"Confiar en las autoridades mató a mi bebé..."
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"Confiar en las autoridades mató a mi bebé..."

Alrededor de 200 personas se congregaron en el Ángel de la Independencia, para conmemorar el quinto aniversario luctuoso de los 49 niños y niñas que fallecieron, en 2009, en el incendio de la Guardería ABC, ocurrido en Hermosillo, Sonora.
Por Paris Martínez
6 de junio, 2014
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Foto: Cuartoscuro.

Foto: Cuartoscuro.

El día de ayer, 5 de junio de 2014, alrededor de 200 personas se congregaron en el Ángel de la Independencia, para conmemorar –con una marcha al Zócalo del DF– el quinto aniversario luctuoso de los 49 niños y niñas que fallecieron, en 2009, en el incendio de la Guardería ABC, ocurrido en Hermosillo, Sonora.

Los participantes en la manifestación luctuosa, hicieron desfilar, en absoluto silencio, los rostros de los 49 niños y niñas fallecidos hace cinco años, cuyas fotografías en formato ampliado fueron luego colocadas de cara a Palacio Nacional, ya en la Plaza de la Constitución, para denunciar la impunidad que prevalece en el caso.

Ahí, además de pasar lista a los pequeños fallecidos –coreando la consigna “¡No debió morir!” luego de cada nombre–, los padres de los niños fallecidos (representados por una delegación de cinco familias) recordaron que hace poco menos de dos años, en julio de 2012, el presidente Enrique Peña Nieto se comprometió a hacer de la impartición de justicia en el caso ABC una prioridad de su gobierno, sin que hasta la fecha haya atendido satisfactoriamente dicho ofrecimiento, por lo cual, anunciaron que, de no cumplir su palabra empeñada, realizarán en breve una huelga de hambre en la Ciudad de México.

A continuación, te presentamos de forma íntegra las palabras expresadas ante Palacio Nacional por la señora Estela Báez, madre del pequeño Julio César Márquez Báez, Yeye, fallecido a los 2 años en el incendio de la Guardería ABC, y quien en nombre de todas las familias de los menores que perdieron la vida, hace un recuento de las anomalías en la operación de dicho establecimiento, en la investigación del caso, así como de la “pesadilla” que enfrentan las familias desde aquel 5 de junio de 2009…

Buenas tardes a cada uno de ustedes, por acompañarnos en este día tan difícil, tan doloroso, porque con su apoyo y solidaridad es que ha sido un poco más llevadero.

Yo soy Estela Báez, y soy mamá de Julio César Márquez Báez, a quien de cariño llamamos Yeye. Él murió en la Guardería ABC, el 5 de junio de 2009.

Un día como hoy, hace cinco años, a esta hora, mi esposo y yo estábamos en un rincón de un hospital, rogando a Dios con toda nuestra fe, que nuestro hijito estuviera bien.
Por la mañana lo habíamos dejado en la guardería, sano, feliz, y cuando regresamos la guardería era un caos.

Después de dejarlo a él, fuimos a dejar a sus dos hermanos mayores a sus escuelas, y mi esposo y yo nos fuimos a nuestras labores cotidianas.

A las dos de la tarde recogí a Brandon y Estefanía, mis otros dos hijos, y me dirigí a casa. A Yeye lo iba a recoger su papá más tarde, ya que durmiera la siesta.
Camino a casa, a lo lejos, vi mucho humo.

Marqué por teléfono a mi esposo, para decirle que veía mucho humo y que me estaba poniendo muy nerviosa, porque lo veía cerca de casa.

Él me dijo que no me preocupara, que me fuera tranquila, que recordara que llevaba a mis otros dos hijos conmigo y que me fuera tranquila. Pero de repente empecé a oír patrullas y ambulancias de la Cruz Roja, que venían con las sirenas prendidas, en dirección contraria.

