El banco genético para identificar a desaparecidos sólo ha tenido 2% de éxito
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El banco genético para identificar a desaparecidos sólo ha tenido 2% de éxito

Hace 12 años, comenzó la integración de un banco nacional de datos genéticos, que a la fecha integra 25 mil 884 muestras de ADN, sin embargo, sólo han concretado 542 identificaciones. Con este texto, Animal Político continúa la serie dedicada a las desapariciones de personas ocurridas en el primer año del sexenio de Enrique Peña Nieto, en el que se acumulan 2 mil 618 casos.
Por Daniela Rea (danielarea) y Paris Martínez
5 de junio, 2014
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Foto: Cuartoscuro.

Foto: Cuartoscuro.

Hace 12 años, en México comenzó la integración de un banco nacional de datos genéticos, que a la fecha integra 25 mil 884 muestras de ADN, provenientes de cadáveres de personas no identificadas así como de familiares de desaparecidos, e incluso de delincuentes, que sirven para la identificación humana en casos de tráfico de personas, desaparición, así como, eventualmente, en casos violaciones y hasta paternidades en disputa.

Ese banco genético, sin embargo, sólo ha permitido concretar 542 identificaciones, o hits genéticos; esto quiere decir, que sólo 2% de los cruces genéticos realizados, en estos 12 años, ha tenido éxito.

La información corresponde a la Procuraduría General de la República y se obtuvo del Libro Blanco elaborado el sexenio pasado, así como peticiones de información a la actual administración.

En esas memorias, la PGR define el hit como el “acierto de las evidencias de los perfiles genéticos analizados”.

Los datos están almacenados en la Base de Datos Genéticos Forense (BDGF) que está bajo el resguardo de la Coordinación General de Servicios Periciales, de la PGR.

En esa BDGF, refiere el Libro Blanco, se clasifican los perfiles genéticos de cuerpos no identificados, datos de familiares de desaparecidos o datos de criminales, que sirven para la identificación humana en casos de delitos de tráfico de personas, desaparecidos, paternidades y violaciones.

Animal Político solicitó el desglose de los hits genéticos a la PGR, como concentradora de los datos de las procuradurías estatales, para saber cuántos corresponden a personas desaparecidas, pero la institución respondió que “no se cuenta con la información al grado de desagregación que se requiere”.

Los datos genéticos incluyen no sólo perfiles de mexicanos, sino también de familiares de víctimas de Argentina, Chile, Ecuador, El Salvador, Estados Unidos, Guatemala, Perú e India.

Con este texto, Animal Político continúa la serie dedicada a las desapariciones de personas ocurridas en el primer año del sexenio de Enrique Peña Nieto, en el que se acumulan 2 mil 618 casos. 

Incumplimiento regional

En la conferencia de procuradores de 2008 se definió que la Coordinación General de Servicios Periciales administraría una Red Nacional de la Base de Datos Genéticos Forenses, que reuniría datos genéticos de la PGR y las procuradurías estatales.

De entonces a la fecha, el camino para conformar esa red va a paso lento. A finales del 2011, tres años después del acuerdo, se adquirió apenas el equipo CODIS, que permitiría la conexión entre las distintas estaciones de trabajo genético del país, el cual aún no opera a su totalidad.

A eso, hay que sumar el retraso que llevan los estados, pues aún hay 14 entidades que no han ingresado los datos genéticos a la base y que carecen de su propio laboratorio genético.

Estos estados son: Baja California Sur, Campeche, Coahuila, Colima, Durango, Guerrero, Hidalgo, Oaxaca, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Tabasco, Tlaxcala. De ellos Hidalgo, San Luis Potosí ya cuentan con sus laboratorios de genética, pero aún no funcionan ni se incorporan al sistema.

