Viajar con un coyote: la odisea de dos niños para reunirse con sus padres en EU
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Viajar con un coyote: la odisea de dos niños para reunirse con sus padres en EU

En julio, Animal Político publicó junto con Round Earth Media el especial 'Menores Migrantes: México cierra la puerta a una generación que huye la violencia'. En el primero de los textos se relata la agonía de unos padres salvadoreños que pagaron a un coyote 10 mil dólares para que lleve a sus dos hijos con ellos a Estados Unidos. En este reportaje, los niños cuentan cómo fue la odisea de cruzar la frontera.
Por Manu Ureste
9 de septiembre, 2014
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Mural en el albergue de migrantes de Tecún Umán, Guatemala. //Foto: Manu Ureste

Mural en el albergue de migrantes de Tecún Umán, Guatemala. //Foto: Manu Ureste

Después de esta entrevista, los hermanos Daniel y Alejandro van a ser secuestrados en México.

Pero eso será dos días más tarde, porque ahora estamos en El Salvador, en una de las zonas más castigadas por la Mara Salvatrucha y su némesis, el Barrio 18; pandillas que dominan a base de balazos el triángulo norte de Centroamérica, y cuyas prácticas criminales han provocado que El Salvador, junto con Honduras -que lidera la lista-, se encuentre entre los cuatro países más peligrosos del mundo, de acuerdo con un informe de la oficina de la ONU contra la Droga y el Delito.

Aquí, en un municipio del departamento de Sonsonate, crecieron Daniel y Alejandro, de 11 y ocho años, respectivamente. A pesar de su corta edad, ambos conocen a su padre, Enrique, sólo por las videollamadas de Facebook, ya que éste migró a Estados Unidos hace más de ocho años, mientras que su madre, Karla, también se fue para el Norte hace un año y medio. Por lo que los hermanos, tras recibir malos tratos tanto físicos como psicológicos de un familiar que los custodiaba en primera instancia –además de no alimentarlos bien, discriminaba a Daniel por su tono de piel morena-, están a cargo ahora de otra tía, una joven de 22 años. Con ella viven en una casa a medio construir de fachada de cemento, lisa, y sin pintura. Decorada, eso sí, con grandes arcos –muy al estilo de las viviendas estadounidenses- que forman ventanales desnudos de cristal y montura, por los que se cuela el murmullo de las campanas de una iglesia cercana a esta colonia en la que, al caer la tarde, los vecinos se imponen un toque de queda por miedo a los pandilleros.

Ya es mediodía. Y el repique de campanas de la iglesia, a la que llegan los fieles a encender veladoras a San Antonio para que custodie a los migrantes en su camino hacia el Norte, comienza a cesar muy lentamente hasta perderse en la nada.

Daniel toma una silla, y observa a su tía mientras ella mueve con gestos eléctricos la flechita el cursor por la pantalla de una computadora portátil. Hoy la señal de internet no es buena, lamentan. Y la videollamada tendrá que esperar. El joven apoya entonces la barbilla sobre su mano y aburrido guarda silencio. Está tranquilo, dice. Porque la llamada importante ya la hizo el día anterior, cuando comunicó a sus padres que, tras pensarlo mucho, él y su hermano tomaron una decisión: a pesar de que aún tienen los nervios destrozados de la primera experiencia, cuando pasaron más de 15 días presos en una estación migratoria de México, van a intentar cruzar la frontera de Estados Unidos por segunda vez.

Ahora solo es cuestión de esperar unas horas más a que el ‘guía’, al que Enrique y Karla acordaron pagarle 10 mil dólares, pase a por ellos.

Aún no lo saben, pero a los hermanos les queda por delante un camino de más de cinco mil kilómetros en el que tendrán que atravesar ríos en balsas, viajar escondidos en coches y autobuses, bordear múltiples retenes de seguridad –y pagar mordidas a los que no se puedan evitar-, y atravesar territorios minados por los cárteles del narcotráfico, como Tamaulipas, donde Los Zetas son los amos del paso en la frontera.