Y entonces le llamé otra vez y le dije ‘ven, tienes que venir inmediatamente, si no es en la guardería es muy cerca, estoy segura que está ocurriendo algo serio’.
Yo ya estaba atrapada en el tráfico.

Le pedí que se fuera por un camino alterno, y él llegó primero que yo.

Después de buscar a Yeye sin encontrarlo, en la guardería y sus alrededores, él me marcó por teléfono y me pidió que fuera a dejar a mis niños a una vecina, y que yo me fuera al hospital donde le habían dicho que estaban llevando a los niños.

A las maestras él les preguntó por nuestro hijo, y le dijeron que no pasaba nada, que la bodega de enseguida se había incendiado, pero que todos los niños estaban a salvo, que buscara al niño en alguna casa alrededor de la guardería y, si no, que fuéramos a buscarlo al hospital, que sólo los habían llevado ahí para checarlos.

Pero nos estaban mintiendo.

Cuando llegué al hospital, la escena era horrible. Estaba lleno de padres desesperados, gritando, llorando, buscando a sus hijos.

Yo, a pesar de lo que veía y oía, traté de mantener la calma. Vi a una empleada de la guardería y le fui a preguntar por mi hijo. Me respondió que todos los niños estaban bien, y que no podía darme más información ni decirme nada más, porque eran órdenes de Bours, el entonces gobernador de Sonora.

Yo me sorprendí, pensé ‘¿qué tiene que ver el gobernador con lo que está pasando aquí?’. Decidí ignorar su comentario, y seguí intentando recibir información de mi hijo con los médicos, las enfermeras, del hospital.

Las empleadas de nuevo mentían, porque sí sabían que los niños estaban mal. Y desde ese momento se empezó a hacer evidente que ahí empezaba un largo camino de mentiras, en el cual nos daríamos cuenta de que lo que menos les importaba a los responsables y a las autoridades eran nuestros niños.

Ellos trataron de impedir que se nos diera información a los padres. Ellos querían que no nos diéramos cuenta de la magnitud de la tragedia, para así empezar con el encubrimiento a los asesinos, los dueños de la guardería, que eran servidores públicos, parientes del gobernador y de la entonces primera dama de México, Margarita Zavala, así como también al IMSS y a sus funcionarios, que habían otorgado el permiso para que la guardería operara, sin antes hacer una supervisión minuciosa.

Es inconcebible que apenas diez días antes del incendio, el día 26 de mayo de 2009, se llevó a cabo una revisión de la guardería y sus instalaciones. Y la evaluación que se le dio a la guardería fue de excelencia, se le felicitaba a todo el personal y se hablaba de instalaciones cómodas y seguras para los pequeños.

No se dieron cuenta o simplemente no quisieron denunciar que las puertas de emergencia estaban selladas. Que el material con el cual estaba construida la guardería no era seguro. Sin verificar extintores. Sin hacer ningún señalamiento de las irregularidades que, después, se hicieron evidentes con el incendio.

La Guardería ABC era una guardería maquillada. Yo tenía plena confianza en que era un lugar seguro para mi hijo. Mis dos hijos mayores también estuvieron ahí.

Yo hacía una revisión periódica para ver el desenvolvimiento de mi hijo en su salita. Ver si convivía bien con sus compañeritos, lo que le daban sus cuidadoras, en fin, que él estuviera bien en ese lugar.

Yeye fue un niño muy apegado a nosotros, muy querido, muy deseado. Él nació con un reflujo muy severo, y esto creó un lazo muy especial entre nosotros, porque él durmió durante un año y medio en mi pecho, y aún puedo sentir su respiración, aún puedo sentir los latidos de su corazón…

Lo metí a la guardería al año y medio, no lo hice antes porque pensé que le podía pasar algo sin estar conmigo.

Él no estaba acostumbrado a estar sin nosotros y a estar con niños de su edad. Considerando esto y por recomendación de su pediatra, es que decidimos que era hora de ir a la guardería. Yo creí que lo único que tenía que verificar era su estancia es que fuera bien cuidado, bien atendido, que estuviera cómodo, feliz, pero desgraciadamente me equivoqué: las autoridades no estaban haciendo su trabajo.

