Las operaciones secretas de Stalin en México (entrevista y capítulo de adelanto)
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Las operaciones secretas de Stalin en México (entrevista y capítulo de adelanto)

El periodista Juan Alberto Cedillo narra la historia única del agente soviético Leonidas Eitingon, quien fue parte de una red de espionaje en México en la que estuvieron involucrados artistas, funcionarios y militares mexicanos.
Por Irving Pineda
16 de agosto, 2014
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A principios de la década de los cuarenta, el agente soviético Leonidas Eitingon fue parte de una red de espionaje en México en la que estuvieron involucrados artistas, funcionarios y militares mexicanos.

El periodista Juan Alberto Cedillo, nacido en 1954, y ferviente militante de la izquierda narra esta historia única en las páginas del libro Eitingon. Las operaciones secretas de Stalin en México, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial en su sello Debate.

En la investigación que realizó el autor resume que la misión más importante en la vida de Eitingon surgió bajo las órdenes de Stalin, la cual era eliminar a su peor enemigo, León Trotsky, exiliado en la Ciudad de México desde 1937.

“Forma parte de los servicios de inteligencia de la Unión Soviética que todo mundo conoce como KGB”, apuntó Juan Alberto Cedillo en entrevista con Animal Político.

En Eitingon. Las operaciones secretas de Stalin en México se apunta: La inteligencia soviética necesitaba decenas de nuevos espías para conseguir documentos, fotografías, detalles técnicos sobre las recientes instalaciones, las firmas que trabajaban para el Departamento de Defensa y las novedosas aleaciones de materiales que se estaban desarrollando para la fabricación de la nueva superbomba. Ante esto, Leonidas Eitingon propuso a su amigo Sudoplatov que echara mano de los desconocidos moles que había reclutado en Estados Unidos, España y la capital mexicana para que se convirtieran en los “correos” que llevarían los secretos a Moscú. Entre ellos se encontraban los destacados españoles Antonio Meiji, Margarita Nelken y el suizo Hans Meyer, los mexicanos Luis Arenal y la escritora Anita Brenner, quien en esa época radicaba en Nueva York. Destacaban también los funcionarios mexicanos Adolfo Oribe de Alba y el general brigadier del Ejército Mexicano Roberto Calvo Ramírez, jefe de la comandancia en la entonces Baja California Norte.

Así el también autor de La Cosa Nostra en México construye una historia que desencadena parte de la historia más relevante de la segunda mitad del siglo XX, y a través de este texto Juan Alberto Cedillo revela que México fue el escenario de uno de los procesos más importantes de la historia universal como lo narra en esta nueva publicación.

“Deciden llamarle operación Pato porque en el lenguaje ruso tiene una explicación de desinformación. Se viene Leónidas a España recluta a Siqueiros, Rafael Pullod, Néstor Sánchez que eran brigadistas que estaban ahí en la guerra civil”, señaló Juan Alberto Cedillo.

Y en el texto se manifiesta que tras fallar un primer intento coordinado con David Alfaro Siqueiros, en una segunda ocasión Eitingon mezcló los peligrosos movimientos de la denominada operación pato con su pasatiempo favorito: conquistar bellas mujeres, y adelantó parte de las revelaciones incluidas en el libro:

La red de moles reclutados por Eitingon también se concentraba en conseguir todas las puntualizaciones sobre la fabricación de un reactor de grafito que se realizaba en las instalaciones Y10 y Y12 del Oak Ridge National Laboratory. Los científicos incrustados por los soviéticos proporcionaban a los espías nucleares datos sobre la forma de separar electromagnéticamente dos isótopos de uranio y producir así el material para fabricar la bomba atómica. Los correos seleccionados por Eitingon trasladaban los reportes a México, para que se expidieran a Moscú desde la embajada soviética ubicada en el Distrito Federal.

La embajada mexicana mantenía continuos reportes al Departamento S sobre las entregas de los documentos, señalando en clave “entregas de regalos”, nuevas “operaciones quirúrgicas”.