Cabe señalar que de estos estados Coahuila, Durango y Guerrero han tenido hallazgos de fosas clandestinas con un alto número de cuerpos o restos humanos; en febrero de este año en Coahuila las autoridades informaron sobre el hallazgo de 500 restos; en Durango en febrero del 2012 las autoridades encontraron 331 cuerpos en fosas en medio de una colonia de la capital; en Guerrero los hallazgos han sido múltiples, tan solo este año en febrero se encontraron 32 cuerpos en fosas de Taxco y en mayo 19 cuerpos se encontraron en Iguala.

Derecho a la verdad

Tres crímenes en México han puesto en entredicho la efectividad del trabajo genético del país: la masacre de 72 migrantes en Tamaulipas en 2010, las 47 fosas clandestinas encontradas en la misma entidad en el año 2011 –con 183 cuerpos– y los 49 cuerpos encontrados en Cadereyta, sin extremidades ni cabeza, en 2012.

Información, obtenida a través del Instituto de Información, por la Fundación por la Justicia y el Estado de Derecho, refiere que de la masacre de migrantes de 2010 aún faltan por ser identificados 12 cuerpos, lo mismo que 66 cadáveres de las fosas de San Fernando y 46 de Cadereyta. 

Además de tener un bajísimo índice de éxitos, han derivado en la entrega equivocada de cuerpos a familiares, como ocurrió en el caso de la masacre de 72 migrantes –el cuerpo del brasileño Juliard Aires Fernández fue enviado a Honduras, después de notar el error fue devuelto en México y enterrado  en la fosa común, antes de llegar a su familia-.

La raíz de estas deficiencias, considera Delgadillo, es que desde el servicio público hace falta una consciencia de la relación entre un servicio forense efectivo y el derecho a la verdad.

 “Para las familias, es la posibilidad de confirmar o descartar hipótesis sobre el paradero de su familiar. Significa que en la medida de que vayan teniendo una respuesta positiva o negativa, ellos pueden tener elementos para saber por dónde seguir, qué pasos tienen que dar y contar con herramientas para  trabajar la tortura que implica no saber del ser querido”.

Ese fue el caso de la familia Peña Esparza.

 Su hijo Gerardo había ido a una fiesta el 28 de enero del 2011 en Monterrey, Nuevo León. El papá, Gerardo Peña, recibió una llamada a las tres de la madrugada “si no juntas 100 mil pesos te devuelvo a tu hijo en pedacitos”, le dijo la voz de un hombre desconocido; después, la voz de su hijo “papá, me tienen los zetas, créeles”.

 Gerardo había sido secuestrado con otros dos amigos.  Después de varios intentos por juntar una parte del dinero, la familia siguió las instrucciones que le dieron los secuestradores y entregó el dinero. Pero no le devolvieron a su hijo.

Fue hasta seis meses después que tuvieron noticias de él. Según las autoridades, habían encontrado su cuerpo en la fosa común de la entidad con otros 51 cadáveres.

“Nosotros nos hicimos los análisis de ADN en abril, tres meses después de su desaparición. Y fue hasta julio que las autoridades nos dijeron que lo habían encontrado muerto”, recuerda el señor Gerardo.

¿Qué pasó en esos seis meses de desaparición de su hijo?  Era la duda que rondaba los corazones de la familia.

 Lo que pasó fue que Gerardo, un joven estudiante, había sido asesinado casi inmediatamente después de su secuestro, con sus amigos y otros secuestrados. Los cuerpos fueron encontrados el 30 de enero, dos días después del secuestro, en un lote baldío en Escobedo, en el cruce de dos carreteras, a las 10:30 de la mañana.

“En las noticias dijeron que habían encontrado seis cuerpos calcinados por un ajuste de cuentas, nosotros no hicimos caso a esas noticias porque nuestro hijo no era ningún criminal, y no seguimos esas pistas. Después, seis meses después cuando recuperamos su cuerpo, supimos que habían sido los de esa noticia”, relata Gerardo.