Y todo, para cruzar a una nueva vida en Estados Unidos. Donde además de todo lo anterior, la Border Patrol los estará esperando para poner fin al sueño de reunirse con sus padres, justo cuando más cerca estarán de lograrlo.

 

Checa en este Story Map el paso a paso de los niños desde que partieron de El Salvador hasta que llegaron a Estados Unidos (incluye audios).

 

“La policía nos dijo que si no dábamos dinero nos iba a secuestrar”

La ciudad de Tapachula, en el sur de la frontera entre México y Guatemala, ya les resulta familiar a Daniel y Alejandro. Aquí, hace algo más de un mes, terminó su primer intento de llegar a Estados Unidos a las pocas horas de abandonar su casa en Sonsonate. En ese entonces, la policía detuvo el coche en el que viajaban con el coyote, y todos fueron detenidos. Al pollero, recuerda Daniel, lo metieron en la cárcel “porque pensaban que nos llevaba secuestrados”. Mientras que a ellos los enviaron a engrosar las estadísticas del Instituto Nacional de Migración, dependencia que en 2013 capturó a casi 10 mil menores migrantes que, como los hermanos salvadoreños, buscaban atravesar México sin documentación para llegar a suelo estadounidense.

Horas antes de su salida, Daniel cuenta cómo fue la primera detención en México:

En este segundo intento, de nuevo la policía mexicana se interpone en el camino de los menores. Aunque ahora Daniel y Alejandro no son detenidos y puestos en una estación migratoria, sino que pasan a formar parte de otra estadística mucho peor: la que asegura que en México son secuestradas 20 mil personas migrantes al año, tal y como dio a conocer en 2011 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) en un informe especial.

“En Tapachula fue la misma policía la que secuestró a los niños. Los tuvieron encerrados en una habitación de hotel”, cuenta desde su casa en una ciudad del este de Estados Unidos, Enrique, el padre de los menores.

“Pedían dinero para dejarles continuar con el camino. Pero las personas con las que ellos venían–el coyote “y unos ayudantes”- no tenían dinero en ese momento y fue por eso que secuestraron a mis hijos junto con otras cuatro personas”, narra el centroamericano con la voz cansada, mientras recuerda aquellos días de angustia e incertidumbre para él y su esposa.

A partir de ese entonces, comienzan las negociaciones con el coyote: mil dólares por cada uno, es el precio a pagar para liberarlos. De lo contrario, los uniformados se quedan con los niños y se encargarán de contactar a las familias en Estados Unidos para acordar las nuevas condiciones del rescate.

Pasan dos largos días.

Durante ese tiempo, Enrique y Karla no saben qué está sucediendo con sus hijos. Llaman una y otra vez al celular del coyote, pero la respuesta es siempre la misma voz robótica que les anuncia que el número al que marcan está fuera de servicio o no existe. Luego, el silencio.

A miles de kilómetros de allí, Daniel y Alejandro no pueden salir del hotel. Saben que algo no está bien y ven temerosos cómo un policía armado vigila todo el rato la puerta de la habitación para que nadie se escape.

“Nos dijeron que si no les dábamos dinero nos iban a secuestrar. Me puse muy nervioso”, cuenta el mayor de los hermanos en un balbuceo y sin muchas ganas de entrar en detalles, como queriendo olvidar las escenas de aquellos dos días lo más rápido posible.

“Los compañeros que ayudaban al coyote eran personas con mucha experiencia. Y ellos fueron los encargados de negociar con los policías que secuestraron a mis niños. Les pagaron los mil dólares que pedían por cada uno, y así fue cómo los dejaron libres”, dice Enrique, que cuestionado sobre si ellos tuvieron que aportar ese monto ‘extra’ a los 10 mil dólares que ya habían pactado con el coyote asegura que, en un gesto insólito, éste les perdonó la deuda.

