"Confiar en las autoridades mató a mi bebé..."
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync

"Confiar en las autoridades mató a mi bebé..."

Alrededor de 200 personas se congregaron en el Ángel de la Independencia, para conmemorar el quinto aniversario luctuoso de los 49 niños y niñas que fallecieron, en 2009, en el incendio de la Guardería ABC, ocurrido en Hermosillo, Sonora.
Por Paris Martínez
6 de junio, 2014
Comparte
Foto: Cuartoscuro.

Foto: Cuartoscuro.

El día de ayer, 5 de junio de 2014, alrededor de 200 personas se congregaron en el Ángel de la Independencia, para conmemorar –con una marcha al Zócalo del DF– el quinto aniversario luctuoso de los 49 niños y niñas que fallecieron, en 2009, en el incendio de la Guardería ABC, ocurrido en Hermosillo, Sonora.

Los participantes en la manifestación luctuosa, hicieron desfilar, en absoluto silencio, los rostros de los 49 niños y niñas fallecidos hace cinco años, cuyas fotografías en formato ampliado fueron luego colocadas de cara a Palacio Nacional, ya en la Plaza de la Constitución, para denunciar la impunidad que prevalece en el caso.

Ahí, además de pasar lista a los pequeños fallecidos –coreando la consigna “¡No debió morir!” luego de cada nombre–, los padres de los niños fallecidos (representados por una delegación de cinco familias) recordaron que hace poco menos de dos años, en julio de 2012, el presidente Enrique Peña Nieto se comprometió a hacer de la impartición de justicia en el caso ABC una prioridad de su gobierno, sin que hasta la fecha haya atendido satisfactoriamente dicho ofrecimiento, por lo cual, anunciaron que, de no cumplir su palabra empeñada, realizarán en breve una huelga de hambre en la Ciudad de México.

A continuación, te presentamos de forma íntegra las palabras expresadas ante Palacio Nacional por la señora Estela Báez, madre del pequeño Julio César Márquez Báez, Yeye, fallecido a los 2 años en el incendio de la Guardería ABC, y quien en nombre de todas las familias de los menores que perdieron la vida, hace un recuento de las anomalías en la operación de dicho establecimiento, en la investigación del caso, así como de la “pesadilla” que enfrentan las familias desde aquel 5 de junio de 2009…

Buenas tardes a cada uno de ustedes, por acompañarnos en este día tan difícil, tan doloroso, porque con su apoyo y solidaridad es que ha sido un poco más llevadero.

Yo soy Estela Báez, y soy mamá de Julio César Márquez Báez, a quien de cariño llamamos Yeye. Él murió en la Guardería ABC, el 5 de junio de 2009.

Un día como hoy, hace cinco años, a esta hora, mi esposo y yo estábamos en un rincón de un hospital, rogando a Dios con toda nuestra fe, que nuestro hijito estuviera bien.
Por la mañana lo habíamos dejado en la guardería, sano, feliz, y cuando regresamos la guardería era un caos.

Después de dejarlo a él, fuimos a dejar a sus dos hermanos mayores a sus escuelas, y mi esposo y yo nos fuimos a nuestras labores cotidianas.

A las dos de la tarde recogí a Brandon y Estefanía, mis otros dos hijos, y me dirigí a casa. A Yeye lo iba a recoger su papá más tarde, ya que durmiera la siesta.
Camino a casa, a lo lejos, vi mucho humo.

Marqué por teléfono a mi esposo, para decirle que veía mucho humo y que me estaba poniendo muy nerviosa, porque lo veía cerca de casa.

Él me dijo que no me preocupara, que me fuera tranquila, que recordara que llevaba a mis otros dos hijos conmigo y que me fuera tranquila. Pero de repente empecé a oír patrullas y ambulancias de la Cruz Roja, que venían con las sirenas prendidas, en dirección contraria.

Y entonces le llamé otra vez y le dije ‘ven, tienes que venir inmediatamente, si no es en la guardería es muy cerca, estoy segura que está ocurriendo algo serio’.
Yo ya estaba atrapada en el tráfico.

Le pedí que se fuera por un camino alterno, y él llegó primero que yo.

Después de buscar a Yeye sin encontrarlo, en la guardería y sus alrededores, él me marcó por teléfono y me pidió que fuera a dejar a mis niños a una vecina, y que yo me fuera al hospital donde le habían dicho que estaban llevando a los niños.

