Mundial: ¿se acabará la trampa de las faltas simuladas?
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Mundial: ¿se acabará la trampa de las faltas simuladas?

La simulación de faltas en el fútbol no es nada nuevo. Pero ahora la tecnología de las transmisiones por televisión y el interés de un nuevo público le está poniendo freno a esta mala costumbre.
21 de junio, 2014
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El árbitro salvadoreño Joel Aguilar, centro, muestra la tarjeta roja al jugador de Grecia, Kostas Katsouranis, en un partido contra Japón por el Mundial el jueves, 19 de junio de 2014, en Natal, Brasil. //Foto: AP

El árbitro salvadoreño Joel Aguilar, centro, muestra la tarjeta roja al jugador de Grecia, Kostas Katsouranis, en un partido contra Japón por el Mundial el jueves, 19 de junio de 2014, en Natal, Brasil. //Foto: AP

Ya es evidente que está en marcha una campaña en varios frentes para combatir uno de los vicios más extendidos del fútbol: la simulación de faltas.

La exageración, el “teatro”, el fingimiento, es uno de los recursos más efectivos de muchos futbolistas: puede generar goles, tarjetas y hasta expulsiones de rivales, demoras tácticas en el momento oportuno… puede resultar tanto o más eficaz que un endemoniado regate o un fenomenal disparo al arco.

A través de la simulación o exageración de una falta, un jugador como Fred, el delantero brasileño que “ganó” un penal en el primer partido de Brasil en el Mundial, puede soñar con Garrincha sin ponerse colorado por la comparación.

La creciente indignación contra los futbolistas que simulan golpes en la nariz cuando han sido tocados levemente en el hombro, que se dejan caer como muertos tras ser rozados por un rival o se zambullen en el área penal como un clavadista de Acapulco no refleja la bancarrota moral del juego, sino la asombrosa calidad técnica de la TV y el progresivo interés de un público nuevo.

Muchos creen que el enfado no se justifica plenamente en una era de desfalcos, mordidas y otros latrocinios impunes: a fin de cuentas, el teatro no compromete tanto la integridad del juego como la credibilidad del árbitro.

Hay que tomar con pinzas la idea, bastante generalizada, de que en el fútbol moderno “se simula más”: muchos creen que, al contrario, la gran calidad de las imágenes de la TV, la repetición de tomas diferentes de la misma jugada, con imágenes ralentizadas o detenidas, ha tenido un efecto disuasivo.

No son más, sino se denuncian más

Los escépticos dicen que no hay más fingimiento, sino que ahora detectamos más casos de simulación.

En esto, salvando las distancias, ocurriría algo semejante a lo que se ha dado en el plano social; en 2014 no hay más abusos de, por ejemplo, menores de edad o de mujeres que en 1970: lo que ocurre es que hay más denuncias y una creciente voluntad de la sociedad para combatir esos abusos.

También llama la atención que la denuncia del fingimiento tenga que ver, casi siempre, con los que fingen una falta supuestamente cometida en su perjuicio; es mucho menos frecuente el repudio de la simulación de los agresores que, por ejemplo, fingiendo inocencia, impiden saltar a los delanteros rivales, una falta clara y grave que rara vez es detectada y/o castigada por los árbitros.

El público puede ver estas faltas en TV (si los directores de cámara se toman la molestia de repetir la escena), pero rara vez las censura con la indignación moral que reserva para el que se zambulle o empuja el balón con la mano.

Esta impunidad relativa es común ante otra “falta profesional”, cuando un defensor derriba intencionalmente a un atacante lanzado hacia la portería: curiosamente, el público suele tolerar este comportamiento, tan cínico como una zambullida (y de consecuencias tal vez más graves para la víctima).

Recuerdos de 2010

Sobre esto conviene repasar algunas conclusiones de un estudio realizado por un equipo encabezado por el psicólogo Chris Stride, de la Universidad de Sheffield, Reino Unido, que estudió los partidos del Mundial 2010, catalogando todas las faltas cometidas, incluso las no pitadas por los árbitros.

