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"Deberíamos trabajar cuatro días por semana"

Sanitarios, escritores y hasta empresarios: la eterna reivindicación por una jornada laboral más humana.
Por Lara Fernández Gutiérrez/Yorokobu
3 de agosto, 2014
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El escritor y diseñador William Morris dijo: “Si una persona está sobrecargada de trabajo, no puede disfrutar de buena salud; ni si está continuamente encadenada a una sucesión opaca de esfuerzo mecánico, sin esperanza en el porvenir; ni si vive en una continua y sórdida ansiedad por subsistir; ni si se siente enferma; ni si se le priva del disfrute de la belleza natural del mundo; ni tampoco si no tiene diversión para avivar el espíritu de vez en cuando”.

El aforismo es de hace más de un siglo, pero no tiene los rasgos anticuados de cualquier cita histórica que se precie. A estas palabras alude el doctor John Ashton, antes de pasar a explicarnos su subversiva denuncia de la situación laboral de 2014: “Deberíamos trabajar cuatro días por semana”.

Pones cara de póquer.

–Si yo no concibo un triste viernes libre–, aclaras, desconcertado. El mero concepto de tres días de fin de semana, para siempre, se escapa de tu capacidad de raciocinio.

El presidente de la Facultad de Salud Pública de Reino Unido propone esta medida para mitigar los niveles de estrés, reducir el desempleo y permitir que la gente pueda hacer ejercicio o disfrutar más de sus seres queridos. Su reflexión es tan obvia, que hace daño: “el trabajo está mal distribuido”. Mientras unos se matan a trabajar, otros se asfixian en el averno del paro.

Ashton asegura que una pequeña fracción de la humanidad, que se regocija en una vida plena, esclaviza al resto, que accede con un aire de histerismo triste: “Las aristocracias nunca han tenido problema en no trabajar o en trabajar solo a tiempo parcial. Persiguen lo que les interesa. Los trabajadores tuvieron que luchar duro, trabajando de forma gratuita, los fines de semana, en días de fiesta o a horas intempestivas. En los últimos años, ese progreso se ha detenido y se mueve marcha atrás, pues la crisis económica se ha utilizado para disciplinar a los trabajadores. Los ricos se hacen más ricos en todo el mundo, mientras vivimos una carrera de fondo para depauperar a los trabajadores. Necesitamos una nueva política y una nueva economía, donde la sociedad puede servir a la gente y donde todos vivan bien”.

El médico británico acentúa el contrasentido que supone trabajar durante un tiempo excesivo para alcanzar el máximo rendimiento. “Los trabajadores felices son más productivos. Hay evidencias de que el presentismo, ese fenómeno por el que la gente pasa las horas en su puesto de trabajo, pero sin rendir mucho, es real. Reino Unido, por ejemplo, tiene una de las jornadas más largas de Europa y está entre los países menos productivos“.

Los chispazos de rebeldía merman cuando pensamos en el vil metal: los salarios. ¿Esta petulante idea de trabajar menos nos hará más miserables? “Depende de cómo midamos la riqueza”, replica, “y los costes que supone para la sociedad una mala distribución del trabajo (jóvenes alienados, problemas de salud mental…). Si midiéramos el impacto de todo esto en la economía, veríamos los beneficios de un trabajo bien repartido. Ahora, una pequeña parte de la población monopoliza el trabajo bien pagado mientras, en el otro extremo, la gente se muere de hambre. También hay que tener en cuenta los beneficios para la sociedad civil, porque más tiempo libre se traduce en una mayor actividad dentro de la comunidad y en un florecimiento de las artes y oficios”.

Ashton considera que estos cambios sustanciales no se afianzarán de la noche a la mañana: “Todos los instrumentos políticos deben ser utilizados durante 5-10 años para conseguir la fuerza suficiente”.

La visión del capital

Por suerte, esta perspectiva no es exclusiva de John Ashton ni del sector sanitario. Esta misma semana, el multimillonario Carlos Slim ha sembrado el pánico en el mundo empresarial yendo aún más lejos: sugiere que se trabaje solo tres días por semana.