A las maestras él les preguntó por nuestro hijo, y le dijeron que no pasaba nada, que la bodega de enseguida se había incendiado, pero que todos los niños estaban a salvo, que buscara al niño en alguna casa alrededor de la guardería y, si no, que fuéramos a buscarlo al hospital, que sólo los habían llevado ahí para checarlos.

Pero nos estaban mintiendo.

Cuando llegué al hospital, la escena era horrible. Estaba lleno de padres desesperados, gritando, llorando, buscando a sus hijos.

Yo, a pesar de lo que veía y oía, traté de mantener la calma. Vi a una empleada de la guardería y le fui a preguntar por mi hijo. Me respondió que todos los niños estaban bien, y que no podía darme más información ni decirme nada más, porque eran órdenes de Bours, el entonces gobernador de Sonora.

Yo me sorprendí, pensé ‘¿qué tiene que ver el gobernador con lo que está pasando aquí?’. Decidí ignorar su comentario, y seguí intentando recibir información de mi hijo con los médicos, las enfermeras, del hospital.

Las empleadas de nuevo mentían, porque sí sabían que los niños estaban mal. Y desde ese momento se empezó a hacer evidente que ahí empezaba un largo camino de mentiras, en el cual nos daríamos cuenta de que lo que menos les importaba a los responsables y a las autoridades eran nuestros niños.

Ellos trataron de impedir que se nos diera información a los padres. Ellos querían que no nos diéramos cuenta de la magnitud de la tragedia, para así empezar con el encubrimiento a los asesinos, los dueños de la guardería, que eran servidores públicos, parientes del gobernador y de la entonces primera dama de México, Margarita Zavala, así como también al IMSS y a sus funcionarios, que habían otorgado el permiso para que la guardería operara, sin antes hacer una supervisión minuciosa.

Es inconcebible que apenas diez días antes del incendio, el día 26 de mayo de 2009, se llevó a cabo una revisión de la guardería y sus instalaciones. Y la evaluación que se le dio a la guardería fue de excelencia, se le felicitaba a todo el personal y se hablaba de instalaciones cómodas y seguras para los pequeños.

No se dieron cuenta o simplemente no quisieron denunciar que las puertas de emergencia estaban selladas. Que el material con el cual estaba construida la guardería no era seguro. Sin verificar extintores. Sin hacer ningún señalamiento de las irregularidades que, después, se hicieron evidentes con el incendio.

La Guardería ABC era una guardería maquillada. Yo tenía plena confianza en que era un lugar seguro para mi hijo. Mis dos hijos mayores también estuvieron ahí.

Yo hacía una revisión periódica para ver el desenvolvimiento de mi hijo en su salita. Ver si convivía bien con sus compañeritos, lo que le daban sus cuidadoras, en fin, que él estuviera bien en ese lugar.

Yeye fue un niño muy apegado a nosotros, muy querido, muy deseado. Él nació con un reflujo muy severo, y esto creó un lazo muy especial entre nosotros, porque él durmió durante un año y medio en mi pecho, y aún puedo sentir su respiración, aún puedo sentir los latidos de su corazón…

Lo metí a la guardería al año y medio, no lo hice antes porque pensé que le podía pasar algo sin estar conmigo.

Él no estaba acostumbrado a estar sin nosotros y a estar con niños de su edad. Considerando esto y por recomendación de su pediatra, es que decidimos que era hora de ir a la guardería. Yo creí que lo único que tenía que verificar era su estancia es que fuera bien cuidado, bien atendido, que estuviera cómodo, feliz, pero desgraciadamente me equivoqué: las autoridades no estaban haciendo su trabajo.

Confié en el Seguro Social porque estaba enterada de las supervisiones que se hacían en la guardería, y eso a mí me daba tranquilidad.

Después de mi casa, consideraba la guardería el lugar más seguro para que me cuidaran a mi bebé.

Esta confianza que yo deposité en las autoridades correspondientes mató a mi bebé.