Confié en el Seguro Social porque estaba enterada de las supervisiones que se hacían en la guardería, y eso a mí me daba tranquilidad.

Después de mi casa, consideraba la guardería el lugar más seguro para que me cuidaran a mi bebé.

Esta confianza que yo deposité en las autoridades correspondientes mató a mi bebé.

Después de pasar ocho largas horas en ese rincón del hospital, esperando oír por un altavoz el nombre de mi niño y poder correr hacia él, abrazarlo, de repente escuché por el micrófono la peor noticia de mi vida: nos informaban que no todos los niños estaban en ese hospital, y que había 24 niños muertos, que los papás que aún no encontrábamos a nuestros bebés, los buscáramos en otros hospitales o fuéramos a Medicina Legal, a reconocer cuerpecitos.

Yo me negué a ir a ese lugar, no podía aceptar que mi niño pudiera estar ahí. Después de un rato, por insistencia de mi esposo, acepté ir, aunque estaba segura de que ahí no lo encontraría.

Pero desgraciadamente sí estaba ahí.

Y a pesar de verlo físicamente, a través de un cristal, yo seguía negando la horrible realidad: mi niño estaba muerto.

De su sepelio no recuerdo nada, sólo estar en silencio, sin llorar, sentía que era una pesadilla y que iba a encontrarlo después, estaba en shock total. Y eso que me estaba pasando, después se complicó tanto que terminé en varias ocasiones en hospitales psiquiátricos, porque estaba loca de dolor…

¡Aún estoy loca de dolor!

Mis otros dos niños empezaron a manifestar alteraciones en su sistema nervioso. El mayor, Brandon, no hablaba, no quería ni mencionar a su hermanito, y la niña todo lo contrario, lloraba todos los días, se quería ir al cielo con su hermanito, y empezó a hacerse pipí. Los doctores le diagnosticaron estrés postraumático.

Ella quería irse al cielo con su hermanito…

¿Y su papá? Su papá estaba volviéndose loco también, porque aparte de su trabajo estaba haciéndose cargo de mí y de los niños, y tratando de contribuir en la búsqueda de justicia, y guardando en su corazón todo el dolor por la ausencia de su Yeye, con la familia destruida, pero tratando de sacar fuerzas, para reconstruir un poco nuestras vidas.

Esta horrible pesadilla la comparto con ustedes, porque entre todos, como ciudadanos, no debemos permitir un ABC nunca más.

No debe morir un niño más por la corrupción y la impunidad.

Basta de seguir permitiendo que pequeños inocentes sigan muriendo en pseudoguarderías, por la avaricia de sus dueños, al no invertir en instalaciones dignas, seguras, y en capacitación de las cuidadoras.

Basta de seguir permitiendo que haya madres que tengamos que salir a trabajar, y no tener la certeza de que en la estancia en que estamos dejando a nuestro mayor tesoro, nuestra razón de vivir y de trabajar, esté en un lugar seguro.

Ya no podemos tener confianza. Después del 5 de junio no podemos tener confianza…

Basta de que las autoridades correspondientes agachen la cabeza o se hagan de la vista gorda, que no inicien acciones para prevenir desgracias y no apliquen castigos a los responsables.

¡Obligémoslos a hacer su trabajo! ¡Es por la seguridad de nuestros hijos!

No tenemos por qué esperar a qué suceda otra tragedia, que ponga en riesgo la vida de los niños. Ahora fue mi hijo, mañana puede ser el de cualquiera de ustedes.

