Parteras, mujeres que dan y salvan vidas
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Parteras, mujeres que dan y salvan vidas

Los 73 países que concentran más del 90% de la mortalidad materna e infantil sólo cuentan con el 42% de las parteras y personal médico y de enfermería del mundo
Por El Diario.es
24 de junio, 2014
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Tomada de http://unfpa.org/

Se llama Agnes Kasaigi y es la jefa de la Unidad de Maternidad del Hospital de Buwenge, en Uganda. Desde que era una niña tuvo bien claro a qué se iba a dedicar: ayudar a las mujeres a dar a luz. “Tenía una hermana matrona y era tan inteligente, amable y cariñosa que yo quería ser como ella, así que a los doce años decidí que ése sería mi trabajo”. Cuidar las nuevas vidas y, siempre que pudiera, salvarlas. Agnes acaba de recibir en Praga el premio a la Mejor Matrona del Mundo 2014, concedido por la Confederación Internacional de Matronas (ICM) y Save the Children.

“Nuestro trabajo es muy importante porque de él depende que sobrevivan muchos recién nacidos y muchas madres”. Agnes conversa por videoconferencia con eldiario.es desde la capital checa, donde estos días se ha celebrado el 30º Congreso Trienal de ICM. Junto a ella sonríe Ponita Rani Raha, una matrona de Bangladesh con más de 25 años de experiencia en sus manos y que desde hace cuatro, enseña en la facultad de Enfermería de Dhaka a las futuras parteras de su país. Ponita también ha sido reconocida este año como Mejor Matrona del Mundo. Sin poder ocultar la alegría, reconoce: “este premio me hace sentir una mayor responsabilidad, me anima a prepararme mejor para defender esta profesión y trabajar por los derechos de las madres y los neonatos, para ofrecerles una atención de la mejor calidad posible”. En Bangladesh, la figura de la matrona no ha existido específicamente como categoría profesional hasta el año 2012.

Ambas son conscientes de los grandes desafíos que entraña esta especialidad, independientemente del lugar donde se ejerza. En 2013, 289.000 mujeres murieron debido a complicaciones en el parto, alrededor de tres millones de recién nacidos fallecieron durante el primer mes de vida y 2,6 millones nacieron muertos. Además, una mujer tiene 100 veces más probabilidades de morir durante embarazo o el parto en el África subsahariana que en un país industrializado. Son datos del informe El Estado de las Parteras en el Mundo 2014, elaborado por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), en coordinación con ICM y la OMS, en el que han colaborado una treintena de organismos de ayuda al desarrollo y que se ha presentado en Praga, coincidiendo con la reunión internacional de matronas.

El documento analiza el panorama de la partería en 73 países de ingresos bajos y medios de África, Asia y América Latina en los que se concentran el 96% de las muertes maternas mundiales, el 91% de los mortinatos (bebés que nacen sin vida) y el 93% de las muertes neonatales (recién nacidos que no llegan a los 28 días de vida). La primera llamada de atención es que estos 73 países, donde tiene lugar la práctica totalidad de las muertes, tan solo cuentan con el 42% de las matronas y personal médico y de enfermería que existe en el mundo.

El déficit de matronas con la adecuada capacitación es un problema evidente. En la actualidad, tan solo el 22% de los países cuentan con una cantidad suficiente de parteras preparadas para atender a mujeres y recién nacidos. Según el UNFPA, una inversión en atención de partería de calidad podría evitar aproximadamente dos terceras partes de las muertes maternas y neonatales, millones de vidas cada año. Sin ella, el mundo está todavía lejos de cumplir con esos Objetivos del Milenio.

La atención en áreas rurales y remotas representa uno de los mayores desafíos para las matronas / Fotografía: Jhpiego/Kate Holt

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“Necesitamos más matronas, sobre todo en zonas rurales”

Ponita Rani asistió un parto por primera vez cuando era una estudiante. “Estaba en cuarto año de Enfermería, era de noche y el bebé vino inesperadamente en la casa familiar. Yo todavía no tenía experiencia y me tocó conducir el parto, estaba muy nerviosa pero fue un momento muy emocionante para mí”, recuerda.

Es ese “momento dorado”, en palabras de Agnes Kasaigi, lo mejor de esta profesión que, escuchándolas, se advierte profundamente vocacional. “Cuando el bebé llora por primera vez, eso es lo más emocionante”, afirma esta mujer, considerada una experta a la hora de ayudar a respirar a los neonatos con problemas.