Después de pasar ocho largas horas en ese rincón del hospital, esperando oír por un altavoz el nombre de mi niño y poder correr hacia él, abrazarlo, de repente escuché por el micrófono la peor noticia de mi vida: nos informaban que no todos los niños estaban en ese hospital, y que había 24 niños muertos, que los papás que aún no encontrábamos a nuestros bebés, los buscáramos en otros hospitales o fuéramos a Medicina Legal, a reconocer cuerpecitos.

Yo me negué a ir a ese lugar, no podía aceptar que mi niño pudiera estar ahí. Después de un rato, por insistencia de mi esposo, acepté ir, aunque estaba segura de que ahí no lo encontraría.

Pero desgraciadamente sí estaba ahí.

Y a pesar de verlo físicamente, a través de un cristal, yo seguía negando la horrible realidad: mi niño estaba muerto.

De su sepelio no recuerdo nada, sólo estar en silencio, sin llorar, sentía que era una pesadilla y que iba a encontrarlo después, estaba en shock total. Y eso que me estaba pasando, después se complicó tanto que terminé en varias ocasiones en hospitales psiquiátricos, porque estaba loca de dolor…

¡Aún estoy loca de dolor!

Mis otros dos niños empezaron a manifestar alteraciones en su sistema nervioso. El mayor, Brandon, no hablaba, no quería ni mencionar a su hermanito, y la niña todo lo contrario, lloraba todos los días, se quería ir al cielo con su hermanito, y empezó a hacerse pipí. Los doctores le diagnosticaron estrés postraumático.

Ella quería irse al cielo con su hermanito…

¿Y su papá? Su papá estaba volviéndose loco también, porque aparte de su trabajo estaba haciéndose cargo de mí y de los niños, y tratando de contribuir en la búsqueda de justicia, y guardando en su corazón todo el dolor por la ausencia de su Yeye, con la familia destruida, pero tratando de sacar fuerzas, para reconstruir un poco nuestras vidas.

Esta horrible pesadilla la comparto con ustedes, porque entre todos, como ciudadanos, no debemos permitir un ABC nunca más.

No debe morir un niño más por la corrupción y la impunidad.

Basta de seguir permitiendo que pequeños inocentes sigan muriendo en pseudoguarderías, por la avaricia de sus dueños, al no invertir en instalaciones dignas, seguras, y en capacitación de las cuidadoras.

Basta de seguir permitiendo que haya madres que tengamos que salir a trabajar, y no tener la certeza de que en la estancia en que estamos dejando a nuestro mayor tesoro, nuestra razón de vivir y de trabajar, esté en un lugar seguro.

Ya no podemos tener confianza. Después del 5 de junio no podemos tener confianza…

Basta de que las autoridades correspondientes agachen la cabeza o se hagan de la vista gorda, que no inicien acciones para prevenir desgracias y no apliquen castigos a los responsables.

¡Obligémoslos a hacer su trabajo! ¡Es por la seguridad de nuestros hijos!

No tenemos por qué esperar a qué suceda otra tragedia, que ponga en riesgo la vida de los niños. Ahora fue mi hijo, mañana puede ser el de cualquiera de ustedes.

Por último, tengo una exigencia para Peña Nieto, el mal llamado presidente de los mexicanos: le exijo que cumpla la palabra empeñada el 19 de julio de 2012 aún siendo aspirante a la presidencia, cuando aseguró que el caso ABC sería una de sus principales prioridades, en caso de ser electo presidente, y ya tiene un año y medio en el poder, y en todo este tiempo ha demostrado todo lo contrario. Ha sido una persona insensible, que no se ha acordado de sus compromisos, y sobre todo demostrado que el tema de la guardería o le asusta o no le interesa en lo más mínimo.

El día 22 de abril, Peña Nieto, usted visitó Hermosillo, Sonora, y le recuerdo que en esa ciudad asesinaron a 49 niños y niñas, y decenas quedaron lesionados de por vida, y usted, ajeno a todo, ni siquiera intentó un acercamiento con los padres, mucho menos hacer alguna mención sobre los hechos. Y a nosotros no se nos permitió ni siquiera acercarnos al lugar donde usted estuvo todo el tiempo protegido, como si nosotros fuéramos unos delincuentes.

Lo único que buscamos es justicia para nuestros hijos, presidente.