Por último, tengo una exigencia para Peña Nieto, el mal llamado presidente de los mexicanos: le exijo que cumpla la palabra empeñada el 19 de julio de 2012 aún siendo aspirante a la presidencia, cuando aseguró que el caso ABC sería una de sus principales prioridades, en caso de ser electo presidente, y ya tiene un año y medio en el poder, y en todo este tiempo ha demostrado todo lo contrario. Ha sido una persona insensible, que no se ha acordado de sus compromisos, y sobre todo demostrado que el tema de la guardería o le asusta o no le interesa en lo más mínimo.

El día 22 de abril, Peña Nieto, usted visitó Hermosillo, Sonora, y le recuerdo que en esa ciudad asesinaron a 49 niños y niñas, y decenas quedaron lesionados de por vida, y usted, ajeno a todo, ni siquiera intentó un acercamiento con los padres, mucho menos hacer alguna mención sobre los hechos. Y a nosotros no se nos permitió ni siquiera acercarnos al lugar donde usted estuvo todo el tiempo protegido, como si nosotros fuéramos unos delincuentes.

Lo único que buscamos es justicia para nuestros hijos, presidente.

Por si eso fuera poco. Algunos padres y compañeros de lucha vinieron desde Hermosillo a las puertas de Los Pinos a hacer un plantón y a solicitar una audiencia con usted. Es una burla de su parte que, con total indiferencia, los haya ignorado. Si no tenía la intención de ayudar, era muy justo que de perdida, por educación, los recibiera y los escuchara, no es la primera vez que se le solicita una audiencia.

Por lo tanto, por tanta indiferencia hacia la impartición de justicia para mi hijo y sus compañeritos, le exijo que vaya a nuestra ciudad, que nos dé la cara, que nos diga qué es lo que está pasando en el proceso penal, por qué tantas incoherencias, hasta cuándo va a seguir solapando a los culpables y premiándolos por sus actos de corrupción, por qué su silencio.

Y no nos vaya a salir con la ridiculez de que es un caso muy doloroso, que respeta mucho, porque de oír eso ya estamos cansados, como hace el gobernador se Sonora, Guillermo Padrés.

De no tener respuesta de su parte, en un plazo razonable –le recuerdo que el próximo 19 de julio se cumplen dos años de su promesa incumplida– me veré en la penosa y lamentable necesidad de iniciar una huelga de hambre, aquí en la Ciudad de México, sin importarme el riesgo a mi salud, de por sí muy deteriorada.

A ver si de esta manera usted voltea y se da cuenta del dolor, el coraje y la impotencia que siento al no tener a mi pequeño conmigo, lo dolorosos que han sido estos cinco años en que la ausencia de mi hijo casi me hace caer en la locura.

Pero a pesar de este dolor tan grande, no pienso bajar la guardia. Y voy a luchar hasta que no tenga fuerzas y tenga justicia para mi hijo.

Porque sólo así tendré un poco de paz y tener el duelo que me ha sido negado en estos cinco largos años.

¡Honre su investidura, señor presidente! ¡Haga valer el poder que le confiere la ley y (permita) obtener justicia a 49 inocentes que no debieron morir por culpa de la corrupción que hay en el país, del que usted es presidente! ¿No cree que ya es demasiado tiempo?

Si la horrible muerte de 49 niños no lo sensibiliza a usted, y no hace caer todo el peso de la ley sobre los responsables, ¿qué podemos esperar de usted?

¿Qué garantías de seguridad ofrecen a la niñez mexicana?

Peña Nieto: ¡Justicia ABC!

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Qué es la 'coronafobia', el miedo 'desadaptativo' que no nos protege del COVID

Los individuos con este miedo extremo tienden a experimentar un conjunto de síntomas fisiológicos desagradables desencadenados por pensamientos o información relacionada con esta enfermedad.
10 de enero, 2022
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Para el año 2030, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que los problemas de salud mental serán la principal causa de discapacidad en el mundo.

Según un informe del Ministerio de Sanidad español, el trastorno de ansiedad es el más frecuente: afecta al 6,7 % de población (8,8 % en mujeres, 4,5 % en hombres). Esta cifra alcanza el 10,4 % si se incluyen signos o síntomas de ansiedad.