“Gracias a Dios fue el mismo coyote quien pagó ese dinero. Él es una persona muy responsable. Comprendió la situación que estaban viviendo mis hijos allá en El Salvador y a nosotros no nos exigió más dinero. Tengo entendido que a las otras personas sí les pidió más, pero a nosotros no. Creo que se apiadó de los niños, por todo lo que han pasado en el camino”, asegura Enrique, que lanza un suspiro de alivio al recordar que después de angustiosas horas de desvelo, una llamada les exaltó los corazones en mitad de la noche, cuando en apenas treinta segundos el coyote les dijo que los niños estaban bien, y que el camino continuaba.

Escucha aquí el audio en el que Enrique y sus hijos explican cómo fue el secuestro:

 

De ‘la hielera’ a Miami: el periplo por las estaciones migratorias

Tras el pago del secuestro, el viaje de los salvadoreños transcurre rápido. En apenas tres días, Daniel y Alejandro llegan en autobús, previo paso por el Distrito Federal, a la ciudad de Reynosa, en Tamaulipas. Los niños están emocionados y han recobrado el ánimo después de lo vivido en Tapachula. Les han dicho que lo peor –atravesar México- ya casi ha pasado, y que están muy cerca de ver a sus padres.

Hay que dar el siguiente paso, el definitivo. En mitad de una madrugada, los hermanos abandonan el hotel en el que pasaron escondidos un par de días. Salen con uno de los ayudantes del coyote y se dirigen hacia la línea divisoria entre México y Estados Unidos. Allí, en algún punto de la frontera, suben a bordo de una balsa junto con otras ocho personas y cruzan sin problema el Río Grande.

Ya están del otro lado, al fin.

Llegan entonces a una población y comienzan a caminar con sigilo por entre las calles al amparo de la noche. A medida que avanzan hacia el interior de la frontera, Alejandro no puede evitar verse abrazado a sus padres comenzando una nueva vida en ese país lejano del que tanto le han hablado en las videollamadas de Facebook, y en el que imagina días de pesca con su padre y carreras por el parque con su hermano.

Sin embargo, en la soledad de una calle, un auto surge de la nada y les apunta con sus potentes luces.

“La policía nos vio cuando íbamos caminando por una calle. En ese momento mi hermano y yo tuvimos mucho miedo. Pensábamos que nos iban a llevar otra vez para El Salvador”, comenta Daniel. Ahora, los hermanos pasan a engrosar otra estadística: la de la Border Patrol, dependencia que reportó que desde octubre de 2013 hasta el 31 de agosto de 2014 ha capturado a 66 mil menores migrantes no acompañados, de los que 48 mil 475 fueron aprehendidos, la mayoría, en el sector Río Grande, el más transcurrido por los migrantes.

Luego de miles de kilómetros y salir ilesos de un secuestro, el sueño de estar en brazos de sus padres se ve truncado cuando más cerca estaban de lograrlo. Pero el viaje no ha terminado. Porque Daniel y Alejandro tendrán que hacer frente ahora a una nueva odisea: recorrer múltiples centros de detención por toda la frontera sur de Estados Unidos.

Escucha el testimonio de los niños sobre cómo fue la detención:

“Según nos cuentan los niños, ellos estuvieron primero en un centro de detención en Texas que le llaman ‘la hielera’. Allí dicen que pasaron mucho frío porque no tenían sábanas para cubrirse, sólo plásticos. Además, cuentan que había muchos niños, que no cabían de tantos que eran, y que sólo tenían unas colchoneta donde dormían hasta cuatro muchachos”, dice el padre de familia a partir del relato de sus hijos, cuya descripción coincide con las imágenes que la agencia Associated Press dio a conocer el pasado mes de julio, en las que se muestran centros de detención hacinados, y niños viviendo en condiciones infrahumanas. Situación que motivó que la Administración de Barack Obama solicitara al Congreso hasta 3 mil 700 millones de dólares para atender la “crisis humanitaria” originada por el boom de menores migrantes, petición que aún sigue sin respuesta luego que los legisladores se fueran de vacaciones en agosto sin aprobar los fondos.

