México: la trágica vida de los deportados en El Bordo
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México: la trágica vida de los deportados en El Bordo

Mexicanos deportados de Estados Unidos por la garita de Tijuana viven de forma trágica en El Bordo, el río que atraviesa Tijuana, de forma trágica y entre casas hechas de desperdicios, el calor y la drogadicción.
Por Juan Carlos Pérez Salazar / BBC Mundo
10 de junio, 2014
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La vida en El Bordo. Foto: BBC Mundo.

La vida en El Bordo. Foto: BBC Mundo.

Jazmín es minúscula y delgada. Cuando habla casi nunca mira a los ojos. Prefiere mirar hacia el frente, no importa si a pocos centímetros de ella hay un obstáculo (en este caso yo) o se extiende el lecho de cemento por el que discurre, silencioso y pestilente, el Río Tijuana.

Estamos de pie, frente a su casa, hablando en inglés. Mejor así: a pesar de ser mexicana, su español tiene un chirriante acento anglosajón.

Al hogar de Jazmín se llega bajando por alguna de las entradas pedregosas que llevan hasta el enorme canal conocido en Tijuana como El Bordo, con la ocasional jeringuilla vacía crujiendo bajo los pies. O deslizándose por las paredes que descienden en pendiente hasta el amplio terraplén de concreto.

Decir casa es exagerado. Se trata de una pequeña tienda, armada con plásticos negros, palos y mantas sobre un arenal. En las esquinas la apuntalan llantas usadas.

Siempre sin mirar a los ojos, Jazmín no para de hablar. Me cuenta de su hija de 16 años, a la que no ve desde hace 14, de su deportación de Estados Unidos y sus fallidos intentos por regresar de manera ilegal.

Algunas cifras

En octubre de 2013, las profesoras del Colegio de la Frontera del Norte Laura Velasco y Sandra Albicker publicaron los resultados de una investigación sobre El Bordo.

En ella consignan cifras como las siguientes:

  • Durante el tiempo de la investigación -agosto a septiembre de 2013- en El Bordo residían entre 700 y 1.000 personas.
  • El 96% de los encuestados eran hombres, 67,3% con hijos.
  • La edad promedio era 40,8 años.
  • El 72,6% no poseía ningún documento de identidad.
  • El mismo porcentaje indicó que su lugar de residencia en EU. era California.
  • El 91,5% admitió haber sido deportado de EU. El 91% manifestó haber regresado al menos una vez.
  • El 55,4% indicó haber sido devuelto en los últimos cuatro años.

De cómo hace dos meses -cuando toda otra posibilidad se le cerró- se vino a vivir a El Bordo, donde comparte techo y vida con un mexicano rapado, bajo y moreno. De cómo hace menos de un mes -asegura- la policía incendió las casas de sus vecinos.

Es entonces que me pregunto si Jazmín no estará en realidad mirando hacia adentro, a ese otro canal -unas veces radiante, otras infecto-, que es la historia de su vida.

La historia de todos los que, en este momento, caminan y caminan a nuestro alrededor.

El Bordo

Un poco escorado hacia el oriente, el canal de El Bordo divide a Tijuana por la mitad como una enorme cicatriz. En su momento -principios de los años 70- fue la mayor obra de ingeniería urbanística del país.

Sigue siendo impresionante. Es una avalancha de concreto de 15 kilómetros y medio que atraviesa zonas pobres y pudientes, e igual pasa frente a edificios resplandecientes que casas en decadencia. Por el medio -delgado, gris, hediondo- el río fluye hacia la fortificada frontera con Estados Unidos.

Quizás los últimos dos kilómetros del recorrido del canal habría que medirlos en pasos humanos. Los de centenares de personas que, como Jazmín, han hecho de este tramo del canal su hogar y lo trasiegan día tras día.

Hay datos duros.

De El Bordo: su población fluctúa entre los 1.000 y 1.500 habitantes (aunque algunos ponen la cifra entre 2.000 y 3.000 a lo largo de todo el canal). La mayoría son mexicanos deportados de Estados Unidos que hablan inglés y español. La edad promedio es de 40 años y alrededor del 90% son drogadictos.

De los deportados: desde que llegó al poder, el presidente estadounidense Barack Obama ha expulsado a más inmigrantes indocumentados que ningún otro mandatario. Ya van dos millones y contando.

Sólo en 2012, casi 352.000 personas fueron deportadas a México, 60 mil por las dos garitas de Tijuana. Una de ellas, la de San Ysidro, es el cruce fronterizo terrestre más concurrido del planeta.