Dentro de este espectro de problemas mentales, uno de los diagnósticos más frecuentes es el trastorno de ansiedad fóbica o fobia específica.

La última edición de Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM V) define estos trastornos como la aparición de miedo o ansiedad intensa, inmediata (casi siempre) y desproporcionada ante objetos o situaciones específicas que, de forma general, no serían consideradas peligrosas y que, además, el paciente intenta evitar o resistir activamente.

El miedo “desadaptativo”, el que no nos protege

Las fobias tienen como punto de partida la emoción básica de miedo.

Normalmente, esta tiene una función eminentemente adaptativa para la supervivencia. Permite detectar amenazas inminentes reales y generar una respuesta apropiada frente a las mismas.

Sin embargo, cuando dicho miedo interfiere de forma negativa en el funcionamiento cotidiano de la persona en alguno de los ámbitos de su vida por ser persistente, desproporcionado, irracional e infundado, pierde su carácter adaptativo.

De hecho, la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM V), de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, contempla el siguiente criterio diagnóstico para la fobia: el miedo, la ansiedad o la evitación causa malestar clínicamente significativo o deterioro en lo social, laboral u otras áreas importantes del funcionamiento.

Y esta es precisamente la característica fundamental que convierte a la fobia en un problema de salud mental.

La pandemia, un caldo de cultivo para las fobias

La pandemia de covid-19 ha erosionado la salud mental de una gran parte de la sociedad.

Del mismo modo, en personas vulnerables o con predisposición ha supuesto un aumento alarmante de los trastornos mentales. Los más prevalentes son la depresión y la ansiedad.

De forma más concreta, cualquier situación alarmante o catastrófica (como una pandemia) supone el caldo de cultivo perfecto para la aparición de trastornos relacionados con el miedo excesivo.

niños en la escuela

Malte Mueller/Getty Images
Las medidas de contención y el aislamiento social han perjudicado la salud mental de muchas personas.

Así, diversos estudios que han evaluado brotes previos de enfermedades infecciosas como la gripe española de 1918 o el brote de ébola en África Occidental en 2014 han asociado estos a respuestas cognitivas, afectivas o conductuales desproporcionadas frente a cualquier aspecto asociado a las mismas.

Son destacables aspectos como el riesgo de infección a través del contacto físico o los espacios cerrados, la muerte o infección de seres queridos, las medidas de contención, el aislamiento social y la soledad, la pérdida masiva de empleo o la inestabilidad financiera, entre otros.

En este contexto, sabemos que no todo el mundo tiene la misma posibilidad de desarrollar una fobiaante un determinado evento desencadenante. Dependerá de la presencia de factores genéticos y ambientales, además de otros factores específicos de cada tipo de fobia.

Por ejemplo, en el caso de las fobias asociadas a las pandemias (como la de covid-19), se ha visto que las variables de diferencia individual como la falta de tolerancia a la incertidumbre, la vulnerabilidad percibida a la enfermedad o la propensión a la ansiedad parecen desempeñar un papel fundamental.

Fobias asociadas al confinamiento

La medida del confinamiento impuesta en prácticamente todos los países al inicio de la pandemia llevaron a un aislamiento.

Esto se ha traducido en una reducción drástica del contacto físico y social y una afectación de la salud mental. En este proceso también participaron las restricciones en el ocio y tiempo libre.

Las consecuencias de ello han sido diversas en relación a la salud mental de las personas.

Por un lado, asociado directamente al aislamiento social destaca la agorafobia, un trastorno de ansiedad fóbica en el que la persona experimenta un miedo intenso ante lugares o situaciones de los cuales sería difícil huir o pedir ayuda en caso de urgencia.

Por otro lado, el aislamiento también puede llevar asociada una afectación negativa de las habilidades sociales, con una mayor propensión a la fobia social.

ilustración: confinamiento

Malte Mueller/Getty Images
El confinamiento puede dejar una huella psicológica.