La rezidentura del Distrito Federal detallaba los pagos para “las delegaciones”: se destinaban entre 75 y 200 dólares por mes para que cada “correo” pagara por una casa segura, combustible, comidas y todo cuanto requiriera para su misión.

También reportaban que OKH, el nombre clave de Adolfo Oribe de Alba, había entregado visas para que los moles Nicolás y María Fisher, identificados en pareja como Cheta, viajaran a Tiro (Nueva York) e hicieran la entrega a Michael W. Burd, alias Bass, el propietario en Nueva York de la Midland Export Corporation.

Los informes a Moscú aclaraban que Burd utilizó sus contactos en Washington para conseguir visas de tránsito para los Fisher y que pudieran recorrer varios puntos del país. Burd le pagó alrededor de 600 dólares a David Niles, un asesor de los presidentes Roosevelt y Truman, para obtener los permisos.

El dinero entre el Distrito Federal y Nueva York corría eficientemente para el Proyecto Enormous. Leonidas no padeció, como ocurrió en la Operación Gnomo, los retrasos de fondos. Los dólares destinados a financiar a los agentes que salían del Distrito Federal para cruzar a Estados Unidos se acrecentaban cada vez más. Se mandaban a una cuenta de Oribe de Alba. Los grandes montos llegaron a poner en jaque al funcionario, ya que en una ocasión le transfirieron 8 mil 248 dólares, equivalentes a 40 mil pesos, en ese entonces una fortuna. Lombardo Toledano tuvo que intervenir para prohibir que se sacara de un solo retiro tal cantidad de dinero, ya que “una suma así atraería de inmediato la atención hacia Oribe”, argumentó.

Además, el periodista y escritor explica, “después de que Ramón Mercader queda en prisión. Él se encarga de una segunda operación, que sucede tres años después, desde los 40 cuando concluyen el crimen contra Trovsky y es el rescate de Ramón Mercader en Lecumberri”.

Y Juan Cedillo añade, “esto se debe gracias a la presión a la mamá de Caridad Mercader que presiona a Stalin para que trate de rescatar a su hijo y regresa Lincoln a México el opera desde Nueva York para armar un rescate, primero para tratar de tomar la Fortaleza en Lecumberri y posteriormente intentar rescatarlo a una audiciencia de los juzgados. Esta operación no funciona”.

El 20 de agosto de 1940, el ideólogo más importante de la revolución bolchevique fue asesinado. Ramón Mercader, hijo de la amante y cómplice del emblemático agente, fue el encargado de concluir la misión. A partir de documentos desclasificados del archivo nacional de seguridad estadounidense, Juan Alberto Cedillo -autor de los nazis en México- nos ofrece una fascinante trama digna de una novela de espías, aderezada con intrigas y pugnas de alto calibre. Situada durante los años cuarenta, la historia pone al descubierto las maquinaciones orquestadas por los servicios secretos soviéticos en México para matar al principal opositor al régimen, rescatar de la cárcel al homicida y espiar los trabajos científicos de construcción de la bomba atómica.

Luego de este episodio clave de la historia de México, el autor expuso, “ahora se conoce más el asesinato de Trovsky desde la perspectiva de los soviéticos.

“Nosotros teníamos información de cómo se había ejecutado el crimen, pero no sabíamos los detalles de la parte rusa. Entonces después de que se decrete que lo tienen que matar”, señala.

Juan Alberto Cedillo es periodista que reporta en la frontera Norte. Autor de Los Nazis en México, La Cosa Nostra en México, y esta fascinante biografía sobre el espía ruso Eitingon en México.

Lee aquí el capítulo de adelanto:

Eitingon 11-28 by http://www.animalpolitico.com

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Wilson: la rara enfermedad que convirtió mi cerebro de 30 años en uno de 70

La periodista Carolina Roatta cuenta su historia con la rara enfermedad de Wilson. Se trata de "una rareza genética" que impide al cuerpo procesar o digerir el cobre.
6 de abril, 2022
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El paso del tiempo suele ser evidente en nuestro cuerpo cuando aparecen arrugas y canas, también cuando los músculos se desmarcan y los dientes se oscurecen.

