1 de cada 3 personas LGTB ha sufrido discriminación laboral por su orientación
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1 de cada 3 personas LGTB ha sufrido discriminación laboral por su orientación

Más de la mitad de las lesbianas, gays, transexuales y bisexuales mexicanos no se asumen como tales en el trabajo, un 35% han sido hostigados por serlo y un 42% no creen que lo puedan expresar sin miedo a represalias, de acuerdo con la Primera Encuesta sobre Homofobia y Mundo Laboral.
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Por Majo Siscar
15 de mayo, 2014
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Este jueves 15 de mayo se presenta la Primera Encuesta sobre Homofobia y Mundo Laboral, en la que estuvo involucrada la CNDH.

El único día que Miriam Ruíz Hernández faltó al trabajo fue para cuidar a su novia, que estaba hospitalizada. Ambas trabajaban en la misma empresa, CASD, una proveedora de soluciones de seguridad digital, pero en la oficina escondían que eran pareja.  Al día siguiente el jefe de Miriam le empezó a reclamar que faltaba mucho y que no cumplía con los plazos.

“Fue un solo día en ocho meses y él me reprochó que faltaba mucho, que no entregaba a tiempo,… puros pretextos. Entonces yo le pedí que me mostrara por escrito mis faltas y mis reportes y brincó directamente al tema de la sexualidad. Después me dijo que íbamos a considerar el trabajo y yo le dije que renunciaba pero que me quedaba a capacitar a quién me sustituyera, me dijo que un mes. A la semana me pidió que no volviera”, explica indignada. Hace más de cuatro semanas y todavía no recibe el pago de su última quincena ni su finiquito. 

Como Miriam, una de cada 10 personas homosexuales, transexuales o bisexuales asegura que alguna vez la despidieron a causa de su orientación sexual o identidad de género, según revela la Primera Encuesta sobre Homofobia y Mundo Laboral que presentan este jueves 15 de mayo las organizaciones Enehache y Espolea y la empresas JW Marriot y Google junto a la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Una cifra muy alta si además tenemos en cuenta que la misma encuesta revela que 55% de este colectivo vive prácticamente “en el closet” en el trabajo, al ocultar sus preferencias por miedo a represalias.

La discriminación empieza desde los procesos de selección profesional. A 2 de cada 10 personas LGTB les preguntan su orientación sexual en las entrevistas laborales. Y una de cada tres asevera que por ello mismo les negaron un trabajo. El 35% de las personas encuestada reconocen sufrir discriminación en su puesto laboral.

El hostigamiento empieza por los compañeros. Risitas, chismes a sus espaldas, bromas pesadas, burlas y hasta acoso, son problemas comunes que reconocen los entrevistados. Y no son inocuos. Prácticamente todas las personas encuestadas que padecen discriminación asumen que eso les ha comportado consecuencias, desde no querer ir a trabajar o rendir menos hasta el aislamiento o la depresión.

“Depende mucho de cómo te posiciones tú, es una cuestión de convicción pero el empoderamiento y la fortaleza para enfrentar las hostilidades te la van dando los madrazos”, espeta Miriam quién en sus quince años de experiencia laboral ha sufrido desde acoso sexual de un jefe que la “quería convertir” hasta el reciente despido.

México aprobó en 2003 la Ley Federal para la Prevención y Eliminación de la Discriminación que prohíbe negar derechos o la igualdad real de oportunidades por preferencia sexual. Sin embargo todavía queda mucho camino por hacer para que esto sea una realidad.

“La mayoría de la gente que sufre discriminación no acude a las autoridades, unas por desconocimiento y otras por falta de confianza en éstas, en que algo cambie”, explica Ricardo Baruch, activista de la Coalición Juvenil por los derechos sexuales y reproductivos y promotor del estudio. De hecho, la encuesta revela que solo 15% de las personas que sufren discriminación laboral hacen algo contra ella. La mayoría renuncia, frente a un 38% que lo acusa ante superiores y solo 17% interpone una demanda legal.