El grupo poblacional que más se ha visto afectado son los adolescentes. En este caso, el miedo se da ante situaciones sociales en las que el individuo está expuesto al posible examen por parte de otras personas.

“Coronafobia” y otras fobias asociadas al contagio

A un lado, una de las fobias que la actual pandemia ha generado de forma específica es la conocida como ‘coronafobia’, una ansiedad excesiva a contraer el covid-19.

Así, los individuos con este miedo extremo tienden a experimentar un conjunto de síntomas fisiológicos desagradables desencadenados por pensamientos o información relacionada con esta enfermedad.

Esta fobia es realmente incapacitante en la medida en que está fuertemente relacionada con el deterioro funcional y la angustia psicológica y, por tanto, tiene importantes implicaciones para el bienestar mental.

Asimismo, relacionado con el miedo excesivo al contagio, es destacable el trastorno obsesivo compulsivo (TOC), otra alteración relacionada con la ansiedad cuyos síntomas pueden verse exacerbados en el contexto del covid-19.

El DSM V define el TOC como la presencia de obsesiones, compulsiones o ambas.

ilustración: mujer con mascarilla

Malte Mueller/Getty Images
El miedo al contagio es más dañino para algunas personas que el contagio en sí mismo.

En primer lugar, las obsesiones son pensamientos, impulsos o imágenes recurrentes y persistentes no deseadas. Por ejemplo, en el contexto de la pandemia, la idea de contagiarse o de contagiar a los seres queridos.

En segundo lugar, las compulsiones pueden aparecer para hacer frente al malestar generado por las obsesiones en forma de comportamientos repetitivos que la persona aplica de manera rígida.

Por ejemplo, lavarse las manos con frecuencia se ha planteado como una medida de prevención más frente a la infección.

Sin embargo, esta conducta suele ser una compulsión frecuente del TOC asociado a la contaminación.

Así, esta acción que es adecuada y saludable (no solo en época de pandemia si no de forma general) puede convertirse en la base del aumento de la prevalencia del TOC asociado al covid-19 en este caso.

Evaluación de la coronafobia

La coronafobia es un problema relativamente nuevo dado que se trata de una fobia específicamente asociada al covid-19.

No obstante, existen estudios sobre fobias relacionadas con otras enfermedades infecciosas como se ha comentado anteriormente.

ilustración: terapia covid

Malte Mueller/Getty Images
Los psiquiatras están desarrollando herramientas para evaluar la coronafobia.

Debido a ello, y siguiendo las recomendaciones de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA), se están desarrollando herramientas con propiedades psicométricas válidas para un correcto diagnóstico de este trastorno en auge.

Un ejemplo de este tipo de instrumentos de evaluación es la Escala de Fobia COVID-19.

Esta ha demostrado validez convergente y discriminante así como consistencia interna. Además, ha sido validada en poblaciones de diferentes partes del mundo como Estados Unidos, Corea e Irán.

Dada la situación tan alarmante asociada a la pandemia que se mantiene a largo plazo de manera más o menos latente, este tipo de instrumentos son fundamentales.

No solo son importantes para diagnosticar nuevos casos específicos de coronafobia, sino también por la posible exacerbación de la sintomatología de pacientes en tratamiento.

O, incluso, por las recaídas que puedan presentar antiguos pacientes que ya habían sido dados de alta.


*Aránzazu Duque Moreno es doctora en Neurociencias, directora del Grado en Psicología y Secretaria de la Cátedra de Humanización de la Asistencia Sanitaria y miembro del grupo de investigación Psicología y Calidad de Vida en la Universidad Internacional de Valencia (España).

*Basilio Blanco Núñez es personal docente investigador de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Internacional de Valencia (España).

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation y se publica en BBC Mundo bajo licencia Creative Commons. Puedes leer la versión original aquí.


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