Lo que le pasa a nuestro cerebro, en cambio, suele notarse menos.

Pero, ¿Qué pasaría, si ocurre lo contrario?

La periodista Carolina Roatta se enfrenta a una enfermedad rara que afectó su cerebro al punto de envejecerla el doble, aún cuando su cuerpo es joven.

BBC Mundo cuenta su historia:


Cuando cumplí 32 años me sentía la reina del mundo.

Era noviembre de 2012. Había terminado mi tesis de maestría y estaba de regreso a la soltería. Dictaba clases en una universidad y acababa de conseguir el trabajo de mis sueños como periodista.

El día que fui a firmar el contrato laboral, llegué tan segura de mí misma que logré controlar el temblor que tenía en mis manos desde hacía un tiempo.

Esa firma fue lo último que pude escribir.

El diagnóstico de Wilson

Empecé a temblar cada vez más fuerte. Primero mis manos y brazos se batían como alas de mariposa, luego les siguieron mi cabeza y mis piernas.

Opté por modificar mi rutina. Dejé de usar blusas de abotonar y zapatos de amarrar, me hice amiga de los pitillos y hasta llegué a contratar a un asistente para que escribiera por mí.

En algún punto también empecé un diario en audio para registrar todo lo que me pasaba.

Resistí como pude, pero al cabo de seis meses la situación se hizo insostenible.

Pasé por varias citas médicas que duraban 15 minutos. Es lo normal. En el sistema de salud colombiano, hay que pasar por un médico general para que éste ordene exámenes o remita al paciente a consulta con algún especialista.

En medio de eso me vio un neurólogo primerizo que me diagnosticó erróneamente con temblor esencial y me mandó unos medicamentos para esa condición. Esa medicina me relajaba, pero no me quitaba el temblor.

Irónicamente, después de haber consultado médicos, psicólogos, neurólogos, fue una médica bioenergética la que pensó en ordenarme un examen que mostrara imágenes de mi cerebro.

Mi papá y mi mamá me acompañaron al examen de resonancia electromagnética. Al otro día, mientras esperábamos los resultados, el técnico llamó preguntando si en mi trabajo manipulaba químicos. Las imágenes mostraban que mi cerebro estaba intoxicado.

El resto de mi familia prendió las alarmas. Me ayudaron a conseguir una consulta privada con un neurólogo reconocido. No fue barato, pero por primera vez sentí que alguien entendía lo que pasaba.

La cita duró tres horas, el doctor me hizo todo tipo de pruebas: debía tocarme la punta de la nariz con el dedo índice, dibujar un espiral, hacer marionetas con las manos, sostenerme en un solo pie. En todas me rajé y terminé sudando como si hubiese corrido una maratón.

Fue como haber perdido el examen de admisión al kínder, pero con un diagnóstico como premio de consolación.

Gracias a la cita y otros exámenes especializados, el neurólogo confirmó que tengo la enfermedad de Wilson. Es una rareza genética que lleva el nombre del neurólogo que la investigó, Samuel Alexander Kinnear Wilson, e impide que mi cuerpo pueda procesar o digerir el cobre.

¿Cobre? ¿el mismo metal naranja que hay en los cables?

Sí, el mismo.

Resulta que el cobre es un elemento que nos ayuda a tener nervios y huesos sanos, también contribuye con el colágeno y la melanina en la piel. El cuerpo humano no lo produce, pero lo adquiere por medio de un montón de alimentos.

Lentejas, almendras, chocolate, aguacate, langosta.. La lista sigue.

El cuerpo descompone esos alimentos, el hígado procesa el cobre que le sirve y elimina el que no necesita, usualmente por la orina.

El problema es que quienes sufrimos de Wilson, en vez de procesar y digerir el cobre, lo acumulamos hasta que el cuerpo no resiste más y colapsa. Lo usual es que el hígado sea el más afectado, después el cerebro, los ojos y los riñones.

Pero mi caso es aún más raro. A pesar de llevar 32 años acumulando cobre, mi hígado estaba sano. Mi cerebro, en cambio, envejeció el doble. El neurólogo dijo que parecía el de una persona de 70 años.

