¿Es Google el motor de la ciencia del futuro?
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¿Es Google el motor de la ciencia del futuro?

«En el mundo que Google está construyendo, una respuesta no será muy significativa. El verdadero valor estará en una gran pregunta», según el tecnólogo Kevin Kelly.
Por Yorokobu.es
16 de septiembre, 2014
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Y el final de toda nuestra exploración

será llegar donde comenzamos

y conocer el lugar por primera vez.

T.S.Eliot

Este reportaje empieza muy lejos. Tan lejos donde inventaron la pólvora y donde descubrieron el compás, el papel o el timón. Eran tiempos en que la balanza del mundo se inclinaba hacia Asia. Exactamente, China. En aquel lugar hallaron avances que Occidente no podía olfatear siquiera. Los puentes colgantes, el acero o la impresión llegaron a Europa mucho después.

Durante mucho tiempo China condujo la civilización del mundo. Fue la primera en descubrir todos estos hallazgos. Europa, mientras, dormía. Pero al gigante asiático se le escapó el invento más importante, el descubrimiento que cambiaría la historia del mundo, según el tecnólogo Kevin Kelly: el método científico.

En Occidente el pensamiento estaba aplastado por la sombra de Aristóteles y una visión del mundo regida por el dios católico. Hasta que en un lugar lluvioso, en las inmediaciones de Oxford, los principios que habían dominado en la Edad Media saltaron por los aires. Era el principio del siglo XVII. Unos tipos de la aristocracia, con tiempo y dinero, empezaron a reunirse en colleges y cafés de los alrededores.

Allí organizaban tertulias científicas de forma improvisada, según el matemático Enrique Gracián. «La mayoría de los científicos eran personas aventureras que llegaban a Londres con una idea en la cabeza y un proyecto que desarrollar. Iban allí porque necesitaban un espacio donde construir un laboratorio y ayudantes con la suficiente habilidad para crear nuevas herramientas de investigación que nunca antes se habían utilizado».

Estos amantes del conocimiento propusieron nuevas formas de investigar. Pensaban que los descubrimientos no debían buscarse en las profundidades del intelecto, sino en las muestras de la naturaleza. Decían que ya no valían las intuiciones. La nueva ciencia tenía que basarse en la experiencia, la observación y el contacto directo con la naturaleza. Esta era la única forma en la que podría alcanzarse el «progreso científico», de acuerdo con el filósofo Francis Bacon (1561-1626).

Así nació la ciencia moderna. La que alumbró muchos de los métodos que hoy, cuatro siglos después, siguen aplicándose en los laboratorios.

LOS MASONES IMPULSARON LA CIENCIA

Esta nueva forma de plantear la ciencia fue creciendo en una sociedad científica que nació bajo los auspicios de la masonería, según relata Gracián en su libro La ley de Hooke. Primero nació como el Colegio Invisible y, después, se convirtió en la Royal Society. En esa institución no se reunían únicamente a hablar y compartir conocimientos. Lo habitual era realizar experimentos y, para mostrar que los resultados conseguidos eran ciertos y no una invención del autor, introdujeron un Register Book donde varios testigos escribían lo que habían visto. Así lo relata el doctorando en filosofía Javier de la Cueva en su tesis Prágmáticas tecnológicas ciudadanas y regeneración democrática.

La ambición de alcanzar un conocimiento lo más objetivo posible se impuso entre aquel grupo de científicos en los alrededores de Oxford. El sociólogo especializado en ciencia Steven Shapin lo cuenta así, según recoge De la Cueva en su tesis: « Boyle introdujo la recomendación (…) de que los informes experimentales se escribieran de un modo que permitiera a los lectores distantes (…) repetir los efectos relevantes. Había que describir detalladamente los métodos reales, los materiales y las circunstancias de modo que los lectores que así lo decidieran pudieran reproducir los mismos experimentos y de esa forma se convirtieran en testigos directos».

En esos primeros años en los que nacía la ciencia tal y como la entendemos hoy, cada semana, prácticamente, se presentaban documentos de investigación y libros en la Royal Society. Estos estudios eran sometidos a una especie de examen para establecer su rigor. Dos personas los analizaban durante una semana o dos y, después, presentaban una contestación de nuevo en la sociedad científica. «Tanto la presentación como el examen se anotaban en un libro registro que se mantenía secreto para evitar la usurpación, lo que hoy llamarían piratería», escribe De la Cueva.

