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Apple, Facebook y Google saben todo sobre ti

Hemos vivido decenas de campañas llamando a tener cuidado a la hora de compartir información en la Red, pero el problema es mucho mayor.
Por Yorokobu.es
30 de junio, 2014
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El director general de Apple, Tim Cook, habla sobre el iOS 8 conferencia de desarrolladores de Apple en San Francisco, el lunes 2 de junio de 2014. Foto: AP.

El director general de Apple, Tim Cook, habla sobre el iOS 8 conferencia de desarrolladores de Apple en San Francisco, el lunes 2 de junio de 2014. Foto: AP.

Hemos vivido decenas de campañas llamando a tener cuidado a la hora de compartir información en la Red, hemos visto a políticos dimitir por fotos o vídeos difundidos por internet, errores en redes sociales que han costado disgustos en la vida real, incluso a compañías tecnológicas dando nuestros datos a los gobiernos que los piden. Pero el problema es mucho mayor: literalmente estás en pelotas.

Es lo que hay o, mejor dicho, es como funciona el mundo actual. No es por ser alarmistas ni tecnófobos, pero seguramente no tengas ni idea de la cantidad de información tuya que circula por ahí, aunque intentes ser el más cauto del mundo. Porque aunque tú no des información voluntariamente, otros pueden darla sobre ti, o usar la que tienen.

Primer ejemplo: tienes un iPhone o un iPad. Como tú, varios millones de personas en el mundo. De hecho, no importa si lo tienes o lo tuviste, pero para activarlo tuviste que entrar en la AppStore y, para ello, tuviste que dar tu número de cuenta. Hay mucha gente que lo dio para hacer compras, lo cual es el negocio evidente. En concreto, 5.000 millones de dólares gastados en la AppStore en 2013, que ya es.

Pero lo importante no es el dinero, es lo anterior.

En enero de 2013 Apple contaba con más de 500 millones de usuarios activos en su AppStore, ahora superan los 650 millones, según las estimaciones. Es decir, unos 650 millones de usuarios que han pagado una media de 400 dólares por terminal (siendo generosos), lo que supone otro enorme bocado de dinero.

Pero, insistimos, lo importante no es el dinero, es lo anterior.

La cuestión es que si para entrar tienes que dar tu número de tarjeta… ¿tiene Apple en su poder 650 millones de números de tarjetas de crédito? Seguramente no tantas, pero aunque fueran la mitad es un número que multiplica a los datos bancarios que cualquier entidad pueda tener sobre la faz de la tierra.

Un número de tarjeta por sí solo no puede hacer demasiado, al menos a priori. Pero ¿qué pasaría si lo combinaras con algún tipo de información personal, única, intransferible y que consta en las identificaciones oficiales de los gobiernos de casi todo el mundo como, por ejemplo, la huella dactilar? Exacto, el último iPhone presentado hasta la fecha, el iPhone 5S incluye un sistema de desbloqueo mediante huella dactilar que, según aseguran, es únicamente local, es decir, la información sacada de tus dedos no se envía a servidor alguno, se queda en tu móvil y está encriptado.

¿De cuánta gente hablamos? Complicado saberlo porque Apple no es muy amigo de dar detalles sobre las ventas, pero en el cuarto cuatrimestre del año pasado (en el que el iPhone 5S se puso a la venta, por lo que solo computó en las últimas dos semanas del periodo) se vendieron 33,8 millones de iPhones (los 5S y los anteriores), y en el primer cuatrimestre de este año se han vendido 51 millones más(de nuevo, de todos los tipos, incluyendo el también nuevo 5C, pero cabe pensar que gran parte de esas ventas son de los 5S).

