"Suplicamos a México que no haya más muertes": 4 historias de mujeres migrantes
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"Suplicamos a México que no haya más muertes": 4 historias de mujeres migrantes

Miles de mujeres salen de Centroamérica huyendo de una esfera de violencia para atravesar México y afrontar un triple 'riesgo': ser mujer, indígena y migrante. Animal Político te presenta algunos testimonios de mujeres que forman parte de la 'Caravana por el diálogo migrante'.
Por Ana Karen de la Torre
7 de junio, 2014
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El padre Alejandro Solalinde explicó en entrevista con Animal Político cuáles son los objetivos de la ‘Caravana por el diálogo migrante’. Video: Manu Ureste

A su paso por México, las mujeres migrantes son reducidas a la mínima expresión. Así lo denuncia el padre Alejandro Solalinde durante el paso de la ‘Caravana por el diálogo migrante’, en la que explica que miles de mujeres salen de Centroamérica huyendo de una esfera de violencia para atravesar México y afrontar un triple ‘riesgo’: ser mujer, indígena y migrante. 

“Estas tres cositas, hacen todavía más vulnerables a las mujeres, los delincuentes no tienen piedad de ellas. No les importa su condición familiar; no les interesa nada, sólo que sean mujeres, su físico y su edad […] ¿Cómo puede defender el Estado mexicano, como gobierno, a las mujeres migrantes si ni siquiera ha podido frenar, dentro del territorio nacional, los feminicidios?”

Las mujeres son el sector más vulnerable en el flujo migratorio, señala por su parte Alberto Donis, encargado del albergue “Hermanos en el camino”, quien apunta al respecto que en los últimos dos años ha aumentado significativamente el número de huéspedes féminas que atienden en sus instalaciones en Ixtepec, estado de Oaxaca.

Muchas mujeres vienen solas y otras embarazadas o con hijos pequeños. A muchas de ellas el marido las ha amenazado o las ha maltratado y ha sido la causa principal de su toma de valor para atravesar México. Pero como agrega Donis Rodríguez también hay algunos casos en los que ellas viajan con toda su familia: esposo e hijos. Y aunque no sucede con la totalidad de estos casos, muchas de estas mujeres enviudan porque a su marido lo matan los maras o los Zetas.

A continuación, Animal Político te presenta algunos testimonios de mujeres migrantes que forman parte de la ‘Caravana por el diálogo migrante’:

Paola

Paola. //Foto: Karen de la Torre

Paola Quiñones salió de Honduras hace cuatro meses; no quiere ser una carga económica para su familia. //Foto: Karen de la Torre

Paola Quiñones toma la palabra y denuncia como mujer las terribles condiciones en que se viaja. No quiere que nadie más vuelva a pasar por lo que ella ha pasado. Se unió a la caravana por el diálogo porque piensa que denunciar la situación ante las autoridades y ante la sociedad es el primer paso que debe darse para abrir puerta a soluciones de fondo.

Hace cuatro meses que salió de su país, Honduras, por no querer representar una carga económica para sus papás. Es madre soltera de una niña de tres años “que necesita tantas cosas”. Al decirlo, Paola se conmueve.

A sus 20 años tomó la decisión de salir de casa; estaba bajo el cuidado de sus papás junto con sus hermanos y su hija. Por eso salió sola y como pudo se subió al tren, y esa, apunta la joven en entrevista, es la anécdota que se ha ganado el título de “lo más horrible que me ha pasado en la vida”.

“En el camino me asaltó la Policía Municipal. Me robaron todo lo que tenía y me tocó viajar pidiéndoles a las demás personas unas monedas para llegar a Arriaga. No sufrí violaciones pero lo más horrible fue lo el tren. ¿Cómo es posible que algo que es para carga pesada no pueda ser, por ningún motivo, un medio de transporte para las personas?”.

En el camino, cuenta, se encontró con unos salvadoreños que la apoyaron, pero llegó al albergue Hermanos en el Camino, sintiéndose sola, triste y con miedo.