Dos semanas después de haber sido detenidos por la Patrulla Fronteriza, en las que Enrique y Karla no sabían dónde se encontraban sus hijos, finalmente una organización civil de Washington dedicada a la reunificación familiar de personas migrantes les informa que Daniel y Alejandro se encuentran en una casa hogar de Miami. Desde allí, en virtud de una ley aprobada por el presidente George W. Bush en 2008 contra el tráfico de personas, serán enviados con ellos mientras un juez resuelve si son expulsados del país, o si por el contrario se les concede la condición de refugiados.

Al menos temporalmente, la familia se reunirá de nuevo.

Gráfica: Mariana Hernández

Gráfica: Mariana Hernández

 

“Fuimos con miedo al aeropuerto; no creíamos que nos los fueran a entregar”

“¿Será verdad que van a mandar a los niños con nosotros?”. A pesar de que Enrique y Karla pudieron hablar brevemente con sus hijos, y de que un trabajador social de la casa refugio de Miami les pidió todos sus datos para poder entregarles a Daniel y Alejandro, el matrimonio aún se pregunta si todo será cierto.

“Mi mujer y yo fuimos con mucho miedo al aeropuerto. No nos podíamos creer aún que los fueran a mandar en un avión con nosotros”, relata Enrique, que temía que todo se tratara de una de esas estafas como las que el FBI anunció que investiga desde julio, cuando reveló que hay delincuentes que, tras obtener información sobre las fechas en que los menores van a ser liberados de los albergues, piden a los familiares hasta seis mil dólares para pagar el supuesto transporte en el que serán enviados los niños con sus familias.

Sin embargo, a pesar del temor a que todo fuera un espejismo, una ilusión rota más, un avión procedente de Miami llegó a las tres de la tarde con los niños a bordo y el trabajador social del refugio que los custodia.

“Fue un momento muy emotivo, de mucha alegría. Aunque al mismo tiempo también fue un poco doloroso, por todo lo ellos que han pasado para poder estar aquí con nosotros –explica el padre de familia-. A mis hijos les ha tocado sufrir más para reunirnos. Han pasado por experiencias muy fuertes a su corta edad, muy traumáticas. Porque si para un adulto es difícil venir por esos caminos tan peligrosos, para unos niños lo es mucho más”, añade el salvadoreño, que explica que ahora el siguiente objetivo para la familia es buscar un abogado para que represente a los menores ante un juez, al que deberán convencer en una Corte de que regresar a El Salvador no es opción para Daniel y Alejandro.

“En la colonia donde vivíamos es una zona muy peligrosa; hay asesinatos, robos, secuestros, y se oyen balazos a diario. Nosotros tratábamos de vivir nuestra vida y de no meternos con nadie, pero tuvimos muchas experiencias en las que teníamos que salir corriendo para adentro de la casa, porque se agarraban a tiros los pandilleros. Además -continúa con la argumentación el padre de familia-, después del secuestro en México y de todo lo que han pasado los niños con ese familiar que me los maltrataba, no sería justo que el juez los regresara. No sería algo lógico”.

 

El reencuentro

Ya pasaron varios días desde que Daniel y Alejandro están en su nuevo hogar. En la casa se escuchan risas y el sonido de coches de juguete chocando entre ellos. Después de tantos años separados, la familia se está conociendo de nuevo –Daniel comenta entre risas que su padre “es grande, un poquito gordito y muy bonito”, mientras que Alejandro no ha parado de abrazarse a su madre-. Ahora todos están preparando la fiesta de cumpleaños del hermano menor, que en unos días va a cumplir nueve años. Y en el fin de semana, Enrique va a cumplir la promesa que tantas veces hizo a sus niños: los va a llevar de pesca.