Pongamos que el número de iPhones 5S vendidos son 20 millones, que serán muchos más: 20 millones de usuarios han dado a Apple su número de tarjeta y su huella dactilar

iphone

Segundo ejemplo: las malditas ‘wearables’. ¿Qué demonios es eso? La última moda tecnológica: dispositivos que se llevan puestos como una prenda de ropa, que son inteligentes y que median entre nosotros y otros dispositivos tecnológicos, ya sea un smartwatch que nos informa de lo que pasa en nuestro móvil o en nuestros dispositivos domóticos en casa, ya sea un anillo que registra nuestros movimientos. Son lo más del momento, en lo que todas las compañías del sector tecnológico trabajan ahora mismo.

¿Y qué tienen en común? Dos cosas. La primera, que todos estos dispositivos hacen una cosa: un seguimiento de nuestra actividad ‘deportiva’, aunque sea caminar, y nos lo venden como elemento motivacional para una vida sana: cuántas calorías has quemado hoy andando (o haciendo deporte), cuántas horas has dormido o, si se lo facilitas, cuánta agua has bebido, cuánto pesas y mides y demás. La segunda: que, de momento, nos cansamos pronto de la moda. Según a quién preguntes, un 33%, un 50% o un 55% de los usuarios dejan de usar estos dispositivos en poco tiempo.

Al menos esto será así hasta que, se supone, Apple revolucione el sector cuando lance su apuesta por el tema. Por lo pronto, el nuevo sistema operativo que presentan en septiembre se centra precisamente en la información sobre salud. Siguiendo los datos anteriores, imagina lo que supondrá que (al menos) dos decenas de millones de personas compren un dispositivo que monitoriza hasta su ritmo cardíaco, sumando esto a los millones de personas que ya usan dispositivos de este tipo y no se han cansado de ellos (móviles de última generación, smartwatches, fuelbands, pulseras y demás).

En total, muchos millones de personas compartiendo parte de su historial clínico con grandes tecnológicas.

android

Tercer ejemplo: lo que ya sabíamos hasta ahora, que para Facebook y Google el producto eres tú. En el ámbito comercial, cuando alguien te regala un servicio es porque el producto eres tú. Es decir, ¿de dónde saca el dinero Facebook si es gratuito y nadie paga por usarlo? De lo que pagan por ejemplo los anunciantes para lanzar sus campañas a un público segmentado al detalle gracias a la información que tú mismo compartes. ¿Quieres mandar un anuncio a chicas de entre 19 y 22 años que vivan en Sevilla y estén estudiando en una universidad andaluza? Facebook puede y no cobra una barbaridad por ello.

Porque las tecnológicas, además de vender aparatos (hardware) y programas o aplicaciones (software), viven de ti. Mejor dicho, de lo que tú les das. Facebook sabe quién eres, cómo eres, quiénes son tus amigos, qué piensas, dónde vas, dónde querrías ir, qué cosas (libros, música, programas) te interesan, dónde has estudiado, quién es tu familia y un montón de cosas más. Sin salir de la empresa, WhatsApp vincula tu número de móvil, tu nombre y tu fotografía ante los ojos de cualquiera que use sus servicios. Y eso por no hablar de Google, que sabe qué buscas, en qué páginas navegas…

Añádele a todo ello lo que haces con los servicios que utilizas: los blogs o webs que lees o a los que estás suscrito, los correos que escribes y recibes, la geolocalización de tu móvil, los check-in de Forsquare, tus ideas en Twitter, tus alertas, tus marcadores…

Todo esto, la información que compartimos, no es nuevo. Pero lo primero sí. Y sí, son compañías diferentes, con contratos de privacidad (que nadie leemos), que se adueñan del contenido que les damos (tus fotos dejan de ser tuyas y pasan a ser suyas). Piensa, por un momento, en que esos datos se combinaran para dibujar un vivo retrato de ti, desde lo que piensas hasta lo que te gusta, desde tu número de tarjeta y tu huella dactilar a qué tal es tu salud.

Y en todo lo que los demás comparten de ti: si cuelgan vídeos, te etiquetan en fotos o ese proyecto universitario o esa multa que salen publicadas y, al buscar con tu nombre, aparecen.