Muchos de los deportados, luego del proceso de entrega a las autoridades mexicanas, tienen que cruzar a pie un delgado puente metálico, los lados recubiertos con alambradas en zig-zag.

Al frente ven el arco plateado que simboliza a Tijuana.

Abajo, como una oscura promesa, serpentea El Bordo.

Foto: BBC Mundo.

Foto: BBC Mundo.

La historia de Diego

Si Jazmín sólo lleva dos meses viviendo en el canal, otras personas acumulan años.

Es el caso de Diego (nombre supuesto), quien se me acerca mientras camino al borde del río con un par de acompañantes que garantizan que no soy un policía o algo parecido.

Al principio me mira con desconfianza -y siempre de soslayo- pero luego de que le aseguro que no voy a tomar fotos, empieza a desgranar su historia. También se siente más cómodo hablando en inglés.

Lleva más de una década en El Bordo. Vivió desde los 4 hasta los 18 años en Los Ángeles. Fue deportado por pertenecer a una banda (casi de inmediato se corrige y me dice que en realidad sólo le gustaba juntarse con sus amigos).

Regresó una vez. Me señala la valla. “Por allí, por esa parte. Sólo la salté. Antes era muy fácil. Pero después de lo que pasó con las Torres Gemelas se volvió muy difícil”.

Fue deportado de nuevo. Terco, lo intentó una tercera vez. Alcanzó a llegar a las montañas antes de ser atrapado. “De hecho quería que me capturaran. No tenía agua ni comida. Estaba muy mal”.

Estamos parados en medio del canal, bajo el calor lancinante. Diego -la cabeza ladeada, la voz rítmica y rapeada, el acento californiano- es una gran sombra.

“Pero todavía quiero hacerlo. Toda mi familia está allá. No tengo a nadie en México. Toda mi vida está allá y me la quitaron… Bueno, la verdad es que me lo hice a mi mismo. Construyes tu propio destino”.

Foto: BBC Mundo.

Foto: BBC Mundo.

Me sorprende. Pero en adelante, con todo el que hable aceptará, en algún momento de la conversación, que gran parte de lo que ocurre es su culpa. Introspección que no siempre he hallado en personas en situaciones similares en otros lugares de América Latina.

Porque todos aquí han sido deportados por haber quebrantado la ley estadounidense de una manera u otra. Muchos por violencia doméstica.

Diego sigue en frente de mí, la cabeza un poco más ladeada. Mirada clavada al piso. También siento que mira hacia adentro.

“De verdad lamento lo que hice. Pude haber sido alguien. Y vea cómo vivo ahora”.

Es mediodía. El sol se derrama sin piedad sobre el enorme e hirviente lecho de concreto. Aquí y allá deambulan sombras, hilos de vapor oscuro sobre el cemento.

Unos cuantos yacen: se inyectan heroína. Otro se inclina sobre las aguas sucias y estriega algo. De las bocas de túneles y alcantarillas sobresalen, de cuando en cuando, rostros pálidos y efímeros.

Parece una asamblea de fantasmas.

Desayunando donde el Padre Chava

La fila frente al Desayunador del Padre Chava empieza a formarse antes de las seis de la mañana. El comedor -un edificio de cuatro pisos, color amarillo quemado- está a tiro de piedra de El Bordo, cruzando la Avenida Internacional.

Madres con niños y mayores de 60 años a la izquierda. Los demás, allí por favor.

Todos obedecen. Algunos a regañadientes y mascullando una que otra puteada, pero hacen cola, reciben el chorrito de jabón que un par de jovencitos distribuye a la entrada, pasan al lavamanos de zinc, recogen luego una toalla de papel y de nuevo a la fila, a esperar asiento frente a las mesas de madera.

Adentro, estudiantes voluntarios reparten bandeja tras bandeja de platos rebosantes de pollo con mole, arroz, fríjoles y tortillas.

Foto: BBC Mundo.

Foto: BBC Mundo.

Todo funciona con precisión militar en este comedor salesiano. Las puertas se abren a las 7:30 am luego de la misa diaria para el personal. Hasta las 10:30 se sirven desayunos. Quien llega después se queda con el estómago vacío.

En el segundo piso funciona una peluquería, un teléfono de línea terrestre para llamar a familiares en México o Estados Unidos y una enfermería. También se reparte ropa.

