La trampa sexual que atrapa a los migrantes en Sahara
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La trampa sexual que atrapa a los migrantes en Sahara

Miles de africanos quedan atrapados en Agadez -la puerta de entrada al Sahara, en el centro de Níger- mientras luchan por cumplir su sueño de llegar a Europa. La BBC conoció a algunos de ellos.
Por Thomas Fessy *BBC Mundo
17 de mayo, 2014
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Los traficantes se hacen ricos a costa de los inmigrantes. //Foto: BBC

Los traficantes se hacen ricos a costa de los inmigrantes. //Foto: BBC

Miles de inmigrantes africanos están atrapados en Agadez -la puerta de entrada al Sahara, en el centro de Níger- mientras luchan por cumplir su sueño de llegar a Europa. La BBC conoció a algunos de ellos en una visita a la ciudad.

Esto no se parece a lo que Vivienne esperaba.

“Pensé que iba a encontrar trabajo aquí”, dice.

“Vine a este lugar debido a las condiciones que estaba enfrentando en Nigeria. Acababa de terminar la secundaria y mi padre no tenía dinero para que yo siguiera estudiando. Ahora sólo quiero seguir hacia el norte, ganar dinero y hacer que mi familia se sienta orgullosa”.

Vivienne se niega a revelar su apellido. Dice que tiene 23 años y aunque luce más joven, es imposible verificar su edad.

El mes pasado viajó unos 240 kilómetros en autobús desde Kano -la principal ciudad del norte de Nigeria- a Zinder, la segunda ciudad de Níger. Allí tomó otro colectivo hasta Agadez, a unos 370 kilómetros de distancia.

Callejones polvorientos

A pesar de sus sueños, Vivienne ha decidido prostituirse en medio de su desesperación por llegar a Europa.

“He buscado, pero no hay trabajo”, se lamenta.

La conocí en uno de los vecindarios más pobres de Agadez. Comparte dos habitaciones polvorientas con otras diez jóvenes nigerianas.

Una de las habitaciones no tiene puerta. La otra tampoco, pero al menos hay una cortina.

El lugar está lleno de paquetes de condones abiertos, los usados los arrojan a un montón de basura que las mujeres queman de vez en cuando y a sólo unos metros de la entrada.

“Creí que podría limpiar alguna casa y me pagarían, pero aquí no hay empleos”, comenta Vivienne.

“Me encontré con estas amigas nigerianas y me contaron que así sobrevivían, así que empecé a trabajar para los hombres”.

“No estoy contenta con este trabajo, pero es lo único que tengo”.

La parte vieja de la ciudad es un laberinto de calles estrechas y callejones polvorientos.

Todas las casas fueron construidas con ladrillos de barro, cuadrados o rectangulares, que parece que salieran de la tierra.

Agadez es un mercado obvio para las comunidades rodeadas por nada más que el desierto.

Pero es un lugar de secretos, puerta de entrada al Sahara y hogar de toda clase de contrabandistas.

Aquí empieza el sueño, la promesa de una vida mejor, para los inmigrantes africanos.

Dinero es lo que esperan encontrar en Europa, pero ahora es que lo necesitan.

El mercado atrae a mucha gente a Agadez. //Foto: BBC

El mercado atrae a mucha gente a Agadez. //Foto: BBC

Encuentro con los traficantes

A la vuelta del mercado principal, un grupo de inmigrantes de África occidental hace cola frente a un banco. Son más de 30 y ninguno quiere dar su nombre.

“Aquí recibimos dinero para sobrevivir”, dice uno. “Algunos trabajábamos en nuestros países y aún tenemos algún dinero en una cuenta bancaria, así que es tiempo de retirarlo”, explica. “Otros esperan que su familia les haya enviado algo para ayudarlos”.

Llegó de Senegal en las últimas dos semanas, pero no sabe cuándo podrá continuar su viaje hacia el norte.

“Necesito el dinero antes. Tendría que trabajar uno, tres o seis meses y partir”.

Algunos de los inmigrantes que antes hicieron cola en el banco, están comprando bidones de agua para sobrevivir en el desierto.

Quienes los llevan a Libia son traficantes de la región.

De Libia o de Níger, pertenecen al grupo étnico Toubous, que disfrutaba de reconocimiento en Libia bajo el mando del coronel Muamar Gadafi.

Sin embargo, como africanos subsaharianos, los Toubous dicen que ahora la mayoría árabe los discrimina en Libia, donde prevalece la anarquía.

Conocí a unos traficantes, que aceptaron hablar bajo condición de anonimato.

En el negocio migratorio, la gente es sólo otra mercancía. El hombre que me habla en árabe trafica unas 300 personas al mes.

Desierto rocoso

“Cobramos US$500 para llevarlos a Libia, pero hay que llevar otros US$300 para sobornar a los policías en los puestos de control”, indica.