De todas esas faltas, el estudio redujo su foco a las de “violación clásica” y las “profesionales”, entre ellas la más notoria, la “mano” de Luis Suárez para impedir un gol de Ghana, que determinó el pase de Uruguay a semis.

Stride se propuso “comprobar si la simulación en el fútbol tiene que ver con el jugador como individuo, con la situación en el partido o con el etos o carácter de un equipo o nacionalidad”.

El balance final enumeró 390 casos, es decir casi seis faltas por cada partido, 70% de ellas castigadas por el árbitro. De esa cantidad, 293 fueron “profesionales” (4,48 casos por partido), de las cuales los árbitros detectaron y castigaron 87%; de las 97 restantes, 83 (1,27 casos por partido) fueron de simulación, de las cuales quedaron impunes nada menos que 88%.

Esto sugiere que la simulación, tan fácil de advertir en el televisor, suele pasar inadvertida por los árbitros, lo cual virtualmente garantiza su permanencia.

Cabe señalar que los tres equipos que practicaron más faltas profesionales por partido en aquel mundial fueron Australia (4,33), Camerún (3,67) y Brasil (3,50). Los equipos que cometieron más faltas de simulación fueron Italia, Portugal y Chile, los tres con dos casos por partido.

La clasificación por jugador es más ecléctica: el griego S. Papastathopoulos encabezó la lista de faltas profesionales (2,14 por partido), seguido por el australiano B. Emerton (1,42) y el inglés J. Carragher (1,34); en faltas de simulación, el marfileño Abdul Kader Keïta hizo 1,91 por partido, el mexicano Cuauhtémoc Blanco 1,61 y el portugués Cristiano Ronaldo 1,50.

“Público nuevo”

El estudio destaca que la predisposición a cometer faltas de simulación es más elevada mientras mayor sea el índice de “Power Distance” (o distancia del poder), según la clasificación de paradigmas culturales de Geert Hofstede.

Mientras más elevado, este índice señala a sociedades cuyos integrantes admiten las “inevitables” diferencias relativas de poder y en consecuencia una predisposición a aprovechar las oportunidades sin demasiadas reservas éticas.

El informe de Stride señala que estas sociedades “suelen ser de América Latina, Europa del sur y Europa Oriental”.

(En otro espacio volveremos sobre este punto de vista y algunas contradicciones del enfoque, que el estudio de Chris Stride pasa por alto.)

Stride destaca el contraste entre la reacción popular ante la falta profesional, que impide un gol, y la simulación clásica, que procura convertirlo: el aficionado es más tolerante de la primera que de la segunda, tal vez (decimos nosotros) porque la falta profesional se suele cometer sin fingir inocencia.

La reacción ética, tan evidente ahora, se debe a la presión del “público nuevo” al que nos referimos antes, formado por millones y millones de aficionados jóvenes, o de países poco futboleros, que no van a los estadios pero suelen ver partidos importantes por televisión.

Muchos de esos nuevos espectadores son mujeres, que instintivamente tienen un umbral muy sensible ante el cinismo y la injusticia y, al mismo tiempo, no están tan identificadas con “los colores” que los varones cultivan desde niños.

Toda esta gente comprueba con indignación que muchas jugadas importantes, cruciales, se deben a simulaciones… que la inmensa mayoría no estaría en condiciones de advertir si la TV moderna no las identificara y se las mostrara.

La reacción de esta vasta masa no pasa inadvertida para los empresarios de medios de comunicación y de patrocinadores, en particular de Estados Unidos, donde el interés por el fútbol-soccer está creciendo a pasos agigantados.

Lea también: Estados Unidos se deja seducir por el negocio del fútbol

No hay nada como un perjuicio económico para afinar la sensibilidad ética de las empresas y organizaciones que controlan o financian la operación de los deportes organizados.

De modo que el desafío está planteado: es preciso contener en la medida de lo posible el teatro en el fútbol; así lo exige la audiencia, el público soberano.

¿Es posible? No enteramente, por supuesto. No es algo que se pueda prohibir por decreto: a nadie se le ha ocurrido que la ley pueda poner fin al fraude.