Por si eso fuera poco. Algunos padres y compañeros de lucha vinieron desde Hermosillo a las puertas de Los Pinos a hacer un plantón y a solicitar una audiencia con usted. Es una burla de su parte que, con total indiferencia, los haya ignorado. Si no tenía la intención de ayudar, era muy justo que de perdida, por educación, los recibiera y los escuchara, no es la primera vez que se le solicita una audiencia.

Por lo tanto, por tanta indiferencia hacia la impartición de justicia para mi hijo y sus compañeritos, le exijo que vaya a nuestra ciudad, que nos dé la cara, que nos diga qué es lo que está pasando en el proceso penal, por qué tantas incoherencias, hasta cuándo va a seguir solapando a los culpables y premiándolos por sus actos de corrupción, por qué su silencio.

Y no nos vaya a salir con la ridiculez de que es un caso muy doloroso, que respeta mucho, porque de oír eso ya estamos cansados, como hace el gobernador se Sonora, Guillermo Padrés.

De no tener respuesta de su parte, en un plazo razonable –le recuerdo que el próximo 19 de julio se cumplen dos años de su promesa incumplida– me veré en la penosa y lamentable necesidad de iniciar una huelga de hambre, aquí en la Ciudad de México, sin importarme el riesgo a mi salud, de por sí muy deteriorada.

A ver si de esta manera usted voltea y se da cuenta del dolor, el coraje y la impotencia que siento al no tener a mi pequeño conmigo, lo dolorosos que han sido estos cinco años en que la ausencia de mi hijo casi me hace caer en la locura.

Pero a pesar de este dolor tan grande, no pienso bajar la guardia. Y voy a luchar hasta que no tenga fuerzas y tenga justicia para mi hijo.

Porque sólo así tendré un poco de paz y tener el duelo que me ha sido negado en estos cinco largos años.

¡Honre su investidura, señor presidente! ¡Haga valer el poder que le confiere la ley y (permita) obtener justicia a 49 inocentes que no debieron morir por culpa de la corrupción que hay en el país, del que usted es presidente! ¿No cree que ya es demasiado tiempo?

Si la horrible muerte de 49 niños no lo sensibiliza a usted, y no hace caer todo el peso de la ley sobre los responsables, ¿qué podemos esperar de usted?

¿Qué garantías de seguridad ofrecen a la niñez mexicana?

Peña Nieto: ¡Justicia ABC!

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal

Por qué hace 100 años muchos en EU se negaron a usar cubrebocas contra la gripe española

En el peor momento de la gripe española de 1918 muchos estadounidenses se negaron a usar tapabocas, algo que también está sucediendo este 2020 con la pandemia de covid-19.
9 de agosto, 2020
Comparte
Manifestación en Estados Unidos contra el uso de mascarillas

Getty Images
Durante la pandemia de covid-19, se han organizado manifestaciones en contra del uso de mascarillas en Estados Unidos.

Todos hemos visto los titulares alarmantes: los casos de coronavirus están aumentando en 40 estados de Estados Unidos, con nuevos fallecimientos y tasas de hospitalización aumentando a un ritmo alarmante.

Los funcionarios de salud advirtieron que EE.UU. debe actuar rápidamente para detener la propagación o se correrá el riesgo de perder el control sobre la pandemia.

Para controlarlo existe un claro consenso de que se deben usar mascarillas en público y practicar el distanciamiento social.

Si bien la mayoría de los estadounidenses apoyan el uso de tapabocas, el cumplimiento generalizado y constante ha resultado difícil de mantener en las comunidades de todo el país.

Manifestantes se reunieron frente a los ayuntamientos de la ciudad de Scottsdale, Arizona; Austin, Texas; y otras ciudades para protestar contra los mandatos locales respecto a las mascarillas.

Varios alguaciles del estado de Washington y de Carolina del Norte han anunciado que no harán cumplir las normativas de uso.

He investigado extensamente la historia de la pandemia de 1918.

En ese momento, sin vacunas o terapias farmacológicas efectivas, las comunidades de todo el país instituyeron una serie de medidas de salud pública para frenar la propagación de una epidemia de influenza mortal: cerraron escuelas y negocios, prohibieron reuniones públicas y aislaron y pusieron en cuarentena a los infectados.

Titulares de periódicos de Chicago relacionados con la pandemia de gripe española

Getty Images
Titulares de periódicos de Chicago relacionados con la pandemia de gripe española que incluyen: “Redadas policiales en bares en la guerra contra la influenza”, “Toque de queda en la ciudad” y “Quien estornude sin taparse será detenido”.