En julio la Procuraduría de Nuevo León les informó del hallazgo. La familia tuvo dudas porque por la experiencia de otros familiares de desaparecidos en la entidad sabían de errores de cuerpos entregados y pidió a la autoridad una prueba independiente de ADN. Les negaron esa posibilidad.

Fue hasta que la familia se unió a Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos que pudieron lograr una prueba independiente, y el resultado se comprobó. Se trataba de su hijo Gerardo.

Las fallas

En el proceso de identificación, los errores han sido múltiples, de acuerdo con Ana Lorena Delgadillo, directora de la Fundación, mismos que han sido denunciados anteriormente ante organismos como el Comité contra la Tortura o el relator de Ejecuciones Extrajudiciales.

De acuerdo a sus dichos y denuncias, las fallas son:

-Omisión en la implementación de acciones orientadas a proteger la evidencia, como ya lo comprobó la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso de Campo Algodonero, sobre mujeres víctimas de feminicidio en Ciudad Juárez, y en el cual, sin embargo, sigue ocurriendo.

-Transgresiones a los lineamientos de protocolos forenses establecidos por la Organización de las Naciones Unidas.

-Precipitación en el levantamiento de evidencias y de los cadáveres, procesos que se realizan de forma deficiente y sin metodología, como lo señaló la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la recomendación relativa a la masacre de 72 migrantes.

-Falta de seguimiento en el tratamiento y el flujo de información que se les da a las familias sobre el proceso de identificación. “Se les toman muestras, pero no se da un seguimiento para informarles puntualmente cuál es el resultado del cruce de información que se hace con los restos, ni con cuántos o cuáles restos se cruza esta información genética”. La organización ha documentado casos donde se les toman muestras a los familiares y nunca vuelven a recibir información sobre el resultado.

No hay cadena de custodia. “En algunos casos, las muestras se tomaban en algún estado de la república y no había cadena de custodia, por lo que algunas de las muestras no llegaron al laboratorio donde debía hacerse la confrontación”.

-En ocasiones, las procuradurías estatales levantan evidencia en el lugar de los hechos, pero no necesariamente se estudia o aporta como indicios para investigaciones. “Hay una desvinculación entre servicios periciales, los Ministerios Públicos y la Policía Investigadora. No trabajan como un equipo, cada uno hace su tarea por su lado y eso repercute en la no investigación efectiva de los hechos y por lo tanto en la impunidad”.

Ya la Comisión Nacional de Derechos Humanos había hecho un escrutinio al trabajo de la PGR y la Procuraduría General de Justicia de Tamaulipas sobre el trabajo forense para identificar los 72 cadáveres de migrantes masacrados.

En la recomendación 80/2013 señaló que:

 -La Procuraduría de Tamaulipas no resguardó el rancho donde fueron encontrados los cadáveres por lo que se pudo perder evidencia.

 -Las tomas periciales se tomaron de manera precipitada, sin metodología.

 -No se dio trato digno a los cadáveres, pues los cuerpos fueron trasladados en camionetas pick up a la base naval de San Fernando; posteriormente en un tráiler sin congelador al DF.

 -En la base naval estuvieron dos días expuestos a la intemperie y apilados, no se evitó la descomposición.

 -No hay registro confiable de dos autopsias, pues la información oficial se contradice en quién fue el responsable de realizarlas.

 -Las necropsias que se realizaron por médicos legistas se hicieron con errores gramaticales y cada uno de ellos utilizó un formato distinto para reportarlo, todos de manera ambigua y sin lineamientos.

 -En las necropsias se llegó a confundir el sexo de los cadáveres.

 Un ejercicio de colaboración entre la sociedad civil y las autoridades se dio entre el Equipo Argentino de Antropología Forense y la Fundación para la Justicia con la PGR para identificar los restos de 72 migrantes, las fosas de San Fernando y los restos mutilados de Cadereyta. La Comisión fue resultado de la exigencia de familias para tener certeza en que los restos que han recibido.