Lo que se puede hacer es castigarlo con más severidad y tratar de prevenirlo con nuevos instrumentos. La actual administración de la FIFA es hostil a métodos que amenacen la autoridad directa de los árbitros, como la utilización de recursos audiovisuales para comprobar la integridad de las jugadas.

Pero así como la presión del público obligó a la FIFA a permitir la introducción de un sistema electrónico para comprobar si la pelota ha entrado o no en la portería, tarde o temprano se hará evidente la necesidad de repasar otras jugadas que puedan debilitar la confianza popular en la integridad del juego.

Los tramposos seguirán con nosotros, eso es seguro, pero las pasarán muy mal.

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Getty Images

Ómicron: ¿cómo pueden los científicos actualizar las vacunas contra el COVID para la nueva variante?

La microbióloga Deborah Fuller, experta en vacunas de ARNm y ADN, explica por qué es posible que sea necesario actualizar las vacunas contra la covid-19 frente a la aparición de la variante ómicron y cómo sería ese proceso.
Getty Images
5 de diciembre, 2021
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Si la variante ómicron del coronavirus es lo suficientemente diferente de la cepa original, es posible que las vacunas existentes no sean tan efectivas como lo han sido hasta ahora.

Si es así, es probable que las empresas necesiten actualizar sus vacunas para combatir mejor a ómicron.

Deborah Fuller es una microbióloga que ha estado estudiando las vacunas de ARNm y ADN durante más de dos décadas.

Aquí explica por qué es posible que sea necesario actualizar las vacunas y cómo sería ese proceso.

1. ¿Por qué las vacunas podrían necesitar una actualización?

Básicamente, la pregunta se trata de si un virus ha cambiado lo suficiente como para que los anticuerpos creados por la vacuna original ya no puedan reconocer y defenderse de la nueva variante mutada.

Los coronavirus usan proteínas de espiga para unirse a los receptores ACE-2 en la superficie de las células humanas e infectarlas.

Todas las vacunas de ARNm contra la covid-19 funcionan dando instrucciones en forma de ARNm para que las células produzcan una versión inofensiva de la proteína de espiga.

Una persona vacunándose contra el coronavirus.

Getty Images

Esta proteína luego induce al cuerpo humano a producir anticuerpos.

Si una persona se expone alguna vez al coronavirus, estos anticuerpos se unen a la proteína de espiga y, por lo tanto, interfieren en su capacidad para infectar las células de esa persona.

2. ¿En qué sentido sería diferente una nueva vacuna?

Las vacunas de ARNm existentes, como las fabricadas por Moderna o Pfizer, codifican una proteína de espiga de la cepa original de coronavirus.

En una vacuna nueva o actualizada, las instrucciones del ARNm codificarían la proteína de espiga de ómicron.

Al intercambiar el código genético de la proteína original por el de esta variante, una nueva vacuna induciría anticuerpos que se unan de manera más efectiva al virus ómicron y eviten que infecte las células.

Las personas ya vacunadas o expuestas previamente a la covid-19 probablemente necesitarían solo una única dosis de refuerzo de una nueva vacuna para estar protegidas no solo de la nueva cepa sino también de otras cepas que pueden estar todavía en circulación.

Si ómicron surge como la cepa dominante sobre delta, los que no estén vacunados solo necesitarían recibir entre dos y tres dosis de la vacuna actualizada.

Gráfico de la mutación.

BBC

Si tanto delta como ómicron están en circulación, es probable que las personas deban recibir una combinación de la primera vacuna y de la actualizada.

3. ¿Cómo los científicos actualizan una vacuna?

Para hacer una vacuna de ARNm actualizada, se necesitan dos ingredientes: la secuencia genética de la proteína de espiga de una nueva variante de interés y una plantilla de ADN que se usaría para construir el ARNm.

En la mayoría de los organismos, el ADN proporciona las instrucciones para producir ARNm. Dado que los investigadores ya han publicado el código genético de la proteína de ómicron, lo que queda por hacer es crear una plantilla de ADN para la proteína que se usaría para producir la parte del ARNm de las nuevas vacunas.

