Ellos son los delincuentes más buscados por el FBI y que se refugian en México
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Ellos son los delincuentes más buscados por el FBI y que se refugian en México

59 delincuentes buscados por las autoridades del país vecino se esconden en suelo mexicano, entre los que destacan nueve violadores de infantes y dos violadores seriales de mujeres jóvenes, a uno de los cuales se atribuyen al menos 11 ataques, así como 33 asesinos.
Por Paris Martínez
19 de mayo, 2014
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Según los registros oficiales del Buró Federal de Investigación del gobierno de Estados Unidos (FBI, por sus siglas en inglés), en México se encuentran refugiados 59 delincuentes buscados por este organismo de seguridad estadounidense, entre los que destacan nueve violadores de infantes, dos violadores seriales de mujeres jóvenes, a uno de los cuales se atribuyen al menos 11 ataques, así como 33 asesinos.

Las autoridades estadounidenses, de hecho, sospechan que en México se refugian al menos tres de los delincuentes que integran la lista denominada Los diez prófugos más buscados por el FBI, empezando por Glen Stewart Godwin, quien ocupa el primer lugar de dicha lista, y por el que se ofrece una recompensa de 100 mil dólares, tras cometer dos asesinatos –uno en California y otro en Guadalajara–, así como dos fugas de penales, uno en cada lado de la frontera.

Para el FBI, Glen Stewart obtiene recursos mediante la venta de droga, y viaja por México, Centroamérica y Sudamérica, gracias a su dominio del español, por lo cual, advierte, “debe ser considerado armado, sumamente peligroso y con riesgo de fuga”.

Glen Stewart Godwin, 56 años.

Glen Stewart Godwin, 56 años.

En la lista de los diez más buscados por el FBI está, además, el violador Fidel Urbina, quien en la actualidad tiene 39 años de edad y, se presume, se refugia en el estado de Durango. Hace 15 años, Urbina golpeó y violó a dos mujeres, en ataques separados, una de las cuales fue hallada muerta, dentro de un vehículo incendiado.

Sus alias son Lorenzo Maes, Fernando Ramos, Fidel Bahena, Lorenzo Fidel, Lorenzo Maes, Marcos Antonio y Víctor Urbina, y por información que permita su captura el FBI ofrece una recompensa de 100 mil dólares.

Fidel Urbina, 39 años.

Fidel Urbina, 39 años.

Para el FBI, México es también el refugio de un tercer delincuente incluido en la lista de los diez más buscados: el agresor sexual y homicida José Manuel García Guevara, quien en 2008, teniendo él 20 años de edad, asaltó la casa de una vecina que era seis años mayor, a la que violó y luego asesinó de 16 puñaladas, todo esto enfrente del hijo de la víctima, de 4 años.

En la actualidad, se sospecha que este homicida y violador, ahora con 26 años, se refugia en el estado de San Luis Potosí.

Steven Eugene Clifford no está en la lista de los diez más buscados, aunque su peligrosidad no es menor, por lo que el FBI ofrece una recompensa de 10 mil dólares para quien brinde información que permita su captura. Él es un quiropráctico de 61 años que, entre 1998 y 2001, violó a 11 sus pacientes, incluyendo a una menor de edad. Se cree que Clifford huyó de Estados Unidos en una camioneta que remolcaba un camper, y entre sus posibles escondites están la península de Baja California, en México, así como Canadá e incluso Francia o Bélgica.

Para identificarlo, el FBI divulgó que “Clifford tiene el hábito de jalarse los pelos de la barba o del rostro, consume mucho alcohol y frecuenta clubes nocturnos y se cree que toma litio bajo receta médica”, aunque advirtió que “se de debe considerar armado y peligroso”.

Steven Eugene Clifford, 61 años.

Steven Eugene Clifford, 61 años.

Guarida de pederastas

Entre los fugitivos que el FBI ubica en territorio mexicano destacan nueve agresores sexuales de infantes, de los cuales seis son de origen anglosajón, y tres son inmigrantes mexicanos… ¿los has visto?

FOTO 4

Thomas Emil Sliwinski.

Thomas Emil Sliwinski violó a su hijastra en 2003, en Montana, Estados Unidos, de donde huyó para refugiarse, desde entonces, en la región de LeBarón, en el estado de Chihuahua, México.

Foto 5 (1)

Jeffrey Dean McDaniel.

A los 31 años, Jeffrey Dean McDaniel sedujo a una “pariente menor” de 13 años, a la raptó y condujo a México, donde continuó abusando de ella durante dos años más. Según el FBI, “puede ser que McDaniel esté viviendo en México y que le interese el arte de los tatuajes”.