Los datos, obtenidos a través de 2284 respuestas efectivas de personas LGTB principalmente de ocho estados de la República –DF, Estado de México, Nuevo León, Puebla, Jalisco, Veracruz, Baja California y Sonora–, revelan que son víctimas por igual quiénes laboran en una empresa privada que en una institución pública.

“Hay un problema real de discriminación y por lo tanto hay que actuar al respecto. La Comisión Nacional de Derechos Humanos ya se propuso capacitar a su personal en los estados. Pero necesitamos cambios grandes y esfuerzos en todos los sentidos para combatir esta discriminación”, subraya Baruch.

El más golpeado es el colectivo transgénero, según Baruch porque no pueden ocultar su identidad. También es mayor la discriminación para lesbianas, gays y bisexuales que se asumen abiertamente.

“La presión es constante, desde quién te hostiga hasta quién te dice que no pasa nada pero que tampoco hace falta que lo grites, que mejor no lo digas”, apunta Miriam, quién se niega a ocultarse. Pero 42% de los encuestados no cree que su trabajo sea “un espacio de respeto dónde se pueda expresar sin miedo la orientación sexual”.

Alba Pons, antropóloga de la UAM-Xochimilco especialista en identidades de género, apunta que un convenio o una ley no erradican per se una cuestión estructural y cultural. “Vivimos en una culturamisógina, homo, lesbo y transfóbica, en un sistema construido sobre la institución de la familia tradicional y el colectivo LGTB lo pone en peligro al cuestionar la normalidad de la heterosexualidad”, señala.

“Nosotras hacemos una lucha extra desde los círculos más íntimos, tenemos que ganarnos el espacio hasta que haya una igualdad en la casa, en la escuela o en el trabajo”, concluye Miriam. La mitad de los encuestados asegura que sí cuentan con un ambiente de respeto en su trabajo actual y hay algunas empresas reconocidas por sus buenas prácticas. Aún así, el informe insta a promover más fehacientemente la cultura de denuncia de la discriminación y fomentar el respeto a la diversidad.

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COVID-19: cómo es vivir en casa con alguien que tiene que estar aislado

El marido de Irene, Carlos, fue diagnosticado con coronavirus y tiene que permanecer aislado dentro de su propia casa. Ella nos cuenta cómo es el día a día cuando vives con un enfermo de COVID-19.
28 de marzo, 2020
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Vivimos bajo el mismo techo. Y nos queremos como siempre; es decir, muchísimo. Pero jamás mi marido y yo hemos estado tan alejados el uno del otro como lo estamos ahora.

La culpa la tiene el maldito coronavirus.

Carlos, mi marido, tiene covid-19. Al menos, eso es lo que le han diagnosticado en el teléfono habilitado por las autoridades sanitarias españolas para atender a quienes muestran síntomas de contagio.

Cuando el pasado martes (24 de marzo) llamó a ese número y le comentó a la médica que lo atendió que tenía tos, que se sentía cansado, con dolor muscular y, sobre todo, que había perdido completamente el sentido del gusto y del olfato, el diagnóstico fue rotundo: “Tiene usted síntomas propios del coronavirus”.

Y eso que, hasta ahora, Carlos no ha tenido fiebre ni problemas de insuficiencia respiratoria. Cada tres horas se pone el termómetro, tal y como le indicó la doctora, pero por fortuna siempre tiene una temperatura normal. Y cruzo los dedos para que siga así.

Aislado tras una puerta

Desde el momento del terrible diagnóstico, y siguiendo las recomendaciones de la médica, Carlos permanece aislado, encerrado en completa soledad, en una habitación de nuestra casa.

Mi hijo Manuel y yo no podemos tener contacto con él, para tratar de evitar que nos transmita el virus. Y ese encierro tiene que durar 15 largos días con sus noches…

Por suerte, nuestra casa en el centro de Madrid es amplia. Así que Carlos no solo dispone de una habitación para él solo: también le hemos dejado uno de los dos baños con que cuenta nuestra vivienda para su uso exclusivo.

Bandeja en la puerta.