El estricto régimen introduce un poco de estructura en centenares de vidas (se sirven unos 1.500 desayunos al día), de otra manera entregadas al azar de las necesidades y apetitos más básicos.

Quienes hacen esto posible son la coordinadora, Margarita Andoneagui -quien lleva 15 años en el lugar-, y el director, el sacerdote Ernesto Hernández, quien llegó hace cuatro.

Es el padre quien nos sirve de salvoconducto para entrar a El Bordo, donde todos parecen conocerlo y apreciarlo. Él, ciertamente, los entiende:

“Son deportados que, no habiendo tenido ninguna oportunidad, o no habiendo aprovechado las que tuvieron, han empezado a descuidar su vida. Es gente que no tiene un lugar dónde dormir, donde asearse continuamente, o se siente relegada de la sociedad. Entonces busca quedarse con otros que ve igual”.

“El Bordo es el último recurso para el inmigrante”, añade.

Las mesas del desayunador están repletas de estos inmigrantes. Muchos han caído en el canal. Otros resisten. Uno de ellos es Jerry Reza, de 56 años de edad, quien dice que vivió 53 de ellos en Estados Unidos. Asegura que en 1962 recibió una multa de tránsito que nunca pagó.

Hace un año recibió otra por cruzar una calle por donde no debía (jaywalking). Entonces -rememora- las autoridades descubrieron que los intereses acumulados por no pagar la multa 40 años atrás llegaban a US$56.000. Fue deportado.

“Cometí un error, ahora estoy pagando las consecuencias. Pero soy estadounidense, no importa que haya nacido en México”.

Tres mesas más allá -con cachucha, barbado y rostro de surcos profundos- apura su desayuno Samuel. Tiene 65 años. Vivió 50 en Estados Unidos y está determinado a volver.

“Déjeme decirle la verdad: mañana voy a tratar de pasar la frontera. Voy a hacerlo. Voy a saltar la valla, cruzar las montañas y llegar a San Diego. Tengo que hacerlo. Toda mi familia está allá. Aquí no tengo nada. Todo lo tengo allá”.

A las casas en El Bordo se les conoce como "ñongos", se cree que es una adaptación de "jungle" (selva). Fotos: Mike Thomson. Foto: BBC Mundo.

A las casas en El Bordo se les conoce como “ñongos”, se cree que es una adaptación de “jungle” (selva). Fotos: Mike Thomson. Foto: BBC Mundo.

Habla Martín

“He vivido en El Bordo por tres años y medio… Todos somos deportados. Muchos han intentado volver, pero no pudieron. Ahora (los coyotes) están cobrando US$10.000 sólo por llevarte al otro lado. Los chinos y centroamericanos tienen que pagar hasta US$30.000.

“Viví 22 años en Estados Unidos, trabajaba como mecánico. Me encontraron marihuana y me deportaron. La verdad es que esto no se lo deseo a nadie. Me dan ganas de llorar cuando pienso en lo que diría mi familia si me viera, porque no saben que estoy así. Creen que vivo en un hotel.

“¿La heroína? Cuando la usas te olvidas de todo lo que pasa alrededor tuyo. Dentro de ti todo se siente suave, dulce. No sientes dolor, preocupaciones. Te olvidas de todo. Por eso es que la gente acá la usa tres, cuatro veces al día. Más si pudieran. Todo el dinero que consigas lo vas usar en eso.

“Pero para que alguien pueda entendernos tendría que vivir lo que nosotros hemos vivido…

“La gente dice: Dios no te castiga, tú mismo lo haces. Y para ser honesto, eso es verdad. Somos nosotros los que nos castigamos”.

Una ronda por El Bordo

La patrulla se desliza como una cápsula negra y reluciente por el lecho de concreto.

Luego de esperar una hora para entrevistar al secretario de Gobierno de Tijuana nos dijeron que, por una reunión de emergencia, no podía llegar. A cambio nos permitieron un recorrido en la patrulla.

Cuando nos ven pasar, la mayoría de los habitantes de El Bordo escurren el bulto.

El oficial que nos acompaña de tanto en tanto hace detener la camioneta y llama a algunas de las personas que deambulan por el lugar. Su tono es agresivo, autoritario. Es evidente que cree que no hacen lo suficiente para salir de la situación. Sin embargo, cuando le pregunto cuál es la solución para ellos, responde sin dudarlo: “rehabilitación”.

Al interrogarlo sobre las acusaciones de abusos por parte de la policía, guarda un largo silencio.

Luego me dice que cumplen con su trabajo. “Un trabajo muy difícil”, agrega.