Es la última entrevista luego de más de un mes de seguir, a través de los ojos de sus padres, el recorrido de los dos niños para llegar a Estados Unidos. Como colofón, se cuestiona a Enrique si después de tanto sufrimiento él y su mujer volverían a tomar la decisión de traer a los niños con un coyote, exponiéndolos a tantos riesgos en el camino.

Enrique se lo piensa.

“Ponte en mi lugar y dime: ¿qué habrías hecho tú en mi situación? –contesta devolviendo la pregunta con cierta tensión en su tono de voz-.

A continuación, respira hondo y deja escapar un pesado suspiro.

“Mira, cuando se tienen hijos se quieren tanto… que creo que cualquier otro padre en mi situación también hubiera decidido intentar reunir a la familia”, concluye el padre de familia, con la voz a punto de quebrarse y la mirada clavada en sus niños.

**** 

*Los nombres de los niños y los padres salvadoreños que aparecen en este reportaje fueron modificados por motivos de seguridad.

*Este reportaje fue producido en asociación con Round Earth Media, organización de la sociedad civil de Estados Unidos que impulsa a la próxima generación de periodistas internacionales. Manuel Ureste, Jennifer Collins, Eric Lemus y Julia Botero, participaron en la elaboración de este trabajo periodístico realizado de manera conjunta en Estados Unidos, México y El Salvador.

**Nota publicada el 8 de septiembre de 2014.

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El gas usado para "desinfectar" a mexicanos en EU que sirvió como ejemplo a la Alemania nazi

Durante décadas, trabajadores mexicanos que cruzaban a Estados Unidos fueron inspeccionados y fumigados con pesticidas para prevenir enfermedades infecciosas. Décadas después, cientos describieron la experiencia como humillante y vergonzosa.
4 de septiembre, 2021
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En 1956, los braceros eran fumigados con DDT como parte del proceso de entrada a Estados Unidos.

CORTESÍA, MUSEO NACIONAL DE HISTORIA DE EE.UU

Muchos no sabían qué les estaban rociando, pero era tan extendido su uso que le apodaron “el polvo”.

La fotografía que abre esta nota es especialmente destacada por historiadores en Estados Unidos y algunos describen la escena capturada como “un momento atroz”.

En ella un funcionario enmascarado fumiga la cara de un joven mexicano desnudo con el pesticida DDT en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas, mientras que otros esperan en fila detrás mientras sujetan sus pertenencias.

La tomó el neoyorquino Leonard Nadel en 1956 mientras documentaba el programa Bracero, bajo el que al menos 4 millones de mexicanos migraron temporalmente a Estados Unidos para trabajar entre 1942 y 1964.

El esquema fue inicialmente establecido para compensar la ausencia de trabajadores estadounidenses debido al reclutamiento militar durante la Segunda Guerra Mundial.

Un trabajador se registra en el programa Bracero.

Getty Images
Millones de mexicanos campesinos y obreros participaron en el programa Bracero en Estados Unidos.

El DDT se empleó hasta mediados de los 60 en los inmigrantes para prevenir la propagación de malaria y tifus y su uso fue posteriormente prohibido en EE.UU. en 1972.

Hoy en día está clasificado por el gobierno de ese país y autoridades internacionales como un “probable carcinógeno humano”.

Pero este no fue el único pesticida empleado para “desinfectar” a inmigrantes mexicanos en la frontera entre México y EE.UU. por décadas.

Años antes de la implementación del programa Bracero, otro insecticida fue utilizado en centros de recepción de visitantes y pasaría a servir como ejemplo a funcionarios del nazismo en Alemania.

Zyklon B

David Dorado Romo, historiador y cronista de El Paso y Ciudad Juárez, dio con un artículo en una revista científica alemana de 1937 que lo dejó atónito.

El escrito incluía dos fotografías de “cámaras de despiojado” en El Paso, Texas.