¿Verdad que ahora te importa un poco menos que alguien pueda encontrar alguna foto tuya comprometida? Eso es un problema, pero es el menor de todos. Bienvenido a 1984 treinta años después.

*Nota publicada el 29 de junio de 2014.

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'Fui antivacunas y ahora me arrepiento. La COVID casi me quita la vida'

No quería vacunarse por miedo a los efectos secundarios, pero después de experimentar la covid-19 en carne propia y pasar 18 días internada, cambió radicalmente su postura.
13 de enero, 2022
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Indira Jáuregui era antivacunas.

Pero después de pasar 18 días internada junto a su familia por covid-19 en Lima, Perú, cambió radicalmente su forma de pensar.

Conectada al oxígeno en un centro asistencial, esta mujer de 49 años, sintió que su vida estaba llegando a un punto de no retorno.

Para mí fue como enfrentarme a la muerte. Estaba boca abajo y me puse a pensar en mi vida. Pensé en lo que no hice y en lo que debí hacer. Me puse a pensar en mi familia, en el tiempo que no pasé con mi familia por estar trabajando. Pensé en los abrazos que no di, en las llamadas que no hice”.

Como los hospitales estaban colapsados, Indira fue internada en un lugar habilitado para atender pacientes en medio de la emergencia. Hasta ahí llegó con su madre de 72 años, una hermana, su cuñado y su sobrino. Todos contagiados con el virus.

Ella nunca creyó en teorías conspirativas como aquellas que señalan que las vacunas son un complot para exterminar a la humanidad, o que son hechas con inhumanos procedimientos en los que se utilizan fetos, o que al vacunarte te implantan un chip en el brazo para espiarte.

Más bien tenía miedo a los potenciales efectos secundarios de la vacunación. Y su profunda convicción en los métodos de sanación natural, la llevaron a creer que no era necesario vacunarse.

Este es su testimonio contado en primera persona.


Soy terapeuta alternativa. Cuando comencé a estudiar aprendí la técnica japonesa del reiki y ahora estoy trabajando con biomagnetismo, que es una terapia con imanes.

En mi círculo nos interesa todo lo que es natural, todo lo que tiene que ver con una visión holística de los seres humanos. Como me gusta aprender, he leído muchos libros sobre las vacunas y los efectos negativos que tienen en la salud.

Pero nunca fui de los que se dedican a satanizarlas, llevando las cosas a un extremo. En las redes sociales como Facebook o los grupos de Whatsapp, he visto muchos mensajes y videos de personas que se van al extremo y que hablan del uso de fetos en las vacunas, de que nos quieren dominar y convertirnos en zombies, o esa teoría de que cuando te vacunan te ponen un chip en el brazo.

Hombre recibiendo vacuna en Lima, Perú.

Getty Images
Jáuregui cuenta que las vacunas le daban miedo por sus potenciales efectos secundarios.

También hay otras personas en las redes que se dan cuenta que la ciencia y lo natural se complementan para que el ser humano tenga una vida saludable y equilibrada.

Yo era antivacunas porque conocía casos de personas que, antes de que llegara la covid, se habían vacunado contra otras enfermedades y habían sufrido efectos secundarios.

No quise vacunarme cuando hace años atrás apareció el virus del H1N1 y aquí en Perú hicieron campañas de vacunación. Pensaba que, como las vacunas tienen metales pesados, podían causar muchos efectos secundarios. Creo que por ahí viene el miedo. Las vacunas me daban miedo.

También pienso que influyeron todas las publicaciones que salían en las redes, cada una más fantástica que la otra, especialmente esa teoría de que la pandemia era un invento.

“Los hospitales estaban colapsados”

Al principio, cuando recién comenzó la covid en China y después en Europa, pensaba que era como algunos virus de transmisión sexual.