“Las voluntarias me ayudaron con sus conversaciones y su cariño; me vistieron, me calzaron, me dieron una palabra de aliento, besos, abrazos, sonrisas […]. Y eso es lo que más valoro, porque sabemos que al salir de nuestro país no tendremos a nadie que responda por nosotros”.

La joven hondureña ha esperado durante más de 2 meses una visa humanitaria. Esperó un largo tiempo también para que por parte del consulado de Honduras le dieran una “constancia de hondureña”, pues cuando le robaron en el camino, también se llevaron sus documentos.

“Salimos con una mochila y una de sueños –Paola toma aire y con la palma de la mano ahuecada sube el brazo lentamente para decirlo-. Con cada obstáculo que encontramos se va yendo la motivación, pero pensamos en nuestras familias y seguimos luchando, porque si tuviéramos todo en nuestro hogar, no tendríamos por qué estar aquí”.

Para Paola la injusticia se manifiesta en todas partes, y hace énfasis en la que se ve en los niños: “Los niños deben de estar viendo su caricatura en casa, yendo a la escuela, tiene que estar disfrutando su niñez y no enfrentarse a subirse a un tren y ver la triste realidad”. Por eso, asegura, le preocupa ver a tantas madres que traen a los hijos consigo.

Barbie

Barbi. //Foto: Karen de la Torre

Barbie es guatemalteca y tiene 25 años. Huyó de su país por la discriminación y la homofobia. //Foto: Karen de la Torre

“Les quiero pedir, les quiero suplicar que por favor, ya no haya más muertes. Es que nosotros no somos el problema, nosotros somos parte de la solución”.

Guatemalteca, de 25 años. No tiene planes de pasar a Estados Unidos, por ahora pretende quedarse en México y conseguir un trabajo.

Barbie huyó de Guatemala por la discriminación y la homofobia, cuenta que la han amenazado, extorsionado, asaltado y han atentado contra su integridad. “Yo no puedo regresar a mi país porque mi vida corre peligro”.

“Yo ejercía el trabajo sexual y en ese lugar siempre existen envidias y todo. Unas personas me sacaron corriendo de mi lugar de trabajo. Me vengo para México porque algunas compañeras me han contado que aquí se consigue trabajo, porque yo realmente ya no quiero seguir trabajando en lo mismo”.

Ella se unió a la caravana por una corazonada. Quería ir directo al Distrito Federal, pero luego de hablar con un amigo que le contó de la caravana, se dirigió al albergue y decidió apoyar “para abrir la brecha a nuestros hermanos que vienen detrás de nosotros, porque vienen más, esto no va a parar”, dice Barbie.

Ya antes se ha manifestado, recuerda que en el 2005 unos militares en Guatemala mataron a cinco de sus compañeras de trabajo y desde entonces hasta ahora, el caso no se ha resuelto, ni han dado con los responsables. Además de hacer incidencia política y participar en marchas para denunciar la situación de violencia y discriminación, estuvo en una organización no gubernamental a favor de los derechos humanos.

“Si yo tuviera de frente a mi embajador le preguntaría: ¿Qué solución podría dar él, o podría buscar él como embajador de mi país para que esto no suceda? Para que ya no haya más muertes ni más asaltos, qué podría hacer él para que no pase más”.

-¿Cómo te describes a ti misma?

Barbie ríe y bromea.

“Bonita”, dice y juega con su cabello, “carismática ¡ay no sé!, alegre… bueno, sin tristeza: aunque una esté triste siempre una debe estar alegre para levantar el ánimo a las demás personas, que te miren alegre, porque si tú estás triste no le das aliento a las demás personas”.