Pronto descubrieron que el secreto era un tapón para el progreso y que «este método no permitía la extensión del conocimiento». El teólogo y filósofo alemán Henry Oldenburg, el primer secretario de la Royal Society, implantó un nuevo tipo de registro que se imprimía y se distribuía públicamente, según el abogado y director en filosofía del derecho. Eran las primeras revistas científicas y aparecieron con el nombre de Philosophical Transactions. La más antigua data de 1665 y fue publicada seis años después del nacimiento de esta sociedad científica.

LA CULTURA CO ES MILENARIA

Hasta ahí se hunden las raíces de lo que, desde finales del siglo XX y principios del XXI, se ha designado ‘colaboración’ o ‘innovación abierta‘. La cultura del co (cocreación, colaboración, coworking…) no es un invento reciente. Va mucho más atrás. Hasta la Grecia del siglo VI antes de Cristo. «El investigador solitario es también una rémora del progreso. Es poco lo que alcanza a descubrir y pocos los que se aprovechan de ello», escribió el profesor de filosofíaEmilio García Estébanez (1937-2007) en su edición de la utopía científica Nueva Atlántida, de Francis Bacon.

«Ya Heráclito censuró con gran tino a los que andan tras la filosofía en sus microcosmos en lugar de hacerlo en un mundo mayor. Según Bacon, para el estudio de cualquier fenómeno, hay que empezar por una recopilación de todos los datos existentes sobre el mismo. Las ‘historias naturales’ son una parte principal del Nuevo método . Esto no es posible a no ser que exista una comunicación y colaboración entre los estudiosos del mundo entero. (…) La perfección de las ciencias tampoco puede esperarse de la rapidez del ingenio de uno solo, sino de la transmisión de conocimientos de unos a otros».

Fue entonces también cuando se produjo la mundialización de la ciencia, según De la Cueva. Esa mundialización, bautizada así por el investigador Antonio Lafuente y el historiador Juan Pimentel, supuso que por primera vez la ciencia podía estar en manos de cualquier persona y convertirse en la afición de los que «cultivaban plantas, comerciaban con restos arqueológicos, sembraban nuevos cultivos o decían admirar el universo y la utilidad de las máquinas o regadíos».

La Royal Society supuso la ruptura de las cadenas del pensamiento lúgubre de Occidente, porque, según Enrique Gracián, en esa sociedad científica ocurrió algo revolucionario. «Tenían la posibilidad de pensar lo que quisieran. Hasta entonces vivían en los paradigmas establecidos muchos siglos atrás. A partir de ese momento admitieron la posibilidad de plantear otras propuestas sin que les crujieran el cerebro o el corazón. Ya no se jugaban la hoguera por decir algo diferente. El Colegio Invisible ofrecía esa opción. Lo único que exigían era dejar los prejuicios en la puerta y abrir su mente a nuevos pensamientos».

EL AJUSTADO CINTURÓN DE LA CIENCIA

Ese momento supuso un avance y, a la vez, la pérdida de una oportunidad. La ciencia, con el tiempo, volvió a un redil, según el matemático. «Los conocimientos científicos habían estado en manos de la Iglesia Católica. En ese momento abandonaron la filosofía natural y apareció una nueva ciencia sin presión religiosa. Muchos científicos, que eran a la vez pintores, escritores o artistas, montaron laboratorios artesanales para experimentar. Ahí nació la ciencia moderna. Pero la Royal Society surgió bajo el paraguas de la masonería, un poder fáctico que sabía que el conocimiento implica poder. Esto, con el tiempo, supondría de nuevo un freno y una limitación».

La ciencia vuelve a quedar rodeada por un cerco. La institución académica sustituyó a la Iglesia, de acuerdo con Gracián. Y hoy, para que siga avanzando, solo hay una opción: «salir de la Academia».

«Se está produciendo un momento similar al principio de la ciencia moderna. Tenemos que deshacernos del corsé universitario», indica. «Ya hay muestras de que puede ocurrir. El matemático ruso Grigori Perelmán resolvió la hipótesis de Poincaré y lo anunció en dos publicaciones en internet. No siguió el protocolo de publicarlo en una revista científica, y renunció a la Medalla Internacional para Descubrimientos Sobresalientes en Matemáticas y al Primer Premio de los Problemas del milenio, retribuido con un millón de dólares».

Gracián, antiguo subdirector del programa de divulgación científica de televisión Redes, considera que la ciencia, encerrada aún en la Academia, se encuentra «en un callejón sin salida». En el ámbito donde más libertad tiene es en los laboratorios de la industria armamentística. «Ahí no hay prejuicios ni rivalidades. Lo único que les interesa son los resultados y, por eso, dejan a los investigadores trabajar en libertad».