La unidad de Maternidad que dirige en el Hospital de Buwenge fue seleccionada para poner en práctica el programa Helping Babies Breathe (Ayudando a los bebés a respirar) un servicio de resucitación de bebés que ha ayudado a reducir el número de muertes. En su unidad reciben una treintena de mujeres al día y atienden unos cuarenta partos al mes. Un pequeño grano de arena en comparación con la totalidad. En Uganda, un país en el que el 87% de la población vive en zonas rurales, se contabilizan cada año cerca de dos millones y medio de embarazos mientras que el total de matronas ronda las 7.000, según el UNFPA.

Tanto Agnes como Ponita son conscientes de que los principales retos están en las zonas rurales. “Necesitamos más parteras, más conocimientos y habilidades y más equipamiento para poder salvar a más niños y madres, especialmente en las zonas rurales”, advierte Agnes. “Son esas las áreas que requieren de mayor ayuda. Se necesita más educación en temas de salud sexual y reproductiva, allí se desconocen muchas cosas como que las mujeres tienen que prepararse para el parto, saber reconocer las señales del cuerpo o identificar el momento en que deben acudir al hospital”, detalla.

En Bangladesh, 111 millones de personas –el 72% de la población- vive en zonas rurales. De ellas, 43,2 millones son mujeres en edad reproductiva. “Nuestro mayor desafío es la asistencia a madres en áreas rurales. No hay un número suficiente de matronas con la preparación adecuada, se necesita más formación, especialmente en el interior de estas comunidades. Es importante educar a nuevas matronas para que ayuden a las madres en los partos, sobre todo en aquellos lugares que carecen de facilidades de transporte”, apunta Ponita. “Necesitamos mejorar las condiciones de los partos que se producen en las casas, aumentar las habilidades para hacer frente a complicaciones que puedan surgir”, recalca.

Las dos han visto morir a madres por acudir demasiado tarde al hospital. Según el informe, las cuatro causas principales de mortalidad materna son las hemorragias graves, infecciones, hipertensión durante el embarazo y abortos en condiciones de riesgo. Ponita guarda muchas experiencias en su memoria, pero recuerda una en especial. “Una noche estaba de guardia en el hospital. De madrugada, muy tarde, vino una mujer muy pobre acompañada de su madre, que era una señora anciana, de 85 años o más. La mujer llegó en un estado muy grave, se estaba muriendo. Había dado a luz en su casa pero tuvo una hemorragia postparto. Junto con todo mi equipo tratamos de ayudarla pero fue imposible, murió. Ver a su madre, tan mayor y desamparada, que había perdido a su hija y no podía siquiera trasladarla fue un shock. Aprendí lo importante que es que la gente sepa cuando debe ir al hospital y tengan facilidades para hacerlo. Si hubieran llegado antes habríamos podido salvar su vida”.

Las matronas reclaman un mayor reconocimiento. En la imagen, una estudiante realiza prácticas / Fotografía: Jphiego/Kate Holt

Los sueldos, entre los más bajos

La formación de nuevas parteras y la educación en salud sexual y reproductiva es fundamental. Pero existen otros factores a los que también se debe prestar atención y que suelen pasar más desapercibidos. “No podemos olvidar que hay muchas parteras que están abandonado la profesión y una de las razones fundamentales son los salarios”, revela Agnes, que pide más apoyo para paliar la pérdida de profesionales.

“El estatus y la identidad que confiere una profesión suelen influenciar su atractivo y esto, en parte, se ve reflejado en las tablas salariales de cada país”, establece el UNFPA en su informe. Las matronas no salen muy bien paradas. En los países más empobrecidos los sueldos de las parteras están entre los más bajos. Cobran, comparativamente, más de dos veces y medio menos que en países de ingresos medios.

Las matronas reclaman también una mejor percepción y aceptación de su trabajo ya que muchas veces éste se ve atravesado por sesgos de género. Según el UNFPA, entre las razones que explican por qué las mujeres no buscan los cuidados de una matrona figuran: creencias sociales, culturales o religiosas; la sobrecarga de trabajo de las parteras que, además de ser pocas en número, suelen tener que ocuparse de otras tareas no relacionadas con su labor; la falta de información o conocimiento del rol de una matrona; barreras geográficas o económicas; o una visión que minusvalora el trabajo de una matrona y lleva a la gente, en algunos países, a preferir pagar a un médico al considerarse su estatus social superior al de una partera.

En Praga, Agnes y Ponita han compartido preocupaciones con colegas de diferentes regiones del mundo. “Me he dado cuenta –rescata Ponita- de que las condiciones en que se desarrolla la partería son muy similares en muchos países muy distintos”. Mujeres como ellas han pedido a sus gobiernos y a la comunidad internacional un mayor reconocimiento de su trabajo. “Las matronas somos la voz de las mujeres embarazadas y sus bebés, somos las primeras personas que tocamos esa vida, creo que la gente todavía no comprende del todo lo que esto significa, lo importante que es, pero también pienso que algo está cambiando”, asevera la ugandesa.