Después, Carlos Mora, director de la Comisión del gobierno de Baja California (estado al que Tijuana pertenece) para la Inmigración, me reconoce que hay múltiples denuncias de abusos por parte de la policía. Dice que a diario recibe quejas y de inmediato las tramita ante la propia policía. “Algunos agentes han sido retirados. Pero también se trata de educarlos. Intentan hacer un buen trabajo”.

Bajo el puente y más allá

El interior de una de las casas de El Bordo. Fotos: Mike Thomson.

El interior de una de las casas de El Bordo. Fotos: Mike Thomson.

Son unas 500 personas. Están reunidas debajo de uno de los enormes puentes que cruzan El Bordo. Esperan la camioneta que todos los días, a las 2:30 de la tarde, llega a repartir sándwiches y aguas de sabores en bolsas. Son ya casi las 3:30 y algunos están nerviosos.

Una mujer, de falda cortísima -alguien me dice que es boxeadora-, se exhibe al lado del río. Algunos la aplauden o le silban. En algún momento, mientras se menea, dice en inglés que es la reina de El Bordo.

Qué se está haciendo

En diciembre pasado, la gobernación de Baja California creó una Comisión de Inmigración.

Aunque -como explica su director, Carlos Mora- no tienen presupuesto, agrupa a representantes de distintos organismos que tienen que ver con el tema de los inmigrantes, incluyendo la policía.

Según Mora, entre los programas que adelantan está una feria del empleo para los deportados, mecanismos para agilizar el que tengan un documento de identidad y atención en salud.

Carlos Mora dice que lo que ocurre con los deportados no es un “problema” sino un “fenómeno”. Y que siempre va a estar ahí.

Mientras hace una fila ordenada para recibir la comida, Pedro cuenta lo que es, para él, vivir en este lugar:

“Conoces a alguien y de pronto lo dejas de ver un día. Preguntas por él y te dicen ‘ah, lo mataron’. No puedes mirar a la gente a los ojos por mucho tiempo. No discutes con nadie. Porque nunca sabes quién te va a matar por nada. Te matan por tus zapatos. Es así de frágil. Es muy asustador”. It’s real scary out here.

Jazmín sigue sin mirarme a los ojos cuando le pregunto cuáles son sus expectativas en este lugar. “Ninguna, vivo día a día”. Cuando indago si tiene la esperanza de volver a ver a su hija algún día, parpadea y por un momento creo que me va a mirar de frente. No lo hace.

“No lo creo. No lo creo. Por supuesto que quiero, pero he estado por fuera de su vida tanto años que lo más probable es que mi hija ni siquiera sepa que tiene madre”.

Recuerdo entonces lo que en un momento me dijo el sacerdote salesiano: que algunos de los habitantes del canal viven allí porque, al estar a sólo 150 metros de la frontera con Estados Unidos, de alguna manera se sienten más cerca de sus seres queridos.

Con paso balbuceante, Jazmín regresa a su hogar.

Al otro lado del río, sobre el borde de El Bordo, la valla se antoja más infranqueable que nunca.

Valla fronteriza cerca de Tijuana. Foto: BBC Mundo.

Valla fronteriza cerca de Tijuana. Foto: BBC Mundo.

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Los rituales menos conocidos para recibir al Año Nuevo en América Latina

Hay distintas costumbres y cábalas que se celebran en Latinoamérica para culminar un año que se va y empezar uno nuevo con buen pie.
31 de diciembre, 2021
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¿Cómo celebra Latinoamérica la llegada del Año Nuevo?

Cada país tiene distintas formas de celebrar el año viejo que se va y darle la bienvenida a uno nuevo. En el imaginario popular, es un ritual que sirve para cerrar un ciclo y empezar otro con buen pie.

Algunos de ellos son parecidos entre sí, con una que otra variante dependiendo del país.

Y otros están estandarizados por toda la región, basados en tradiciones provenientes de otros países.

Algunos rituales son muy conocidos, como las famosas 12 uvas que tienes que tragar una por cada campanada a las doce de la noche mientras pides un deseo.

También están quienes guardan un billete en el bolsillo o ponen una moneda en el zapato para que no falte el dinero en el año entrante.

Las doce uvas con las campanadas de la medianoche es una tradición extendida por Latinoamérica.

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Las doce uvas con las campanadas de la medianoche es una tradición extendida por Latinoamérica.