Foto 6

Curtis Lee Brovold.

En el año 2000, el técnico computacional Curtis Lee Brovold embaucó a través de internet a una niña de 14 años, residente de Minnesota, y luego de seis meses de contactos, la convenció para tener un encuentro, durante el que abusó sexualmente de la menor. Según las autoridades estadounidenses, Brovold escapó a México luego de ser acusado de abuso sexual.

FOTO 7

Elby Jessie Hars.

Elby Jessie Hars es un camionero de 71 años, que en el año 2000 abusó sexualmente de una adolescente, en Carolina del Sur. Desde entonces está prófugo y el FBI presume que se esconde entre Texas y México. Las autoridades de Estados Unidos advierten que está armado y es peligroso.

FOTO 8

Charles Hollin.

En enero de 1999, Charles Hollin raptó a punta de navaja a una niña de diez años, a la que violó y abandonó desnuda en la carretera en Seymour, Indiana, además de que se le vincula con otros dos ataques similares. Según el FBI, para evitar ser capturado, Hollin utiliza pelucas y bigote falso y ha usado placas apócrifas para presentarse como policía. En su fuga, este pederasta ha sido ubicado en Cozumel, México, así como en Guatemala, Costa Rica, Venezuela, Puerto Rico, Gran Caimán, Grenada, Barbados, Jamaica, Bahamas y Canadá.

FOTO 9

Richard Craig Torres.

En 2007, el FBI comenzó la búsqueda del ciudadano estadunidense Richard Craig Torres, quien cometió “repetidos abusos” contra una niña de 13 años en Sacramento, California, desde donde voló a México, para luego perderse su pista.

Foto 10

Henry Henríquez.

En el año de 1992, el jinete de rodeo Henry Henríquez abusó de una niña de 13 años residente de Ohio, a la que violó en distintas ocasiones a lo largo de cuatro meses. Desde entonces está prófugo, y el FBI señala que se mueve entre México, Nuevo México y Texas.

FOTO 11

José Antonio Barroso.

Entre 1997 y 2003, José Antonio Barroso abusó sexualmente de una niña de Arkansas, que tenía cinco años cuando comenzaron los ataques. En 2004, Barroso fue oficialmente declarado como prófugo, y el FBI asegura que desde entonces se refugia en Guadalajara, Jalisco.

Foto 12

José Gustavo Badillo.

El último pederasta que huyó de Estados Unidos hacia México, para eludir la acción de la justicia, es José Gustavo Badillo, quien está acusado de comprar una niña en México, en 1998, para trasladarla a Oklahoma, donde produjo pornografía infantil y abusó sexualmente de la menor durante los siguientes siete años. Según el FBI, este pederasta se refugia, actualmente, en San Luis Potosí o en Matamoros, Tamaulipas.

Por información que permita su aprehensión, el gobierno estadunidense ofrece una recompensa de 10 mil dólares.

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Qué es el Síndrome de Ulises y cómo afecta a los migrantes

La sintomatología de este síndrome que padecen muchos migrantes puede confundirse con depresión o estrés postraumático y no tratarse bien.
6 de agosto, 2022
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“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza”, decía el poeta argentino Juan Gelman.

Sin embargo, en el mundo hay alrededor de 281 millones de migrantes internacionales (el 3.6 % de la población), según los datos de 2020 de la ONU.

Hay quienes emigran porque así lo desean, pero también quienes se ven obligados a ello. A finales de 2019, las personas desplazadas a la fuerza eran más de 79.5 millones según ACNUR.

Sea algo elegido o no, los migrantes, con las raíces a miles de kilómetros, puede que nos sintamos como decía Gelman: como una “planta monstruosa”. Y habrá circunstancias en nuestra llegada a destino que suavizarán esa condición o la empeorarán.

Y esto, sin duda, puede repercutir en nuestra salud mental.

En la frontera entre la salud mental y el trastorno

El psiquiatara español Joseba Achotegui trabaja con temas relacionados con migración en la Asociación Mundial de Psiquiatría, de la que es secretario. A partir de 2002 empezó a ver que algo cambiaba. “Se cerraron las fronteras, empezaron políticas más duras contra la migración, la gente dejó de tener acceso a papeles, había una enorme lucha por la supervivencia”, cuenta a BBC Mundo.

Y esto se reflejó en cómo acudían los pacientes a su consulta: “Estaban indefensos, asustados, sin poder salir adelante”.