Su autor, el químico alemán Gerhard Peters, destacaba las imágenes para ilustrar “la efectividad del Zyklon B (un pesticida a base de cianuro) como un agente para matar plagas indeseables”, escribe Romo en su libro Ringside Seat to a Revolution (“Asiento en primera fila a una revolución”).

“Peters se convirtió en el director de operaciones de Degesch, una de las dos firmas que adquirió la patente del Zyklon B en 1940 para producirlo masivamente”, describe.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis utilizaron el gas en dosis concentradas para matar a millones de judíos.

Un funcionario fronterizo estadounidense les habla a un grupo de refugiados mexicanos en el Puente Internacional de El Paso, en Texas. Año 1916.

Getty Images
Las inspecciones y requerimientos en la frontera entre EE.UU. y México en El Paso se endurecieron a partir de 1916.

Aunque en El Paso no se utilizó para el mismo fin, ya se estaba empleando desde 1929 por funcionarios fronterizos para fumigar la ropa y los zapatos de inmigrantes mexicanos en el Puente Internacional Santa Fe, que conecta esa ciudad con Ciudad Juárez.

Las inspecciones habían iniciado formalmente en 1917, amplía el historiador, cuando las autoridades estadounidenses empezaron a imponer restricciones sobre los cruces fronterizos en sectores como El Paso.

El alcalde de la ciudad en esa época, Tom Lea, se refería a los mexicanos como “sucios piojosos indigentes” que “sin duda, van a traer y propagar el tifus”.

Pero entre 1915 y 1917, menos de 10 residentes de El Paso habían muerto del tifus epidémico, recogió Romo en su libro.

Aún así, los mexicanos considerados de “segunda clase” eran sometidos a exhaustivos chequeos que incluían duchas con agua caliente y revisiones de los migrantes desnudos. A los que le encontraban piojos, “les rapaban la cabeza y les afeitaban todo el cuerpo”, señala Romo a BBC Mundo.

Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los braceros eran inspeccionados de la cabeza a los pies en un centro de procesamiento en Hidalgo, Texas.

Tan solo en 1917, al menos 120.000 personas fueron examinadas en el centro de El Paso.

Romo y otros historiadores hablan de un contexto en el que las ideas eugenésicas cobraban fuerza y se manifestaban a través de nociones discriminatorias y racistas.

“No hay que comparar peras con manzanas, pero el Holocausto no fue un hecho aislado y la frontera entre EE.UU. y México sirvió como un centro de experimentación importante de esas ideas”, advierte Romo.

“¿Sabe qué es la vergüenza?”

Cuando inicia el programa Bracero en 1942 ya estaba extendido el uso de diferentes químicos como el kerosén en centros de inspección fronterizos.

Aunque el gobierno de EE.UU. alabó a los mexicanos que se enlistaban como “soldados de la producción” y de la tierra en ese tiempo, con los años surgieron cientos de testimonios de trabajadores que señalaron sus experiencias como vergonzosas y humillantes.

La historiadora Mireya Loza recuerda en conversación con BBC Mundo que la imagen del trabajador rociado con DDT en la cara era la que más afectaba a los antiguos participantes del programa con los que habló.

“Muchos decían que sentían los efectos del DDT en los ojos, que tenían reacciones alérgicas en la piel y entendieron que no era un tratamiento humano”, dice la profesora de la Universidad de Georgetown.

Un grupo de trabajadores del programa Bracero alzan los brazos y están alineados contra la pared mientras son inspeccionados en una habitación del Centro de Procesamiento en Monterrey, México.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores eran inspeccionados a ambos lados de la frontera entre México y Estados Unidos. Aquí, en un centro de procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

La académica inició su investigación entrevistando a decenas de braceros para un proyecto llamado Bracero History Archive (Archivo Histórico de los Braceros), impulsado por el Museo Nacional de Historia estadounidense Smithsonian.