Irene H. Velasco
Irene le deja una bandeja con la comida en la puerta a su marido.

Otras muchas familias en Madrid (la ciudad donde ahora mismo más rápido avanza el covid-19) tienen que convivir con contagiados en un espacio mucho más reducido del que nosotros disponemos, así que no nos podemos quejar.

“¿Qué tal, cómo te encuentras?”, le pregunto cada mañana, siempre a través de esa puerta cerrada que nos separa como un muro altísimo.

La misma puerta a cuyos pies le dejo a diario sobre una bandeja el desayuno, la comida y la cena, como si fuera un preso al que se le hace llegar una escudilla de alimento. Él la devuelve al mismo sitio cuando termina de comer y cierra inmediatamente la puerta.

“Jo, pobrecillo. Está enfermo y no le podemos cuidar, es como un apestado, le tenemos preso en nuestra propia casa”, le compadece Manuel, de 14 años.

Desinfectar todo lo que toca

Carlos come en su propio plato, con sus propios cubiertos, bebe en su propio vaso… Hemos destinado algunas piezas de vajilla a su uso exclusivo.

Y, después de cada comida, me enfundo los guantes para retirar su bandeja y lavo cuidadosamente todos esos utensilios con lejía y agua caliente, como recomiendan las autoridades de Madrid que hagamos.

Solo un par de veces al día veo con mis propios ojos a mi marido. Siempre fugazmente, siempre manteniendo entre nosotros una separación de al menos dos metros de distancia que a mí, sin embargo, se me antoja kilométrica.

Lo veo un instante por la mañana cuando, con una mascarilla cubriéndome la boca y la nariz y las manos enfundadas en unos guantes, entro en su habitación para limpiarla. Él, cubierto también con mascarilla y guantes, aprovecha entonces para ir al cuarto de baño y asearse.

Mientras Carlos está bajo la ducha, yo desinfecto cuidadosamente con un paño empapado en lejía las superficies de su habitación: el picaporte de la puerta, los interruptores de la luz, la mesa en la que tiene la computadora, el teclado de la misma, su teléfono móvil…

Irene desinfectando el baño.

Irene H. Velasco
Irene desinfecta a conciencia todas las superficies que ha tocado Carlos.

Friego a conciencia el suelo con agua caliente y un buen chorro de lejía. Y me llevo la bolsa, con cierre hermético, en la que tira los pañuelos desechables y las servilletas de papel que utiliza.

También saco la bolsa en la que echa su ropa sucia. Genera bastante, porque cada día hay que cambiarle las toallas y lavar toda su ropa.

Por seguridad, la bolsa con su basura la meto dentro de otra bolsa de basura y la deposito en el cubo de nuestro edificio (tarea para la que me pongo otros guantes). La ropa sucia de Carlos la pongo en la lavadora, sin mezclarla con la de Manuel ni la mía, y la lavo a al menos 60º.

Cuando Carlos vuelve a su habitación, yo entro disparada en su cuarto de baño y -siempre armada con la mascarilla y los guantes- limpio frenéticamente con lejía el lavabo, el inodoro, la mampara de la ducha, la puerta, los interruptores… Todo lo que encuentro a mi paso.

“Confinamiento dentro del confinamiento”

Mi marido afronta esta situación con bastante resignación.

“Llevo ya cuatro días encerrado en una habitación. Y tendré que estar 15 días en total tras haberme diagnosticado que tengo ‘el bicho'”, como se refiere él con humor al coronavirus.

“Sé que no es nada especial: desde que hace dos semanas el gobierno declaró el estado de alarma, todos los españoles menos los que realizan servicios esenciales tienen que permanecer confinados en sus casas. Esto es solo un pasito más, el confinamiento en una habitación dentro del confinamiento en casa”, se consuela.

Yo no doy abasto: que si hay que cocinar, limpiar, desinfectar, poner lavadoras, tender la ropa, ventilar las habitaciones, escribir artículos…

Calle desierta en Madrid.