En concreto, vio que muchos migrantes que viven situaciones difíciles presentaban “un cuadro reactivo de estrés muy intenso, crónico y múltiple”.

Achotegui le puso nombre: Síndrome de Ulises.

Aclara el psiquiatra que esto no es una patología, ya que “el estrés y el duelo son cosas normales en la vida”, pero sí remarca la peculiaridad del síndrome que deja al migrante, de nuevo, en la frontera. Pero esta vez entre la salud mental y el trastorno.

Duelo migratorio vs. síndrome de Ulises

Normalmente asociamos la palabra “duelo” al sentimiento tras las muerte de un ser querido. Los psicólogos lo relacionan con cualquier pérdida que tenga el ser humano, como dejar un trabajo, la separación de una pareja o cambios en nuestro cuerpo.

“Cada vez que experimentamos un pérdida, tenemos que acostumbrarnos a vivir sin eso que teníamos y adaptarnos a la nueva situación. Es decir, hay que elaborar un duelo”, explica la psicóloga experta en duelo migratorio Celia Arroyo.

Así, el duelo migratorio está asociado a este gran cambio en la vida de una persona. Pero tiene características que lo hacen especial, ya que es un duelo “parcial, recurrente y múltiple”.

Paisaje de Caracas

Getty Images
Se puede sufrir duelo por el habla, las costumbres… O por el paisaje.

Parcial porque no es una pérdida total como ocurre con la muerte de alguien; recurrente porque con cualquier viaje, comunicación con el país o echar un simple vistazo a una fotografía en instagram puede reabrirse; y múltiple porque no es solo una cosa la que se pierde, sino muchas.

Joseba Achotegui agrupó estas pérdidas en 7 categorías. La más evidente suele ser la pérdida de la familia y los seres queridos. También está la pérdida de estatus social, algo que, dice Arroyo, suele pasar por la condición de migrante pero si, además, “el país de origen es xenófobo, supone una gran adversidad”.

Otro duelo que el migrante pasa es el de la pérdida de la tierra. Por ejemplo, extrañar un paisaje montañoso o los días llenos de sol.

Se suma el duelo del idioma, que será más fuerte en la medida en que se migre a un país con otra lengua. Puede ser una verdadera barrera para, por ejemplo, hacer un trámite burocrático y mandar un simple correo electrónico.

Por último, está la pérdida de los códigos culturales, que puede significar algo tan sencillo como no tener con quién “echar un pie” y bailar salsa o con quien compartir un mate.

Y, asociado a esto, y como último duelo, está la pérdida de contacto con el grupo de pertenencia, con aquellos con quien podemos hablar en los mismos códigos, que entenderán nuestros modismos y forma de ver la vida.

El síndrome de Ulises es cuando, además de tener que pasar estos siete duelos normales para un migrante, se hace en condiciones difíciles, explica Achotegui.

Ilustración persona migrante con preocupaciones a su alrededor.

BBC MUNDO
Hay varios detonantes que pueden estresar a una persona en el país de acogida.

Cuáles son los detonantes

“Cuando hay dificultades o se rechaza a la persona en la sociedad de acogida puede darse este síndrome”, explica Guillermo Fauce, profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de Psicología sin Fronteras.

No es lo mismo llegar a un país nuevo con un trabajo ya estable que sin nada en firme; tener o no un techo y comida asegurados, entrar ya con visa o con un estatus legal por definir. Tener o no ciertas condiciones suma puntos y estrés.

El rechazo que puede tener más impacto es no tener papeles o no poder acceder a determinados recursos”, dice el psicólogo.

A su vez, Achotegui explica que esta situación hace que los migrantes no puedan salir adelante y genera tensión y problemas de supervivencia, otro detonante más.

Al coctel puede sumarse el no tener personas a nuestro alrededor que nos brinden apoyo, no solo material (donde vivir, comer, dormir), sino también emocional. “Muchos migrantes sufren situaciones de soledad, están aislados”, remarca Achotegui.

Fauce señala que también hay un apoyo simbólico que, de no darse, es otro detonante más. Se trata de que el entorno del migrante entienda y reconozca su condición, “que está pasando por un situación complicada, transitando muchos duelos y que se le permita un periodo de transición en la sociedad de acogida”.

Dos hombres en una fiesta.

Getty Images
Los expertos recomiendan hacer lazos con nuestra comunidad pero también con la sociedad de acogida.