Y no hay quien falte aquel que le dé una vuelta a la manzana con una maleta para asegurarse un año en el que no falten los viajes. hay quienes incluso hacen este ritual con el pasaporte en la mano.

Conocidos o no, o similares o distintos, todos estos rituales tienen un punto en común: procurarse iniciar el nuevo año con prosperidad. Hay quienes piden dinero, otros salud o el amor que tanto anhelan; y otros que lo hacen por pura diversión o solo “por si acaso”.

¿Cuáles de estos son los rituales menos conocidos?

Tirar agua por la ventana…

El agua es un potente catalizador de cambio y de renovación. Pero en algunos países tienes que andar con cuidado que no te caiga un balde de agua en la cabeza si estás caminando por la calle en el último día del año.

En Uruguay se celebra “el baldazo”, que es tirar un balde lleno de agua por la ventana hacia la calle. Se dice que esta tradición ahuyenta las penas del año que se termina y le da la bienvenida a uno lleno de prosperidad.

Como es verano en el cono sur, mucha gente no se lo toma en serio y lo ven más como un juego (o algo molesto dependiendo de si eres la persona que lanza o recibe el agua).

Si estás en Uruguay tienes que tener cuidado con "el baldazo".

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Si estás en Uruguay tienes que tener cuidado con “el baldazo”.

Otras versiones escatiman la cantidad y en vez de un balde arrojan un vaso o una “bombita”, un globo lleno de agua.

En Cuba se hace algo similar llamado “el cubazo”, que al igual que en Uruguay, consiste en lanzar un balde de agua por ventanas y balcones. Esto tiene dos objetivos: limpiar las energías y dar diversión a los vecinos.

…Y papeles

Otra variante del agua es lanzar papeles por las ventanas. En Uruguay igualmente se acostumbra a tirar los viejos calendarios (o almanaques) ya rotos o quemados.

Esto puede obedecer a la tradición de deshacerse de todo lo viejo para hacerle espacio a los nuevos objetos que te traerá el año nuevo.

No necesariamente tienen que ser calendarios. En algunos países acostumbran a limpiar la casa a fondo como acto purificador, ya sean esos zapatos que ya no usas o algo que no necesites.

En otros lugares hay quienes barren la casa, asegurándose de sacar el polvo desde adentro hacia afuera por la puerta. Pero hay que asegurarse de limpiar lo más profundo posible, cada esquina, para evitar que las energías del año viejo queden en la casa.

La quema del año y “las viudas”

Al igual que el agua, el fuego es un elemento que significa renovación o purificación.

En muchos países latinoamericanos se procede a quemar un muñeco o monigote hecho de materiales inflamables, como papel, aserrín y ropa vieja.

En muchos países se queman muñecos.

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En muchos países se queman muñecos.

En Ecuador es popular la “quema del año viejo”, una práctica con orígenes en los tiempos de la colonia que consiste en quemar un muñeco. Este puede representar a un personaje famoso, ya sea real o ficticio, como un político o el protagonista de una película.

Esta tradición viene acompañada de “las viudas”, hombres vestidos de mujeres con exagerado maquillaje y peluca que “lloran” por “el viejo” mientras pasean entre el tráfico pidiendo una recolecta que después utilizarán para la fiesta.

Minutos antes de la medianoche, se da lectura al testamento, preparado con mucho humor y sátira, en medio de los llantos de dolor de las viudas. La gente asiste celebrado haciendo otros rituales, como las doce uvas y el paseo de las maletas.

Viudas

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En el norte de Chile en cambio se lleva a cabo la “Quema de Monos”, que son enormes figuras de papel reciclado y objetos viejos que simbolizan las malas experiencias del año que va.

La práctica de la quema de muñecos se extiende también a Nicaragua (donde se le llama “El viejo”), Colombia, Perú, México y algunas zonas de Venezuela y Argentina.

Otra variante que se practica en muchos países, mucho más simple, es escribir un número de deseos para el Año Nuevo (generalmente tres) en un papel, o anotar lo malo del año viejo, y quemarlo a la medianoche con las precauciones respectivas.

¿Quieres deshacerte de lo malo del año viejo? Anótalo en un papel y quémalo.

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¿Quieres deshacerte de lo malo del año viejo? Anótalo en un papel y quémalo.

Lentejas, pero no solo para comerlas

Si buena fortuna quieres tener, lentejas debes comer. Se cree que este alimento significa no solo buena salud sino también fortuna.