“Podemos darles crédito a los inmigrantes si lo necesitan, pero eso implica que paguen el doble al llegar”.

Los inmigrantes suelen viajar hacinados en la parte trasera de camionetas pick-up: entre 25 y 35 por vehículo.

Dos Toyota Hilux, nuevas y recién lavadas, estaban estacionadas frente a la casa donde me encontré con los contrabandistas.

“Ahora estamos equipados con GPS y Thurayas -satélite móviles- así que quedarnos atascados es más fácil de lo que solía ser”.

Estos equipos, sin embargo, no impiden los accidentes de gravedad.

Escondido detrás de un turbante negro, gafas de sol y cigarrillo en mano, el contrabandista recuerda un paseo mortal ocurrido el año pasado.

“Una de las camionetas se desplomó por una duna de arena, seis murieron”, dice. “Eran tres gambianos, dos nigerianos y un camerunés”.

Al salir de Agadez, es posible encontrar un desierto rocoso, la puerta del Sahara.

Encarcelado

Pero la pista pronto desaparecerá bajo las dunas de arena pesada, por lo que es probable que este sea el camino más extremo que a los migrantes africanos les toque recorrer.

Uno lo hace o no lo hace, pero no hay vuelta atrás.

El sol castiga y la próxima llegada a Libia no ofrece ningún respiro.

De vuelta en Agadez, otro grupo de migrantes de África occidental aguarda en el centro de tránsito de la Cruz Roja para volver a casa. La mayoría provienen de Gambia, pero otros son de Guinea- Bissau y Guinea.

Fueron golpeados, pasaron hambre y eventualmente fueron deportados. Han fracasado en su esfuerzo de emigrar a Europa.

“Luego de gastar semejante monto de dinero en llegar a Libia, trabajar allí, se quedan con todas tus pertenencias, incluso tu ropa. Volvimos a casa sin nada. Es muy triste”, dice Lalo Jaiteh, un gambiano de 44 años.

El viaje de Jaiteh a través del desierto incluyó dos días sin agua ni comida.

“Algunos estaban incluso tirados, llorando, decían que no volverían a ver a sus padres de nuevo. Uno que estaba acostado al lado mío me dijo: ‘Hermano, este es el fin, lo siento, no volveré a ver a mi madre’. Yo le dije: ‘No. No llores. Dios es bueno. Definitivamente lo lograremos”, cuenta.

Un hombre más joven, Ousmane, 26, estuvo preso en dos diferentes cárceles en Libia, tres meses cada vez.

Trató de cruzar el Mar Mediterráneo con otros en un bote, pero éste tuvo un desperfecto.

Estuvieron a la deriva hasta que guardacostas italianos los rescataron y los llevaron de vuelta a Libia.

Jaiteh cuenta que no creía en las historias que le contaban hasta que se vio a él mismo como protagonista.

“Cuando llegue a casa aquellos a los que dejé no me van a creer tampoco, porque también quieren irse, demasiado”.

Los riesgos involucrados en este sombrío viaje hacia el norte no son un aliciente y miles de inmigrantes africanos, sin empleo ni perspectivas en sus países, seguirán el tránsito en Agadez cada año.

Entre ellos Vivienne. Como su pie barre los restos de un paquete del condón rojo cubierto de polvo. Explica que no puede volver a casa. Su familia no se lo permitiría, especialmente si saben a lo que se dedica en Agadez.

Le pregunto a qué parte de Europa le gustaría ir.

“Quiero ir a España, porque mi amigo me dijo que era bonito”, contesta.

“Me gustaría estudiar enfermería, ese es mi sueño”.

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Northwestern Medicine

Mayra, la primera persona en recibir un trasplante doble de pulmón por COVID-19

Cuando Mayra Ramírez despertó otra vez a mediados de junio tras haber estado sedada y conectada a un respirador por más de 40 días no entendía todavía muy bien qué había pasado. Esta es su historia.
Northwestern Medicine
7 de agosto, 2020
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Cuando Mayra Ramírez despertó a mediados de junio tras haber estado sedada y conectada a un respirador por más de 40 días no entendía todavía muy bien qué había pasado.

Estaba en una cama de un hospital de Chicago, conectada a decenas de cables, aparatos y monitores, una escena similar al último recuerdo que tenía, cuando fue ingresada con los síntomas inequívocos de COVID-19 a finales de abril.

Pero las marcas frescas de las cicatrices mostraban que algo había sucedido mientras ella estaba en un coma inducido, en un no-tiempo de inconsciencia y pesadillas recurrentes.

“No fue hasta semanas después de que desperté que me di cuenta de que me habían hecho un trasplante de pulmones el 5 de junio y de que era el primer caso en Estados Unidos que lo recibía como un paciente de coronavirus”, cuenta en entrevista con la BBC.