Muchas comunidades recomendaron o exigieron que los ciudadanos usaran mascarillas en público, y eso, no los onerosos encierros, fue lo que provocó la mayor ira.

Por la patria

A mediados de octubre de 1918, en medio de una terrible epidemia en el noreste y brotes de rápido crecimiento en todo el país, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos distribuyó folletos recomendando que todos los ciudadanos usaran tapabocas.

La Cruz Roja sacó anuncios en los periódicos alentando su uso y ofreció instrucciones sobre cómo fabricar mascarillas en casa con gasa e hilo de algodón.

Algunos departamentos de salud estatales lanzaron sus propias iniciativas, sobre todo California, Utah y Washington.

En todo el país, los carteles presentaban el uso de mascarillas como un deber cívico: la responsabilidad social se había incrustado en el tejido social mediante una campaña de propaganda federal masiva en tiempos de guerra lanzada a principios de 1917, cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial.

barrendero con una máscara en Nueva York

Getty Images
Siguiendo la recomendación de la Junta de Salud de Nueva York, es “Mejor ser ridículo que estar muerto”, un barrendero usa una mascarilla en octubre de 1918.

El alcalde de San Francisco, James Rolph, anunció entonces que “la conciencia, el patriotismo y la autoprotección exigen un cumplimiento inmediato y rígido” del uso de tapabocas.

En las cercanías de Oakland, el alcalde John Davie declaró que “es sensato y patriótico, sin importar cuáles sean nuestras creencias personales, proteger a nuestros conciudadanos uniéndonos a esta práctica”.

Sin orden

Los funcionarios de salud entendieron que cambiar radicalmente el comportamiento del público era una tarea difícil, especialmente porque a muchos les resultaba incómodo usar mascarillas.

Los llamamientos al patriotismo solo podían llegar hasta cierto punto.

Como señaló un funcionario de Sacramento (California), las personas “deben ser obligadas a hacer las cosas que son mejores para sus intereses”.

La Cruz Roja declaró sin rodeos que “el hombre, la mujer o el niño que no use mascarilla es ahora un negligente peligroso“.

Numerosas comunidades, particularmente en todo el Occidente del país, impusieron ordenanzas obligatorias. Algunos condenaron a los delincuentes a penas de cárcel breves y las multas oscilaron entre US$5 y US$200.

Juicio en un parque en San Francisco

Getty Images
En San Francisco,los jueces se salieron de las cortes y los juicios se hicieron al aire libre… pero sin mascarillas.

La aprobación de estas ordenanzas fue con frecuencia un asunto polémico. Por ejemplo, el director de salud de Sacramento tuvo que intentar varias veces antes de lograr convencer a los funcionarios de la ciudad de que promulgaran la normativa.

En Los Ángeles, no fue aprobada. Un proyecto de resolución en Portland, Oregón, provocó un acalorado debate en el consejo de la ciudad y un funcionario declaró la propuesta como “autocrática e inconstitucional”, y agregó: “Bajo ninguna circunstancia me pondrán un bozal como a un perro hidrófobo“. La medida no prosperó.

La junta de salud de Utah consideró emitir una orden obligatoria de mascarillas en todo el estado, pero decidió no hacerlo, argumentando que los ciudadanos sentirían una falsa seguridad y relajarían sus cuidados.

A medida que la epidemia resurgía, Oakland debatió una segunda orden de uso de tapabocas después de que el alcalde contara enojado que lo habían arrestado en Sacramento por no llevar una puesta.

Un médico prominente que asistió al debate comentó que “si un hombre de las cavernas apareciera… pensaría que los ciudadanos enmascarados son todos lunáticos“.

Con orden

En los lugares donde las órdenes de usar mascarillas se implementaron con éxito, el incumplimiento y el desafío se convirtieron rápidamente en un problema.

Barbería en Chicago en 1918

Getty Images
En Chicago, solo uno de los barberos de este local usa mascarilla, algo que, en este caso, es imposible para cualquiera de los clientes.

Muchas tiendas que no estaban dispuestas a rechazar clientela, no prohibían el ingreso a los desenmascarados.

Los trabajadores se quejaron de que los tapabocas eran demasiado incómodos para usarlos todo el día.