Getty Images
España está en estado de alarma y las calles de sus ciudades, como esta de Madrid, están prácticamente desiertas.

Lo bueno es que toda esa actividad frenética me mantiene ocupada y me impide pensar. Carlos es todo lo contrario: no tiene nada que hacer y mucho tiempo para darle vueltas a la cabeza.

“La verdad es que es un poco aburrido, pero mantengo algunas rutinas: me levanto a la misma hora que si tuviera que ir a trabajar, me ducho, me afeito y me visto como si fuera a salir a la calle. Nada de estar todo el día en pijama. Pero los días pasan despacio; hay que rellenar el tiempo, y aunque no estoy trabajando porque estoy de baja, sí leo los correos del trabajo y estoy en contacto por teléfono o videoconferencia con mis compañeros”, cuenta.

Cada vez que oigo que tose, cuando siento un carraspeo salir de su habitación, entro en pánico. “¿Estás bien?”, le escribo por WhatsApp. “Sí, tranquila”, me ha respondido siempre hasta ahora.

Una de las obsesiones de Carlos es recuperar el olfato y el gusto. “No le estoy echando azúcar al café del desayuno, y una de las esperanzas que tengo cada mañana es probarlo y que no me guste… Pero de momento, no noto nada. Intento oler el jabón al ducharme, la lejía con la que Irene friega el suelo de la habitación… Pero por ahora nada”.

“Voy a ganar”

Carlos tiene computadora en su habitación, una tablet y su teléfono móvil. Pero se niega a leer noticias sobre el coronavirus.

“En la práctica he dejado de leer los periódicos, porque ahora mismo todo lo que llevan tiene relación con el coronavirus. Prefiero no saber cuántos nuevos contagiados ha habido ni cuánta gente ha muerto en las últimas 24 horas”.

Lo que no puede es olvidar lo que ya sabía antes de su encierro sobre el elevadísimo número de fallecidos que se está cobrando esta pandemia en España.

“La verdad es que la primera noche casi no dormí. Es verdad que me siento bastante bien, he tenido resacas peores. Pero sí me da un poco de miedo lo que he leído de empeoramientos repentinos, gente a la que han dado de alta y ha muerto a las pocas horas… Pero sé que eso no va conmigo, voy a ganar”, me manda en un mensaje de correo electrónico.

Confieso en que hay días que, agotada, me siento tentada de tirar la toalla.

“Esto es absurdo, Carlos, hemos estado dándonos besos hasta el minuto antes de que te diagnosticaran el coronavirus. Si tú lo tienes seguro que yo también lo tengo”, le digo.

Pero él se niega en redondo a poner fin a su encierro, no hay manera de convencerlo. “No”, responde tajante. “Mejor así, por si acaso. Si tú y Manuel no estás infectados con el covid-19, con estas medidas evitaremos que lo estéis”.

Gente aplaudiendo en los balcones.

Getty Images
Cada día a las 20:00 horas, miles de españoles salen a su balcón a aplaudir al personal sanitario a modo de agradecimiento. Irene y Carlos también lo hacen.

Afortunadamente Carlos toca el piano y tiene un teclado en la habitación que puede tocar a cualquier hora (con auriculares, claro), y esa es la ocupación a la que más tiempo le está dedicando estos días.

“Reconozco que en esta situación es una suerte tener un hobby como este, que te permite desconectar y dejar de dar vueltas al coronavirus”, cuenta.

El segundo momento en el que cada día veo a Carlos es a las 20:00 horas (19:00 GMT). A esa hora, la inmensa mayoría de los españoles nos abalanzamos a nuestras ventanas y balcones para aplaudir durante un minuto a nuestros equipos sanitarios por la titánica tarea que están haciendo para salvar vidas a pesar de los pocos medios de los que disponen.

Mi hijo y yo salimos a aplaudir al balcón del salón y, unos siete metros más allá, ahí está Carlos, aplaudiendo desde el balcón de su habitación.

No lleva mascarilla, yo tampoco. Y nos podemos sonreír.

Es, sin duda, el mejor momento del día.

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