Parece verdaderamente significativo que un capitalista de primer nivel también haya abordado al asunto y, además, en mitad de una conferencia de negocios entre Estados y empresas. Al fin y al cabo, la Historia nos demuestra que toda reforma se origina en el interés de los acaudalados.

Para el mexicano, la reducción de la semana se compensaría con una jornada más larga, de unas 11 horas, y una jubilación más tardía ya que la actual, considera, proviene de una época en la que la esperanza de vida era más baja. Esta medida mejoraría la calidad de vida de las personas y, por consiguiente, su productividad. Según recoge el Financial Times, Slim expuso que “cuatro días libres serían muy importantes para generar nuevas actividades de entretenimiento y otras formas de estar ocupado”.

El empresario es el hombre más rico del mundo y ha sabido levantar la vista de sus riquezas y observar qué ocurre en las entrañas de su imperio de telecomunicaciones, Telmex. De hecho, sus empleados en edad de jubilación tienen la opción de trabajar cuatro días por semana, percibiendo un salario completo.

Previsiblemente, Slim se ha tropezado con la mirada preocupada e interrogante de muchos expertos del mercado laboral, que han llenado páginas de periódicos tildando su propuesta de “descabellada” y, en el mejor de los casos, de “rara”. Una experta ha asegurado a Cinco Días que “estar más de 11 horas en el trabajo supone un riesgo para la salud”. Sin embargo, los datos demuestran que la gente prefiere la jornada intensiva, como la que se suele aplicar en verano. Pese a la reticencia de muchas empresas, se ha demostrado que, cuando trabajamos más horas comprimidas y, en compensación, disponemos de más tiempo de ocio, aumenta la productividad, la motivación, la optimización del tiempo (después de cada pausa, hace falta tiempo para retomar el ritmo de trabajo) y se facilita la desconexión.

De la teoría a la práctica

Algunos países ya han dado los primeros pasos para reducir la vetusta jornada laboral. Suecia, por ejemplo, tiene la consabida virtud de mirarse al espejo para subsanar sus errores. Por eso, el pasado abril, el gobierno de Gotemburgo comenzó un experimento de un año con la mitad de sus funcionarios, que actualmente trabajan seis horas diarias. Los escandinavos quieren averiguar si trabajar menos con el mismo sueldo beneficia la productividad, la salud y la dicha.

De hecho, esta misma prueba ya se había hecho en la fábrica de Toyota de la ciudad, con resultados triunfantes. Fue entonces cuando el país perdió el miedo al cambio y, con ello, cualquier vestigio de horarios dilatados y presentismo absurdo. Los empleados de la industria son ahora más eficientes y el absentismo se ha mitigado. Así, Suecia ha trazado de un plumazo una situación laboral envidiable: trabajadores bien formados, sueldos elevados y tiempos de ocio considerables.

Pero si hay un lugar donde ya no se juega con la idea, porque ha pasado de ensayo a vigencia, ese es Utah (EU). Desde 2008, sus empleados públicos trabajan solo de lunes a jueves, 10 horas cada día. Según el gobernador del estado, se han suavizado el tráfico y el gasto de energía. Además, se calcula que la administración se ha ahorrado un millón y medio de euros, una gran baza para que otros poderes mundiales copien el modelo.

El calendario ha seguido viento en popa hasta hoy. Según una encuesta realizada por las autoridades, el 82% de los trabajadores se sienten satisfechos, menos estresados y ahora dedican los viernes, como decía Bertrand Russell, “a la búsqueda de la ciencia, la pintura y la escritura”. O a lo que sea que les haga sentirse libres y salir de la desidia y el tremendo sopor que envuelve al siglo XXI.

Elogio de la ociosidad

El filósofo y matemático Betrand Russell no era, en efecto, gran fan del trabajo. En su ensayo Elogio de la ociosidad calcula que, si la sociedad se manejara de un modo justo y adecuado, cada persona tendría que trabajar 4 horas al día. Lo que ocurre es que los tipos menos importantes parecen estar exentos de reflexión por trabajar para un empresario; a sus propios ojos la realidad es así porque tiene que serlo; la fealdad del mundo que el capitalismo está erigiendo a nuestro alrededor es inminente y, si alguien decide, son los jefes. El mundo laboral funciona como un partido totalitario.