 “Lo que las familias nos han pedido es la intervención de peritos independientes que representen confianza y legitimidad para ellos. Creemos que la Comisión Forense es un espacio que puede ayudar a que los familiares tengan confianza en los resultados entregados. Esperamos que esta experiencia pueda fortalecer los servicios periciales y que lo que se logre identificar como retos, pueda ser superado, detectando entonces cuáles deben ser las buenas prácticas a seguir”, concluyó Delgadillo.

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'Fui antivacunas y ahora me arrepiento. La COVID casi me quita la vida'

No quería vacunarse por miedo a los efectos secundarios, pero después de experimentar la covid-19 en carne propia y pasar 18 días internada, cambió radicalmente su postura.
13 de enero, 2022
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Indira Jáuregui era antivacunas.

Pero después de pasar 18 días internada junto a su familia por covid-19 en Lima, Perú, cambió radicalmente su forma de pensar.

Conectada al oxígeno en un centro asistencial, esta mujer de 49 años, sintió que su vida estaba llegando a un punto de no retorno.

Para mí fue como enfrentarme a la muerte. Estaba boca abajo y me puse a pensar en mi vida. Pensé en lo que no hice y en lo que debí hacer. Me puse a pensar en mi familia, en el tiempo que no pasé con mi familia por estar trabajando. Pensé en los abrazos que no di, en las llamadas que no hice”.

Como los hospitales estaban colapsados, Indira fue internada en un lugar habilitado para atender pacientes en medio de la emergencia. Hasta ahí llegó con su madre de 72 años, una hermana, su cuñado y su sobrino. Todos contagiados con el virus.

Ella nunca creyó en teorías conspirativas como aquellas que señalan que las vacunas son un complot para exterminar a la humanidad, o que son hechas con inhumanos procedimientos en los que se utilizan fetos, o que al vacunarte te implantan un chip en el brazo para espiarte.

Más bien tenía miedo a los potenciales efectos secundarios de la vacunación. Y su profunda convicción en los métodos de sanación natural, la llevaron a creer que no era necesario vacunarse.

Este es su testimonio contado en primera persona.


Soy terapeuta alternativa. Cuando comencé a estudiar aprendí la técnica japonesa del reiki y ahora estoy trabajando con biomagnetismo, que es una terapia con imanes.

En mi círculo nos interesa todo lo que es natural, todo lo que tiene que ver con una visión holística de los seres humanos. Como me gusta aprender, he leído muchos libros sobre las vacunas y los efectos negativos que tienen en la salud.

Pero nunca fui de los que se dedican a satanizarlas, llevando las cosas a un extremo. En las redes sociales como Facebook o los grupos de Whatsapp, he visto muchos mensajes y videos de personas que se van al extremo y que hablan del uso de fetos en las vacunas, de que nos quieren dominar y convertirnos en zombies, o esa teoría de que cuando te vacunan te ponen un chip en el brazo.

Hombre recibiendo vacuna en Lima, Perú.

Getty Images
Jáuregui cuenta que las vacunas le daban miedo por sus potenciales efectos secundarios.

También hay otras personas en las redes que se dan cuenta que la ciencia y lo natural se complementan para que el ser humano tenga una vida saludable y equilibrada.

Yo era antivacunas porque conocía casos de personas que, antes de que llegara la covid, se habían vacunado contra otras enfermedades y habían sufrido efectos secundarios.

No quise vacunarme cuando hace años atrás apareció el virus del H1N1 y aquí en Perú hicieron campañas de vacunación. Pensaba que, como las vacunas tienen metales pesados, podían causar muchos efectos secundarios. Creo que por ahí viene el miedo. Las vacunas me daban miedo.

También pienso que influyeron todas las publicaciones que salían en las redes, cada una más fantástica que la otra, especialmente esa teoría de que la pandemia era un invento.

“Los hospitales estaban colapsados”

Al principio, cuando recién comenzó la covid en China y después en Europa, pensaba que era como algunos virus de transmisión sexual.

