Los robots que vivirán con nuestros nietos
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Los robots que vivirán con nuestros nietos

Villanos superordenadores, sanguinarios robots y científicos esquizofrénicos con ansia desmedida de poder son, junto con los mutantes y otras bestias, los malos favoritos del género. Nuestro cine, el de los amantes de lo tecnológico, tiende a ser catastrofista.
Por Yorokobu.es
29 de junio, 2014
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Trascendente, la última película de Johnny Depp. Foto: DMG Entertainment.

Trascendente, la última película de Johnny Depp. Foto: DMG Entertainment.

Es curioso que los geeks seamos tan amantes de la ciencia ficción. El séptimo arte lleva décadas atribuyendo a la tecnología, cuando se trata de mirar hacia el futuro, el papel de antagonista. Villanos superordenadores, sanguinarios robots y científicos esquizofrénicos con ansia desmedida de poder son, junto con los mutantes y otras bestias, los malos favoritos del género. Nuestro cine, el de los amantes de lo tecnológico, tiende a ser catastrofista. Las gentes de Hollywood se empeñan en hacer la puñeta a sus vecinos de Silicon Valley.

Hay, por supuesto, honrosas excepciones. En el último año, hemos pasado de la obra maestra de Spike Jonze, Her; a la tristemente clásica tecnofobia deTrascendence, la intrascendente opera prima de Wally Pfister, director de fotografía de cabecera de Chris Nolan. De Scarlett Johansson, el sistema operativo que enamora, al Johnny Depp más insípido de toda su carrera.

La cierto es que no empieza del todo mal. El punto de partida es interesante: un genio de la inteligencia artificial, Will Caster (Depp), pretende crear una máquina capaz de trascender a los humanos. «En poco tiempo, su poder analítico será mayor que la inteligencia colectiva de todas las personas que han pasado por la historia del mundo», afirma el doctor. «¿Un Dios?», le preguntan. Y él responde: «¿No es eso lo que siempre ha hecho el hombre?».

TRANSCENDENCE

En este primer tramo se formulan las incógnitas que debe despejar el científico para pergeñar un sistema operativo que tenga nuestro raciocinio y nuestra habilidad para expresar emociones: ¿qué es la consciencia? ¿Basta con copiar y pegar nuestro cerebro en un ordenador para emularnos? ¿Tenemos algo parecido a un alma? Trascendence, por supuesto, no ofrece las respuestas. Se limita a esquivar las preguntas durante casi dos horas de metraje.

La tecnología representada va perdiendo verosimilitud (realismo nunca tuvo) a medida que avanza la película. Se pintan trazos de big data, de deep learning, de procesamiento del lenguaje natural… Ese ordenador que reconoce al visitante porque ha estudiado con detalle su huella digital, esa inteligencia artificial que accede a las cámaras de vigilancia para geolocalizar a los supuestos terroristas… Todo eso nos suena. Es la conexión entre el presente y ese incierto futuro, sin fecha revelada pero aparentemente próximo, que tratan de establecer los guionistas.

Cierta coherencia sobrevive hasta el ecuador de la cinta y se desvanece justo cuando toca convertir al hombre, que ahora es máquina, en algo aún mayor: una deidad. La escena en que se escenifica la transformación falla en casi todo. El doctor Joseph Tagger (Morgan Freeman) acude a ver al trascendente Will, que le demuestra sus avances pseudocientíficos devolviendo la visión a un ciego, al más puro estilo Jesucristo.

Una alusión bíblica excesiva –y no será la última– que arranca la carcajada del espectador cuando, sin pretenderlo, los guionistas hacen que el recobrado invidente subraye el sensentido. «¡Dios mío!», exclama. «Señor…». Los asistentes a la sala, en ese preciso instante, pueden ir en paz. Lo que viene después es todo un despropósito.

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En realidad, el viaje del Johnny Depp robot se asemeja bastante al de Scarlett Johansson, pero la diferencia insalvable está en la forma de resolver cada etapa.Tanto Trascendence como Her exploran la relación entre humanos y máquinas cuando la línea que separa a unos y otros se torna difusa.

En un primer momento, la inteligencia artificial está al servicio del humano. Así sucede con el sistema operativo que habla a Theodor por el auricular antes de que Samantha entre en su vida, con la propia Samantha en un primer momento; y también con PINN, la inteligencia robótica diseñada por Will Caster enTrascendence. Son, no obstante, tecnologías muy distintas: uno es Siri a la enésima potencia, con una interfaz exclusivamente sonora (porque está en la nube), y la otra tiene la presencia de una sala repleta de procesadores cuánticos. Tecnología muy limpia frente a la clásica tecnología estruendosa. Futurismo vs. retrofuturismo.

Ambas cintas cabalgan entre el fetichismo geek y la tecnofobia, pero, una vez más, de forma casi opuesta. En Her, el miedo lo escenifica Theodore, que intuye que entregar su corazón a una máquina tendrá un trágico desenlace. En Trascendence, el terror es terrorismo, neoludismo y guerra abierta, a cañonazo limpio, contra la peligrosa inteligencia artificial. Lo sutil frente a lo tosco, aunque el mensaje sea el mismo: la tecnología es asombrosa, pero hay que andarse con ojo.