Una vendedora de Denver se negó porque dijo que “se le dormía la nariz” cada vez que se ponía una. Otra dijo que creía que “una autoridad superior al Departamento de Salud de Denver se ocupaba de su bienestar”.

Como lo expresó un periódico local, la orden de usar máscaras “fue casi totalmente ignorada por la gente; de hecho, la orden es motivo de burla”.

La regla fue enmendada para aplicarse solo a los conductores de tranvías, quienes luego amenazaron con hacer huelga. Se evitó una huelga cuando la ciudad flexibilizó la norma una vez más.

Denver soportó el resto de la epidemia sin ninguna medida que protegiera la salud pública.

En Seattle, por su parte, los conductores de tranvías se negaron a rechazar a los pasajeros sin tapabocas.

Un conductor de tranvía rechaza la entrada a un viajero que no usa máscara, Seattle, Washington, diciembre de 1918.

Getty Images
Un conductor de tranvía rechaza la entrada a un viajero que no usa mascarilla en Seattle, Washington, diciembre de 1918.

El incumplimiento estaba tan extendido en Oakland que los funcionarios delegaron a 300 voluntarios civiles del Servicio de Guerra para conseguir los nombres y direcciones de los infractores para que pudieran ser acusados.

Cuando entró en vigencia una orden de mascarillas en Sacramento, el jefe de policía ordenó a los oficiales: “Salgan a las calles y siempre que vean a un hombre sin tapabocas, tráiganlo o manden a buscar el carro”. En 20 minutos, las estaciones de policía se inundaron de delincuentes.

En San Francisco hubo tantos arrestos que el jefe de policía le advirtió a los funcionarios de la ciudad que se estaba quedando sin celdas en la cárcel. Los jueces y oficiales se vieron obligados a trabajar hasta altas horas de la noche y los fines de semana para despejar la acumulación de casos.

Protestas

Muchos de los que fueron sorprendidos sin mascarillas eran personas que pensaron que podían ir a hacer un mandado o al trabajo sin que los atraparan.

En San Francisco, sin embargo, el incumplimiento inicial se convirtió en un desafío a gran escala cuando la ciudad promulgó una segunda ordenanza sobre tapabocas en enero de 1919, momento en que la epidemia se disparó nuevamente.

Muchos denunciaron lo que consideraron una infracción inconstitucional de sus libertades civiles.

Policía estadounidense con máscara.

Getty Images
La decisión de arrestar a quienes no usaran mascarillas llenó las cárceles de “delincuentes”.

El 25 de enero de 1919 aproximadamente 2,000 miembros de la Liga Antimascarilla hicieron una manifestación para denunciar la ordenanza de tapabocas y proponer formas de derrocarla. Entre los asistentes se encontraban varios médicos destacados y un miembro de la Junta de Supervisores de San Francisco.

Ayer y hoy

Es difícil determinar la efectividad de las máscaras utilizadas en 1918.

Hoy en día, tenemos un creciente cuerpo de evidencia de que los revestimientos faciales de tela bien confeccionados son una herramienta eficaz para frenar la propagación del covid-19.

Sin embargo, queda por verse si los estadounidenses mantendrán el uso generalizado de mascarillas mientras la pandemia actual continúa desarrollándose.

Los ideales profundamente arraigados de la libertad individual, la falta de mensajes cohesivos y liderazgo en el uso de mascarillas y la desinformación generalizada han demostrado ser los principales obstáculos hasta ahora, precisamente cuando la crisis exige consenso y un cumplimiento generalizado.

Ese fue ciertamente el caso en muchas comunidades durante el otoño de 1918. Esa pandemia finalmente mató a unas 675,000 personas en EE.UU.

Ojalá que la historia no esté repitiéndose.


* J. Alexander Navarro es el subdirector del Centro de Historia de la Medicina de la Universidad de Michigan.

Esta nota apareció originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.

Lee la nota original en inglés aquí.

Enlaces a más artículos sobre el coronavirus

BBC

Visita nuestra cobertura especial


Ahora puedes recibir notificaciones de BBC Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.

https://www.youtube.com/watch?v=zdkwo02LwCs

https://www.youtube.com/watch?v=FkdL3esx7t0&t=

https://www.youtube.com/watch?v=Fq8jbuaUW0M

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.