Los médicos de Ramírez -de 28 años y sin ninguna enfermedad conocida que pudiera agravar su estado- habían visto su salud deteriorarse progresivamente desde que ingresó.

La joven había llegado al hospital con falta de aire, pero unas semanas después sus pulmones ya estaban “como un queso gruyer“.

A inicios de junio, llamaron a la familia en Carolina del Norte para que se despidiera de ella: no le daban dos días de vida.

Pero casi a último minuto los médicos decidieron probar una técnica que, hasta donde se conoce, no se había practicado antes con un paciente de coronavirus en EU.

“Mayra, más allá de la enfermedad, estaba saludable y también es joven, por lo que si éramos capaces de arreglar sus pulmones, todo lo demás debería estar bien”, cuenta a la BBC el cirujano Ankit Bharat, uno de los responsables del trasplante.

Dos días después iniciaron el procedimiento, sin tener ninguna esperanza -o certeza- de cuáles serían los resultados.

El lugar del silencio

Mayra, que es originaria de Carolina de Norte, se había mudado en 2014 a Chicago, donde comenzó a trabajar como asistente legal.

Mantenía una vida saludable: le gustaba correr, viajar y en su tiempo libre solía visitar a sus amigos o su familia o jugar con sus perros.

Cuando la pandemia comenzó a golpear el estado de Illinois, el temor de enfermarse la llevó a reforzar las precauciones: comenzó a trabajar de forma remota y asegura que apenas salía de casa.

Mayra

Northwestern Memorial Hospital
Mayra todavía se recupera de su operación.

Pero en abril comenzó a sentirse inusualmente mal y algunos síntomas recurrentes se mostraron como un mal augurio.

“Es la cosa más difícil por la que he pasado en mi vida. Estaba trabajando desde casa cuando empecé a perder el olfato y el sabor. Estaba muy cansada, me faltaba el aire y no podía caminar grandes distancias”, recuerda.

Contactó con la línea nacional de COVID para seguir sus consejos. Le recomendaron que se aislara en casa y vigilara sus síntomas.

Pero cada día se sentía peor.

“El 26 de abril ya no pude soportar más y fui a emergencias. Tomaron mis signos vitales y mi oxígeno en sangre estaba muy bajo. A los 10 minutos ya me estaban pidiendo que designara a alguien para que pudiera tomar decisiones médicas por mí“, recuerda.

Fue su último recuerdo por más de un mes.

Una cama de hospital

BBC
La joven estuvo en un ventilador por más de un mes.

La joven fue sedada y conectada casi inmediatamente a un respirador y a una máquina ECMO (oxigenación por membrana extracorpórea), un dispositivo que brinda soporte cardíaco y respiratorio.

“Estuve durante seis semanas en el respirador”, dice.

De todo ese tiempo solo recuerda unos malos sueños que todavía la atormentan.

“Durante esas semanas tuve pesadillas que todavía me afectan hoy, mientras todavía sigo tratando de recuperar algunas capacidades mentales y cognitivas”, asegura.

El momento decisivo

Pero luego de un mes y medio en un respirador Mayra no mostraba mejoría y sus pulmones ya mostraban daños irreversibles.

“Entonces fue cuando le dijeron a mis padres que yo tenía un daño pulmonar agudo y les pidieron que vinieran al hospital a decir adiós porque yo no pasaría de la noche”.

El equipo médico del Chicago’s Northwestern Memorial Hospital, sin embargo, decidió tomar una decisión arriesgada: completaron una evaluación urgente, la consultaron con la familia y como último recurso decidieron someterla a un trasplante doble de pulmón.

Era un procedimiento que se había probado antes en países como Austria y China para pacientes de coronavirus, pero no existía referencia hasta ese momento de otro caso similar en EU.

“Inmediatamente después del trasplante su corazón comenzó a bombear sangre de forma correcta a todos los demás órganos”, afirma el doctor Bharat.

“Cuatro semanas después estaba fuera del hospital. Ahora está en casa, hablando bien, con niveles de oxígeno adecuado”, agrega.

Según un comunicado del hospital, el caso de Ramírez y de otro hombre sometido poco tiempo después a una intervención similar muestran que los trasplantes dobles de pulmón pueden ser también una opción para casos críticos de coronavirus.

Para Ramírez, tras la operación, no solo comenzó el largo proceso de la recuperación, en el que ha tenido que aprender a respirar e incluso a caminar de nuevo.

También, dice, ha tenido que lidiar con las profundas cicatrices emocionales y psicológicas que los últimos meses han dejado en su vida.

“Ahora me siento mucho mejor que cuando desperté tras el trasplante. Estuve durante tres semanas en un proceso de rehabilitación que me ha ayudado drásticamente a mejorar mis habilidades físicas, pero todavía estoy tratando luchar con esto desde un punto de vista mental”.

“Es un proceso lento, pero estoy mucho mejor”.

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