También tenía un aro de cobre alrededor de las pupilas de mis ojos, otro signo típico de la enfermedad.


Sobre la enfermedad de Wilson*:

  • La mayoría de las personas son diagnosticadas entre los 5 y los 35 años, pero también puede afectar a personas más jóvenes y mayores.
  • La enfermedad está presente al nacer, pero los signos y síntomas no aparecen hasta que el cobre se acumula en el cerebro, el hígado u otro órgano.
  • Los signos y síntomas varían según las partes del cuerpo afectadas por la enfermedad. Pueden incluir: Fatiga, falta de apetito o dolor abdominal – Una coloración amarillenta de la piel y el blanco de los ojos (ictericia) -Decoloración de los ojos de color marrón dorado (anillos de Kayser-Fleischer) – Acumulación de líquido en las piernas o el abdomen – Problemas con el habla, la deglución o la coordinación física – Movimientos incontrolados o rigidez muscular.
  • Para padecer la enfermedad se debe heredar una copia del gen defectuoso de cada progenitor. Si se recibe un solo gen anormal no se padece la enfermedad, aunque la persona se considerará portadora y es posible que sus hijos hereden el gen.
Un ojo con un aro de cobre alrededor

CRMR Wilson Paris
El aro de cobre en los ojos es uno de los síntomas de Wilson

Enferma de por vida

Ahora debía someterme a una desintoxicación. El tratamiento consiste en tomar durante toda la vida un medicamento quelante que literalmente “pela” el cobre que se acumula en los órganos para después eliminarlo a través de la sangre y la orina.

El médico me explicó que pasaría un tiempo antes de mejorarme, sin precisar si serían meses o años. Me recomendó no mirar Internet para no asustarme y precisó que de pronto los síntomas se agravarían durante el inicio del tratamiento.

Llegué a creer que iba a ser breve y que en poco tiempo retomaría mis actividades. La realidad es que en mi cotidianidad parecía una especie de “bebé grande”.

Pasé de ser una mujer super autónoma a depender de otros en cada aspecto de mi vida. Lo entendí poco después del diagnóstico, cuando mi mamá tuvo que ayudarme a lavar los dientes porque yo ya no podía. Recuerdo perfecto que mis ojos se llenaron de lágrimas cuando abrí mi boca y ella cuidadosamente comenzó a limpiar con el cepillo.

Lloraba porque sentía que ya no tenía dignidad. No podía ser una adulta, un individuo, una persona. Así me sentía cada vez que requería de su ayuda: me limpiaba cuando orinaba, me bañaba, me ayudaba a cambiarme la toalla higiénica cuando tenía la regla, me vestía.

Después de casi un año había llegado al límite de incapacidades médicas permitidas. No mostraba mejoría. El siguiente paso era que me dieran una pensión por invalidez. Al principio me sonaba hasta atractivo: tener 32 años, un salario de por vida, y poder dedicarle tiempo a mis hobbies.

Pero el espejismo tenía otra cara: ser así de joven y sentirme inútil, descartada para el mundo laboral, relegada y sentenciada a ganar un salario mínimo en Colombia, que para ese entonces era como 150 dólares americanos. Una cifra que, igual, me condenaba a depender de otros.

Carolina Roatta

Carolina Roatta
Carolina Roatta

El privilegio

Estaba lejos de imaginarme que Roatta, mi apellido, me salvaría. Mi familia paterna es francesa y gracias a esa herencia, yo recibí la doble nacionalidad, pude estudiar en un colegio bilingüe y hablo el idioma.

Por eso Francia empezó a sonar como una opción cuando entendimos que en Colombia no podía hacer nada más que esperar y depender sin mucha esperanza.

Una de mis hermanas ya vivía allá, se puso a investigar y encontró un centro de referencia en la enfermedad de Wilson que está ubicado en París.

Mis padres, mi hermana menor y yo decidimos emigrar para juntarnos con ella. Fue una decisión difícil, pero necesaria.