A veces puede pensarse que “lo peor” ha pasado tras cruzar una frontera en malas condiciones, pero, en el país de acogida, la sensación de indefensión, de estar sin derechos y los posibles abusos laborales y sexuales pueden dar lugar a un cuarto detonante: el miedo.

Los expertos consultados añaden que esta situación de vulnerabilidad que puede dar lugar al síndrome de Ulises se hace mayor cuando se es mujer.

Qué nos puede pasar y cuándo estar alerta

Los síntomas pueden ser los mismos, dice Achotegui, que podemos tener cuando pasamos una mala época: dormimos mal, nos cuesta relajarnos, dolores musculares o de cabeza, enfado, nerviosismo, tristeza.

Fauce señala que, por un lado, se puede entrar en una suerte de estado depresivo y de tristeza, de encerrarnos en nosotros mismos y, por otro, estar hiperactivos y ansiosos, algo que al final nos va a quitar energía.

Esto puede hacer que el síndrome de Ulises se confunda con otras enfermedades mentales como depresión o estrés postraumático y que trate de medicalizarse.

Pero, en este caso, cuando se solucionan los obstáculos que dieron lugar al síndrome (hay trabajo, cierta estabilidad, menos estrés, etc,), desaparece.

“Si se sigue adelante, se consigue trabajo y hay una cierta estabilidad pero sigue habiendo síntomas, ahí hay algo más que evaluar y hay que intervenir de otra manera, porque puede que haya otra cosa ya del plano psiquiátrico, como un cuadro depresivo”, sostiene Achotegui.

Grupo de mujeres jugando al fútbol.

Getty Images
Hacer ejercicio y juntarse con la comunidad de origen pueden ayudar a bajar el estrés.

Así, cuando el malestar se convierte en permanente o impide que hagamos nuestra vida, hay que prender las alarmas. Otras muestras de alarma que señala Fauce son si aparecen ataques de ira, nuestras relaciones personales se ven afectadas o “se cogen atajos, como consumir drogas, alcohol, hay gastos desmesurados o se hacen deportes de riesgo”.

Qué hacer y qué no hacer

“Es fundamental crear una red de apoyo social, estar en contacto con otros inmigrantes y compartir vivencias”, señala Celia Arroyo. Para esto es bueno buscar migrantes de nuestra nacionalidad o grupos de apoyo específicos donde vivamos.

Al respecto, Achotegui dice que esto hace que haya “menos riesgo de trastorno mental”, pero quedarse muy anclado con nuestra comunidad puede hacer que se prospere menos. “Si no te metes en la sociedad de acogida, costará progresar. Es un equilibrio”.

Al final se trata de mantener “la raíz” con agua, pero no olvidarnos de nuestras hojas, del lugar donde reciben el sol.

También recomienda Achotegui hacer ejercicio y actividades que bajen el estrés.

Fauce remarca que “los cortes radicales no funcionan, ni las decisiones drásticas” ya sea respecto al país de origen o al de acogida y a las relaciones creadas en ambos.

Arroyo señala que, aunque es complicado dar un tiempo preciso, si tres meses después de haber conseguido una estabilidad el sufrimiento que sentimos no ha disminuido, es buen momento para pedir ayuda psicológica.

Qué pueden hacer los demás

La sociedad de acogida juega un papel importante, pero quien no ha vivido esta situación puede que no entienda qué implica el duelo migratorio ni el estrés sostenido que deriva en el síndrome de Ulises. Esto puede hacer que no sepamos cómo ayudar, qué decir o hacer.

Celia Arroyo recomienda que el entorno permita a quien esté esta situación que se exprese libremente y pueda hablar de qué le pasa y cómo se siente.

“Es importante no minimizar su sufrimiento ni generar falsas esperanzas” ante un futuro que es incierto cuando, por ejemplo, hay una visa o un trabajo que no llega.

Como en cualquier duelo, hay que evitar frases del estilo “ya se te pasará”, “no es para tanto”, “eso son miedos tuyos” o “todo saldrá bien”.

Achotegui sugiere ni compadecer ni victimizar: “Hay que acercarse con respeto, incluso con cierta admiración. El migrante es una persona fuerte, alguien que está yendo hacia adelante”.

A la vez, es importante respetar su cultura, mentalidad y cosmovisión.

Si nos cuesta conectar emocionalmente con alguien en esta situación, Fauce recuerda que todos hemos sufrido alguna pérdida y que es un buen ejercicio conectar con la emoción que tuvimos para empatizar con el migrante. Y pensar que, como escribió la uruguaya Cristina Peri Rossi, emigrar, partir al fin, es siempre partirse en dos.


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