Hace un par de años Agnes atendió un parto especial. Una mujer dio a luz a gemelos pero una de ellas nació muy débil, prácticamente no respiraba. Sin pensárselo dos veces, Agnes puso un pañuelo sobre la boca del bebé y comenzó a soplar hasta que la criatura recuperó la consciencia y se estabilizó. “La madre me dijo que gracias a mí su bebé había sobrevivido y la llamaron Agnes”. No es la única niña que, en su honor, se llama igual que esta matrona. Al fin y al cabo, dice complacida, “¡es un nombre bonito!”.

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El eclipse que salvó la vida de Cristóbal Colón en su cuarto viaje a América

Por sus conocimientos de astronomía, Cristóbal Colón pudo saber que habría un eclipse mientras estaba en Jamaica. Te contamos cómo lo utilizó para no morir de hambre.
11 de octubre, 2020
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Ilustración de Colón mostrando el eclipse a los nativos. Camille Flammarion 1879.

Getty Images
Hubo un eclipse el 29 de febrero de 1504 y Colón lo supo aprovechar para salvarse del hambre.

Son muchos los historiadores que coinciden en que Cristóbal Colón, el primer navegante europeo que llegó a América, fue un hombre sumamente astuto.

Pese a que tenemos pocas certezas sobre su vida, hay consenso en que su inteligencia y rapidez lo ayudaron en varias oportunidades, tanto a conseguir lo que buscaba como a salvarse de aprietos y necesidades.

Una de esas ocasiones se dio en 1504 cuando el Almirante estaba varado en Jamaica durante su cuarto y último viaje al continente.

Y para lograr lo que quería de los nativos de la isla recurrió a sus extensos conocimientos astronómicos.

“Un genio del engaño”

Colón partió en 1502 hacia América con el propósito de hallar un estrecho marítimo hacia Asia.

Pero tras más de un año navegando había perdido dos embarcaciones y las otras dos estaban muy deterioradas, lo que les impedía continuar.

Así que él y un centenar de hombres terminaron varados en el norte de Jamaica.

Imagen en 3D de las carabelas de Colón.

Getty Images
En su cuarto viaje a América, Colón quedó varado en Jamaica tras el naufragio y deterioro de sus embarcaciones.

No era la primera vez que Colón llegaba a esta isla ni tampoco la había llamado así.

El navegante llegó allí en 1494 y la bautizó como la isla Santiago. Sin embargo, nunca se refirió a ella con ese nombre en su diario del cuarto viaje. Siempre usó Jamaica.

Esa denominación deriva del nombre original de los aborígenes arahuacos que es Xaymaca o Yamaya que significa “tierra de madera y agua”.

El genovés envió a un grupo, comandado por uno de sus colaboradores Diego Méndez de Segura, en canoa a la isla La Española en busca de ayuda para rescatarlos.

Mientras esperaban consiguió intercambiar con los nativos algunas de sus posesiones por comida. Sin embargo, pasaban los días y los meses y el rescate no llegaba.

A finales de 1503, la relación con los indígenas empezó a deteriorarse.

“Se amotinaron y no le querían traer de comer como solían”, cuenta Méndez de Segura en su testamento.

Las memorias de Méndez de Segura y detalles de este último viaje fueron publicadas en 1825 por Martín Fernández de Navarrete en el libro “Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV”.

Si querían sobrevivir, tenían que hacer algo. Y Colón diseñó un plan tan genial como perverso: atemorizar a los aborígenes con un eclipse que ocurriría el 29 de febrero de 1504, justo el día extra de ese año bisiesto.

Retrato de Cristóbal Colón

Getty Images
Colón supo usar la astronomía para engañar a los nativos de Jamaica en 1504.

Y el navegante sabía por sus estudios que no sería cualquier eclipse, sino uno lunar que teñiría al satélite natural de la Tierra de rojo como la sangre. Podía presentarlo como un castigo divino del cual los nativos no podrían escapar.

“Colón era un genio del engaño. Y esta era una idea salvadora”, le dice a BBC Mundo Antonio Bernal, divulgador científico del Observatorio astronómico de Fabra, en Barcelona, España.

El episodio está extensamente narrado en el libro “El Memorial de los Libros Naufragados”, del historiador inglés Edward Wilson-Lee, sobre el que puedes leer más en el link que sigue.

Dios está enojado

Según el relato de Méndez, “Él (Colón) hizo llamar a todos los caciques y les dijo que se maravillaba de que no le llevaran comida como solían, sabiendo, como les había dicho, que había venido allí por mandato de Dios”.