El periodista considera que los últimos avances científicos se produjeron entre 1920 y 1930. Desde entonces todo el progreso se ha centrado en la tecnología. Y ciencia y tecnología, para Gracián, no son lo mismo. «El avance científico cambia la forma de ver el mundo. El avance tecnológico cambia la forma de vivirlo. La ciencia es como un limón que, cuando lo exprimes, surgen tecnologías como la máquina de vapor o internet. Ahora mismo la ciencia está estancada. Solo avanza la tecnología. La tecnología avanza en detrimento de la ciencia».

LA TECNOLOGÍA PRODUCE CIENCIA

Frente a esa voz de la ciencia hay un eco de la tecnología en dirección opuesta. El tecnólogo estadounidense Kevin Kelly dijo en una conversación con Edge.org, una publicación digital sobre pensamiento inspirada en el Colegio Invisible, que «la ciencia y la tecnología están intrínsecamente conectadas. Tenemos la sensación de que la ciencia es un método de pensar que genera tecnología, pero yo he llegado a la conclusión de que la tecnología es un tipo de pensamiento que genera ciencia».

«El método científico no es constante. Evoluciona. La tecnología ha ido modificando lo que llamamos método científico desde sus inicios. La necesidad de revisión entre iguales y la repetibilidad de los experimentos, por ejemplo, son pensamientos que tenían que ser inventados. Y para poder llevarlos a cabo requerían de tecnologías como, por ejemplo, la imprenta», indica Kelly en esa conversación con Edge.org«Un científico de hace 400 años no reconocería el método actual porque muchos de los elementos de investigación que hoy consideramos esenciales no han sido inventados hasta hace muy pocos años. Hablamos del placebo, el muestreo estadístico, los experimentos doble ciego… Todo esto es nuevo. Algunos, incluso, se han inventado en los últimos 50 años. Es muy probable que el método científico cambie mucho más en los próximos 50 años que en los primeros 400 años de su existencia».

En estos cambios que se originarán en el método científico de los que habla el cofundador de la revista Wired se abre paso la llamada ‘ciencia ciudadana’. Esta nueva forma de investigar está marcada por lo abierto (en el acceso, en los datos…), según De la Cueva, y esos valores «conforman el contexto de descubrimiento en el que operamos hoy en día». Un contexto que se compone de «un entorno tecnológico que permite publicaciones de acceso universal e instantáneo, de un contenido open (libre) y de unos valores que propugnan intentar una tercera ilustración».

LA CIENCIA DE GOOGLE

Pero lo más curioso de la ciencia, según Kevin Kelly, es que expande la ignorancia. «Al emplear la ciencia para intentar contestar a una pregunta, surgen dos o tres cuestiones nuevas. Un científico sabe que constantemente está encontrando nuevas cosas que desconoce. Aunque la ciencia, por supuesto, incrementa el saber, a la vez, incrementa el desconocimiento de un modo aún más rápido».

Y en ese mundo en el que la sabiduría infla la ignorancia ha surgido una herramienta tecnológica que influirá decisivamente en la ciencia, de acuerdo con Kelly. «Google se basa en respuestas. Esto significa que, a lo largo del tiempo, está incrementando las preguntas de las personas.Las respuestas, en este contexto, se han vuelto muy baratas, prácticamente gratis. Lo que está haciéndose más escaso en este lugar dirigido por las preguntas son las buenas cuestiones. Una buena pregunta puede originar nuevas incertidumbres».

«En un mundo dirigido por el régimen de Google, lo más valioso son las buenas preguntas y eso significa que, por un buen tiempo, los humanos serán mejores que las máquinas. Las máquinas son para las respuestas y los humanos, para las preguntas», piensa el tecnólogo. «En el mundo que Google está construyendo, una respuesta no será muy significativa. El verdadero valor estará en una gran pregunta».

EL HOMBRE QUE ENTREGÓ SU VIDA A LA NUEVA CIENCIA
Ilustración: Valistika.

Ilustración: Valistika.