Scarlet Araiza 

Vilma

Vilma. //Foto: Karen de la Torre

Vilma busca llegar a los Estados Unidos para mejorar su situación económica. //Foto: Karen de la Torre

“Mi nombre es Vilma Lizeth Flores, vengo del Departamento de Olancho, Honduras, vine para acá con la intención de llegar a los Estados Unidos por diversas razones: una de ellas es que tuve problemas con mi esposo y nos separamos, y soy mamá de cinco bebés. Es muy difícil para mí poderlos sacar adelante allá porque la vida está muy cara, más este año que cambia Honduras de presidente (Juan Orlando Hernández); él nos hizo mucho daño dándole un fuerte aumento a los impuestos y a la canasta básica”.

Vilma viaja con Scarlet, Naomi y con un embarazo de cuatro meses. Es la tercera vez que intenta cruzar a los Estados Unidos, en las dos ocasiones anteriores agentes de migración la han enviado de vuelta a su casa.

En el 2011 llegó a la frontera norte del país y junto con otros migrantes fue víctima de un secuestro por parte de un grupo de delincuencia organizada, los mantuvieron encerrados y les pidieron dinero con la promesa de pasarlos a los EU.

Cuando pasaron 24 días de su encierro, Vilma fue rescatada por una señora cristiana que la llevó a su Iglesia. La hondureña se instaló en la Iglesia, en donde estuvo trabajando por siete meses mientras ahorraba lo suficiente como para intentar cruzar al otro lado. En el intento autoridades de migración la detuvieron y el 18 de enero la deportaron.

“Cuando regresé a mi casa fue muy triste para mí ver que el papá de mis hijos no les ayudaba en nada, allá tengo una niña de 16 años y un niño de 14, que el sueño de ellos es hacerse profesionales, son muy inteligentes, tienen buenas notas, y eso me motiva para echarle ganas y para andar aquí. Con la intención de ayudarlos a ellos lo hago, me hago fuerte por ellos”.

La niña quiere estudiar leyes y el niño quiere ser maestro para contribuir en buena manera al sistema educativo de su país. Vilma espera llegar a Dallas donde su tía la ayudaría: la va a hospedar, a ella y a sus hijas, en su departamento y les va a dar de comer.

La segunda vez que intentó cruzar México, viajó en compañía de su hermano, pero cuando llegaron a Tapanatepec, Oaxaca, migración los deportó, mandándolos a la frontera de Corinto, Honduras.

“Yo al ver mi necesidad y sabiendo de que costó tanto buscar trabajo que no encontré, me decidí en volverme, y luego me encontré a la compañera Guadalupe que venía solita y nos acompañamos las dos, ha sido muy difícil porque tenemos que batallar, en momentos caminando, en momentos en carro. Nos cobran más por no traer papeles”.

Al llegar a la casa de migrantes en Arriaga, una compañera del albergue les comentó que un padre en Ixtepec tenía una caminata, y las convenció de que se unieran. Por ello, Vilma y Guadalupe se esforzaron en llegar al albergue Hermanos en el Camino y son parte de la caravana, “con mucho orgullo”, dicen.

“Si en este momento mami me estuviera viendo yo le diría que gracias a Dios estoy bien, que no se preocupe por nosotras, que Diosito nos cuida y nos guarda y aquí estoy echándole ganas con fuerza”.

Manuela de Jesús

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Manuela de Jesús tiene 69 años de edad y busca encontrar a su hija en Estados Unidos. //Foto: Karen de la Torre

Manuela de Jesús Mercado tiene 69 años, es de El Salvador y lleva más de un mes viajando.

Su plan, “primero Dios, lo voy a lograr”, dice Manuela con la vista al cielo, es cruzar México, llegar a Indiana y, estando ahí preguntar a un taxista o a un policía por la Iglesia en donde se congregaba para que el pastor la ayude a encontrar a Cecila, su hija.

Antes de llegar a Arriaga Manuela quedó incomunicada y sola. Se suponía que el viaje lo haría con dos de sus sobrinos que se entusiasmaron con la idea de llegar a los Estados Unidos, pero éstos se arriesgaron a viajar en bus junto con ella y agentes de migración los detuvieron. Los sobrinos traían el celular y la documentación de la salvadoreña.