En el CRMR Wilson hay un equipo de especialistas que nos dio todas las respuestas. Como Wilson es una enfermedad genética, lograron diagnosticar a mis dos hermanas antes de que los síntomas aparecieran.

Las tres tenemos citas de seguimiento, con exámenes incluidos, cada seis meses. También tenemos acceso privilegiado a medicamentos y yo recibo una ayuda económica para compensar mi situación de discapacidad.

Desde que llegamos, a finales de 2014, estoy intentando crearme una nueva vida. Ha habido avances. Ahora tiemblo mucho menos, el aro de mis ojos desapareció y volví a ser totalmente autónoma.

Han sido ocho años en proceso de aceptación de mi diferencia: enferma, rara, mitad colombiana, desempleada y ahora con 40 años. Nada fácil. Intenté varios proyectos laborales pero no progresaron. Intenté varios proyectos amorosos y de vida en pareja pero tampoco funcionaron.

Hoy sigo en modo construcción. Estoy haciendo una nueva Maestría (mi revancha porque en Colombia nunca pude sustentar la tesis y nunca me dieron el diploma), tengo un nuevo amor, cambié el proyecto de tener hijos por el de tener gatos y me mudé a una ciudad cerca al mar, luego de aceptar que París es muy dura para vivir cuando eres vulnerable.

Pero claro, el desenlace de mi historia también es una rareza. Que yo tenga diagnóstico, tratamiento y acompañamiento, está lejos de ser la norma para quienes se encuentran en los países de América Latina.

En Colombia tuve suerte: La enfermedad de Wilson aparece en la lista de enfermedades raras del Ministerio de Protección Social, gracias a los esfuerzos de la Federación Colombiana de Enfermedades Raras (Fecoer), y por fortuna para el bolsillo de los pacientes, uno de los medicamentos está cubierto por el sistema de salud público.

El problema, en ese caso, es que las personas sean diagnosticadas a tiempo, por eso obtener estadísticas sobre el número de casos es difícil, aunque desde 2020 ha habido progresos gracias a un equipo de la Universidad de Antioquia.

Si yo no hubiera tenido cómo consultar a un especialista que conocía la enfermedad, es muy probable que ya hubiera muerto y mi familia aún estuviera buscando respuestas.

He sido consiente de mi privilegio y tengo mi lado activista, por eso desde que llegué a Francia me vinculé como voluntaria con la asociación de pacientes de Wilson y ahora soy la Presidenta.

Carolina Roatta con su bicicleta

Carolina Roatta
Carolina hoy vive en Francia, en donde recibe tratamiento completo

Esta red de apoyo es lo que me ha mantenido en pie. En ella he podido seguir compartiendo lo que sé hacer: comunicar, crear lazos, ayudar, empoderar a los pacientes y a sus familiares.

También milito para que en otras partes del mundo, incluida Latinoamérica, un diagnóstico rápido, el acceso al tratamiento y un seguimiento de calidad, sea posible.

Durante un tiempo gestioné un grupo en Facebook para conectar con pacientes hispanoparlantes.

Hubo mucha interacción, incluso me contactaron varias personas a mi cuenta personal, una de Cuba, una asociación de Costa Rica, otra paciente de Chile, una de Argentina, dos de Colombia. Todas con historias durísimas de falta de acceso a los medicamentos y larga espera para el trasplante de hígado, la solución extrema en los peores casos de Wilson.

Tres de esos pacientes murieron mientras estábamos en contacto.

La experiencia que más me marcó fue una mujer de Perú. Su esposo tenía la enfermedad y falleció a comienzos de la pandemia.

Durante varios meses no tuvieron acceso al medicamento y murió mientras esperaban un trasplante. La acompañé vía messenger durante tres días mientras su esposo agonizaba, con la tristeza de saber que los finales felices de pacientes con Wilson son más raros que la misma enfermedad.


* Fuente: Mayo Clinic

Si tienes dudas sobre esta enfermedad, necesitas orientación, o si eres un profesional de salud interesado en crear una red de apoyo en América Latina, puedes escribir a:[email protected]


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https://www.youtube.com/watch?v=YVLbq0MczGc

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