El economista Keynes planteó una idea similar en su ensayo de 1930. Las posibilidades económicas de nuestros nietos. Estaba seguro de que el avance tecnológico nos liberaría del trabajo, de que no tendríamos que hacerlo más de 15 horas semanales para producir todo lo que necesitáramos. Veía el desempleo actual como algo positivo, vinculado al uso de máquinas para sustituir la mano de obra a un ritmo tal que el mundo desarrollado, pensaba, estaría en camino de resolver el problema de escasez que ha encadenado siempre a la Humanidad. Los aparatos producirían sin descanso, mientras los individuos reducen su esfuerzo. De ambas profecías, una es cierta: los países desarrollados son tan ricos como vaticinó. Sin embargo, no disponemos de semejante tiempo libre. De hecho, trabajamos las mismas horas desde hace más de 30 años.

Partiendo de este pronóstico fallido, el biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky, ha escrito la obra ¿Cuánto es suficiente?, una reflexión sobre el uso de la riqueza en la sociedad occidental actual. En una entrevista a Público, el escritor cavila sobre qué hemos hecho mal para no cumplir la predicción: “El capitalismo ha conseguido producir cada vez más riqueza pero esta riqueza se está distribuyendo de forma cada vez menos igualitaria y aquí tenemos el problema ético sobre el cual reflexionar. Todos necesitamos cierto nivel de riqueza para conseguir una buena vida, pero ¿qué es una buena vida y qué nivel de riqueza necesitamos? Por otro lado, hay que reflexionar sobre la cuestión política. ¿Cómo organizarnos para qué esto ocurra?”.

Así que, remontando la línea hasta el origen, la mayor parte de ganancias productivas conseguidas por todos han ido a parar a manos de los más pudientes. “Los ricos y los muy ricos se han tornado en mucho más ricos, mientras que se han estancado los ingresos de todo el resto. Por esto, la mayoría de las personas no están, en los hechos, cuatro o cinco veces mejor de lo que estaban en el año 1930. No es de extrañar que dichas personas se encuentren trabajando más horas de las que Keynes pensó que trabajarían”.

En este camino cada vez más escindido entre productores y zánganos usufructuarios, volvemos a otra flamante y, en ocasiones, comprensiblemente misántropa cita de Morris:

“Además del deseo de producir cosas hermosas, la pasión rectora de mi vida ha sido y sigue siendo el odio hacia la civilización moderna”.

Lee la nota en Yorokobu.

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"Si pudiese irme ahora lo haría": Cómo viven los rusos las sanciones impuestas a su país

Millones de rusos están empezando a sentir el efecto de las sanciones económicas de Occidente, diseñadas para poner presión sobre el Kremlin ante la invasión de Ucrania.
1 de marzo, 2022
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“Si pudiera irme de Rusia ahora mismo, lo haría. Pero no puedo renunciar a mi trabajo”, dice Andrey.

Y es que este joven de 31 años no puede darse el lujo de asumir una hipoteca en Moscú cuando las tasas de interés han subido sustancialmente.

Millones de rusos como él están empezando a sentir el efecto de las sanciones económicas de Occidente, que han sido diseñadas para castigar al país por invadir a la vecina Ucrania.

“Estoy planeando encontrar nuevos clientes en el extranjero lo antes posible y mudarme de Rusia con el dinero que estaba ahorrando para la primera cuota”, indica el diseñador industrial.

“Aquí tengo miedo, han arrestado a personas por hablar en contra de ‘la línea del partido’. Me siento avergonzado y ni siquiera voté por los que están en el poder”.

Al igual que otros entrevistados para este artículo, no usamos su nombre completo ni mostramos su rostro por razones de seguridad. Algunos nombres han sido cambiados.

Guerra económica

Las sanciones que ahora golpean a Rusia son calificadas como una guerra económica: tienen como objetivo aislar al país y crear una profunda recesión allí.

Soldados ucranianos

Reuters
Las sanciones occidentales buscan brindarle apoyo de Ucrania, que el Ejército de Rusia invadió la semana pasada.

Los líderes occidentales esperan que las medidas sin precedentes produzcan un cambio en el pensamiento del Kremlin.