“A mí no me preguntan nada, migración no me hace nada a mí”.

Afortunadamente para Manuela, en el bus viajaban dos mujeres (ambas integrantes de la caravana por el diálogo) que conocían a sus sobrinos, ellas le prometieron que no la dejarían sola y que la apoyarían en su viaje.

“Me dijeron que iba a haber esta caravana y yo dije: pues yo voy. Me preguntaron que si iba a ir y les dije que sí, que me anotaran. Por eso me vine con ellas, y yo voy con ellas hasta donde lleguen […] Todos estamos unidos y eso a mí me gusta”.

Desde 1990 Manuela había vivido en Estados Unidos, se fue entonces de su país con sus hijas más pequeñas y fue apenas el año pasado en que decidió volver a su patria para ver a las hijas que había dejado. Ocho meses después de estar en El Salvador, decidió volver a intentar cruzar sin documentos.

“En El Salvador hay mucho desánimo, la gente no hace nada, la pobre gente que haga lo que haga, no progresa, por ningún motivo, porque tengo dos hijas allá y una de ellas está que trabaja, hace lo que puede y no progresa para nada”.

Son nueve los motivos de Manuela para cruzar, y uno de ellos tiene apenas un año, y aunque también tiene nietos en El Salvador, estos están ya grandes y ella dice que no tiene nada que hacer ahí. En cambio, allá le va a ayudar a Cecilia a cuidar a sus tres hijos “primero Dios”, repite; y como Cecilia pronto será ciudadana americana, le arreglará sus papeles.

Estas mujeres viajan temerosas y la única protección que tienen es aquella que sólo su fe les puede brindar. Se encomiendan al omnipresente a cada día pues saben que fuera de la Ley de Migración para el Estado mexicano los migrantes no importan. Esperan que con su participación en la caravana se pueda cambiar las cosas para los futuros viajes de sus compatriotas.

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Segunda Guerra Mundial: la monja que salvó en secreto a 83 niños judíos de la persecución nazi

Un convento del sur de Francia refugió a decenas de niños judíos durante la invasión alemana.
6 de septiembre, 2020
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Denise Bergon

BBC
La hermana Denise Bergon se convirtió en la salvadora de muchas familias judías.

Dos niñas judías de la región de Alsacia corrieron un gran peligro cuando Alemania invadió Francia hace 80 años.

Mientras sus padres y hermana menor fueron capturados y asesinados, ellas sobrevivieron junto a decenas de niños judíos.

Y todo gracias a la valentía de una monja de un convento cerca de Toulouse.

Hélène Bach tenía 12 años y jugaba en el jardín junto a Ida, su hermana pequeña. Entonces vieron cómo se acercaba rápido un camión militar.

Las dos niñas y su madre abandonaron su casa en Lorena, al noreste de Francia, tras la invasión alemana en mayo de 1940. Se dirigieron hacia la “zona libre” en el sur del país.

Para evitar que toda la familia fuese capturada, decidieron que el padre, Aron y la hija mayor, Annie, viajaran separados.

Pero cuando Aron y Annie fueron arrestados en 1941 y llevados a un campo de detención cerca de Tours, la madre de Hélène rentó una casa en la zona.

Allí se quedaron viviendo durante un año, hasta que llegó un vehículo con soldados alemanes.

Hélène e Ida, de ocho años, corrieron a la cocina para avisar a su madre.

“Mi madre nos dijo que huyéramos y nos escondiéramos en el bosque. Tomé la mano de mi hermana pequeña pero no quería venir conmigo. Quiso regresar con su madre. La dejé ir y volvió”, dice Hélène.

Escape

Cecile Bach, la madre de Helene y Anne.

BBC
Cecile Bach, la madre de Helene y Anne.

Sola en el bosque, Hélène permaneció escondida hasta que todos se fueron.