Para hacer esto, los investigadores mezclan plantillas de ADN con enzimas sintéticas y los cuatro bloques de construcción moleculares que forman el ARNm: G, A, T y C, para abreviar.

Luego, las enzimas construyen una copia de ARNm de la plantilla de ADN, en un proceso llamado transcripción.

Con este proceso, solo se necesitan unos minutos para producir un lote del ARNm para las vacunas.

Tabla de principales variantes de Sars-CoV-2 monitoreadas por la OMS

BBC

Luego, los investigadores colocan las transcripciones de ARNm dentro de nanopartículas grasas que protegen las instrucciones hasta que se entregan de manera segura en las células del brazo.

4. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que haya una nueva vacuna?

Solo se necesitan tres días para generar la plantilla de ADN necesaria para hacer una nueva vacuna de ARNm.

Luego, se necesitaría aproximadamente una semana para producir dosis suficientes de la vacuna de ARNm para probar en el laboratorio y otras seis semanas para realizar las pruebas preclínicas en células humanas en tubos de ensayo para asegurarse de que una nueva vacuna funcione como debería.

Entonces, en unos 52 días, los científicos podrían tener una vacuna de ARNm actualizada lista para conectarse al proceso de fabricación y comenzar a producir dosis para un ensayo clínico en humanos.

Es probable que ese ensayo requiera al menos otras pocas semanas, lo que sumaría un total de alrededor de 100 días para actualizar y probar una nueva vacuna.

Mientras se lleva a cabo ese ensayo, los fabricantes podrían comenzar a cambiar su proceso actual de producción.

Idealmente, una vez que se complete el ensayo clínico, y si la vacuna se autoriza o aprueba, una empresa podría comenzar inmediatamente a distribuir las dosis de la nueva vacuna.

5. ¿Una vacuna actualizada necesita ensayos clínicos completos?

Actualmente no está claro cuántos datos clínicos se necesitarían para obtener la aprobación o autorización de la FDA para una vacuna contra la covid-19 actualizada.

Sin embargo, todos los ingredientes serían iguales en una nueva vacuna. La única diferencia serían unas pocas líneas de código genético que cambiarían ligeramente la forma de la proteína de espiga.

Desde una perspectiva de seguridad, una vacuna actualizada es esencialmente idéntica a las vacunas ya probadas.

Debido a estas similitudes, es posible que las pruebas clínicas no necesiten ser tan extensas como las que se necesitaban para las vacunas de primera generación.

Una persona se somete a la prueba PCR de coronvairus

Getty Images

Como mínimo, los ensayos clínicos de las vacunas actualizadas probablemente requieran pruebas de seguridad y la confirmación de que inducen niveles de anticuerpos equiparables con los de la vacuna original contra las cepas beta y delta.

Si estos son los únicos requisitos, los investigadores inscribirían solo a cientos, no a decenas de miles, de personas para obtener los datos clínicos necesarios.

Una cosa importante a tener en cuenta es que si los fabricantes deciden actualizar sus vacunas para la variante ómicron, no sería la primera vez que realizan un cambio de este tipo.

Una variante anterior, B.1.351, surgió en octubre de 2020 y era lo suficientemente resistente a las vacunas vigentes en ese momento como para justificar su actualización.

Los fabricantes respondieron rápidamente a la amenaza potencial desarrollando una vacuna de ARNm actualizada para coincidir con esta variante y realizaron ensayos clínicos para probar la nueva vacuna.

Afortunadamente, esta variante no se convirtió en la variante dominante. Pero si lo hubiera hecho, los fabricantes de vacunas habrían estado listos para lanzar una vacuna actualizada.

Si resulta que ómicron, o cualquier variante futura para el caso, justifica una nueva vacuna, las empresas ya hicieron los ensayos generales y están listas para enfrentar el desafío.

* Deborah Fuller es profesora de Microbiología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington.

* Esta nota es una traducción de un artículo publicado originalmente en The Conversation y que puedes leer aquí.


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