La ciencia moderna nació de las manos de Francis Bacon. El inglés fue, junto a Robert Hooke, Thomas Willis, Christopher Wren, Robert Boyle o Henry Oldenburg, uno de esos individuos que a principios del siglo XVII, en las inmediaciones de Oxford (Reino Unido), propuso un nuevo método de experimentación para descubrir principios universales. «La ciencia no se puede arrancar de las tinieblas de la Antigüedad, sino de la luz de la naturaleza», decía.
Los filósofos que hasta entonces habían descrito el orden de las cosas miraban el mundo desde una torre de marfil, según Bacon. Era hora de pisar el suelo y tocar las cosas para descubrir su verdadera naturaleza. El orador y ensayista arremetió contra la alquimia y la magia. Proclamaba que solo perseguían resultados inmediatos y extraordinarios para sorprender al público. No tenían rubor en prometer la inmortalidad, la juventud eterna o la adivinación del futuro.
Bacon tampoco creía en la filosofía como palanca del progreso. Pensaba que en dos mil años solo había provocado cambios de opinión. Mientras tanto, la pólvora, la imprenta y el imán habían modificado la faz de la Tierra para siempre. La técnica era la única vía hacia el desarrollo. Y el investigador tendría que asumir, también, un nuevo papel. El inglés lo describe así en su Nuevo método: «El hombre, antes que intérprete de la naturaleza, ha de fungir de ministro o servidor, ha de seguirla y observarla con perseverancia y humildad».
Los científicos, además, habían de despojarse de uno de los grandes males que habían acechado a la técnica durante siglos. «Entre los errores que tienen paralizado el avance de las ciencias y las artes, el peor de todos es la vanidad y personalismos de los sabios que les mantiene disgregados a ellos y a las distintas ramas del conocimiento».
También llaman a Bacon patrono de la ciencia moderna por un motivo más. El jurista pensaba que la ciencia debía ser práctica y útil «para aliviar las miserias humanas y mejorar las condiciones de vida». «El conocimiento del mundo debe servirnos para transformarlo en nuestro provecho», escribió en suNuevo método«La verdadera y legítima meta de las ciencias no es otra que dotar la vida humana con nuevos inventos y riquezas».
En la obsesión por los experimentos Bacon dejó su vida. A finales de marzo de 1626 salió a pasear en una carroza y empezó a nevar. El científico pensó que el frío de la nieve podía conservar los cuerpos y evitar su descomposición. Bajó del vehículo, compró una gallina, la mató y realizó el experimento. El frío se adentró en su cuerpo mientras realizaba sus investigaciones y cayó gravemente enfermo. Ni siquiera pudo volver a su hogar y se refugió unos días en casa de su amigo el conde de Arundel.
Desde allí le escribió una carta, probablemente la última, en la que decía: «He estado a punto de correr la suerte de Cayo Plinio el Viejo, que perdió su vida mientras experimentaba con el fuego del Vesubio. Yo también estaba ansioso de hacer uno o dos experimentos relativos a la conservación y endurecimiento de los cuerpos. El experimento dio excelentes resultados, pero a mí me dio tal ataque de tos…». Unos días después murió de bronquitis.
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El país que ya atraviesa una 'tercera ola' de COVID-19

Mientras numerosos países enfrentan la temida "segunda ola" de casos de coronavirus, y todavía hay lugares que no superan la primera, Irán ya está contando los muertos de una tercera oleada.
EPA
16 de octubre, 2020
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Mientras numerosos países enfrentan la temida “segunda ola” de casos de coronavirus, y todavía hay lugares que no superan la primera, Irán ya está contando los muertos de una tercera oleada.

Y en el que ya era uno de los países de Medio Oriente más afectados por la pandemia, esa “tercera ola” es la más letal hasta la fecha.

Irán volvió a romper su récord de contagios diarios a mediados de la semana con los 4,830 nuevos casos de COVID-19 del miércoles 14 de octubre, según los registros de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos).

Pero la nación persa está rompiendo marcas desde el pasado 22 de septiembre, cuando superó por primera vez los 3,574 casos diarios registrados a principios de junio, en lo más alto de su “segunda ola”.

“Aunque la segunda ola de coronavirus fue contenida exitosamente, la tercera ola ha estado emergiendo porque se han ignorado los protocolos sanitarios”, alertó ese mismo día el ministro de Salud iraní, Saeed Namaki, según un reporte de la agencia oficial Iran Press.

Menos de dos semanas después, el 5 de octubre, Irán ya había igualado su récord de muertes diarias, que se remontaba al mes de julio.

Y los 279 muertos registrados este miércoles también son el mayor número diario en un país que, según cifras oficiales, ya suma más de medio millón de contagios y casi 30,000 muertos por la pandemia.

Entierro en Irán

Getty Images
Irán volvió a romper su récord de muertes por COVID-19 en un mismo día.

La cifra real, sin embargo, es mucho mayor: en agosto pasado el servicio persa de la BBC recibió registros gubernamentales filtrados que mostraban que a 20 de julio habían muerto casi 42,000 personas con síntomas de COVID-19, pero el Ministerio de Salud solamente reportaba 14,405 fallecidos.