Entonces volvió a la casa y encontró algo de dinero que su madre dejó sobre la mesa.

“Sabía que regresaría”, dijo.

Hélène se fue a la casa de unos amigos en la zona. Jamás volvió a ver a su madre y hermana pequeña.

La hermana mayor de Hélène, Annie, también logró escapar. Tras pasar un año en el campo de Tours, consiguió escabullirse entre las verjas y salir corriendo.

Annie, de 16 años, viajó sola hasta la casa de su tía en Toulouse, pero ni siquiera allí estaba a salvo.

La familia de su tía no estaba registrada como judía y podía hacerse pasar por católica, pero Annie no podía.

Un día en otoño de 1942, la policía llamó a la puerta. Ordenaron que se les mostrara el libro de familia de todos.

“La suerte de mi vida fue que Ida, mi prima, había ido a comprar el pan. Así que mi tía me presentó como Ida. Por eso a veces creo en los milagros”, cuenta Annie.

Poco después de la llegada de Annie a Toulouse, su tía recibió una carta de Hélène desde su escondite. Entonces coordinó su rescate.

Así, una joven mujer de la Resistencia Francesa se presentó una noche en la casa donde Hélène se estaba quedando.

“Dijo que venía a buscarme”, recuerda.

Para mostrar confianza, la mujer le enseñó una fotografía suya que su tía le había dado.

La familia Bach antes de la guerra.

BBC
La familia Bach tuvo que huir de forma separada. No todos corrieron con la misma suerte.

Fue un viaje difícil. La mujer llevaba documentos falsos en que ambas eran descritas como estudiantes. Fueron detenidas e interrogadas en varias ocasiones.

Políticas antijudías

El gobierno del mariscal Philippe Pétain, con sede en Vichy, aprobó leyes antijudías, permitió que los detenidos en Baden, Alsacia y Lorena fueran internados en su territorio y confiscó varias propiedades y negocios.

El 23 de agosto de 1942, el arzobispo de Toulouse, Jules-Geraud Saliège, escribió una carta a sus clérigos pidiéndoles que la leyesen a sus congregaciones.

“En nuestra diócesis han ocurrido escenas perturbadoras. Están separando familias y mandando a sus miembros a destinos desconocidos. Los judíos son hombres y mujeres, parte de la raza humana. Son nuestros hermanos. Un cristiano no puede olvidarse de eso”, decía la carta.

El arzobispo protestó ante las autoridades por las acciones contra los judíos, pero la mayoría de la jerarquía católica francesa guardó silencio.

De 100 obispos franceses, Saliège fue uno de los únicos seis que se pronunciaron en contra del régimen nazi.

“Respuesta al llamado”

La monja Denise Bergon atendió al llamado de Saliège. Esta joven era la madre superiora del Convento de Nuestra Señora de Massip en Capdenac, situado a 150 kilómetros del noreste de Toulouse.

“Este llamado nos conmovió profundamente y tal emoción se apoderó de nuestros corazones. La respuesta favorable a esta carta fue testimonio de la fuerza de nuestra religión sobre cualquier raza o partido“, escribió Bergon en 1946, tras terminar la guerra.

El arzobispo de Toulouse.

BBC
El arzobispo de Toulouse fue uno de los pocos obispos que se pronunció en contra del nazismo.

“También fue un acto de patriotismo, ya que al defender a los oprimidos estábamos desafiando a los perseguidores”, añadió.

El convento gestionaba un internado y Bergon confiaba en que fuese posible esconder niños judíos entre sus alumnos católicos. Sin embargo, le preocupaba poner en peligro a las otras monjas y el acto de deshonestidad que supondría su idea.

Pidió consejo al arzobispo Saliège y la respuesta fue clara: “Mintamos, hija mía, siempre y cuando salvemos vidas humanas”.

83 niños judíos

En el invierno de 1942, la hermana Bergon recogió a varios niños judíos que se escondían en los bosques y valles en las inmediaciones de su región.