Pero cuando llegó aquí, empecé a tomar conciencia de lo que estaba pasando. Yo era muy cuidadosa con la desinfección y todos los cuidados que hay que tener para no contagiarse y no contagiar a otras personas.

Pacientes saliendo de la Villa Panamericana, Lima Perú.

Getty Images
Estas sobrevivientes de covid-19 van de regreso a su casa desde la Villa Panamericana en Lima, donde estuvo internada Indira Jáuregui.

Hice todo lo posible para evitar el contagio, incluso he sido exageraba con el tema del cuidado y de seguir los protocolos, pero al final me contagié en mi casa, con mi familia. Era julio del año pasado.

Cuando dimos positivo, llamamos a la línea 107 que tenemos aquí en Perú para los que tienen covid. Nos internaron a todos en la Villa Panamericana, unos departamentos que construyeron para los deportistas que vinieron a las Olimpíadas (Juegos Panamericanos de 2019).

Con la pandemia esa villa se convirtió como en un hospital para la gente con covid. Es que como los hospitales estaban colapsados, abrieron otros lugares para los enfermos. La Villa Panamericana era un lugar bien equipado y los médicos nos trataban muy bien.

El problema es que cuando me internaron, al tercer día empecé con una fiebre alta y se me elevó la presión. No comía, no podía comer. Un médico me dijo que si quería vivir, tenía que comer.

Como estaba empeorando, al sexto día me tuvieron que bajar a un lugar como un hangar donde tenían a los pacientes conectados al oxígeno. Ahí fue cuando trajeron un balón y me pusieron el oxígeno.

A medida que pasaba el tiempo me iban aumentando el oxígeno porque no mejoraba, hasta que el médico me dijo que tenía que pasar 17 horas boca abajo.

Yo, la verdad, es que soy gordita. Entonces para mi estar boca abajo era un suplicio. Todo se fue complicando en ese momento.

“Fue como enfrentarme a la muerte”

Para mí fue como enfrentarme a la muerte. Estaba boca abajo y me puse a pensar en mi vida. Pensé en lo que no hice y en lo que debí hacer. Me puse a pensar en mi familia, en el tiempo que no pasé con mi familia por estar trabajando. Pensé en los abrazos que no di, en las llamadas que no hice.

Toda mi vida pasaba por mi mente, desde la niñez hasta ese momento. Decía… “Dios mío, dame otra oportunidad”.

Indira Jáuregui

Indira Jáuregui
Pensé en los abrazos que no di, en las llamadas que no hice. Decía… “Dios mío, dame otra oportunidad”.

Mi mamá, en cambio, estaba vacunada con las dos dosis. Mis hermanas la llevaron a vacunarse y yo creo que a mi mamá la salvó la vacuna. Es que si no, mi mamá no hubiese superado la covid y no estaría aquí con nosotros.

Con esa experiencia me di cuenta de lo que estaba pasando y entendí que hay cosas que la ciencia sabe por qué las hace. Fui antivacunas y ahora me arrepiento. La covid casi me quita la vida, pero nunca fui como esas personas antivacunas extremas. Nunca fui una fanática que cree todo lo que le dicen.

Cuando volví a mi casa estaba convencida de vacunarme. Esperé los tres meses que hay que esperar y lo hice. Y ahora estoy esperando el tiempo para la vacuna de refuerzo. Aquí en Perú ya estamos con la tercera dosis.

Con el tiempo, creo que Dios me ha dado la razón de que fue bueno que cambiara de opinión, porque hace tres meses falleció mi tío Félix por covid y él nunca quiso vacunarse.

Conozco a varias personas que no quieren vacunarse. Cuando conversamos les pregunto, “¿qué es lo peor que te puede pasar?. Lo peor que te puede pasar es tener efectos secundarios, les digo, pero no te vas a morir”.

También les pregunto si quieren a su familia, a sus hijos. Les digo que si no quieren vacunarse por ellos mismos, que lo hagan por sus seres queridos.


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