Los rusos de a pie se enfrentan a la angustia de que sus ahorros desaparezcan. Sus vidas ya se estándo viendo interrumpidas.

Las sanciones contra algunos bancos rusos incluyen cortarlos de sistemas como los de Visa y Mastercard y, en consecuencia, de Apple Pay y Google Pay.

Daria tiene 35 años y es gerente de proyectos en Moscú. Esas medidas se han traducido en que, por ejemplo, no había podido usar el metro.

“Siempre pago con mi teléfono, pero simplemente no funcionó. Hubo otras personas con el mismo problema. Resultó que las barreras son operadas por el banco VTB, que está bajo las sanciones y no puede aceptar Google Pay ni Apple Pay”.

“Tuve que comprar una tarjeta de metro”, le dijo a la BBC. “Tampoco pude pagar en una tienda hoy, por la misma razón”.

El lunes, Rusia duplicó su tasa de interés, elevándola del 9,5% al 20%, en respuesta a las sanciones y después de que el rublo se hundiera a nuevos mínimos históricos.

El mercado de valores permanece cerrado en medio de temores de una venta masiva de acciones.

El Kremlin dice que tiene suficientes recursos para enfrentar las sanciones, pero esto es discutible.

“No hay dólares”

Durante el fin de semana, el banco central hizo un llamado a la calma en medio de los temores ante un pánico bancario, que sucede cuando demasiadas personas intentan retirar su dinero.

Mujer en el metro

EPA
Pagar los viajes en metro y las compras en tiendas ahora es más difícil para muchos rusos.

“No hay dólares, ni rublos, ¡nada! Bueno, hay rublos, pero no estoy interesado en ellos”, manifesta Anton, que tiene poco más de 20 años y estaba haciendo cola en un cajero automático en Moscú.

“No sé qué hacer ahora. Me temo que nos estamos convirtiendo en Corea del Norte o Irán en este momento”.

Comprar moneda extranjera cuesta a los rusos 50% más que hace una semana y eso si es que pueden conseguirla.

A principios de 2022, US$1 se cotizaba en unos 75 rublos y 1 euro a 80. Pero la guerra ayudó a establecer nuevos récords: en cierto momento de este pasado lunes, US$1 llegó a costar 113 rublos y 1 euro, 127.

Para los rusos, el tipo de cambio rublo-dólar ha sido durante mucho tiempo un tema delicado.

En la década de 1990, tras el colapso de la Unión Soviética, el dólar era la única moneda fuerte en la que los rusos guardaban sus ahorros: la apuesta más segura estaba debajo del colchón.

Cuando el gobierno del presidente Boris Yeltsin dejó de pagar su deuda en 1998, aquellos que habían estado durmiendo con su dinero se sintieron reivindicados.

Sin embargo, durante la década siguiente, varias medidas del banco central ayudaron a tranquilizar a los rusos sobre el rublo.

Los depósitos colocados en moneda rusa comenzaron a crecer y también lo hizo la cantidad de dinero que los rusos invierten en acciones de empresas rusas.

Sin embargo, cada vez que hay incertidumbre, los rusos siempre corren al cajero automático más cercano para retirar dólares.

Esta vez no ha sido diferente.

“Debajo de la almohada”

Tan pronto como se desató la guerra en Ucrania el 24 de febrero, los rusos acudieron en masa a los cajeros automáticos, recordando las lecciones aprendidas en crisis anteriores.

Gente haciendo cola para un cajero en San Petesburgo, el 27 de febrero.

Reuters

Ilya, que tiene poco más de 30 años, acaba de terminar de pagar su hipoteca en Moscú. Dice que no puede mudarse “en el corto plazo”.

“Cuando comenzó la operación en el Donbás, fui al cajero automático y saqué los ahorros que tenía en dólares en Sberbank. Ahora los guardo literalmente debajo de la almohada”.

“El resto de mis ahorros todavía están en los bancos: la mitad en dólares y el resto en rublos. Si las cosas empeoran, retiraré el lote. Tengo miedo porque preveo una ola de robos. Pero estas son las opciones que hay”.