Les dijo “que Dios estaba enojado con ellos y que se los mostraría aquella noche por señales que haría en el cielo; y como aquella noche era el eclipse de la Luna, casi todo se oscureció”.

Colón reforzó la idea de que Dios provocaba el eclipse por enfado, “porque no le traían de comer y ellos le creyeron y se fueron muy espantados y prometieron que le traerían siempre de comer“, dice el libro de Fernández de Navarrete.

Eclipse lunar de julio de 2018

Getty Images
El eclipse de Luna suele teñir al satélite natural de la Tierra en rojo por unos minutos.

Colón sabía a qué hora empezaba el eclipse y que la Luna se volvería roja.

“El eclipse de Luna tiene dos partes principales: una es el principio, que es la parte parcial, en la que la Luna se ve parcialmente oscura. Y cuando está toda negra, empieza la segunda parte que es la de totalidad”, explica Bernal.

“Este eclipse tenía, además, una característica especial: la Luna se eclipsaba cuando todavía estaba sin salir, debajo del horizonte”, añade.

Entonces cuando apareció en el cielo ya se vio parcialmente oscura.

“Y después de la totalidad, los eclipses de Luna hacen que esta se vea roja, por refracción de la atmosfera terrestre“, detalla.

Esto se debe a que la luz solar no llega directamente a la Luna, sino que parte ella es filtrada por la atmósfera de la Tierra y os colores rojizos y anaranjados se proyectan sobre el satélite natural.

¿Pero por qué estaba Colón tan seguro de que habría un eclipse?

El almanaque

Cristóbal Colón tenía muchos conocimientos a su haber: sabía de navegación, hablaba varias lenguas, y “tenía una escritura muy bonita”, según cuenta Consuelo Varela, profesora de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de España.

“Él era un hombre con una gran capacidad y un ansia de conocer y aprender. Quizás la característica que resaltaría de Colón es su empeño en saber las cosas”, le dice a BBC Mundo la historiadora española experta en temas americanos y en Colón.

Pero sobre todo “Colón conocía el cielo”, agrega Bernal. “Conocía las estrellas y se guiaba por ellas”.

El Almirante era un aficionado a la astronomía y se sabe que en sus viajes llevaba consigo un calendario de eclipses: el almanaque Regiomontano.

Este fue confeccionado por el astrónomo y matemático alemán Johann Müller (1436-1476), cuyo apodo era precisamente “Regiomontano”, que proviene de la traducción latina del nombre de la ciudad alemana donde nació: Königsberg y que significa (Montaña real o Montaña Regia).

Parte del almanaque de Regiomontano con dos agujas móviles para calcular el movimiento de la Luna.

Gentileza Biblioteca de la Universidad de Glasgow
El almanaque Regiomontano contaba con dos agujas móviles para calcular el movimiento de la Luna.

Los calendarios y almanaques impresos eran extremadamente populares en los siglos XV y XVI y proporcionaban a la gente los conocimientos básicos necesarios para planificar sus rutinas diarias.

“Los fenómenos celestes servían para muchas cosas: primero para orientarse, y segundo, la meteorología se predecía con los fenómenos celestes. Hoy sabemos que eso es un error, pero en ese tiempo no se sabía”, explica Bernal.

El almanaque de Regiomontano, en particular, era muy utilizado porque sus cálculos eran muy precisos.

Su creador registró varios eclipses de Luna y su interés lo llevó a hacer la importante observación de que la longitud en el mar se podía determinar calculando distancias lunares.

Incluso en 1472 observó un cometa, 210 años antes de que el astrónomo Edmund Halley lo viera “por primera vez”, destaca la Universidad de Glasgow en sus archivos y colecciones especiales, que cuenta con una copia de este calendario impreso en 1482.

Estas dos páginas del almanaque de Regiomontano describen los eclipses de Sol y Luna. En el extremo derecho inferior está señalado el eclipse de Luna del 29 de febrero de 1504 que utilizó Cristóbal Colón.

Gentileza Biblioteca de la Universidad de Glasgow
Estas dos páginas del almanaque de Regiomontano describen los eclipses de Sol y Luna. En el extremo derecho inferior está señalado el eclipse de Luna del 29 de febrero de 1504 que utilizó Cristóbal Colón.

Se trataba de una ayuda indispensable para cartógrafos, navegantes y astrólogos.

Fue esa la herramienta que Colón utilizó para “predecir” el eclipse lunar del 29 de febrero de 1504 y salvarse a él y a sus hombres de morir de hambre, hasta que en junio de ese año finalmente llegaron los refuerzos que tanto esperaban.

“Colón era un hombre enormemente listo y esa era la única forma que tenía de asustar a los indios. El sobresalto que se debieron dar los pobres indígenas“, dice bromeando Consuelo Varela.


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