Pero cuando llegó aquí, empecé a tomar conciencia de lo que estaba pasando. Yo era muy cuidadosa con la desinfección y todos los cuidados que hay que tener para no contagiarse y no contagiar a otras personas.

Pacientes saliendo de la Villa Panamericana, Lima Perú.

Getty Images
Estas sobrevivientes de covid-19 van de regreso a su casa desde la Villa Panamericana en Lima, donde estuvo internada Indira Jáuregui.

Hice todo lo posible para evitar el contagio, incluso he sido exageraba con el tema del cuidado y de seguir los protocolos, pero al final me contagié en mi casa, con mi familia. Era julio del año pasado.

Cuando dimos positivo, llamamos a la línea 107 que tenemos aquí en Perú para los que tienen covid. Nos internaron a todos en la Villa Panamericana, unos departamentos que construyeron para los deportistas que vinieron a las Olimpíadas (Juegos Panamericanos de 2019).

Con la pandemia esa villa se convirtió como en un hospital para la gente con covid. Es que como los hospitales estaban colapsados, abrieron otros lugares para los enfermos. La Villa Panamericana era un lugar bien equipado y los médicos nos trataban muy bien.

El problema es que cuando me internaron, al tercer día empecé con una fiebre alta y se me elevó la presión. No comía, no podía comer. Un médico me dijo que si quería vivir, tenía que comer.

Como estaba empeorando, al sexto día me tuvieron que bajar a un lugar como un hangar donde tenían a los pacientes conectados al oxígeno. Ahí fue cuando trajeron un balón y me pusieron el oxígeno.

A medida que pasaba el tiempo me iban aumentando el oxígeno porque no mejoraba, hasta que el médico me dijo que tenía que pasar 17 horas boca abajo.

Yo, la verdad, es que soy gordita. Entonces para mi estar boca abajo era un suplicio. Todo se fue complicando en ese momento.

“Fue como enfrentarme a la muerte”

Para mí fue como enfrentarme a la muerte. Estaba boca abajo y me puse a pensar en mi vida. Pensé en lo que no hice y en lo que debí hacer. Me puse a pensar en mi familia, en el tiempo que no pasé con mi familia por estar trabajando. Pensé en los abrazos que no di, en las llamadas que no hice.

Toda mi vida pasaba por mi mente, desde la niñez hasta ese momento. Decía… “Dios mío, dame otra oportunidad”.

Indira Jáuregui

Indira Jáuregui
Pensé en los abrazos que no di, en las llamadas que no hice. Decía… “Dios mío, dame otra oportunidad”.

Mi mamá, en cambio, estaba vacunada con las dos dosis. Mis hermanas la llevaron a vacunarse y yo creo que a mi mamá la salvó la vacuna. Es que si no, mi mamá no hubiese superado la covid y no estaría aquí con nosotros.

Con esa experiencia me di cuenta de lo que estaba pasando y entendí que hay cosas que la ciencia sabe por qué las hace. Fui antivacunas y ahora me arrepiento. La covid casi me quita la vida, pero nunca fui como esas personas antivacunas extremas. Nunca fui una fanática que cree todo lo que le dicen.

Cuando volví a mi casa estaba convencida de vacunarme. Esperé los tres meses que hay que esperar y lo hice. Y ahora estoy esperando el tiempo para la vacuna de refuerzo. Aquí en Perú ya estamos con la tercera dosis.

Con el tiempo, creo que Dios me ha dado la razón de que fue bueno que cambiara de opinión, porque hace tres meses falleció mi tío Félix por covid y él nunca quiso vacunarse.

Conozco a varias personas que no quieren vacunarse. Cuando conversamos les pregunto, “¿qué es lo peor que te puede pasar?. Lo peor que te puede pasar es tener efectos secundarios, les digo, pero no te vas a morir”.

También les pregunto si quieren a su familia, a sus hijos. Les digo que si no quieren vacunarse por ellos mismos, que lo hagan por sus seres queridos.


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