Las imágenes en las redes sociales han mostrado largas colas en cajeros automáticos y casas de cambio en todo el país en los últimos días, con personas preocupadas porque sus tarjetas bancarias pueden dejar de funcionar o que se impondrán límites a la cantidad de efectivo que pueden retirar.

Los dólares y los euros comenzaron a agotarse un par de horas después de la invasión. Desde entonces, han estado disponibles cantidades muy limitadas de esas monedas y hay un límite en la cantidad de rublos que se pueden sacar.

De pie en una cola en Moscú, Evgeny, de 45 años, dijo que quería retirar dinero para pagar su hipoteca.

“Todos los que conozco están ansiosos. Todos están estresados. No tengo ninguna duda de que la vida empeorará. La guerra es horrible”.

“Creo que todos los países emplean dobles raseros y ahora los ‘países grandes’ están midiendo las fortalezas de los demás, decidiendo cuál es mejor. Y todos están sufriendo”.

“Hoy es el primer día que decidí retirar dinero y no tuve ningún problema. Retiré rublos por si acaso”, cuenta Marat, quien tiene 35 años.

“No soy muy bueno pronosticando, pero sospecho que nuestra vida empeorará. El tiempo lo dirá”.

Un formulario

El problema del dinero en efectivo no se limita a Moscú: la gente ha estado corriendo por Perm, Kostromá, Bélgorod y otras ciudades provinciales para conseguir dólares o euros, informa el Servicio Ruso de la BBC.

Rublos

Getty Images
Los rublos son más fáciles de conseguir que los dólares, pero valen menos que antes.

Un especialista informático anónimo incluso creó un bot de Telegram que pregunta automáticamente si hay euros o dólares en los cajeros automáticos de Tinkoff, un popular banco privado, y si es así, comparte la ubicación con los suscriptores.

Muchos han intentado hacer un pedido anticipado de efectivo a través de sus aplicaciones bancarias, una característica del sistema bancario avanzado de Rusia.

El domingo por la noche, cuando se anunciaron las sanciones contra las reservas del Banco Central ruso, todavía se podía usar una aplicación para pedir US$1 por hasta 140 rublos y 1 euro por hasta 150.

Pero el lunes, los clientes del mayor banco respaldado por el Estadode Rusia, Sberbank, le dijeron al Servicio Ruso de la BBC que no podían pedir dinero en efectivo a través de la aplicación; tenían que ir a su oficina y firmar un formulario para hacerlo.

Los bancos niegan que haya escasez de liquidez, y los analistas están de acuerdo con que es más probable que la escasez de efectivo en los cajeros automáticos refleje un intento de evitar una estampida bancaria.

El Kremlin ha dicho que Rusia esperaba estas últimas sanciones y que está lista para enfrentarlas, aunque no ha dicho si las empresas recibirán ayuda adicional, como sucedió durante la pandemia.

Recuerdos de 2014

Pero se espera que los rusos de a pie, muchos de los cuales obtienen su información de la televisión controlada por el Estado (que repite muchas de las líneas del Kremlin), comiencen a notar pronto diferencias en sus vidas.

Gente afuera del Sberbank

EPA
En Sberbank, los dólares deben pedirse firmando un formulario en persona.

Los residentes de Moscú ya están informando de algunas colas en las tiendas de alimentos cuando las personas compran productos que creen que escasearán debido a las subidas de precios o las restricciones comerciales.

Las compañías rusas podrían terminar recortando horas o frenando el ritmo de producción a medida que se imponen las sanciones.

Además de la caída del valor de sus ahorros, se prevé que muchos rusos pierdan sus empleos a medida que la economía se tambalea por quedar aislada de los mercados financieros en Occidente.

Para los rusos, todo esto trae recuerdos de lo que sucedió cuando el presidente Putin anexó Crimea en 2014 y la gente hizo cola durante horas para obtener dinero en efectivo.

Las oficinas de cambio tuvieron que comprar apresuradamente nuevos tableros de tipos de cambio de cinco dígitos cuando los antiguos se quedaron sin espacio.

En aquel entonces, US$1 dólar normalmente costaba entre 30 y 35 rublos, una cantidad impensable en estos días.

Información adicional de Amalia Zatari, del Servicio Ruso de la BBC en Moscú.


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