Hay que andarse con ojo porque los humanos, a diferencia de los robots, tomamos decisiones con el corazón, decisiones que no responden a una lógica. De ahí que ambas películas dediquen tanto tiempo a navegar en los procelosos mares del sentimiento, zanjando el debate cada una a su manera: por muy inteligentes que sean, por mucho que se parezcan a nosotros, ¿las máquinas son capaces de amar?Esto es Hollywood, amigos, así que la respuesta de ambas cintas es afirmativa.

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Pero, también en el plano emocional, Samantha y Will son diferentes. Ella quiere comprenderlo todo, aprender, para ser más humana. Al principio, es como una niña a la que todo le fascina. Llegado el momento, para complecer a su querido Theodore, intenta ser corpórea. Contrata a una chica para que haga su papel en la cama, pero se equivoca: fingir ser otra persona es un error. Si el amor entre un hombre y una máquina pudiera existir, desde luego no sería algo tan físico.

Scarlett Johansson no aparece en ningún momento de la cinta. Jamás se muestra. Johnny Depp, sin embargo, es omnipresente, como su personaje. Mientras Samantha trata de humanizarse, Will va adquiriendo poco a poco las facultades que atribuimos a los dioses: cura al ciego, se vuelve omnipresente, controla el clima, modifica a su antojo la materia y, al tercer día, resucitó de entre los muertos. Por esoTrascendence huele tanto a chamusquina. El guión pierde los papeles cuando olvida que el binomio de la inteligencia artificial son las máquinas y los humanos, no las máquinas y el Creador.

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Johnny Depp es más de lo mismo, el robot hollywoodiano de siempre: el que se representa como un humano en una pantalla; el que domina el mundo a través de híbridos, cables y superordenadores; el de la distopía futurista de libro. Scarlett Johansson es la inteligencia artificial de hoy en día llevada al extremo: es el asistente personal del iPhone que de repente piensa y se emociona; es la Wikipedia cuando se conecta para explorar el mundo y aprender de otros ordenadores; es la evolución de los comandos de voz y el clímax del procesamiento del lenguaje natural. Es, en definitiva, creíble, y por eso es tan hermosa.

Trascendence es solo un blockbuster del montón. Y encima de los aburridos.

Lea la nota original en Yorokobu.es*

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Giorgia Meloni, la controvertida política de extrema derecha en curso de convertirse en la primera mujer en gobernar Italia

Su partido, Hermanos de Italia, tiene sus raíces políticas en el Movimiento Social Italiano (MSI), que surgió de las cenizas del fascismo de Mussolini.
25 de septiembre, 2022
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Giorgia Meloni

Reuters
Giorgia Meloni tiene 45 años.

Durante 40 años, Anna Maria Tortora ha vendido sus tomates maduros y pepinos frescos a clientes fieles en su puesto del mercado de Roma. No se dio cuenta de que la joven que solía hacer cola de la mano de su abuelo ahora estaría en camino de convertirse en la próxima primera ministra de Italia.

“Era una persona maravillosa”, recuerda, “y enamorado de su nieta”.

Con esa niña, Giorgia Meloni, que llevó a su partido al primer lugar en las elecciones de este domingo, Anna Maria se enorgullece.

“¡La crié con mis frijoles! Comió bien y creció bien”.

El mercado está en Garbatella, un barrio obrero del sur de Roma y tradicionalmente un bastión de la izquierda, un lugar incongruente para escuchar esto de una política que se podría convertir en la primera líder de extrema derecha de Italia desde Benito Mussolini.

Una vez que se confirmen los resultados de las elecciones anticipadas de Italia, el presidente del país, Sergio Mattarella, consultará a los líderes del partido para determinar quién puede liderar un gobierno estable.

Meloni, como favorita, argumentará que es la primera opción.

“Ella no es representativa de esta zona, que históricamente es roja”, dice Marta, una compradora que empuja su cochecito entre los puestos de verduras.

Su anciana madre, Luciana, me dice que la perspectiva le asusta. “Soy profundamente antifascista”, añade. “Si ella entra, será un período muy feo”.

La etiqueta de fascista es algo que Giorgia Meloni rechaza con vehemencia. Hablando en inglés, español y francés en un video reciente, insistió en que había consignado la ideología a la historia.

Problemas de la historia

Pero la historia es parte del problema en un país que no tuvo equivalente a la desnazificación de Alemania después de la guerra, lo que permitió que los partidos fascistas se reformaran.

Fundado en 2012, Hermanos de Italia tiene sus raíces políticas en el Movimiento Social Italiano (MSI), que surgió de las cenizas del fascismo de Mussolini.

El partido mantiene el logotipo de los partidos de extrema derecha de la posguerra: la llama tricolor, a menudo percibida como el fuego que arde en la tumba de Mussolini.