“Muchos de estos trabajadores dijeron haber sentido algo feo porque era la primera vez que eran desnudados públicamente y frente a varias personas. Para ellos era un shock tremendo estar ahí y que los doctores les hicieran abrir las pompis, la boca; todo revisaban”, describe.

Los trabajadores eran generalmente inspeccionados en sedes administradas por Estados Unidos dentro de México y en ciudades fronterizas como Hidalgo, en Texas.

Además de las fumigaciones, los vacunaban contra la viruela, les hacían exámenes de sangre y de rayos X y les revisaban las manos en busca de callos que demostraran que tenían experiencia en el campo.

Un bracero es vacunado mientras otros esperan en la fila en el Centro de Procesamiento en Monterrey, México, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Los trabajadores también eran vacunados contra la viruela.
Un funcionario de gobierno revisa las manos de un aspirante al programa Bracero.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Era común que las manos de los trabajadores fueran revisadas en busca de callos como prueba de que ya trabajaban la tierra.

José Silva, un campesino oriundo de Michoacán que empezó a trabajar desde los 6 años, describió en 2005 con cierto enfado la experiencia que vivió mientras fue bracero durante una entrevista disponible en el Archivo Bracero:

“Por una parte sí fue un buen programa (…) No tuve problema, me ayudé económicamente. Lo que no me gustaba era que nos fumigaron. Sentí vergüenza. ¿Sabe qué es la vergüenza? Todos formados así, sin ropa, y salíamos así caminando y allá en la puerta estaba el hombre con el fumigador. Muy mal. No éramos animales, éramos cristianos, ¿por qué nos fumigaban?“.

Víctor Martínez Alemán, originario de Tlaquiltenango, en Morelos, se enlistó en el programa en 1956 y trabajó en California:

“Nos pasaron, encuerados, delante de todas las muchachas, ya no más nos tapábamos acá pero encuerados para pasar donde nos iban a fumigar, bien fumigados así y todo… A nosotros nos daba vergüenza porque teníamos que pasar como con 20 mujeres (…) Eran todas secretarias. Y con manos atrás, nada de taparse, nada… Nos quería hasta pegar (…) Nunca había yo pasado esas penas pero como yo lo que quería era llegar a Estados Unidos para hacer algo…”.

“Injusticias y abusos”

A través del Archivo Bracero, el gobierno de EE.UU., mediante el Museo Nacional de Historia y diferentes instituciones académicas, reconocen que los trabajadores fueron sometidos a una serie de “injusticias y abusos”.

“Muchos se enfrentaron a alojamiento deficiente, discriminación e incumplimiento de contratos, incluso fueron estafados al recibir sus salarios”, indica el sitio web.

Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Cortesía, Museo Nacional de Historia de EE.UU.
Un grupo de braceros en un cultivo en Salinas, California, en 1956.

Pese a estas investigaciones, ningún presidente o autoridad de alto cargo a nivel nacional en EE.UU. ha ofrecido disculpas públicas ni reparaciones por los efectos negativos que desencadenó el programa, indica la historiadora Mireya Loza.

Tampoco existe una investigación exhaustiva sobre el impacto de pesticidas, incluido el DDT, en la salud de millones de braceros que fueron fumigados.

Aunque el programa culminó hace casi seis décadas, aún queda una generación que vive para contarlo.

Carlos Marentes, activista por los derechos de los campesinos en El Paso, recogió también cientos de testimonios y denuncias de abusos laborales, y las fumigaciones sobresalían entre los recuerdos más amargos de los trabajadores.

“Naturalmente existía un miedo de que trajeran enfermedades contagiosas, pero eso conllevó a una estigmatización“, dice a BBC Mundo.

Para Marentes, el programa Bracero fue un ejemplo claro de “la contradicción en la política de inmigración” de Estados Unidos.

“Por una parte sabemos que los necesitamos (a los inmigrantes), para que hagan todo lo que no podemos o no queremos hacer, pero por otra parte nos han metido en la cabeza que hay que tenerles miedo”, sentencia.



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