Hay quienes no se limitan solo a comerlas. También hay personas que procuran poner lentejas en aquellos lugares donde suele haber dinero, como los bolsillos de la ropa o la billetera.

Lentejas

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También hay quienes reciben el Año Nuevo abrazando a sus queridos con un puñado de lentejas en la mano, o quienes colocan estos granos en los rincones de la casa para procurar que la buena suerte llegue al hogar.

La costumbre no se limita solo a lentejas sino también a distintos tipos de granos, como el arroz. Se colocan en un plato con una vela que se deja encendida durante la noche del 31 y después se entierran.

Muchas personas creen que las lentejas les recuerdan a las monedas de la Antigua Roma y que por eso la costumbre que proviene de Italia.

Aunque la gente no se basa solamente en tener cerca un puñado de lentejas o arroz para llamar a la suerte y el dinero.

En México hay personas que acostumbran a regalar borreguitos por considerar que es un animal que trae dicha (no en vano, los mexicanos se refieren al dinero como “la lana” de forma informal).

Borreguito

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En Costa Rica la gente acostumbra también a llevar una rama de Santa Lucía, una planta de flores moradas de la que se cree trae buena suerte. Se coloca en billeteras y bolsos para que no falte el dinero.

¿Cómo estará el clima?

Si estás en México o en Colombia quizás sepas lo que son las cabañuelas, lo que en algunas partes de España se conoce como témporas.

Pero en el caso de que no sepas qué son, se trata de un método tradicional de predicción meteorológica. Y mucha gente, creyendo en su veracidad, se fija en ellas para saber cómo será el clima del nuevo año.

Hay quienes insisten en que este método no tiene ningún rigor científico. Pero ello no impide que muchas personas aprovechen el último día del año o el 1 de enero para fijarse cómo estará el tiempo en los próximos 12 meses y hasta hacer planes en función de ello.

El método es el siguiente: los primeros doce días de enero representan un mes de forma ascendente (1 de enero representa enero, 2 de enero es febrero, el 3 de enero es marzo y así consecutivamente). Y del 13 al 24 de enero lo mismo pero a la inversa (13 de enero es diciembre, 14 de enero es noviembre, etc.).

Luego del 25 al 30 de enero cada día representa dos meses de forma ascendente dependiendo de la hora (Desde la medianoche del 25 de enero hasta el mediodía representa enero, y desde el mediodía hasta la medianoche del mismo 25 de enero representa febrero).

Y finalmente el 31, cada tramo de dos horas representa un mes de forma descendente (de la medianoche hasta las 02:00 am es diciembre, de las 02:00 am hasta las 04:00 am es noviembre, etc.).

Ekeko

En Perú y Bolivia no puede faltar el ekeko, una figurita de unos pocos centímetros que representa a un hombre vestido a la manera típica de los altiplanos andinos.

Aunque el culto a este personaje no se limita al Año Nuevo, las personas lo toman como una oportunidad idónea para tener presente a esta deidad aimara.

El ekeko representa la abundancia.

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El ekeko representa la abundancia.

Se dice que el ekeko viene cargado con una gran cantidad de bultos llenos de comida y objetos de necesidad. Y si se le cuida bien traerá abundancia y alegría.

Pero cuidado, porque si se le descuida o abandona, el ekeko puede revertir las cosas y traer infortunio.

EL cuidado de este amuleto a finales de año coincide también conque en enero se celebra la Feria de la Alasita, una fiesta tradicional del que el ekeko es una figura central.

El huevo

En algunos países de Centroamérica se acostumbra a cascar un huevo y ponerlo en un vaso con agua. Hay quienes lo dejan toda la noche del 31 de diciembre a la intemperie al lado de la ventana, o incluso lo ponen bajo la cama.

Se dice que la forma que adopte el huevo será lo que depara el nuevo año.

Lo que nos dejó la pandemia

Se sabe que la ropa que vistas es un elemento importante a tener en cuenta cuando suenen las campanadas de las 12 de la noche.

En países como Venezuela se conoce como “llevar el estreno” o “ponerse el estreno” a las últimas prendas adquiridas. La idea es que el Año Nuevo no puede agarrarte vistiendo ropa vieja.

Fiesta año nuevo

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El color también es importante. Amarillo para el dinero (muchos insisten en que tiene que ser la ropa interior), rojo para quienes están buscando pareja y blanco para la buena energía.

Pero tiempos modernos requieren soluciones modernas y hay quienes ya adaptan las viejas costumbres con las nuevas llevando mascarillas de estos colores.

Mascarilla.

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