La cantidad de personas identificadas como infectadas en esos documentos también era casi el doble de las cifras del ministerio.

Y el viceministro de Salud iraní, Iraj Haririchi, finalmente reconoció que el número real de muertos es “significativamente” más alto que el de las cifras oficiales.

Según BBC Persa, Haririchi explicó que las estadísticas oficiales se basan en el número de muertes con prueba de PCR positiva, pero estimó que, dependiendo de la provincia, el número real de víctimas de coronavirus es entre 1.5 y 2.2 veces más alto que el arrojado por esos registros.

El viceministro también advirtió que tanto trabajadores de la salud como suministros médicos están al borde del agotamiento por el empeoramiento de la situación en Teherán y otras regiones del país.

Teherán “cerrada”

En estos momentos, 27 de las 31 provincias del país ya han sido designadas por las autoridades iraníes como zonas “rojas” por el rápido aumento de contagios.

Y la situación en la capital, Teherán, y sus suburbios, ha sido descrita como especialmente “crítica”.

Ambulancia en Teherán

EPA
Los servicios médicos en Teherán están casi al límite de sus capacidades.

El doctor Alireza Zali, quien comanda las operaciones contra el coronavirus en la provincia de Teherán, advirtió este miércoles que la misma vive “los días más difíciles de la tercera ola la enfermedad”.

“Si no se realiza una intervención seria, esta subida no declinará y las condiciones pueden mantenerla así”, agregó Zali, según declaraciones recogidas por BBC Persa.

Para tratar de limitar la propagación del virus, el uso de mascarillas en la capital es obligatorio desde el pasado sábado, con el gobierno anunciando multas de 6.60 dólares para quien salga a la calle sin una.

Y este miércoles también quedaron prohibidos todos los viajes desde o hacia Teherán y otras cuatro grandes ciudades iraníes hasta el mediodía del domingo.

La medida se ordenó un día después de que el líder supremo de Irán, ayatolá Alí Jamenei, pidiera expresamente la prohibición “de ciertas actividades y viajes”.

Mujer con mascarilla en Teherán

EPA
Las mascarillas son obligatorias en Teherán desde el sábado pasado.

“Las regulaciones sobre el corona deben ser soberanas y vinculantes. Hace tiempo que les he dicho al estimado presidente y a los funcionarios que deben hacerse cumplir”, dijo también Jamenei, según su cuenta de Twitter.

El presidente Hassan Rouhani, por su parte, ya había declarado la semana pasada que cualquier persona que oculte una infección por COVID-19 y no se ponga en cuarentena durante 14 días debería enfrentar “el mayor castigo”.

Y el mandatario también advirtió que los empleados del gobierno que incumplan repetidamente las regulaciones podrían ser suspendidos durante un año y que los negocios infractores podrían cerrarse.

Predicciones sombrías

Las nuevas disposiciones son un buen reflejo de la posición oficial, que culpa del resurgimiento del virus a la falta de cumplimiento de medidas como el uso de máscaras y el distanciamiento social.

Y es que aunque el ministro de Salud iraní, Saeed Namaki, insistió esta semana que mantener “sanciones ilegales” durante una pandemia equivale a un genocidio, también aseguró que Irán ha podido satisfacer sus necesidades de medicamentos y equipos de protección, e incluso exportar a otros países.

Iraníes en una celebración religiosa

Reuters
Las autoridades han amenazado con sancionar a quienes no cumplan con las regulaciones.

En un país empobrecido y agotado por años de sanciones, sin embargo, la confianza en la capacidad de las autoridades para lidiar con la pandemia de coronavirus ha ido disminuyendo.

Y hasta el jefe de la Asociación Médica Iraní, quien es nombrado por el gobierno, se ha mostrado crítico, acusando a los funcionarios encargados de lidiar con la crisis de haber ignorado las advertencias de los expertos.

“Algunas decisiones no fueron tomadas por los expertos, como la reapertura de escuelas o el anuncio de protocolos que la gente no estaba obligada a seguir”, dijo Mohammad Reza Zafarghandi, en declaraciones recogidas por el diario The Guardian.

Pero para Mohammad Talebpour, el director del hospital Sina, el más viejo de Teherán, si los iraníes no actúan todos juntos las consecuencias podrían ser todavía más desastrosas.

Talebpour le dijo al mismo The Guardian que, en ese caso, y si la enfermedad persiste por otros 18 meses, el número de muertos podría alcanzar los 300,000.

Más que una ola, un verdadero maremoto para Irán.

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