“Giorgia Meloni no quiere dejar caer el símbolo porque es la identidad de la que no puede escapar; es su juventud”, dice Gianluca Passarelli, profesor de ciencias políticas en la Universidad Sapienza de Roma.

“Su partido no es fascista”, explica.

- Anna Maria

BBC
Anna Maria conoció a Meloni cuando era niña.

“El fascismo significa obtener el poder y destruir el sistema. Ella no hará eso y no podría. Pero hay alas en el partido vinculadas al movimiento neofascista. Ella siempre ha jugado de alguna manera en el medio”, agrega.

Camino hacia la política

Aunque ahora trata de proyectar una imagen más suave, la juventud de Meloni está anclada en la derecha dura, y entre comienzos humildes: clave de su imagen de mujer del pueblo.

Nacida en Roma en 1977, tenía solo un año cuando su padre, Francesco, abandonó a la familia y se mudó a las Islas Canarias.

Francesco era de izquierda, su madre Anna era de derecha, lo que provocó especulaciones de que su trayectoria política estuvo motivada en parte por el deseo de vengarse de su padre ausente.

La familia se traslada entonces a Garbatella, cerca de sus abuelos.

Allí, a los 15 años, Meloni se unió al Frente Juvenil, el ala juvenil del MSI neofascista, y luego se convirtió en presidenta de la rama estudiantil del sucesor del movimiento, Alianza Nacional.

Giorgia Meloni,

Getty Images
Giorgia Meloni iespera formar un gobierno de extrema derecha con Silvio Berlusconi (C) y Matteo Salvini

Marco Marsilio estaba celebrando una reunión en la oficina de MSI en Garbatella cuando Giorgia Meloni llamó a su puerta en 1992.

Diez años mayor que él, se convirtió en un amigo cercano y aliado político y hoy es presidente de la región de Abruzzo.

“Aquí estaba esta chica esbelta, pero siempre muy seria y decidida”, dice. “Te fijarías en ella porque en las reuniones de estudiantes, detendría a cualquiera que le quitara el micrófono”.

A lo largo de los años, compartieron vacaciones familiares, debates y reuniones sociales, y él la ha visto crecer en seguridad en sí misma.

“Ella tenía sus inseguridades en ese entonces”, dice Marsilio, “pero tal vez eso fue una fortaleza porque la hizo leer un expediente más, en lugar de menos, antes de abordar un problema”.

Carrera política

En 2008, a los 31 años, Giorgia Meloni se convirtió en la ministra más joven de Italia, designada para la cartera de Juventud y Deporte por Silvio Berlusconi.

Después de formar su propio partido en 2012, obtuvo solo el 4% de los votos en las últimas elecciones de 2018.

Ahora, como el único partido importante que se ha mantenido fuera del gobierno de coalición de unidad nacional de Mario Draghi, se prevé que los Hermanos de Italia obtengan entre el 22 y el 26 % de los votos.

Su alianza de derecha con Silvio Berlusconi y el partido de extrema derecha Liga del exministro del Interior Matteo Salvini fijó una mayoría parlamentaria.

Women walk passed a 'Meloni' campaign sign in Garbatella

BBC
A campaign poster for Giorgia Meloni in Garbatella, Rome

Pero aunque ha tratado de tranquilizar a los aliados occidentales de Italia, por ejemplo, apoyando firmemente la línea pro-ucraniana del gobierno de Draghi, sus políticas sociales conservadoras de línea dura están preocupando a muchos.

“¡Sí a la familia natural, no a los grupos de presión LGBT!”, dijo en un mitin reciente del partido Vox de extrema derecha de España.

Meloni ha pedido un bloqueo naval de Libia para detener los barcos de inmigrantes.

“Meloni no es un peligro para la democracia, sino un peligro para la Unión Europea”, dice el profesor Passarelli, quien la pone en el mismo molde que los líderes nacionalistas en Hungría y Francia.

“Está del mismo lado que Marine Le Pen o Viktor Orban. Y quiere una ‘Europa de las naciones’, para que todos estén básicamente solos. Italia podría convertirse en el caballo de Troya de Putin para socavar la solidaridad, por lo que le permitiría seguir debilitando a Europa.”

Otras controversias

En su intento de convertirse en la primera mujer en ser primera ministra de Italia, ha afirmado su identidad femenina, pero, según cree Passarelli, de una manera política y machista.

“El dominio de la familia italiana es la ‘mamma’. Ella es la figura machista que controla la cocina. Meloni lo usa inteligentemente porque va directamente al núcleo de nuestro sistema”, dice.

Para sus aliados, la mujer representaría el cambio político radical que necesita Italia, dado su largo estancamiento económico y por ser una sociedad vista como una gerontocracia.

“Me siento genial, como un padre que lleva a su hija al altar”, dice Marco Marsilio.

“No habríamos fundado el partido a menos que pensáramos que ella tenía el potencial para esto”, agrega.


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