Mientras las tropas alemanas y fascistas intensificaron la búsqueda de judíos, el número de niños refugiados en el convento llegó a ascender a 83.

Entre ellos se encontraba Annie, cuya tía consideró que allí estaría más segura que en Toulouse. Poco después, también llegó Hélène, acompañada por su guía de la Resistencia.

Denise Bergon junto a una chica, posiblemente Annie.

BBC
Annie junto a la hermana Bergon.

“Al llegar, la hermana Bergon me llevó a una habitación e intentó hacerme sentir que mis padres seguían aquí. Se portó como si fuera mi madre”, describe Hélène.

Pero a la chica le pesaba mucho lo que había sucedido con Ida, su hermana pequeña.

“Siempre pensaba que si mi hermana no me hubiera soltado la mano, ahora estaría en el convento conmigo”, dice.

Albert Seifer era otro de los niños de Alsacia que se refugió en el convento.

“Estábamos rodeados por muros altos, como en un fuerte. Estábamos muy contentos. No sentimos la guerra a pesar de estar rodeados de peligro”, cuenta Albert.

El jardín actualmente.

BBC
El convento dio refugio a 83 niños y a varias pertenencias de valor de sus familias.

Parientes y cuidadores enviaban s sus niños con dinero, joyas y otros bienes de valor para pagar por el refugio antes de intentar salir de Francia.

La hermana Bergon registró cómo transcurrieron esos días.

“Desde comienzos de 1944, la búsqueda de judíos se volvió más estrecha y numerosa. Nos llegaban solicitudes de refugio de todas partes. Recibimos cerca de 15 niñas pequeñas. Algunas de ellas consiguieron escapar milagrosamente de la persecución de la Gestapo”, escribió en 1946.

“Se convirtieron en nuestros niños. Nos comprometimos a devolverlos a salvo a sus familias”, añadió.

Además de Bergon, las únicas personas que sabían la verdad sobre el origen de los niños eran la directora de la escuela, el capellán y otras dos hermanas.

Las otras 11 monjas sabían que los niños eran refugiados de la región de Alsacia y Lorena, pero desconocían que eran judíos.

Como los niños no estaban familiarizados con los ritos católicos, la forma que encontraron de no levantar sospechas fue haciéndose pasar por comunistas.

“En el este de Francia había muchas ciudades industriales cuyos trabajadores eran comunistas. Hacíamos como que no sabíamos nada sobre religión”, dijo Annie.

Peligro extremo

Mientras la guerra se alargaba, los niños corrían más peligro y esto preocupaba a la hermana Bergon.

“Aunque todos los documentos comprometedores y la joyería de las familias de los niños estaban escondidos en varias esquinas del convento, no nos sentíamos seguros. Así que una noche, mientras todos dormían, cavamos un agujero profundo en el jardín del convento y enterramos todo lo que pudiera ser comprometedor”, escribió Bergon en su diario.

Ventana en uno de los dormitorios de los niños.

BBC
Mientras más se alargaba la guerra, más peligro corrían los niños.

Annie recuerda el día de 1944 en que abrió la puerta a un miembro de la Resistencia que se presentó en el convento con una advertencia.

“Rápido, debo hablar con tu directora. ¡Es muy urgente!”

El hombre contaba que el convento había sido denunciado, que se había corrido la voz de que ocultaba niños judíos.

La hermana Bergon trazó un plan con la Resistencia, quien accedió a lanzar tiros de advertencia si el enemigo se acercaba.

“Los niños dormirían emparejados: los mayores con los menores. A la primera detonación, se irían deprisa pero en silencio hacia los bosques y abandonarían la casa”, apuntó Bergon en su diario.

Pero pronto decidió esconder a los niños sin esperar a que llegaran los invasores. Un grupo, donde estaba Annie, fue llevado a la capilla.

