciones en la capital, Minsk, participaron decenas de miles, quizás hasta 100.000 (aunque la agencia Associated Press una vez las estimó en 200.000).

La regla del 3,5% tampoco es estricta.

Muchos movimientos tienen éxito con tasas de participación más bajas que esta, y uno o dos fracasan a pesar de contar con el apoyo de las masas: el levantamiento de Bahréin de 2011 es uno de esos ejemplos que cita Chenoweth.

Menos efectivas

Los datos originales de Chenoweth llegan hasta 2006, pero la académica acaba de completar un nuevo estudio que examina los movimientos de protesta más recientes.

Y aunque sus últimos hallazgos generalmente refuerzan la investigación inicial, que muestra que la no violencia es más efectiva que la violencia, también ha identificado dos nuevas tendencias interesantes.

La primera es que la resistencia no violenta se ha convertido, con mucho, en el método de lucha más común en todo el mundo, mucho más que la insurrección armada o la lucha armada.

De hecho, entre 2010 y 2019 hubo más levantamientos no violentos en el mundo que en cualquier otra década de la historia registrada.

Argelia

Getty Images
Las protestas de Argelia en 2019 obligaron a dimitir al presidente Bouteflika.

La segunda tendencia es que la tasa de éxito de las protestas ha disminuido.

Ha caído drásticamente en lo que se refiere movimientos violentos: actualmente alrededor de nueve de cada diez movimientos violentos fracasan, dice Chenoweth.

Pero la protesta no violenta también tiene menos éxito de lo que solía.

Antes, alrededor de una de cada dos campañas no violentas tenía éxito; ahora es alrededor de una de cada tres.

Aunque, por supuesto, también se han producido algunos éxitos desde 2006.

Por ejemplo, el presidente sudanés Omar al-Bashir fue depuesto en 2019. Y unas semanas más tarde, el malestar popular obligó a dimitir al presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika.

Pero estas salidas son cada vez más raras.

¿Por qué? Bueno, podría haber muchas explicaciones, pero una parecería ser el impacto de doble filo de las redes sociales y la revolución digital.

Durante unos años, parecía que Internet y el auge de las redes sociales habían proporcionado a los organizadores de protestas una nueva y poderosa herramienta, facilitando la transmisión de información de todo tipo: por ejemplo, dónde y cuándo reunirse para la próxima marcha.

Pero los regímenes despóticos ahora han encontrado formas de darle la vuelta a esa arma y de usarla contra sus oponentes.

Policía en Bielorrusia

Reuters
Los gobiernos despóticos también utilizan la tecnología.

“La organización digital es muy vulnerable a la vigilancia y la infiltración”, dice Erica Chenoweth.

Y los gobiernos también pueden utilizar las redes sociales para hacer propaganda y para difundir desinformación.

Lo que nos lleva de regreso a Bielorrusia, donde los teléfonos de los manifestantes detenidos son examinados de forma rutinaria para establecer si siguen los canales de la oposición en la aplicación de mensajería Telegram.

Cuando las personas que manejan estos canales han sido arrestadas, Telegram se ha apresurado a cerrar sus cuentas con la esperanza de hacerlo antes de que la policía haya podido verificar la lista de seguidores.

¿Podrá el presidente Alexander Lukashenko aferrarse al cargo? ¿Realmente conseguirá sobrevivir ahora que está tan claro que existe una oposición tan generalizada a su gobierno?

Tal vez no. Pero si la historia sirve de guía, es demasiado pronto para descartarlo.


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