“El capellán era un hombre fuerte y podía levantar los bancos. Abrió una trampilla en el suelo y nos metieron allí”, recuerda Annie.

El agujero medía 2,5 metros de largo y tenía 1,5 metros de altura.

Annie junto a la trampilla de la capilla.

BBC
Annie junto a la trampilla de la capilla.

Allí se escondieron siete niños durante cinco días.

No podían pararse o acostarse. Solo se les permitía salir por tiempos cortos, a primera hora de la mañana, para ejercitarse, comer, beber e ir al baño.

Aquellos días bajo el suelo marcaron a Annie para siempre. Desde entonces no puede dormir sin un pequeña luz encendida.

Hélène tuvo algo más de suerte y fue llevada a una casa con otra familia local.

Trampilla.

BBC
La trampilla donde escondieron a los niños es diminuta.

Las tropas alemanas no entraron en el convento, pero dejaron rastros de destrucción en las inmediaciones.

“Encontramos miembros de la Resistencia muertos y abandonados en el camino”, cuenta Annie.

Como muestra de respeto, depositaron flores encima de los cadáveres.

En junio de 1944, las tropas fascistas que rondaban el aire se desplazaron al norte para repeler los desembarcos de los Aliados en Normandía.

En el camino participaron en dos masacres para castigar a los lugareños por las actividades de la Resistencia en la zona.

Una vez en Normandía, fueron aplastadas por la Segunda División Blindada de Estados Unidos. Perdieron 5,000 hombres, más de 200 tanques y otros vehículos de combate.

Fin de la guerra

Tras la liberación del sur de Francia en agosto de 1944, los niños judíos comenzaron a abandonar el convento.

Albert Seifer se reunió con su familia, incluyendo su padre, quien logró regresar con vida del campo de concentración de Auschwitz.

Annie y Hélène no tuvieron tanta suerte.

Las hermanas Hélène y Annie en las puertas del convento.

BBC
Hélène y Annie siguen visitándose tanto como pueden.

Su tía sobrevivió, pero sus padres e Ida, la hermana pequeña, fueron asesinados en Auschwitz.

Annie se instaló en Toulouse, se casó, tuvo hijos y recientemente se convirtió en bisabuela. Todavía se reúne con Albert, ahora de 90 años.

Hélène se casó y tuvo un hijo, instalándose en Richmond, al oeste de Londres. Con 94 y 90 años, las hermanas viajan entre Londres y Toulouse para verse tan a menudo como pueden.

A ambas les entristeció despedirse de la hermana Bergon y la visitaron de forma regular el resto de su vida.

Cuando los hijos de Annie eran pequeños, los llevaba a menudo consigo para recordarles esa etapa de la historia, lo que soportó el pueblo judío.

La hermana Bergon permaneció en el convento y continuó trabajando hasta su muerte en 2006 a la edad de 94 años. Más adelante ayudó a niños desfavorecidos y luego a inmigrantes del norte de África.

Denise Bergon

BBC
La hermana Betgon continuó realizando labores humanitarias durante el resto de su vida.

En 1980 recibió honores por parte del Centro Conmemorativo del Holocausto y fue nombrada como “Justa de la Naciones”.

Una calle lleva su nombre en Capdenac, pero aparte de eso, el único monumento de su hazaña se encuentra en los terrenos del convento.

Foto de sobrevivientes junto a Bergon.

BBC
Hélène (a la izquierda), Annie (a la derecha) junto a la hermana Bergon en el memorial del convento.

“Este cedro fue plantado el 5 de abril de 1992 en memoria de la salvación de 83 niños judíos (de diciembre de 1942 a julio de 1944) por Denise Bergon (…) a petición de Monseñor Jules-Geraud Saliège, arzobispo de Toulouse”, dice la conmemoración.

Se encuentra cerca del lugar donde Bergon enterró las joyas, el dinero y los artículos valiosos que dejaron los padres, y que devolvió intactos después de la guerra para ayudar a las familias a comenzar de nuevo.


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